05 abril 2023

El camino hacia la Pascua

 Ramiro Pellitero

¿Qué es lo esencial en la vida cristiana? ¿Cómo asegurarlo? El Papa Francisco ha señalado que la cuaresma es una buena ocasión para “volver a lo esencial”. Algo que siempre podemos hacer, pero que en el tiempo cercano a la Pascua adquiere un significado más intenso.

Las enseñanzas del Papa sobre el sentido de la cuaresma –la preparación de la Pascua–, a partir del miércoles de ceniza, se han centrado en los Ángelus de estos domingos. En ellos pisa sobre las huellas de los pasajes del Evangelio que la liturgia propone: las tentaciones del Señor, su transfiguración, el encuentro con la mujer samaritana, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro.
Tiempo de “volver a lo esencial”

En su homilía del miércoles de ceniza, celebrado en la basílica de Santa Sabina (22-II-2023), el Papa presentó la cuaresma –en cuanto síntesis apretada de una dimensión importante de la vida cristiana– como “el tiempo favorable para volver a lo esencial”; es decir, “para despojarnos de lo que nos pesa, para reconciliarnos con Dios, para reavivar el fuego del Espíritu Santo que habita escondido entre las cenizas de nuestra frágil humanidad. Volver a lo esencial”. Un tiempo de gracia para “volver a lo esencial, que es el Señor”. Así,el rito de la ceniza nos introduce en este camino de regreso, nos invita –subrayaba Francisco– “a volver a lo que realmente somos y a volver a Dios y a los hermanos”. 

“Dios también vive la Cuaresma”

En esa frase se apoyó para distinguir dos pasos. La Cuaresma, primero, como un tiempo de “volver a lo que somos”¿Y qué somos? Somos criaturas que venimos de la tierra y necesitamos del Cielo, pero antes volveremos al polvo, y luego resurgiremos de nuestras cenizas. Dios nos ha creado, somos suyos, le pertenecemos. Y el Papa formuló algo bastante original: “Como Padre tierno y misericordioso, Él también vive la Cuaresma, porque nos desea, nos espera, aguarda nuestro regreso, Y siempre nos anima a no desesperar, incluso cuando caemos en el polvo de nuestra fragilidad y de nuestro pecado”.

Dios “sabe muy bien que no somos más que polvo” (Sal 103, 14). Y, observa el sucesor de Pedro: “Nosotros, sin embargo, muchas veces lo olvidamos, pensando que somos autosuficientes, fuertes, invencibles sin Él; usamos maquillaje para creernos mejores de lo que somos. Somos polvo”.

De ahí la necesidad de despojarnos “del afán de ponernos en el centro, de ser los primeros de la clase, de pensar que sólo con nuestras capacidades podemos ser protagonistas de la vida y trasformar el mundo que nos rodea”. 

Con otras palabras, es este “’un tiempo de verdad’ para quitarnos las máscaras que llevamos cada día aparentando ser perfectos a los ojos del mundo; para luchar, como nos ha dicho Jesús en el Evangelio, contra la falsedad y la hipocresía. No las de los demás, sino las nuestras; mirarlas a la cara y luchar”.

Salir del baluarte del yo

Al volver a lo esencial de lo que somos antes Dios –continúa el Papa–, la Cuaresma se nos aparece como “tiempo favorable para reavivar nuestras relaciones con Dios y con los demás; para abrirnos en el silencio a la oración y a salir del baluarte de nuestro yo cerrado; para romper las cadenas del individualismoy del aislamiento y redescubrir, a través del encuentro y la escucha, quién es el que camina a nuestro lado cada día, y volver a aprender a amarlo como hermano o hermana”.

¿Cómo lograr todo esto? La Cuaresma nos propone recorrer tres grandes vías: la limosna, la oración y el ayuno. Si nos ponemos humildemente bajo la mirada del Señor, entonces “la limosna, la oración y el ayuno no se quedan en gestos exteriores, sino que expresan quiénes somos verdaderamente: hijos de Dios y hermanos entre nosotros”.

Por tanto, estos son “días favorables para recordarnos que el mundo no se cierra en los estrechos límites de nuestras necesidades personales […], para dar a Dios la primacía de nuestra vida, […] para frenar la dictadura de las agendas siempre llenas de cosas por hacer; de las pretensiones de un ego cada vez más superficial y engorroso; y de elegir lo que de verdad importa”. 

En el camino hacia la Pascua –propone el obispo de Roma– “fijemos nuestra mirada en el Crucificado […]. Y al final del trayecto encontraremos con más alegría al Señor de la vida; lo encontraremos a Él, al único que nos hará resurgir de nuestras cenizas”.

Con el diablo no se dialoga

El segundo domingo (Ángelus, 26-II-2023) Francisco contempló la escena de las tentaciones del Señor y su combate contra el diablo (cfr. Mt 4, 1-11). Este, especialista en dividir, intenta separar a Jesús del Padre, “apartarlo de su misión de unidad para nosotros”. Esa unidad que consiste en hacernos participar del amor que une a las Personas divinas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Los venenos de la división

El Papa interpreta la escena: “El maligno intenta entonces instilar en Él [Jesús] tres ‘venenos´ potentes con el fin de paralizar su misión de unidad. Y estos venenos son el apego –el apego a necesidades como el hambre–, la desconfianza –hacia su Padre– y el poder –la sed de poder–”. 

Añade Francisco que son también tentaciones que el diablo emplea con nosotros, “con el fin de dividirnos del Padre y hacer que ya no nos sintamos hermanos y hermanas entre nosotros; las usa para llevarnos a la soledad y a la desesperación”. 

Pero Jesús vence al diablo sin dialogar, sin negociar y sin discutir con Él. Le hace frente con la Palabra de Dios que habla de libertad respecto a las cosas (cfr. Dt 8, 3), de confianza (cfr. Dt 6, 16) y de servicio a Dios (cfr. Dt 6, 13). 

De aquí toma pie Francisco para preguntarnos y aconsejarnos: “¿Qué lugar tiene en mi vida la Palabra de Dios? ¿Recurro a la Palabra de Dios en mis luchas espirituales? Si tengo un vicio o una tentación que se repite, ¿por qué no busco, haciendo que me ayuden, un versículo de la Palabra de Dios que responda a ese vicio? Luego, cuando llegue la tentación, lo recito, lo rezo confiando en la gracia de Cristo”.

La belleza luminosa del Amor

El segundo domingo de cuaresma nos sitúa en la transfiguración del Señor (cfr. Mt 17, 1-9), que manifiesta toda su belleza de Hijo de Dios. Se plantea el Papa una cuestión nada evidente para nosotros: “¿en qué consiste esta belleza?”. Y responde que no consiste en un efecto especial, sino que, puesto que Dios es Amor, consiste en “el esplendor del Amor divino encarnado en Cristo”. Los discípulos ya conocían el rostro del Amor, pero no se habían dado cuenta de su belleza.

Caminar, servir, amar

Ahora se les muestra así la belleza de Dios: como un anticipo del paraíso, que les prepare para saber reconocer esa misma belleza “cuando suba a la cruz y su rostro sea desfigurado”. Pedro habría querido detener el tiempo, pero Jesús no desea apartar a sus discípulos de la realidad de la vida, que incluye el camino para seguirlo hasta la cruz. “La belleza de Cristo –parece contestar Francisco a ciertos pensadores de la modernidad como Marx y Nietzsche– no es alienante, te lleva siempre adelante, no hace que te escondas: ¡sigue adelante!”.

Esta es una enseñanza para nosotros. Estando con Jesús es como “aprendemos a reconocer en su rostro la belleza luminosa del amor que se entrega, incluso cuando lleva las marcas de la cruz”.

Y no solo eso, sino que también podemos aprender a descubrir la luz del amor de Dios en los demás: “Es en su escuela donde aprendemos a captar la misma belleza en los rostros de las personas que cada día caminan junto a nosotros: los familiares, los amigos, los colegas, quienes en diversos modos cuidan de nosotros. ¡Cuántos rostros luminosos, cuántas sonrisas, cuántas arrugas, cuántas lágrimas y cicatrices hablan de amor en torno a nosotros! Aprendamos a reconocerlos y a llenarnos el corazón con ellos”. 

La consecuencia ha de ser ponerse en marcha, “para llevar también a los demás la luz que hemos recibido, con las obras concretas del amor (cfr. 1 Jn 3, 18), sumergiéndonos con más generosidad en las tareas cotidianas, amando, sirviendo y perdonando con más entusiasmo y disponibilidad”.

La sed de Dios y nuestra sed 

El evangelio del tercer domingo de Cuaresma presenta el encuentro de Jesús con la mujer samaritana (cfr. Jn 4, 5-42): “uno de los encuentros más hermosos y fascinantes” del Señor (cfr. Ángelus, 12-III-2023).

Él le pide a ella: “dame de beber”. Se trata, explica el Papa, de una “imagen de la humillación de Dios”. Jesús ha querido atarse a nuestra pobreza, a nuestra pequeñez, porque tenía y tiene sed de cada uno de nosotros. 

Con un argumento de corte agustiniano, explica Francisco: “La sed de Jesús, en efecto, no es sólo física, expresa la sed más profunda de nuestra vida: es sobre todo sed de nuestro amor. Es más que un mendigo, tiene sed de nuestro amor. Y surgirá en el momento culminante de la pasión, en la cruz; allí, antes de morir, Jesús dirá: ‘Tengo sed’ (Jn 19, 28). Esa sed de amor que lo llevó a descender, a humillarse, a ser uno de nosotros”.

Pero es el Señor el que da de beber a la samaritana. Y le habla del agua viva del Espíritu Santo, que desde la cruz derrama, junto con su sangre, desde su costado abierto (cfr. Jn 19, 34).

Eso hace también con nosotros: “Jesús, sediento de amor, apaga nuestra sed con amor. Y hace con nosotros como con la samaritana: sale a nuestro encuentro en nuestra vida cotidiana, comparte nuestra sed, nos promete el agua viva que hace brotar en nosotros la vida eterna (cfr. Jn 4, 14)”.

Todos tienen (tenemos) sed

Jesús no solo pide de beber sino que, como hace con la samaritana,“nos pide que cuidemos la sed de los demás”: nos lo dicen tantos –en la familia, en el trabajo, en los demás lugares que frecuentamos– que tienen sed de cercanía, de atención, de escucha; nos lo dicen los que tienen sed de la Palabra de Dios y necesitan encontrar en la Iglesia un oasis donde beber agua. Nos lo dice nuestra sociedad, donde dominan las prisas, las prisas por consumir y sobre todo la indiferencia, esta cultura de la indiferencia genera aridez y vacío interior. “Y no lo olvidemos”, dice Francisco, “dame de beber es el grito de tantos hermanos y hermanas que carecen de aguapara vivir, mientras seguimos contaminando y desfigurando nuestra casa común, que también, exhausta y sedienta, tiene sed”.

También nosotros como la samaritana –propone Francisco– hemos de dejar de pensar en saciar nuestra sed (material, intelectual o cultural), “sino que con la alegría de haber encontrado al Señor podremos saciar a los demás: dar sentido a la vida de los otros, no como dueños, sino como servidores de esta Palabra de Dios que nos ha saciado, que nos sacia continuamente; podremos comprender su sed y compartir el amor que Él nos dio”.

Y nos invita el Papa a preguntarnos: “¿Tengo sed de Dios, me doy cuenta de que necesito su amor como el agua para vivir? Y luego, a mí que tengo sed, ¿me preocupa la sed de los demás, la sed espiritual, la sed material?

Actitudes del corazón humano ante Jesús

En el cuarto domingo, el Evangelio muestra a Jesús que devuelve la vista a un hombre ciego de nacimiento (cfr. Jn 9, 1-41). “Pero este prodigio –observa Francisco– es acogido de mala manera por varias personas y grupos” (cfr. Ángelus, 19-III-2023). En sus actitudes se ven las actitudes fundamentales del corazón humano ante Jesús: “el corazón humano bueno, el corazón humano tibio, el corazón humano miedoso, el corazón humano valiente”. 

De un lado están los discípulos, que, ante el problema del ciego, desean buscar un culpable, en lugar de preguntarse qué deben hacer ellos mismos.

Luego están los vecinos, que se muestran escépticos: no creen que el que ahora ve sea el mismo ciego de antes. Y sus padrestampoco quieren problemas, en particular ante las autoridades religiosas. 

Todos ellos manifiestan ser “corazones cerrados ante el signo de Jesús, por diferentes motivos: porque buscan un culpable, porque no saben sorprenderse, porque no quieren cambiar, porque están bloqueados por el miedo”.

También nos pasa hoy, dice Francisco: “Ante algo que es realmente un mensaje de testimonio de una persona, un mensaje de Jesús, caemos en eso: buscamos otra explicación, no queremos cambiar, buscamos una salida más elegante que aceptar la verdad”.

Dejarse curar para ver

Y así llegamos a que el único que reacciona bien es el ciego. “Está feliz de ver, da testimonio de lo que le ha pasado del modo más sencillo: ‘Era ciego y ahora veo’. Dice la verdad”. No quiere inventar ni esconder nada, no teme el qué dirán, porque Jesús le ha dado su plena dignidad, sin pedirle ni siquiera el agradecimiento, y le ha hecho renacer.

Y esto es claro” –apunta Francisco–, “sucede siempre: cuando Jesús nos sana, nos devuelve la dignidad, la dignidad plena de la curación de Jesús, una dignidad que nace de lo más profundo del corazón, que se apodera de toda la vida”.

Como suele hacer, Francisco nos interpela sobre la misma escena: “¿Qué posición tomamos, qué hubiésemos dicho entonces? […] ¿Nos dejamos aprisionar por el miedo al qué pensará la gente? […] ¿Cómo acogemos a las personas que tienen tantas limitaciones en la vida, sean físicas, como este ciego; sean sociales, como los mendigos que encontramos en la calle? ¿Acogemos esto como una maldición o como una oportunidad para acercarnos a ellos con amor?”.

Y nos aconseja el sucesor de Pedro que pidamos “la gracia de asombrarnos cada día de los dones de Dios y de ver las diversas circunstancias de la vida, incluso las más difíciles de aceptar, como oportunidades para hacer el bien, como hizo Jesús con el ciego”.

Fuente: omnesmag.com

UNIV’23: La búsqueda de la verdadera felicidad, reto de los jóvenes

Maria José Atienza


El UNIV, nacido bajo la inspiración e impulso de san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, permite a los participantes vivir junto al Papa la Semana Santa y la Pascua en el corazón de la cristiandad.
Roma rejuvenece de manera especial durante los días de Semana Santa. Estudiantes procedentes de más de un centenar de universidades de todo el mundo se reúnen en Roma en estas jornadas con ocasión del UNIV 2023.

El encuentro UNIV combina, además, la formación cultural e intelectual junto a la asistencia a las ceremonias litúrgicas de la Semana Santa, el encuentro con el Santo Padre y un diálogo con el prelado del Opus Dei, Mons. Fernando Ocáriz.

El tema propuesto para este año por comité organizador del UNIV, ha sido “Searching for Happiness” (Buscando la felicidad). Como explica Robert Marsland, portavoz del UNIVForum 2023: “En el último medio siglo hemos podido sondear las profundidades del espacio y secuenciamos el genoma humano, pero aún luchamos por responder dos preguntas simples: ¿qué es la felicidad y cómo puedo aumentarla?”. Ser feliz y saber cómo serlo “es la premisa oculta de toda publicidad y la razón detrás de cada viaje al consultorio médico” señala Marsland.

Ponentes internacionales

El UNIV 2023 prevé manifestaciones culturales en varios lugares de Roma: conferencias, coloquios, muestras, mesas redondas con ponentes como Arthur Brooks, profesor de Práctica de Liderazgo Público en la Escuela Kennedy de Harvard y miembro de la facultad en la Escuela de Negocios de Harvard (Estados Unidos);Yvonne Font, Reumatóloga (Puerto Rico);Francisco Iniesta, profesor de IESE Business School (España); Teresa Bosch y Florencia Aguilar, Executive Director y Co-Founder de Austral World Building Lab (Argentina) o Pietro Cum, CEO y General Manager de ELIS (Italia).

Este año, el UNIV vive el Martes Santo su encuentro universitario académico en la sede de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma.

El UNIV

En estos 55 años, los encuentros UNIV han contado con la participación de más de 100.000 estudiantes universitarios. Cada año los estudiantes participan en la audiencia con el Papa.

En esta ocasión, la audiencia del día 5 de abril será particularmente significativa, teniendo en cuenta la acuciante llamada a la paz de Papa Francisco, y la dramática situación de tantos coetáneos de Ucrania y de varias áreas destruidas por el terremoto de Turquía y Siria.

Fuente: omnesmag.com

04 abril 2023

La gran injusticia

Escrito por Redacción de eldiadecordoba


No olvidemos la facilidad de ser injustos, de condenar al inocente, de manipular los derechos

El sábado 25 de marzo tuvo lugar en el salón de actos del Ayuntamiento de Montilla la XXIX Sentencia Romana que organiza la asociación cultural Centuria Romana Munda. Se trata de un proceso a Jesús a cargo de un prestigioso jurista. Este año fue Jorge Rodríguez-Zapata y Pérez, presidente de la Sección de Derecho de la Real Academia de Doctores de España y presidente de la Sala Tercera del Tribunal Supremo hasta su jubilación en noviembre de 2020, ex-miembro del Tribunal Constitucional, el protagonista de la Sentencia a Jesús.

El magistrado afirmó: “El proceso a Jesús no se basó en la rectitud de la Justicia, que caracterizaba al proceso criminal hebreo para causas de muerte, sino en la iniquidad más absoluta, hasta el punto de constituir un verdadero asesinato judicial”. Desgraciadamente las injusticias acompañan frecuentemente nuestras acciones y, en no pocas ocasiones, disfrazadas del amparo del Derecho. A veces, apoyadas en supuestos derechos, acaban degradando a quienes las cometen y aquellos que pretenden defender.

Da la casualidad que quienes condenaron al Justo, desde sus altas estancias, fueron personajes reconocidos históricamente como corruptos: Caifás, Poncio Pilatos y Judas, que se vendió por treinta monedas de plata.

Ante el Ecce Homo de Juan de Mesa el Mozo se leyó la sentencia: “Te condeno, Señor, y rezo para que se cumpla hasta el fin de los tiempos la tercera petición del Padrenuestro que Tú nos enseñaste: ¡Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo!” Realmente a Cristo, por ser el Hijo de Dios, nadie le podía ejecutar. Él entrega voluntariamente su vida al Padre en rescate por nuestros pecados. Agradezcamos este admirable intercambio y busquemos cumplir la voluntad de Dios; su Justicia sí que nos hace justos y felices.

No olvidemos la facilidad de ser injustos, de condenar al inocente, de manipular los derechos. Rechacemos el pecado, la injusticia, pero acojamos al pecador. Otorguemos el perdón con facilidad y pidamos perdón. Perdonar es lo más grande, divino, que podemos hacer. Nos ennoblece. Pero busquemos la justicia, el bien y la bondad. Realmente, al margen de Dios no se dan ni el derecho ni la justicia.

Me comentaban unos padres que ninguna autoridad les puede obligar a malquerer a sus hijos y dejarles indefensos frente al mal, que les daña y denigra como personas; que estarían dispuestos a ir a la cárcel antes que renunciar a lo que dignifica a los suyos: el sentido sobrenatural, el sentido común y su identidad sexual, personal. Si procuramos orientarles, formarles, acompañarlos en su desarrollo, no podemos dejar al albur los grandes pilares de la vida. No se puede edificar una vida lograda, sana, feliz sin fundamentos sólidos; solo con volátiles sentimientos.

La Semana Santa que estrenamos no puede quedarse en un tiempo de descanso o en un disfrutar de los desfiles procesionales. Debemos vivirla con sentido, aprovechar este tiempo de gracia que la Providencia nos otorga para profundizar en nuestra fe, en el encuentro y seguimiento de Cristo. No podemos ser meros espectadores de la Pasión.

Hoy, Domingo de Ramos, podemos acompañar a Jesús en su entrada triunfal en Jerusalén. Reconocerle como Hijo de Dios, Mesías y Salvador. No olvidemos nuestra fragilidad, lo inestable de la condición humana: hoy podemos aclamar y mañana condenar. Vamos a acogernos a lo único que da estabilidad a la vida, a la Palabra de Dios, a su gracia, a su Cruz: Stat Crux dum volvitur orbis (La Cruz está firme mientras el mundo da vueltas) reza el lema de los Cartujos.

El Triduo pascual comienza con la Misa vespertina de la Cena del Señor el Jueves Santo. Conmemoramos la institución de la Eucaristía y del sacerdocio. La acción sagrada se centra en aquella Cena en la que Jesús, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el testamento de su amor, el Sacrificio de la Alianza eterna. Un momento significativo de esta ceremonia es el lavatorio de los pies a los Apóstoles: muestra de amor que sirve, que se abaja y humilla.

El que pronto dará su vida por nosotros, ahora se hace nuestro servidor: nos enseña a servir con detalles a los demás. Luego se trasladará el Santísimo Sacramento al Monumento en una solemne procesión. Allí acompañaremos, en actitud silenciosa, a Jesús en su oración sacerdotal en el Cenáculo y luego en el Huerto. No dejaremos solo al que abandonaron sus discípulos.

El Viernes Santo escucharemos conmovidos el relato de la Pasión del Señor, adoraremos la Cruz y nos uniremos íntimamente con Él en la comunión sacramental. Podemos también vivir la devoción de hacer el Vía Crucis.

El Sábado Santo la Iglesia enmudece. Estamos tristes, conmovidos contemplando el Cuerpo del Señor que descansa en el Santo Sepulcro. Acompañemos a María, Madre dolorosa, en su espera a la Resurrección de su amado Hijo. De este Sábado Santo procede la devoción de dedicarle a la Virgen todos los sábados del año. No queremos dejarla sola.

Fuente: eldiadecordoba.es


03 abril 2023

El drama de Arthur Schopenhauer

Santiago Leyra Curiá

Fue la suya una existencia dramática, marcada por las figuras de un padre dominante y una madre con ambiciones literarias, y por una indomable voluntad de triunfar en el denso ambiente intelectual que le tocó vivir, donde habían brillado pensadores como Kant, Fichte, Schelling o Hegel.

En una época en que imperaba el culto a la razón, Schopenhauer ya intuyó algunos de los rasgos que configuran nuestro presente: el irracionalismo, el pesimismo trágico, la primacía de la voluntad, de los instintos y del deseo, así como la importancia del arte para entender la naturaleza del ser humano. Lástima que a un hombre tan inteligente le faltara la humildad propia de quien conoce a Dios».

En la estupenda biografía que le dedica Rüdiger Safranski, se afirma que se suele olvidar que estamos ante un filósofo de principios del siglo XIX aunque de tardía influencia especialmente a través de su discípulo Nietszche.

Para él, la voluntad es al mismo tiempo la fuente de la vida y el sustrato en el que anida toda desventura: la muerte, la corrupción de los existente y el fondo de la lucha universal. Schopenhauer nada contra la corriente de su tiempo: no le anima el placer de la acción, sino el arte del abandono.

Además de su célebre pesimismo, su obra tiene elementos aprovechables como su filosofía de la fuerza interior y la invitación al silencio.

Hacia el final de su vida dijo una vez a un interlocutor: “Una filosofía entre cuyas páginas no se escuche las lágrimas, el aullido y el rechinar de dientes, así como el espantoso estruendo del crimen universal de todos contra todos, no es una filosofía”.

Su padre, un rico mercader, quiso hacer de él un comerciante también (un hombre de mundo y de finas costumbres). Pero Arthur, favorecido en este punto por el temprano suicidio de su padre (de quien aprendería el valor, el orgullo, la sobriedad y una arrogancia firme e hiriente) y ayudado por su madre, con la que posteriormente se enemistaría, se convirtió en filósofo. Su pasión por la filosofía surge del asombro ante el mundo y, puesto que tenía fortuna heredada, pudo vivir para la filosofía y no necesitó vivir de ella.

Su obra principal, El mundo como voluntad y representación, fue para él la auténtica tarea de su existencia y no tuvo ningún éxito cuando se publicó. Se retira entonces de la escena sin haber llegado a actuar y se dedica entonces a contemplar desde la barrera el carnaval, a veces cruel, de la vida.

Siendo un hombre de una autoestima prodigiosa, supo pensar y esbozar las tres grandes humillaciones de la megalomanía humana: la humillación cosmológica (nuestro mundo no es más que una de las innumerables esferas que pueblan el espacio infinito y sobre la que se mueve una capa de moho con seres vivientes y cognoscentes); la humillación biológica (el hombre es un animal en el que la inteligencia le sirve exclusivamente para compensar la falta de instintos y la inadecuada adaptación al medio); y la humillación psicológica (nuestro yo consciente no manda en su propia casa).

En la obra del filósofo de Danzing así como en su biografía, podemos descubrir que Schopenhauer fue un niño sin suficiente amor (su madre no amaba a su padre y hay quien dice que se ocupó de Arthur sólo por obligación), lo cual dejó heridas recubiertas luego por el orgullo. En su Metafísica de las costumbres dirá que el ser humano “llevará a cabo toda clase de intentos frustrados y hará violencia a su carácter en los detalles; pero en conjunto tendrá que plegarse al mismo” y que “si queremos apresar y poseer algo en la vida tenemos que dejar innumerables cosas a derecha e izquierda, renunciando a ellas. Pero si somos incapaces de decidirnos de esta manera y nos volcamos sobre todo lo que nos atrae de modo provisional, como hacen los niños en la feria anual, corremos de este modo en zigzag y no llegamos a ningún sitio. El que quiere serlo todo no puede llegar a ser nada”.

Influido por la lectura del Candide de Voltaire y sobrecogido por la desolación de la vida al contemplar la enfermedad, la vejez, el dolor y la muerte, a los 17 años pierde la poca fe que tenía y afirma que “la verdad clara y evidente que el mundo expresaba se superpuso pronto a los dogmas judaicos que me habían inculcado y llegué a la conclusión de que este mundo no podía ser obra de un ser benévolo sino, en todo caso, la creación de un diablo que lo hubiese llamado a la existencia para recrearse en la contemplación de su dolor”. A la vez y paradójicamente atacará al materialismo diciendo que “el materialista será comparable al barón de Münchausen, el cual, nadando a caballo en el agua, trataba de tirar del caballo con las piernas y para arrastrarse a sí mismo tiraba de su propia coleta hacia delante”.

Y es precisamente su renuncia a las verdades cristianas la que le convertirá en un individuo de insoportable trato y de desgraciada existencia: acabará sus días sólo, enfadado durante años con su madre y su única hermana, sin haber conseguido comprometerse con ninguna de las mujeres de las que se aprovechó, denunciado por una vecina que afirmó que la que tiró por las escaleras en una discusión por el ruido que hacía al hablar, y encontrado muerto por su ama de llaves en el sofá de su casa.

Cuando su madre cogió la tesis de Schopenhauer La cuádruple raíz, le dijo: “debe ser algo para boticarios”, a lo que Arthur respondió: “será leído cuando no quede en el trastero ni uno sólo de tus escritos” y su madre replicó: “de los tuyos estará por estrenar toda la edición”.

Sin embargo, a lo largo de su vida tendría momentos de lucidez como cuando concede importancia a la compasión en la vida de los hombres (él mismo deja su herencia a una organización de beneficencia) o cuando le gustaba subir a las montañas y contemplar la belleza del paisaje desde lo alto. En un diario suyo dejará escrito: “Si quitamos de la vida los breves instantes de la religión, del arte y del amor puro, ¿qué es lo que queda sino una sucesión de pensamientos triviales?”. Y en una carta a su madre llegará a decir: “las pulsaciones de la música divina no han cesado de sonar a través de los siglos de barbarie, y un eco inmediato de lo eterno ha permanecido en nosotros, inteligible para todos los sentidos e incluso por encima del vicio y la virtud”.

En el terreno político, el patriotismo le resulta extraño, los acontecimientos bélicos son “trueno y humo”, un juego extraordinariamente necio. Tenía el “pleno convencimiento de no haber nacido para servir a la humanidad con el puño sino con la cabeza y de que mi patria es mayor que Alemania”. Para él, el Estado es un mal necesario, una máquina social que, en el mejor de los casos, acopla el egoísmo colectivo con el interés colectivo de supervivencia y que no tiene ninguna competencia moral. No desea un Estado con alma que, en cuanto puede, trata de poseer el alma de sus súbditos. Schopenhauer defiende sin compromisos la libertad de pensamiento.

En 1850 terminó su última obra, los Parerga y Paralipomena, escritos secundarios, pensamientos dispersos, aunque sistemáticamente ordenados, sobre diversos temas. Entre ellos se encuentran los Aforismos sobre la sabiduría del vivir, que tan famosos se hicieron después (junto a El arte de tener razón: expuesto en 38 estratagemas). En ellos no falta el sentido del humor de su autor, quien afirmó que tomarnos demasiado en serio el presente nos convierte en personas irrisorias y que solo unos cuantos espíritus grandes lograron dejar esa situación para convertirse en personas reidoras. Poco antes de morir afirmó: “La humanidad ha aprendido de mí cosas que nunca olvidará”. Aprendamos pues de sus virtudes y de sus errores.

Fuente: omnesmag.com/

Vida

Pedro López


El ser humano necesita, como del oxígeno, vivir en verdad

Decía san Pablo VI que se debe reflexionar acerca de que el sentido religioso no es  criterio de  verdad:  es  una necesidad  de verdad; pues, aunque toda la historia de las religiones demuestran  la incansable  tendencia, muchas veces humilde y sublime,  otras  tantas  fantásticas  e innobles del  alma humana  hacia  lo divino, el ser humano necesita, como del oxígeno, vivir en verdad.

Hoy, en un mundo secularizado, los resortes vitales son flojos. Se dice que estamos en una sociedad líquida, reflejo de un relativismo en el que las convicciones que antaño abrigamos, y que nos mantenían tensos, hoy se han disipado y ya no son suficientemente sólidas para mantener una actitud digna ante el misterio de la vida, que hoy está agostada. Hace unos días leía una entrevista a varios demógrafos en la que señalaba que la fecundidad en España, que ahora está en 1,1 hijos por mujer, va a seguir siendo así, por diferentes motivos tanto estructurales como valorativos. Pero intuyo que pesan más el cambio de valores, que es mucho más recóndito, que lo estructural: mayor autonomía y empoderamiento de la mujer, deseo de autorrealización, estudios más prolongados, trabajo a tiempo completo, aparte de otros más profundos como la pérdida del sentido de la maternidad, vida más cómoda, etc., que hace que ya no se conciba la maternidad como un hecho natural y deseable, sino más bien como un modo más de completación personal.

Como advirtiera Ortega y Gasset, con esta mengua de la demografía comienza un prolongado proceso de decadencia, como ha sucedido en otras culturas y civilizaciones. Pensemos en la caída del imperio romano. En tiempos de mayor zozobra, hay una mayor dosis de valor personal y de arrojo para afrontar la vida.  En cambio, en las épocas de  consunción (consumismo), el  valor (valentía) se convierte  en una cualidad  insólita  que  sólo algunos poseen. Se siente la vida como un azar en que el hombre depende de voluntades misteriosas, latentes, que operan según los más pueriles caprichos. Ya no se confía en un futuro que se ve como problemático. Esto produce un cierto aturdimiento. Como afirmaba Julián Marías, «una desorientación acaso más profunda que ninguna otra, porque quien la padece no sabe que está desorientado. Se deja llevar, y ni siquiera se da cuenta de que está perdido». Marías es certero cuando relaciona esta desorientación con la falta de reflexión. Y concluye que es imprescindible, cuando el hombre se hace consciente de esta confusión, mostrar interés por las cuestiones más profundas y espirituales para el ser humano. En la vertiente vital necesitamos un cierto acceso a la verdad; y confiar en que la razón nos lleve a creencias firmes e irrenunciables.

Fuente: levante-emv.com/


02 abril 2023

Que la Virgen nos ayude a permanecer cerca de Jesús

 El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas:

Los saludo a todos, romanos y peregrinos, especialmente a los que han venido de lejos. Les doy las gracias por su participación y también por sus oraciones, que han intensificado en los últimos días. ¡Gracias, verdaderamente!

Dirijo una bendición especial a la Caravana de la paz que en estos días ha partido desde Italia hacia Ucrania, promovida por diversas Asociaciones: Papa Juan XXIII, FOCSIV, Pro Civitate Christiana, Pax Christi y otras. Junto con artículos de primera necesidad, llevan la cercanía del pueblo italiano al martirizado pueblo ucraniano, y hoy ofrecen ramos de olivo, símbolo de la paz de Cristo. Nos unimos a este gesto con la oración, que será más intensa en los días de Semana Santa.

Hermanos y hermanas, con esta celebración hemos entrado en la Semana Santa. Los invito a vivirla como nos enseña la tradición del Santo Pueblo Fiel de Dios, es decir, acompañando al Señor Jesús con fe y amor. Aprendamos de nuestra Madre, la Virgen María: ella siguió a su Hijo con la cercanía de su corazón, fue una sola alma con Él y, aun sin comprender todo, junto a Él se entregó plenamente a la voluntad de Dios Padre. Que la Virgen nos ayude a permanecer cerca de Jesús presente en las personas que sufren, descartadas, abandonadas. Que la Virgen nos lleve de la mano a Jesús presente en estas personas.

A todos, un buen camino hacia la Pascua.

Fuente: vatican.va

01 abril 2023

Entrada en Jerusalén

Domingo de Ramos (Ciclo A). 


Evangelio (Mt 21,1-11)

Al acercarse a Jerusalén y llegar a Betfagé, junto al Monte de los Olivos, Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles:

— Id a la aldea que tenéis enfrente y encontraréis enseguida un asna atada, con un borrico al lado; desatadlos y traédmelos. Si alguien os dice algo, le responderéis que el Señor los necesita y que enseguida los devolverá.

Esto sucedió para que se cumpliera lo dicho por medio del Profeta:

Decid a la hija de Sión:

“Mira, tu Rey viene hacia ti

con mansedumbre, sentado sobre un asna,

sobre un borrico, hijo de animal de carga”.

Los discípulos marcharon e hicieron como Jesús les había ordenado. Trajeron el asna y el borrico, pusieron sobre ellos los mantos y él se montó encima. Una gran multitud extendió sus propios mantos por el camino; otros cortaban ramas de árboles y las echaban por el camino. Las multitudes que iban delante de él y las que seguían detrás gritaban diciendo:

— ¡Hosanna al Hijo de David!

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

¡Hosanna en las alturas!

Al entrar en Jerusalén, se conmovió toda la ciudad y se preguntaban:

— ¿Quién es éste?

— Éste es el profeta Jesús, el de Nazaret de Galilea — decía la multitud.

Comentario

En esta escena se cumple lo escrito por el profeta Zacarías: “Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, hija de Jerusalén, mira, tu rey viene hacia ti, es justo y victorioso, montado sobre un asno, sobre un borrico, cría de asna” (Za 9,9). Es un rey de paz revestido de sencillez.

Este maravilloso pasaje del Evangelio habla con delicadeza de la humildad de Jesús, virtud que es inseparable del reconocimiento abierto de la verdad. No llega montado en un corcel brioso, sino en un asno modesto y tranquilo. Ahora bien, ¡es Rey!, y su dominio se extiende hasta los confines de la tierra (cf. Za 9,10). Lo que en las palabras del profeta sólo se vislumbraba como algo misterioso, se cumple plenamente en Jesús. Jesús es rey, y por eso entra así en Jerusalén, pero sin violencia, sin proclamar una insurrección contra los ejércitos romanos. Su autoridad brota de la sencillez, de la paz de Dios, la única fuente del poder salvador. San Josemaría, en una homilía sobre este pasaje señala que “cuando se acerca el momento de su Pasión, y Jesús quiere mostrar de un modo gráfico su realeza, entra triunfalmente en Jerusalén, ¡montado en un borrico!”.

El beato Álvaro del Portillo rememoraba que san Josemaría “nos habló muchas veces de aquel pobre jumento, instrumento del triunfo de Jesús, en el que veía retratados a todos los cristianos que mediante un trabajo profesional bien hecho, realizado cara a Dios, procuran hacer presente a Cristo entre sus compañeros y amigos, llevándole en su vida y en sus obras por pueblos y ciudades, para que solo Dios sea glorificado. Y, continuando con sus recuerdos, hacía notar que “para que el borrico pudiera llevar al Señor (…) tuvo que ir un alma de apóstol a desatarlo del pesebre. Así nosotros debemos ir hacia esas almas que nos rodean, y que están esperando una mano de apóstol (…) que los desate del pesebre de las cosas mundanas, para que sean trono del Señor”.

Más adelante, el beato Álvaro hacía notar que “el Evangelio no nos dice el nombre de esos dos discípulos a quienes Jesús encargó que fueran a desatar al borrico, pero precisa en cambio que cumplieron con exactitud el mandato del Señor (…). La docilidad de estos hombres para atenerse exactamente a lo que se les había encargado, fue un requisito previo a la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén, preludio a su vez del triunfo definitivo sobre el pecado que habría de obtener a los pocos días en el altar de la Cruz.

“Una gran multitud extendió sus propios mantos por el camino” por donde había de pasar Jesús (v. 8) como gesto de entronización, propio de la dinastía davídica (cf. 2 R 9,13). También le daban la bienvenida con ramas de árboles mientras lo aclamaban con unas palabras del Salmo 118 que lo proclamaban como Mesías: “Bendito el que viene en Nombre del Señor” (Ps 118,26), a las que añadían un grito: “Hosanna”, que significa: “¡sálvanos! ¡ayúdanos!”. Su aclamación suena como alabanza jubilosa y explosión de esperanza en la pronta instauración del reino de David y, con esto, en la ansiada redención de Israel.

El Catecismo de la Iglesia Católica sintetiza así lo que hoy leemos en el Evangelio: “En el tiempo establecido, Jesús decide subir a Jerusalén para sufrir su Pasión, morir y resucitar. Como Rey-Mesías que manifiesta la venida del Reino, entra en la ciudad montado sobre un asno; y es acogido por los pequeños, cuya aclamación es recogida por el Sanctus de la Misa: ‘¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna! (¡sálvanos!)’ (Mt 21, 9). Con la celebración de esta entrada en Jerusalén la liturgia de la Iglesia da inicio cada año a la Semana Santa”.

Fuente: opusdei.org


Pascua Judía, Pascua Cristiana

Pablo Uribe Ulloa

“Vivir la Semana Santa es entrar cada vez más en la lógica de Dios, en la lógica de la Cruz, que no es en primer lugar la del dolor y la muerte, sino la del amor y la de la entrega de sí mismo que da vida” (Francisco)

Hacia finales de marzo, millones de personas de todo el mundo han celebrado la fiesta de la pascua. Para los judíos y los cristianos se trata de la fiesta religiosa más importante de su calendario litúrgico ya que configura la vida misma de la fe. En el Antiguo Testamento tenemos los antecedentes más remotos de la pascua judía que tantas veces celebró el mismo Jesús, mientras que en el Nuevo Testamento está el testimonio de la “nueva” pascua instaurada por el Señor. Veamos los aspectos centrales de esta importante fiesta en los ámbitos propios del judaísmo y del cristianismo primitivo.

La pascua judía

Originalmente la pascua (pésaj) en el antiguo Israel era una fiesta agrícola (o pastoril) que ya existía en época cananea, celebrada el día 14 del primer mes del año (‘Abib antes del destierro babilónico y Nisán después del destierro) y que pone fin al tiempo del desierto al comer los frutos de la tierra y ya no el maná bajado del cielo. Así lo narra el libro de Josué (Jos 5, 10-11). Posteriormente, se vincula esta fiesta con la cena del cordero y con la comida de los panes ázimos, estableciéndose -estas dos fiestas juntas- como conmemoración del acontecimiento salvífico del paso por el mar rojo, cuando Dios libera al pueblo de Israel de la esclavitud egipcia y lo conduce al desierto del Sinaí. En los libros del Éxodo, Números y Deuteronomio tenemos las primeras alusiones a la fiesta (Ex 12; Nm 9; Dt 16, 1-8). En la época de la monarquía  hay registros de la celebración de la fiesta realizada por Salomón (1R 9, 25; 2Cr 8, 13) y en tiempo de la reforma de Josías se comienza a transformar en fiesta de peregrinación en Jerusalén (2R 23, 21-23).

El judaísmo rabínico llegó a establecer normas muy precisas para la celebración de la pascua en el templo de Jerusalén, enfatizando el sacrificio. Así lo expresa un texto llamado la Misná:

“El cordero pascual era sacrificado por tres grupos, como está escrito: lo inmolará toda asamblea de la congregación de Israel: asamblea, congregación, Israel. Cuando entraba el primer grupo, se llenaba el atrio. Cuando se cerraban las puertas del atrio, tocaban el sofar, luego la trompeta clamorosamente y luego de nuevo el sofar. Los sacerdotes estaban en pie formando dos filas y teniendo en sus manos vasos de plata y de oro. Una fila tenía todos los vasos de plata y la otra todos de oro. No estaban mezclados. Los vasos no disponían de base a fin de que no los pudieran posar y se coagulara la sangre. Un israelita lo inmolaba, el sacerdote recibía (la sangre) y la entregaba a su compañero y éste al suyo, recibía el (vaso) lleno y devolvía el vacío. El sacerdote que estaba más cercano al altar la vertía de una vez sobre las brasas (del altar)”(Misná Pesahim 5,5-6).

Todo este rito de sangre era parte del sacrificio del cordero realizado por la familia en el templo junto a los sacerdotes. La segunda parte de la celebración se realizaba en las casas mediante una cena íntima en la que se comía el cordero sacrificado, los panes ázimos, las hierbas amargas y cuatro copas de vino. Cada elemento de la cena tenía un significado específico que hacía memoria del gran acontecimiento liberador del éxodo. Este significado salvífico de la pascua estará siempre presente en el judaísmo, como bien lo indica otro texto rabínico llamado el Tárgum:

“Esta es la noche de la pascua para el nombre de YHWH, noche reservada y fijada para la liberación de todo Israel a lo largo de sus generaciones” (Targum de Éxodo 12, 41-42)

La pascua cristiana

La fiesta principal de los cristianos es la pascua en la que se celebra el gran acontecimiento de la resurrección de Jesús, el Señor. Los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas (Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 19-20) nos relatan la “última cena” celebrada por Jesús junto a sus discípulos como una cena de pascua. Está presente el pan ázimo, dos copas de vino (en Lc) y unas bendiciones pero el significado nuevo dado por Jesús a la comida es el anuncio de su propia muerte, ya no se conmemorará la salida de Egipto, sino la muerte del Señor como sacrificio pascual.  La idea del sacrificio pascual la desarrollará más el evangelio de Juan al mostrar a Jesús como “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). El cuarto evangelio hace coincidir la muerte de Jesús con el sacrificio de los corderos pascuales. Así en Jn 19, 14 al momento de su sentencia a muerte y luego en Jn 19,36 aplicando a Jesús lo prescrito sobre los corderos en las leyes de Ex 12, 46 y Nm 9, 12. Es decir, Jesús muere al mismo tiempo en que las familias judías acudían al templo a sacrificar a los corderos para celebrar la pascua. Esta teología del cordero pascual del cuarto evangelio marcará profundamente el cristianismo primitivo y san Pablo en su primera carta a los Corintios la desarrollará diciendo: “eliminad la levadura vieja, para que seáis masa nueva ya que sois ázimos, porque nuestro cordero pascual, Cristo, ha sido sacrificado. De manera que celebramos la Pascua no con levadura vieja, ni con levadura de perversidad y maldad, sino con ázimos de pureza y verdad” (1Co 5, 7-8). Así mismo la primera carta de Pedro exhorta diciendo: “Sabiendo que habéis sido liberados de la conducta estéril heredada por tradición, no con cosas corruptibles -oro o plata- sino con la sangre preciosa de  Cristo, como cordero sin defecto ni mancha” (1P 1, 18-19). Tanto la carta primera a los Corintios como la primera carta de Pedro insisten en la importancia del sacrificio redentor de Jesús. Su muerte dada gratuitamente para todo el mundo tiene un valor expiatorio superior a todos los sacrificios y leyes del antiguo Israel.

Para concluir pensemos que esta pascua que nos regala el Señor es un momento muy importante para la Iglesia al tener un nuevo Papa. Como una manera de reflexionar la importancia del acontecimiento pascual válido para nuestro tiempo actual, guardemos estas primeras palabras del santo Padre, llenas de sabiduría, que ponen el acento en los aspectos centrales de la pascua cristiana, a saber, la entrega de Jesús por amor, la eucaristía como fuente de unión con él y la alegría de la resurrección como acontecimiento del presente y no del pasado:

“Vivir la Semana Santa es entrar cada vez más en la lógica de Dios, en la lógica de la Cruz, que no es en primer lugar la del dolor y la muerte, sino la del amor y la de la entrega de sí mismo que da vida” (Francisco, Audiencia general del 27 de marzo de 2013).

“En la Última Cena, con sus amigos, comparte el pan y distribuye el cáliz «para nosotros». El Hijo de Dios se ofrece a nosotros, ofrece en nuestras manos su Cuerpo y su Sangre para estar siempre con nosotros, para habitar entre nosotros”. (Francisco, Audiencia general del 27 de marzo de 2013)

“Lo que era un simple gesto, algo hecho ciertamente por amor – el ir al sepulcro -, ahora se transforma en acontecimiento, en un evento que cambia verdaderamente la vida. Ya nada es como antes, no sólo en la vida de aquellas mujeres, sino también en nuestra vida y en nuestra historia de la humanidad. Jesús no está muerto, ha resucitado, es el Viviente.” (Francisco, Homilía vigilia pascual 30 de marzo de 2013).

Fuente: ucsc.cl/