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JOQUIVESA

Encontrado en la "red" (Mateo 13:47-50)

08 abril 2023

“Voces de paz en un mundo de guerra”

 VÍA CRUCIS, 7 DE ABRIL DE 2023


 Oración inicial

Señor Jesús, tú eres «nuestra paz» (Ef 2,14).

Antes de la Pasión dijiste: «Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo» (Jn 14,27). Señor, necesitamos tu paz, esa paz que no somos capaces de construir con nuestras propias fuerzas. Necesitamos volver a escuchar esas palabras con las que, ya resucitado, reconfortaste tres veces el corazón de los discípulos: «¡La paz esté con ustedes!» (Jn 20,19.21.26). Jesús, que por nosotros abrazas la cruz, mira nuestra tierra sedienta de paz, mientras la sangre de tus hermanos y hermanas se sigue derramando y las lágrimas de tantas madres que pierden a sus hijos en la guerra se mezclan con las lágrimas de tu santa Madre. También tú, Señor, lloraste por Jerusalén porque no había reconocido el camino de la paz (cf. Lc 19,42).

Precisamente desde la Tierra Santa se abre paso el camino de la cruz esta tarde en pos de ti. Lo recorreremos escuchando tu sufrimiento, reflejado en el de tantos hermanos y hermanas que en el mundo han sufrido y sufren la falta de paz, dejándonos interpelar profundamente por los testimonios y ecos que han llegado a los oídos y al corazón del Papa incluso durante sus visitas. Son ecos de paz que reaparecen en esta “tercera guerra mundial a pedazos”, gritos que vienen de países y zonas hoy devastados por la violencia, las injusticias y la pobreza. Todos los lugares donde se padecen conflictos, odios y persecuciones están presentes en la oración de este viernes santo.   

Señor Jesús, cuando naciste los ángeles en el cielo proclamaron: «En la tierra paz a los hombres» (Lc 2,14). Ahora suben nuestras oraciones al cielo para conseguir «la paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia» (Pacem in terris, 1). Rezamos suplicando esa paz que nos has confiado y que no logramos conservar. Jesús, desde la cruz abrazas al mundo entero. Perdona nuestros errores, sana nuestros corazones, danos tu paz.

 

1. Jesús es condenado a muerte
(voces de paz desde Tierra Santa)

Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado (Mt 27,26).

¿Barrabás o Jesús? Deben elegir. No es una decisión cualquiera; se trata de decidir dónde estar, qué posición tomar ante las complejas vicisitudes de la vida. La paz, que todos deseamos, no nace por sí misma, sino que espera una decisión por parte nuestra. Hoy como entonces estamos llamados continuamente a decidir entre Barrabás o Jesús: la rebelión o la mansedumbre, las armas o el testimonio, el poder humano o la fuerza silenciosa de la pequeña semilla, el poder del mundo o el del Espíritu. En Tierra Santa parece que nuestra opción sea siempre Barrabás. La violencia parece ser nuestro único lenguaje. El motor de las represalias mutuas se alimenta incesantemente del propio dolor, que a menudo se vuelve el único criterio de juicio. Justicia y perdón no logran dialogar entre sí. Vivimos juntos, sin reconocernos el uno al otro, rechazando uno la existencia del otro, condenándonos mutuamente, en un círculo vicioso sin fin y cada vez más violento. Y en este contexto cargado de odio y rencor, también nosotros estamos llamados a expresar un juicio y a tomar nuestra decisión. Y no podemos hacerlo sin mirar a ese condenado a muerte silencioso, perdedor, pero por quien hemos optado, Jesús. Cristo nos invita a no usar el criterio de Pilatos y de la multitud, sino a reconocer el sufrimiento del otro, a poner en diálogo la justicia y el perdón, y a desear la salvación para todos, también para los ladrones, también para Barrabás.


Oremos diciendo: Ilumínanos, Señor Jesús.

Cuando creemos que tenemos siempre la razón: Ilumínanos, Señor Jesús.
Cuando condenamos sin miramientos a nuestros hermanos: Ilumínanos, Señor Jesús.
Cuando cerramos los ojos ante la injusticia: Ilumínanos, Señor Jesús.
Cuando sofocamos el bien a nuestro alrededor: Ilumínanos, Señor Jesús.

2. Jesús es cargado con la cruz
(voces de paz de un migrante de África occidental)

Él llevó sobre la cruz nuestros pecados,
cargándolos en su cuerpo,
a fin de que, muertos al pecado,
vivamos para la justicia.
Gracias a sus llagas, ustedes fueron curados (1 P 2,24).

Mi vía crucis comenzó hace seis años, cuando dejé mi ciudad. Después de 13 días de viaje llegamos al desierto y lo atravesamos en 8 días, topándonos con coches quemados, bidones de agua vacíos, cadáveres de personas, hasta llegar a Libia. El que todavía debía dinero a los traficantes por la travesía fue encerrado y torturado hasta que pagó. Algunos perdieron la vida, otros la razón. Me prometieron que me pondrían en un barco rumbo a Europa, pero los viajes fueron cancelados y no recuperamos el dinero. Allí estaban en guerra y llegamos al punto de ya no prestar atención a la violencia ni a las balas perdidas. Encontré trabajo como estucador para pagar otro viaje. Finalmente subí con más de cien personas en una balsa inflable. Navegamos durante horas hasta que una embarcación italiana nos salvara. Estaba lleno de alegría, nos arrodillamos para agradecer a Dios; después descubrimos que la embarcación estaba regresando a Libia. Allí estuvimos encerrados en un centro de detención, el peor lugar del mundo. Diez meses después estaba nuevamente en una barca. La primera noche hubo marejada, cuatro cayeron al mar, logramos salvar a dos. Me dormí esperando morir. Al despertarme, vi junto a mí personas que me sonreían. Unos pescadores tunecinos pidieron ayuda, la barca atracó y unas ONG nos dieron comida, ropa y cobijo. Trabajé para pagar otro viaje. Era la sexta vez; después de tres días en el mar llegué a Malta. Permanecí en un centro durante seis meses y allí perdí la razón; cada tarde preguntaba a Dios por qué, ¿por qué hombres como nosotros deben considerarnos enemigos? Muchas personas que huyen de la guerra cargan cruces similares a la mía.
 

Oremos diciendo: Líbranos, Señor Jesús.

De las condenas fáciles al prójimo: Líbranos, Señor Jesús.                 
De los juicios precipitados: Líbranos, Señor Jesús.
De las críticas y de las palabras inútiles: Líbranos, Señor Jesús.
De las habladurías destructivas: Líbranos, Señor Jesús.

3. Jesús cae por primera vez
(voces de paz de los jóvenes de Centroamérica)

Él soportaba nuestros sufrimientos
y cargaba con nuestras dolencias,
y nosotros lo considerábamos golpeado,
herido por Dios y humillado.
Él fue traspasado por nuestras rebeldías
y triturado por nuestras iniquidades (Is 53,4-5).

Nosotros los jóvenes queremos la paz. Pero con frecuencia caemos, y la caída tiene muchos nombres: nos tiran al suelo la pereza, el miedo, el desaliento y también las promesas vacías de una vida fácil pero sucia, hecha de avidez y corrupción. Esto es lo que hace crecer las espirales del narcotráfico, de la violencia, de las dependencias y la explotación de las personas, mientras muchas familias siguen llorando la pérdida de los hijos; y la impunidad del que estafa, secuestra y mata no tiene fin. ¿Cómo obtener la paz? Jesús, tú caíste bajo el peso de la cruz, pero te pusiste en pie, tomaste nuevamente la cruz y con ella nos diste la paz. Nos impulsas a tomar las riendas de la propia vida; nos animas a tener la valentía de implicarnos; que en nuestra lengua se dice “compromiso”. Y significa decir no a muchos compromisos, a muchos falsos compromisos que matan la paz. Estamos llenos de estas componendas: no queremos violencia, pero en las redes sociales atacamos a quien no piensa como nosotros; queremos una sociedad unida, pero no nos esforzamos por entender al que tenemos a nuestro lado; peor aún, descuidamos a quien nos necesita. Señor, pon en nuestro corazón el deseo de levantar al que está caído. Como tú haces con nosotros.  


Oremos diciendo: Levántanos, Señor Jesús.

De nuestras perezas: Levántanos, Señor Jesús.
De nuestras caídas: Levántanos, Señor Jesús.
De nuestras tristezas: Levántanos, Señor Jesús.
De pensar que ayudar a los demás no nos corresponde a nosotros: Levántanos, Señor Jesús.

4. Jesús se encuentra con su Madre
(voces de paz de una madre de Sudamérica)

Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos» (Lc 2,34-35).

En el 2012 la explosión de una bomba puesta por los guerrilleros me destrozó una pierna. La metralla me provocó decenas de heridas en el cuerpo. De aquel momento recuerdo los gritos de la gente y la sangre por todas partes. Pero lo que más me aterrorizó fue ver a mi hija de siete meses, cubierta de sangre, con muchos trozos de vidrio incrustados en su carita. ¡Lo que debe haber sido para María ver el rostro de Jesús deformado y ensangrentado! Yo, víctima de esa violencia insensata, al principio experimenté rabia y resentimiento, pero después descubrí que si difundía odio creaba aún más violencia. Comprendí que dentro de mí y a mi alrededor había heridas más profundas que las del cuerpo. Comprendí que muchas víctimas necesitaban descubrir, tal y como lo hice yo, y a través de mí, que tampoco para ellos esto había terminado y que no se puede vivir de resentimiento. De este modo empecé a ayudarles: estudié para enseñar a prevenir los accidentes causados por los millones de minas diseminadas en nuestro territorio. Agradezco a Jesús y a su Madre por haber descubierto que enjugar las lágrimas de los demás no es tiempo perdido, sino la mejor medicina para curarse a uno mismo.


Oremos diciendo: Haz que te reconozcamos, Señor Jesús.

En el rostro desfigurado de los que sufren: Haz que te reconozcamos, Señor Jesús.
En los pequeños y en los pobres: Haz que te reconozcamos, Señor Jesús.
En quienes piden un gesto de amor: Haz que te reconozcamos, Señor Jesús.
En los perseguidos a causa de la justicia: Haz que te reconozcamos, Señor Jesús.

5. Jesús es ayudado por el Cireneo
(voces de paz de tres migrantes provenientes de África, Asia del Sur y Oriente Medio)

Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús (Lc 23,26).

[1] Soy una persona herida por el odio. El odio, una vez experimentado, no se olvida, te cambia. El odio asume formas horribles. Lleva a un ser humano a usar una pistola no sólo para dispararle a otro, sino también para romperle los huesos mientras los demás miran. Tengo dentro un vacío de amor que hace que me sienta una carga inútil. ¿Habrá un cireneo para mí? [2] Mi vida está en camino. Escapé de las bombas, de los cuchillos, del hambre y del dolor. Fui empujado a un camión, escondido en baúles, arrojado en barcas inseguras. Y, sin embargo, mi viaje continuó para poder alcanzar un lugar seguro, que ofrezca libertad y oportunidades; donde pueda dar y recibir amor, practicar mi fe; donde esperar sea real. ¿Habrá un cireneo para mí? [3] A menudo me preguntan: ¿Quién eres? ¿Por qué estás aquí? ¿Cuál es tu estatus? ¿Esperas quedarte? ¿Adónde irás? No son preguntas que quieran herir, pero hieren. Hacen que lo que espero ser se reduzca a una marca sobre las casillas de un módulo; debo elegir entre extranjero, víctima, solicitante de asilo, refugiado, migrante, otro; pero lo que quisiera escribir es persona, hermano, amigo, creyente, prójimo. ¿Habrá un cireneo para mí? 


Oremos diciendo: Perdónanos, Señor Jesús.

Te hemos despreciado en los desafortunados: Perdónanos, Señor Jesús.
Te hemos ignorado en quienes necesitaban ayuda: Perdónanos, Señor Jesús.
Te hemos abandonado en los indefensos: Perdónanos, Señor Jesús.
No te hemos servido en los que sufren: Perdónanos, Señor Jesús.

 

6. La Verónica enjuga el rostro de Jesús
(voces de paz de un sacerdote religioso de la Península Balcánica)

«Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver» (Mt 25,34-36).

Cuando llegó la guerra, tenía cuarenta años y era párroco. Unos agentes armados entraron en la casa parroquial y me llevaron a un campo donde transcurrí cuatro meses. Fueron terribles: privados de las mínimas condiciones higiénicas, sufríamos hambre y sed, sin poder bañarnos ni afeitarnos; éramos maltratados físicamente, golpeados y torturados con diversos objetos. Me llevaban fuera, hasta cinco veces al día, sobre todo de noche, llamándome párroco y golpeándome. Además, me rompieron tres costillas y me amenazaron con arrancarme las uñas, ponerme sal en las heridas y desollarme vivo. Una vez fue tan difícil resistir que supliqué al guardia que acabara con mi vida, convencido de que lo haría de todos modos. El guardia me respondió: “No morirás tan fácilmente, por ti recibiremos ciento cincuenta de los nuestros”. Esas palabras reavivaron en mí la esperanza de sobrevivir. Pero no hubiera sido capaz de soportar todo ese mal yo solo, sin Dios. La oración, repetida en el corazón, hizo maravillas. Y la Providencia llegó, bajo forma de ayuda y comida, a través de una mujer musulmana, Fátima, que logró llegar hasta mí abriéndose paso en medio del odio. Fue para mí como la Verónica para Jesús. Ahora, y hasta el final de mis días, doy testimonio de los horrores de la guerra y grito: ¡Nunca más la guerra!


Oremos diciendo: Danos tu mirada, Señor Jesús.

Para amar a quien no es amado: Danos tu mirada, Señor Jesús.
Para socorrer a quien se ha perdido en el camino: Danos tu mirada, Señor Jesús.
Para cuidar de quien sufre a causa de la violencia: Danos tu mirada, Señor Jesús.
Para acoger a quien se arrepiente del mal cometido: Danos tu mirada, Señor Jesús.

7. Jesús cae por segunda vez
(voces de paz de dos adolescentes del norte de África)

«Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?». Y el Rey les responderá: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,37-40).

[1] Me llamo Joseph, tengo dieciséis años. Llegué al campo para desplazados con mis padres en el 2015 y vivo allí desde hace más de ocho años. Si hubiera habido paz, me habría quedado en mi casa, donde nací, y habría disfrutado mi infancia. Aquí la vida no es bella. Tengo miedo del futuro, por mí y por los demás chicos. ¿Por qué sufrimos en el campo para desplazados? A causa de los conflictos que está atravesando mi país, flagelado por la guerra desde que existe. Sin paz no lograremos levantarnos. Una y otra vez se promete la paz, pero volvemos a caer bajo el peso de la guerra, nuestra cruz. Agradezco a Dios, que como un padre nos levanta, y a tantas personas generosas que quizá nunca conoceré y que, al ayudarnos, nos permiten sobrevivir. [2] Yo soy Johnson y desde el 2014 vivo en otro campo para desplazados, bloque B, sector 2. Tengo catorce años y curso el tercer grado de primaria. Aquí la vida no es buena, muchos niños no van a la escuela porque no hay maestros ni escuelas para todos, el lugar es demasiado pequeño y está lleno, ni siquiera hay espacio para jugar al fútbol. Queremos la paz para volver a casa. La paz está bien, la guerra está mal. Quisiera decirlo a los líderes del mundo. Y a todos los amigos les pido que recen por la paz.


Oremos diciendo: Haznos fuertes, Señor Jesús.

En la hora de la prueba: Haznos fuertes, Señor Jesús.
En el esfuerzo por construir puentes de fraternidad: Haznos fuertes, Señor Jesús.
Al cargar nuestra cruz: Haznos fuertes, Señor Jesús.
Al dar testimonio del Evangelio: Haznos fuertes, Señor Jesús.

 

8. Jesús se encuentra con las mujeres de Jerusalén
(voces de paz desde el sudeste asiático)

Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él (Lc 23,27).

Jesús, cargas con tu cruz. Y pienso que también mi país carga con su cruz. Somos un pueblo que ama la paz, pero estamos aplastados por la cruz del conflicto; por la violencia, los desplazamientos internos, los ataques a los lugares de culto. Es una carga pesada, Jesús, que arrastramos en un vía crucis que parece interminable. Las lágrimas de nuestras madres se derraman por el hambre de sus hijos. Y, como ellas, tampoco yo tengo muchas palabras para rezar, pero sí muchas lágrimas que ofrecer. Señor, el cortejo que te conducía al Calvario era tremendo, pero entre la multitud embrutecida por el mal se abrieron camino unas mujeres que lloraban. Ellas te dieron fuerza. Eran madres que no veían en ti a un condenado, sino a un hijo. También de entre nosotros salió una mujer de la multitud, convertida en madre espiritual para muchos, que en defensa de su gente se arrodilló frente al poder desplegado por las armas y, dispuesta a dar su vida, pidió con mansedumbre la paz y la reconciliación. Jesús, ahora como entonces, en la confusión macabra del odio nace la danza de la paz. Y nosotros, cristianos, queremos ser instrumentos de paz. Conviértenos a ti, Jesús, y fortalécenos, porque sólo tú eres nuestra fuerza. 


Oremos diciendo: Conviértenos, Señor Jesús.

Del comercio de armas sin escrúpulos de conciencia: Conviértenos, Señor Jesús.
Del invertir dinero en armamento en vez de en alimentos: Conviértenos, Señor Jesús.
De la esclavitud del dinero que provoca guerras e injusticias: Conviértenos, Señor Jesús.
Para que las lanzas se transformen en podaderas: Conviértenos, Señor Jesús.

 

9. Jesús cae por tercera vez
(voces de paz de una consagrada de África central)

Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna (Jn 12,24-25).

El 5 de diciembre de 2013, a las cinco de la mañana, me despertaron las armas. Los rebeldes estaban invadiendo la capital. Muchos corrían e intentaban esconderse, pero bastaba cruzarse con una bala perdida para morir. Fue el comienzo de sufrimientos indescriptibles: asesinatos, pérdida de familiares, amigos y compañeros. Mi hermana desapareció y ya no regresó nunca, lo que causó graves traumas a mi padre, que nos dejó algunos años después, como resultado de una breve enfermedad. Yo seguía llorando. En ese valle de lágrimas y de “por qué” pensé en Jesús. También Él cayó bajo el peso de la violencia, hasta llegar a decir en la cruz: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Unía mis “por qué” a los suyos y dentro de mí se generó una respuesta: ama como Jesús te ama. Se hizo la luz en medio de la oscuridad. Comprendí que debía obtener la fuerza para amar. Desde entonces, cada vez que hay un mínimo de calma, voy a Misa. Para llegar a la parroquia tengo que recorrer un largo camino y cruzar al menos tres barricadas de rebeldes. Pero, Misa tras Misa, ha crecido en mí una certeza: aunque haya perdido prácticamente todo, incluso la casa donde crecí, todo pasa menos Dios. Esto me ha aliviado y con algunos amigos hemos comenzado a reunir niños, que jugaban a ser soldados, para intentar transmitirles, a ellos que son el futuro, los valores evangélicos de la ayuda mutua, el perdón y la honestidad, para que el sueño de la paz se vuelva realidad.


Oremos diciendo: Sánanos, Señor Jesús.

Del miedo de no ser amados: Sánanos, Señor Jesús.
Del miedo de no ser comprendidos: Sánanos, Señor Jesús.
Del miedo de ser olvidados: Sánanos, Señor Jesús.
Del miedo de no poder más: Sánanos, Señor Jesús.

 

10. Jesús es despojado de sus vestiduras
(voces de paz de los jóvenes de Ucrania y Rusia)

Después lo crucificaron. Los soldados se repartieron sus vestiduras, sorteándolas para ver qué le tocaba a cada uno. Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica (Mc 15,24; Jn 19,24).

[1] El año pasado, mi padre y mi madre nos prepararon a mí y a mi hermano más pequeño para llevarnos a Italia, donde nuestra abuela trabaja desde hace más de veinte años. Partimos de Mariúpol durante la noche. En la frontera los soldados detuvieron a mi padre y le dijeron que debía permanecer en Ucrania para combatir. Nosotros seguimos adelante en autobús dos días más. Al llegar a Italia yo estaba triste. Sentí que me despojaban de todo; que estaba completamente desnudo. No conocía la lengua y no tenía ningún amigo. La abuela se esforzaba por hacerme sentir afortunado, pero yo no hacía más que decir que quería volver a casa. Finalmente, mi familia decidió volver a Ucrania. Aquí la situación sigue siendo difícil, hay guerra por todas partes, la ciudad está destruida. Pero en el corazón me quedó esa certeza de la que me hablaba la abuela cuando yo lloraba: “Verás que todo pasará. Y con la ayuda del buen Dios volverá la paz”. [2] Yo, en cambio, soy un joven ruso. Al decirlo experimento casi un sentimiento de culpa, pero al mismo tiempo no entiendo por qué y me siento doblemente mal. Despojado de la felicidad y de los sueños para el futuro. Hace dos años que veo llorar a mi abuela y a mi madre. Una carta nos comunicó que mi hermano mayor había muerto. Lo recuerdo todavía el día en que cumplió dieciocho años, sonriente y brillante como el sol, y todo eso sólo algunas semanas antes de partir a un largo viaje. Todos nos decían que debíamos estar orgullosos, pero en casa sólo había sufrimiento y tristeza. Lo mismo pasó con mi padre y mi abuelo; también partieron y no sabemos nada de ellos. Uno de mis compañeros de la escuela, con mucho miedo, me dijo al oído que hay guerra. Al volver a casa escribí una oración: Jesús, por favor, haz que haya paz en todo el mundo y que todos podamos ser hermanos.


Oremos diciendo: Purifícanos, Señor Jesús.

Del resentimiento y el rencor: Purifícanos, Señor Jesús.
De las palabras y las reacciones violentas: Purifícanos, Señor Jesús.
De las actitudes que provocan división: Purifícanos, Señor Jesús.
Del deseo de sobresalir, humillando a los otros: Purifícanos, Señor Jesús.

 

11. Jesús es clavado en la cruz
(voces de paz de un joven del Cercano Oriente)

Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda. […] Los que pasaban lo insultaban, movían la cabeza y decían: «¡Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, sálvate a ti mismo y baja de la cruz!» (Mc 15,27-30).

En el 2012, unos grupos de extremistas armados irrumpieron en nuestro barrio, matando con ráfagas de ametralladoras a quienes estaban en los balcones y en los departamentos. Tenía nueve años. Recuerdo la angustia de mi madre y mi padre; esa tarde nos encontramos abrazados y en oración, conscientes de que estábamos ante una nueva y durísima realidad. La guerra se volvía cada día más horrible. Durante largos periodos faltaba la luz y el agua, y en todas partes se excavaron pozos. La comida era un problema cotidiano. En el 2014, mientras estábamos en el balcón, una bomba explotó frente a nuestra casa, lanzándonos hacia el interior y cubriéndonos de vidrios y astillas. Pocos meses después, otra bomba alcanzó la habitación de mis padres, que se salvaron por milagro y decidieron, muy a su pesar, dejar el país. Comenzó otro calvario porque, después de dos intentos de obtener un visado, no nos quedó más que embarcarnos. Arriesgamos la vida, permanecimos sobre una roca esperando el amanecer y una nave de la guardia costera. Habiendo sido salvados, los habitantes del lugar nos acogieron con los brazos abiertos, comprendiendo nuestras dificultades. La guerra ha sido la cruz de nuestra vida. La guerra mata la esperanza. En nuestro país, más aún después de los terribles desastres naturales, muchas familias, niños y ancianos viven sin esperanza. En el nombre de Jesús, que abrió los brazos en la cruz, ¡tiendan la mano a mi pueblo!


Oremos diciendo: Sánanos, Señor Jesús.

De la incapacidad de dialogar: Sánanos, Señor Jesús.
De la desconfianza y la sospecha: Sánanos, Señor Jesús.
De la impaciencia y la prisa: Sánanos, Señor Jesús.
De la cerrazón y el aislamiento: Sánanos, Señor Jesús.

 

12. Jesús muere perdonando a sus verdugos
(voces de paz de una madre de Asia Occidental)

Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». […] Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y diciendo esto, expiró (Lc 23,34.44-46).

El 6 de agosto de 2014 la ciudad fue despertada por las bombas. Los terroristas estaban en las puertas. Tres semanas antes habían invadido las ciudades y las aldeas vecinas, tratándolas con crueldad. Por eso huimos, pero pocos días después regresamos a casa. Una mañana, mientras estábamos atareados y los niños jugaban delante de las casas, resonó en el aire un proyectil de mortero. Salí corriendo. Ya no se sentían las voces de los niños, pero aumentaban los gritos de los adultos. Mi hijo, su primo y una joven vecina, que se estaba preparando para el matrimonio, habían sido alcanzados; estaban muertos. La muerte de estos tres ángeles nos impulsó a escapar. Si no hubiese sido por ellos, permaneciendo en la ciudad hubiéramos caído inevitablemente en las manos de los terroristas. No es fácil aceptar esta realidad. Con todo, la fe me ayuda a esperar, porque me recuerda que los muertos están en los brazos de Jesús. Y nosotros, que sobrevivimos, intentamos perdonar al agresor, porque Jesús perdonó a sus verdugos. En nuestras muertes creemos en Ti, Señor de la vida. Queremos seguirte y testimoniar que tu amor es más fuerte que todo.


Oremos diciendo: Enséñanos, Señor Jesús.

A amar, como tú nos has amado: Enséñanos, Señor Jesús.
A perdonar, como tú nos has perdonado: Enséñanos, Señor Jesús.
A dar el primer paso para reconciliarnos: Enséñanos, Señor Jesús.
A hacer el bien sin exigir nada a cambio: Enséñanos, Señor Jesús.

 

13. Jesús es depuesto de la cruz
(voces de paz de una religiosa de África Oriental)

¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? […] Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó (Rm 8,35.37).

Era el 7 de septiembre de 2022, día en el que en nuestro país recordamos el Acuerdo con el que finalmente se reconoció a nuestro pueblo el derecho a la plena independencia, cuando repentinamente sucedió algo que hizo añicos nuestra alegría: una hermana, que desde siempre había sido misionera en nuestras tierras, fue asesinada. Los terroristas habían entrado en casa y le quitaron la vida sin piedad. El día de la victoria de convirtió en derrota; el miedo y la incertidumbre inundaron nuestros corazones. La experiencia de centenares de familias que vieron la trágica muerte de sus seres queridos volvió a hacerse realidad; entre nuestros brazos yacía el cuerpo sin vida de nuestra hermana. No es fácil presenciar la muerte violenta de un familiar, de un amigo, de un vecino, como no es fácil ver que la propia casa y los propios bienes se reducen a cenizas y el futuro se vuelve oscuro. Pero esta es la vida de mi pueblo, es mi vida. Por eso, como nos ha sido testimoniado y como aprendemos en la escuela de la Virgen de Nazaret, que acogió entre sus brazos a Jesús exánime y lo contempló con un amor iluminado por la fe, es necesario no dejar de encontrar la valentía de soñar un futuro de esperanza, paz y reconciliación. Porque el amor de Cristo resucitado ha sido derramado en nuestros corazones, porque Él es nuestra paz, Él es nuestra verdadera victoria. Y nada nos separará jamás de su amor.
 

Oremos diciendo: Ten piedad de nosotros, Señor Jesús.

Buen Pastor, que das la vida por tu rebaño: Ten piedad de nosotros, Señor Jesús.
Tú que muriendo has destruido la muerte: Ten piedad de nosotros, Señor Jesús.
Tú que del corazón traspasado has hecho brotar la Vida: Ten piedad de nosotros, Señor Jesús.
Tú que desde el sepulcro iluminas la historia: Ten piedad de nosotros, Señor Jesús.

 

14. Jesús es colocado en el sepulcro
(voces de paz de mujeres jóvenes del sur de África)

Después de esto, José de Arimatea […] pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo. Fue también Nicodemo […] y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos. Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes (Jn 19,38-40).

Era un viernes por la tarde, cuando los rebeldes irrumpieron en nuestra aldea, tomaron como rehenes a todos los que pudieron, deportaron a quienes encontraron y nos cargaron con cuanto habían saqueado. Durante el trayecto mataron a muchos hombres con proyectiles y cuchillos. Llevaron a las mujeres a un parque. Cada día éramos maltratadas en el cuerpo y en el alma. Despojadas de la ropa y de la dignidad, vivíamos desnudas para que no escapásemos. Por pura gracia un día, cuando nos mandaron a buscar agua al río, conseguí huir. Todavía hoy nuestra provincia es un lugar de lágrimas y de dolor. Cuando el Papa vino a nuestro continente, pusimos a los pies de la cruz de Jesús la ropa de los hombres armados, que todavía nos dan miedo. En el nombre de Jesús los perdonamos por todo lo que nos hicieron. Pedimos al Señor la gracia de una convivencia pacífica y humana. Sabemos y creemos que el sepulcro no es la última morada, sino que todos estamos llamados a una vida nueva en la Jerusalén celestial.


Oremos diciendo: Guárdanos, Señor Jesús.

En la esperanza que no defrauda: Guárdanos, Señor Jesús.
En la luz que no se apaga: Guárdanos, Señor Jesús.
En el perdón que renueva el corazón: Guárdanos, Señor Jesús.
En la paz que nos hace bienaventurados: Guárdanos, Señor Jesús.

Oración final
(“14 gracias”)

Señor Jesús, Palabra eterna del Padre, por nosotros te has hecho silencio. Y en el silencio que nos guía hacia tu sepulcro hay aún una palabra que queremos decirte pensando en el itinerario del vía crucis que recorrimos contigo: gracias.

Gracias, Señor Jesús, por la mansedumbre que confunde a la prepotencia.

Gracias, por la valentía con la que has abrazado la cruz.

Gracias, por la paz que brota de tus heridas.

Gracias, por habernos dado a tu santa Madre como Madre nuestra.

Gracias, por el amor que mostraste ante la traición.

Gracias, por haber cambiado las lágrimas en una sonrisa.

Gracias, por haber amado a todos sin excluir a nadie.

Gracias, por la esperanza que infundes en la hora de la prueba.

Gracias, por la misericordia que sana las miserias.

Gracias, por haberte despojado de todo para enriquecernos.

Gracias, por haber transformado la cruz en árbol de vida.

Gracias, por el perdón que has ofrecido a tus verdugos.

Gracias, por haber vencido a la muerte.

Gracias, Señor Jesús, por la luz que has encendido en nuestras noches y, reconciliando toda división, nos ha hecho a todos hermanos, hijos del mismo Padre que está en los cielos.

Pater noster 

Fuente: vatican.va

 

Publicado por JOQUIVESA en 10:37

07 abril 2023

Jueves Santo: SANTA MISA CRISMAL

 HOMILÍA DEL PAPA


«El Espíritu del Señor está sobre mí» (Lc 4,18). A partir de este versículo comenzó la predicación de Jesús y este mismo versículo dio inicio a la Palabra que acabamos de escuchar (cf. Is 61,1). Así pues, al principio está el Espíritu del Señor.

Y sobre Él quisiera reflexionar hoy con ustedes, queridos hermanos, sobre el Espíritu del Señor. Porque sin el Espíritu del Señor no hay vida cristiana y, sin su unción, no hay santidad. Él es el protagonista y, en este día en que nació el sacerdocio, es hermoso reconocer que Él está en el origen de nuestro ministerio, de la vida y de la vitalidad de todo pastor. En efecto, la santa Madre Iglesia nos enseña a profesar que el Espíritu Santo es «dador de vida», como lo afirmó Jesús diciendo: «El Espíritu es el que da Vida» ( Jn 6,63); una enseñanza de la que se hizo eco el apóstol Pablo, quien escribió que «la letra mata, pero el Espíritu da vida» ( 2 Co 3,6) y habló de «la ley del Espíritu, que da la Vida […] en Cristo Jesús» ( Rm 8,2). Sin Él, tampoco la Iglesia sería la Esposa viva de Cristo, sino a lo sumo una organización religiosa —más o menos buena—; no sería el Cuerpo de Cristo, sino un templo construido por manos humanas. ¿Cómo, pues, puede edificarse la Iglesia, si no es a partir del hecho de que somos “templos del Espíritu Santo” que “habita en nosotros»” (cf. 1 Co 6,19; 3,16)? No podemos dejarlo de lado o aparcarlo en alguna zona de devoción. No, debemos ponerlo en el centro. Necesitamos decirle cada día: “Ven porque sin tu ayuda divina no hay nada en el hombre”.


El Espíritu del Señor está sobre mí. Cada uno de nosotros puede decir esto; y no es presunción, es una realidad, pues todo cristiano, especialmente todo sacerdote, puede hacer suyas las siguientes palabras: «porque el Señor me ha ungido» (Is 61,1). Hermanos, sin méritos, por pura gracia hemos recibido una unción que nos ha hecho padres y pastores en el Pueblo santo de Dios. Consideremos, pues, este aspecto del Espíritu: la unción.


Tras la primera “unción” que tuvo lugar en el vientre de María, el Espíritu descendió sobre Jesús en el Jordán. Después de esto, como explica san Basilio, «toda acción [de Cristo] se iba realizando con la copresencia del Espíritu Santo». En efecto, por el poder de esa unción, predicaba y realizaba signos; en virtud de ella «salía de Él una fuerza que sanaba a todos» ( Lc 6,19). Jesús y el Espíritu actúan siempre juntos, de modo que son como las dos manos del Padre —Ireneo dice esto— que, extendidas hacia nosotros, nos abrazan y nos levantan. Y por ellas fueron marcadas nuestras manos, ungidas por el Espíritu de Cristo. Sí, hermanos, el Señor no sólo nos ha elegido y llamado de aquí y de allá, sino que ha derramado en nosotros la unción de su Espíritu, el mismo Espíritu que descendió sobre los Apóstoles. Hermanos, nosotros somos “ungidos”.


Fijémonos, pues, en ellos, en los Apóstoles. Jesús los eligió y a su llamada dejaron sus barcas, sus redes, sus casas y todo lo demás. La unción de la Palabra cambió sus vidas. Con entusiasmo siguieron al Maestro y comenzaron a predicar, convencidos de que más tarde realizarían cosas aún mayores; hasta que llegó la Pascua. Allí todo pareció detenerse; llegaron a renegar y a abandonar al Maestro. No debemos tener miedo. Seamos valientes para leer nuestra propia vida y nuestras caídas. Ellos llegaron a renegar y a abandonar al Maestro, Pedro el primero. Tomaron conciencia de su propia incapacidad y se dieron cuenta de que no lo habían entendido. El “no conozco a ese hombre” (cf. Mc 14,71), que Pedro pronunció en el patio del sumo sacerdote después de la Última Cena, no es sólo una defensa impulsiva, sino una confesión de ignorancia espiritual: él y los demás quizá se esperaban una vida de éxito detrás de un Mesías que atraía multitudes y hacía prodigios, pero no reconocían el escándalo de la cruz, que echó por tierra sus certezas. Jesús sabía que no lograrían nada solos, y por eso les prometió el Paráclito. Y fue precisamente esa “segunda unción”, en Pentecostés, la que transformó a los discípulos, llevándolos a pastorear el rebaño de Dios y ya no a sí mismos. Esta es la contradicción que debemos resolver: ¿soy pastor del pueblo de Dios o de mí mismo? Y es el Espíritu el que nos enseña el camino. Fue esa unción fervorosa la que extinguió su religiosidad centrada en sí mismos y en sus propias capacidades. Al recibir el Espíritu, los miedos y vacilaciones de Pedro se evaporan; Santiago y Juan, consumidos por el deseo de dar la vida, dejan de buscar puestos de honor (cf. Mc 10,35-45), nuestro carrerismo, hermanos; los demás ya no permanecen encerrados y temerosos en el cenáculo, sino que salen y se convierten en apóstoles en el mundo. Es el Espíritu el que cambia nuestro corazón, el que lo pone en ese plano distinto, diferente.


Hermanos, un itinerario como éste abarca nuestra vida sacerdotal y apostólica. También para nosotros hubo una primera unción, que comenzó con una llamada de amor que cautivó nuestros corazones. Por ella soltamos las amarras, y sobre ese entusiasmo genuino descendió la fuerza del Espíritu, que nos consagró. Luego, según el tiempo de Dios, llega para cada uno la etapa pascual, que marca el momento de la verdad. Y es un momento de crisis, que reviste diversas formas. A todos, antes o después, nos sucede que experimentamos decepciones, dificultades, debilidades, con el ideal que parece desgastarse entre las exigencias de la realidad, mientras se impone una cierta costumbre; y algunas pruebas, antes difíciles de imaginar, hacen que la fidelidad parezca más difícil que antes. Esta etapa —de esta tentación, de esta prueba que todos tuvimos, tenemos y tendremos— esta etapa representa un momento culminante para quienes han recibido la unción. De ella se puede salir mal parado, deslizándose hacia una cierta mediocridad, arrastrándose cansinamente hacia una “normalidad” en la que se insinúan tres tentaciones peligrosas: la del compromiso, por la que uno se conforma con lo que puede hacer; la de los sucedáneos, por la que uno intenta “llenarse” con algo distinto respecto a nuestra unción; la del desánimo —que es lo más común—, por la que, insatisfecho, uno sigue adelante por pura inercia. Y aquí está el gran riesgo: mientras las apariencias permanecen intactas —“Yo soy sacerdote, yo soy cura”—, nos replegamos sobre nosotros mismos y seguimos adelante desmotivados; la fragancia de la unción ya no perfuma la vida y el corazón; y el corazón ya no se ensancha, sino que se encoge, envuelto en el desencanto. Es un destilado, ¿entiendes? Cuando el sacerdocio lentamente va deslizándose hacia el clericalismo y el sacerdote se olvida de ser pastor del pueblo, para convertirse en un clérigo estatal.


Pero esta crisis puede convertirse también en el punto de inflexión del sacerdocio, en la «etapa decisiva de la vida espiritual, en la que hay que hacer la elección definitiva entre Jesús y el mundo, entre la heroicidad de la caridad y la mediocridad, entre la cruz y un cierto bienestar, entre la santidad y una honesta fidelidad al compromiso religioso». Al final de esta celebración les darán como regalo un clásico, un libro que trata este problema: “La segunda llamada”, es un clásico del padre Voillaume que aborda este problema, léanlo. Por otra parte, todos nosotros necesitamos reflexionar sobre este momento de nuestro sacerdocio. Es el momento bendito en el que, como los discípulos en Pascua, estamos llamados a ser «suficientemente humildes para confesarnos vencidos por Cristo humillado y crucificado, y aceptar iniciar un nuevo camino, el del Espíritu, el de la fe y el de un amor fuerte y sin ilusiones». Es el kairós en el que descubre que «las cosas no se reducen a abandonar la barca y las redes para seguir a Jesús durante un tiempo determinado, sino que exige ir hasta el Calvario, acoger la lección y el fruto, e ir con la ayuda del Espíritu Santo hasta el final de una vida que debe terminar en la perfección de la divina Caridad». Con la ayuda del Espíritu Santo: es el tiempo, para nosotros como para los Apóstoles, de una “segunda unción”, tiempo de una segunda llamada que debemos escuchar, para la segunda unción, en la que acojamos al Espíritu no en el entusiasmo de nuestros sueños, sino en la fragilidad de nuestra realidad. Es una unción que desvela la verdad en lo profundo de nosotros mismos, que le permite al Espíritu ungir nuestras debilidades, nuestros trabajos, nuestra pobreza interior. Entonces la unción tiene de nuevo buen olor: la fragancia de Cristo, no la nuestra. En este momento, interiormente, estoy haciendo memoria de algunos de ustedes que están en crisis —digámoslo así— que están desorientados y que no saben cómo afrontar el camino, cómo retomar el camino en esta segunda unción del Espíritu. A estos hermanos —yo los tengo presentes— simplemente les digo: ánimo, el Señor es más grande que tu debilidad, que tus pecados. Abandónate en el Señor y déjate llamar una segunda vez, esta vez con la unción del Espíritu Santo. La doble vida no te ayudará; tirar todo por la ventana, tampoco. Mira hacia adelante, déjate acariciar por la unción del Espíritu Santo.


Y el camino para este paso de maduración es admitir la verdad de la propia debilidad. A esto nos exhorta «el Espíritu de la Verdad» (Jn 16,13), que nos impulsa a mirar hasta el fondo de nosotros mismos, para preguntarnos: ¿mi realización depende de lo bueno que soy, del cargo que obtengo, de los cumplidos que recibo, de la carrera que hago, de los superiores o colaboradores, o de las comodidades que puedo garantizarme, o de la unción que perfuma mi vida? Hermanos, la madurez sacerdotal pasa por el Espíritu Santo, se realiza cuando Él se convierte en el protagonista de nuestra vida. Entonces todo cambia de perspectiva, incluso las decepciones y las amarguras —también los pecados—, porque ya no se trata de mejorar componiendo algo, sino de entregarnos, sin reservarnos nada, a Aquel que nos ha impregnado en su unción y quiere llegar hasta lo más profundo de nosotros. Hermanos, redescubramos entonces que la vida espiritual se vuelve libre y gozosa no cuando se guardan las formas y se hace un remiendo, sino cuando se deja la iniciativa al Espíritu y, abandonados a sus designios, nos disponemos a servir donde y como se nos pida. ¡Nuestro sacerdocio no crece remendando, sino desbordándose!


Si dejamos actuar en nosotros al Espíritu de la verdad custodiaremos la unción —custodiar la unción—, porque enseguida saldrán a la luz las falsedades —las hipocresías clericales—, las falsedades con las que estamos tentados de convivir. Y el Espíritu, que “lava las manchas”, nos sugerirá, sin cansarse, que “no manchemos la unción”, ni un poco. Me viene a la memoria aquella frase de Qohélet que dice: «Una mosca muerta corrompe y hace fermentar el óleo del perfumista» (10,1). Es verdad, toda doblez —la doblez clerical, por favor— toda doblez que se insinúa es peligrosa, no hay que tolerarla, sino sacarla a la luz del Espíritu. Porque si «nada es más tortuoso que el corazón humano y no tiene arreglo» ( Jr 17,9), el Espíritu Santo es el único que nos cura de la infidelidad (cf. Os 14,5). Para nosotros es una lucha a la que no podemos renunciar, en efecto, es indispensable, como escribía san Gregorio Magno, que «quien predica la palabra de Dios considere primero cómo debe vivir, para que luego, de su vida, deduzca qué y cómo debe predicar. [...] que no se atreva a decir exteriormente lo que no hubiera oído primero en el interior». El maestro interior al que hay que escuchar es el Espíritu, sabiendo que no hay nada en nosotros que Él no quiera ungir. Hermanos, custodiemos la unción; que invocar al Espíritu no sea una práctica ocasional, sino el aliento de cada día. Ven, ven, custodia la unción. Yo, ungido por Él, estoy llamado a sumergirme en Él, a dejar que su luz entre en mis sombras —tenemos tantas— para encontrar la verdad de lo que soy. Dejémonos impulsar por Él para combatir las falsedades que se agitan en nuestro interior; y dejémonos regenerar por Él en la adoración, porque cuando lo adoramos, Él derrama su Espíritu en nuestros corazones.


«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Él me envió» —continúa la profecía—, y me envió a llevar una buena nueva, liberación, curación y gracia (cf. Is 61,1-2; Lc 4,18-19); en una palabra, a llevar armonía donde no la hay. Porque como dice san Basilio: “El Espíritu es armonía”, es Él el que crea la armonía. Después de haberles hablado de la unción, quisiera decirles algo sobre esta armonía, que es su consecuencia. En efecto, el Espíritu Santo es armonía. Antes que nada, en el cielo. San Basilio explica que «toda esa armonía sobrecelestial e indecible en el servicio de Dios y en la sinfonía mutua de las potencias supracósmicas, es imposible que se conserve si no es por la autoridad del Espíritu». Y luego, en la tierra. Él es, en efecto, en la Iglesia, esa «Armonía divina y musical»que lo une todo;. si no, piensen en un presbítero sin armonía, sin Espíritu, no funciona. Él suscita la diversidad de los carismas y la recompone en la unidad, crea una concordia que no se basa en la homologación, sino en la creatividad de la caridad. Así crea armonía en la multiplicidad. Así crea armonía en un presbítero. En los años del Concilio Vaticano II, que fue un don del Espíritu, un teólogo publicó un estudio en el que hablaba del Espíritu no en clave individual, sino plural. Invitaba a pensar en él como una Persona divina no tanto singular, sino “plural”, como el “nosotros de Dios”, el “nosotros” del Padre y del Hijo, porque es su nexo, es en sí mismo concordia, comunión, armonía. Recuerdo que cuando leí este tratado teológico —estaba estudiando teología— me escandalicé, me parecía una herejía, porque en nuestra formación no se entendía bien cómo era el Espíritu Santo.


Crear armonía es lo que Él desea, especialmente a través de aquellos en quienes ha derramado su unción. Hermanos, crear armonía entre nosotros no es sólo un método adecuado para que la coordinación eclesial funcione mejor, no es bailar el minué, no es una cuestión de estrategia o cortesía, sino una exigencia interna de la vida en el Espíritu. Se peca contra el Espíritu, que es comunión, cuando nos convertimos, aunque sea por ligereza, en instrumentos de división, por ejemplo —y volvemos al mismo tema— con las murmuraciones. Cuando somos instrumentos de división pecamos contra el Espíritu. Y le hacemos el juego al enemigo, que no sale a la luz y ama los rumores y las insinuaciones, que fomenta los partidos y las cordadas, alimenta la nostalgia del pasado, la desconfianza, el pesimismo, el miedo. Tengamos cuidado, por favor, de no ensuciar la unción del Espíritu y el manto de la Santa Madre Iglesia con la desunión, con las polarizaciones, con cualquier falta de caridad y de comunión. Recordemos que el Espíritu, “el nosotros de Dios”, prefiere la forma comunitaria: es decir, la disponibilidad respecto a las propias necesidades, la obediencia respecto a los propios gustos, la humildad respecto a las propias pretensiones.


La armonía no es una virtud entre otras, es mucho más. San Gregorio Magno escribe: «De cuánto valga, pues, la virtud de la concordia consta, puesto que, sin ella, queda demostrado que las demás virtudes no son virtudes». Ayudémonos, hermanos, a custodiar la armonía, custodiar la armonía —esta es la tarea—, empezando no por los demás, sino por uno mismo; preguntándonos: mis palabras, mis comentarios, lo que digo y escribo, ¿tienen el sello del Espíritu o el del mundo? Pienso también en la amabilidad del sacerdote —porque muchas veces los curas, nosotros, somos unos maleducados—; pensemos en la amabilidad del sacerdote: si la gente encuentra incluso en nosotros personas insatisfechas, personas descontentas, solterones, que critican y señalan con el dedo, ¿dónde descubrirán la armonía? ¡Cuánta gente no se acerca o se aleja porque en la Iglesia no se siente acogida y amada, sino mirada con recelo y juzgada! En nombre de Dios, ¡acojamos y perdonemos siempre! Recordemos que ser agrios y quejumbrosos, además de no producir nada bueno, corrompe el anuncio, porque contra-testimonia a Dios, que es comunión y armonía. Y esto desagrada mucho y sobre todo al Espíritu Santo, a quien el apóstol Pablo nos exhorta a no entristecer (cf. Ef 4,30).


Hermanos, les dejo estas reflexiones que han salido del corazón y concluyo dirigiéndoles una palabra sencilla e importante: gracias. Gracias por su testimonio, gracias por su servicio; gracias por el mucho bien escondido que hacen, gracias por el perdón y el consuelo que dan en nombre de Dios: perdonar siempre, por favor, nunca negar el perdón; gracias por su ministerio, que a menudo se realiza en medio de mucho esfuerzo, incomprensiones y poco reconocimiento. Hermanos, que el Espíritu de Dios, que no defrauda a los que confían en Él, los llene de paz y lleve a término lo que ha comenzado en ustedes, para que sean profetas de su unción y apóstoles de armonía.

Fuente: vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 11:23

La Pascua: ver, escuchar y anunciar sin miedo

Ramiro Pellitero


“¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No debemos buscar a Dios, interpreta Francisco, entre las cosas muertas

Ver, escuchar, anunciar

En primer lugar, ver. Vieron la piedra corrida y cuando entraron no hallaron el cuerpo del Señor. Su primera reacción fue el miedo, no levantar la vista del suelo. Algo así, observa el Papa, nos pasa a nosotros: “Con mucha frecuencia, miramos la vida y la realidad sin levantar los ojos del suelo; sólo enfocamos el hoy que pasa, sentimos desilusión por el futuro y nos encerramos en nuestras necesidades, nos acomodamos en la cárcel de la apatía, mientras seguimos lamentándonos y pensando que las cosas no cambiarán nunca”. Y así sepultamos la alegría de vivir.

Luego, escuchar; teniendo en cuenta que el Señor “no está aquí”. Quizá le buscamos “en nuestras palabras, en nuestras fórmulas y en nuestras costumbres, pero nos olvidamos de buscarlo en los rincones más oscuros de la vida, donde hay alguien que llora, quien lucha, sufre y espera”. Hemos de levantar la mirada y abrirnos a la esperanza.

Escuchemos: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No debemos buscar a Dios, interpreta Francisco, entre las cosas muertas: en nuestra falta de valentía para dejarnos perdonar por Dios, para cambiar y terminar con las obras del mal, para decidirnos por Jesús y por su amor; en el reducir la fe a un amuleto, “haciendo de Dios un hermoso recuerdo de tiempos pasados, en lugar de descubrirlo como el Dios vivo que hoy quiere transformarnos a nosotros y al mundo”; en “un cristianismo que busca al Señor entre los vestigios del pasado y lo encierra en el sepulcro de la costumbre”.

Y finalmente, anunciar. Ellas anuncian la alegría de la Resurrección: “La luz de la Resurrección no quiere retener a las mujeres en el éxtasis de un gozo personal, no tolera actitudes sedentarias, sino que genera discípulos misioneros que “regresan del sepulcro” y llevan a todos el Evangelio del Resucitado. Después de haber visto y escuchado, las mujeres corrieron a anunciar la alegría de la Resurrección a los discípulos, aunque sabían que les tomarían por locas. Pero ellas no se preocuparon de su reputación ni de defender su imagen; no midieron sus sentimientos ni calcularon sus palabras. Sólo tenían el fuego en el corazón para llevar la noticia, el anuncio: “¡El Señor ha resucitado!”.

No tener miedo

También nosotros, señala el sucesor de Pedro, estamos invitados a correr por los caminos del mundo, sin miedos ni oportunismos, para compartir la alegría de haber encontrado al Señor, más allá de ciertas formalidades donde a menudo lo hemos encerrado, más allá de la comodidad y el bienestar.

Este es el mensaje pascual del Papa, “al término de una cuaresma que parece no querer acabar”, entre el fin de la pandemia y la guerra (dirá al día siguiente en la bendición urbi et orbi): “Llevémoslo a la vida ordinaria: con gestos de paz en este tiempo marcado por los horrores de la guerra; con obras de reconciliación en las relaciones rotas y de compasión hacia los necesitados; con acciones de justicia en medio de las desigualdades y de verdad en medio de las mentiras. Y, sobre todo, con obras de amor y de fraternidad”.

Jesús nos trae la paz llevando “nuestras llagas”. Nuestras porque se las hemos causado nosotros y porque Él las lleva por nosotros. “Las llagas en el Cuerpo de Jesús resucitado son el signo de la lucha que Él ha combatido y vencido por nosotros, con las armas del amor, para que nosotros podamos tener paz, estar en paz, vivir en paz” (Bendición urbi et orbi, Domingo de resurrección, 17-IV-2022).

Con la victoria de Cristo y con su paz, dirá Francisco el lunes de Pascua, podremos “salir de las tumbas de nuestros miedos” (el miedo a la muerte, a desvanecerse, a perder a los seres queridos, a enfermar, a no poder más…). (Regina Caeli, 18-IV-2022).

También nosotros, como los discípulos en la mañana de Pascua, cada día tenemos motivos suficientes para creer: “Yo —te dice Jesús— he probado la muerte por ti, he cargado sobre mí tu mal. Ahora he resucitado para decírtelo: estoy aquí, contigo, para siempre. ¡No temas! No tengáis miedo” (Ib.).

Fuente: iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com/


Publicado por JOQUIVESA en 11:11

06 abril 2023

Un Amor ardiente, anticipado y apasionado

José Antonio García-Prieto Segura


“Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer” (Lc 22,15)

“Semana Santa”: dos palabras que a los cristianos nos hablan del amor infinito de Dios por todos. Días conmemorativos del paso de Jesucristo de este mundo a la gloria del Padre: el llamado “Triduo Pascual” que comprende la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Escribo con mayúscula esas tres realidades -como la palabra Amor que figura en el título-, por lo que tienen de único y singular, en cuanto referidas a Jesús, un hombre que confesamos Dios.

               Me acercaré a este misterio con el deseo de avivar la conciencia creyente, ante la locura del amor divino que encierran los hechos que conmemoramos: su realidad ha superado con creces a la imaginación más creativa, porque quienes creemos, ¿nos hemos parado a meditar seria y hondamente que el Hijo eterno de Dios-Padre haya querido hacerse hombre, morir en la Cruz para rescatarnos del desamor del pecado, y llevarnos a una vida en Dios?

He calificado de “ardiente, anticipado y apasionado” el amor de Cristo, porque no son adjetivos gratuitos, como sacados de la manga, sino que brotan del Evangelio y, más aún, de los mismos labios de Jesús y de los hechos que confirmaron sus palabras. Pero solo apreciaremos ese amor si los cristianos, empezando por los sacerdotes -desde el Papa hasta el último de ellos-, no caemos en la rutina y superficialidad cuando, al celebrar la Misa, renovamos sacramentalmente lo que hizo Jesús desde el Jueves Santo hasta el Domingo de Resurrección. Y si los fieles laicos, por su parte, al oír al celebrante que confiesa la presencia sacramental de esos hechos, diciendo: “Este es el Misterio de nuestra fe”, no responden quizá cansina y rutinariamente: “Anunciamos tu Muerte, proclamamos tu Resurrección, ven Señor Jesús”. Vayamos a la Escritura para contemplar ese Amor inefable.

San Juan nos transmite así las últimas horas del Señor: “Como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Esta expresión “hasta el extremo” lo dice todo pero -valga la paradoja- no del todo ni completamente. Ciertamente, no hay mayor muestra de amor que el de dar la propia vida por la persona amada, porque nada quedaría ya por entregar. Sin embargo, la fe confiesa que el poder divino de Jesús ha ido mucho más lejos pues, al instituir la Eucaristía, lo hizo de tal modo que no sólo anticipó sacramentalmente su Pasión y Muerte, sin excluir la posterior Resurrección, sino que a la vez quiso que ese acto de amor infinito perviviese con toda su fuerza y dinamismo hasta el fin del mundo, gracias al mandato dado a los apóstoles, al decirles: “Haced esto en conmemoración mía”(Lc 22, 19). Las palabras de la institución dejaban claro el sentido y finalidad del sacrificio de la Cruz, y que su Amor era ardiente, anticipado y apasionado. Veámoslo más despacio.

          San Lucas lo relata así: “Y tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros. (..) Y del mismo modo el cáliz (…), diciendo: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros” (Lc 22, 19-20), “para remisión de los pecados”, que completa san Mateo. Estamos, pues, ante una entrega de amor viva y ardiente tanto en el Cenáculo -al momento de la institución-, como en la Cruz al momento de hacerse dolorosa y sangrienta realidad. Sin olvidar, claro está, que en el “hoy” de cada Misa el amor de Cristo sigue vivo y palpitante, con el añadido de toda la fuerza divina de su Resurrección gloriosa. En el Cenáculo, esas tres dimensiones del amor estuvieron presentes en el corazón de Cristo, y san Lucas las recoge como magnífico pórtico de su relato institucional:

“Cuando llegó la hora, (Jesús) se puso a la mesa y los apóstoles con él. Y les dijo: ‘Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer’” (Lc 22, 14). “Ardientemente”, según el diccionario, es aquello “que causa ardor o parece que abrasa”, como el fuego; y también como algo “fervoroso”. Así fue el amor de Jesús en aquellos momentos, como lo es hoy y lo fue a lo largo de su vida, cuando decía: “Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que arda? Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo!” (Lc 12, 49-50). Es un amor entendido como donación gratuita, de “agapé” según el término griego, que solo busca el bien del amado; en este caso, además, con doble donación: de todo Cristo como alimento eucarístico en el Cenáculo, antes de padecer, y horas después como víctima de amor con su bautismo de sangre en la Cruz.

El amor debe llevar, por nuestra naturaleza corpóreo-espiritual, a una donación apasionada: “con todo tu corazón” y “todas tus fuerzas” que pide el primer mandamiento del amor a Dios. Al no ser espíritus puros ese amor requiere, siguiendo el dicho popular, “poner toda la carne en el asador”; expresión que significa “arriesgarlo todo de una vez, o llevar al extremo el empeño y esfuerzo en la ejecución de algo”. Así fue el amor de Cristo en su Pasión, con su cuerpo destrozado y rogando al Padre, desde la Cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).

Todo amor verdadero ha de revestirse de esas tres dimensiones que tuvo el de Jesús: ser ardiente; deseoso de anticipar el tiempo de la entrega total; y llegada ésta, ser apasionado hasta que duela como el desgarro de la Cruz. Y por supuesto, sin punto final, con afán de perpetuidad  -el “para siempre” de los enamorados-, que Jesús lo quiso para el suyo, al pedirles: “Haced esto en memoria mía”.

La misa renueva diariamente el Misterio Pascual, que merece máxima acogida y adoración, especialmente si los fieles recibimos a Cristo que sigue siendo alimento y víctima. A este propósito, y para sacudir eventuales conciencias adormecidas al participaren la Eucaristía, concluiré con una ingeniosa historieta que leí hace años en las redes sociales. Contaba que en una misa con la presencia de unos 200 feligreses y a punto de comenzar, irrumpieron unos encapuchados armados con metralletas. Gritaron: «¡Los que estén dispuestos a morir por Cristo, que se queden; los demás tienen veinte segundos para salir!». Un tropel de personas salió disparado, y apenas permanecieron 20 fieles, resignados a morir por Dios. «Bien, padre, dijo al sacerdote uno de los asaltantes quitándose la capucha: aquí están los que vienen convencidos a misa. Ya puede comenzar». Adivino en el lector una espontánea y cómplice sonrisa con los encapuchados…

La intención moralizante de la historieta invita a preguntarse: yo, cuando voy a misa, ¿avivo mi fe y mi amor hasta el extremo de haberme contado en ese pequeño grupo de personas convencidas? Cuando muchos huyeron del Calvario, la Virgen María y el apóstol Juan permanecieron al pie de la Cruz; por eso también saborearon más hondamente la alegría de la Resurrección. Las máximas alegrías son patrimonio de los verdaderos enamorados.

Fuente: religion.elconfidencialdigital.com/

Publicado por JOQUIVESA en 10:42

05 abril 2023

“El Crucificado, fuente de esperanza”

El Papa en la Audiencia General


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El pasado domingo la Liturgia nos hizo escuchar la Pasión del Señor. Termina con estas palabras: «Sellando la piedra» (Mt 27,66): todo parece terminado. Para los discípulos de Jesús esa roca marca el término de la esperanza. El Maestro ha sido crucificado, asesinado de la forma más cruel y humillante, colgado en un patíbulo infame fuera de la ciudad: un fracaso público, el peor final posible —en esa época era el peor—. Pues bien, ese desánimo que oprimía a los discípulos no es del todo extraño a nosotros hoy. También en nosotros se condensan pensamientos profundos y sentimientos de frustración: ¿por qué tanta indiferencia hacia Dios? Es curioso, esto: ¿por qué hay tanta indiferencia hacia Dios? ¿Por qué tanto mal en el mundo? ¡Mira que hay mal en el mundo! ¿Por qué las desigualdades siguen creciendo y la anhelada paz no llega? ¿Por qué estamos tan apegados a la guerra, al hacerse mal el uno al otro? ¡Y en los corazones de cada uno, cuántas expectativas desvanecidas, cuántas desilusiones! Y también, esa sensación de que los tiempos pasados fueron mejores y que, en el mundo, quizá también en la Iglesia, las cosas no van como antes… En resumen, también hoy la esperanza parece a veces sellada bajo la piedra de la desconfianza. E invito a cada uno de vosotros a pensar en esto: ¿dónde está tu esperanza? Tú, ¿tienes una esperanza viva o la has sellado ahí, o la tienes en el cajón como un recuerdo? Pero ¿tú esperanza te empuja a caminar o es un recuerdo romántico como si fuera algo que no existe? ¿Dónde está tu esperanza, hoy?

En la mente de los discípulos permanece fija una imagen: la cruz. Y ahí ha terminado todo. Ahí se concentraba el final de todo. Pero poco después descubrirían precisamente en la cruz un nuevo inicio. Queridos hermanos y hermanas, la esperanza de Dios brota así, nace y renace en los agujeros negros de nuestras expectativas decepcionadas; y esta, la esperanza verdadera, sin embargo, no decepciona nunca. Pensemos precisamente en la cruz: del terrible instrumento de tortura Dios ha realizado el mayor signo del amor. Ese madero de muerte, convertido en árbol de vida, nos recuerda que los inicios de Dios empiezan a menudo en nuestros finales. Así Él ama obrar maravillas. Hoy, por tanto, miremos al árbol de la cruz para que brote en nosotros la esperanza: esa virtud cotidiana, esa virtud silenciosa, humilde, pero esa virtud que nos mantiene en pie, que nos ayuda a ir adelante. Sin esperanza no se puede vivir. Pensemos: ¿dónde está mi esperanza? Hoy, miremos al árbol de la cruz para que brote en nosotros la esperanza: para ser sanados de la tristeza —pero, cuánta gente triste—… A mí, cuando podía ir por las calles, ahora no puedo porque no me dejan, pero cuando podía ir por las calles en la otra diócesis, me gustaba ver la mirada de la gente, ¡Cuántas miradas tristes! Gente triste, gente que hablaba consigo misma, gente que caminaba solamente con el teléfono, pero sin paz, sin esperanza. ¿Dónde está tu esperanza hoy? Hace falta un poco de esperanza para ser sanados de la tristeza de la que estamos enfermos, para ser sanados de la amargura con la que contaminamos a la Iglesia y al mundo. Hermanos y hermanas, miramos el Crucifijo. ¿Y qué vemos? Vemos a Jesús desnudo, Jesús despojado, Jesús herido, Jesús atormentado. ¿Es el final de todo? Ahí está nuestra esperanza.

Comprendamos entonces que en estos dos aspectos renace la esperanza que parece morir. En primer lugar, vemos a Jesús despojado: de hecho, «una vez que lo crucificaron, se repartieron sus vestidos, echando a suertes» (v. 35). Dios despojado: Él que tiene todo se deja privar de todo. Pero esa humillación es el camino de la redención. Dios vence así sobre nuestras apariencias. A nosotros, de hecho, nos cuesta ponernos al desnudo, decir la verdad: siempre tratamos de cubrir la verdad porque no nos gusta; nos revestimos de exterioridad que buscamos y cuidamos, con máscaras para camuflarnos y mostrarnos mejor de lo que somos. Es un poco como la costumbre del maquillaje: maquillaje interior, parecer mejor que los otros… Pensamos que lo importante es ostentar, aparentar, para que los otros hablen bien de nosotros. Y nos adornamos de apariencias, nos adornamos de apariencias, de cosas superfluas; pero así no encontramos paz. Luego el maquillaje se va y tú te miras al espejo con la cara fea que tienes, pero verdadera, la que Dios ama, no esa “maquillada”. Y Jesús despojado de todo nos recuerda que la esperanza renace diciendo la verdad sobre nosotros  —decir la verdad a uno mismo—, dejando caer las dobleces, liberándonos de la pacífica convivencia con nuestras falsedades. A veces, estamos tan acostumbrados a decirnos falsedades que convivimos con las falsedades como si fueran la verdad y terminamos por envenenarnos con nuestras falsedades. Lo que hace falta es volver al corazón, a lo esencial, a una vida sencilla, despojada de tantas cosas inútiles, que son sucedáneos de esperanza. Hoy, cuando todo es complejo y se corre el riesgo de perder el hilo, necesitamos sencillez, redescubrir el valor de la sobriedad, el valor de la renuncia, de limpiar lo que contamina el corazón y entristece. Cada uno de nosotros puede pensar en algo inútil de lo que puede liberarse para reencontrarse. Piensa tú, cuántas cosas inútiles. Aquí, hace quince días, en Santa Marta, donde yo vivo —que es un hotel para mucha gente— se corrió la voz de que para esta Semana Santa sería bonito mirar el armario y despojar, quitar cosas que tenemos, que no usamos… ¡no imagináis la cantidad de cosas! Es bonito despojarse de las cosas inútiles. Y esto fue para los pobres, a la gente que tiene necesidad. También nosotros, tenemos muchas cosas inútiles dentro del corazón y fuera del corazón. Mirad vuestro armario: miradlo. Esto es útil, esto es inútil… y haced limpieza. Mirad el armario del alma: cuántas cosas inútiles tienes, cuántas ilusiones estúpidas.  Volvamos a la sencillez, a las cosas verdaderas, que no necesitan maquillarse. ¡Este es un bonito ejercicio!

Dirigimos una segunda mirada al Crucifijo y vemos a Jesús herido. La cruz muestra los clavos que le atraviesan las manos y los pies, el costado abierto. Pero a las heridas del cuerpo se añaden las del alma: ¡cuánta angustia! Jesús está solo: traicionado, entregado y renegado por los suyos, sus amigos, también sus discípulos, condenado por el poder religioso y civil, excomulgado, Jesús siente incluso el abandono de Dios (cfr. v. 46). Sobre la cruz aparece además el motivo de la condena, «Este es Jesús: el Rey de los judíos» (v. 37). Es una burla: Él, que había huido cuando trataban de hacerle rey (cfr. Jn 6,15), es condenado por haberse hecho rey; incluso no habiendo cometido crímenes, es colocado entre dos criminales y se prefiere al violento Barrabás (cfr. Mt 27,15-21). Jesús, en fin, está herido en el cuerpo y en el alma. Me pregunto: ¿de qué forma ayuda esto a nuestra esperanza? Así, Jesús desnudo, privado de todo, de todo; ¿qué dice esto a mi esperanza?, ¿cómo me ayuda?

También nosotros estamos heridos: ¿quién no lo está en la vida? Y muchas veces, con heridas escondidas que escondemos por la vergüenza. ¿Quién no lleva las cicatrices de decisiones pasadas, de incomprensiones, de dolores que permanecen dentro y es difícil superar? ¿Pero también de daños sufridos, de palabras cortantes, de juicios inclementes? Dios no esconde a nuestros ojos las heridas que le han traspasado el cuerpo y el alma. Las muestra para hacernos ver que en Pascua se puede abrir un pasaje nuevo: hacer de las propias heridas focos de luz. “Pero Santidad, no exagere”, alguien puede decirme. No, es verdad: prueba; prueba. Intenta hacerlo. Piensa en tus heridas, esas que tú solo sabes, que cada uno tiene escondidas en el corazón. Y mira al Señor. Y verás, verás cómo de esas heridas salen focos de luz. Jesús en la cruz no recrimina, ama. Ama y perdona a quien lo hiere (cfr. Lc 23,34). Así convierte el mal en bien, así convierte y transforma el dolor en amor.

Hermanos y hermanas, el punto no es estar heridos poco o mucho por la vida, el punto es qué hacer con mis heridas. Las pequeñas, las grandes, las que dejarán una marca en mi cuerpo, en mi alma para siempre. ¿Qué hago yo con mis heridas? ¿Qué haces tú y tú con tus heridas? “No, Padre, yo no tengo heridas” – “Estate atento, piensa dos veces antes de decir eso”. Y te pregunto: ¿qué haces con tus heridas, las que sólo tú sabes? Tú puedes dejar que se infecten de rencor, tristeza o puedes unirlas con las de Jesús, para que también mis llagas se vuelvan luminosas. Pensad en cuántos jóvenes no toleran las propias heridas y buscan en el suicidio una vía de salvación: hoy, en nuestras ciudades, muchos, muchos jóvenes que no ven una salida, que no tienen esperanza y prefieren ir más allá con la droga, con el olvido…pobrecitos. Pensad en ellos. Y tú, ¿cuál es tu droga para cubrir las heridas? Nuestras heridas pueden convertirse en fuentes de esperanza cuando, en lugar de compadecernos de nosotros mismos o esconderlas, enjugamos las lágrimas de los demás; cuando, en vez de guardar rencor por lo que nos quitan, nos preocupamos de lo que les falta a los demás; cuando, en lugar de hurgar en nosotros mismos, nos inclinamos hacia los que sufren; cuando, en vez de tener sed de amor por nosotros, saciamos a los que nos necesitan. Porque sólo si dejamos de pensar en nosotros mismos, nos encontramos. Pero si seguimos pensando en nosotros mismos ya no nos encontraremos. Y haciendo esto —dice la Escritura— nuestra herida cicatriza rápidamente (cfr. Is 58, 8), y la esperanza florece de nuevo. Pensad: ¿qué puedo hacer por los otros? Estoy herido, estoy herido de pecado, estoy herido de historia, cada uno tiene la propia herida. ¿Qué hago? Estoy herido de pecado, estoy herido de historia, cada uno tiene la propia herida. ¿Qué hago: lamo mis heridas así, toda la vida? ¿O miro las heridas de los otros y voy con la experiencia herida de mi vida, a sanar, a ayudar a los otros? Este es el desafío de hoy, para todos vosotros, para cada uno de vosotros, para cada uno de nosotros. Que el Señor nos ayude a ir adelante.


 

Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, que son tantos. En particular, saludo a los jóvenes que participan en el Encuentro internacional Univ 2023. En estos días santos, acerquémonos a Jesús crucificado. Contemplándolo a Él, herido y despojado de todo, reconozcamos nuestra propia verdad. Presentémosle todo lo que somos y dejemos que renueve en nosotros la esperanza de una vida nueva. Que Dios los bendiga. Muchas gracias. 


 

LLAMAMIENTO

Mañana se celebra el Día Internacional del Deporte para el Desarrollo y la Paz, convocado por las Naciones Unidas. Espero que contribuya a intensificar los propósitos de solidaridad y las actitudes de amistad y fraternidad compartida.

En esta Semana Santa de la pasión de Cristo, al conmemorar su muerte injusta, recuerdo de forma particular a todas las víctimas de los crímenes de guerra, y mientras invito a rezar por ellos, elevamos una súplica a Dios para que se conviertan los corazones de todos. Y mirando a María, la Virgen, delante de la Cruz, mi pensamiento va a las madres: a las madres de los soldados ucranianos y rusos que han caído en la guerra. Son madres de hijos muertos. Recemos por estas madres.


 Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

El domingo pasado escuchamos el relato de la Pasión, que termina con la sepultura de Jesús. Para los discípulos, la piedra que sella el sepulcro significaba el final de sus esperanzas. También hoy pareciera que la esperanza se encuentra muchas veces sepultada bajo el peso del sufrimiento y de la desconfianza. Pero, aun en los momentos más oscuros, cuando parece que todo acaba, Dios hace resurgir en nosotros la esperanza de un nuevo comienzo. Siempre se puede comenzar.

Esta “muerte y resurrección” de la esperanza podemos verla al contemplar la cruz. Jesús crucificado está herido y despojado de todo. Sin embargo, amando y perdonando a quienes lo lastiman, convierte el mal en bien y el dolor en amor; transforma sus heridas en fuente de esperanza para todos. También nosotros podemos transformar nuestras heridas uniéndolas a las de Jesús, olvidándonos de nosotros mismos y encomendando nuestra vida en las manos misericordiosas de Dios Padre.

Fuente: vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 17:23
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