25 octubre 2011

“Cristo es nuestra paz”

De la carta del obispo de San Sebastián José Ignacio Munilla


“Hoy, Día del Señor, celebramos la Eucaristía en un contexto inmediato muy concreto, después de que la organización terrorista ETA ha hecho pública la decisión de 'cese definitivo de su actividad armada'. La eucaristía es 'acción de gracias', y hoy agradecemos a Dios poder ver más cerca la ineludible y urgente disolución de ETA”.
“En esta Eucaristía, queremos recordar de forma especial a cada una de las víctimas del terrorismo. Seguimos estando unidos a las familias que sufren, a veces en el silencio de la soledad, la injusta ausencia de sus seres queridos, que son los nuestros. La comprensible ilusión social generada por la noticia del cese de la violencia terrorista, no puede acallar el dolor de las víctimas, que no ha cesado”.
Monseñor Munilla da las gracias “a quienes, desde la primera acción terrorista, y de forma desinteresada, se han comprometido públicamente contra la violencia y han trabajado por la paz, a título individual, en asociaciones eclesiales y civiles, en los partidos políticos, en la judicatura, en los medios de comunicación social, en las fuerzas de seguridad…”.
El trabajo que se presenta a partir de este momento “sigue siendo grande”. “Como Iglesia del Señor, queremos ofrecernos a Dios y, con su ayuda, a la sociedad, como instrumentos de reconciliación, para que las heridas abiertas puedan llegar a sanarse. Haciendo nuestra la oración de San Francisco de Asís, le pedimos a Dios en esta Eucaristía: 'Señor, haz de nosotros un instrumento de tu paz'”.
“Esta tarea de pacificación y reconciliación debe comenzar desde el interior de nuestros corazones, de forma que cada uno de nosotros completemos el camino de nuestra conversión personal, acogiendo a Cristo como aquel que ha derribado los muros que nos separan y haciendo posible una sociedad donde el vínculo de la caridad no sea una utopía y donde la verdad sea buscada en libertad y aceptada con humildad. Los cristianos estamos implicados personalmente y como Iglesia en esta tarea y ponemos al servicio de todos nuestra fe”.

24 octubre 2011

TE AMO SEÑOR, MI FUERZA



Homilía del Papa en la Misa de canonización

      ¡Queridos hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio, queridos hermanos y hermanas!
Nuestra liturgia dominical se enriquece hoy por diversos motivos de agradecimiento y de súplica a Dios. Mientras que, de hecho, celebramos con toda la Iglesia la Jornada Mundial Misionera -cita anual que pretende renovar el impulso y el compromiso por la misión-, damos gracias al Señor por tres nuevos santos: el obispo Guido María Conforti, el sacerdote Luigi Guanella y la religiosa Bonifacia Rodríguez de Castro. Con alegría dirijo mi saludo a todos los presentes, en particular a las Delegaciones oficiales y a los numerosos peregrinos venidos para celebrar a estos tres ejemplares discípulos de Cristo.
La Palabra del Señor, que se ha escuchado antes en el Evangelio, nos ha recordado que toda la Ley divina se resume en el amor. El evangelista Mateo relata que los fariseos, después de que Jesús responda a los saduceos cerrándoles la boca, se reúnen para probarle (cfr 22,34-35). Uno de estos interlocutores, un doctor de la ley, le pregunta: “Maestro, en la ley ¿cuál es el mandamiento más importante?”(v. 36). A la pregunta, totalmente intencionada, Jesús responde con absoluta sencillez: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primer y más importante de los mandamientos”(vv. 37-38). En efecto, la exigencia principal para cada uno de nosotros es que Dios esté presente en nuestra vida. Él debe, como dice la Escritura, penetrar todos los estratos de nuestro ser y colmarlos plenamente: el corazón debe conocerlo a Él y debe dejarse tocar por Él; así también el alma, las energías de nuestra voluntad y decisión, así como también la inteligencia y el pensamiento. Es un poder decir como San Pablo: “no vivo sólo yo, sino que Cristo vive en mí”(Gal 1,20).
Justo después, Jesús añade algo, que en verdad, no lo había preguntado el doctor de la ley: “El segundo es igual a este: Ama a tu prójimo como a ti mismo”(v. 39). Declarando que el segundo mandamiento es similar al primero, Jesús deja entender que la caridad hacia el prójimo es tan importante como el amor a Dios. De hecho, el signo visible con el que el cristiano puede mostrar al mundo el amor a Dios, es el amor a los hermanos. ¡Qué providencial resulta ahora el hecho de que justo hoy la Iglesia presente a todos sus miembros, tres nuevos santos que se dejaron transformar por la caridad divina y de ella haya recibido la impronta toda su existencia. En distintas situaciones y con distintos carismas, ellos amaron al Señor con todo el corazón y al prójimo como a sí mismos “de manera que se convierten en modelo para todos los creyentes” (1Ts 1,7).
El Salmo 17, poco antes proclamado, invita a abandonarse con confianza en las manos del Señor, que es “fiel a su consagrado” (v. 51). Este comportamiento interior guió la vida y el ministerio de san Guido María Conforti. Incluso desde que era joven, tuvo que superar la oposición del padre para entrar en el seminario, donde dio pruebas de tener un carácter decidido en el seguimiento de la voluntad de Dios, en el corresponder en todo a aquella caritas Christi que en la contemplación del Crucifijo, lo atraía a sí. Sintió fuertemente la urgencia de anunciar este amor a todos los que no habían recibido este anuncio y el lema “Caritas Christi urget nos” (cfr 2Cor 5,14) sintetiza el programa del Instituto Misionero, al que, apenas con treinta años, dio vida: una familia religiosa puesta enteramente al servicio de la evangelización, bajo el patrocinio del gran apóstol de Oriente, San Francisco Javier. Este empuje apostólico de San Guido María, fue llamado a vivirlo en el ministerio episcopal, primero en Rávena y después en Parma, donde se dedicó, con todas sus fuerzas, al bien de las almas que se le confiaron, sobre todo de las que se habían alejado del camino del Señor.
Su vida estuvo marcada por numerosas pruebas, muchas de ellas graves. Él supo aceptar todas las situaciones docilidad, acogiéndolas como indicación del camino marcado para él por la divina Providencia; en toda circunstancia, también en las derrotas más mortificantes, supo reconocer el diseño de Dios, que lo guiaba a edificar su Reino sobre todo en la renuncia de sí mismo y en la aceptación cotidiana de su voluntad, con un abandono confiado cada vez más pleno. Él, en primer lugar, experimentó y testificó lo que enseñaba a sus misioneros, que la perfección consiste en hacer la voluntad de Dios, siguiendo el modelo de Jesús Crucificado. San Guido María Conforti tuvo su mirada interior fija en la Cruz, que dulcemente lo atraía a sí; en esta contemplación veía abrirse el horizonte entero, donde surgía el “urgente” deseo, escondido en el corazón de todo hombre, de recibir y acoger el anuncio del único amor que salva.
El testimonio humano y espiritual de San Luigi Guanella es para toda la Iglesia un particular don de gracia. Durante su existencia terreno, vivió con coraje y determinación el Evangelio de la Caridad, el “gran mandamiento” que también hoy la Palabra de Dios ha recordado. Gracias a la profunda y continua comunión con Cristo, en la contemplación de su amor, el padre Guanella, guiado por la Providencia divina, se convirtió en compañero y maestro, consuelo y alivio de los más pobres y de los más débiles. El amor de Dios animaba en Él el deseo del bien por las personas que se le confiaron, en la realidad de la vivencia cotidiana. Dedicaba a todos una rápida atención, respetando sus tiempos de crecimiento y cultivando en el corazón la esperanza que todo ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, gustando la alegría de ser amado por Él – Padre de todos-, que puede obtener y dar a los demás lo mejor de uno mismo. Queremos hoy alabar y dar gracias al Señor porque en San Luigi Guanella nos ha dado un profeta y un apóstol de la caridad. En su testimonio, tan cargado de atención y de humanidad hacia los últimos, reconocemos un signo luminoso de la presencia y de la acción benéfica de Dios: el Dios -como se ha oído en la Primera Lectura- que defiende al forastero, a la viuda, al huérfano, al pobre que debe dar en prenda su propia capa, la única que tiene para cubrirse por la noche (cfr Ex 22,20-26). Que este nuevo Santo de la caridad sea, para todos, en particular para los miembros de las Congregaciones fundadas por él, modelo de profunda y fecunda síntesis entre la contemplación y la acción, así como él la vivió y la puso por obra. Toda su experiencia humana y espiritual la podemos resumir en las últimas palabras que pronunció en su lecho de muerte: “in caritate Christi”. Y el amor de Cristo que ilumina la vida de todo hombre, revelando como en el don de uno mismo al otro no se pierde nada, sino que se cumple verdaderamente nuestra felicidad. Que San Luigi Guanella nos regale crecer en la amistad con Dios, para promover la vida en todas sus manifestaciones y condiciones, y hacer que la sociedad humana se convierta cada vez más en la familia de los hijos de Dios.
En la segunda Lectura hemos escuchado un pasaje de la Primera Carta a los Tesalonicenses, un texto que usa la metáfora del trabajo manual para describir la labor evangelizadora y que, en cierto modo, puede aplicarse también a las virtudes de Santa Bonifacia Rodríguez de Castro. Cuando san Pablo escribe la carta, trabaja para ganarse el pan; parece evidente por el tono y los ejemplos empleados, que es en el taller donde él predica y encuentra sus primeros discípulos. Esta misma intuición movió a Santa Bonifacia, que desde el inicio supo aunar su seguimiento de Jesucristo con el esmerado trabajo cotidiano. Faenar, como había hecho desde pequeña, no era sólo un modo para no ser gravosa a nadie, sino que suponía también tener la libertad para realizar su propia vocación, y le daba al mismo tiempo la posibilidad de atraer y formar a otras mujeres, que en el obrador pueden encontrar a Dios y escuchar su llamada amorosa, discerniendo su propio proyecto de vida y capacitándose para llevarlo a cabo. Así nacen las Siervas de San José, en medio de la humildad y sencillez evangélica, que en el hogar de Nazaret se presenta como una escuela de vida cristiana. El Apóstol continúa diciendo en su carta que el amor que tiene a la comunidad es un esfuerzo, una fatiga, pues supone siempre imitar la entrega de Cristo por los hombres, no esperando nada ni buscando otra cosa que agradar a Dios. Madre Bonifacia, que se consagra con ilusión al apostolado y comienza a obtener los primeros frutos de sus afanes, vive también esta experiencia de abandono, de rechazo precisamente de sus discípulas, y en ello aprende una nueva dimensión del seguimiento de Cristo: la Cruz. Ella la asume con el aguante que da la esperanza, ofreciendo su vida por la unidad de la obra nacida de sus manos. La nueva Santa se nos presenta como un modelo acabado en el que resuena el trabajo de Dios, un eco que llama a sus hijas, las Siervas de San José, y también a todos nosotros, a acoger su testimonio con la alegría del Espíritu Santo, sin temer la contrariedad, difundiendo en todas partes la Buena Noticia del Reino de los cielos. Nos encomendamos a su intercesión, y pedimos a Dios por todos los trabajadores, sobre todo por los que desempeñan los oficios más modestos y en ocasiones no suficientemente valorados, para que, en medio de su quehacer diario, descubran la mano amiga de Dios y den testimonio de su amor, transformando su cansancio en un canto de alabanza al Creador.
“Te amo Señor, mi fuerza”. Así, queridos hermanos y hermanas, hemos aclamado con el Salmo responsorial. De tal amor apasionado son signo elocuente estos tres nuevos santos. Dejémonos atraer por su ejemplo, dejémonos guiar por sus enseñanzas, para que toda nuestra existencia se convierta en testimonio del auténtico amor a Dios y al prójimo.
Nos obtenga esta gracia la Virgen María, Reina de los Santos, y también la intercesión de San Guido María Conforti, San Luigi Guanella y Santa Bonifacia Rodríguez de Castro. Amén.

UNA SANTA ENTRE COSTURAS

Bonifacia Rodríguez, pionera en trabajo femenino asociado

Bonifacia Rodríguez Castro (1837-1905) fue una sencilla trabajadora de la que  Benedicto XVI ha proclamado su santidad y la ha ofrecido como modelo a los cristianos de todo el mundo. El papa ha canonizado a la fundadora de las Siervas de San José, pionera de la promoción laboral y educativa de la mujer en la segunda mitad del siglo XIX.
Santa Bonifacia nació en Salamanca, España, el 6 de junio de 1837, en una familia artesana. La principal preocupación de sus padres, Juan y María Natalia, era la educación en la fe de sus seis hijos, de los cuales Bonifacia era la mayor. Su primera escuela fue el hogar de sus padres, donde Juan, sastre, tenía su taller de costura, por lo que Bonifacia lo primero que vio al nacer fue un taller.
Terminada la enseñanza primaria, aprendió el oficio de cordonera, con el que empezó a ganarse la vida a los quince años, a la muerte de su padre, para ayudar a su familia.
Pasadas las primeras estrecheces, monta su propio taller de “cordonería, pasamanería y demás labores”, en el que trabaja con el mayor recogimiento posible e imita la vida oculta de la Familia de Nazaret.
A partir de 1865, fecha del matrimonio de Agustina, única de sus hermanos que llega a la edad adulta, Bonifacia y su madre se entregan a una vida de intensa piedad, yendo todos los días a la cercana Clerecía, iglesia regentada por la Compañía de Jesús.
Un grupo de chicas de Salamanca, atraídas por su testimonio, acuden a su casa-taller en las fiestas. Buscan en Bonifacia una amiga que las ayude. Deciden formar la Asociación de la Inmaculada y San José, llamada después Asociación Josefina. La santidad se mueve entre costuras, como el Dios de santa Teresa se movía entre los pucheros. El taller de Bonifacia tiene una clara proyección apostólica y social de prevención de la mujer trabajadora.
Bonifacia se siente llamada a la vida religiosa. Piensa en las dominicas pero un acontecimiento cambiará el rumbo de su vida: el encuentro con el jesuita catalán Francisco Javier Butinyà, que llega a Salamanca en 1870, con una gran inquietud los trabajadores manuales.
Atraída por su mensaje de la santificación del trabajo, Bonifacia se pone bajo su dirección espiritual. Butinyà entra en contacto con las chicas que frecuentan su taller. Piensa en la fundación de una nueva congregación femenina, orientada a la prevención de la mujer trabajadora.
Bonifacia le confía su llamada a ser dominica, pero el jesuita le propone fundar con él la Congregación de Siervas de san José, a lo que ella accede. Con otras seis mujeres de la Asociación Josefina, entre ellas su madre, inicia en Salamanca, en su propio taller, la vida en comunidad en 1874, en un momento conflictivo en la vida política del país.
Era un novedoso proyecto de vida religiosa femenina, inserta en el mundo del trabajo a la luz de la contemplación de la Sagrada Familia, recreando en las casas de la congregación el Taller de Nazaret. En este taller, las siervas de San José ofrecían trabajo a las mujeres pobres, evitando los peligros que en aquella época suponía para ellas salir a trabajar fuera de casa.
Era una forma de vida religiosa demasiado nueva y arriesgada para no tener oposición. Es combatida por el clero diocesano de Salamanca. Butinyà es desterrado con los jesuitas y en enero de 1875 el obispo Lluch i Garriga, que había apoyado el proyecto, es trasladado a Barcelona. Bonifacia se ve sola al frente del Instituto a tan sólo un año de su nacimiento.
Los nuevos directores de la comunidad, nombrados por el obispo entre los sacerdotes seculares, siembran la desunión entre las hermanas, algunas de las cuales comienzan a oponerse al taller como forma de vida y a la acogida de la mujer trabajadora en él. Bonifacia Rodríguez, fundadora, no consiente cambios en el carisma definido por el padre Butinyà en las constituciones.
El director de la congregación, aprovechando un viaje de Bonifacia a Gerona en 1882, para establecer la unión con otras casas de siervas de San José, que Butinyà había fundado en Cataluña a su vuelta del destierro, promueve su destitución como superiora y orientadora del Instituto. Humillaciones, rechazo, desprecios y calumnias recaen sobre ella para hacerla salir de Salamanca. La única respuesta de Bonifacia es el silencio, la humildad y el perdón.
Como solución al conflicto, Bonifacia propone al obispo de Salamanca Narciso Martínez, la fundación de una nueva comunidad en Zamora. Aceptada por él y por el obispo de Zamora Tomás Belestá, Bonifacia sale acompañada de su madre, el 25 de julio de 1883, llevando en su corazón el Taller de Nazaret. Y en Zamora le da vida con toda fidelidad, mientras en Salamanca comienzan las rectificaciones a un proyecto incomprendido.
Bonifacia, en su taller de Zamora, codo a codo con otras mujeres trabajadoras, niñas, jóvenes y adultas, teje la dignidad de la mujer pobre sin trabajo, “preservándola del peligro de perderse” (Decreto de Erección del Instituto. 7 de enero de 1874); teje la santificación del trabajo hermanándolo con la oración al estilo de Nazaret; teje relaciones humanas de igualdad, fraternidad y respeto en el trabajo.
La casa madre de Salamanca se desentiende de Bonifacia y de la fundación de Zamora, dejándola sola y marginada, y, bajo la guía de los superiores eclesiásticos, lleva a cabo modificaciones en las Constituciones de Butinyà para cambiar los fines del Instituto.
El 1 de julio de 1901 León XIII concede la aprobación pontificia a las siervas de San José, solicitada por la casa madre, quedando excluida la casa de Zamora. Es el momento cumbre de la humillación y despojo de Bonifacia. No recibiendo respuesta del obispo de Salamanca Tomás Cámara, llevada por su fuerza de comunión, se pone en camino hacia Salamanca para hablar con aquellas hermanas. Pero al llegar a la casa de Santa Teresa le dicen: “tenemos órdenes de no recibirla”, y se vuelve a Zamora con el corazón partido. Sólo se desahoga con estas palabras: “No volveré a la tierra que me vio nacer ni a esta querida casa de Santa Teresa”. Y el silencio sella sus labios, de modo que la comunidad de Zamora sólo después de su muerte se entera de lo ocurrido.
Llena de confianza en Dios, comienza a decir a las hermanas de Zamora: “cuando yo muera”, segura de que la unión se realizaría entonces. Con esta esperanza, rodeada del cariño de su comunidad y de la gente de Zamora que la veneraba como a una santa, fallece en esta ciudad el 8 de agosto de 1905. El 23 de enero de 1907 la casa de Zamora se incorpora al resto de la congregación.
Cuando su vida se apaga, Bonifacia Rodríguez deja en herencia a la Iglesia: el testimonio de su fiel seguimiento de Jesús en el misterio de su vida oculta en Nazaret; una vida sencillamente evangélica; y un camino de espiritualidad, centrado en la santificación del trabajo hermanado con la oración en la vida cotidiana.
Las Siervas de San José continúan hoy su tarea en doce países: escuelas misioneras en la Amazonia peruana, hospitales en Congo, talleres de bordado en Filipinas o misiones en Vietnam, entre otras obras en favor de las mujeres trabajadoras y los más desfavorecidos.
El milagro que permitió canonizarla fue la curación repentina de Kasongo Bavon, un comerciante de 33 años que se estaba muriendo en una pequeña clínica de las Siervas de San José en Katanga, República Democrática del Congo.

22 octubre 2011


"ASÍ OS ENVÍO YO", LEMA DEL DOMUND 2011


Los misioneros españoles, clave en la evangelización global

Mañana, 23 de octubre, se celebra en toda la Iglesia católica la Jornada Mundial de las Misiones.

El lema para este año, Así os envío yo, hace referencia al mandato misionero de san Juan: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (Jn 20,21).
Obras Misionales Pontificias (OMP) presentó la jornada de este año, el martes en rueda de prensa.
El Domingo Mundial de las Misiones (Domund) es el día en que toda la Iglesia universal reza y colabora económicamente a favor de la actividad evangelizadora de los misioneros y misioneras.
Los llamados “territorios de misión” no disponen de personas ni de recursos económicos para su labor evangelizadora. Mediante el Domund, la Iglesia trata de cubrir estas carencias y ayudar a los más desfavorecidos a través de los misioneros.
El donativo que se entrega a las misiones es recogido en la dirección nacional de las OMP y enviado a territorios de misión. Sólo se permite utilizar un máximo del 10% en la administración de estos bienes y en la animación misionera.
Además del donativo en la Jornada del Domund, se pueden domiciliar aportaciones periódicas, utilizar la tarjeta VISA-DOMUND o realizar transferencias por Internet (www.domund.org).
El lema de este año está tomado del mensaje de Benedicto XVI, donde comenta la afirmación evangélica: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.
Ese envío implica a todos los bautizados y comunidades cristianas en una misión destinada a todo y a todos, en especial a los que aún no le conocen y a quienes se han alejado de la fe.
La misión afecta a toda la humanidad y a todas sus dimensiones; no está limitada por tiempo ni por espacio, hasta la plenitud de los tiempos.
Los objetivos de la campaña de este año son: iniciar a los fieles en la apertura al mundo, donde cada persona está llamada a conocer y acoger el Evangelio; reconocer que el misionero es enviado por Dios a través de la comunidad cristiana, y que en él se refleja la universalidad de nuestra fe; participar en actividades de las comunidades eclesiales para el Domund; colaborar económicamente para responder a las necesidades materiales de los misioneros y las misiones; e intensificar la oración y el sacrificio por los misioneros –sacerdotes, religiosos y laicos– que este año serán enviados a la misión.
Vivero de misioneros
Desde la llegada de los primeros misioneros a América en el siglo XVI, son miles las mujeres y hombres que partieron de España dejando su hogar y su tierra para llevar el Evangelio.
El número total de misioneros españoles se estima en más de catorce mil. De ellos, el 53% son mujeres y el 47% hombres.
El continente con mayor presencia de misioneros españoles es América, con el 70%. Le sigue África, con el 15%. Europa, un 8%. Asia cuenta con un 7% de las misioneras y misioneros españoles. En Oceanía hay una veintena.
Todas y cada una de las diócesis españolas cuentan con misioneros en el mundo. Cada año parten de España cerca de 150 misioneros de las órdenes, congregaciones, institutos seculares, movimientos y asociaciones misioneras presentes en territorios de misión.
Las diócesis con mayor número de misioneros son Pamplona-Tudela, Burgos, Madrid y León. Las religiosas de diversas congregaciones son el 50% de los misioneros españoles en misiones. Los sacerdotes misioneros suman el 10%.
Hablan los evangelizadores
“Acabo de venir de Salanga, un pueblo a 42 kilómetros de la misión, donde hemos celebrado 14 bautismos y 3 bodas de los bautizados. Toda una fiesta en la más grande sencillez. Ayer por la noche tuvimos también otros 12 bautismos en Baugou”, dice Marcos Delgado de la Sociedad de Misiones Africanas, en Benín.
“Llevo por estas tierras más de 35 años. Mi trabajo es dirigir una universidad jesuítica en pleno territorio maya, Quetzaltenango, con más de seis mil alumnos, y el fin primordial de nuestras obras educativas siempre ha sido la formación integral de los alumnos”, afirma José María Ferrero, SJ, en Guatemala.
“Nos toca acompañar a este pueblo en esta difícil situación, que sobre todo hace sufrir a los más desfavorecidos”, reflexiona Arantza Bajineta, sierva de María de Anglet, en Costa de Marfil.
“Desde hace ocho años estoy en San Clemente (Pisco), intentando ayudar en la construcción de casas y personas después del terremoto del 2007”, comunica María Visitación Zuazu, misionera Dominica del Rosario, Perú.
“Tengo 81 años, de los cuales he pasado 46 en Zimbabue y con un cáncer a cuestas, por fortuna ya operado y sin metástasis. Sigo ayudando a mis pobres mandando dinero y ropa y lo que sea”, explica José García, del Instituto Español de Misiones Extranjeras.
“Apenas hace cuatro meses que llegué a mi misión, por lo tanto, por ahora estoy conociendo la realidad y aprendiendo el idioma camboyano”, dice Gema Extremo, hija de María Auxiliadora.
“Algunos me dicen si no me jubilo, porque ya es hora; contesto que mientras mi cuerpo aguante seguiré al pie del cañón y moriré con las botas puestas, si es que Dios lo permite”, dice Consuelo Doménech, misionera de Cristo Jesús, en Japón.
Presencia global
Los misioneros españoles están presentes en 115 países. En África, la mayor presencia está en República Democrática del Congo, Mozambique y Guinea Ecuatorial. En América: Perú, Venezuela y Argentina. En Asia: Japón, La India y Filipinas.
Fuera de España hay 103 obispos españoles que ejercen su ministerio como pastores de comunidades de diversos países.
Las ayudas que Obras Misionales Pontificias envía a misiones se dividen en dos grandes partidas: ayudas ordinarias (25.751.897,69 euros) para el sostenimiento de los misioneros, y ayudas extraordinarias (48.186.025,38 euros), para construcciones, vehículos, emergencias y formación.
A esto hay que añadir 17.598.371,55 euros destinados a seminarios y centros de formación de misioneros. La suma total destinada a misiones este año fue de 91.536.294,62 euros.
Característico de Obras Misionales Pontificias es que lo recaudado en un año se envía a misiones al año siguiente en su totalidad, una vez descontados los gastos de animación misionera y de gestión que nunca superan el 10%.
Gracias a la generosidad de España, se pudieron entregar a misiones 16.950.952 euros que fueron para África, 12.234.859,51 euros; América, 1.232.394,79 euros; Asia, 2.838.166,28 euros: Europa, 71.491,36 euros; Oceanía, 574.040,07 euros.
Los países que recibieron más ayudas de España fueron Camerún, Tanzania, Madagascar, Angola, Sri Lanka, Guinea Ecuatorial, Zambia, Costa de Marfil, Trinidad y Tobago.
Tomar en serio la vida humana”
En su mensaje para esta jornada, hecho público por Benedicto XVI el 6 de enero de 2011, el Papa reflexiona sobre la globalidad del mensaje cristiano.
“La evangelización es un proceso complejo y comprende varios elementos -explica-. Entre estos, la animación misionera ha prestado siempre una atención peculiar a la solidaridad”.
Recuerda el Papa que este es también uno de los objetivos del Domund. “Se trata de sostener instituciones necesarias para establecer y consolidar a la Iglesia mediante los catequistas, los seminarios, los sacerdotes; y también de dar la propia contribución a la mejora de las condiciones de vida de las personas en países en los que son más graves los fenómenos de pobreza, malnutrición sobre todo infantil, enfermedades, carencia de servicios sanitarios y para la educación. También esto forma parte de la misión de la Iglesia”.
Y subraya que “al anunciar el Evangelio, la Iglesia se toma en serio la vida humana en sentido pleno”.
A este respecto cita al Pablo VI cuando afirmaba que no es aceptable “que en la evangelización se descuiden los temas relacionados con la promoción humana, la justicia, la liberación de toda forma de opresión, obviamente respetando la autonomía de la esfera política".
"Desinteresarse de los problemas temporales de la humanidad significaría 'ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor al prójimo que sufre o padece necesidad' -señaló en Evangelii nuntiandi- no estaría en sintonía con el comportamiento de Jesús, el cual 'recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la buena nueva del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias'”.
Y concluye Benedicto XVI pidiendo que “la Jornada mundial de las misiones reavive en cada uno el deseo y la alegría de 'ir' al encuentro de la humanidad llevando a todos a Cristo”.

21 octubre 2011

NOTA DE LOS OBISPOS ESPAÑOLES ANTE LAS ELECCIONES DEL 20N


Cada uno deberá sopesar a quien votar buscando el mayor bien posible

1. El próximo día 20 de noviembre estamos todos convocados a las urnas. Con este motivo, los obispos ofrecemos a los católicos y a cuantos deseen escucharnos algunas consideraciones que ayuden al ejercicio responsable del deber de votar. Es nuestra obligación de pastores de la Iglesia orientar el discernimiento moral para la justa toma de decisiones que afectan a la realización del bien común y al reconocimiento y la tutela de los derechos fundamentales, como es el caso de las elecciones generales.

2. En su discurso sobre los fundamentos del derecho, pronunciado el mes pasado ante el Parlamento federal de Alemania, el Papa recordaba que “el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación. Se ha referido, en cambio, a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho [...], la razón abierta al lenguaje del ser”. Nosotros hacemos nuestras consideraciones desde ese horizonte de los fundamentos prepolíticos del derecho, sin entrar en opciones de partido y sin pretender imponer a nadie ningún programa político. Cada uno deberá sopesar, en conciencia, a quién debe votar para obtener, en conjunto, el mayor bien posible en este momento.


3. No se podría hablar de decisiones políticas morales o inmorales, justas o injustas, si el criterio exclusivo o determinante para su calificación fuera el del éxito electoral o el del beneficio material. Esto supondría la subordinación del derecho al poder. Las decisiones políticas deben ser morales y justas, no sólo consensuadas o eficaces; por tanto, deben fundamentarse en la razón acorde con la naturaleza del ser humano. No es cierto que las disposiciones legales sean siempre morales y justas por el mero hecho de que emanen de organismos políticamente legítimos.


4. En concreto, como ha señalado el Papa en agosto, aquí en Madrid, la recta razón reconoce que hemos sido creados libres y para la libertad, pero que no actúan de modo conforme con la verdadera libertad quienes “creyéndose dioses, piensan no tener necesidad de más raíces y cimientos que ellos mismos; desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o lo injusto; decidir quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias; dar a cada instante un paso al azar, sin rumbo fijo, dejándose llevar por el impulso de cada momento”.


5. Por todo ello, hemos de llamar de nuevo la atención sobre el peligro que suponen determinadas opciones legislativas que no tutelan adecuadamente el derecho fundamental a la vida de cada ser humano, desde su concepción hasta su muerte natural, o que incluso llegan a tratar como un derecho lo que en realidad constituye un atentado contra el derecho a la vida. Son también peligrosos y nocivos para el bien común ordenamientos legales que no reconocen al matrimonio en su ser propio y específico, en cuanto unión firme de un varón y una mujer ordenada al bien de los esposos y de los hijos. Es necesario promover nuevas leyes que reconozcan y tutelen mejor el derecho de todos a la vida, así como el derecho de los españoles a ser tratados por la ley específicamente como “esposo” y “esposa”, en un matrimonio estable, que no quede a disposición de la voluntad de las partes ni, menos aún, de una sola de las partes.


6. La grave crisis económica actual reclama políticas sociales y económicas responsables y promotoras de la dignidad de las personas, que propicien el trabajo para todos. Pensamos en tantas familias, carentes de los medios necesarios para subvenir a sus necesidades más básicas. Pensamos también en el altísimo porcentaje de jóvenes que nunca han podido trabajar o que han perdido el trabajo y que, con razón, demandan condiciones más favorables para su presente y su futuro. Son necesarias políticas que favorezcan la libre iniciativa social en la producción y que incentiven el trabajo bien hecho, así como una justa distribución de las rentas; que corrijan los errores y desvíos cometidos en la administración de la hacienda pública y en las finanzas; que atiendan a las necesidades de los más vulnerables, como son los ancianos, los enfermos y los inmigrantes.


7. El ordenamiento jurídico debe facilitar el ejercicio efectivo del derecho que asiste a los niños y jóvenes a ser educados de modo que puedan desarrollar lo más posible todas sus capacidades. Debe evitar imposiciones ideológicas del Estado que lesionen el derecho de los padres a elegir la educación filosófica, moral y religiosa que deseen para sus hijos. En cambio, ha de ser facilitada la justa iniciativa social en este campo. La presencia de la enseñanza de la religión y moral católica en la escuela estatal - como asignatura fundamental opcional - es un modo de asegurar los derechos de la sociedad y de los padres que exige hoy una regulación más adecuada para que esos derechos sean efectivamente tutelados.


8. Recordamos de nuevo que se reconoce la legitimidad moral de los nacionalismos o regionalismos que, por métodos pacíficos, desean una nueva configuración de la unidad del estado español. Y también, que es necesario tutelar el bien común de la nación española en su conjunto, evitando los riesgos de manipulación de la verdad histórica y de la opinión pública por causa de pretensiones separatistas o ideológicas de cualquier tipo.


9. Una sociedad que quiera ser libre y justa no puede reconocer explícita ni implícitamente a una organización terrorista como representante político de ningún sector de la población, dado que el terrorismo es una práctica intrínsecamente perversa, del todo incompatible con una visión justa y razonable de la vida.


10. Ante los desafíos que se presentan a la comunidad internacional, son necesarias políticas guiadas por la búsqueda sincera de la paz, basadas en el respeto al derecho, nacional e internacional, así como en la promoción del entendimiento y de la solidaridad entre los pueblos y las culturas.


Pedimos al Señor de la paz y a su Madre santísima que iluminen a quienes vamos a votar, para que lo hagamos de manera verdaderamente libre y responsable.

DISCURSO A FAVOR DEL DESARME DEL REPRESENTANTE DE LA SANTA SEDE EN LA ONU


Arzobispo Francis Chullikatt

Señor Presidente,
La paz debe ser construida a través del derecho y el derecho se puede concretar si en cada una de las cuestiones individuales prevalece la razón. El “diálogo razonado” se funda en el reconocimiento de que, con el objetivo de construir una paz duradera, ¡la fuerza de la ley debe prevalecer siempre sobre la ley de la fuerza!
A este respecto, el mensaje de la Santa Sede siempre ha sido fuerte y claro. La Santa Sede está convencida de la necesidad de basar los cimientos de la paz reconociendo la importancia del diálogo y reforzando las relaciones de amistad. Este ha sido también el mensaje propuesto por la Jornada Interreligiosa de Asís de 2011, con el que el Papa Benedicto XVI, junto a una amplia coalición de líderes religiosos, desea poner de relieve la idea de que las religiones no representan un factor de conflicto, sino de pacificación entre los pueblos y que son capaces de realizar una importante contribución a la construcción de un humanismo integral que atribuya un lugar privilegiado a la dignidad trascendente de la persona humana.
En este contexto, la paz es también fruto de la justicia, de la solidaridad y del desarrollo. Existe un vínculo íntimo entre el desarrollo y el desarme; en el marco de una sociedad edificada sobre el derecho, el desarme genera desarrollo, y el desarrollo humano integral tiene repercusiones profundas y benéficas sobre la construcción de la paz y la resolución de las cuestiones relacionadas con la seguridad.
Desde esta perspectiva, la Santa Sede afirma con firmeza su crítica a la carrera armamentística y pretende desarrollar su análisis en la esfera de las relaciones internacionales según el criterio de que la ley debe prevalecer siempre sobre la violencia. Desgraciadamente, el gasto militar en el mundo continua creciendo, según las estadísticas más recientes -las del 2010- giraba en torno a los 1.630.000 millones de dólares americanos, con un crecimiento constante con respecto al año anterior (1.569.000 millones de dólares americanos). Este dato contradice de un modo evidente los Objetivos de Desarrollo del Milenio y, como hemos repetido en diversas ocasiones, contrasta claramente con la Carta de Naciones Unidas, que compromete a los Estados con el mantenimiento “de la paz y de la seguridad internacional con el mínimo dispendio de los recursos humanos y económicos mundiales para el armamento” (Carta de las Naciones Unidas, art. 26).
La comunidad internacional debe, por tanto, confrontarse con la urgente necesidad de poner un freno a esta deplorable carrera armamentística y promover un corte importante a los gastos militares. Claro que este recorte podría ser posible sólo en un clima de menor miedo y mayor confianza. Un recorte a los gastos militares podría dar mayor credibilidad a la prohibición de usar la fuerza en las relaciones internacionales, permitiendo, así, el poder asegurar un mayor respeto del derecho internacional y radicar la paz en la justicia, ya sea en las relaciones entre las naciones, ya sea en el interior de cada nación; además hace posible garantizar la seguridad en condiciones mejores y destinar las enormes sumas de dinero ahorradas a fines pacíficos.

Es, por tanto, necesario además de urgente que la comunidad internacional dedique su atención a estas cuestiones y que, consecuentemente, actúe de acuerdo a los importantes y laudables objetivos que se ha planteado.

Señor Presidente,

Estas reflexiones adquieren mayor importancia si se observa que en 2010, como también en 2011, ha habido pocos progresos en el ámbito del desarme, del control de las armas y de la reducción o de la reconversión de los gastos familiares a favor del desarrollo pacífico de los pueblos. Emblemático de esta preocupante situación es el hecho de que, desde hace demasiados años, la Conferencia sobre el Desarme parece atravesar una crisis que impide su actividad y su eficacia.

La situación, sin embargo, no carece de algún signo de esperanza. Un factor positivo revelado en 2010 fue la reducción estratégica real de las armas nucleares. Sin embargo, para ser plenamente eficaz, debe ser apoyada por una perspectiva política clara y positiva. Los recientes desastres, especialmente el dramático episodio de Fukushima en Japón, nos obligan a realizar una reflexión seria y amplia sobre el uso de la energía nuclear tanto en el ámbito civil como en el militar. A este respecto, es necesario retomar el trabajo sobre el Tratado de prohibición del material fisible y al mismo tiempo es necesario poner remedio a la inexistente entrada en vigor del Tratado para la prohibición de las pruebas nucleares: la obligación de abstenerse a realizar estas pruebas, así como el desarme nuclear, son las condiciones necesarias para persuadir a los Estados que todavía no poseen armas nucleares a respetar las normas de la no proliferación. 

Hay también algunos aspectos positivos en el ámbito de las armas convencionales. Me refiero en particular a la Convención sobre las armas de racimo, firmemente apoyada por la Santa Sede, además del concepto fundamental, comprendido en la Convención, de la primaria importancia de la asistencia a las víctimas. En este contexto es necesario darle el mérito a la preciosa labor desarrollada, junto a algunos Estados, por algunas ONG. Esta cooperación debería ser valorada cada vez más y considerada un signo alentador de la vitalidad del compromiso de la sociedad civil con los valores de la justicia y de la paz.

Señor Presidente,

Hay otra observación que la Santa Sede desea realizar y es en referencia al proceso del Tratado sobre el comercio de armas, para el que el 2012 será un año importante, ya que la prevista Conferencia debería conducir a la redacción de un texto. En este contexto, las armas ligeras y de pequeño calibre no deben ser consideradas como una mercancía cualquiera que se pone a la venta en los mercados globales, regionales o nacionales. La producción, el comercio y la posesión de las mismas tienen implicaciones éticas y sociales. Deben ser reglamentadas de acuerdo a principios específicos de naturaleza moral y legal. Es necesario realizar todo esfuerzo necesario para prevenir la proliferación de todos los tipos de armas, que alientan las guerras locales y la violencia urbana y cada día asesinan a demasiadas personas en el mundo. De aquí la urgencia de adoptar algún instrumento legal, que la Santa Sede apoya plenamente, con medidas legalmente vinculantes para el control del comercio de armas y municiones convencionales a nivel global, regional y nacional.

La Santa Sede ha reconocido, a menudo, la gran importancia del actual proceso para el Tratado sobre el comercio de armas, ya que afronta de forma especial el grave coste humano producido por el comercio ilícito de armas. Un comercio de armas no reglamentado y no transparente, además de la ausencia de sistemas eficaces de control del comercio de armas a nivel internacional, producen graves consecuencias humanitarias, retrasando un desarrollo humano integral, minando el Estado de derecho, aumentando los conflictos y la inestabilidad en todo el mundo, ponen en peligro los procesos de construcción de la paz en los distintos países y difunden una cultura de violencia y de impunidad. Por esto, debemos tener siempre presentes las graves repercusiones que el comercio ilegítimo de armas tiene sobre la paz, sobre el desarrollo, sobre los derechos humanos y sobre la situación humanitaria, y especialmente, su fuerte impacto sobre las mujeres y los niños. Estas cuestiones pueden ser resueltas de modo eficaz sólo a través del compartir las responsabilidades por parte de todos los miembros de la comunidad internacional.
El resultado del actual proceso para el Tratado sobre el comercio de armas pondrá a prueba la voluntad política de los Estados de asumir sus propias responsabilidades morales y legales, con el fin de reforzar ulteriormente el régimen internacional sobre el comercio de armas no reglamentado que existe actualmente. El hecho de prestar atención al inmenso número de personas afectas y sufrientes a causa de la difusión ilegítima de armas y municiones debería desafiar a la comunidad internacional a llegar a un Tratado para el comercio de las armas eficaz y viable. Su objetivo principal no debe ser sólo la reglamentación del comercio de armas convencionales o frenar el mercado negro de las mismas, sino sobre todo el de proteger la vida humana y construir un mundo más respetuoso con la dignidad humana.
La Santa Sede está convencida de que un Tratado sobre el comercio de armas puede dar una contribución importante a la promoción de una cultura de la paz verdaderamente global, a través de la cooperación responsable de los Estados, en colaboración con la industria de armas y en la solidaridad con la sociedad civil. Desde esta perspectiva, los esfuerzos actuales para adoptar un Tratado para el comercio de armas podría convertirse verdaderamente en un signo propicio de la voluntad política de las naciones y de los Gobiernos, tan necesaria, que asegure más paz, justicia, estabilidad y prosperidad en el mundo.

20 octubre 2011


"SI HOY ESTOY EN LA NOCHE OSCURA, MAÑANA ÉL ME LIBERA"



El Papa ayer en la Audiencia General



Queridos hermanos y hermanas:
Hoy querría meditar con vosotros un Salmo que resume toda la historia de salvación de la que el Antiguo Testamento nos da testimonio. Se trata de un gran himno de alabanza que celebra al Señor en las múltiples, repetidas manifestaciones de su bondad a través de la historia de los hombres: es el Salmo 136, o 135 según la tradición greco-latina.
Solemne oración de acción de gracias, conocido como el “Gran Hallel”, este Salmo se canta tradicionalmente al final de la cena pascual hebrea y Jesús probablemente también lo rezó en la última Pascua celebrada con los discípulos; a eso parece que se refiere la nota de los Evangelistas: “Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos” (cf. Mt 26,30; Mc 14,26). El horizonte de la alabanza ilumina así el difícil camino hacia el Gólgota. Todo el Salmo 136 se desarrolla en forma de letanía con la repetición de la antífona “porque su amor es para siempre”. A través de la composición se enumeran los muchos prodigios de Dios en la historia de los hombres y sus continuas intervenciones a favor de su pueblo; y a cada proclamación de la acción salvífica del Señor responde la antífona con la motivación fundamental de la alabanza: el amor eterno de Dios, un amor que, según el término judío utilizado, implica fidelidad, misericordia, bondad, gracia, ternura. Y este es el motivo que une todo el Salmo, repetido siempre de forma similar, mientras cambian las manifestaciones puntuales y paradigmáticas: la creación, la liberación del éxodo, el don de la tierra, la ayuda providencial y constante del Señor hacia su pueblo y a cada criatura.
Después de una triple invitación al agradecimiento al Dios soberano (vv. 1-3), se celebra al Señor como aquel que hace “grandes maravillas” (v.4), la primera de las cuales es la creación: el cielo, la tierra, los astros (vv. 5-9). El mundo creado no es un simple escenario en el que se inserta la actuación salvífica de Dios, sino que es el inicio de esta actuación maravillosa. Con la Creación, el Señor se manifiesta en toda su bondad y belleza, se compromete con la vida, revelando una voluntad de bien de la que emana toda actuación de salvación. Y en nuestro Salmo, haciéndose eco del primer capítulo del Génesis, el mundo creado se resume es sus elementos principales, insistiendo, especialmente, en los astros, el sol, la luna, las estrellas, criaturas magníficas que gobiernan el día y la noche. No se habla aquí de la creación del ser humano, pero está presente; el sol y la luna son para él -para el hombre-, para calcular el tiempo del hombre, poniéndolo en relación con el Creador, sobre todo a través de la indicación de los tiempos litúrgicos.
Y es la misma fiesta de Pascua la que se evoca poco después, cuando pasando a la manifestación de Dios en la historia, se inicia el gran suceso de la liberación de la esclavitud de los egipcios, del éxodo, marcado con sus elementos más significativos: la liberación de Egipto con la plaga de los primogénitos egipcios, la salida de Egipto, el paso del Mar Rojo, el camino en el desierto hasta la entrada a la tierra prometida (vv.10-20). Estamos en el momento originario de la historia de Israel. Dios ha intervenido potentemente para llevar a su pueblo a la libertad; a través de Moisés, su enviado, se ha impuesto al faraón revelándose en toda su grandeza y, finalmente, ha vencido la resistencia de los egipcios con el terrible flagelo de la muerte de los primogénitos. Así Israel puede dejar el país de la esclavitud, con el oro de sus opresores (cf. Ex 12,35-36), “con la mano alzada” (Ex 14,8), en el signo exultante de la victoria. También en el Mar Rojo, el Señor actúa con poder misericordioso.
Ante un Israel aterrorizado por la visión de los egipcios que los persiguen, hasta el punto de que se lamentan de haber dejado Egipto (cf. Ex 14,10-12), Dios, come dice nuestro Salmo, “el mar de Suf partió en dos […] por medio a Israel hizo pasar […] hundió en él al faraón con sus huestes” (vv. 13-15). La imagen del Mar Rojo “partido” en dos, parece evocar la idea del mar como un gran monstruo que se corta en dos trozos y que resulta inofensivo. El poder del Señor vence la peligrosidad de las fuerzas de la naturaleza y de las militares puestas en juego por los hombres: el mar, que parece bloquear el camino al pueblo de Dios, deja pasar a Israel a pie seco y después se cierra sobre los Egipcios ahogándolos. “Mano potente y tenso brazo” del Señor (cf. Dt 5,15; 7,19; 26,8) se muestran así en toda su fuerza salvífica: el injusto opresor ha sido vencido, ahogado en las aguas, mientras que el pueblo de Dios “pasa por medio” de ellas para continuar su camino hacia la libertad.
A este camino se refiere nuestro Salmo recordando, con una frase brevísima, el largo peregrinar de Israel hacia la tierra prometida: “Guió a su pueblo en el desierto, porque es eterno su amor” (v.16). Estas pocas palabras contienen una experiencia de cuarenta años, un tiempo decisivo para Israel que, dejándose guiar por el Señor, aprende a vivir en la fe, en la obediencia y en la docilidad a la ley de Dios. Son años difíciles, marcados por la dureza de la vida en el desierto, aunque también son años felices, de confianza en el Señor, de confianza filial; es el tiempo de la “juventud”, como lo define el profeta Jeremías hablando a Israel, en nombre del Señor, con expresiones llenas de ternura y de nostalgia: “De ti recuerdo tu cariño juvenil, el amor de tu noviazgo; aquel seguirme tú por el desierto, por la tierra no sembrada (Jr2,2). El Señor, como el pastor del Salmo 23 que ya hemos visto en otra catequesis, durante cuarenta años guió a su pueblo, lo educó y amó, llevándolo hasta la tierra prometida, venciendo también las resistencias y hostilidades de pueblos enemigos que querían obstaculizar el camino de la salvación (cf. vv. 17-20).
En la descripción de las “grandes maravillas” que nuestro Salmo enumera, se llega al momento del don final, del cumplimiento de la promesa divina hecha a los Padres: “Y dio sus tierras en herencia, porque es eterno su amor; en herencia a su siervo Israel, porque es eterno su amor (vv. 21-22). En la celebración del amor eterno del Señor, se hace ahora memoria del don de la tierra, un don que el pueblo debe recibir pero sin poseer, viviendo continuamente con un comportamiento de acogida consciente y agradecida. Israel recibe el territorio donde habitar como “herencia”, un término que designa de un modo genérico la posesión de un bien recibido de otro, un derecho de propiedad que, de forma específica, hace referencia al patrimonio paterno. Una de las prerrogativas de Dios es la de “dar”; y ahora al final del camino del éxodo, Israel, destinatario del don, como un hijo, entra en el país de la promesa realizada. Ha terminado el tiempo del vagabundeo, bajo las tiendas, en una vida marcada por la precariedad. Ahora ha comenzado el tiempo feliz de la estabilidad, de la alegría de construir casas, de plantar las viñas, de vivir en la seguridad (cf. Dt 8,7-13). Pero es también el tiempo de la tentación de los ídolos, de la contaminación con los paganos, de la autosuficiencia que hace caer en el olvido el Origen del don. Por esto el Salmista menciona la humillación y los enemigos, una realidad de muerte en la que el Señor, de nuevo, se revela como Salvador: “En nuestra humillación se acordó de nosotros, porque es eterno su amor; y nos libró de nuestros adversarios, ¡porque es eterno su amor! (vv. 23-24).
En este punto nace la pregunta: ¿Cómo podemos hacer de este Salmo nuestra oración, cómo podemos apropiarnos, por nuestra oración, de este Salmo? Es muy importante el marco del Salmo, al principio y al final: está la creación. Volveremos a este punto: la creación como el gran don de Dios del que vivimos, en el que Él se revela en su bondad y en su grandeza. Por tanto, tener presente la creación como don de Dios es un punto común para todos nosotros. Después continúa la historia de salvación. Naturalmente podemos decir: esta liberación de Egipto, el tiempo del desierto, la entrada en la Tierra Santa y después los demás problemas, están muy lejanos de nosotros, no es nuestra historia. Pero debemos estar atentos a la estructura fundamental de esta oración. La estructura fundamental es que Israel se acuerda de la bondad del Señor. En esta historia hay muchos valles oscuros, muchos momentos de dificultades y de muerte, pero Israel se acuerda de que Dios era bueno y puede sobrevivir en este valle oscuro, en este valle de muerte porque se acuerda. Tiene el recuerdo de la bondad del Señor, de su poder; su misericordia es eterna. Y esto es importante también para nosotros: acordarnos de la bondad del Señor. La memoria se convierte en fuerza de la esperanza. El recuerdo nos dice: Dios está, Dios es bueno, eterna es su misericordia. Y así el recuerdo abre, incluso en la oscuridad de un día, de un momento, el camino hacia el futuro: es la luz y la estrella que nos guía. También nosotros tenemos un recuerdo del bien, del amor misericordioso, eterno de Dios. La historia de Israel ya es un memorial también para nosotros, cómo se muestra Dios, cómo se ha creado un pueblo. Después Dios se ha hecho hombre, uno de nosotros: ha vivido con nosotros, ha sufrido con nosotros, ha muerto por nosotros. Permanece con nosotros en el Sacramento y en la Palabra. Es una historia, un memorial de la bondad de Dios que nos asegura su bondad: su amor es eterno. Y también en estos dos mil años de historia de la Iglesia, está siempre, la bondad del Señor. Después del periodo oscuro de la persecución nazi y comunista, Dios nos ha liberado, ha mostrado que es bueno, que tiene fuerza, que su misericordia vale para siempre. Y, como en la historia común, colectiva, está presente esta memoria de la bondad de Dios, nos ayuda, se convierte en estrella de esperanza, de manera que cada uno tiene su historia personal de salvación, y debemos hacer un tesoro de esta historia, tener siempre presentes en la memoria las grandes cosas que Dios ha hecho en mi vida, para tener confianza: su misericordia es eterna. Y si hoy estoy en la noche oscura, mañana Él me libera porque su misericordia es eterna.
Volvamos al Salmo, porque, al final, vuelve a la creación. El Señor -dice así- “Él da el pan a toda carne, porque es eterno su amor” (v. 25). La oración del Salmo se concluye con una invitación a la alabanza: “¡Dad gracias al Dios de los cielos, porque es eterno su amor!”. El Señor es el Padre bueno y providente, que da la herencia a sus propios hijos y el alimento para que todos vivan. El Dios que ha creado los cielos y la tierra y las grandes luces celestes, que entra en la historia de los hombres para llevar a la salvación a todos sus hijos, es el Dios que llena el universo con su presencia de bien, cuidando la vida y dando el pan. El invisible poder del Creador y Señor cantado en el Salmo se revela en la pequeña visibilidad del pan que nos da, con el que nos hace vivir. Y así este pan cotidiano simboliza y sintetiza el amor de Dios como Padre, y nos abre al cumplimiento del Nuevo Testamento, a aquel “pan de la vida”, la Eucaristía, que nos acompaña en nuestra existencia de creyentes, anticipando la alegría definitiva del banquete mesiánico en el Cielo.
Hermanos y hermanas, la alabanza del Salmo 136 nos ha hecho recorrer las etapas más importantes de la historia de la salvación, hasta alcanzar el misterio pascual, en el que la acción salvadora de Dios llega a su culmen. Con alegría consciente celebramos, por tanto, al Creador, Salvador y Padre fiel, que “tanto amó al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios se hace hombre para dar vida, para salvarnos a cada uno de nosotros, y se da como pan en el misterio eucarístico para hacernos entrar en su alianza que nos convierte en hijos. A todo esto llega la misericordia de Dios y la sublimidad de “su amor eterno”.
Quisiera concluir esta catequesis haciendo mías las palabras que San Juan escribe en su Primera Carta y que debemos tener siempre presentes en nuestra oración “¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! (1Jn 3,1). Gracias.

19 octubre 2011


Contemplar el mundo y admirarse


La indispensabilidad de las bellas artes, su necesidad vital para el hombre, consiste ante todo en que mediante ellas permanece no olvidada y en marcha la contemplación de la creación

      Las palabras latinas contemplatiocontemplar corresponden a las griegas theoriatheorein.
 A estas palabras precedentemente acuñadas han sido hechas corresponder por Cicerón, Séneca y, sin duda, por muchos otros desconocidos, en cumplimiento de aquel vasto proceso de traducción que caracteriza la primitiva historia del oeste latino, del Occidente.

      Theoria designa adhesión a la realidad puramente receptiva, enteramente independiente de todo propósito "práctico" de la vida activa. Puede designarse esta adhesión como "desinteresada"; si con ello no se excluye otra cosa que aquella intención dirigida a utilidades y conveniencias. Por lo demás hay aquí de la forma más decisiva intereses, participación, atención, finalidades,
Theoria contemplatio apuntan —sin duda exclusivamente— con toda su energía a que la realidad percibida se haga evidente y clara, que se muestre y revele; tienden a la verdad y a nada más. Este es un primer elemento del concepto "contemplación": silenciosa percepción de realidad.

      Un segundo elemento es el siguiente: contemplación es un conocer no pensante, sino mirante. No corresponde a la ratio, a la felicidad del pensar silogístico y demostrativo, sino al intellectus, a la potencia de la "simple mirada". Mirar es la forma perfecta del conocer sin más ni más. Pues mirar es el conocimiento de aquello que está presente y actual, exactamente igual que el ver sensible. Por el contrario, pensar es la más ínfima, por así decir, "impura" forma del conocimiento. Pensar es conocimiento de lo ausente o incluso sólo esfuerzo para tal conocimiento: el objeto se infiere a base de otra cosa, que la que está inmediatamente presente al espíritu; pero aquel objeto no se muestra como él mismo. Santo Tomás dice que la certeza del pensar se apoya en lo que nosotros inmediatamente vemos; pero la ineludibilidad del pensar se basa en el fallo de la facultad de intuir. La facultad de pensar es una forma imperfecta de la facultad de intuir. Contemplación es, por tanto, intuir, esto es, una forma del conocimiento, que no se mueve hacia su objeto, sino que descansa en él. El objeto está presente, de la misma forma que para el ojo está presente un rostro o un paisaje, en cuanto que la mirada "reposa en él". No hay en el contemplar la "tensión futura", el anhelo dirigido al futuro, que corresponde a la naturaleza del pensar. El que contempla ha encontrado lo que busca el que piensa; está presente y "ante los ojos". Pero la actualidad, la presencia, se pueden cambiar en un momento en la significación de "presente", que es el "tiempo" verbal de la eternidad.

      Aún hay que mencionar un tercer elemento: en la tradición se designa la contemplación como un conocer acompañado de admiración. En la contemplación aparece un mirandum, es decir, una realidad que causa admiración, en la medida en que aunque inmediatamente contemplada, sobrepasa nuestra comprensión. Admirarse sólo puede quien no ve aún la totalidad; Dios no se admira. Es característico de la contemplación terrena que se le añada este desasosiego a causa de lo inalcanzable. Prescindiendo completamente de la "perturbación", derivada de las necesidades de la vida corporal, que son igualmente inevitables y al mismo tiempo salvadoras, no puede ser de otra forma el que en medio del descanso del contemplar apremie una llamada silenciosa hacia un descanso infinitamente aún más profundo, incomprensible, "eterno". Esta es la "llamada de lo perfecto a lo imperfecto, que llamamos amor". Él tiende al encuentro de aquel otro amor, del cual hemos dicho que era lo diferenciativo de la contemplación, el ser encendida por él.

      Ante todo hay un modo contemplativo de ver las cosas de la Creación. Me refiero a las cosas sensibles al ver con los ojos; pero también al oído, al olfato y al gusto, a todo tipo del comprender, pero al ver sin duda ante todo.

      Quien, tras vehemente sed, bebe finalmente, y entonces, al sentir el frescor hasta en las entrañas, piensa y dice: ¡qué cosa más estupenda es el agua fresca!, ése ha dado ya un paso, lo sepa él o no, hacia aquel "ver del amado", en que consiste la contemplación. ¡Qué magnífica es el agua, la rosa, el árbol, la manzana, el rostro humano! —esto no acostumbra a ser dicho por un corazón vivo sin haber en ello un algo de un consentimiento que va más allá de lo primeramente dicho y alabado y toca el origen del mundo—. ¡Quién no habrá alguna vez "visto", al mirar en medio del ajetreo diario de improviso a la cara de su hijo que pregunta, en el mismo momento, que todo lo que existe es bueno, amado y digno de ser amado, amado de Dios, ¡Pero tales certidumbres, en el fondo, sólo significan una cosa y siempre la misma: el mundo está equilibrado, todo converge a un fin; en el fondo de las cosas hay —a pesar de todo— paz, salvación, gloria; nada ni nadie está perdido; "Dios mantiene el principio, el medio y el fin de todas las cosas". Tales certidumbres, no pensadas sino contempladas, de la divina fundamentación de todo ser pueden comunicarse a nuestra mirada, incluso cuando ella está dirigida hacia las cosas más sin brillo, con tal de que sea solamente una mirada encendida por el amor. Pero esto es, en sentido estricto, contemplación. Y siempre nos deberíamos atrever a llamarla así.

      De tal clase de contemplación ante el mundo creado se alimenta incesantemente toda verdadera poesía y todo verdadero arte, cuya esencia es ser bendición y alabanza, que sobrepasa toda queja. Y nadie que no sea capaz de esta contemplación es capaz de escribir de forma poética, es decir, de comprender en el único modo atinado. La indispensabilidad de las bellas artes, su necesidad vital para el hombre consiste ante todo en que mediante ellas permanece no olvidada y en marcha la contemplación de la Creación.
      En este punto será quizá conveniente hablar del diario que ha dejado Gerard Manley Hopkins. Está lleno de testimonios de contemplación terrena; casi no se habla en él de otra cosa. Este escritor, una figura aquilea, arrebatadora, de la más alta delicadeza espiritual, ha dedicado una atención apasionada a las "formas interiores" del mundo visible, no a causa de la acribia de una descripción realística, sino para percibir y participar de la riqueza multiforme de las obras divinas.

      Así habla él de la llama, "más luminosa y más lisa que el cristal, la seda o el agua", que "tremolando en una sola larga bandera y en ondas como el látigo de un cochero", se eleva en un montón de secos matorrales de madreselvas; de "la frente del cielo convertida en metal sobre la puesta del sol; de la espalda de una colina, "una piel pálida, dorada, sin cuerpo"; del cedro, cuyas ramas "en contraluz son como los signos horizontales de una pluma de corneja con finas ondas y vibraciones"; de la "estrecha faja de un campo de cebada que parece como si fluyera"; se le manifiesta una mañana temprano en el campo de maniobras, "la forma interna del caballo", como también Sófocles la ha descrito en las estrofas del coro, "que comparan al caballo con una oleada en el momento de volcarse". Y así habla del ventisquero del Ródano, del vuelo de la garza, del joven follaje del olmo, de la rueda del pavo real; y continuamente de la cambiante forma de las nubes y del agua que corre.

      La exactitud de estas descripciones muestra no solamente qué poco debe la contemplación saltar por encima de la realidad de lo visible en una "simbolización" precipitada. Su mirada está antes bien dirigida directamente al corazón de las cosas. En esta profundidad indudablemente se hace visible entonces una infinita relación hasta ese momento oculta. Y es entonces cuando se realiza lo propio de la contemplación.

      Sobre qué sea lo que en efecto se presenta entonces ante los ojos del alma no ha sido capaz aún nadie de dar una noticia suficiente en palabras describibles. El llameante fuego de la aurora boreal, independiente de la cronología de la tierra, que parece estar "dirigido hasta el último día", llena al arrebatado espectador "con temor embelesado" ¿Qué es lo que él llega a ver? "Yo no creo haber visto algo más bello que la flor del jacinto, que acabo de ver; a través de ella sé yo de la belleza del Señor". ¿Cuál es el contenido del mensaje que se le ha manifestado en la visión de la floreciente criatura? No se dice ni una palabra de ello. También esto pertenece a la esencia de toda contemplación, el no poder ser comunicada. Tiene lugar en la más íntima celda. No hay ningún espectador. Y es imposible el "escribirla" porque no queda libre ni sin requerir ninguna fuerza del alma.

      Aquella ardiente precisión de la descripción sensible, no sólo prueba cuánto respeta y trata de preservar lo visible de las cosas del mundo la mirada de la contemplación terrena. Se puede incluso suponer que el respeto por lo concreto viene ni más ni menos alimentado por el impulso contemplativo, que apunta al fundamento divino de todos los seres. El último G K. Chesterton dice en unas memorias que él ha tenido desde siempre el convencimiento, "el convencimiento casi místico del milagro en todo lo que existe, y del éxtasis esencialmente inherente a toda experiencia". Esta valiente formulación afirma varias cosas: Cada cosa entraña y esconde en el fondo una marca de origen divino; quien llega a ver esto, "ve" que ésta y todas las cosas son "buenas" sobre toda comprensión; ve esto y es feliz. Esta es toda la doctrina de la contemplación de la Creación terrena.