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JOQUIVESA

Encontrado en la "red" (Mateo 13:47-50)

20 marzo 2023

Aborto y libertad

Javier Segura     ( Fuente: omnesmag.com )


El miedo al estigma social, a la muerte política, acallan las voces de la necesaria discrepancia para la supervivencia de la conciencia.

Es lo que tienen los buenos escritores. Que siempre son actuales.

Estoy releyendo un texto de Julián Marías de 1975 del libro La España real que cuando se lee con perspectiva histórica uno no puede dejarse de preguntarse si hace referencia a la dictadura del franquismo o a lo que Benedicto XVI denominó ‘la dictadura del relativismo’ que estamos viviendo hoy.

Dejo al lector que juzgue.

Mientras un pueblo se mantiene alerta, con vitalidad histórica, con salud mental, con creencias vivaces, con capacidad de reacción e iniciativa, puede soportar un régimen político torpe, inmoral, opresivo, sin que esto signifique la anulación de la libertad. Podrá la libertad política ser mínima, casi inexistente, pero puede persistir una considerable libertad social y personal, lo que es todavía más importante.

En cambio, la excesiva nivelación, la homogeneidad, la ausencia de tensiones y ‘diferencias de potencial’ dentro de una sociedad, el martilleo constante de ideas o pseudo ideas uniformes en las escuela, en la Universidad, en la Prensa, en todos los medios de comunicación, la falta de individualidades discrepantes y creadoras, puede conducir a una sociedad, formalmente gobernada de manera admirable, a una tremenda desmoralización, a una pasividad que significa, si se miran las cosas de frente, una anulación de la libertad.

Julián Marías

Lo curioso del artículo es que nuestro filósofo no habla sobre política, sino que habla sobre el aborto y analiza sus repercusiones sociales a raíz de su ampliación en Suecia en aquellos años.

Un asunto en el que Julián Marías veía que estaba en juego toda una forma de ver la sociedad, las relaciones humanas, la propia destrucción de la libertad, que se van minando por debajo, desde sus raíces.

¿Qué diría hoy este gran defensor de la libertad? ¿Encontraría un pueblo alerta, capaz de resistir? ¿O más bien habrá sucumbido al ‘continuo martilleo de pseudo ideas uniformes en las escuelas, en la Universidad, en la Prensa’ y hoy añadiríamos en las redes sociales de Internet?

Mucho me temo que estamos en tiempos en el que esta dictadura avanza a ritmo acelerado. Las noticias del arresto en Gran Bretaña del sacerdote católico Sean Gough y de Isabel Vaughan Spruce por rezar en silencio delante de una clínica abortista nos dejan entrever el camino esa ‘tremenda desmoralización’ que significa esa anulación de la libertad, que auguraba Julián Marías.

Y las acciones que van llegando, especialmente de las elites que orientan las políticas de la ONU, van en la misma línea por-abortista, que rechazan como valores «nocivos» y «discriminatorios» las que defienden la familia y la vida como fundamento de la sociedad.

El pensamiento único que se basa en una nueva antropología y que quiere configurar un nuevo orden social avanza y quiere colonizar, imponiéndose por la fuerza de la ley, todos los espacios de la vida.

La mayor parte de las personas no sabemos cómo actuar ante esta presión. Nos imponemos una autocensura que nos lleva a callarnos, al menos en el ámbito público. Y aunque sabemos que el rey está desnudo, no nos atrevemos a decirlo por miedo a las represalias.

Vuelvo de nuevo al texto de Julián Marías en búsqueda de respuestas sobre qué hacer ante esta situación.

El porvenir de la libertad depende de un problema de equilibrio. Si existe un número suficiente de hombres y mujeres capaces de ejercer su libertad personal y no dejarse imponer por ningún tipo de terrorismo -desde el de las metralletas hasta el de las modas o la ‘ciencia’-, (…) se superará la inmensa ofensiva actual conta la libertad, y esta prevalecerá.

Y dentro de pocos años, los hombres se preguntarán cómo habían podido estar fascinados por tan estúpida pesadilla.

Julián Marías

Esa libertad la ejercimos valientemente contra el terrorismo de las metralletas hace años. La fuerza brutal de los atentados no acalló la conciencia de muchos de nuestros conciudadanos. Y ahora, con el tiempo, nos preguntamos cómo se pudo estar fascinado e incluso justificar el asesinato por causas políticas.

Pero el terrorismo de la moda o de la ‘ciencia’, como lo definía Julián Marías, parece estar siendo más letal en esta pérdida de libertad que el mismo terrorismo de las metralletas.

Y así el miedo al estigma social, a la muerte política, acallan las voces de la necesaria discrepancia para la supervivencia de la conciencia. Todavía seguimos fascinados por esta pesadilla. Han pasado muchos años y todavía no hemos despertado de este mal sueño. Quizás éste sea el principal problema.

Retorno al maestro y concluyo con sus palabras que creo que describen perfectamente el momento en el que nos encontramos:

Pero si pasan algunos años sin que esto ocurra -quizás no más de un decenio-, la falta de libertad quedará firmemente asentada, la libertad quedará extirpada por mucho tiempo, y el mundo entrará en una de sus largas épocas oscuras en que la condición humana queda reducida al mínimo indestructible sin el cual no es posible vivir, hasta que vuelva a germinar lentamente la vocación para la vida como libertad.

Julián Marías

F 

 

 

Publicado por JOQUIVESA en 20:05

San José

Salvador Fabre

Tradicionalmente se considera a san José como el más santo de los santos

Éste año la solemnidad de san José pasa del domingo 19 al lunes 20. Digamos que litúrgicamente pudo más el “Domingo letare” cuaresmal, que la fiesta del santo. La figura de san José no deja de ser sugerente. Pone en clara evidencia cómo los criterios humanos son muy distintos de los divinos. No debió ser nada fácil su misión, su vocación aquí en la Tierra, y al mismo tiempo no hizo nada extraordinario; o, mejor dicho, vivió extraordinariamente la vida ordinaria.

La devoción a san José es una realidad que ha madurado, poco a poco, lentamente, a lo largo de la historia de la Iglesia. El Papa actual, elegido un 13 de marzo, quiso esperar al 19, solemnidad de san José, para realizar la ceremonia del comienzo oficial de su pontificado. Sobra decir que, una vez más, puso a la Iglesia bajo el particular patrocinio de san José. ¡Y vaya que lo necesita! Ahora podemos pedirle, muy especialmente, por la unidad de la Iglesia: que no se rompa, ¡una vez más!, esa unidad por culpa del Camino Sinodal Alemán.

El Papa puso su pontificado bajo la protección de san José, y suele confiarle su descanso. Ha difundido mucho la devoción a san José dormido –al pobre no lo dejaban dormir los ángeles, siempre le estaban dando mensajes mientras dormía-, como un auxilio para dormir bien. A mí, me ayuda a pensar que no sólo ayuda a “dormir mejor”, sino que también es una forma de convertir el sueño en oración, como lo fue en la vida del santo.

¿Qué más se puede decir de tan gran santo? Pues que Dios le confió los dos tesoros más grandes de la historia de la humanidad: nada menos que Jesús y que la Virgen. ¿Puede haber algo más valioso? Por eso, no es exageración de Francisco el confiarle a la Iglesia y a su pontificado. ¿Qué podemos pedirle nosotros a san José? Quizá, lo más importante, que nos ayude a amar a Jesús y a la Virgen como él los amó. Ahí está el intríngulis de la vida interior, de la vida sobrenatural, de la vida cristiana.

Los santos que le han tenido devoción a san José son múltiples, quizá comenzando con santa Teresa de Jesús y culminando, en tiempo reciente, con san Josemaría. Para este último, había una especie de presencia inefable del Santo Patriarca en cada uno de los sagrarios del mundo. Digamos que intuía que esa “trinidad de la Tierra”, como él llamaba a la Sagrada Familia: Jesús, María y José, no se debía separar, debía permanecer siempre unida, de forma que san José no dejaría a Jesús sólo en el sagrario, sino que debería haber una especie de presencia mística de María y de José en cada sagrario del mundo. Ahí está José, cuidando de su Hijo, como siempre lo ha hecho.

Para san Josemaría, el camino a la Trinidad del Cielo: el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo, comienza a partir de la “trinidad de la Tierra”: Jesús, María y José. Y éste último es el más cercano a nosotros, precisamente por ser el menos perfecto de los tres. Pero, por ser el más cercano a ellos, se convierte en Patrono de la vida interior o vida sobrenatural; es decir, nuestra vida de trato con Dios. Es como decir, para llegar a Dios –meta y culmen de nuestra existencia- el atajo es san José. Por eso hay que quererle mucho, para que nos sople, nos guíe, nos tome de la mano y nos conduzca a la intimidad con Dios.

Tradicionalmente se considera a san José como el más santo de los santos, por la misión que le fue encomendada y su cercanía con Jesús y la Virgen. Lo más sorprendente es que esa eximia santidad no tiene nada de extraordinario, se fragua al calor de la vida corriente, si exceptuamos los sueños en los que los ángeles le hablaban. ¿Qué hizo san José de especial? Nada. Querer mucho a Jesús y a María, y manifestárselos a través del trabajo diario y de la vida cotidiana. En este aspecto también es un modelo para nosotros: podemos aspirar a la más elevada santidad, simplemente viviendo bien, con amor, nuestra vida cotidiana, nuestra vida familiar y nuestro trabajo. La santidad más grande está al alcance de la mano. Pidámosle a José que no nos quedemos a medio camino.

Fuente: exaudi.org

Publicado por JOQUIVESA en 19:57

Razón pastoral de las prelaturas personales: consideraciones a los 50 años del Concilio Vaticano II

Julián Herranz


I.       El mensaje del Vaticano II como criterio hermenéutico de sus soluciones disciplinares

En estos años se cumple medio siglo del gran evento que ha marcado un hito de particular relevancia en la historia de la Iglesia y que también hoy ha de iluminar su acción evangelizadora: el Concilio Vaticano II. Muchos han sido los frutos espirituales que ha producido esta asamblea conciliar, aunque no hayan faltado también hechos dolorosos, bien conocidos por todos, que no son el resultado del Concilio, sino las heridas que recibe el Cuerpo Místico de Cristo a lo largo de la historia, causadas en ocasiones con motivo de interpretaciones erróneas del magisterio eclesiástico. Precisamente por esto resulta de capital importancia la correcta comprensión de las constituciones y decretos del Concilio, como ha insistido Benedicto XVI, acuñando la expresión de la “hermenéutica de la reforma en la continuidad”, en contraposición con la “hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura”.

Pero no basta la justa interpretación, sino que es necesaria también la efectiva recepción, es decir, la asimilación profunda de la doctrina enseñada por el Concilio y su puesta en práctica. Para esto hay que captar el mensaje de fondo del Concilio. Es verdad que hay muchos puntos que la percepción común puede señalar como temas centrales del Vaticano II –la doctrina sobre la colegialidad del episcopado, el impulso ecuménico, el diálogo inter-religioso o el diálogo con el mundo moderno, la reforma litúrgica–, pero, a mi juicio, el mensaje principal del último Concilio es el redescubrimiento de la doctrina de la llamada universal a la santidad y al apostolado, presente en varios documentos y en especial en la constitución dogmática Lumen gentium y en el decreto Apostolicam actuositatem. Esto supone una concepción renovada de la Iglesia, con importantes consecuencias no solo, por supuesto, en el ámbito de la vida eclesial y pastoral, sino también en el terreno canónico, como lo demuestra la valorización de la categoría conceptual de fiel, puesta al centro de la reflexión jurídica.

En efecto, el fiel, el christifidelis (es decir, el cristiano, que ha recibido ya en el Bautismo la llamada divina a la santidad de vida y a la difusión del Evangelio) se ha convertido en el protagonista de la vida del Pueblo de Dios, también en el campo de la organización eclesiástica. Esto se ha notado incluso en el decreto Presbyterorum ordinis, en el que, a pesar de estar dedicado a los sacerdotes, cuando se habla de los aspectos organizativos, se piensa sobre todo en los fieles laicos, ya que el sacerdocio ministerial es precisamente un servicio ordenado a ellos. Desde mi posición de Ayudante de estudio en la Comisión encargada de preparar este decreto conciliar, he podido comprobar cómo se daba la preocupación fundamental por definir bien la figura del sacerdote. Existía entonces un encendido debate acerca de si debía considerar primariamente el aspecto de la consagración, dar relieve a la dimensión cultual y de adoración, o si, por el contrario, el elemento definitorio no sería más bien la misión evangelizadora a la que está llamado especialmente el sacerdote. El decreto Presbyterorum ordinis ha sabido poner de relieve que en realidad esos dos aspectos no son contrapuestos sino inseparables y complementarios, ya que el sacerdote se consagra para la misión, y esa misión sólo es posible porque el presbítero es un fiel dotado del carácter sacramental recibido en el sacramento del Orden, que le capacita para cumplir, en nombre y en persona del mismo Cristo, los actos propios sacerdotales.

Al estar intrínsecamente unidos estos dos elementos –consagración y misión–, no puede sorprender que cuando este decreto conciliar dispone que se han de revisar las normas sobre la incardinación, la razón que ofrece es para que este instituto “pastoralibus necessitatibus melius respondeat”. No son, pues, razones disciplinares o económicas o meramente administrativas las que deben mover el desarrollo de la organización eclesiástica, sino que   el criterio principal ha de ser las razones pastorales. Con esta luz se ha de leer la consecuencia concreta que el decreto Presbyterorum ordinis propone: “Y donde lo exija la consideración del apostolado, háganse más factibles, no sólo la conveniente distribución de los presbíteros, sino también las obras pastorales peculiares a los diversos grupos sociales que hay que llevar a cabo en alguna región o nación, o en cualquier parte de la tierra. Para ello, pueden establecerse algunos seminarios internacionales, diócesis peculiares o prelaturas personales y otras instituciones por el estilo, a las que puedan agregarse  o incardinarse los presbíteros para el bien común de toda la Iglesia, según módulos que hay que determinar para cada caso, quedando siempre a salvo los derechos de los ordinarios del lugar”.

Las prelaturas personales se presentan, por tanto, como una solución pastoral a los desafíos que se presentan a la Iglesia. Conviene aclarar que no se trata sólo de acudir a las necesidades perentorias manifestadas por los fieles. Las necesidades pastorales de la Iglesia son también aquéllas nacidas de su ímpetu apostólico. Resulta lógico, en este sentido, que el otro documento del Concilio que ha mencionado este nuevo tipo de circunscripción eclesiástica, aunque de modo incidental, haya sido precisamente el decreto Ad gentes, a propósito de la necesidad de buscar soluciones a las dificultades que puedan manifestar algunos grupos humanos para adaptarse a las formas particulares que la Iglesia ha adoptado en determinados territorios o para evangelizar a determinadas categorías de personas o pueblos residentes en una determinada zona geográfica. Esta perspectiva pastoral y misionera, presente en el Concilio e impulsada por los pontífices posteriores, ha de iluminar cualquier reflexión sobre las prelaturas personales.

II.      La recepción en el código de las Prelaturas Personales preconizadas por el Concilio

Pablo VI, fiel a los postulados del Vaticano II, y consciente de que resultaba necesario dar forma jurídica a muchos de los caminos abiertos por la reunión ecuménica, quiso dar la debida actuación normativa sin ningún tipo de dilaciones, y examinadas las propuestas de diversas comisiones postconciliares constituidas a este efecto emanó el Motu proprio Ecclesiae Sanctae, el 6 de agosto de 1966, es decir, muy poco después de que se concluyese la reunión conciliar. Puedo testimoniar la seriedad y la celeridad con que se llevaron a cabo los trabajos de preparación de esta ley pontificia, que dibujó el marco jurídico en el que se habían de aplicar muchos de los postulados del Concilio.

Entre las cuestiones que trató el citado Motu proprio se encuentra la de las prelaturas personales. Como hemos visto, el Concilio se limitó a mencionar la posibilidad de su existencia. El Ecclesiae Sanctae, en cambio, describió con bastante detalle la nueva figura, si bien uno de sus elementos característicos era precisamente que deberían regirse por propios estatutos, remitiendo de esa manera a una regulación más particularizada para cada prelatura. No me entretengo en analizar los elementos definitorios de las prelaturas personales trazados por el Motu proprio (jurisdicción del Prelado, respetando la jurisdicción de los Ordinarios locales, capacidad de incardinar clero secular, etc.), que coinciden, por lo demás, con los establecidos por el vigente Código (cann. 294 a 297). En esta sede lo que me interesa resaltar es una vez más la razón señalada por el Legislador para que pueda ser conveniente la erección de una prelatura personal: “ad peculiaria opera pastoralia vel missionaria perficienda pro variis regionibus aut coetibus socialibus, qui speciali indigent adiutorio”. Además, como es conocido, el Ecclesiae Sanctae, ya preveía, como hace el actual can. 296, la posibilidad de que laicos se dedicasen a la labor de la prelatura mediante las oportunas convenciones.

La normativa del Ecclesiae Sanctae se presentaba como provisional, en espera de la regulación definitiva por parte del nuevo Código. La Pontificia Comisión para la Revisión del Código de Derecho Canónico instituida en 1963 por san Juan XXIII, no debiendo limitarse a la mera recopilación de los explícitos mandatos del Concilio, sino a procurar que la futura legislación de la Iglesia fuese impregnada profundamente de la doctrina eclesiológica del Vaticano II, consideró en octubre de 1966 la conveniencia –ya sugerida antes por Pablo VI al Card. Ciriaci, Presidente de la Comisión– de redactar algunos criterios o principios de orden doctrinal y técnico que sirviesen de guía a todo el trabajo de preparación del nuevo Código. El documento elaborado, con el titulo Principia quae Codicis Iuris Canonici recognitionem dirigant, fue enviado al Papa quien confirmó su deseo de que estos criterios directivos de la nueva codificación fuesen sometidos al examen de la primera Asamblea General del Sínodo de Obispos, prevista para el mes de octubre de 1967. Así se hizo y los diez principios propuestos en el documento fueron aprobados por la gran mayoría de los Padres sinodales.

El octavo de estos principios se dedicaba a la ordenación y régimen del Pueblo de Dios. Confirmaba como criterio general de distribución y jurisdicción el territorial, pero, como consecuencia de la doctrina eclesiológica del Vaticano II, afirmaba que se podía introducir también el criterio personal, “ob exigentias moderni apostolatus”, estableciendo “unitates iurisdictionales ad peculiarem curam pastoralem destinatas” “secundum exigentias vel necessitates curae pastoralis Populi Dei”. De nuevo puede notarse cómo, además de la nueva concepción eclesiológica que ve en la Iglesia particular una porción del Pueblo de Dios, en vez de un territorio regido por un Obispo, la razón por la que se pueden y deben constituir jurisdicciones personales se identifica en las necesidades pastorales, que son las que han de determinar el modo concreto de organizarse de la Iglesia.

Los años que siguieron a aquel primer Sínodo de Obispos fueron de constante trabajo dirigido a traducir –parafraseando una célebre frase de la Constitución Apostólica Sacrae disciplinae leges, con la que san Juan Pablo II promulgó el Código– en lenguaje jurídico la doctrina eclesiológica del Vaticano II. Este periodo ya ha sido muy estudiado por la doctrina, por lo que no me detendré en él. En estas páginas me limitaré a señalar que en ningún momento se puso en duda el postulado conciliar por el que era necesario prever la constitución de jurisdicciones personales para poder acudir a las nuevas necesidades pastorales. Las dificultades surgían a la hora de definir exactamente su perfil jurídico y teológico, lo que no es nada de extrañar debido a su novedad en el ordenamiento canónico.

Con todo hay que decir que en los primeros años no se vio la necesidad de dedicar un espacio especial a la descripción de las prelaturas personales, limitándose a afirmar su equiparación in iure -no su identificación teológico jurídica- a las Iglesias particulares, “nisi ex rei natura aut iuris praescripto aliud appareat”. Al principio se distinguió entre prelaturas personales cum proprio populo y aquellas sine populo, hasta que en la reunión del Coetus studiorum “De Populo Dei”, de 11 de marzo de 1980, se prescindió de esta división porque se consideró que en cualquier caso siempre sería necesario un cierto pueblo. Con la perspectiva actual, después de treinta años de profundización doctrinal y de desarrollo normativo, resulta fácil concluir que en realidad el objeto de la distinción giraba más bien en torno a la diferencia existente entre jurisdicciones personales “exclusivas” (con “pueblo propio” en el sentido de “pueblo exclusivo”), cuyos fieles estarían exentos de la jurisdicción del Ordinario local, como puede ser una eparquía oriental en territorio latino o viceversa, y jurisdicciones personales cuyos fieles, como afirma el art. IV, 3° de la Constitución Apostólica Spirituali militum curae sobre los ordinariatos militares, no cesan de pertenecer a las diócesis del propio domicilio o rito. En la última Plenaria de la Pontificia Comisión para la Revisión del Código, que se reunió los días 20 a 29 de octubre de 1981, además de examinarse las seis cuestiones de mayor importancia que la secretaría de la Comisión había preparado para el estudio de esta asamblea, se debatieron y se votaron otras muchas, si bien no siempre –especialmente por falta de tiempo y de una metodología adecuada– con la necesaria profundidad, calma y precisión técnica. Entre esas cuestiones añadidas se incluyó el asunto de la general equiparación o no de las prelaturas personales a las Iglesias particulares. Ante las dudas surgidas, se optó por recoger sustancialmente en el Código la descripción que de esta figura hacía el Motu proprio Ecclesiae Sanctae.

Resultado de esta Plenaria de 1981 fue el Schema novissimum del nuevo Código presentado al Santo Padre el 22 de abril de 1982. En él las prelaturas personales –siguiendo la propuesta del Card. Ratzinger, aprobada por la Plenaria– eran descritas en cuatro cánones (inspirados en el Ecclesiae Sanctae) que pasaban a constituir un Título específico dentro de la parte II del Libro II titulada De Ecclesiae structura hierarchica. San Juan Pablo II, después de agradecer el inmenso trabajo realizado por la Comisión, manifestó que sentía la responsabilidad personal de examinar el texto completo del proyecto del Código. Para ser ayudado en esta tarea, instituyó una Comisión de siete expertos y otra de Obispos (tres Cardenales y un Arzobispo), en las que participó también el Pro-Presidente de la Pontificia Comisión para la Revisión del Código, Arzobispo Rosalio J. Castillo Lara. Estas Comisiones trabajaron los meses de mayo a diciembre de 1982 [17]. La primera elaboró una lista de 39 cuestiones para someterlas al juicio del Romano Pontífice, quien quiso examinarlas con la ayuda de la Comisión de Obispos. A pesar de que entre esos temas no figuraba el de las prelaturas personales, esta misma pequeña Comisión o algunos de sus miembros decidieron en el último momento trasladar los cánones 573-576, sobre las prelaturas personales, a la parte I del Libro II, para que no quedasen incluidas en la normativa De Ecclesiis particularibus, pues en aquel momento no resultaba claro aún el significado de las equiparaciones jurídicas.

De esta manera el Código promulgado por san Juan Pablo II dedica un Título a se a la figura de las prelaturas personales preconizada por el Vaticano II, recogiendo sustancialmente la normativa establecida en el Motu proprio de Pablo VI destinado a aplicar el Concilio. El resultado final ha llevado a dedicar cuatro cánones al tema, en vez de las meras alusiones inicialmente previstas. Con todo, la regulación codicial se remite a los estatutos dados por la Santa Sede para cada prelatura en el momento de su erección, de manera que estos cánones constituyen únicamente la ley cuadro que enmarca el régimen jurídico concreto que tendrá cada prelatura. Como toda ley cuadro, máxime si, como en este caso, representa una novedad legislativa, necesita ser interpretada para su correcta aplicación.

III.    La interpretación y recepción de la normativa codicial acerca de las Prelaturas Personales

La novedad de las prelaturas personales no ha pasado inadvertida por la doctrina. Es lógico, por otra parte, que los canonistas se pregunten acerca del sentido de las elecciones tomadas durante la elaboración de una ley y del significado que pueda tener el lugar sistemático de una determinada disposición normativa. Naturalmente el último cambio señalado al respecto, mediante el cual el Título dedicado a las prelaturas personales ha cambiado de lugar dentro del Código, ha sido también objeto de especial estudio. Algunos autores han pensado que debía ser interpretado como la voluntad del Legislador de considerar las prelaturas personales como una figura de naturaleza asociativa, no perteneciente a la estructura jerárquica de la Iglesia. Nada más lejos de la realidad. El propósito era distinguirlas de las Iglesias particulares encarnadas por las diócesis, pero no de negar su carácter jerárquico, reconocido también durante la mencionada Plenaria de 1981, ni mucho menos de considerarlas entes de carácter asociativo, pues eso hubiese supuesto, no ya desatender    lo establecido por el Ecclesiae Sanctae y por la decisión de la Plenaria de la citada Pontificia Comisión, sino traicionar el postulado conciliar.

Existe además un testimonio documental que corrobora con certeza lo que acabo de afirmar. Cuando se produjo el cambio de lugar del que estamos tratando, acababa de ser erigida la primera prelatura personal, la prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei. Quedaba todavía la tarea de ejecutar solemnemente la bula de erección, de acuerdo con la praxis de erección de las circunscripciones eclesiásticas. En estas circunstancias, para disipar cualquier género de duda que pudiera surgir acerca del alcance del acto de erección que se acababa de producir y que todavía había de ser ejecutado, el Prefecto de la congregación de la Curia romana competente para el régimen de las prelaturas personales, Card. Sebastiano Baggio, en carta de 17 de enero de 1983 dirigida al recién nombrado Prelado del Opus Dei, mons. Álvaro del Portillo, daba fe de cuál era la mente del Santo Padre al respecto, manifestada en la Audiencia que le había concedido el anterior 8 de enero, articulada en tres ideas que resultan iluminadoras, no sólo de la realidad de la prelatura del Opus Dei, sino en general de los cánones sobre las prelaturas personales:

“1. la colocación en la pars I del liber II no altera el contenido de los cánones que se refieren a las Prelaturas personales, las cuales, por lo tanto, aun no siendo Iglesias particulares, continúan siendo estructuras jurisdiccionales, de carácter secular y jerárquico, erigidas por la Santa Sede para la realización de peculiares actividades pastorales, como fue establecido por el Concilio Vaticano II”;

“2. con la diferente elección de orden sistemático, no queda alterada la dependencia de las Prelaturas personales de esta sagrada Congregación, a los efectos de la Const. Ap. “Regimini Ecclesiae Universae”, 49 § 1.

“3. finalmente, permanecen siendo plenamente válidos, a todos los efectos, los documentos de la Santa Sede que han constituido el Opus Dei en Prelatura personal”.

En este documento queda constancia, por tanto, de manera auténtica, que no ha existido, lógicamente, por parte del Legislador ninguna voluntad de alterar la figura de las prelaturas personales, que debe permanecer como una estructura de la organización eclesiástica “para la realización de peculiares actividades pastorales, como fue establecido por el Concilio Vaticano II”, es decir, se reafirma la voluntad de ejecutar fielmente la mente del Concilio, adaptando la organización eclesiástica a las necesidades pastorales. Además –y éste es otro dato que conviene resaltar– permanecen plenamente válidos los documentos relativos a la erección de la prelatura del Opus Dei, como consecuencia de la afirmación anterior acerca de la naturaleza jerárquica y pastoral de las prelaturas personales, lo que equivale a afirmar que la prelatura del Opus Dei posee el valor hermenéutico propio de las aplicaciones concretas, por parte del mismo Legislador, de una normativa cuadro. Personalmente recuerdo la satisfacción del Prefecto de la Congregación de Obispos cuando, el 4 de marzo de 1983, recibió de la Secretaría de Estado el pergamino con el texto de la Constitución Apostólica Ut sit con el fin de que se inaugurase oficialmente la prelatura, ya que era la confirmación de que el derecho particular de la nueva prelatura contenido en sus Estatutos era conforme con la legislación universal del Código recién promulgado.

Este hecho ayuda a afrontar correctamente otro tema que ha sido observado por la doctrina. Me refiero a la cuestión relativa a la posición de los fieles laicos en una prelatura personal. Cuando ya el texto definitivo del nuevo Código (revisado por el Santo Padre con la ayuda de las dos Comisiones antes mencionadas) estaba en sus segundas pruebas de imprenta se introdujo aún algún cambio “minoris momenti”, sin convocar a los otros miembros de la pequeña Comisión de Obispos de la que antes se habló porque el tiempo urgía. Uno de estos cambios se efectuó en el can. 296, el cual, al referirse al modo “incorporationis” de los laicos a la prelatura por medio de convenciones, pasó a expresar esta disposición hablando del modo “organicae cooperationis”.

Este cambio de última hora ha querido interpretarse en ocasiones como la voluntad del Legislador de configurar las prelaturas personales como entes exclusivamente clericales, en el que los laicos sólo podrían cooperar externamente, salvo en caso de dispensa o privilegio. Esta interpretación –calificada acertadamente como una “visión burocrática y sustancialmente descolorida” – no es sostenible: porque un cambio tal no sería ciertamente “minoris momenti”, y porque sería contradictorio con lo expresamente establecido sobre la incorporación de laicos en una prelatura personal en el caso de la prelatura del Opus Dei, como aparece en el art. III de la Constitución apostólica Ut  sit (promulgada precisamente por el mismo Legislador del nuevo Código) y en los Estatutos de esa prelatura (nn. 1, § 1 y 6 y ss.), que como ha quedado dicho habían de quedar en vigor.

En realidad, con la expresión “cooperación orgánica” se quería dar mayor flexibilidad a la formulación del canon. Se trata de un concepto más amplio que el de incorporación, pero que, lógicamente, no lo excluye (ni lo podía excluir, por la razones ya expuestas). La posibilidad de que haya fieles que decidan cooperar con una jurisdicción eclesiástica, quedando bajo la jurisdicción de su Ordinario, está expresamente prevista también para el caso de los ordinariatos militares. En el caso de la primera prelatura erigida, no se trata sólo de esto, sino que el laicado de esta circunscripción, delimitado por un criterio personal, está formado precisamente por aquellos fieles laicos que han decidido libremente cooperar con esta prelatura, incorporándose a ella. El fenómeno de la erección de una circunscripción eclesiástica en previsión de un pueblo o comunidad de fieles que se constituirá voluntariamente puede sorprender a alguno, pero, al margen de las explicaciones que se han ido dando sobre este punto, hay que señalar que constituye ya una praxis introducida por la Santa Sede. Así, por ejemplo, la Administración apostólica personal de Campos, en Brasil, erigida por san Juan Pablo II, se compone de aquellos fieles que se inscriben voluntariamente en el correspondiente libro de registros y, con carácter general, la Constitución apostólica de Benedicto XVI, Anglicanorum coetibus, de 4 de noviembre de 2009, ha previsto la erección de ordinariatos personales compuestos por los fieles que ponen un acto de voluntad para incorporarse al ordinariato. En todos estos casos, las relaciones de los fieles laicos con el Ordinario y con los sacerdotes del presbiterio, aunque se hayan instaurado con motivo de un acto de voluntad, no son de naturaleza asociativa –como lo sería un acuerdo de voluntades entre fieles para realizar una obra común–, sino que el acto de voluntad permite incorporarse al ámbito de una jurisdicción previamente creada por la autoridad de la Iglesia, de manera que la relación que se da es de tipo pastoral entre el clero y los fieles laicos, es decir, está presente la relación estructural de la Iglesia compuesta por el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común. Por este motivo, los fieles laicos que se incorporan de este modo a las prelaturas, administraciones u ordinariatos personales forman el pueblo, en sentido técnico, de la correspondiente circunscripción eclesiástica.

Ciertamente la presencia de circunscripciones personales que -como las prelaturas personales y los ordinariatos militares- están compuestas de un pueblo cuyos fieles laicos no cesan de pertenecer contemporáneamente a las Iglesias locales, solo puede entenderse desde una perspectiva eclesiológica que conciba la Iglesia como comunión. En este sentido, cabe señalar cómo después de un decenio desde que surgieron las primeras perplejidades en el seno de la Plenaria de la Comisión para la Revisión del Código de 1981, la Congregación para la Doctrina de la Fe, guiada por el Card. Ratzinger, dio un paso importante en la comprensión de esta cuestión en su Carta a todos los Obispos, de 28 de mayo de 1992, titulada precisamente Communionis notio: “Para una visión más completa de este aspecto de la comunión eclesial –unidad en la diversidad–, es necesario considerar que existen instituciones y comunidades establecidas por la Autoridad Apostólica para peculiares tareas pastorales. Estas, en cuanto tales, pertenecen a la Iglesia universal, aunque sus miembros son también miembros de las Iglesias particulares donde viven y trabajan. Tal pertenencia a las Iglesias particulares, con la flexibilidad que le es propia, tiene diversas expresiones jurídicas. Esto no sólo no lesiona la unidad de la Iglesia particular fundada en el Obispo, sino que por el contrario contribuye a dar a esta unidad la interior diversificación propia de la comunión”. Considerando este último documento se puede observar cómo la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, percibe las necesidades pastorales y desarrolla y adapta su estructura esencial para proveer a las exigencias de las almas. Más tarde, la reflexión teológica y canónica ilumina la comprensión de estos fenómenos. La figura de las prelaturas personales nació en el Vaticano II como respuesta a esta exigencia de adaptar la organización pastoral a las nuevas necesidades. Ciertamente para comprender la novedad que comporta la previsión de prelaturas personales se requiere partir de los presupuestos eclesiológicos conciliares y del principio que el desarrollo de la organización eclesiástica debe obedecer a las necesidades pastorales, ya que al derecho fundamental del fiel a recibir los medios salvíficos de los Pastores (can. 213) corresponde el deber jurídico de la Jerarquía de organizarse para que tal derecho sea satisfecho efectivamente.

Hoy se presentan a la Iglesia grandes retos. Por una parte, los fenómenos de la globalización y de la movilidad humana hace que haya tantos grupos humanos necesitados de una especial atención pastoral. Por otra parte, es el mismo Papa quien –siguiendo sin duda la voz del Espíritu Santo– está empujando a la Iglesia a “salir”, a llevar el Evangelio hasta las “periferias”  de la existencia humana. Las estructuras pastorales –en el respeto, como es lógico, de la constitución fundamental de la Iglesia– se han de adaptar a las necesidades apostólicas. Las prelaturas personales ideadas por el Vaticano II constituyen uno de los instrumentos regulados por el Derecho universal que permiten una acción evangelizadora y de gobierno más eficaz: su correcta comprensión permitirá que se pueda utilizar su potencialidad pastoral para  el bien del Pueblo de Dios y de la misma sociedad civil.

Fuente: repositorio.sandamaso.es

Publicado por JOQUIVESA en 19:48

Los afectos y el discernimiento espiritual

Ramiro Peleteiro

“Casi todos nos escondemos detrás de una máscara, no solo frente a los demás, sino también cuando nos miramos al espejo” (Thomas H. Green).

Los afectos y el discernimiento espiritual

¿Qué importancia tienen los afectos en la vida espiritual, y cómo han de considerarse en el examen de conciencia y en la oración? El Papa ha dedicado la audiencia de los miércoles en los últimos meses a este tema, no en la perspectiva del acompañante o director espiritual (excepto la última catequesis), sino desde el conocimiento de sí mismo.

Según el diccionario del español, discernir significa distinguir algo de otra cosa, sobre todo en el campo del ánimo o del espíritu humano. Es decir, en el ámbito espiritual. En el cristianismo, el discernimiento suele vincularse al proceso que antecede a las acciones humanas, para tratar de actuar en conformidad con la voluntad de Dios. Suele relacionarse con la virtud de la prudencia (“la recta razón del obrar”), aunque, en la acepción más popular, ese término suene simplemente a precaución o cautela; en realidad, la prudencia también puede llevarnos a actuar con prontitud y audacia, y siempre con justicia y con generosidad.

Discernir para decidir

En su primera catequesis (cfr. Audiencia general, 31-VIII-2022), Francisco explicó que el discernimiento nos concierne a todos, porque tiene que ver con las elecciones o decisiones de la vida, la mayor parte de ellas bien corrientes (la comida, la ropa, algo en relación con el trabajo o con los demás).

Tanto en la vida común como en las enseñanzas del Evangelio se nos enseña la importancia de tomar las decisiones correctas. Y en ello intervienen el conocimiento, la experiencia, el afecto y la voluntad, así como el esfuerzo (porque la vida no nos da todo hecho) y la libertad. Podemos elegir porque no somos animales, pero también por eso podemos equivocarnos en nuestras elecciones.

El Papa se sitúa en la perspectiva de la antropología y de la ética, que requiere el conocimiento de uno mismo y de lo que es bueno llevar a cabo aquí y ahora. Desde el punto de vista cristiano, el discernimiento requiere sobre todo una relación filial con Dios, también la amistad con Jesucristo y la luz del Espíritu Santo.

Los trayectos del corazón

El segundo miércoles (cfr. Audiencia general, 7-IX-2022), Francisco puso el ejemplo de Ignacio de Loyola, que supo reconocer el paso de Dios junto a él.

El discernimiento es una ayuda para reconocer las señales con las que Dios se hace encontrar en las situaciones imprevistas, incluso desagradables; o, por el contrario, para percibir algo que haga empeorar en el camino. 

En ese marco, las enseñanzas del Papa pueden distribuirse en tres partes: los elementos del discernimiento; una consideración especial sobre la desolación y la consolación; y una tercera parte sobre la verificación, la vigilancia y las ayudas en relación con el discernimiento.

Los elementos del discernimiento

Francisco se refirió en primer lugar a la familiaridad con el Señor (cfr. Audiencia general, 28-IX-2022) sobre todo a la confianza que hemos de manifestarle por medio de la oración (cfr. Audiencia general. 28-IX-2022). En la oración hemos de tratarle –propone– con sencillez y familiaridad, como a un amigo.

“Esta familiaridad vence el miedo o la duda de que su voluntad no sea por nuestro bien, una tentación que a veces atraviesa nuestros pensamientos y vuelve el corazón inquieto e inseguro o también amargo”. Tal es el secreto de los santos. Muchas veces los obstáculos para seguir al Señor son sobre todo afectivos, del corazón. En ese sentido, la tristeza o el miedo ante Dios son signos de lejanía con Dios, como se ve en el caso del joven rico del Evangelio (cfr. Mt 9 17 ss.). Pero Jesús no le fuerza a seguirle.

“Discernir qué sucede dentro de nosotros” –señala el sucesor de Pedro– “no es fácil, porque las apariencias engañan, pero la familiaridad con Dios puede disolver suavemente dudas y temores, haciendo nuestra vida cada vez más receptiva a su ‘amable luz’, según la bonita expresión de san John Henry Newman”.

Y añade que, al igual que dos esposos que viven juntos mucho tiempo acaban pareciéndose, la oración nos va haciendo parecidos a Jesús. Para eso necesitamos la cercanía con Él, una “cercanía afectiva”, tratándole como el amigo fiel que nunca nos abandona; y no solo con palabras, sino también con gestos y buenas obras.

Conocerse a uno mismo y los deseos

En segundo lugar, el Papa trató sobre el conocerse a sí mismo (cfr. Audiencia general, 5-X-2022). Señala cómo en la base de las dudas espirituales y de las crisis vocacionales suele haber un déficit de conocimiento de nosotros mismos, de nuestra personalidad y de nuestros deseos más profundos; pues “casi todos nos escondemos detrás de una máscara, no solo frente a los demás, sino también cuando nos miramos al espejo” (Thomas H. Green).

El discernimiento es necesario –señala el Papa con términos de nuestra cultura digital– para “conocer las contraseñas de nuestro corazón, a las que somos más sensibles, para protegernos de quien se presenta con palabras persuasivas para manipularnos, y también para reconocer lo que es realmente importante para nosotros, distinguiéndolo de las modas del momento o de eslóganes llamativos y superficiales”. Pues lo cierto es que con frecuencia nos dejamos llevar por sentimientos provocados de esa manera.

Para todo ello ayuda el examen de conciencia. Y no se refiere al examen previo a la confesión sacramental (para descubrir los pecados de los que nos hemos de acusar) sino del examen de conciencia general al final de la jornada. “Examen de conciencia general de la jornada: ¿qué ha sucedido en mi corazón en este día? Han pasado muchas cosas…. ¿Cuáles? ¿Por qué? ¿Qué huellas dejaron en el corazón?”.

El tercer “ingrediente” del discernimiento es el deseo (cfr. Audiencia general, 12-X-2022). Francisco toma este término no en el sentido de las ganas del momento, sino de su etimología: de-sidus, que se puede entender como “la falta de la estrella”; Es importante conocer cuáles y cómo son nuestros deseos, y cuidar que sean deseos grandes y operativos, porque a veces nos quedamos en las quejas (cfr. Jn 5, 6 ss), que más bien empequeñecen o atrofian el deseo.

Leer la propia vida

En cuarto lugar, Francisco se detuvo en la importancia que tiene, para el discernimiento, conocer “el libro de la propia vida”: la propia historia de vida (cfr. Audiencia general, 19-X-2022). Si lo hacemos, podremos detectar tantos elementos “tóxicos” o pesimistas que nos frenan (no valgo nada, todo me va mal, etc.), quizá con la ayuda de alguien que nos ayude a reconocer también nuestras cualidades, las cosas buenas que Dios siembra en nosotros.

Es bueno tener un “enfoque narrativo”, no detenerse en una acción puntual, sino incluirla en un contexto: “¿De dónde viene este pensamiento? Lo que siento ahora, ¿de dónde viene? ¿Adónde me lleva lo que estoy pensando ahora? ¿Lo he tenido antes? ¿Es algo nuevo que me viene ahora, o lo he encontrado otras veces? ¿Por qué es más insistente que otros? ¿Qué me quiere decir la vida con esto?”. 

Desolación y consolación

En una segunda parte de la catequesis, Francisco pasó a tratar sobre “la materia” del discernimiento, centrándose en el binomio desolación-consolación. Primero, la desolación (cfr. Audiencia general, 26-X-2022) o tristeza espiritual.

Saber gestionar la tristeza espiritual

La desolación ha sido definida como una “oscuridad del alma” (san Ignacio de Loyola), como una “tristeza” que no tiene por qué ser mala. A veces tiene que ver con un remordimiento por algo malo que hemos hecho, y es una invitación a emprender el camino. En estos casos, como señala santo Tomás, se trata de un “dolor del alma”, un aviso, como un semáforo en rojo, para detenernos.

Otras veces –explica Francisco– puede ser una tentación con la que el demonio quiere desanimarnos en el camino del bien, busca encerrarnos en nosotros mismos y que no hagamos nada por los demás: paralizarnos en el trabajo o el estudio, en la oración, en la perseverancia en la propia vocación. Jesús nos da ejemplo para rechazar esas tentaciones con una firma resolución (cfr. Mt 3, 14-15; 4, 11-11; 16, 21-23).

En todo caso, conviene preguntarse por la raíz de esa tristeza (cfr. Audiencia general, 16-XI-2022), sabiendo que Dios nunca nos abandona y con él podemos vencer toda tentación (cfr. 1 Co 10, 13). Pero no tomar decisiones apresuradas en esas situaciones.

Hay que aprender y aprovechar esa desolación. “De hecho” –advierte el Papa–, “si no hay un poco de insatisfacción, un poco de tristeza saludable, una sana capacidad de vivir la soledad y estar con nosotros mismos sin huir, corremos el riesgo de permanecer siempre en la superficie de las cosas y no entrar nunca en contacto con el centro de nuestra existencia”.

Por tanto, aconseja el Papa, no es bueno permanecer en un “estado de indiferencia” que nos haría inhumanos con nosotros mismos y los demás. Es buena una “sana inquietud” como la han experimentado los santos.

Por otra parte, la desolación nos da la posibilidad de crecer, de madurar en la capacidad de darnos a los demás con gratuidad, sin buscar nuestro propio interés o nuestro simple bienestar. En la oración hay que aprender a estar con el Señor, mientras seguimos buscándole, quizá en medio de esa tentación, o de ese vacío que experimentamos. Pero sin dejar la oración, porque su respuesta llega siempre.

Verdaderas y falsas consolaciones

En la vida espiritual se presenta también la consolación (cfr. Audiencia general, 23-XI-2022), en forma de alegría, paz y armonía duraderas, que fortalecen la esperanza y nos llenan de audacia para servir a los demás, como escribe Edith Stein.

Pero hay que distinguir la consolación espiritual de las falsas consolaciones, quizá ruidosas y llamativas, pero que son entusiasmos pasajeros que se buscan por sí mismos (por interés propio), en lugar de buscar al Señor. El discernimiento nos ayudará a distinguir las verdaderas consolaciones (que traen una paz profunda y duradera) de las falsas. En estas últimas el mal puede aparecer desde el principio, por ejemplo, en forma de evasión de los propios deberes; otras veces aparece en el medio, quizá buscándonos a nosotros mismos; o al final, porque nos lleva a tratar mal a los demás.

Por eso, apunta Francisco, hay que aprender a distinguir los “bienes” quizá aparentes, para buscar los verdaderos bienes que nos hacen crecer. Para todo ello es necesario el examen de conciencia cada día: ver qué ha pasado hoy. Con atención a las consecuencias de nuestros afectos.

Verificación, vigilancia, ayudas en el discernimiento

En una tercera parte de estas catequesis, Francisco invita a fijarse en la fase posterior a la toma de decisiones, para confirmar si han sido adecuadas o no (cfr. Audiencia general, 7-XII-2022). Ya vimos la importancia que tiene el trascurso del tiempo en esto, y también la observación de si esas decisiones nos traen una paz duradera.

Por ejemplo, “si tomo la decisión de dedicar media hora más a la oración, y después me doy cuenta de que vivo mejor los otros momentos del día, estoy más sereno, menos ansioso, desempeño con más cuidado y gusto el trabajo, incluso las relaciones con algunas personas difíciles se vuelven más fáciles…: todos esos son signos importantes que sostienen la bondad de la decisión tomada”. La vida espiritual es circular: la bondad de una elección es beneficiosa para todos los ámbitos de nuestra vida. Porque es participación en la creatividad de Dios.

Hay otros signos que pueden confirmar si fue una buena decisión: el considerar la decisión como una respuestas de amor al Señor (que no nace del miedo ni de una obligación); el “sentirse en el propio sitio” (pone el ejemplo de los dos puntos en la plaza de San Pedro del Vaticano, desde donde se ven alineadas las columnas), es decir, el crecimiento en orden, integración y energía; el permanecer interiormente libres en esa situación (y no tener una actitud obsesiva o posesiva), respetando y venerando a Dios con confianza.  

Vigilar para no dormirse

Después de la decisión, es también importante la actitud de vigilancia (cfr. Audiencia general, 14-XII-2022), para no adormecerse, no acostumbrarse, no dejarse llevar por la rutina (cfr. Lc 12, 35-37). Es algo necesario, subraya el sucesor de Pedro, para asegurar la perseverancia, la coherencia y el buen fruto de nuestras decisiones.

El que se vuelve demasiado seguro de sí mismo, pierde la humildad y por falta de vigilancia del corazón puede dejar entrar de nuevo al demonio (cfr. Mt 12, 44 ss). Esto puede vincularse, señala Francisco, al orgullo malo, a la presunción de ser justos, de ser buenos, de estar a gusto; a la excesiva confianza en uno mismo y no en la gracia de Dios. Se ha perdido el miedo a caer y con ello la humildad… y se acaba perdiendo todo.

En definitiva, este es el consejo: “Vigilar el corazón, porque la vigilancia es señal de sabiduría, es señal sobre todo de humildad, porque tenemos miedo de caer y la humildad es el camino maestro de la vida cristiana”.

El Evangelio en el bolsillo

En la Audiencia general del 21-XII-2022 el obispo de Roma propuso algunas ayudas para el discernimiento, que parece difícil o complicado, pero que es necesario.

Las ayudas principales son la Palabra de Dios y la doctrina de la Iglesia. La Palabra de Dios la encontramos en la Sagrada Escritura (sobre todo en la lectura asidua de los Evangelios) con la ayuda del Espíritu Santo.

Por eso insiste, como otras veces, Francisco: “Tomemos el Evangelio, tomemos la Biblia en la mano: cinco minutos al día, no más. Lleva un Evangelio de bolsillo, en el bolso, y cuando viajes, tómalo y lee un poco durante el día, dejando que la Palabra de Dios se acerque a tu corazón”.

Señala también, de acuerdo con la experiencia de los santos, la importancia de contemplar la pasión del Señor y verlo en el Crucifijo; el recurso a la Virgen; pedir luces al Espíritu Santo (que es “el discernimiento en acción”) y tratarlo con confianza, junto con el Padre y el Hijo.

En la última catequesis el Papa señaló la importancia del guía espiritual y de darse a conocer para conocerse a sí mismo y caminar en la vida espiritual.

Fuente: omnesmag.com 


Publicado por JOQUIVESA en 13:27

19 marzo 2023

“El sentimiento trans es mudable, pero su tratamiento, irreversible”

Lluís Amiguet


Entrevista a Caroline Eliacheff, psiquiatra infantil

Tengo edad de no sentirme sola al proteger a los menores y darles tiempo para decidir si quieren someter su cuerpo a hormonas y cirugía. Soy parisina. Tengo 4 hijos, 12 nietos y 8 bisnietos. Hay demasiados intereses creados para la transexualidad apresurada de menores; pero lo ético es defender la reflexión

Keira Bell se arrepintió

Durante el 2012 la Generalitat asistió a 19 personas en procesos de transexualidad; en el 2021 fueron 1.400 y hasta hoy les ha tramitado 1.853 tarjetas sanitarias, de las que 690 han sido para menores. La doctora Eliacheff expresa aquí sus dudas respecto a la capacidad de esos menores, a quienes les negamos la de decidir sus relaciones sexuales o ingerir alcohol, para, en cambio, “iniciar un proceso irreversible de hormonación y amputación”. Y cita la doctrina del Tribunal de Justicia de Londres en el caso de Keira Bell, quien se querelló en el 2020 contra el sistema de salud inglés por haberle facilitado, aun siendo menor, la hormonación que solicitó. El tribunal concluyó: “Es dudoso que un menor de 16 años pueda comprender y valorar los riesgos y las consecuencias a largo plazo de la administración de bloqueadores de la pubertad”.

¿Por qué aumenta la transexualidad en países desarrollados?

Hasta hace veinte años solo uno de cada 10.000 chicos y solo una de cada 20.000 niñas quería cambiar de sexo, y desde entonces el porcentaje se ha multiplicado por 1.000 y en algunos países por 4.000.

¿Por qué tanto aumento y tan rápido?

Observe, además, que antes eran chicos y hoy son las chicas la mayoría, el 80% de quienes quieren cambiar su sexo y un 70% han sufrido trastornos previos como autismo, depresión, agresiones sexuales o han crecido en una familia disfuncional.

¿A qué edad quieren ser transexuales?

Quienes lo deciden ya mayores de edad no son objeto de este análisis. Mi especialidad psiquiátrica son los menores y constato que en ese campo necesitan protección y tutela.

¿Por qué no pueden decidir su sexo?

Durante los últimos 30 años, si un menor quería cambiar de sexo se la aplicaba el denominado protocolo neerlandés: bloqueadores de pubertad y hormonas cruzadas...

¿En todos los países?

En todo el mundo; pero tras observar sus resultados perniciosos e irreversibles está prohibido en Finlandia, Noruega, el Reino Unido y estados norteamericanos, donde se vetan los bloqueadores de pubertad y hormonas cruzadas salvo en casos muy concretos.

¿En qué consisten esas hormonas?

En testosterona para chicas que quieren ser chicos y estrógenos para chicos que quieren ser chicas. Esos países también han prohibido la cirugía de amputación entre los 16 y los 18 años. Y deberíamos prohibirlas ya en Francia, España, Alemania, Italia...

¿Por qué?

Algunos médicos y activistas promueven el aumento de casos interesadamente, por eso ha cambiado el tipo de menor que pide esa intervención. Y recetan apresuradamente hormonas a adolescentes influidos por las redes que un día dicen sentirse de otro sexo.

¿Por qué cree usted que es apresurado?

Antes de adoptar la actitud transafirmativa de “sé quien crees que eres”, lo ético sería que el profesional realizara un estudio concienzudo de antecedentes, historia familiar y luego diera tiempo para reflexionar a todos.

¿Hay que negarles sus sentimientos?

Son del todo respetables, pero también mudables según días y momentos. En cambio, los tratamientos y la cirugía trans son irreversibles. Y hoy se recetan con interesada ligereza.

¿Qué haría usted?

Me parece incongruente que a los menores de 16 años los protejamos prohibiéndoles mantener relaciones sexuales, alcohol o conducir...y, en cambio, les permitamos modificar su cuerpo de forma radical e irreversible sin estudio previo.

¿Y si lo autorizan también sus padres?

Los padres suelen quedarse atónitos al descubrir el problema. Aman a sus hijos y se asocian con otros padres en asociaciones que acompañan a los menores y se vuelven militantes protrans; o en otras que intentan que no hagan nada irreversible.

¿Y si los padres se niegan al tratamiento?

A menudo son considerados por los menores, apoyados por algunos médicos y activistas, maltratadores en vez de protectores.

¿Qué aconseja a los padres?

Que se mantengan unidos a sus hijos y reflexionen juntos sobre lo que es definitivo. Y bloquear con medicamentos la pubertad es definitivo; no es el botón “pause” de la tele.

Entonces, ¿qué pueden hacer?

Permanecer en una posición ambivalente para facilitar al menor que también lo sea y no colocarlo en una autopista rápida en la que convertir en irreversible sin reflexión previa lo que decidieron en un momento.

¿Por qué son más niñas que niños?

La transformación en mujer no es fácil: sufrimos una enorme presión estética. Una adolescente trans operada me decía hace poco que solo estaba eliminando en su cuerpo “todo lo que ella no sentía”.

¿A tajos de bisturí?

Una locura. Una anoréxica que pide al médico una liposucción no la obtiene, porque si es ético la deriva a salud mental. En cambio, hoy hay menores que dicen que no les gusta su cuerpo y enseguida les recetan hormonas.

¿Qué recomienda a la Administración?

Que proteja a los menores, y eso no es discriminar a nadie. Protegerles es darles tiempo a reflexionar antes de la decisión irreversible.

¿Cómo?

Recordemos que ser trans no es una patología y la Seguridad Social no puede subvencionar una vida entera de medicamentos para curarla. Homosexualidad y transexualidad son cosas diferentes. Solo los activistas trans las mezclan interesadamente.

¿Qué aconseja a los adolescentes que sienten que su cuerpo no es el suyo?

Que desconfíen de lo que les dicen en las redes sociales y no crean que los adultos siempre están contra ellos.

Fuente: lavanguardia.com

Publicado por JOQUIVESA en 18:16

“Era ciego y ahora veo”

El Papa en el Ángelus 


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy el Evangelio nos muestra a Jesús que devuelve la vista a un hombre ciego de nacimiento (cf. Jn 9,1-41). Pero este prodigio no es bien recibido por varias personas y grupos. Veamos en detalle.

Pero primero quisiera deciros: hoy, tomad el Evangelio de Juan y leed vosotros este milagro de Jesús, es hermoso el modo en el que Juan lo cuenta. Capítulo 9, en dos minutos se lee. Muestra cómo procede Jesús y cómo procede el corazón humano: el corazón humano bueno, el corazón humano tibio, el corazón humano temeroso, el corazón humano valiente. Capítulo 9 del Evangelio de Juan. Hacedlo hoy, os ayudará mucho. ¿Y de qué manera las personas acogen este signo?

En primer lugar, están los discípulos de Jesús, que ante el ciego de nacimiento terminan en el chismorreo: se preguntan si la culpa es de sus padres o suya (cf. v. 2). Buscan un culpable; y nosotros muchas veces caemos en esto que es tan cómodo: buscar un culpable, en lugar de plantearnos preguntas exigentes en la vida. Y hoy podemos decir: ¿qué significa para nosotros la presencia de esta persona? ¿qué nos pide a nosotros? Después, una vez curado, las reacciones aumentan. La primera es la de los vecinos, que se muestran escépticos: “Este hombre siempre ha sido ciego: ¡no es posible que vea ahora, no puede ser él, es otro!”: escepticismo (cf. vv. 8-9). Para ellos es inaceptable, mejor dejar todo como era antes (cf. v. 16) y no meterse en este problema. Tienen miedo, temen a las autoridades religiosas y no se pronuncian (cf. vv. 18-21). En todas estas reacciones, emergen corazones cerrados frente al signo de Jesús, por varios motivos: porque buscan un culpable, porque no saben sorprenderse, porque no quieren cambiar, porque están bloqueados por el miedo. Y muchas situaciones se parecen hoy a esta. Frente a algo que es precisamente un mensaje de testimonio de una persona, es un mensaje de Jesús, nosotros caemos en esto: buscamos otra explicación, no queremos cambiar, buscamos una salida más elegante que aceptar la verdad.

El único que reacciona bien es el ciego: él, feliz de ver, testimonia lo que le ha sucedido de la forma más sencilla: «Era ciego y ahora veo» (v. 25). Dice la verdad. Primero se veía obligado a pedir limosna para vivir y sufría los prejuicios de la gente: “es pobre y ciego de nacimiento, debe sufrir, debe pagar por sus pecados o por los de sus antepasados”. Ahora, libre en el cuerpo y en el espíritu, da testimonio de Jesús: no inventa nada y no esconde nada. “Era ciego y ahora veo”. No tiene miedo de lo que dirán los otros: el sabor amargo de la marginación ya lo ha conocido durante toda la vida, ya ha sentido sobre él la indiferencia, el desprecio de los transeúntes, de quien lo consideraba como un descarte de la sociedad, útil a lo sumo para la piedad de alguna limosna. Ahora, curado, ya no teme esas actitudes de desprecio, porque Jesús le ha dado plena dignidad. Y esto es claro, sucede siempre: cuando Jesús nos sana, nos devuelve la dignidad, la dignidad de la sanación de Jesús, plena, una dignidad que sale del fondo del corazón, que toma toda la vida; y Él en sábado, delante de todos, le ha liberado y le ha donado la vista sin pedirle nada, ni siquiera un gracias, y él da testimonio. Esta es la dignidad de una persona noble, de una persona que se sabe curada y empieza de nuevo, renace; ese renacer en la vida, del que se hablaba hoy en “A Sua Immagine”: renacer.

Hermanos, hermanas, con todos estos personajes el Evangelio de hoy nos pone también a nosotros en medio de la escena, así que nos preguntamos: ¿qué posición tomamos?, ¿qué hubiéramos dicho entonces? Y, sobre todo, ¿qué hacemos hoy? ¿Sabemos, como el ciego, ver el bien y ser agradecidos por los dones que recibimos? Me pregunto: ¿cómo es mi dignidad? ¿Cómo es tu dignidad? ¿Testimoniamos a Jesús o difundimos críticas y sospechas? ¿Somos libres frente a los prejuicios o nos asociamos a los que difunden negatividad y chismes? ¿Estamos felices de decir que Jesús nos ama, que nos salva o, como los padres del ciego de nacimiento, nos dejamos enjaular por temor a lo que pensará la gente? Los tibios de corazón que no aceptan la verdad y no tienen la valentía de decir: “No, esto es así”. Y también, ¿cómo acogemos las dificultades y la indiferencia de los demás? ¿Cómo acogemos a las personas que tienen tantas limitaciones en la vida, ya sean físicas, como este ciego; o sociales, como los mendigos que encontramos por la calle? ¿Y esto lo acogemos como una maldición o como ocasión para hacernos cercanos a ellos con amor?

Hermanos y hermanas, pidamos hoy la gracia de sorprendernos cada día por los dones de Dios y de ver las diferentes circunstancias de la vida, también las más difíciles de aceptar, como ocasiones para obrar el bien, como hizo Jesús con el ciego. Que la Virgen nos ayude en esto, junto a san José, hombre justo y fiel.


 Después del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!

Ayer en Ecuador un terremoto ha causado muertos, heridos y grandes daños. Estoy cerca del pueblo ecuatoriano y aseguro mi oración por los difuntos y por todos los que sufren.

Os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos de tantos países —veo banderas: colombianas, argentinas, polacas… muchos, muchos países…—. Saludo a los españoles venidos de Murcia, Alicante y Albacete.

Saludo a las parroquias de San Ramón Nonato y de los Mártires Canadienses, en Roma, y a la de Cristo Rey, en Civitanova Marche; a la Asociación de los Salesianos Cooperadores; a los chicos de Arcore, los de confirmación de Empoli y los de la parroquia Santa María del Rosario de Roma. Saludo a los chicos de la Inmaculada, ¡bravo!

¡Con mucho gusto saludo también a los participantes en el Maratón de Roma! Os felicito porque, por impulso de "Athletica Vaticana", hacéis de este importante acontecimiento deportivo una ocasión de solidaridad en favor de los más pobres.

¡Y hoy felicitamos a todos los padres! Que encuentren en san José el modelo, el apoyo, el consuelo para vivir bien su paternidad. Y todos juntos, por los padres, rezamos al Padre [Padre Nuestro…].

Hermanos y hermanas, no olvidemos rezar por el martirizado pueblo ucraniano, que sigue sufriendo por los crímenes de la guerra.

Os deseo a todos un feliz domingo. Por favor no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta pronto.

Fuente: vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 18:15

El ciego de nacimiento

Domingo de la 4.° semana de Cuaresma (Ciclo A)


Evangelio (Jn 9,1.6-9.13-17.34-38)

Y al pasar vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Entonces, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, lo aplicó en sus ojos y le dijo:

— Anda, lávate en la piscina de Siloé — que significa: “Enviado”.

Él fue, se lavó y volvió con vista. Los vecinos y los que le habían visto antes, cuando era mendigo, decían:

— ¿No es éste el que estaba sentado y pedía limosna?

Unos decían:

— Sí, es él.

Otros en cambio:

— De ningún modo, sino que se le parece.

Él decía:

— Soy yo.

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. El día en que Jesús hizo el lodo y le abrió los ojos era sábado. Y los fariseos empezaron otra vez a preguntarle cómo había comenzado a ver. Él les respondió:

— Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo.

Entonces algunos de los fariseos decían:

— Ese hombre no es de Dios, porque no guarda el sábado.

Pero otros decían:

— ¿Cómo es que un hombre pecador puede hacer semejantes prodigios?

Y había división entre ellos. Le dijeron, pues, otra vez al ciego:

— ¿Tú qué dices de él, puesto que te ha abierto los ojos?

— Que es un profeta — respondió.

Ellos le replicaron:

— Has nacido en pecado y ¿nos vas a enseñar tú a nosotros?

Y le echaron fuera. Oyó Jesús que le habían echado fuera, y cuando se encontró con él le dijo:

— ¿Crees tú en el Hijo del Hombre?

— ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? — respondió.

Le dijo Jesús:

— Si lo has visto: el que está hablando contigo, ése es.

Y él exclamó:

— Creo, Señor — y se postró ante él.

“‘Al pasar –dice el Santo Evangelio– vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento’. Jesús que pasa. Con frecuencia –comenta, admirado, san Josemaría– me he maravillado ante esta forma sencilla de relatar la clemencia divina. Jesús pasa y se da cuenta en seguida del dolor”. En efecto, así es la lógica de Jesús: nunca permanece indiferente ante las necesidades de las personas con las que se encuentra.

Las acciones de Cristo para devolver la vista a este hombre ciego están cargadas de simbolismo. Primero mezcla la tierra con saliva y le unta ese lodo en los ojos. Este gesto recuerda el pasaje del libro del Génesis donde se narra la creación del hombre como una figura de barro a la que el soplo de Dios infunde la vida (Gn 2,7). Jesús, al curar a ese hombre, está llevando a cabo una nueva creación. Este hombre, ciego de nacimiento, va a nacer de nuevo, va a comenzar una nueva vida en cuanto pueda ver.

Luego Jesús le dice que vaya a lavarse en la piscina de Siloé, y ese hombre va, se lava, y recupera la vista. El agua de esa alberca que limpia sus ojos es símbolo del agua bautismal, que nos hace capaces de ver con la luz de la fe. El evangelista hace notar, para los lectores que no sepan hebreo, que Siloé significa “enviado”, pero sobre todo lo hace para señalar que Jesús es ese Enviado de Dios que, cuando se acude a Él, especialmente al configurarse con su muerte y resurrección en las aguas del bautismo, nos hace capaces de ver.

“Con este milagro –enseña el Papa Francisco– Jesús se manifiesta y se manifiesta a nosotros como luz del mundo; y el ciego de nacimiento nos representa a cada uno de nosotros, que hemos sido creados para conocer a Dios, pero a causa del pecado somos como ciegos, necesitamos una luz nueva; todos necesitamos una luz nueva: la de la fe, que Jesús nos ha donado”.

La curación realizada por Jesús suscita una encendida discusión, porque Jesús la realiza en sábado, violando, según los fariseos, el precepto festivo. Frente a la luz que se enciende en el ciego, los doctores de la ley, con una cerrazón agresiva, encerrados en su presunción e incapaces de abrirse a la verdad, se van hundiendo cada vez más en las tinieblas, empeñados en negar toda evidencia: dudan que aquel hombre fuera realmente ciego de nacimiento y se resisten a admitir la acción de Dios. Es el drama de la ceguera interior que puede afectar a muchas personas, también a cada uno de nosotros, cuando nos aferramos a nuestras propias opiniones o modos de actuar, sin una apertura sincera a la verdad, que puede ser exigente y reclamar cambios de rumbo en nuestra vida.

En paralelo, el ciego va recorriendo un camino de crecimiento en la fe. Al principio no sabía nada de Jesús. Luego, asombrado ante la recuperación de la vista, dirá en un primer momento ante quienes le preguntan que “es un profeta” (v. 17). Más tarde, ante la insistencia en interrogarle explica con sencillez que si Jesús ha sido escuchado por Dios es porque “honra a Dios y hace su voluntad” (v. 31). Finalmente, cuando Jesús le abre los ojos de la fe diciéndole que el Hijo del Hombre es el que está hablando con él (v. 37), el ciego exclamó “Creo, Señor. – Y se postró ante él” (v. 38).

Esta escena del Evangelio que hoy meditamos nos invita a considerar cuál es nuestra actitud: la de los doctores que, orgullosos, juzgan a los demás, o la de aquel ciego que, consciente de sus necesidades y limitaciones, va secundando lo que Jesús le pide, para abrirse a su gracia y a la luz de la fe.

Fuente: opusdei.org


Publicado por JOQUIVESA en 18:09
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