25 mayo 2026

El lenguaje universal

Juan Luis Selma

El amor que brota de la vida cristiana es el verdadero esperanto: el lenguaje universal. Todos lo entienden y todos lo pueden hablar.

Me contaron un suceso ocurrido en un hospital de nuestro país. Estaba internado un señor acompañado de su mujer, buena católica. En la misma habitación ingresó un joven de un país nórdico en muy malas condiciones. La mujer comenzó a cuidarlo y atenderlo como a un hijo: le daba de comer, le facilitó un móvil para comunicarse con su familia, le hacía compañía. El problema era el idioma: no había manera de entenderse.

Fueron pasando los días y, con ellos, la mejora del joven. Ya recuperado, y con ayuda del móvil, consiguió dejar a modo de despedida un papel con tres palabras: gracias, amor, Dios.

El amor que brota de la vida cristiana es el verdadero esperanto: el lenguaje universal. Todos lo entienden y todos lo pueden hablar.

Celebramos la fiesta de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y sobre la Iglesia. Cuentan los Hechos de los Apóstoles: "Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse… Quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo: '¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa?”.

El Espíritu Santo es el Amor entre el Padre y el Hijo personalizado; nace de la eterna mirada amorosa de ambos. Es fruto de su complacencia mutua. Lo que sucede en el seno de la Santísima Trinidad pasa también en la familia humana cuando vemos en el otro un don para mí, alguien valioso en sí mismo y, por lo tanto, un regalo.

¿Qué podemos hacer para aprender este estupendo idioma? Como en todo, hay que poner atención. Nos distraemos mucho, vamos deprisa, no nos paramos a mirar, hay demasiado ruido de fondo; estamos ensimismados, abstraídos de la realidad. Así es imposible descifrar una mirada, interpretar un tono de la voz, captar lo que el otro nos quiere transmitir, incluso sin darse cuenta.

Una madre, por lo mucho que ama, no se le escapa detalle alguno. Le decía una hija adulta a su anciana madre que no quería ir a verla —estaba pasando una situación delicada— porque no quería preocuparla. Que, aunque la madre intentara aparentar tranquilidad, la veía sufrir. El amor no pierde detalle.

El amor no se compra, no se logra con esfuerzo, no se finge. El amor se recibe: “el amor de Dios está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”, afirma san Pablo. Y el mismo apóstol nos da la receta para saber si vivimos en Él. En la carta a los Gálatas enumera los frutos de su presencia en nosotros: la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la longanimidad, la mansedumbre, la fe, la modestia, la continencia y la castidad.

Para poder ver a Dios, para comunicarnos con Él, debemos aprender el habla del amor. Lo mismo sucede para entenderse los esposos, los hijos y los padres, los hermanos y amigos. Si obviamos este lenguaje, nuestra vida será una auténtica Babel: no habrá modo de entendernos con nadie.

El egoísmo —la antítesis del amor— impide la comunicación y la apertura al otro. No ve rostros ni escucha voces: solo se ve a sí mismo.

Podemos ir entrando en esta escuela de idiomas con el hermoso himno Veni Creator:

Ven, Espíritu Creador,

visita las almas de tus fieles

y llena de la divina gracia los corazones

que Tú mismo creaste.

Tú eres nuestro Consolador,

don de Dios Altísimo,

fuente viva, fuego, caridad y espiritual unción.

Tú derramas sobre nosotros los siete dones;

Tú, el dedo de la mano de Dios;

Tú, el prometido del Padre;

Tú, que pones en nuestros labios los tesoros de tu palabra.

Enciende con tu luz nuestros sentidos;

infunde tu amor en nuestros corazones;

y, con tu perpetuo auxilio,

fortalece nuestra débil carne.

Aleja de nosotros al enemigo,

danos pronto la paz,

sé Tú mismo nuestro guía,

y, puestos bajo tu dirección,

evitaremos todo lo nocivo.

Por Ti conozcamos al Padre

y también al Hijo;

y que en Ti, Espíritu de entrambos,

creamos en todo tiempo.

Gloria a Dios Padre,

y al Hijo que resucitó,

y al Espíritu Consolador,

por los siglos infinitos.

Fuente: eldiadecordoba.es