23 noviembre 2022

La consolación

El Papa en la Audiencia General


Catequesis sobre el discernimiento 9. 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Seguimos con las catequesis sobre el discernimiento del espíritu: cómo discernir lo que sucede en nuestro corazón, en nuestra alma. Y después de haber considerado algunos aspectos de la desolación —esa oscuridad del alma— hablamos hoy de la consolación, que sería la luz del alma, y que es otro elemento importante para el discernimiento, que no debe darse por descontado, porque se puede prestar a equívocos. Nosotros debemos entender qué es la consolación, como hemos tratado de entender bien qué es la desolación.

¿Qué es la consolación espiritual? Es una experiencia de alegría interior, que consiente ver la presencia de Dios en todas las cosas; esta refuerza la fe y la esperanza, y también la capacidad de hacer el bien. La persona que vive la consolación no se rinde frente a las dificultades, porque experimenta una paz más fuerte que la prueba. Se trata por tanto de un gran don para la vida espiritual y para la vida en su conjunto. Y vivir esta alegría interior.

La consolación es un movimiento íntimo, que toca lo profundo de nosotros mismos. No es llamativa, sino que es suave, delicada, como una gota de agua en una esponja (cfr. S. Ignacio de L., Ejercicios espirituales, 335): la persona se siente envuelta en la presencia de Dios, siempre de una forma respetuosa con la propia libertad. Nunca es algo desafinado, que trata de forzar nuestra voluntad, tampoco es una euforia pasajera: al contrario, como hemos visto, también el dolor —por ejemplo, por los propios pecados— puede convertirse en motivo de consolación.

Pensemos en la experiencia vivida por san Agustín cuando habla con su madre Mónica de la belleza de la vida eterna; o en la perfecta leticia de san Francisco —asociada además a situaciones muy duras de soportar—; y pensemos en tantos santos y santas que han sabido hacer grandes cosas, no porque se consideraban buenos y capaces, sino porque fueron conquistados por la dulzura pacificante del amor de Dios. Es la paz que san Ignacio notaba en sí con estupor cuando leía las vidas de los santos. Ser consolado es estar en paz con Dios, sentir que todo está arreglado en paz, todo es armónico dentro de nosotros. Es la paz que siente Edith Stein después de la conversión; un año después de haber recibido el Bautismo, ella escribe – así dice Edith Stein: «Cuando me abandono a este sentimiento, me invade una vida nueva que, poco a poco, comienza a colmarme y que, sin ninguna presión por parte de mi voluntad, va a impulsarme hacia nuevas realizaciones. Este aflujo vital me parece ascender de una actividad y de una fuerza que no me pertenecen, pero que llegan a hacerse activas en mí» (Psicologia e scienze dello spirito, Città Nuova, 1996, 116). Es decir, una paz genuina es una paz que hace brotar los buenos sentimientos en nosotros.

La consolación tiene que ver sobre todo con la esperanza, mira hacia el futuro, pone en camino, consiente tomar iniciativas hasta ese momento siempre postergadas, o ni siquiera imaginadas, como el Bautismo para Edith Stein.

La consolación es una paz grande, pero no para permanecer sentados ahí disfrutándola, no, te da la paz y te atrae hacia el Señor y te pone en camino para hacer cosas, para hacer cosas buenas. En tiempo de consolación, cuando somos consolados, nos vienen ganas de hacer mucho bien, siempre. En cambio, cuando llega el momento de la desolación, nos vienen ganas de cerrarnos en nosotros mismos y de no hacer nada. La consolación te impulsa adelante, al servicio de los demás, de la sociedad, de las personas. La consolación espiritual no es “controlable” —tú no puedes decir ahora que venga la consolación, no, no es controlable— no es programable a voluntad, es un don del Espíritu Santo: permite una familiaridad con Dios que parece anular las distancias. Santa Teresa del Niño Jesús, visitando la basílica de Santa Cruz en Jerusalén a la edad de catorce años en Roma, intenta tocar el clavo allí venerado, uno de aquellos con los que Jesús fue crucificado. Teresa siente esta osadía suya como un arranque de amor y confianza. Y luego escribe: «Fui realmente demasiado audaz. Pero el Señor ve el fondo de los corazones, sabe que mi intención era pura […]. Actuaba con él como niña que se cree todo permitido y considera como propios los tesoros del Padre» (Manuscrito autobiográfico, 183). La consolación es espontánea, te lleva a hacer todo espontáneo, como si fuéramos niños. Los niños son espontáneos, y la consolación te lleva a ser espontáneo con una dulzura, con una paz muy grande. Una chica de catorce años nos da una descripción espléndida de la consolación espiritual: se advierte un sentido de ternura hacia Dios, que nos hace audaces en el deseo de participar de su misma vida, de hacer lo que le agrada, porque nos sentimos familiares con Él, sentimos que su casa es nuestra casa, nos sentimos acogidos, amados, revitalizados. Con esta consolación no nos rendimos frente a las dificultades: de hecho, con la misma audacia, Teresa pedirá al Papa el permiso para entrar en el Carmelo, aunque sea demasiado joven, y le será concedido.  ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que la consolación nos hace audaces: cuando estamos en tiempo de oscuridad, de desolación, y pensamos: “Esto no soy capaz de hacerlo”. Te abate la desolación, te hace ver todo oscuro: “No, yo no puedo hacerlo, no lo haré”. En cambio, en tiempo de consolación, ves las mismas cosas de forma diferente y dices: “No, yo voy adelante, lo hago”. “Pero ¿estás seguro?”. “Yo siento la fuerza de Dios y voy adelante”. Y así la consolación te impulsa a ir adelante y a hacer las cosas que en tiempo de desolación tú no serías capaz; te impulsa a dar el primer paso. Esto es lo hermoso de la consolación.

Pero estemos atentos. Tenemos que distinguir bien la consolación que es de Dios, de las falsas consolaciones. En la vida espiritual sucede algo similar a lo que sucede en las producciones humanas: están los originales y están las imitaciones. Si la consolación auténtica es como una gota en una esponja, es suave e íntima, sus imitaciones son más ruidosas y llamativas, son puro entusiasmo, son un fuego fatuo, sin consistencia, llevan a plegarse sobre uno mismo, y a no cuidar de los otros. La falsa consolación al final nos deja vacíos, lejos del centro de nuestra existencia. Por esto, cuando nosotros nos sentimos felices, en paz, somos capaces de hacer cualquier cosa. Pero no confundir esa paz con un entusiasmo pasajero, porque el entusiasmo hoy está, después cae y ya no está.

Por eso se debe hacer discernimiento, también cuando uno se siente consolado. Porque la falsa consolación puede convertirse en un peligro, si la buscamos como fin en sí misma, de forma obsesiva, y olvidándonos del Señor. Como diría san Bernardo, se buscan las consolaciones de Dios y no se busca al Dios de las consolaciones. Nosotros debemos buscar al Señor y el Señor, con su presencia, nos consuela, nos hace ir adelante. Y no buscar a Dios porque nos trae las consolaciones, con esto implícito, no, esto no va, no debemos estar interesados en esto. Es la dinámica del niño de la que hablábamos la vez pasada, que busca a los padres solo para obtener cosas de ellos, pero no por ellos mismos: va por interés. “Papá, mamá”. Y los niños saben hacer esto, saben jugar y cuando la familia está dividida, y tienen esta costumbre de buscar ahí y buscar aquí, esto no hace bien, esto no es consolación, eso es interés. También nosotros corremos el riesgo de vivir la relación con Dios de forma infantil, buscando nuestro interés, buscando reducir a Dios a un objeto para nuestro uso y consumo, perdiendo el don más hermoso que es Él mismo. Así vamos adelante en nuestra vida, que procede entre las consolaciones de Dios y las desolaciones del pecado del mundo, pero sabiendo distinguir cuando es una consolación de Dios, que te da paz hasta el fondo del alma, de cuando es un entusiasmo pasajero que no es malo, pero no es la consolación de Dios.


Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, hay muchos mexicanos por aquí. El próximo domingo comenzamos el tiempo de Adviento. Pidamos al Señor que nos ayude a mantener encendida en nuestra vida la lámpara de la fe y a estar preparados para recibir su visita, que nos llena de paz y alegría. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Muchas gracias.

 LLAMAMIENTOS

En las pasadas horas la Isla de Java, en Indonesia, fue sacudida por un fuerte terremoto. Expreso mi cercanía a esa querida población y rezo por los muertos y por los heridos.

El domingo pasado en Kalongo, Uganda, fue beatificado el padre Giuseppe Ambrosoli, misionero comboniano, sacerdote y médico. Nacido en la diócesis de Como, murió en Uganda en 1987 después de haber gastado su vida por los enfermos, en los cuales veía el rostro de Cristo. Que su extraordinario testimonio ayude a cada uno de nosotros a ser un signo de una Iglesia en “salida”. ¡Un aplauso al nuevo beato!

Deseo enviar mi saludo a los jugadores, a los aficionados y a los espectadores que siguen, desde varios continentes, el campeonato mundial de fútbol, que se está jugando en Qatar. Que este importante evento pueda ser ocasión de encuentro y de armonía entre las naciones, favoreciendo la fraternidad y la paz entre los pueblos. Recemos por la paz en el mundo y por el final de todos los conflictos, con un pensamiento particular por los terribles sufrimientos del querido y martirizado pueblo ucraniano. A propósito, el próximo sábado es el aniversario del terrible genocidio del Holodomor, el exterminio por el hambre en 1932-33 causado artificiosamente por Stalin en Ucrania. Recemos por las víctimas de este genocidio y recemos por tantos ucranianos, niños, mujeres y ancianos, niños, que hoy sufren el martirio de la agresión.

La Jornada Mundial de la Pesca, celebrada antes de ayer, pueda favorecer la sostenibilidad en la pesca y en la acuicultura, a través del respeto de los derechos de los pescadores, que con su trabajo contribuyen a la seguridad alimenticia, a la nutrición y a la reducción de la pobreza en el mundo.

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

En nuestras catequesis sobre el discernimiento hemos hablado anteriormente de la desolación, hoy reflexionamos sobre otro elemento importante: la consolación. La consolación espiritual es un don del Espíritu Santo que nos hace experimentar la presencia de Dios en nuestro interior, nos da alegría y paz, y refuerza en nosotros la fe, la esperanza y el deseo de hacer el bien. También nos da fortaleza en los momentos de prueba y nos impulsa a buscar a Dios sobre todas las cosas.

El discernimiento nos ayuda a distinguir la consolación auténtica de otras falsas consolaciones que en realidad nos alejan de Dios y nos dejan vacíos. La vida de los santos nos brinda hermosos ejemplos de verdadera consolación espiritual. Su “secreto” fue abandonarse con confianza en las manos de Dios y dejarle que sea Él quien haga su obra en ellos y por medio de ellos. Los santos nos enseñan que lo esencial en nuestra vida no es buscar los consuelos de Dios sino al Dios de los consuelos. 

Fuente: vatican.va

Los nuevos cielos y la nueva tierra

Paul O´Callaghan

Como cristianos, hablamos mucho de la Resurrección de Cristo. La consideramos como signo tangible, material e innegable del amor de Dios que salva a los hombres. Hablamos también de la resurrección de los muertos, o resurrección de la carne, al final de los tiempos. La consideramos como la quintaesencia de la esperanza cristiana, y vemos en ella una afirmación del valor de la materia.

Pero hay que preguntarse ulteriormente: ¿dónde estarán los hombres resucitados? ¿Qué tipo de entorno material tendrán? No son ángeles, no son espíritus puros: tendrán que pisar en alguna parte, tendrán que relacionarse con otras personas, tendrán que relacionarse con un “mundo”.

¿“Término” o finalidad?

En el siglo VII, Julián de Toledo escribía: “El mundo, renovado ya para lo mejor, será adaptado según los hombres, que a su vez serán renovados también en la carne para lo mejor” (Prognosticon 2, 46). Santo Tomás decía que en la vida futura “la entera creación corporal será modificada en un modo apropiado para estar en armonía con el estado de los que lo habitan” (IV C. Gent., 97). Y el escritor francés Charles Péguy lo decía muy convencido: “En mi cielo habrá cosas”.

Pero, en realidad, lo que llama la atención en el Nuevo Testamento son las afirmaciones sobre la futura destrucción del mundo. “Habrá entonces una gran tribulación, como no la hubo desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá” (Mt 24, 21). Gráficamente los evangelios describen una amplia gama de signos que indican el acercarse del fin: el colapso de la sociedad humana, el triunfo de la idolatría y la irreligión, la difusión de la guerra, grandes calamidades cósmicas.

Sin embargo, no se trata de una destrucción definitiva, del apagarse del mundo gradual o repentinamente, como pensaban los filósofos Michel Foucault y Jacques Monod. Para la fe cristiana, hay que decir que el mundo tiene un fin, en el sentido de una finalidad, pero no un fin en el sentido del momento en el que dejará de existir.

Por esta razón, la Escritura habla en diversos modos de “los nuevos cielos y la nueva tierra”: ya en el Antiguo Testamento (Is 65, 17), pero sobre todo en el Nuevo. Particularmente importantes son dos citas, una de san Pablo y la otra de san Pedro. Textos semejantes se encuentran en el libro del Apocalipsis (Ap 21, 1-4).

Redención renovadora

A los Romanos, Pablo escribe: “La espera ansiosa de la creación anhela la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación se ve sujeta a la vanidad, no por su voluntad, sino por quien la sometió, con la esperanza de que también la misma creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Rm 8, 19-21). Así como el pecado introdujo la muerte y la destrucción en el mundo, nos dice Pablo, la redención que Cristo ganó y con la que nos hizo hijos de Dios renovará el mundo para siempre, llenándolo de gloria divina.

Y en la segunda Carta de san Pedro (2P 3, 10-13) leemos: “Como un ladrón llegará el día del Señor.

Entonces los cielos se desharán con estrépito, los elementos se disolverán abrasados, y lo mismo la tierra con lo que hay en ella” (v. 10, cfr. v. 12). Por esta razón exhorta a los creyentes que sean vigilantes: “Si todas estas cosas se van a destruir de ese modo, ¡cuánto más debéis llevar vosotros una conducta santa y piadosa, mientras aguardáis y apresuráis la venida del día de Dios!” (vv. 11-12).

A pesar de ello, continúa el texto, “nosotros, según su promesa, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, en los que habita la justicia” (v. 13). Y se vuelve a exhortar a los fieles: “Por lo tanto, queridísimos, a la espera de estos acontecimientos, esmeraos para que él os encuentre en paz, inmaculados e intachables” (v. 14).

¿Qué permanece?

El mensaje de Pedro es espiritual y ético, ciertamente, pero se basa en la promesa divina de una renovación cósmica. Habrá destrucción y renovación, habrá discontinuidad y continuidad entre este mundo y “los nuevos cielos y la nueva tierra”. Pero nos podemos preguntar: de todo lo que los hombres hacen y construyen aquí en la tierra, ¿qué es lo que quedará para siempre? ¿Se trata meramente de la continuidad de las virtudes que los hombres hayan vivido y retendrán para siempre en el cielo, en particular la caridad? ¿O se encontrará además en el más allá algo de las grandes obras que los hombres hayan plasmado junto con los demás: obras de ciencia, de arte, de arquitectura, de legislación, de literatura, etc.? La constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II lo explica así: “Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo. No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien aliviar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios” (n. 39).

Con todo, los nuevos cielos y la nueva tierra serán obra de Dios. Lo que encontramos en ellos no lo hacemos nosotros. Aun así, parece lógico que algo de lo que hemos hecho con Dios y para Dios nos acompañe de algún modo para siempre. Pero solo Dios sabe cómo.

Fuente: omnesmag.com/

21 noviembre 2022

El mundial de todos los días

Juan Luis Selma

Tenemos el reto de subirnos al podio del amor. Si hay dificultades, no nos desanimemos

No creo que hayamos sido seleccionados para el Mundial de Qatar, ni sé si haremos un buen papel, lo que sí es cierto es que podemos subir al podio del “mundial” de la vida. Estamos muy acostumbrados a lo extraordinario, al ruido, a las movidas y emociones fuertes. Para la autoestima necesitamos miles de likes y solemos olvidar que lo importante es gustar al marido o a la esposa, que los amigos estén bien con nosotros y caer en la cuenta de que nuestro fan incondicional es Dios.

Coincide la apertura del Mundial con la fiesta de Cristo Rey. Un rey muy peculiar que tiene como trono la cruz y que pasa la mayor parte de su vida trabajando como un artesano. Resulta que el autor del gran espectáculo de la Creación, cuando decide habitar entre nosotros, opta por una vida sencilla, ordinaria, oculta, pero llena de grandeza y nos invita a descubrir lo bonita, llena y apasionante que puede ser.

El trabajo sencillo y callado de un agricultor, de un jardinero, puede alegrar la vida con unas ricas hortalizas llenas de sabor y colorido, con un ramillete de flores frescas que esparcen su aroma en el salón, con un parterre bien cuidado. En realidad, lo que nos hace estar bien es la suma de unas cuantas menudencias; lo que nos hace amables son los detalles.

Hace unos días, un compañero conocedor de Murillo, nos ilustraba con el reflejo que la visión cristiana del maestro deja en sus obras, y, no solo en las de temática religiosa, también en las profanas. Nos hacía ver cómo los niños pobres, los mendigos, aparecían sonrientes y, en muchas ocasiones, rodeados de frutas que insinúan la esperanza. Cuando hay fe y se trabaja bien, hay esperanza, ganas de vivir.

Contó que una mujer japonesa, sin conocimiento del catolicismo, acudió a una exposición de Murillo en su país. Se quedó extasiada frente a la Inmaculada del Escorial y ante esa fuente de belleza, colorido y armonía decidió continuar con su vida −había decidido suicidarse−. Años después acudió al Museo del Prado para contemplar a “Su Salvadora” y, al no encontrar la pintura en su sitio, comenzó a llorar desconsoladamente.

Todo se pudo solucionar, pues resultó que dicho cuadro estaba restaurándose ese momento y el personal del museo tuvo la delicadeza de facilitarle su reencuentro con la Inmaculada del Escorial. 

La belleza que está latente en lo bien hecho, en aquello que procede del Creador, tiene la fuerza de transmitir un halo que hace presente al Dios escondido. Nos lleva al Reino de Cristo, que la liturgia señala como: “El reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia. El reino de la justicia, el amor y la paz”. Las cosas bien hechas, la naturaleza, la armonía de las personas, emana paz, gusto, vida.

Dios nos invita a encontrarle en lo cotidiano, en lo ordinario, incluso diría que en lo monótono. Decía san Josemaría: “Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes”, el reto es descubrirlo. Para tener una mirada nueva podemos ponernos las “gafas de ver de cerca”, las de la fe, del amor y la esperanza. El amor esponsal, la amistad, no necesita demasiadas emociones, grandes esfuerzos, deslumbrantes regalos, alaracas. Se nutre de pequeños detalles: una mirada, una sonrisa, un gesto de deferencia, un dar las gracias, de silencios, de compartir el día a día.

Ganar una competición no es fácil, esto se da por sabido. Triunfar en el amor, sacar adelante una familia, ir al cielo tampoco lo son. Tenemos el reto de subirnos al podio del amor. Vamos a entrenar. Si hay dificultades, si hay heridas; si, incluso, todo parece perdido, no nos desanimemos y vayamos a por ello ¡Cuántos partidos se han ganado en tiempo del descuento!

Ganar en casa. Hay unos cuantos detalles que nos aseguran la victoria: la buena educación, pedir las cosas por favor, dar las gracias por cualquier detalle, pedir perdón sincero cuando fallamos; transmitir paz: no pasa nada, aunque esté ardiendo la cocina, todo tiene arreglo; pequeños regalos sorpresa: una flor, unas chuches, la canción favorita. También viene bien olvidar: “agua pasada no mueve molino”, no remover el fondo, que nada enturbie el agua.

No debemos olvidar las gafas de ver distinto, son las del amor, las de las fuertes convicciones. Si no somos capaces de ver lo bonito, lo positivo del otro, o de esa circunstancia, es porque necesitan una buena limpieza. No dejar que el desánimo, el pesimismo, la aparente cruda realidad lleven la voz cantante. Salimos al campo a ganar y podemos hacerlo si recordamos quiénes somos.

“María santifica lo más menudo −nos hacía notar san Josemaría−, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor de Dios!”.

Fuente: eldiadecordoba.es

20 noviembre 2022

Catedral de Asti, Italia

Homilía del Papa


Hemos visto a este joven, Stefano, que pide recibir el ministerio de acólito en su camino hacia el sacerdocio. Tenemos que rezar por él, para que siga adelante en su vocación y sea fiel; pero también tenemos que rezar por esta Iglesia de Asti, para que el Señor envíe vocaciones sacerdotales, porque como ustedes ven la mayoría son ancianos, como yo. Se necesitan sacerdotes jóvenes, como algunos de aquí que son muy buenos. Pidamos al Señor que bendiga esta tierra.

Y de estas tierras partió mi padre para emigrar a Argentina. Y en estas tierras, valiosas por sus buenos productos agrícolas y sobre todo por la auténtica laboriosidad de la gente, he venido a reencontrar el sabor de las raíces. Hoy el Evangelio nos lleva nuevamente a las raíces de la fe. Estas se encuentran en el árido terreno del Calvario, donde la semilla de Jesús, al morir, hizo germinar la esperanza, pues plantado en el corazón de la tierra nos abrió el camino al cielo. Con su muerte nos dio la vida eterna. Por medio del árbol de la cruz nos trajo los frutos de la salvación. Por eso mirémoslo a Él, miremos al Crucificado.

Sobre la cruz aparece una sola frase: «Este es el rey de los judíos» (Lc 23,38). He aquí el título: rey. Pero observando a Jesús, la idea que tenemos de un rey da un vuelco. Intentemos imaginar visualmente un rey. Nos vendrá a la mente un hombre fuerte sentado en un trono con espléndidas insignias, un cetro en las manos y anillos brillantes en los dedos, mientras dirige a sus súbditos discursos solemnes. Esta es, más o menos, la imagen que tenemos en la mente. Pero mirando a Jesús, vemos que Él es todo lo contrario. No está sentado en un cómodo trono, sino más bien colgado en un patíbulo. El Dios que «derribó a los poderosos de su trono» (Lc 1,52) se comporta como siervo crucificado por los poderosos. Está adornado sólo con clavos y espinas, despojado de todo mas rico en amor; desde el trono de la cruz ya no instruye a la multitud con palabras, ni levanta la mano para enseñar. Hace mucho más: en vez de apuntar el dedo contra alguien, extiende los brazos para todos. Así se manifiesta nuestro rey, con los brazos abiertos, a brasa aduerte.

Sólo entrando en su abrazo entendemos que Dios se aventuró hasta ahí, hasta la paradoja de la cruz, justamente para abrazar todo lo que es nuestro, aun aquello que estaba más lejos de Él: nuestra muerte —Él abrazó nuestra muerte—, nuestro dolor, nuestra pobreza, nuestras fragilidades y nuestras miserias. Él abrazó todo esto. Se hizo siervo para que cada uno de nosotros se sienta hijo, pagó con su servidumbre nuestra filiación. Se dejó insultar y que se burlaran de él, para que en cualquier humillación ninguno de nosotros esté ya solo. Dejó que lo desnudaran, para que nadie se sienta despojado de la propia dignidad. Subió a la cruz, para que en todo crucificado de la historia esté la presencia de Dios. Este es nuestro rey, rey de cada uno de nosotros, rey del universo, porque Él cruzó los más recónditos confines de lo humano; entró en la oscura inmensidad del odio, en la inmensa oscuridad del abandono para iluminar cada vida y abrazar cada realidad. Hermanos, hermanas, este es el rey que hoy festejamos. No es fácil entenderlo, pero es nuestro rey. Y las preguntas que deberíamos hacernos son: ¿Este rey del universo es el rey de mi existencia? ¿Yo creo en Él? ¿Cómo puedo celebrarlo como Señor de todas las cosas si no se convierte también en el Señor de mi vida? Y tú que hoy comienzas este camino hacia el sacerdocio no te olvides que este es tu modelo; no te aferres a los honores, no. Este es tu modelo; si tú no piensas ser sacerdote como este Rey, mejor detente ahí.

Por tanto, fijemos de nuevo la mirada en Jesús Crucificado. Date cuenta, Él no mira tu vida sólo un momento y ya, no te dedica una mirada fugaz como frecuentemente hacemos nosotros con Él, sino que Él permanece ahí, a brasa aduerte, para decirte en silencio que nada de lo tuyo le es ajeno, que quiere abrazarte, volverte a levantar, salvarte, así como eres, con tu historia, con tus miserias, con tus pecados. Pero, Señor, ¿es verdad? ¿Con mis miserias me amas de este modo? Cada uno piense en este momento en su propia pobreza: “Pero, ¿tú me amas con esta pobreza espiritual que tengo, con estas limitaciones?”. Y Él sonríe y nos hace comprender que nos ama y ha dado la vida por nosotros. Pensemos un poco en nuestros límites, también en las cosas buenas: Él nos ama como somos, como somos ahora. Él nos da la posibilidad de reinar en la vida, si te rindes ante la mansedumbre de su amor, que se propone pero no se impone —el amor de Dios nunca se impone—; a su amor que siempre te perdona. Nosotros tantas veces nos cansamos de perdonar a la gente y les hacemos la cruz, les hacemos la sepultura social. Él no se cansa nunca de perdonar, nunca, nunca; siempre te vuelve a poner en pie, siempre te restituye tu dignidad real. Sí, la salvación, ¿de dónde viene? Nos viene al dejarnos amar por Él, porque sólo así somos liberados de la esclavitud de nuestro yo, del miedo de estar solos, de pensar que no lo lograremos. Hermanos, hermanas, pongámonos constantemente ante el Crucificado, dejémonos amar, pues esos brasa aduerte nos abren también a nosotros el paraíso, como al “buen ladrón”. Sintamos como dirigida a nosotros la frase que Jesús hoy, en el Evangelio, pronuncia desde la cruz: «Estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43). Esto es lo que quiere y quiere decirnos Dios, a todos nosotros, cada vez que nos dejamos mirar por Él. Y entonces entendemos que no tenemos un dios desconocido que está allá arriba en el cielo, poderoso y distante, no, sino un Dios cercano, la cercanía es el estilo de Dios, la cercanía, con ternura y misericordia. Este es el estilo de Dios. Cercano, misericordioso y tierno. Tierno y compasivo, cuyos brazos abiertos consuelan y acarician. ¡Ese es nuestro rey!

Hermanos, hermanas, después de haberlo mirado, ¿qué podemos hacer? Hoy el Evangelio nos pone ante dos caminos. Frente a Jesús hay quien se queda de espectador y quien se involucra. Los espectadores son muchos, la mayoría. Miran, ver morir a alguien en la cruz es un espectáculo. De hecho —dice el texto— «el pueblo permanecía allí y miraba» (v. 35). No era gente mala, muchos eran creyentes, pero al ver al Crucificado se quedan como espectadores. No dan un paso adelante hacia Jesús, sino que lo ven desde lejos, curiosos e indiferentes, sin interesarse verdaderamente, sin preguntarse qué podrían hacer. Habrán comentado, quizá: “Pero mira este”, habrán expresado juicios y opiniones: “Pero es inocente, mira este así”, alguno se habrá lamentado, pero todos se quedaron mirando sin hacer nada, con los brazos cruzados. Pero también cerca de la cruz hay espectadores: los jefes del pueblo, que quieren asistir al espectáculo cruento del final ignominioso de Cristo; los soldados, que esperan que la ejecución termine pronto, para irse a su casa; uno de los malhechores, que descarga sobre Jesús su rabia. Se burlan, insultan, se desahogan.

Todos estos espectadores tienen en común una frase recurrente: “Si eres rey, ¡sálvate a ti mismo!” (cf. vv. 35.37.39). Así lo insultan, lo desafían. Sálvate a ti mismo, exactamente lo contrario de lo que está haciendo Jesús, que no piensa en sí mismo, sino en salvarlos a ellos, que lo insultan. Pero ese sálvate a ti mismo es contagioso, de los jefes a los soldados y a la gente, la ola del mal alcanza a casi todos. Pensemos que el mal es contagioso, nos contagia; como cuando a nosotros nos llega una enfermedad infecciosa, nos contagia enseguida. Y aquella gente habla de Jesús pero no sintoniza ni un solo momento con Él. Toma distancia y habla. Es el contagio letal de la indiferencia. Es una fea enfermedad la indiferencia. “Esto a mí no me concierne, no me toca”. Indiferencia hacia Jesús e indiferencia también hacia los enfermos, hacia los pobres, hacia los miserables de la tierra. A mí me gusta preguntarle a la gente, y les pregunto a cada uno de ustedes: “Cuanto tú le das limosna a los pobres, ¿los miras a los ojos? ¿Eres capaz de mirar a los ojos de ese pobre o de esa pobre que te pide limosna? Cuando tú das limosna a los pobres, ¿les tiras la moneda o les tocas la mano? ¿Eres capaz de tocar una miseria humana?”. Después que cada uno se dé las respuestas. Aquella gente era indiferente. Aquella gente hablaba de Jesús, pero no sintonizaba con Él. Y este es el contagio letal de la indiferencia, que crea distancia con la miseria. La ola del mal se propaga siempre así: comienza tomando distancia, mirando sin hacer nada, sin dar importancia, y luego se piensa sólo en los propios intereses y se acostumbra a mirar hacia otro lado. Y esto es un riesgo también para nuestra fe, que se marchita si se queda en una teoría, si no se hace práctica, si no hay compromiso, si no se da en primera persona, si no se arriesga. Entonces nos convertimos en cristianos “al agua de rosas” —como escuché decir en mi casa—, que dicen creer en Dios y querer la paz, pero que no rezan ni se preocupan por el prójimo e incluso no les interesa Dios, ni la paz. Estos son cristianos sólo de palabra, superficiales.

Esta era la ola del mal que había allí, en el Calvario. Pero también está la ola benéfica del bien. Entre los muchos espectadores, uno se involucra, me refiero al “buen ladrón”. Los otros se ríen del Señor. Él le habla y lo llama por su nombre, “Jesús”. Muchos descargan sobre Él su rabia; él confiesa a Cristo sus faltas. Muchos dicen «sálvate a ti mismo»; él ruega: «Jesús, acuérdate de mí» (v. 42). Sólo pide eso al Señor. Esta es una hermosa oración. Si cada uno de nosotros la recita todos los días va por buen camino, el camino de la santidad: “Jesús, acuérdate de mí”. Es así que un malhechor se convierte en el primer santo. Se acerca a Jesús por un instante y el Señor lo tiene consigo para siempre. El Evangelio habla del buen ladrón por nosotros, para invitarnos a vencer el mal dejando de ser espectadores. Por favor, la indiferencia es peor que hacer el mal. ¿Por dónde comenzar? Por la confianza, por llamar a Dios por su nombre, tal como lo hizo el buen ladrón, que al final de la vida vuelve a encontrar la confianza valiente que caracteriza a los niños, que se fían, piden, insisten. Y con esa confianza admite sus fallas, llora, pero no compadeciéndose de sí mismo, sino poniéndose delante del Señor. Y nosotros, ¿tenemos esta confianza, le llevamos a Jesús todo lo que tenemos en nuestro interior, o nos disfrazamos frente a Dios, quizás con un poco de sacralidad y de incienso? Por favor, no vivan la espiritualidad del maquillaje, es aburrida. Ante Dios agua y jabón, nada más, sin maquillajes, el alma tal cual es. Y de ahí viene la salvación. Aquel que pone en práctica la confianza, como este buen ladrón, aprende la intercesión, aprende a presentar ante Dios lo que ve, los sufrimientos del mundo, las personas que encuentra. Aprende a decirle, como el buen ladrón, “¡acuérdate, Señor!”. No estamos en el mundo únicamente para salvarnos a nosotros mismos, no, sino para llevar a los hermanos y hermanas al abrazo del Rey. Interceder, recordarle al Señor, abre las puertas del paraíso. Pero nosotros, cuando rezamos, ¿intercedemos? “Acuérdate Señor, acuérdate de mí, de mi familia, acuérdate de este problema, acuérdate, acuérdate”. Llamar la atención del Señor.

Hermanos, hermanas, hoy nuestro rey nos mira desde la cruz a brasa aduerte. Depende de nosotros decidir si ser espectadores o involucrarnos. ¿Soy espectador o quiero involucrarme? Vemos las crisis de hoy, la disminución de la fe, la falta de participación. ¿Qué hacemos? ¿Nos limitamos a elaborar teorías, nos limitamos a criticar, o nos ponemos manos a la obra, tomamos las riendas de nuestra vida, pasamos del “si” de las excusas a los “sí” de la oración y del servicio? Todos creemos saber qué es lo que no está bien en la sociedad, todos; hablamos todos los días de lo que no va en el mundo, incluso en la Iglesia, tantas cosas no van en la Iglesia. Pero luego, ¿hacemos algo? ¿Nos ensuciamos las manos como nuestro Dios clavado al madero o estamos con las manos en los bolsillos mirando? Hoy, mientras Jesús, que está despojado en la cruz, levanta el velo sobre Dios y destruye toda imagen falsa de su realeza, mirémoslo a Él, para encontrar el valor de mirarnos a nosotros mismos; de recorrer las vías de la confianza y de la intercesión; de hacernos siervos para reinar con Él. “Acuérdate, Señor, acuérdate”, hagamos esta oración más seguido. Gracias.


El Papa en el Ángelus

Al final de esta celebración deseo expresar mi agradecimiento a la diócesis, a la provincia y a la ciudad de Asti: ¡gracias por la acogida entusiasta que me habéis ofrecido! También estoy muy agradecido a las autoridades civiles y religiosas por los preparativos que han hecho posible esta deseada visita. Os quiero decir a todos que a la fame propri piasi’ encuntreve! [en dialecto piamontés: ha sido un placer encontrarme con vosotros]; y desearos: ch’a staga bin! [que vaya bien]

Me gustaría dirigir un pensamiento y un abrazo especial a los jóvenes —gracias por haber venido tan numerosos—. Desde el año pasado, la Jornada Mundial de la Juventud se celebra en las Iglesias particulares precisamente en la solemnidad de Cristo Rey. El tema, el mismo que el de la JMJ de Lisboa, en la que os invito de nuevo a participar, es «María se levantó y partió sin demora» (Lc 1,39). La Virgen hizo esto cuando era joven, y nos dice que el secreto para mantenerse jóvenes está precisamente es esos dos verbos, levantarse y partir. Me gusta pensar en la Virgen que partió deprisa, realmente se fue deprisa y muchas veces le pido a la Virgen: “Date prisa en resolver este problema”. Levantarse y partir: no quedarse quietos pensando en uno mismo, desperdiciando la vida tras comodidades y últimas modas, sino apuntar alto, ponerse en camino, salir de los propios miedos para tender la mano a quien lo necesita. Y hoy hacen falta jóvenes realmente “transgresores”, no conformistas, que no sean esclavos del móvil, sino que cambien el mundo como María, llevando Jesús a los demás, cuidando a los demás, construyendo comunidades fraternas con los demás, realizando sueños de paz.

Nuestro tiempo está viviendo una carestía de paz: estamos viviendo una carestía de paz. Pensemos en los muchos lugares del mundo asolados por la guerra, en particular en la martirizada Ucrania. ¡Manos a la obra y sigamos rezando por la paz! Recemos también por las familias de las víctimas del grave incendio ocurrido hace unos días en un campo de refugiados en Gaza, Palestina, donde también fallecieron varios niños. Que el Señor acoja en el cielo a los que han perdido la vida y consuele a esa población tan probada por años de conflicto. Y ahora invocamos a la Reina de la Paz, la Virgen, a la que está dedicada esta hermosa catedral. A ella encomiendo nuestras familias, los enfermos y cada uno de vosotros, con las preocupaciones y las buenas intenciones que lleváis en el corazón.

Fuente: vaticam.va

19 noviembre 2022

Solemnidad de Cristo Rey


Domingo Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo (Ciclo C). 

Evangelio (Lc 23,35-43)

El pueblo estaba mirando, y los jefes se burlaban de él y decían:

—Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo, si él es el Cristo de Dios, el elegido.

Los soldados se burlaban también de él; se acercaban y ofreciéndole vinagre decían:

—Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo.

Encima de él había una inscripción: «Éste es el Rey de los judíos».

Uno de los malhechores crucificados le injuriaba diciendo:

—¿No eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros.

Pero el otro le reprendía:

—¿Ni siquiera tú, que estás en el mismo suplicio, temes a Dios? Nosotros estamos aquí justamente, porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho; pero éste no ha hecho ningún mal.

Y decía:

—Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.

Y le respondió:

—En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Comentario

La Solemnidad de Cristo Rey cierra el año litúrgico que se había iniciado el año 2018 con el tiempo de Adviento. Y la Iglesia propone para el evangelio de la Misa la escena de la agonía de Jesús en la cruz, en medio de las burlas de los circunstantes y con la inscripción que lo declara con publicidad e ironía como rey de los judíos.

El reino de Cristo es misterioso y aparece en esta escena como oculto. El Papa Francisco comentaba que este evangelio presenta la realeza de Jesús “de una manera sorprendente. «El Mesías de Dios, el Elegido, el Rey» (Lc 23,35.37) se muestra sin poder y sin gloria: está en la cruz, donde parece más un vencido que un vencedor. Su realeza es paradójica”. Y el Papa concluía: “la grandeza de su reino no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo viviente”.

San Lucas es quizá el evangelista que más ha subrayado este amor misericordioso de Jesús durante su pasión; un amor capaz de soportarlo todo para salvarnos. Es quien recoge por ejemplo el ruego de Jesús al Padre por sus verdugos (v. 34); y narra uno de los episodios lucanos más característicos: la conversión del buen ladrón, que aparece en esta escena como la primicia de la victoria de Cristo y de su misterioso reinado.

El ladrón desarrolla en este episodio las virtudes necesarias para acoger el reino de Dios. Como explica san Gregorio Magno, “tuvo fe, porque creyó que reinaría con Dios, a quien veía morir a su lado; tuvo esperanza, porque pidió entrar en su reino, y tuvo caridad, porque reprendió con severidad a su compañero de latrocinios, que moría al mismo tiempo que él, y por la misma culpa”. Aquel hombre sufría los mismos tormentos que Jesús. Pero en vez de unirse a las burlas del resto y echarle en cara su aparente pasividad ante la injusticia, sabe reconocer en el nazareno, compañero de suplicio, al Hijo de Dios.

Por otro lado, el buen ladrón manifiesta una disposición fundamental demandada al otro ladrón: “¡ni siquiera tú, que estás en el mismo suplicio, temes a Dios!” (v. 40). El temor de Dios significa aquí asumir con responsabilidad y sinceridad las consecuencias de los propios actos, sin echarle a Dios la culpa de ellos. Es lo que el ladrón le explica al otro malhechor: “Nosotros estamos aquí justamente, porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho; pero éste no ha hecho ningún mal”. El temor de Dios mueve al buen ladrón a reconocer y confesar su culpa. Así pasa, mediante la contrición, del temor al amor: “¡Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino!” (v. 43). Y recibe entonces no solo el perdón de Dios sino también la promesa del paraíso. Como explica san Ambrosio, “el Señor concede siempre más de lo que se le pide: el ladrón sólo pedía que se acordase de él, pero el Señor le dice lo que sigue: "En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso". La vida consiste en habitar con Jesucristo, y donde está Jesucristo allí está su reino”. La actitud contrita del buen ladrón le mereció todo el amor de Dios y entrar en su reino. A propósito de esta escena san Josemaría comentaba: “He repetido muchas veces aquel verso del himno eucarístico: "Peto quod petivit latro pœnitens", y siempre me conmuevo: ¡pedir como el ladrón arrepentido! “Reconoció que él sí merecía aquel castigo atroz... Y con una palabra robó el corazón a Cristo y se "abrió" las puertas del Cielo.

18 noviembre 2022

“Como si Dios no existiera”.

Mons. Enrique Díaz Díaz


2 Samuel 5, 1-3: “Unguieron a David como rey de Israel”

Salmo 121: “Vayamos con alegría al encuentro del Señor”

Colosenses 1, 12-20: “Dios nos ha trasladado al Reino de su Hijo amado”

San Lucas 23, 35-43: “Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí”


Con silencio, amargura y tristeza fueron velados y sepultados en distintos momentos, los cadáveres de los masacrados, en su mayoría jóvenes, en el anexo de Arandas, a las orillas de Irapuato. Toda la sociedad se quedó estupefacta mezclando el temor, el coraje y la impotencia.  “Estamos viendo es resultado de años de descuido, de fracaso de la política y la educación; no ha surgido espontáneamente, es fruto de años en los que se ha venido destruyendo el tejido social ante la pérdida de valores… como si Dios no existiera”, me comentan doloridos algunos de sus cercanos. Todos estamos de acuerdo, nos sentimos como en país sin ley, sin principios, “sin Dios”. Aunque alguien me reclama y me dice que eso es solamente la comprobación de que Dios no existe. Pero si estamos asistiendo a esta lucha absurda por los espacios de dominio que asesina a personas, sin importar sean pequeñas o inocentes sino solamente porque ocupan un espacio que juzgan pertenece a ellos, es porque el hombre ha perdido su verdadera dimensión y se ha olvidado de Dios, no porque Dios esté ausente.

La fiesta de “Cristo Rey”, tan querida por el pueblo mexicano, cierra todo el ciclo litúrgico y nos enseña el verdadero sentido del tiempo y de la naturaleza: pertenecen a Dios y están destinados a servirle a Él. No en el sentido egoísta como si Dios necesitara que millones de personas le alabaran para sentirse feliz, sino descubriendo cómo la felicidad del hombre es la mayor gloria de Dios. Cuando el hombre logra encontrarse con Dios en su corazón, cuando busca vivir como imagen y semejanza suya, cuando se torna creador y generador de vida y de belleza, el hombre encuentra su más grande realización. Pero cuando se ataca frontalmente a Dios con el pretexto de respetar la dignidad de la persona, se desequilibra de tal forma que pierde su sentido y termina en un caos volviéndose contra el mismo hombre. Nuestra sociedad podrá organizarse sin Dios, pero siempre tendrá un enorme hueco en su corazón que buscará llenarlo con poder, con riqueza o con placeres, como lo hemos estado viendo y sufriendo en los últimos años. Claro que cuando se utiliza la imagen de Dios para los fines perversos del hombre, se termina por destruir la sociedad y a las personas.

Hoy, más que nunca, nos urge volver nuestra mirada a este Cristo y reconocerlo como nuestro rey, pero descubriendo las sólidas bases de su reino. El reino de Jesús es muy distinto a como lo hubieran podido imaginar los hombres, muy lejano a la ambición de poder de unos cuantos. Jesús viene a ofrecer un reino de vida. Su propuesta es la participación de una vida plena de todos los pueblos y todas las gentes como hijos de Dios. Es hacer realidad el proyecto del Padre. Sin embargo, no utiliza ni el poder ni el dinero ni la fuerza para implantar su Reino: su única arma es el amor, un amor pleno, un amor total. Por eso en este día se nos invita a contemplarlo tal y como nos lo presenta San Lucas: clavado en la cruz, con un letrero que da fe de su sentencia y con las autoridades, los soldados y un ladrón burlándose de su reinado e invitándolo a manifestar su poderío. ¿Un rey fracasado? Podría parecer a los ojos del mundo y así lo consideran los que están a su alrededor, aún sus discípulos. La paradoja de un rey clavado en la cruz, nos recuerda lo que Jesús había dicho a Pilatos: “Mi Reino no es de este mundo”. Y no se refiere a que su reino esté en un plano espiritualista o etéreo, sino muy real y concreto como nos lo demuestra con toda su vida, con sus parábolas sobre el Reino, y su atención a los que más sufren y su compromiso con los humildes y despreciados. Su Reino no es al estilo del mundo donde la fuerza y el poder dominan, su reino tiene mucho que ver con el amor, con la entrega y con el servicio. Cuando lo quisieron nombrar “rey”, en otro sentido, tuvo que salir huyendo ya que Él no había venido para ser servido sino para servir.

Hoy sus discípulos lo proclamamos como Rey y adquirimos un verdadero compromiso de luchar por sus mismos ideales y con su mismo estilo. No podemos estar de acuerdo con toda la cadena de violencia que se ha desatado. No admitimos como cristianas, ni siquiera como humanas, las crueles masacres y los horrendos crímenes que se han suscitado. Elevamos nuestra enérgica protesta. Pero también nos examinamos y tratamos de descubrir qué está fallando en esta sociedad. Se requiere un nuevo modo de educación para el amor, para la responsabilidad y para la aceptación del Evangelio y esto sólo lo podemos encontrar en el ejemplo de Jesús. Los reinos del poder, de la fuerza y de la mentira, sólo caerán si construimos un reino de verdad, de justicia y de vida. Necesitamos acercarnos a este Rey y aprender de Él su entrega y la forma en que construye su reino. Debemos buscar vida para todos y dejarnos de egoísmos e individualismos. En este mundo que considera con frecuencia a Dios como algo superfluo o extraño, confesamos con Pedro que sólo Jesús tiene “palabras de vida eterna”. Si queremos recobrar el verdadero sentido del hombre no tendremos otra prioridad que abrir de nuevo al hombre de hoy el acceso a Dios, al Dios que habla y nos comunica su amor para que tengamos vida abundante, al Dios que se hace carne y presencia en Jesús, nuestro Rey. El compromiso por la justicia, la reconciliación y la paz encuentran  su última raíz y su cumplimiento en el amor que Cristo nos ha revelado. Todos los creyentes debemos traducir nuestro homenaje a Cristo Rey en un compromiso serio por la construcción de su reino, por el amor a los pobres y la lucha por la verdadera justicia.

¿Cómo es nuestro homenaje a Cristo Rey? Fiesta de Cristo rey, fiesta para examinar nuestras actitudes frente a Cristo y frente a los hermanos; fiesta para “entronizar” en la familia a este Rey de Amor; fiesta para convertirnos en sus fieles seguidores, llenos de esperanza, y constructores incansables de un Reino diferente.

 Padre Bueno y Misericordioso, que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del universo, haz que toda creatura, liberada de toda esclavitud, sirva a tu majestad y te alabe eternamente. Amén.

Fuente: exaudi.org

17 noviembre 2022

Volverse a casar

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

La infidelidad es un intento equivocado de buscar algo que se cree justo

Se acerca el mes de agosto, el mes de vacaciones por excelencia en el hemisferio norte. Y después de él vendrá el mes de septiembre, el de más concentración de separaciones y divorcios. Parece paradójico: según las estadísticas, cuando más tiempo tenemos para enriquecer nuestra relación más la empobrecemos.

Hace un par de meses, en el Workshop sobre Acompañamiento Familiar que organizó la UIC, entre otros grandes ponentes, tuve ocasión de escuchar a Mariolina Ceriotti acerca de las grandes crisis matrimoniales.

Y decía: cuando se ha dado una gran traición, una infidelidad, por ejemplo, el matrimonio ha muerto, se ha acabado. Hay que aceptarlo. La fractura es de tal calado que no admite componendas. Algo se ha perdido para siempre. No se puede ajustar. Hay que acoger la realidad.

¿Cómo salvar ese matrimonio? No es posible, decía ella. La única solución es volver a casarse. Hacer tabula rasa, mirarnos con ojos nuevos, retornar al momento de la decisión y volver a tomarla. Cada uno tiene que decidir si quiere volver a casarse con esa persona a la que tanto ha amado (y ama aún, acaso sin percibirlo emocionalmente) y, si decide afirmativamente, comenzar un trabajo fatigoso para volver a construir la relación sobre bases nuevas.

Y daba algunas orientaciones. Aquí, por razones de espacio, me limitaré a apuntar solo dos:

La primera es que, ante una traición matrimonial, el valor subjetivo, la persona, ha caído, pero queda el valor objetivo de nuestra relación, que es un contenedor mucho más amplio: incluye los hijos, el hogar, la biografía familiar, nuestro estilo común. Sobre esta realidad se puede trabajar para volver a amarse.

La segunda es la necesidad de entender qué ha sucedido. No se discute que una infidelidad es grave, pero hay que hacer un esfuerzo por entender qué ha pasado. Cuando se siente esa curiosidad, se puede conocer más al otro. La infidelidad es un intento equivocado de buscar algo que se cree justo. Se puede, entonces, aceptar el límite, el propio y el del otro. Cada uno ha de contar su historia. Volver a conocernos. Re-conocernos. Activar la mente, recobrar el interés por el otro, por el nuevo otro que quiere querernos.

En contraste con lo anterior, ayer fui a las bodas de plata de Marian y Carlos, grandes amigos nuestros. Carlos hizo un breve parlamento que nos descolocó a todos. Dijo que había echado la vista atrás y se había preguntado a sí mismo si se hubiera casado hace 25 años de haber sabido lo que le esperaba en este cuarto de siglo. «Y la repuesta, añadió, es evidente: no, si hubiera podido saber lo que me esperaba, no me habría casado hace 25 años… ¡me habría casado mucho antes!» Roto el suspense, nuestros rostros volvieron a relajarse y un gran aplauso ratificó su poderosa e inteligente declaración de amor.

Las bodas de plata de Marian y Carlos fueron un momento especial para todos los que asistimos. El cuidado de los detalles, la alegría profunda, el buen humor, las manifestaciones de cariño de sus hijos y amigos…, todo expresaba la verdad que se estaba viviendo: un amor fuerte y bien fundado que no se deja vencer por nada.

Como cuando fui a la celebración ya tenía el post medio escrito, decidí hacer un quiebro y dejar de hablar de las grandes crisis matrimoniales. Se me ocurrió pensar: ¿por qué esperar a una crisis matrimonial para volver a casarse? ¿No es el verano un buen momento para mirar con ojos nuevos, para centrarnos en lo que nos une, para entender aun sin comprender, para romper el pensamiento circular, que se encalla a veces en lo negativo y fija el pesimismo en el cerebro, y volver a descubrir todo lo bueno que tenemos?

En la fiesta de ayer estuvo presente todo lo que aconsejan los expertos, el tú, el yo, el nosotros…, y alguien más, porque Marian y Carlos renovaron sus promesas matrimoniales y nos ayudaron a todos a navegar con las velas bien izadas bajo la guía del mejor de los timoneles: la Virgen del Carmen.

¡Muchas gracias, Marian y Carlos por esta bocanada de aire fresco! Y feliz domingo a todos.

Fuente: javiervidalquadras.com/

Fin de era

 

Juan Manuel de Prada


A estas alturas de la película, resulta incontestable que nos aproximamos vertiginosamente al final de una era. No entraremos a enumerar los signos 'materiales' que lo delatan, que han adquirido densidad de enjambre y cualquier observador atento puede detectar por doquier; probaremos, por el contrario, a esbozar el fondo espiritual que los alimenta.

Nuestra época es la fase terminal de un largo período histórico –podríamos remontarlo, incluso, hasta el Renacimiento, aunque seguramente sea más 'manejable' hacerlo tan sólo hasta las revoluciones– caracterizado por una autoafirmación prometeica del hombre, que primero se disfrazó con las galas del 'humanismo', luego salió del armario convertido en 'iluminismo' y acabó en eufórico endiosamiento humano, antes de despeñarse y venir a parar a las fosas en que nos hallamos postrados. Todo este proceso prometía fortalecer al hombre occidental, pero el desenvolvimiento paradójico de la Historia nos ha mostrado que a la postre sólo ha logrado debilitarlo. Si en los albores de esta era el ser humano caminaba lleno de confianza en sí mismo, seguro de que sus potencias creadoras no tenían fronteras ni límites, en sus estertores se arrastra abatido y con la fe en sus propias fuerzas hecha añicos.

Aquella autoafirmación prometeica exigió una ruptura con el centro espiritual de la vida; y, al consumarla, el hombre occidental se quedó descentrado, se desligó del fondo que nutría y arraigaba su existencia y buscó otros centros engañosos en la superficie. Pero no se puede prescindir impunemente del centro que da fondo y peso a la vida: «Quitad lo sobrenatural y no os quedará lo natural –nos advertía Chesterton–, sino lo antinatural». Desarraigado de su centro espiritual, el hombre occidental se creyó sin embargo 'liberado', dueño al fin de su destino, capaz de ascender hasta cumbres hasta entonces inconcebibles; pero, una vez alcanzadas esas cumbres –materializadas en el progreso técnico, científico, político, etcétera–, el hombre occidental ha descubierto que lo gangrena un vacío horrendo. Y busca culpables rabioso, busca morfinas diversas que anestesien esa gangrena, sin aceptar que es la confianza insensata en sí mismo quien lo arrastra irremediablemente a la caída, porque ha renegado de las fuentes de la vida. Despojado de su centro, el hombre occidental diseña una vida que es pura fantasmagoría, búsqueda incesante de bienes ilusorios. Pero todo resulta tan estéril como el pataleo de un escarabajo panza arriba. El hombre occidental ha extraviado el centro de su vida, no siente profundidad bajo sus pies ni sobre su cabeza, vive en un mundo fatalmente bidimensional.

Aquella autoafirmación prometeica desarrolló hasta el paroxismo el individualismo exento de base espiritual. Pero ese individualismo aparentemente 'empoderante' ha privado de forma y consistencia nuestra personalidad, hasta aniquilarla por completo, convirtiéndonos en guiñapos. Es una ley biológica infalible que la existencia humana es fuerte y floreciente cuando afirma los vínculos comunitarios y sobrenaturales; y paralítica, vacía, marchita desde el instante que los niega. El hombre occidental, en su existencia terrenal limitada, no es capaz de crear nada verdaderamente imperecedero; necesita abrirse a otra existencia ilimitada. Cuando se conforma con su existencia limitada, su energía creadora se vuelca en la satisfacción de sí mismo, se vuelve vana y superficial. Sólo el hombre espiritual puede ser un verdadero creador, ahondando sus raíces en la vida eterna. A este fin de era, después de cegar las potencias espirituales del hombre, después de un quebrantamiento tan radical de la identidad humana, no le sucederá un nuevo Renacimiento. Las potencias creadoras del ser humano no pueden ser regeneradas, ni la identidad del hombre restablecida, sino a través de una recuperación de los orígenes espirituales.

No dudo que a algunos, aferrados al cadáver de esta era moribunda, estos planteamientos se les antojarán 'reaccionarios'. Pero estas etiquetas han perdido todo significado para el tiempo presente y, con mayor motivo, para el porvenir. Todos los términos, todas las nociones deben ser tomadas en un sentido renovado, más profundo y ontológico. Se aproxima el tiempo en que se planteará para todos la cuestión de si el 'progreso' fue un verdadero progreso o si, por el contrario, fue una 'reacción' siniestra contra las auténticas bases de la vida. Apelar a una cristalización de los errores consagrados en esta era moribunda equivale a atarse a un cadáver que se descompone.

Fuente: XL Semanal