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JOQUIVESA

Encontrado en la "red" (Mateo 13:47-50)

10 diciembre 2022

Aprender en la Misa a tratar a Dios

Juan José Silvestre Valor


"Aquí tiene lugar el acto más emocionante del viaje: la Santa Misa. Sobre una roca y arrodillado, casi tendido en el suelo, un sacerdote que viene con nosotros dice la Misa. No la reza como los otros sacerdotes de las iglesias […]. Sus palabras claras y sentidas se meten en el alma. Nunca he oído Misa como hoy, no sé si por las circunstancias o porque el celebrante es un santo"

Cita del editor de “El fundador” A. Vázquez de Prada. El paso de los Pirineos:

(Antonio Dalmases Esteva, que es la persona de quien se trata, llevaba consigo un diario, que tituló: "Diario de mi huida de la zona roja, noviembre-diciembre de 1937"; el original, en RHF, T-08246; cfr. Apéndice XVIII. Este joven estudiante, como casi todos los que iban en la expedición, salvo el grupo del Padre, que no llevaba más que una bota de vino azucarado y una botella de coñac, iban provistos de vituallas. (La botella, por cierto, se rompió en la Ribalera después de la misa, cuando el Padre quería invitar a un trago a los asistentes). Del joven catalán se cuenta la anécdota de que llevaba una fiambrera repleta de patas de pollo. Chico inteligente, comentaba el Padre. Había descubierto el cruce del pollo con el ciempiés. Por "el chico del ciempiés" le conocían)

«La Trinidad se ha enamorado del hombre, elevado al orden de la gracia y hecho “a su imagen y semejanza” (Gn 1, 26) lo ha redimido del pecado —del pecado de Adán que sobre toda su descendencia recayó, y de los pecados personales de cada uno— y desea vivamente morar en el alma nuestra: “El que me ama observará mi doctrina y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos mansión dentro de él” (Jn 14, 23)» Estas palabras de una homilía de san Josemaría, fechada el Jueves Santo de 1960, reflejan su profunda compresión del misterio eucarístico como un derroche de amor de la Trinidad, que desea acercarse a los hombres.

Cada uno de nosotros está llamado a ser morada de Dios. Este sueño puede hacerse realidad, si nos transformamos en Cristo, si vivimos su vida  y nos hacemos una cosa con él. Esta identificación se realiza de modo singular gracias a la Eucaristía. En la vida y enseñanzas de san Josemaría notamos una percepción de la fuerza transformadora de la Eucaristía, de la trascendencia de la Santa Misa para la existencia cristiana, como se refleja más adelante en la misma homilía: «Quizá, a veces nos hemos preguntado cómo podemos corresponder a tanto amor de Dios; quizá hemos deseado ver expuesto claramente un programa de vida cristiana. La solución es fácil, y está al alcance de todos los fieles: participar amorosamente en la Santa Misa, aprender en la Misa a tratar a Dios, porque en este Sacrificio se encierra todo lo que el Señor quiere de nosotros».

«Aprender en la Misa a tratar a Dios». Se expresa así el convencimiento de que los ritos litúrgicos en los que se desenvuelve la celebración eucarística tienen un valor pedagógico para los creyentes. Resulta lógico verlo así, porque «es en la Misa donde se pone de manifiesto de modo diáfano que la respuesta a la entrega de Dios ha de ser la de un amor total, con todo el corazón, con todas las fuerzas, hasta dar la vida». En este artículo nos proponemos poner de relieve la aguda conciencia que tuvo san Josemaría acerca de la fuerza transformadora de la liturgia de la Santa Misa para los fieles corrientes. Son vastas sus enseñanzas al respecto, y aparecen con frecuencia en sus escritos. Por eso, en este trabajo hemos elegido centrar nuestra atención especialmente en la homilía «La Eucaristía, misterio de fe y de amor» donde, al hilo de las distintas partes de la celebración eucarística, san Josemaría propone consecuencias para la vida espiritual de los cristianos.


1. El valor mistagógico del rito

El fundador del Opus Dei sugiere un modo concreto de asistir a las lecciones de la escuela de vida que es la Eucaristía: «Permitidme que os recuerde lo que en tantas ocasiones habéis observado: el desarrollo de las ceremonias litúrgicas. Siguiéndolas paso a paso, es muy posible que el Señor haga descubrir a cada uno de nosotros en qué debe mejorar, qué vicios ha de extirpar, cómo ha de ser nuestro trato fraterno con todos los hombres».

En cierto sentido se puede afirmar que san Josemaría se dispone a hablar a los fieles sobre la Misa, no de un modo discursivo, sino mistagógico, desde los ritos. Es lógico que sea así pues la extensa y profunda realidad de los efectos espirituales de la Santa Misa no debe discurrir de modo autónomo e independiente de los textos y ritos que jalonan la celebración.

La atención al sentido de los ritos se ha hecho presente con frecuencia en el Magisterio de la Iglesia durante el siglo XX. Pío XII dice al respecto: «La liturgia no es una parte solo externa y sensible del culto divino o un ceremonial decorativo; ni se equivocan menos los que la consideran como un mero conjunto de leyes y de preceptos con que la jerarquía eclesiástica ordena el cumplimiento de los ritos». Por el contrario, como recuerda la doctrina conciliar de la Constitución Sacrosanctum Concilium, en la liturgia, «obra por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por él tributa culto al Padre Eterno. Con razón, pues, se considera la liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En este ejercicio, los signos sensibles significan y cada uno a su manera realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro». En esta misma línea, san Josemaría resaltó, desde los comienzos de su predicación, el potencial santificador del misterio del culto cristiano.

La liturgia es, por consiguiente, «el lugar privilegiado del encuentro de los cristianos con Dios y con quien él envió, Jesucristo». Un encuentro que «se expresa como un diálogo, a través de acciones y palabras», bajo los signos visibles que usa la sagrada liturgia, escogidos por Cristo o por la Iglesia, significando realidades divinas invisibles.

Así pues, las palabras y los gestos de la liturgia tienen una importancia particular que reclama la participación interior de los fieles, como se desprende del número 543 de Camino: «Me viste celebrar la Santa Misa sobre un altar desnudo —mesa y ara—, sin retablo. El Crucifijo, grande. Los candeleros recios, con hachones de cera, que se escalonan: más altos, junto a la cruz. Frontal del color del día. Casulla amplia. Severo de líneas, ancha la copa y rico el cáliz. Ausente la luz eléctrica, que no echamos en falta. —Y te costó trabajo salir del oratorio: se estaba bien allí. ¿Ves cómo lleva a Dios, cómo acerca a Dios el rigor de la liturgia?». Y comenta Arocena: «El texto refleja la sensibilidad mistagógica del autor: los signos del misterio de Cristo conducen a él. Vivida con autenticidad, la celebración constituye la mediación y, a la vez, la catequesis más elocuente de su misterio.


2. La Misa, encuentro filial de amor

Este epígrafe presupone dos consideraciones fundamentales. De una parte, que la Santa Misa, como todo encuentro, es cosa de dos: Cristo realmente presente y los participantes en la celebración que, cristificados por la efusión del Espíritu Santo, nos reconocemos hijos de Dios, hijos en el Hijo con el derecho y el deber de presentarnos y ofrecernos con Cristo al Padre. Se trata de un encuentro especial: un encuentro de enamorados. Por eso, san Josemaría describía la Santa Misa como una «corriente trinitaria de amor», a la que el cristiano procura sumarse con «un amor filial empapado de espíritu sacerdotal».

En efecto, en la Eucaristía «se contiene verdadera, real y sustancialmente, el Cuerpo y la Sangre, juntamente con el alma y la divinidad, de nuestro Señor Jesucristo y, por ende, Cristo entero». Por eso “la fe nos pide que estemos ante la Eucaristía con la conciencia de estar ante el propio Cristo. Precisamente su presencia da a las demás dimensiones de la Eucaristía —convivial, de memorial de la Pascua, de anticipación escatológica— un significado que trasciende, con mucho, el de un mero simbolismo. La Eucaristía es misterio de presencia, por medio del cual se realiza de forma suprema la promesa de Jesús de permanecer con nosotros hasta el fin del mundo”.

Toda esta maravilla nos manifiesta la cercanía, la preocupación, el amor de Dios por los hombres. San Josemaría, recuerda el prelado del Opus Dei, «nos ha enseñado a asumir con plenitud la fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, de manera que el Señor entre verdaderamente en nuestra vida y nosotros en la suya, que le miremos y le contemplemos —con los ojos de la fe— como a una persona realmente presente: nos ve, nos oye, nos espera, nos habla, se acerca y nos busca, se inmola por nosotros en la Santa Misa».

Verdaderamente, en la Eucaristía el Señor nos muestra un amor que llega «hasta el extremo» (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida. Por eso, el santo de lo ordinario la comprendía como una locura de amor, y aplicaba incluso una comparación audaz: «Ningún enamorado dice que no tiene tiempo para estar junto al ser querido, o que tiene prisa. Nuestros padres no tenían problemas de tiempo para estar siempre juntos, porque estaban enamorados». Y continuaba aconsejando: «No os importe llevar los ejemplos del amor humano, noble y limpio, a las cosas de Dios. Si amamos al Señor con este corazón de carne —no poseemos otro—, no habrá prisa por terminar ese encuentro, esa cita amorosa con él».

3. Acercarnos al encuentro de amor

Si la Eucaristía es un encuentro de amor, entonces la preparación interior es un aspecto importante. Incluso también la exterior, como señala el fundador del Opus Dei rememorando escenas de la infancia: «Recuerdo cómo se disponían para comulgar: había esmero en arreglar bien el alma y el cuerpo. El mejor traje, la cabeza bien peinada, limpio también físicamente el cuerpo, y quizá hasta con un poco de perfume... eran delicadezas propias de enamorados, de almas finas y recias, que saben pagar con amor el Amor». En Forja, esta preparación externa se convierte en una imagen de lo que sucede en el ámbito espiritual: «Hemos de recibir al Señor, en la Eucaristía, como a los grandes de la tierra, ¡mejor!: con adornos, luces, trajes nuevos... —Y si me preguntas qué limpieza, qué adornos y qué luces has de tener, te contestaré: limpieza en tus sentidos, uno por uno; adorno en tus potencias, una por una; luz en toda tu alma».

Al iniciar la Santa Misa, la conciencia de encontrarse en presencia de la Trinidad suscitaba en san Josemaría un amor y admiración que le llevaban a adentrarse con intensidad en la liturgia. Cada detalle cobraba un significado particular para él. Se dirigía al altar con alegría, «porque Dios está aquí. Es la alegría que, junto con el recogimiento y el amor, se manifiesta en el beso a la mesa del altar, símbolo de Cristo y recuerdo de los santos: un espacio pequeño, santificado, porque en esta ara se confecciona el Sacramento de la infinita eficacia». Por eso confesaba: «Yo beso apasionadamente el altar. Pienso que allí se renueva el Sacrificio del Calvario; y allí, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se vuelcan con la humanidad... Llenaos de deseos de amor, de reparación y de sacrificio. Él nos ha dado su Amor y amor con amor se paga. Que no me digan que Dios está lejos: está bien metido dentro de cada uno de nosotros».

Ante ese encuentro con la grandeza y la bondad infinita de Dios, que tiene lugar en la liturgia, señalaba san Juan Pablo II, «la actitud apropiada no puede ser otra que una actitud impregnada de reverencia y sentido de estupor, que brota del saberse en la presencia de la majestad de Dios» [31. Estamos ante Dios, llamados a ser sus hijos, convocados a su presencia mientras esperamos ser transformados en el Hijo por obra del Espíritu Santo. ¿No es lógico experimentar el deseo de examinar la propia vida, pedir el don de la conversión continua?

El rezo del Confiteor, prosigue el fundador del Opus Dei, «nos pone por delante nuestra indignidad; no el recuerdo abstracto de la culpa, sino la presencia, tan concreta, de nuestros pecados y de nuestras faltas. Por eso repetimos: Kyrie eleison, Christe eleison, Señor, ten piedad de nosotros; Cristo, ten piedad de nosotros. Si el perdón que necesitamos estuviera en relación con nuestros méritos, en este momento brotaría en el alma una tristeza amarga. Pero, por bondad divina, el perdón nos viene de la misericordia de Dios, al que ya ensalzamos —¡Gloria!—, porque tú solo eres santo, tú solo Señor, tú solo altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre».


4. Entablar un diálogo de amor

Acaba la oración colecta, con las palabras que tanto le gustaba repetir a san Josemaría pues le recordaban que la Trinidad entera actúa en el santo Sacrificio del Altar: Por Jesucristo, Señor Nuestro, Hijo tuyo —nos dirigimos al Padre—que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Da comienzo a continuación la Liturgia de la Palabra en la que nos encontramos ante un verdadero discurso que espera y exige una respuesta. Este momento de la celebración posee, en efecto, un carácter de proclamación y de diálogo: Dios que habla a su pueblo y éste que responde y hace suya esta palabra divina por medio del silencio, del canto; se adhiere a ella profesando su fe en la professio fidei, y lleno de confianza acude con sus peticiones al Señor.

«Impresionaba mucho —recuerda el prelado del Opus Dei, testigo de tantas celebraciones eucarísticas del fundador— el tono con que leía los textos litúrgicos, con la nitidez propia de quien los pronuncia a la vez con la boca y con el corazón. Se metía tanto en estos textos, y concretamente en las lecturas, que —si asistían otras personas— no podía contenerse y, al término del Evangelio, exteriorizaba su sentimiento en una homilía». Vivía realmente, pues, las consideraciones que hacía sobre esta parte de la Santa Misa: «Oímos ahora la Palabra de la Escritura, la Epístola y el Evangelio, luces del Paráclito, que habla con voces humanas para que nuestra inteligencia sepa y contemple, para que la voluntad se robustezca y la acción se cumpla». Este cumplirse la acción no es otra cosa que «la dimensión performativa de la Palabra celebrada: la liturgia realiza la actualización perfecta de los textos bíblicos, y lo que la Palabra anuncia lo realiza el sacramento».

«La primera exigencia para una buena celebración —enseña Benedicto XVI— es que el sacerdote entable realmente este coloquio. Al anunciar la Palabra, él mismo se siente en coloquio con Dios. Es oyente de la Palabra y anunciador de la Palabra, en el sentido de que se hace instrumento del Señor y trata de comprender esta palabra de Dios, que luego debe transmitir al pueblo. Está en coloquio con Dios, porque los textos de la Santa Misa no son textos teatrales o algo semejante, sino que son plegarias, gracias a las cuales, juntamente con la asamblea, hablamos con Dios».

Cabe afirmar que esta ruminatio es connatural a la compresión que san Josemaría tiene de los textos litúrgicos, y en especial de la Palabra de Dios proclamada en la Liturgia de la Palabra, que se convierte en oración y se proyecta sobre la vida. «Nada extraño, pues, que sus homilías y escritos recojan abundantes comentarios a la lex orandi, cuya vivacidad responde a la hondura bíblica y litúrgica de su experiencia celebrativa. En algunos pasajes, su estilo evoca la mistagogía de los Padres de la Iglesia».

5. Encuentro de amor entre Cristo y su Iglesia

«Somos un solo pueblo que confiesa una sola fe, un Credo; un pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Estas palabras nos conducen a dar un paso más. La identificación con los sentimientos de Cristo supone una progresiva transformación en él por medio de la oración, pero ¿cómo aprender a rezar? La respuesta es clara: rezando con otros. En realidad no cabe separar a Dios Padre de su Pueblo: «Cada vez que clamamos y decimos: ¡Abba, Padre! es la Iglesia, toda la comunión de los hombres en oración, la que sostiene nuestra invocación, y nuestra invocación es invocación de la Iglesia». Solo Jesús puede decir «Padre mío». Todos los demás nos dirigimos a Dios como Padre, siempre en comunión con aquel nosotros que Jesús ha inaugurado, haciendo posible por el Bautismo que seamos hijos en el Hijo.

La liturgia misma nos muestra de modo palpable esta realidad. Cuando el sacerdote deja el ambón o la sede, para situarse en el altar —centro de la liturgia eucarística—, todos se preparan de un modo más inmediato para la oración común, que sacerdote y pueblo dirigen al Padre, por Cristo en el Espíritu Santo. En esta parte de la celebración, el sacerdote habla al pueblo únicamente en los diálogos desde el altar, pues la acción sacrificial que tiene lugar en la liturgia eucarística no se dirige principalmente a la comunidad. Sacerdote y pueblo no oran uno hacia el otro, sino hacia el único Señor. De hecho, la orientación espiritual e interior de todos, del sacerdote —como representante de la Iglesia entera— y de los fieles, es versus Deum per Iesum Christum. Así entendemos mejor la exclamación de la Iglesia antigua: «Conversi ad Dominum».

Concretamente, la posición de la cruz en el centro del altar indica la centralidad del crucifijo en la celebración eucarística y la orientación precisa que toda la asamblea está llamada a tener durante la liturgia eucarística: no nos miramos unos a otros, sino que miramos a aquél que ha nacido, muerto y resucitado por nosotros, el Salvador. En este marco se sitúa la disposición que san Josemaría escribía ya a inicios de 1935: «La Santa Cruz y el ara —completamente aislada la mesa del altar— ocupen el lugar sobresaliente». Es a Cristo, de quien toda salvación proviene, el sol que surge, a quien todos hemos de dirigir nuestra mirada, de quien hemos de recibir el don de la gracia. Como señala con sencillez el Papa Francisco: «Sobre la mesa hay una cruz, que indica que sobre ese altar se ofrece el sacrificio de Cristo: es Él el alimento espiritual que allí se recibe, bajo los signos del pan y del vino».

En la medida en que comprendamos esta estructura, en que asimilemos las palabras de la liturgia, entraremos en consonancia interior y estaremos con la Iglesia en coloquio con Dios. En la celebración de los sacramentos el sacerdote habla con Cristo y a través de él con el Dios trino, y reza así con y por los demás. Como señala san Josemaría: «Llevar a los hombres a la gloria eterna en el amor de Dios: ésa es nuestra aspiración fundamental al celebrar la Misa, como fue la de Cristo al entregar su vida en el Calvario.

Si se puede afirmar sin temor a equivocarse que el cristiano, por la comunión de los santos, nunca está solo, en la liturgia esto se palpa continuamente. «Orate, fratres, —reza el sacerdote— porque este sacrificio es mío y vuestro, de toda la Iglesia Santa. Orad, hermanos, aunque seáis pocos los que os encontráis reunidos; aunque solo se halle materialmente presente nada más un cristiano, y aunque estuviese solo el celebrante: porque cualquier Misa es el holocausto universal, rescate de todas las tribus y lenguas y pueblos y naciones (Cfr. Ap V, 9)».

Ya en la Plegaria eucarística, esta universalidad adquiere su verdadera amplitud: «La tierra y el cielo se unen para entonar con los Ángeles del Señor: Sanctus, Sanctus, Sanctus... Yo aplaudo y ensalzo con los Ángeles: no me es difícil, porque me sé rodeado de ellos, cuando celebro la Santa Misa. Están adorando a la Trinidad. Como sé también que, de algún modo, interviene la Santísima Virgen, por la intima unión que tiene con la Trinidad Beatísima y porque es Madre de Cristo, de su Carne y de su Sangre: Madre de Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre».

Se entiende así que el cristiano no puede rezar a Dios de modo auténtico si vive espiritualmente aislado de los demás, sin abrirse a los otros. «La fe cristiana nunca es mera relación subjetiva o personal—privada con Cristo y su palabra, sino que es totalmente concreta y eclesial». De ahí que ningún cristiano ora solo: le acompaña siempre el Espíritu Santo. Su oración es siempre a dúo y a coro: resuena siempre en ella la invocación de la Iglesia en la epíclesis continua a su Señor. Por eso «vivir la Santa Misa es permanecer en oración continua; convencernos de que, para cada uno de nosotros, es éste un encuentro personal con Dios: adoramos, alabamos, pedimos, damos gracias, reparamos por nuestros pecados, nos purificamos, nos sentimos una sola cosa en Cristo con todos los cristianos».

Este sentido de la unidad informa toda la vida de cada fiel: «Nos hemos de esforzar, en nuestra vida interior y en el desarrollo de las virtudes cristianas, pensando en el bien de toda la Iglesia». La plegaria eucarística es un ejemplo elocuente de esta apertura del corazón hacia las intenciones de la Esposa de Cristo presente en toda la tierra: «Así se entra en el canon, con la confianza filial que llama a nuestro Padre Dios clementísimo. Le pedimos por la Iglesia y por todos en la Iglesia: por el Papa, por nuestra familia, por nuestros amigos y compañeros. Y el católico, con corazón universal, ruega por todo el mundo, porque nada puede quedar excluido de su celo entusiasta».

A lo largo de la plegaria eucarística se vuelve en diversos momentos a la petición, y a veces se acude a los santos, pidiendo su intercesión. «Para que la petición sea acogida, hacemos presente nuestro recuerdo y nuestra comunicación con la gloriosa siempre Virgen María y con un puñado de hombres, que siguieron los primeros a Cristo y murieron por él». Y con la intercesión, la petición: «Más peticiones: porque los hombres estamos casi siempre inclinados a pedir: por nuestros hermanos difuntos, por nosotros mismos. Aquí caben también todas nuestras infidelidades, nuestras miserias. La carga es mucha, pero él quiere llevarla por nosotros y con nosotros».

Se acerca el instante de la Consagración. Se reitera aquí «la infinita locura divina dictada por el Amor». Estamos en el vértice de la plegaria eucarística, como señala la Instrucción General del Misal Romano: «Con las palabras y gestos de Cristo, se realiza el sacrificio que el mismo Cristo instituyó en la Última Cena, cuando, bajo las especies de pan y vino, ofreció su Cuerpo y su Sangre, y se los dio a los apóstoles en forma de comida y bebida, y les encargó perpetuar ese mismo misterio».

El sacerdote junta las manos y pronuncia con claridad las palabras del Señor, tal y como lo requiere la naturaleza de las mismas. Especialmente en este momento de la celebración, el sacerdote actúa in persona Christi, lo cual «quiere decir más que en nombre, o también, en vez de Cristo. In persona: es decir, en la identificación específica, sacramental con el sumo y eterno Sacerdote, que es el autor y el sujeto principal de su propio sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie». Se trata para san Josemaría de una realidad diáfana: «Soy, por un lado, un fiel como los demás; pero soy, sobre todo, ¡Cristo en el Altar! Renuevo incruentamente el divino sacrificio del Calvario y consagro in persona Christi, representando realmente a Jesucristo, porque le presto mi cuerpo, y mi voz y mis manos, mi pobre corazón, tantas veces manchado, que quiero que él purifique».

«Termina el canon con otra invocación a la Trinidad Santísima: per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso..., por Cristo, con Cristo y en Cristo, Amor nuestro, a ti, Padre Todopoderoso, en unidad del Espíritu Santo, te sea dado todo honor y gloria por los siglos de los siglos». Recordamos de nuevo que estamos metidos en la corriente trinitaria de amor de Dios por los hombres que es la Eucaristía. El canon concluye dirigiendo a la Trinidad una oración de alabanza, «la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace, sino por lo que él es. Participa en la bienaventuranza de los corazones puros que le aman en la fe antes de verle en la gloria». Si bien es cierto que toda la celebración eucarística es una magna acción de gracias dirigida a la Santísima Trinidad, sin embargo la doxología final de la plegaria eucarística resume y concentra la totalidad de esta alabanza.

A su vez, el gesto de elevar la patena y el cáliz pretende presentar al Padre, para ofrecérsela, la gran Víctima inmolada: Cristo, la expresión suprema del honor y de la gloria debidos a Dios. De hecho, la fórmula de la doxología final muestra que toda oración de alabanza «solo es posible a través de Cristo: él une los fieles a su persona, a su alabanza y a su intercesión, de manera que el sacrificio de alabanza al Padre es ofrecido por Cristo y con Cristo para ser aceptado en él».

En esta misma línea afirmaba san Josemaría: «En el Santo Sacrificio del altar, el sacerdote toma el Cuerpo de nuestro Dios y el Cáliz con su Sangre, y los levanta sobre todas las cosas de la tierra, diciendo: “Per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso” —¡por mi Amor!, ¡con mi Amor!, ¡en mi Amor!— Únete a ese gesto. Más: incorpora esa realidad a tu vida». Las últimas palabras —«incorpora esa realidad a tu vida»—, nos animan a hacer efectivo este gesto a lo largo de la jornada, porque «corresponder a tanto amor exige de nosotros una total entrega, del cuerpo y el alma».

6. La comunión: cuando el encuentro se hace adoración y unión

Parte esencial de la Misa es la Comunión. San Josemaría la recomendó frecuentemente en su predicación. Ya en 1931, al señalar la praxis que deberían seguir los que se incorporasen al Opus Dei, escribió que «ordinariamente recibirán la Sagrada Comunión dentro de la Misa, porque ése es el sentir de la liturgia». De la misma época son también estas palabras: «La comunión dentro de la Misa es la regla, no la excepción. Intra Missam, con hostias ofrecidas y consagradas en la Misa. Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre. Sacrificio unido al Sacramento. ¿Por qué separarlo sin causa razonable?».

El rito de comunión tiene como finalidad que los fieles, debidamente dispuestos, reciban el Pan del cielo y el Cáliz de la salvación, el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó para la vida del mundo. Facilitar este cometido es el objetivo de los tres momentos de preparación inmediata: el Padrenuestro, el gesto de paz y la acción simbólica de la fracción del pan.

San Josemaría se refiere al Padrenuestro diciéndonos: «Jesús es el Camino, el Mediador; en él todo; fuera de él, nada. En Cristo, enseñados por él, nos atrevemos a llamar Padre nuestro al Todopoderoso: el que hizo el cielo y la tierra es ese Padre entrañable que espera que volvamos a él continuamente, cada uno como un nuevo y constante hijo pródigo». Estas palabras nos introducen directamente en la realidad de la Comunión, que acrecienta nuestra unión con Cristo, nos une a él separándonos del pecado, y construye la Iglesia. Unirnos a Cristo y por él a todos los hermanos; filiación en Cristo y fraternidad: son sentimientos que encontramos a lo largo de toda la celebración eucarística.

Señor no soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarme, esta oración que precede a la comunión son señal de contrición, de un dolor de amor adorante que arroja luz sobre lo que sucede en ese momento: «No es que en la Eucaristía simplemente recibamos algo. Es un encuentro y una unificación de personas, pero la persona que viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros es el Hijo de Dios. Esa unificación solo puede realizarse según la modalidad de la adoración. Recibir la Eucaristía significa adorar a aquel a quien recibimos. Precisamente así, y solo así, nos hacemos uno con él». Por eso, el fundador del Opus Dei propone un contraste gráfico: «Para acoger en la tierra a personas constituidas en dignidad hay luces, música, trajes de gala. Para albergar a Cristo en nuestra alma, ¿cómo debemos prepararnos? ¿Hemos pensado alguna vez en cómo nos conduciríamos, si solo se pudiera comulgar una vez en la vida?».

Concluye la Santa Misa: «Con Cristo en el alma [...] la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo nos acompaña durante toda la jornada, en nuestra tarea sencilla y normal de santificar todas las nobles actividades humanas». Aranda glosa así esta consideración: «De una manera natural y espontánea, viene una y otra vez a la mente y a la pluma del autor la formulación de su doctrina fundamental, fruto de los dones fundacionales impresos por Dios en su alma: la llamada de todos los fieles cristianos a la santidad en su propio estado y circunstancias de vida, y en particular la vocación—misión de los fieles laicos de santificar todas las nobles actividades humanas. La califica de tarea sencilla y normal, puesto que no desborda los cauces de la vida profesional y social ordinaria, sino que ha de desenvolverse en el interior de los deberes y obligaciones de cada uno».

La Santa Misa se proyecta, de algún modo, en la vida entera de los fieles. «Muy unidos a Jesús en la Eucaristía, lograremos una continua presencia de Dios, en medio de las ocupaciones ordinarias propias de la situación de cada uno en este peregrinar terreno, buscando al Señor en todo tiempo y en todas las cosas». Esta coherencia cristiana que reclaman las celebraciones litúrgicas ha sido recordada por el Papa Francisco: «Celebrar el verdadero culto espiritual quiere decir entregarse a sí mismo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios (cfr. Rm 12, 1). Una liturgia que estuviera separada del culto espiritual correría el riesgo de vaciarse, de perder su originalidad cristiana y caer en un sentido sagrado genérico, casi mágico, y en un esteticismo vacío. Al ser acción de Cristo, la liturgia impulsa desde dentro a revestirse de los mismos sentimientos de Cristo, y en este dinamismo toda la realidad se transfigura».

Este breve recorrido que hemos hecho de la liturgia de la Santa Misa de la mano de san Josemaría nos ayuda a comprender por qué afirmaba que: «Asistiendo a la Santa Misa, aprenderéis a tratar a cada una de las Personas divinas». En la celebración, los fieles se pueden dirigir al Padre, en Cristo por la acción del Espíritu Santo: en este entrar en diálogo con las personas divinas, crece su vida cristiana. Un diálogo al que invita cada gesto y palabra propia del rito, que cobran así un significado especial. Nos vemos impulsados a cuidarlos con atención, con afán de seguir este camino de amor: «No ama a Cristo quien no ama la Santa Misa, quien no se esfuerza en vivirla con serenidad y sosiego, con devoción, con cariño. El amor hace a los enamorados finos, delicados; les descubre, para que los cuiden, detalles a veces mínimos pero que son siempre expresión de un corazón apasionado».

Fuente: romana.org


Notas:

Publicado por JOQUIVESA en 11:49

09 diciembre 2022

El Papa Francisco llora por el sufrimiento de Ucrania ante la Inmaculada

Tradicional homenaje y oración a los pies del monumento a la Virgen en la plaza de España


El Papa Francisco llora por la martirizada Ucrania durante el tradicional homenaje y oración a los pies del monumento a la Virgen de la Inmaculada en Roma. El Santo Padre se emocionó porque le hubiera gustado llevar el agradecimiento de los ucranianos “por la paz que pedimos al Señor desde hace tanto tiempo”.

El Papa reanudó en la tarde de este 8 de diciembre de 2022, a las 16, la tradición iniciada en 1953 por el Papa Pío XII de venerar la imagen de María Inmaculada en la plaza de España de Roma. Esta costumbre fue interrumpida en los dos últimos años debido a la pandemia de COVID-19.

Antes de llegar a la popular plaza, en la que se congregaban numerosos romanos y turistas, Francisco rezó ante el icono de la Salus Populi Romani, en la Basílica de Santa María La Mayor.

Tras los cantos, el Obispo de Roma depositó una ofrenda floral, a lo que siguieron las letanía y la oración del Pontífice.

Publicamos a continuación la oración que el Santo Padre ha compuesto especialmente y que recita durante el Acto de Veneración de la Inmaculada Concepción en la Plaza de España:

***

Oración del Santo Padre

Nuestra Madre Inmaculada,

hoy el pueblo de Roma se reúne a tu alrededor.

Las flores puestas a tus pies

por tantas realidades urbanas

expresar su amor y devoción por ti,

que velan por todos nosotros.

Y también ves y acoges

esas flores invisibles que son tantas invocaciones,

tantas súplicas silenciosas, a veces sofocadas,

oculto pero no para ti, que eres Madre.

 

Después de dos años en los que he llegado

para rendirte homenaje a solas al despuntar el día,

hoy vuelvo a ti junto con el pueblo,

la gente de esta Iglesia, la gente de esta Ciudad.

Y te traigo las gracias y súplicas

De todos tus hijos, cercanos y lejanos.

 

Tú, desde el Cielo donde Dios te ha acogido,

ven las cosas de la tierra mucho mejor que nosotros;

pero como Madre escuchas nuestras invocaciones

para presentárselos a tu Hijo

a su Corazón lleno de misericordia.

 

En primer lugar te traigo el amor filial

de innumerables alimentan la mayor gratitud hacia ti

por tu belleza todo gracia y humildad:

porque en medio de tantas nubes negras

eres un signo de esperanza y consuelo.

Te traigo las sonrisas de los niños

que aprenden su nombre delante de su imagen,

en brazos de sus madres y abuelas,

y empezar a conocer

que ellos también tienen una Madre en el Cielo.

Y cuando, en la vida, sucede que esas sonrisas

dan paso a las lágrimas,

lo importante que es haberte conocido,

¡de haber tenido el don de tu maternidad!

 

Te traigo la gratitud de los viejos y las viejas:

un agradecimiento que es uno con su vida,

tejida de recuerdos, de alegrías y penas,

de logros que conocen

que han conseguido con su ayuda,

sosteniendo su mano en la tuya.


Madre, te traigo las preocupaciones de las familias,

de padres y madres que a menudo luchan

para llegar a fin de mes en casa

y afrontar día a día

pequeños y grandes retos para salir adelante.

En particular, les encomiendo a las parejas jóvenes,

que mirándote a ti y a San José

afrontan la vida con valentía

confiando en la Providencia de Dios.

Publicado por JOQUIVESA en 21:03

07 diciembre 2022

«A partir de la Encarnación, Dios mismo se presenta con rostro»

Nacho Valdés

Las fechas navideñas constituyen, sin duda, uno de los momentos en los que el arte sacro brilla con especial fuerza. Postales navideñas, representaciones de la natividad, las figuras de los belenes.. al arte se vuelve, mas que nunca, camino de oración y contemplación.

Junto a sus hermanas, Maysa e Inma, Ignacio Valdés, lleva años dedicado a plasmar en lienzo imágenes de contenido religioso. Junto a obras de corte costumbrista, este artista, nacido en Cádiz y formado en la facultad de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría de Sevilla y en la Winchester School of Fine Art en Winchester, ha llevado escenas de la Sagrada Familia, de santos actuales y pretéritos a cientos de países. Además de España, cuenta con obras en Inglaterra, Polonia, Irlanda, Japón, Estados Unidos, Rusia, Croacia, Sudáfrica, México, Chile, Nigeria, Líbano, Guatemala e Italia.

Sus pinturas, realistas, cercanas y coloridas, centran retablos y capillas poniendo a Dios, de algún modo, en medio del entorno habitual del espectador. Una materialización de la Vía de la Belleza que lleva a cabo de manera natural, como señala en esta entrevista con Omnes: «Mientras estoy pintando, pienso en la gente que, cuando se encuentren delante de ese cuadro, le ayudará a querer más a Dios, o a su Madre.

Dice Antonio López que el verdadero arte religioso es el que conmueve al espectador porque se olvida de «lo artístico» para centrarse en la dimensión religiosa ¿Cree que es así? ¿La fe, es premisa para que una obra religiosa alcance realmente su objetivo?

Las fechas navideñas constituyen, sin duda, uno de los momentos en los que el arte sacro brilla con especial fuerza. Postales navideñas, representaciones de la natividad, las figuras de los belenes.. al arte se vuelve, mas que nunca, camino de oración y contemplación.

Junto a sus hermanas, Maysa e Inma, Ignacio Valdés, lleva años dedicado a plasmar en lienzo imágenes de contenido religioso. Junto a obras de corte costumbrista, este artista, nacido en Cádiz y formado en la facultad de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría de Sevilla y en la Winchester School of Fine Art en Winchester, ha llevado escenas de la Sagrada Familia, de santos actuales y pretéritos a cientos de países. Además de España, cuenta con obras en Inglaterra, Polonia, Irlanda, Japón, Estados Unidos, Rusia, Croacia, Sudáfrica, México, Chile, Nigeria, Líbano, Guatemala e Italia.

Siempre me ha costado encontrar una respuesta al hecho de cómo un cuadro sacro bien hecho técnicamente, incluso catalogado como obra de arte, sin embargo, no suscita en el espectador una devoción, no llega al corazón del que lo contempla aunque agrade enormemente a la vista.

Y, paradójicamente, a veces sucede el caso contrario: ¡cuántas imágenes conocemos que no son un “capo lavoro” pero a la que sin embargo le rezan miles de personas! 

La respuesta a esta duda la encontré en el libro de Santa Faustina Kowalska:

“Una vez, cuando estaba en [el taller] de aquel pintor que pintaba esa imagen, vi. que no era tan bella como es Jesús. Me afligí mucho por eso, sin embargo, lo oculté profundamente en mi corazón. Cuando salimos del taller del pintor, la Madre Superiora se quedó en la ciudad para solucionar diferentes asuntos, yo volví sola a casa. En seguida fui a la capilla y lloré muchísimo. ¿Quién te pintará tan bello como Tú eres? Como respuesta oí estas palabras: No en la belleza del color, ni en la del pincel, está la grandeza de esta imagen, sino en Mi gracia.”

Ciertamente una obra de arte sacra, ha de tener una calidad técnica, para no caer en lo ridículo o lo feo pero, por otro lado, en el arte sacro, la distancia que hay entre lo representado y la forma de representarlo es infinita: ni siquiera los pinceles de Velázquez o Rembrandt son capaces de acercarse un poco a la misma belleza de Dios. En este episodio, Santa Faustina nos habla de un incremento que Dios da en la contemplación de la obra de arte, que va más allá de la belleza del color: se trata de la gracia que otorga a través de la contemplación de la imagen sacra.

¿Cómo puede un pintor hacer que sus obras sean esos instrumentos de la gracia de Dios? ¿Se trata de olvidarse de “lo artístico para centrarse en la dimensión religiosa, como dice Antonio López, o pintar desde la fe?

– Esto pertenece al misterio de Dios, aunque intuyo que puede estar relacionado con la “intención” del artista al pintar. Si la intención de fondo del artista cuando está pintando un cuadro sacro concreto es: el amor a lo que representas, el servicio que prestas a Dios, a la Iglesia, a los demás; la reparación por tus pecados…, es más fácil que Dios lo utilice como instrumento para otorgar su gracia a los que contemplan la obra. Y para esto, sin duda es necesaria la fe.

Sin embargo, si la intención de fondo del artista es: ser alabado por los demás, quedar por encima de nuestros competidores, lucrarse económicamente… Aunque los artistas necesitemos los elogios, una sana competencia nos hace mejorar, y ganar dinero con algo que no muchos saben hacer es más que justo, todo esto es razonable, pero si ocupasen el primer puesto en las intenciones, convertiría a la obra en un instrumento defectuoso de la gracia de Dios, a pesar de que esa persona tenga fe.

Aún así, Dios puede y tantas veces lo hace, usar esas obras imperfectas y “convertir a las piedras en hijos de Abraham”, de ahí mi dificultad en responder a esa pregunta.

¿Se puede orar ante una obra propia?¿Cómo es el diálogo entre un pintor con fe y una obra religiosa que apunta a un ámbito tan íntimo? 

– Me resulta muy difícil rezar ante un cuadro que he pintado, porque enseguida lo veo en clave de pinceladas, no lo puedo evitar. A veces cuando estás pintando, pienso en la gente que, cuando se encuentren delante de ese cuadro, le ayudará a querer más a Dios, o a su Madre.

Los artistas casi no sabemos nada de esas historias íntimas; y eso es bueno que suceda porque quizá uno piense que todo el éxito es suyo, y no es verdad.

En ocasiones me encuentro con una dificultad especial en el proceso o no sé por dónde comenzar: tengo un truco infalible que consiste en pedir ayuda al que estoy representando en el cuadro. El colmo es cuando “cruzas” esa petición, por ejemplo: estoy intentando pintar al Niño Jesús, y le digo a su Madre: “¿Querrás que pinte a tu hijo guapo, verdad?” No falla.

Cuando se aborda la pintura de la Virgen, de San José, ¿se es consciente de que habrá personas que materialicen su oración a través de esas imágenes, que le están «poniendo cara» a Dios? ¿Es una responsabilidad o un reto?

– El tema de la imagen mental que tenemos de Dios Padre, de Jesús, la Virgen…, es muy interesante. Nosotros pensamos con imágenes y las necesitamos. Desde que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, Jesucristo, se encarnó en el seno de María, ya tiene un cuerpo concreto, un rostro único, singular, reconocible por los que le rodeaban.

En el Antiguo Testamento, Dios había prohibido su representación en una imagen, para evitar el contagio de los pueblos vecinos y caer en la idolatría; ya sabemos cómo acabó lo del becerro de oro… Pero, a partir de la Encarnación, todo cambia, y Dios mismo se presenta con el rostro de Jesús. También María y José tienen unos rasgos concretos, únicos. El arte cristiano ha ido creando imágenes de ellos con la imaginación de los artistas y la devoción del pueblo.

La imagen de Jesucristo quedó fijada desde muy temprano, gracias al “mandylion” y a la Sábana Santa, pero los rostros de la Virgen, San José, los apóstoles, etc, han sido representados de modos variados, aunque nunca se ha roto un hilo conductor, en la historia del arte, que nos ayuda a reconocer los personajes representados: elementos de vestuario, poses, atributos… Pero cada época y cada artista, tiene su modo propio de representarlos. 

Al final, como ocurre en cada familia, cada uno tiene sus preferencias, y no hablo sólo de gustos, sino de la devoción que le produce o del misterio que ellos perciben: si uno prefiere una Virgen renacentista para dirigirse a Ella, pues genial.

Yo intento representar a la Virgen y San José como me los imagino, sin tratar de romper el hilo del que hablaba antes, pero sé que cuando haces una nueva imagen, al principio puede chocar, porque ya teníamos otra imagen mental consolidada, pero el paso del tiempo lo arregla.

A mí me pasó, por ejemplo, con la actriz que representaba a la Virgen e la película de “La Pasión”, al principio me chocaba, y ahora ya no. Soy un defensor de la idea de que el arte sacro es un servicio a los demás, en ese sentido es todo un reto.

¿Qué rostro tiene para ti la Virgen a la que has retratado con asiduidad?

– La Virgen es ante todo mi Madre. Tiene el rostro de una madre y no hace falta que me explaye en contar cómo son las madres porque todos lo sabemos. También me ocurre algo un poco misterioso y es que en cada rostro de mujer, percibo un destello de María, aunque esa mujer tenga sus defectos, por eso cuando me posa una modelo, intento reflejar ese destello.

En los últimos años, hemos visto un arte religioso que podríamos calificar de «cercano»: escenas familiares o íntimas de la Sagrada Familia, una incorporación de los nuevos santos. ¿La pintura también se adapta al nuevo lenguaje de los creyentes, de la sociedad? 

– No creo que la pintura se tenga que adaptar al nuevo lenguaje de la sociedad, los artistas formamos parte de esa misma sociedad, por eso, si intentamos ser nosotros mismos, nos expresamos con el mismo lenguaje. En ocasiones, alguno me ha comentado que mis imágenes son demasiado “reales” y que falta “idealizarlas” un poco más. Yo entiendo que en la pintura sacra no se puede ser banal y que es necesario reflejar el misterio de lo sobrenatural, pero ocurre que cuando se subraya tanto “lo ideal”, las imágenes se alejan de nosotros a un espacio interestelar: representan a personajes que no están con nosotros y nosotros tenemos que ir a ellos. Es el drama actual del cristiano: que actúa a lo largo de la jornada pensando que Dios, la Virgen, los ángeles, los Santos, están lejos de nosotros, en otro plano… muy lejos, y que no les importamos mucho: resulta que es todo lo contrario. Me parece importante recordar esta idea de “cercanía” también a través de la pintura.

La pintura de temática religiosa, ¿está viviendo una nueva época dorada o, por el contrario, pasa por un momento complicado?

– Me falta perspectiva en el tiempo para poder dar una respuesta clara. Para situarnos, en los años sesenta y setenta del anterior siglo, se inició un movimiento iconoclasta en el seno de la Iglesia, los motivos no vienen al caso, pero el hecho es que, de algún modo, aún padecemos esa inercia. En esos años, en el panorama artístico, lo único aceptable era el lenguaje abstracto y la consecuente marginación de cualquier lenguaje figurativo. Esto influyó en los elementos artísticos dentro de las iglesias, creando la paradoja de una “imaginería abstracta sacra”, dos términos: imagen y abstracción, que son contradictorios.

El problema es que la ausencia de las imágenes no es una opción cristiana, como afirmaba Benedicto XVI. En ese contexto, Kiko Argüello propuso un lenguaje neo-icono para las imágenes, y de algún modo, las únicas pinturas figurativas que veíamos en esos años en las iglesias modernas, eran precisamente de este estilo: al menos eran figurativas.

Yo escogí un estilo realista para la pintura sacra, primero porque me gustaba más, y después porque lo veía más cercano a la devoción de la gente. Al pasar el tiempo comencé a dar clases en la Sacred Art School, en Florencia, y desde allí estamos formando promociones de nuevos artistas para todo el mundo, son alumnos de todos los países y aprenden primero la técnica de la pintura y en un segundo paso, a hacer pintura sacra, que es lo más difícil.

Creo que poco a poco se va aceptando esta nueva propuesta, porque la calidad del oficio de pintor va siendo cada vez mejor y la formación en Sagrada Escritura, Historia del arte, Liturgia, Simbología cristiana y Teología, completa un bagaje en el alumno que hace que cuando pinta un cuadro, no sea sólo un cuadro técnicamente bien hecho, sino que intenta transmitir el misterio de nuestra fe.

Fuente: omnesmag.com

Publicado por JOQUIVESA en 21:39

El niño Jesús y el Derecho Internacional Privado

Redacción de millenniumdipr


"Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer: todos sois uno en Jesucristo" (Ga 3, 27-28)

Jesús de Nazaret, más conocido como Jesucristo, nace en Judea, provincia del Imperio Romano. Jesús es uno de los personajes históricos más importante de la cultura occidental, y del que trae causa el nacimiento de la religión mayoritaria, esto es, el cristianismo. Desde que propusiera la Iglesia fijar el 25 de diciembre como fecha del nacimiento del Salvador, en plena época del emperador Constantino I el Grande, estas festividades han tenido por espíritu conmemorar dicho lance. La influencia del cristianismo, sin embargo, no empieza ni termina en esta efeméride. Antes bien, la misma se ha dejado sentir, no solo en la esfera íntima de la persona y el pensamiento filosófico e intelectual de la humanidad, sino también en otros ámbitos, tales como la cultura y el Derecho. En particular, el Derecho Canónico. E incluso, en lo que hace a nuestros intereses, el Derecho Internacional Privado.

Seguramente se preguntará el lector si, y en qué medida, se relacionan el cristianismo y el Derecho Internacional Privado. Prima facie no se atisba relación de género alguno. Efectivamente, no hay ningún dato o nexo que permita relacionar a uno con respecto al otro, ni se desprende elemento alguno que permita colegir una influencia recíproca. Y ello, en cierta medida, es comprensible. Habida cuenta de la separación Iglesia-Estado. No obstante, el aserto anterior se relativiza si atendemos a un examen más ponderado y reposado de la historia. En este sentido, si bien es cierto que la religión no tiene una incidencia directa en el diseño y la configuración de las normas de conflicto, con la salvedad hecha de los estados de corte teocrático o aquéllos en los que la religión oficial o la aristocracia religiosa están presentes en las instituciones, tampoco lo es menos que algunas de sus ideas y valores han sembrado el germen de sus principios informadores. Y hete aquí cuando la influencia del cristianismo se hace notar, siquiera modestamente.

En primer lugar, es preciso destacar que el cristianismo introduce, por vez primera, el principio de igualdad. En este sentido, harta significativas son las palabras de Pablo, a quien se atribuye las palabras que siguen: "Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer: todos sois uno en Jesucristo" (Ga 3, 27-28; Col 3, 11) Una auténtica revolución copernicana, tanto por lo que respecta a la concepción del hombre, como en lo que se refiere a las relaciones humanas. Y todo ello teniendo en cuenta el contexto histórico en el que se inscribe el nacimiento de Jesucristo. No obstante, faltarían aún varios siglos antes de que dichos ideales de libertad e igualdad vieran su cristalización en los textos constitucionales de las democracias modernas y, en particular, en los instrumentos internacionales sobre la materia. Con todo, se había plantado una semilla, que terminaría germinando.

A este respecto, resulta harto significativo el hecho de que, en el marco del Proyecto de Constitución Europea, se propusiera en su momento incluir en el preámbulo una alusión a las “raíces cristianas” de Europa. La propuesta, finalmente, no prosperó. Sin embargo, pese a la polémica que envolvió aquel debate, el Tratado de Lisboa ha recogido el testigo, tal y como se sigue del tenor literal de su preámbulo, que reza “INSPIRÁNDOSE en la herencia cultural, religiosa y humanista de Europa, a partir de la cual se han desarrollado los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona, así como la libertad, la democracia, la igualdad y el Estado de Derecho”. La contribución del cristianismo en la configuración de los derechos y libertades es, pues, innegable. En particular, por lo que hace a sus ideales de libertad e igualdad.

Descendiendo a detalles, en este sentido, cabría destacar, por un lado, el art. 18 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, que dispone “En el ámbito de aplicación de los Tratados, y sin perjuicio de las disposiciones particulares previstas en los mismos, se prohibirá toda discriminación por razón de la nacionalidad.”, que el TJUE reconoce como piedra angular del Tratado, siendo las manifestaciones más características de este principio las libertades reconocidas en el mismo (léase la libertad de establecimiento, libertad de circulación de personas, libre circulación de mercancías, libertad de prestación de servicios y libre circulación de capitales y pago), y, por otro lado, el art. 21 de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, el cual dispone que “1. Se prohíbe toda discriminación, y en particular la ejercida por razón de sexo, raza, color, orígenes étnicos o sociales, características genéticas, lengua, religión o convicciones, opiniones políticas o de cualquier otro tipo, pertenencia a una minoría nacional, patrimonio, nacimiento, discapacidad, edad u orientación sexual. 2. Se prohíbe toda discriminación por razón de nacionalidad en el ámbito de aplicación de los Tratados y sin perjuicio de sus disposiciones particulares”. En suma, la contribución del cristianismo en la construcción del acervo comunitario y, en particular, por lo que se refiere a la configuración de los derechos y libertades, es innegable. Ello, a su vez, ha coadyuvado igualmente a sentar las bases de los principios informadores de los reglamentos de Derecho Internacional Privado de la UE.

En el contexto de la construcción del proyecto europeo, la Comunidad se ha fijado el objetivo de mantener y desarrollar un espacio de libertad, de seguridad y de justicia en el que esté garantizada la libre circulación de personas. Hete aquí el pilar sobre el que reposa toda la arquitectura del Derecho Internacional Privado de la UE. Por ello, a ninguna extrañeza conduce que lo antedicho haya venido a encabezar los considerandos de los distintos reglamentos sobre la materia que nos ocupa. En este sentido, el predecesor del actual Reglamento Bruselas I bis, el legendario Reglamento (CE) nº 44/2001 de 22 de diciembre de 2000 (“Reglamento 44”); el Reglamento (UE) nº 650/2012 de 4 de julio de 2012 (“RES”); Reglamento (UE) n° 655/2014 de 15 de mayo de 2014 (“Reglamento de retención de cuentas”); Reglamento (UE) nº 1259/2010 de 20 de diciembre de 2010 (“Roma III”), entre otros. Por lo que se refiere al principio de no discriminación e igualdad, del que trae origen la libertad de circulación, dice Bruselas I bis, en su art. 4, apartado 1, que “Salvo lo dispuesto en el presente Reglamento, las personas domiciliadas en un Estado miembro estarán sometidas, sea cual sea su nacionalidad, a los órganos jurisdiccionales de dicho Estado.”. Por su parte, destaca Roma III en su Considerando 21 que “respeta los derechos fundamentales y observa los principios reconocidos por la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, en concreto por su artículo 21, que prohíbe toda discriminación, y en particular la ejercida por razón de sexo, raza, color, orígenes étnicos o sociales, características genéticas, lengua, religión o convicciones, opiniones políticas o de cualquier otro tipo, pertenencia a una minoría nacional, patrimonio, nacimiento, discapacidad, edad u orientación sexual”. La libertad y la igualdad constituyen, pues, los ejes fundamentales sobre los cuales se diseña y articula toda la arquitectura del 

Derecho Internacional Privado de la UE.

En estas coordenadas, la uniformidad deviene en el instrumento mediante el cual se pretende alcanzar el anhelado espacio de libertad, de seguridad y de justicia a que se ha hecho referencia. En este sentido, el antes citado Reglamento 44, en su Considerando 2, ya fijaba como propósito promover medidas que “unifiquen las normas sobre conflictos de jurisdicción en materia civil y mercantil”. Por su parte, el RES, recogía igualmente dicha idea en su Considerando 4, al hacer referencia a “medidas relativas a la armonización de las normas de conflictos de leyes como medidas destinadas a facilitar el reconocimiento mutuo de las resoluciones judiciales”.

Es menester, no obstante, descender al caso particular. Así, pongamos el caso de un empresario español, quien, de resultas de un litigio con un comerciante belga, obtiene de los tribunales españoles una resolución favorable, interesando su reconocimiento o ejecución en Bélgica. Si ello fuera imposible o excesivamente difícil, probablemente este empresario no tendría incentivos para hacer más negocios con belgas o cualquier otro profesional o comerciante nacional de otro Estado miembro. El comercio dentro de la UE se vería resentido y la libertad de circulación, de libre prestación de servicios y de establecimiento gravemente afectados. De otra parte, siguiendo esta puesta de ejemplos, imaginemos el caso de un francés que, en algún momento de su vida, hace testamento, con arreglo a su ley personal, y, ulteriormente, se traslada a España. Sea por motivos personales, sea para pasar en nuestro país la última etapa de su vida. Si al cruzar los Pirineos ello se tradujera en un cambio de la Ley aplicable a su sucesión y algunas de las disposiciones contenidas en su testamento devinieran inválidas, este ciudadano francés se lo pensaría dos veces antes de venir a España. Su libertad de circulación se vería comprometida. Igualmente, si la legislación nacional de un determinado Estado miembro, en relación con un extranjero nacional de otro Estado miembro, estableciera, directa o indirectamente, alguna diferencia de trato injustificada con respecto a sus nacionales. Toda vez que ello tendría como corolario que dicho extranjero seguramente se abstendría de trasladarse a dicho país o a desarrollar en el mismo una actividad económica o prestar sus servicios.

Afortunadamente, ya no existe la esclavitud institucionalizada ni el Muro de Berlín. No obstante, ello no quiere decir que no exista otra suerte de “grilletes”, solo que son jurídicos. En lo que hace al Derecho Internacional Privado, dichos grilletes tenían su máxima expresión en la falta de armonización normativa y las profundas divergencias entre las distintas legislaciones nacionales. Ello creaba graves distorsiones en el funcionamiento normal del mercado interior. Todas ellas informadas por valores y principios chovinistas, propios de los estados decimonónicos del S-XIX. Las consecuencias a que estos “grilletes jurídicos” daban lugar se traducía de facto en que las personas se veían limitadas o impedidas respecto a sus desplazamientos intra-UE o de hacer negocios dentro del mercado interior en condiciones de plena libertad. Lo cual, además, ponía a dichas personas en un plano de desigualdad con respecto a los nacionales en similares o análogas circunstancias. El Derecho Internacional Privado de la UE ha removido todos estos obstáculos, contribuyendo a construir un espacio interior en el que sus ciudadanos pueden ejercer sus derechos y libertades sin obstáculos ni impedimentos, y libres de cualquier trato discriminatorio.

El DIPr. del S-XXI, más concretamente, el Derecho Internacional Privado de la UE, ha asumido estos principios de libertad e igualdad, erigiéndose en los principios informadores de sus reglamentos. En suma, probablemente el cristianismo no haya influido en el diseño de las normas de conflictos de los reglamentos a que se ha hecho referencia; sin embargo, su contribución en la configuración de su base ideológica está sustraída a cualquier duda. Puesto que las enseñanzas de Jesús han puesto la semilla. Por ello, el Derecho Internacional Privado de la UE es, en cierta medida, tributario de esta herencia cristiana.

Por lo anterior, el nacimiento del Niño Jesús constituye un hito que bien amerita su conmemoración en estas fechas tan señaladas. En particular, para las ciencias inter-privatistas.

Fuente: millenniumdipr.com

Publicado por JOQUIVESA en 21:17

La confirmación de la buena decisión

 El Papa en la Audiencia General


Catequesis sobre el discernimiento 11. 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el proceso del discernimiento, es importante permanecer atentos también a la fase que sigue inmediatamente a la decisión tomada, para captar los signos que la confirman o los que la desmienten.  Debo tomar una decisión, hago el discernimiento, pro o contra, sentimientos, rezo… después termina este proceso y tomo la decisión y después viene esa parte en la que debemos estar atentos, ver. Porque en la vida hay decisiones que no son buenas y hay signos que la desmienten, mientras que para las buenas hay signos que la confirman.

Hemos visto de hecho cómo el tiempo es un criterio fundamental para reconocer la voz de Dios en medio de otras muchas voces. Solo Él es Señor del tiempo: esto es una marca de garantía de su originalidad, que lo diferencia de las imitaciones que hablan en su nombre sin lograrlo. Uno de los signos distintivos del espíritu bueno es el hecho de que comunica una paz que dura en el tiempo. Si tú haces una profundización, después tomas la decisión y esto te da una paz que dura en el tiempo, esto es una buena señal e indica que el camino ha sido bueno. Una paz que trae armonía, unidad, fervor, celo. Tú sales del proceso de profundización mejor de cómo has entrado.

Por ejemplo, si tomo la decisión de dedicar media hora más a la oración, y después me doy cuenta de que vivo mejor los otros momentos del día, estoy más sereno, menos ansioso, desempeño con más cuidado y gusto el trabajo, incluso las relaciones con algunas personas difíciles se vuelven más fáciles…: todos estos son signos importantes que sostienen la bondad de la decisión tomada. La vida espiritual es circular: la bondad de una elección es beneficiosa para todos los ámbitos de nuestra vida. Porque es participación en la creatividad de Dios.

Podemos reconocer algunos aspectos importantes que ayudan a leer el tiempo sucesivo a la decisión como posible confirmación de su bondad, porque el tiempo sucesivo confirma la bondad de la decisión. Estos aspectos importantes ya los hemos visto, de alguna manera, a lo largo de estas catequesis, pero ahora encuentran una aplicación ulterior.

Un primer aspecto es si la decisión es considerada como un posible signo de respuesta al amor y a la generosidad que el Señor tiene hacia mí. No nace del miedo, no nace de un chantaje afectivo o de una obligación, sino que nace de la gratitud por el bien recibido, que mueve el corazón a vivir con liberalidad la relación con el Señor.

Otro elemento importante es la conciencia de sentirse en el propio lugar en la vida —esa tranquilidad: “Estoy en mi lugar”— y sentirse parte de un diseño más grande, al que se desea ofrecer la propia contribución. En la plaza de San Pedro hay dos puntos precisos —los focos de la elipse— desde donde se ven las columnas de Bernini perfectamente alineadas. De forma análoga, el hombre puede reconocer que ha encontrado lo que está buscando cuando su jornada se vuelve más ordenada, advierte una creciente integración entre sus múltiples intereses, establece una correcta jerarquía de importancia y logra vivir todo con facilidad, afrontando con renovada energía y fuerza de ánimo las dificultades que se presentan. Estas son las señales de que has tomado una buena decisión.

Otro buen signo, por ejemplo, de confirmación es el hecho de permanecer libres respecto a lo decidido, dispuestos a volver a cuestionarlo, también a renunciar frente a posibles desmentidos, tratando de encontrar en ellos una posible enseñanza del Señor. Esto no porque Él quiera privarnos de lo que más queremos, sino para vivirlo con libertad, sin apego. Solo Dios sabe qué es verdaderamente bueno para nosotros. Ser posesivo es enemigo del bien y mata el afecto, estad atentos a esto, ser posesivo es enemigo del bien, mata el afecto: los muchos casos de violencia en ámbito doméstico, de los que lamentablemente tenemos noticias frecuentes, nacen casi siempre de la pretensión de poseer el afecto del otro, de la búsqueda de una seguridad absoluta que mata la libertad y sofoca la vida, haciéndola un infierno.

Podemos amar solo en la libertad, por esto el Señor nos ha creado libres, libres también de decirle no. Ofrecerle a Él lo que más queremos está en nuestro interés, nos consiente vivirlo de la mejor manera posible y en la verdad, como un don que nos ha hecho, como un signo de su bondad gratuita, sabiendo que nuestra vida, así como la historia entera, está en sus manos benévolas. Es lo que la Biblia llama el temor de Dios, es decir, el respeto de Dios, no que Dios me asuste, no, sino un respeto, una condición indispensable para acoger el don de la Sabiduría (cfr. Sir 1,1-18). Es el temor que expulsa cualquier otro temor, porque está orientado a Aquel que es Señor de todas las cosas. Frente a Él nada puede inquietarnos. Es la experiencia asombrada de san Pablo, que decía así: «Sé andar escaso y sobrado. Estoy avezado a todo y en todo: a la saciedad y al hambre: a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Fil 4,12-13). Este es el hombre libre, que bendice al Señor tanto cuando vienen las cosas buenas como cuando vienen las cosas no tan buenas: ¡bendecido sea y vamos adelante!

Reconocer esto es fundamental para una buena decisión, y tranquiliza sobre lo que no podemos controlar o prever: la salud, el futuro, las personas queridas, nuestros proyectos. Lo que cuenta es que nuestra confianza esté puesta en el Señor del universo, que nos ama inmensamente y sabe que podemos construir con Él algo maravilloso, algo eterno. Las vidas de los santos nos lo muestran de la forma más hermosa. Vayamos siempre adelante tratando de tomar las decisiones así, en oración y sintiendo qué sucede en nuestro corazón e ir adelante lentamente, ¡ánimo!


Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Mañana celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María. Pidamos a nuestra Madre que nos ayude a tomar buenas decisiones y a cumplirlas, para mayor gloria de Dios y bien de nuestro prójimo. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Muchas gracias.


 

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Seguimos avanzando en el tema del discernimiento. Cuando tomamos una decisión, hay algunos signos que nos permiten ver si Dios confirma que vamos por el buen camino. Uno de los signos es la paz, una paz que dura con el paso del tiempo y nos da armonía y nos da fervor, aun en la cruz. Otro signo es la gratitud que experimentamos por los bienes recibidos de Dios, lo que nos lleva a vivir con más generosidad la relación con Él. También es importante cuando sentimos que hemos encontrado nuestro lugar en la vida, y eso nos permite afrontar con fortaleza los momentos difíciles que lleguen.

El hecho de sentirnos libres frente a una decisión tomada, es decir, estar abiertos para cambiar o renunciar a ello sin apegos, también es un buen signo. Sólo Dios sabe lo que es bueno para nosotros, por eso, reconociendo su presencia providente en nuestra vida, le ofrecemos lo que somos y tenemos, sabiendo que todo es un don suyo. Esta confianza en Dios es indispensable para poder tomar siempre una buena decisión.

Fuente: vatican.va


Publicado por JOQUIVESA en 21:06

06 diciembre 2022

Contra el camuflaje

Enrique Gª-Máiquez


Todos somos felizmente complejos, lo que nos hace complementarios con los contrarios

Una cosa es el «apostolado de amistad y confidencia», y otra distinta el de «mimetismo y concesión». Obsérvese que el padre del hijo pródigo en la famosa parábola recibió al niño con la mayor de las alegrías, pero no dejó su casa para ir a buscarlo y todavía menos se empleó como cuidador de cerdos. Tampoco el pastor que sale a buscar a la oveja descarriada se queda triscando por los montes. La trae al redil a rastras.

Hablar con todos, comprenderlos a todos y quererlos a todos no exige renunciar a lo nuestro. Al contrario. Además, a quien no piensa como nosotros le pasa exactamente como a nosotros. ¿No estamos encantados de tener amigos muy diversos y hasta presumimos bastante de tolerancia gracias a eso? Pues a ellos les pasa igual, y les resulta más atractivo ir por ahí diciendo que, a pesar de las enormes diferencias, son grandes amigos de un ultramontano recalcitrante que conocen. El que sin serlo se hace el moderado lo lleva crudo por dos razones: 1ª) sobre la mentira no se construye una amistad; y 2ª), pierde la gracia que él aportaría a esa amistad.

Ni la religión ni la ideología son los únicos temas de conversación ni las únicas razones para la confraternidad. Los otros pueden exclamar el feliz «¡Yo también!» que detectó C. S. Lewis que fundamenta la amistad por una pasión literaria, por una afición deportiva, por un parentesco o, sencillamente, por un sentido del humor parecido. Todos somos felizmente complejos, lo que nos hace complementarios con los contrarios.

No resulta muy atractivo ni en lo personal ni en lo social el que va por la vida pidiendo perdón por existir. La mercancía averiada es la que se intenta colar de matute. Lo bueno se expone a las bravas y subiendo el precio. Con la evolución de la liturgia católica se puede apreciar lo que digo. Hoy por hoy, da la sensación de que la Iglesia se ha avergonzado de la riqueza de su rito, de la cultura de su culto, de la majestuosidad de su música, de la trascendencia de su arte y del oro de su oración. Seguro que en el fondo no es así, pero bastante celebraciones actuales parecen remedos tristes de conciertos acústicos, como queriendo vestirse por lo civil, como el cura que se quita la sotana para disfrazarse de funcionario o como el laico que se olvida de que él es sacerdote, profeta y rey, además de Iglesia. Se me antoja difícil convencer a nadie de la maravilla que es algo que parece que nos avergüenza.

Fuente: diariodecadiz.es

Publicado por JOQUIVESA en 12:31
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      • ¿Y si me equivoco?
      • Aristóteles y Santo Tomás, los dos grandes pilares...
      • El día que el Cielo se quedó sin aliento
      • Lecciones del eclipse
      • Gracias a su fe, humildad y determinación.
      • ¡Mujer, qué grande es tu fe!
      • Asunción de la Virgen María
      • ¿Se pueden evitar los incendios?
      • Una crítica sustancial del marxismo
      • Los Documentos del Concilio Vaticano II
      • Edith Stein, la Santa Teresa de nuestro tiempo
      • Tiempo para hablar con Dios
      • «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!»
      • ¡Hombre de poca fe!
      • Medjugorje: el demonio no se toma vacaciones
      • Invertir según la doctrina social católica, cuatro...
      • Los Documentos del Concilio Vaticano II
      • Dios te sueña mejor
      • El arte de hacer familia con éxito
      • ¿Hacerse o encontrarse?
      • El Señor da sentido a la vida
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