06 diciembre 2022

Luz que brilla en las tinieblas

Llucià Pou Sabaté


Adviento es expectación ante la llegada de Jesús, Luz del mundo. Es preparación interior, y a eso ayuda el silencio… que es mansedumbre de no reaccionar ante las ofensas, es dejar en manos de Dios la defensa del honor propio, es misericordia de pensar que tal persona que vemos agresiva ha sufrido agresiones y por eso se comporta así, es perdonar de corazón, es paciencia ante las dificultades procurando aprovecharlas como oportunidades, es la humildad de los pastores y la adoración de los magos que siguiendo la estrella encuentran la luz verdadera.
Todo esto está expresado en el primer cántico navideño de la historia, el sonido interior de la Navidad, que no proviene de coros humanos sino angelicales. Son los «evangelistas» de la Nochebuena: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres…” Somos objeto de un amor divino y esto nos llena de seguridad.

Es un cántico que nos trae la paz, shalom: nos habla de un mundo en el que reinen la confianza y la hermandad, en el que no haya temor ni carencias, ni insidias ni mendacidad. En la tierra paz: objetivo de la Navidad no conseguido en el mundo que sigue con guerras, con inquietudes insatisfechas, con ansiedades. Y es que la paz va unida a la glorificación de Dios.

Jesús nos trae la luz que brilla en las tinieblas. El 25 de diciembre en el calendario judío es la fiesta de la banukkah, la fiesta de las luces, y era una representación del nuevo comienzo de la creación, del esperado tiempo de la libertad.

Jesús nos trae la luz que brilla en las tinieblas. El 25 de diciembre en el calendario judío es la fiesta de la banukkah, la fiesta de las luces, y era una representación del nuevo comienzo de la creación, del esperado tiempo de la libertad. Se esperaba el nacimiento del niño-Mesías para ese día, y que enseñara cómo se puede dar correctamente gloria a Dios, que diera inicio al nuevo tiempo de la libertad. Ya en tiempos de Jesús se celebraba esa fiesta como la fiesta de las luces, según la frase del profeta: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz» (Is 9,1). Y este es el significado simbólico del nacimiento de Jesús justamente en la noche de las luces.

A la pregunta ¿cómo podemos glorificar a Dios? Tenemos una respuesta de la Tradición: “la gloria de Dios es que viva el hombre” (S. Ireneo). Dios está presente en la persona y el respeto a la dignidad de la persona va unido al culto auténtico a Dios, ambos se retroalimentan, y si no es que no es más que fariseísmo o por lo menos no es auténtico.

Navidad es también tiempo de regalos. La Iglesia oriental canta: «¿Qué hemos de ofrecerte, oh Cristo, que por nosotros has nacido hombre en esta tierra? Cada una de las criaturas, obra tuya, te trae en realidad el testimonio de su gratitud: los ángeles, su amor; el cielo, la estrella; los sabios, sus dones; los pastores, su asombro; la tierra, la gruta; el desierto, el pesebre. Pero nosotros, los hombres, te traemos una Madre Virgen». En la sencillez de Navidad, de la entrega sincera de sí, donde lo que vale es el corazón y no el dinero o la vanagloria del poder humano. Y seremos juzgados en ese amor: en el alimento y vestidos que damos a los pobres, la compasión y amor compartidos, la palabra de consuelo y la compañía para los perseguidos, los encarcelados, los abandonados y los perdidos.

Fuente: magisnet.com


05 diciembre 2022

Un mundo más justo

Juan Luis Selma

La justicia debe estar presente en nuestro día a día, en las relaciones laborales y familiares

Los protagonistas de las fiestas navideñas son los niños. Hace unos días pasaba cerca de un colegio, era la salida, y en medio del bullicio unos niños iban cantando villancicos y dando saltos como gacelas. Se les veía felices. Pienso que podemos aprender mucho de ellos. Esto nos puede rejuvenecer y nos hará un gran servicio.

Los chiquillos son especialmente sensibles a la justicia, no olvidan las promesas que les hemos hecho. Cuando se les dice que si hacen tal cosa tendrán tal recompensa, es imposible salir airoso sin cumplirla. Creen en la palabra dada. Les podemos hacer mucho daño no cumpliendo lo prometido, pues la injusticia es falsedad, mentira.

Este domingo repetiremos insistentemente: “Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente”. Deseamos que el Niño Dios nos traiga justicia y paz. Podemos perder la inocencia propia de los niños y caer en el cinismo si dejamos de creer en la justicia, si renunciamos a lo bueno y perdemos el sentido de lo verdadero.

Me contaron de un grupo de ladrones que asaltaron la casa del obispo de Enugu, Nigeria. Pensaban que este estaba fuera y, al encontrarle allí, le retuvieron mientras robaban. Al irse, le pidieron la bendición: “Sr. Obispo, somos católicos: denos su bendición”. No es fácil ser justo, pero si no lo somos, nos tornamos injustos. Es fácil ser sensibles a las injusticias sufridas, pero igual no somos conscientes de las que provocamos.

Es cierto que los gobernantes y los jueces tienen una responsabilidad especial frente a esta virtud, de tal modo que, en caso de ser injustos, quedan desacreditados, pierden autoridad. Pero esta gran cualidad no queda reservada para los grandes asuntos de estado, debe estar presente en nuestro día a día: en las relaciones laborales y familiares.

El diccionario de la RAE, en su primera acepción, la define así: “Principio moral que lleva a determinar que todos deben vivir honestamente”. También afirma: “En el cristianismo, una de las cuatro virtudes cardinales, que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido”.

La justicia vela por nuestros derechos y por los de los demás, pero no podemos olvidar que nada que dañe a la persona o a la sociedad puede ser justo. Lo justo tiene que ser bueno, tiene que ser verdadero. Hay una continuidad entre la verdad, el bien y la justicia. Solo se tiene derecho a lo bueno.

No nos puede extrañar que la espera del Mesías esté precedida por la sed de justicia. “¡Destilen, oh cielos, desde lo alto, y derramen justicia las nubes; ábrase la tierra y dé fruto la salvación, y brote la justicia con ella!”, canta la iglesia con el profeta Isaías. Como esperamos la lluvia abundante que riegue los campos y llene los pantanos, también esperamos que venga Dios y nos traiga la esperada justicia, que es un don del cielo.

Afirma Chesterton: “De alguna extraña manera oculta en las profundidades de la psicología humana, si construimos nuestro palacio sobre alguna injusticia desconocida, se convierte muy lentamente en una prisión”. Cuando los dirigentes elaboran “leyes” injustas –que las hay y muchas–, no nos hacen un bien, nos aprisionan y encadenan. Quizás es lo que ocultamente procuran: apresarnos para poder manejarnos. Y muchos ingenuos corean a sus carceleros como si fueran sus liberadores. ¡Qué débil es el hombre, necesita quien le proteja de su propia necedad!

Pero vayamos a las obras de justicia del día a día, a esas que nos hacen honrados. En primer lugar, las de ámbito económico: pagar el salario justo, no quedarnos con lo ajeno, no cobrar más de lo que las cosas valen, rendir en el trabajo de modo que seamos acreedores de una justa retribución; también los empleados pueden defraudar. Un trabajo es remunerable por el servicio que oferta, el dinero no cae del cielo.

Hay otro ámbito donde no podemos defraudar, es el cumplimento de la palabra dada al otro en el matrimonio. Cuando de un modo libre y solemne se emiten unos votos de amor y fidelidad se adquiere un grave compromiso, un vínculo que nos ata de por vida.

Ahora, fruto de la sociedad líquida y relativista, olvidamos fácilmente los compromisos adquiridos y no se nos pasa por la cabeza que podemos cometer una gran injusticia: dejamos tirada a la persona que prometimos amar de por vida, que se entregó a nosotros fiada de ese compromiso.

Tomo de un comentario al libro El tiempo en un hilo: Reflexiones desde la adversidad, de Maruja Moragas: “Decidió ser fiel a sí misma con independencia de la conducta de los demás. Cada cual vive su vida y, aunque la otra parte no cumpla, eso no impide que yo sí lo haga. Evidentemente, las cosas fueron bastante difíciles, como no podía ser de otra forma”. Esta conducta puede dar luz a muchos que se sienten abandonados.

Fuente: eldiadecordoba.es

04 diciembre 2022

Alérgico a la falsedad

 El Papa en el Ángelus

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días, feliz domingo!

Hoy, segundo domingo de Adviento, el Evangelio de la Liturgia nos presenta la figura de Juan Bautista. El texto dice que «llevaba un vestido de piel de camello», que «se alimentaba de saltamontes y miel, miel, silvestre» (Mt 3,4) y que invitaba a todos a la conversión y decía así: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos» (v. 2) y predicaba la cercanía del Reino. En suma, un hombre austero y radical, que a primera vista puede parecernos un poco duro y que infunde cierto temor. Pero entonces nos preguntamos: ¿Por qué la Iglesia lo propone cada año como el principal compañero de viaje durante el tiempo de Adviento, durante este tiempo de Adviento? ¿Qué se esconde detrás de su severidad, detrás de su aparente dureza? ¿Cuál es el secreto de Juan? ¿Cuál es el mensaje que la Iglesia nos da hoy con Juan?

En realidad, el Bautista, más que un hombre duro es un hombre alérgico a la falsedad, escuchad bien esto: alérgico a la falsedad. Por ejemplo, cuando se acercaron a él los fariseos y los saduceos, conocidos por su hipocresía, su “reacción alérgica” fue muy fuerte. Algunos de ellos, de hecho, probablemente iban a él por curiosidad o por oportunismo, porque Juan se había vuelto muy popular. Aquellos fariseos y saduceos se sentían satisfechos y frente al llamamiento cortante del Bautista, se justificaban diciendo: «Tenemos por padre a Abrahán» (v. 9). Así, entre falsedades y conjeturas, no aprovecharon la ocasión de la gracia, la oportunidad de comenzar una vida nueva: estaban cerrados en la presunción de ser justos. Por ello, Juan les dice: «Dad el fruto que pide la conversión» (v. 8). Es un grito de amor, como el de un padre que ve a su hijo arruinarse y le dice: “¡No desperdicies tu vida!” De hecho, queridos hermanos y hermanas, la hipocresía es el peligro más grave, porque puede arruinar también las realidades más sagradas. La hipocresía es un peligro grave. Por eso el Bautista – como después también Jesús – es duro con los hipócritas – podemos leer, por ejemplo, el capítulo 23 de Mateo donde Jesús habla a los hipócritas del tiempo, tan fuerte – y, ¿por qué hace así el Bautista y también Jesús? Para sacudirlos. En cambio, aquellos que se sentían pecadores «acudían a él […] confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán» (v. 5). Es así, es así: para acoger a Dios no importa la destreza, sino la humildad; este es el camino para acoger a Dios, no la destreza: “somos fuertes, somos un pueblo grande…”, no, la humildad: “soy un pecador”; pero no en abstracto, no: “porque esto, esto, esto”, cada uno de nosotros debe confesarse a sí mismo, primero los propios pecados, las propias faltas, las propias hipocresías; hay que bajar del pedestal y sumergirse en el agua del arrepentimiento.

Queridos hermanos y hermanas, Juan, con sus “reacciones alérgicas”, nos hace reflexionar. ¿No somos también nosotros, a veces, un poco como aquellos fariseos? Tal vez miramos a los demás por encima del hombro, pensando que somos mejores que ellos, que tenemos las riendas de nuestra vida, que no necesitamos cada día a Dios, a la Iglesia, a los hermanos y olvidamos que solamente en un caso es lícito mirar a otro desde arriba hacia abajo: cuando es necesario ayudarlo a levantarse, el único caso, los demás casos de mirar desde arriba hacia abajo no son lícitos. Tal vez pensamos que somos mejores que los demás, que no necesitamos cada día a la Iglesia. El Adviento es un tiempo de gracia para quitarnos nuestras máscaras – cada uno de nosotros tiene una – y ponernos a la fila con los humildes;  para liberarnos de la presunción de creernos autosuficientes, para ir a confesar nuestros pecados, esos escondidos, y acoger el perdón de Dios, para pedir perdón a quien hemos ofendido. Así comienza una nueva vida. Y la vía es una sola, la de la humildad: purificarnos del sentido de superioridad, del formalismo y de la hipocresía, para ver en los demás a hermanos y a hermanas, a pecadores como nosotros y en Jesús ver al Salvador que viene para nosotros, no para los demás, para nosotros; así como somos, con nuestras pobrezas, miserias y defectos, sobre todo con nuestra necesidad de ser levantados, perdonados y salvados.

Y recordemos de nuevo una cosa: con Jesús la posibilidad de volver a comenzar siempre existe. Nunca es demasiado tarde, siempre está la posibilidad de volver a comenzar, tened valor, Él está cerca de nosotros en este tiempo de conversión. Cada uno puede pensar: “Tengo esta situación dentro, este problema que me avergüenza…” Pero Jesús está cerca de ti, vuelve a comenzar, siempre existe la posibilidad de dar un paso más. Él nos espera y no se cansa nunca de nosotros. ¡Nunca se cansa! Y nosotros somos tediosos pero nunca se cansa. Escuchemos el llamamiento de Juan Bautista para volver a Dios y no dejemos pasar este Adviento como los días del calendario porque este es un tiempo de gracia, de gracia también para nosotros, ahora, aquí. Que María, la humilde sierva del Señor nos ayude a encontrarle a Él, a Jesús y a los hermanos en el sendero de la humildad, que es el único que nos hará avanzar.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Os saludo con afecto a todos vosotros, procedentes de Italia y de varios países: familias, parroquias, asociaciones y personas individuales. Veo también banderas españolas, polacas, argentinas… tantas. ¡Bienvenidos todos! En particular, saludo a los peregrinos españoles de Madrid, Salamanca, Bolaños de Calatrava y La Solana. Saludando a los polacos, deseo agradecer a todos los que sostienen la Jornada de Oración y de recogida de fondos para la Iglesia en Europa del Este.

Me complace acoger a la Acción Católica de Aversa con el Obispo Mons. Angelo Spinillo; así como a los fieles de Palermo, Sutrio y Saronno, a los chicos de la Confirmación de Pattada – Diócesis de Ozieri – y a los de la parroquia de San Enrique en Roma.

Os deseo a todos un feliz domingo y que sigáis con éxito el camino del Adviento. El próximo jueves celebraremos la solemnidad de la Inmaculada. A su intercesión encomendamos nuestra oración por la paz, especialmente por el martirizado pueblo ucraniano.

Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

Fuente: vatican.va


03 diciembre 2022

La voz del Bautista

 2.º domingo de Adviento (Ciclo A)


Evangelio (Mt 3,1-12)

En aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea y diciendo:

—Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos.

Éste es aquel de quien habló el profeta Isaías diciendo:

Voz del que clama en el desierto:

«Preparad el camino del Señor,

haced rectas sus sendas».

Llevaba Juan una vestidura de pelo de camello con un ceñidor de cuero a la cintura, y su comida eran langostas y miel silvestre.

Entonces acudía a él Jerusalén, toda Judea y toda la comarca del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. Al ver que venían a su bautismo muchos fariseos y saduceos, les dijo:

—Raza de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira que va a venir? Dad, por tanto, un fruto digno de penitencia, y no os justifiquéis interiormente pensando: «Tenemos por padre a Abrahán». Porque os aseguro que Dios puede hacer surgir de estas piedras hijos de Abrahán. Ya está el hacha puesta junto a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego.

»Yo os bautizo con agua para la conversión, pero el que viene después de mí es más poderoso que yo, a quien no soy digno de llevarle las sandalias. Él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego. Él tiene en su mano el bieldo y limpiará su era, y recogerá su trigo en el granero; en cambio quemará la paja con un fuego que no se apaga.


Comentario

El evangelio de este segundo domingo de Adviento nos presenta la figura san Juan Bautista en el Jordán. El término adviento era empleado por los historiadores antiguos para describir la llegada a la urbe de los emperadores, después de importantes campañas militares. Toda la ciudad se preparaba para el evento y la entrada triunfal. La Iglesia se prepara también para un adviento, una llegada mucho más importante: la de Hijo de Dios en Navidad, y muy diferente de las que celebraban los poderosos, porque se acerca en la humildad de un niño recostado en un pesebre. La voz del Bautista resuena en este tiempo litúrgico, a través del relato de Mateo, con un mensaje fuerte de conversión personal como medio eficaz para preparar la llegada del Mesías.

Varias cosas llaman la atención en el relato de Mateo. En primer lugar, el marco elegido por el Precursor para ejercer su ministerio. El Bautista no predica en la ciudad concurrida, donde su mensaje podría alcanzar a mucha gente a la vez. En cambio, elige el desierto, lugar inhóspito y poco habitado, que recuerda por contraste el Paraíso perdido por el pecado original (cfr. Gn 2-3). El desierto, quizá, refleja geográficamente la situación de pecado que sufre la Humanidad y sus consecuencias. El desierto fue también el lugar de la prueba para el pueblo de Israel, como narra sobre todo el libro del Éxodo y Números. Y fue el ámbito de sus sucesivas conversiones, gracias a la providente ayuda divina, porque Dios es siempre fiel a la alianza que hizo con su pueblo. De hecho, después de ser bautizado por Juan, el Hijo de Dios vencerá en el desierto las pruebas que el pueblo de Israel no supo superar. El desierto, en definitiva, favorecía el clima necesario de sobriedad y penitencia que Juan demandaba para recibir el bautismo de conversión.

Mateo dice que Juan llevaba «una vestidura de pelo de camello con un ceñidor de cuero a la cintura, y su comida eran langostas y miel silvestre» (v. 4). Basándose en esta descripción, el arte suele representar al Precursor con un porte externo pobre. Es posible suponer, sin embargo, que Juan vistiera así para significar su misión profética. El libro de Zacarías 13,4, por ejemplo, da a entender que los falsos profetas vestían mantos ricos. Las gentes podrían reconocer en Juan, por tanto, a alguien que tenía autoridad para profetizar y que no vestía como los falsos profetas. En cualquier caso, Juan testimoniaba con su ejemplo, su porte austero y digno y su dieta exigente, la disposición interior y la preparación que predicaba y exigía a las gentes.

El evangelista resume la predicación de san Juan con la frase: «convertíos porque está al llegar el Reino de los Cielos» (v. 2). En el texto griego original se utiliza el verbo metanoein, que alude al cambio de opinión y de criterio propio. En el contexto del pasaje, supone una transformación interior en el modo de pensar y vivir, un cambio de planteamiento. Es lo que la tradición de la Iglesia ha condensado siempre con la palabra “conversión”, la cual incluye necesariamente un fuerte sentido de purificación personal. Por eso la versión latina de la Biblia tradujo la frase del Bautista con la expresión “haced penitencia”.

El mensaje del Bautista es exigente, como lo es el evangelio del Reino que predicó Jesús. Siempre corremos el peligro de desear adaptar ese evangelio a nuestro criterio y a nuestras circunstancias actuales. Ciertamente es necesario saber transmitir la fe en cada momento y lugar con el don de lenguas necesario. Pero lo que se deduce del mensaje del Bautista, que se actualiza en este Adviento, es que somos los hombres los que necesitamos adaptarnos al evangelio, con un cambio de mentalidad y actitud, con espíritu de penitencia personal.

Como decía en una ocasión el Papa Francisco, «la voz del Bautista grita también hoy en los desiertos de la humanidad, que son —¿cuáles son los desiertos de hoy?— las mentes cerradas y los corazones duros, y nos hace preguntarnos si en realidad estamos en el buen camino, viviendo una vida según el Evangelio. Hoy, como entonces, nos advierte con las palabras del profeta Isaías: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos» (v. 4). Es una apremiante invitación a abrir el corazón y acoger la salvación que Dios nos ofrece incesantemente, casi con terquedad, porque nos quiere a todos libres de la esclavitud del pecado».

Fuente: opusdei.org

Cuando perdiz, perdiz

José Martínez Colín

En una ocasión, invitaron a cenar a santa Teresa de Jesús y a sus compañeras religiosas. Les sirvieron unas deliciosas perdices escabechadas. A las monjas, que estaban acostumbradas a mortificarse y al ayuno, les pareció excesivo lujo comérselas. Así se lo manifestaron a la santa: “Madre, ¿no será demasiado agasajo un manjar tan delicioso?” Y santa Teresa les quitó todo escrúpulo, diciéndoles: “Hijas, cuando perdiz, perdiz; y cuando penitencia, penitencia”. Y se las comió sin ningún temor.

A veces, existe la idea de que si se quiere cumplir la voluntad de Dios hay que sufrir siempre. Pero Dios nos ama y lo que quiere es nuestro bien. A veces será un camino de alegrías –las perdices- y otras de cruces –penitencia-. Lo que importa es el cumplimiento amoroso de la voluntad divina que nos lleva a nuestro bien.

El Papa Francisco reflexionó sobre la petición del Padre Nuestro: “Hágase tu voluntad”, donde afirma que ese deseo ha de estar lleno de confianza, seguros de que Dios quiere lo mejor para nosotros.

Para pensar

Se podría pensar que mi felicidad proviene de hacer lo que quiera. Y por ello, puede resultar difícil aceptar la voluntad de otro, incluso la de Dios. Pero eso significaría que no estamos confiando en Dios que sabe más que nosotros lo que nos conviene.

No suceda lo que aconteció a Ícaro, hijo de Dédalo en la mitología griega. Dédalo era un arquitecto y artesano muy hábil. Le construyó un laberinto a Minos, el rey de Creta, y éste, para que no revelara su secreto lo encerró junto a su hijo en la isla. Como no podían salir por mar, Dédalo fabricó unas alas para él y su hijo: Recolectó plumas de diferentes tamaños, ató las más grandes con hilo y las más pequeñas con cera, con la suave curvatura de las alas de un pájaro. Cuando al fin terminó, Dédalo batió sus alas y voló por los aires. Le enseñó a Ícaro a volar y le advirtió que no volase demasiado alto para que el calor del sol no derritiese la cera.

Volando huyeron del laberinto. Pero en su vuelo, Ícaro se dejó deslumbrar por el cielo, el sol y un ansia de libertad, y comenzó a ascender cada vez más hasta que el ardiente sol ablandó la cera que unía las plumas y éstas se despegaron. Ícaro cayó al mar encontrando su fatal destino por querer hacer su voluntad. Su padre lloró amargamente y llamó Icaria a la isla cercana en memoria de su hijo. Pensemos si sabemos confiar en la voluntad de Dios.

Para vivir

Al rezar “hágase tu voluntad”, no podemos hacerlo desconfiando o lamentándonos el tener que aceptar lo que Dios quiera. Porque, ¿cuál es esa voluntad que pedimos se cumpla? Nos lo dice san Pablo: “Dios quiere que todos los hombres se salven” (Tm 2, 4). Dios quiere para nosotros el bien, la vida, la salvación. Por ello no rezamos como si fuéramos esclavos, sino hijos confiados. Comenzamos reconociendo a Dios como Padre Nuestro, para rezar como hijos libres.

Así fue la oración de Jesús en el Huerto de Getsemaní, cuando experimentó la angustia: “¡Padre, si quieres, aparta de mi esta cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya!”(Lc 22, 42).

Jesús es aplastado por el mal del mundo, pero se abandona confiadamente al océano del amor de la voluntad del Padre. Una lección para vivirla.

Fuente: desdelared.com.mx

02 diciembre 2022

Influencers y responsables

Patricia SanMiguel

Todos necesitamos modelos de conducta, y los jóvenes encuentran en internet sus nuevos puntos cardinales

Audrey Hepburn era influencer mucho antes de que esta palabra se encumbrara como trending topic. Los conjuntos monocromos en negro, las rayas marineras, los vestidos de corte midi combinados con bailarinas, las gafas de sol XXL... continúan en nuestro armario desde que la actriz los convirtió en iconos. Hoy cualquiera puede ser Audrey: el poder de influencia está al alcance de muchos en la época digital. Diarios online, foros, blogs y redes sociales, además de posibilitar el acceso a un inagotable catálogo de información, permiten que los usuarios entablen contacto de manera directa. Cualquier voz puede alcanzar a cuatro mil millones de personas. 

Cada vez somos más conscientes del impacto de los influencers en nuestro mundo, de su papel en la difusión de ideas, de tendencias culturales o comerciales, en el apoyo de causas sociales. Sin embargo, padres, educadores e instituciones —como la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnado, la Plataforma de Infancia o la Fundación Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo, con las que he podido hablar en el marco de un proyecto europeo— se muestran preocupados por la influencia que ejercen en los niños y los adolescentes.

Las redes sociales —en especial Twitch, Discord, Tik Tok o YouTube— están repletas de usuarios menores de edad, más vulnerables porque su madurez aún está en desarrollo. Quieren parecerse a sus gamers, tiktokers o youtubers favoritos y copian su forma de hablar, sus movimientos, sus bromas, su ropa… Incluso, sin darse cuenta, también integran sus ideas como propias. Según el estudio de Interactive Advertising Bureau (IAB) España 2021, el 74 por ciento de jóvenes entre 16 y 24 años siguen a influencers y la mitad de ellos considera que son muy creíbles o bastante creíbles. Statista Global ConsumerSurvey2021 destaca que España es el quinto país del mundo donde sus opiniones tienen un mayor impacto.

También sueñan, cada vez más, con estar al otro lado de la pantalla, como demuestra la última encuesta de Adecco «¿Qué quieres ser de mayor?». Ven esta profesión como una forma de dedicarse a lo que les apasiona, desde cualquier lugar. Solo necesitan un móvil. Se fijan en cómo las marcas pagan por publicar fotografías, regalan productos, invitan a fiestas y viajes… Les resulta, en apariencia, un mundo idílico.

Somos nosotros quienes entronizamos a los influencers: un millón de followers equivale a un millón de individuos que han decidido seguir a ese perfil. Algunos hasta llegan a sentir preocupación o ansiedad por el miedo a perderse algo que otras personas están viendo. Así describen los expertos el síndrome FOMO (Fear of Missing Out).

Pero el poder de las redes sociales va más allá del entretenimiento: mueve a la acción, y de ahí el interés que despiertan en las marcas. Detrás de las decisiones de compra motivadas por los influencers se esconde el crecimiento de un fenómeno psicológico llamado «prueba social» por el que las personas tienden a imitar comportamientos: cuando algo lo respalda un influencer se considera aceptado socialmente. 

Todos necesitamos modelos de conducta, y los jóvenes encuentran en internet sus nuevos puntos cardinales. ¿Cómo podemos ayudarles a que sean conscientes de la influencia que ejercen sobre ellos y a elegir bien qué instagramers, youtubers, gamers, cantantes, humoristas, cocineros digitales... van a convertirse en sus referentes?

La pandemia nos ha ofrecido la posibilidad de ver la cara más humanitaria de estos líderes de opinión digitales. Por ejemplo, Chiara Ferragni (@chiaraferragni), bloguera y empresaria de moda que ronda los veinticinco millones de seguidores en Instagram, donó cien mil euros y logró recaudar otros cuatro millones para una nueva unidad de cuidados intensivos en el Hospital San Raffaele de Milán. Así una de las personas más influyentes del mundo, la Audrey de nuestros días, conjugó ser la única invitada al desfile crucero de la casa francesa Dior con su rol solidario y responsable en la lucha contra el coronavirus. Para bien o para mal, todos podemos influir, lo importante es pensar cómo queremos hacerlo.

Fuente:  nuestrotiempo.unav.edu/

01 diciembre 2022

El Opus Dei cumple 40 años como prelatura personal


Fernando Puig


El Papa Francisco ha recibido en audiencia al prelado del Opus Dei, Fernando Ocáriz, el día que se cumplen 40 años de la Constitución apostólica “Ut sit” por la que san Juan Pablo II erigió el Opus Dei en prelatura personal (1982-2022). Ofrecemos una reflexión que recorre los pasos que fue dando san Josemaría para que la Obra alcanzara la expresión jurídica adecuada.

Josemaría Escrivá vio nacer el Opus Dei en el seno de la Iglesia. Todo su recorrido vital de escucha al carisma fundacional se alinea en la fidelidad a la Iglesia. Sabe que tiene que escuchar las voces en su espíritu; reflexiona sobre lo que ve suceder en quienes le siguen. Se guía por el modo como los pastores de la Iglesia observan y encauzan, para que sean plenamente eclesiales, los impulsos espirituales y apostólicos que se van verificando. El don recibido se mide así, de dentro a fuera y de fuera a dentro, bajo la mirada de Dios.

Hacia adentro, y como familia

En los primeros compases casi todo ocurre para adentro, en su alma y en la de sus primeros seguidores, manteniendo al tanto a la autoridad constituida en la diócesis de Madrid.

Al poco tiempo, a instancias del obispo, su incipiente fundación toma unos perfiles institucionales que le conceden algo de entidad y de consistencia (Pía Unión, 1941).

Se va configurando una socialidad familiar alrededor de un padre que comparte con los suyos el deseo de servir a la Iglesia y su profunda vivencia de la paternidad divina.

Meses después reconoce perfilada de forma nueva la dimensión sacerdotal del don recibido, que le lleva a ver la necesidad del sacerdocio ministerial: no como externo y asociado sino como intrínseco al obrar apostólico de los laicos que trabajan en medio del mundo con sus iguales, cumpliendo la misión en la Iglesia.

El obispo de Madrid, con el nihil obstat de la Santa Sede, aprueba (Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y fieles laicos, 1943): la articulación entre el sacerdocio común y el sacerdocio ministerial se va dibujando. Lo reflejará el fundador en un sello: una cruz inscrita en el mundo.

Universal y secular

Se produce una expansión, en extensión y densidad, que alcanza a muchos países. Se confirma la intuición inicial sobre la universalidad del don recibido, que reclamará un régimen presente en la catolicidad y asentado en Roma. San Josemaría percibe asimismo que hay que confirmar la secularidad del carisma como trazo original que no debe ser diluido. Busca una institucionalidad universal y secular. La obtiene entrando a formar parte de las formas nuevas (Instituto secular, 1947-50) que esperaban cambios normativos, llegados de la mano de Pío XII.

La línea invariable de la fundación sigue su curso: el fundador se sabe tal y valora las luces que recibe personalmente; al mismo tiempo, aquilata las necesidades de quienes le siguen en el Opus Dei, para continuar la acción incisiva en el trabajo profesional y en la familia.

Un espíritu laical, secular, y una atención sacerdotal, en concierto institucional. Muchos pastores de la Iglesia observan en sus diócesis este obrar original a beneficio de sus fieles.

Los nuevos tiempos reclaman estos impulsos y de hecho nacen otras realidades seculares en la Iglesia.

Perfiles espirituales y apostólicos claros

Con todo, faltaba algo que perfilara el fenómeno y redujese algunas lecturas empobrecedoras del carisma. Tras algún intento, sigue el consejo de la Santa Sede de esperar la conclusión del Concilio Vaticano II. Están en juego las necesidades del mundo que se seculariza y la Iglesia que desea mantener el paso. Escrivá ve que desde la fuerza que emerge del Concilio el Opus Dei podrá servir mejor.

Resuenan en el aula conciliar decisivas verdades e impulsos pastorales: luz de las gentes, vocación bautismal, pueblo de Dios, llamada universal a la santidad, realidades terrenas santificables, horizonte ilimitado de la misión, comunión y unidad de la Iglesia, el don divino de la libertad, paz y trabajo para la sociedad, la liberación del hombre desde el Hijo de Dios hecho hombre, etc.

Le sobreviene la muerte a Josemaría Escrivá cuando está trabajando en un mejor asentamiento institucional de la Obra. Al fallecer ha dejado claros los perfiles espirituales y apostólicos del carisma; espoleando a sus hijos y adoptando las medidas necesarias, renueva su compromiso de no defraudar la llamada laical, secular, libremente correspondida, que incluye desde dentro la atención sacerdotal. Concluye su vida terrena esperando que, desde las luces del Concilio recientemente concluido, los pastores comprenderán el modo de facilitar el servicio de la Obra al conjunto de la Iglesia.

La prelatura personal

Los trazos firmes del espíritu y de los modos apostólicos, captados en su espíritu de fundador, ilustrados en la vida de sus seguidores y confrontados con el devenir de la Iglesia, confluyen en lo institucional en la figura de la prelatura personal. Juan Pablo II hace estudiar la posible decisión con seriedad; Álvaro del Portillo, sucesor de san Josemaría, ofrece toda la colaboración y su lealtad a la Santa Sede.

Llega el 28 de noviembre de 1982 y es publicada la Constitución apostólica “Ut sit”. El prelado y los fieles de la prelatura oyen decir a los pastores de la Iglesia que sean fieles al fundador; se crea así una articulación original de los elementos objetivos y personales del fenómeno pastoral, en la clave de la relación entre sacerdocio común y ministerial, con un prelado que es pastor. Se vive en acción de gracias en el Opus Dei, que camina por este cauce favorable.

La historia sigue. La confluencia en la prelatura ha remansado hace 40 años el camino, para continuar por donde llaman las necesidades de la Iglesia y del mundo. Un gran teólogo decía que la flecha va más lejos cuando el arquero tensa más la cuerda poniéndola junto al corazón. Para llegar más lejos, hay que acercarse al corazón: oír lo que inspira ahora quien en el suyo escuchó la primera voz de Dios; lo que Dios dice a los que, en cada momento son depositarios de la luz y responsables de la misión recibida dentro de la Iglesia, el prelado como Padre y pastor propio, y los fieles con él. Y siempre a la escucha del corazón de los pastores –con Pedro a la cabeza–, quienes, mirando al todo, sabrán mirar a la parte de la Iglesia (“partecica” decía Josemaría Escrivá) para que sea (“ut sit”) lo que Dios quiere que sea.

Fuente: omnesmag.org


La consolación verdadera

El Papa ayer en la Audiencia General


Catequesis sobre el discernimiento 10. 

Continuando nuestra reflexión sobre el discernimiento, y en particular sobre la experiencia espiritual llamada “consolación”, de la que hablamos el otro miércoles, nos preguntamos: ¿cómo reconocer el verdadero consuelo? Es una pregunta muy importante para el buen discernimiento, y no ser engañados en la búsqueda de nuestro verdadero bien.

Podemos encontrar algunos criterios en un pasaje de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. «Debemos mucho advertir el discurso de los pensamientos –dice San Ignacio–; y si el principio, medio y fin es todo bueno, inclinado a todo bien, señal es de buen ángel; mas si en el discurso de los pensamientos que trae, acaba en alguna cosa mala o distraída, o menos buena que la que el ánima antes tenía propuesta de hacer, o la enflaquece o inquieta o conturba al ánima, quitándola su paz, tranquilidad y quietud que antes tenía, clara señal es proceder de mal espíritu» (n. 333). Porque es verdad: hay consuelo verdadero, pero también hay consuelos que no son verdaderos. Y para eso necesitamos entender bien el camino de la consolación: ¿cómo va y adónde me lleva? Si me lleva a algo que no va bien, que no es bueno, el consuelo no es real, es “postizo”, digamos así.

Y estas son indicaciones valiosas, que merecen un breve comentario. ¿Qué significa que el principio está inclinado al bien, como dice San Ignacio de un buen consuelo? Por ejemplo, tengo el pensamiento de rezar, y noto que va acompañado de afecto hacia el Señor y al prójimo, nos invita a hacer gestos de generosidad, de caridad: es un buen principio. En cambio, puede suceder que surja ese pensamiento para evitar un trabajo o una tarea que me ha sido encomendada: ¡cada vez que tengo que lavar los platos o limpiar la casa, tengo un gran deseo de ponerme a rezar! Eso sucede en los conventos. Pero la oración no es una evasión de los deberes, al contrario, es una ayuda para lograr el bien que estamos llamados a hacer, aquí y ahora. Esto, sobre el principio.

Luego está el medio: San Ignacio dijo que el principio, el medio y el fin deben ser buenos. El principio es ese: quiero rezar para no lavar los platos: ve, lava los platos y luego vas a rezar. Luego está el medio, es decir, lo que viene después, lo que sigue a ese pensamiento. Siguiendo con el ejemplo anterior, si me pongo a rezar y, como hace el fariseo de la parábola (cfr. Lc 18,9-14), tiendo a complacerme a mí mismo y a despreciar a los demás, quizás con un corazón resentido y amargo, entonces esas son señales de que el mal espíritu usa ese pensamiento como llave de acceso para entrar en mi corazón y transmitirme sus sentimientos. Si voy a rezar y me vienen a la mente las palabras del famoso fariseo –“Te doy gracias, Señor, porque rezo, no soy como los demás que no te buscan, no oran”–, ahí, esa oración acaba mal. Esa consolación de rezar es sentirse como un pavo real ante Dios, y ese es el medio que no sirve.

Y luego está el fin: el principio, el medio y el fin. El fin es un aspecto que ya hemos visto, a saber: ¿adónde me lleva un pensamiento? Por ejemplo, a dónde me lleva el pensamiento de rezar. Por ejemplo, aquí puede pasar que me empeño en una obra hermosa y digna, pero eso me lleva a no rezar, porque estoy ocupado con tantas cosas, me encuentro cada vez más agresivo y enfadado, creo que todo depende de mí, hasta perder la confianza en Dios. Evidentemente aquí está la acción del mal espíritu. Me pongo a rezar, en la oración me siento omnipotente, y todo debe estar en mis manos porque soy el único que sabe llevar las cosas adelante: evidentemente no hay buen espíritu ahí. Hay que examinar cuidadosamente el camino de nuestros sentimientos y el camino de los buenos sentimientos, del consuelo, cuando quiero hacer algo. Cómo es el principio, cómo es el medio y cómo es el fin.

El estilo del enemigo –cuando hablamos del enemigo, hablamos del diablo, porque el diablo existe, ¡está!–, su estilo, lo sabemos, es presentarse de manera sutil, disfrazada: parte de lo que más apreciamos y luego nos atrae hacia él, poco a poco: el mal entra a escondidas, sin que la persona se dé cuenta. Y con el tiempo la suavidad se convierte en dureza: ese pensamiento se revela tal como es.

De ahí la importancia de ese examen paciente pero indispensable del origen y verdad de los propios pensamientos; es una invitación a aprender de las experiencias, de lo que nos pasa, para no seguir repitiendo los mismos errores. Cuanto más nos conocemos, más advertimos por dónde entra el mal espíritu, sus “contraseñas”, las puertas de entrada de nuestro corazón, que son los puntos en los que somos más sensibles, para prestarles atención de cara al futuro. Cada uno tiene sus puntos más sensibles, los puntos más débiles de nuestra personalidad: y por ahí entra el mal espíritu y nos lleva por el camino equivocado, o nos aparta del verdadero camino correcto. Voy a rezar pero me aleja de la oración.

Los ejemplos podrían multiplicarse como se desee, reflexionando sobre nuestros días. Por eso es tan importante el examen de conciencia diario: antes de terminar el día, detente un rato. ¿Qué ha pasado? No en los periódicos, ni en la vida: ¿qué ha pasado en mi corazón? ¿Mi corazón ha estado atento? ¿Ha crecido? ¿Ha sido un camino por donde pasaba de todo, sin darme cuenta? ¿Qué ha pasado en mi corazón? Y ese examen es importante, es el esfuerzo precioso de releer la experiencia desde un punto de vista particular. Darse cuenta de lo que está pasando es importante, es señal de que la gracia de Dios está obrando en nosotros, ayudándonos a crecer en libertad y conciencia. No estamos solos: el Espíritu Santo está con nosotros. Veamos cómo han ido las cosas.

La consolación auténtica es una especie de confirmación de que estamos haciendo lo que Dios quiere de nosotros, de que estamos caminando por sus senderos, es decir, por los caminos de la vida, de la alegría, de la paz. El discernimiento, en efecto, no se centra simplemente en el bien o en el mayor bien posible, sino en lo que me conviene aquí y ahora: estoy llamado a crecer en esto, poniendo límites a otras propuestas atractivas pero irreales, para no ser engañado en la búsqueda del verdadero bien.

Hermanos y hermanas, debemos comprender, avanzar en la comprensión de lo que pasa en mi corazón. Y para eso necesitamos un examen de conciencia, para ver qué ha pasado hoy. “Hoy me he enfadado ahí, no he hecho eso…”: pero, ¿por qué? Ir más allá del por qué es buscar la raíz de esos errores. “Pues, hoy estaba feliz pero me aburrí porque tenía que ayudar a esa gente, pero al final me sentí lleno, lleno por esa ayuda”: y ahí está el Espíritu Santo. Aprender a leer en el libro de nuestro corazón lo que ha pasado en el día. Hacedlo, sólo dos minutos, pero os hará bien, os lo aseguro.

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua francesa, en concreto al liceo Sainte-Marie de Neuilly, de París. Hermanos y hermanas, hemos entrado en el tiempo de Adviento llenos de esperanza e imploramos con fervor al Príncipe de la Paz que traiga consuelo a nuestros corazones heridos, así como a las naciones atravesadas por guerras y crisis de todo tipo, por una vida digna y serena. ¡Dios os bendiga!

Doy la bienvenida a todos los peregrinos de lengua inglesa presentes en la audiencia de hoy, especialmente a los de Inglaterra, Australia, Vietnam y Estados Unidos de América. Que cada uno y vuestras familias os deseo un fecundo camino de Adviento, para acoger, en Navidad, al Niño Jesús, Hijo de Dios y Príncipe de la Paz. ¡Dios os bendiga!

Dirijo un cordial saludo a los peregrinos de lengua alemana. Que la lámpara de nuestra fe en Cristo ilumine vuestras vidas en este tiempo de Adviento. Anclando nuestra esperanza en el Señor, podemos vencer todo engaño para alcanzar la plena felicidad.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Hoy celebramos la fiesta de san Andrés, el hermano de Pedro. Que este santo apóstol nos enseñe a buscar al Mesías en cada momento de nuestra vida y a anunciarlo con alegría a

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua portuguesa, especialmente a los grupos de la parroquia de Nossa Senhora do Perpétuo Socorro, en Cascavel, y de la parroquia de Santo António, en Salir de Matos. Hemos comenzado el tiempo de Adviento, en preparación a la venida de Jesús. Es el momento propicio para hacer un buen examen de conciencia y, si encontramos algo que no está bien, pedir perdón al Señor y retomar el buen camino. ¡Dios os bendiga y la Santísima Virgen os guarde!

Saludo a los fieles de lengua árabe. El discernimiento no debe ser simplemente sobre el bien o el mayor bien posible, sino sobre lo que es bueno para mí aquí y ahora. ¡Que el Señor os bendiga a todos y os proteja siempre de todo mal!

Saludo cordialmente a los peregrinos polacos. En particular, los representantes de la Universidad de Ciencias de la Vida de Varsovia y del distrito de Biała Podlaska, que participan en la conferencia titulada: Los derechos humanos en la enseñanza de Juan Pablo II. Que la Virgen, que nos acompaña en el camino de Adviento, obtenga para vosotros y para todos los presentes el don de un corazón abierto a Dios y a los demás. Os bendigo de corazón.

Doy una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. En particular, saludo a la Fundación Pro Loco d'Italia, al grupo de la Universidad Campus Biomédico de Roma y al de la Universidad de Cassino y del Sur del Lacio. Me alegra recibir a los niños “especiales” que han participado en el concurso nacional de pastelería y a los artistas circenses –los hemos visto– “Black Blues Brothers”.

Mis pensamientos, como siempre, se dirigen a los jóvenes, enfermos, ancianos y recién casados. El tiempo litúrgico de Adviento, que acaba de comenzar, nos invita a salir al encuentro del Señor que viene con la oración, la penitencia y las obras de caridad. Preparaos para celebrar el nacimiento de Jesús con la escucha asidua de la Palabra de Dios y la respuesta generosa a su gracia.

Hoy celebramos la Fiesta del Apóstol San Andrés, hermano de Simón Pedro, Patrono de la Iglesia que está en Constantinopla, donde acudió como de costumbre una Delegación de la Santa Sede. Deseo expresar mi afecto especial a mi querido hermano el Patriarca Bartolomé I y a toda la Iglesia de Constantinopla. Que la intercesión de los santos hermanos apóstoles Pedro y Andrés conceda pronto a la Iglesia gozar plenamente de su unidad y paz en el mundo entero, especialmente en este momento en la querida y martirizada Ucrania, siempre en nuestros corazones y en nuestras oraciones.

Fuente: vatican.va