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JOQUIVESA

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26 mayo 2026

Tierra Santa, geografía de la fe

José Antonio García-Prieto Segura

“Por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.

     Hace poco más de un año tuve la alegría de peregrinar por segunda vez a Tierra Santa alojándome junto al Saxum Visitor Center, cercano a Jerusalén. De allí han tenido la amabilidad de sugerirme si no tendría inconveniente en enviarles las impresiones y recuerdos más vivos de aquella peregrinación. No lo he dudado un instante y este ha sido el origen del presente artículo que, por su extensión, ofreceré en dos partes. Su título, al hermanar nada menos que geografía y fe, merece igualmente una explicación.

      La fe cristiana tiene su fuente original en la gracia divina, “por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”, como escribe Benedicto XVI en su encíclica “Dios es amor”. Sabemos que esa Persona divina se ha hecho hombre, Jesucristo, y ha pisado y santificado nuestra tierra; por eso la llamamos “Tierra Santa”. El Cielo -dice también Benedicto XVI- pertenece a “la geografía del corazón”, por no ser ningún lugar del universo sino la misma vida de amor divino. Pero nuestra tierra, en cambio, ha sido recorrida por Jesús y es el marco geográfico donde nació la fe de sus primeros seguidores. Hoy, contemplar aquellos mismos lugares, es como asomarse a una ventana abierta a la vida de Jesús. Tierra Santa evoca y suscita en el peregrino creyente, la fe y el amor que ya lleva en su corazón.

      Lo confirma, entre otras muchas, la simpática experiencia del primer hombre que pisó la luna: Neil Armstrong. Este astronauta, profundamente cristiano, visitó Jerusalén en 1988 y pidió a Thomas Friedman, profesor experto en arqueología bíblica, que le hiciera de guía, llevándole a lugares donde tuviera la certeza de que allí había caminado el Señor. Le condujo a los restos de las escaleras del Templo, de la época de Herodes el Grande, y le dijo: "Estos peldaños constituían la principal entrada al templo", y añadió: "No hay duda de que Jesús subió por ellos". Al oírlo, Armstrong se concentró profundamente en oración unos momentos, y después se dirigió a Friedman diciendo: "Para mí significa más haber pisado estas escaleras que haber pisado la Luna”.

      Huelgan comentarios salvo decir que, en mi caso, no fueron aquellas escaleras -que también pisé en Jerusalén- el punto de Tierra Santa que más me conmovió, sino otros lugares donde, con plena seguridad no solo estuvo, sino que nació, murió y resucitó el Señor. Sólidos testimonios históricos y arqueológicos lo fundamentan. Cinco serán los lugares a los que brevemente voy a referirme: dos, corresponden a Nazaret y Belén; y tres a Jerusalén. Cada uno de ellos merece que el peregrino cristiano, sin prisa alguna, se detenga en recogimiento de oración, para que la gracia divina reavive y fortalezca su fe y amor a Jesús, como le sucedió a Amstrong.

       Nazaret: su nombre despierta el eco del mensaje divino a la Virgen María, para ser Madre de Dios. En el subsuelo de la amplia y moderna basílica de la Anunciación, una gruta de siglos y reducidas dimensiones rememora el anuncio del arcángel san Gabriel. El centro de la gruta lo ocupa un pequeño altar donde se leen, escritas en latín, estas palabras: “Aquí el Verbo se hizo carne”. La respuesta afirmativa de María a la llamada divina hizo que el Hijo eterno del Padre empezase a compartir nuestro tiempo y nuestra humana naturaleza. Poco más hace falta para que el peregrino, reviviendo aquellos momentos mantenga encendido su amor a Dios.

     Diariamente al mediodía, los franciscanos custodios de la basílica conmemoran con una procesión, cantos y rezo del “Angelus”, aquel momento sublime en que Cielo y tierra quedaron unidos por la Encarnación del Verbo divino. Tuve la suerte de estar presente en aquella procesión y posteriormente concelebrar la Misa en otro altar de la basílica.

    Muy cerca se alza la moderna iglesia de san José, en cuyo entorno se piensa que pudo estar emplazada la casa y taller de José, y más tarde la morada de la Sagrada Familia. No lejos de allí, como a diez minutos caminando, corre un manantial subterráneo; durante siglos, sus aguas harían la delicia de los aldeanos nazarenos. Allí, una pequeña construcción conocida como el “Pozo de María”, quiere rememorar la presencia de la Virgen que tantas veces acudiría a aquel o a algún otro manantial cercano, para proveer de agua el hogar de Nazaret.

     Dejamos aquí la geografía de la fe, para proseguir su recorrido en un segundo artículo que nos llevará a Belén donde el Señor nació, y a Jerusalén donde completó su obra redentora. Las actuales circunstancias dolorosas de guerra y enfrentamientos en aquellos territorios hacen que termine estas líneas pidiendo al lector unirse a la oración del Papa León, y de tantos cristianos y de gente de bien en el mundo entero, para que el Señor conceda a todos su paz: la que nos trajo a la tierra y anunciaron los ángeles en la noche de su nacimiento en Belén.  

“... llegó antes al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos plegados, pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro, entró en el sepulcro (…). Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó” (Jn 20, 4-6.8).

     Seguimos recorriendo caminos y lugares de Tierra Santa que Jesús contempló y donde, rodeado de multitudes, obró milagros y predicó palabras de vida eterna. Concluíamos el artículo anterior en la ciudad de Nazaret. Hoy, los recuerdos nos llevarán a Belén y Jerusalén. Ojalá muchos creyentes puedan peregrinar y conocer aquellos escenarios.

     A unos 150 kilómetros al sur de Nazaret, encontramos Belén. De sus estimados 300 habitantes que podría tener cuando nació Jesús, ha pasado hoy a unos 30.000 aproximadamente. Una gran basílica construida hace muchos siglos -a diferencia de la vista en Nazaret- conmemora el Nacimiento de Jesús. Desde una amplia explanada se accede al interior, por una puerta muy angosta y de apenas 1’30 metros de altura. El por qué histórico de tan curiosa pequeñez, quedará para otra ocasión. Deseo resaltar, en cambio, el simbolismo de su nombre; se la conoce como: “Puerta de la humildad”. Interpela al peregrino y está claro que alude a la necesidad de abajar toda soberbia, para llegar al lugar escondido y humilde donde el Hijo de Dios-Padre hecho hombre, nació por amor nuestro.

     En su interior y en un reducido espacio del subsuelo basilical, al igual que en Nazaret, el peregrino contempla la Gruta de la Natividad. Allí, bajo un pequeño altar, se puede besar una estrella de plata de catorce puntas, que indica el lugar del nacimiento. Alrededor de la estrella, una frase escrita en latín dice así: “Aquí, de la Virgen María, nació Jesucristo”. De nuevo, en aquel punto geográfico y sin apenas esfuerzo alguno, el Espíritu Santo suscita la fe y el amor del creyente.

     Dos veces he celebrado la Misa en aquella basílica. La primera, en un altar contiguo al que acabo de referirme. Y la segunda, en otro altar más alejado, pero dentro del mismo recinto, en la gruta de la capilla de santa Catalina del Sinaí. En ésta, en el mosaico del suelo junto al altar, figuran dos inscripciones latinas con referencia al nombre de Belén, que significa: “Casa del pan”; es lo que leemos en latín, en el lado izquierdo del mosaico: “Domus panis”.  Y en el lado derecho: “Panis vitae”, es decir: “Pan de vida”. Recuerdan que Jesús, nacido en la “Casa del pan” se hará “Pan de vida”.

     Esas palabras siguen despertando la fe del peregrino y le llevan a dar un salto en el tiempo, cuando Jesús en otro lugar geográfico lejos de Belén, en la sinagoga de Cafarnaúm, proclamará: “Yo soy el pan de vida (…) bajado del cielo” (Jn 6, 35.38). Esta conexión de territorios y verdades de fe nos llevará ahora a Jerusalén, tercer escenario donde Jesús hizo realidad la conversión del pan común en su Cuerpo, y del vino en su Sangre, antes de culminar su obra redentora.

     En Jerusalén fueron tres los lugares que más me conmovieron. Jesús los santificó extremadamente en sus últimas horas, antes de morir: primero, el Cenáculo donde instituyó la Eucaristía; está en el Monte Sión, al suroeste de la Ciudad Vieja. Después, y a una media hora de camino a pie desde allí, como hizo Jesús aquella noche, encontramos el huerto de Getsemaní, al pie del Monte de los Olivos, donde se alza la basílica de la Agonía. En su interior, delante del altar, contemplamos una enorme roca natural, rodeada de una corona de espinas de hierro forjado, donde se supone que el Señor rezó y comenzó a sudar como gruesas gotas de sangre, según testimonia san Lucas.

     Finalmente, en la misma Ciudad Vieja de Jerusalén, el Calvario. Llegamos después de recorrer el camino de Jesús llevando la cruz. Es un montículo rocoso, muy cercano al sepulcro donde yació su cuerpo muerto. Ambos lugares se encuentran en el interior de la basílica llamada, precisamente, del Santo Sepulcro.

     Supongo que a Amstrong, a quien me referí en el primer artículo, le impresionaría el interior de esta basílica tanto como las escaleras del Templo, donde quedó recogido en oración. Y que el apóstol san Juan no habría tenido inconveniente en subscribir la expresión “geografía de la fe” que encabeza este artículo, al recordar el sitio donde creyó. Y esto, por la sencilla razón de que su fe en la resurrección, fruto sobre todo de la gracia divina, brotó igualmente en este lugar geográfico, bien pegado a la tierra: el de la losa del sepulcro sin el cuerpo ya de Jesús, y viendo los lienzos que lo habían envuelto. Al resucitar, aquellos lienzos quedaron plegados sobre sí mismos, al desaparecer la resistencia física que les deparaba el cuerpo del Señor. El modo de quedar suavemente plisados carecía de toda explicación natural, si no hubiera mediado el milagro de la resurrección, que sí arrojaba luz sobre aquella disposición de los lienzos.

     San Juan testimonia claramente aquellos momentos; escribe que, en su apresurada ida al sepulcro con Pedro, se adelantó a éste y: “... llegó antes al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos plegados, pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro, entró en el sepulcro (…). Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó” (Jn 20, 4-6.8). La fe de Juan tuvo un marco geográfico que, unido a la gracia, le llevó a creer. Un marco configurado en la ciudad de Jerusalén, por un espacio preciso como el sepulcro vacío, y por una visión de lienzos que yacían silenciosos. Pero todo el conjunto clamaba a la cabeza y al corazón del apóstol: sí, verdaderamente ha resucitado.

     El paso de Jesús por nuestra tierra ha dejado huellas indelebles que hoy nos siguen interpelando. San Juan cierra su evangelio diciendo: “Otras muchas cosas hizo Jesús y que, si se escribieran una por una, (…), ni aún el mundo podría contener los libros que se tendrían que escribir” (Jn 21, 25). Si esto es así, ¿qué no habría que decir al final de estos dos artículos, con apenas cuatro ideas balbuceantes en torno a los referidos cinco lugares santificados por la presencia divina del Salvador?

     Ojalá muchos creyentes puedan peregrinar y conocer los escenarios de Tierra Santa. Ante posibles reticencias, les diría lo que el apóstol Felipe a su amigo Natanael, cuando le invitó a conocer a Jesús de Nazaret. Frente al dubitativo comentario de Natanael: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?, le bastaron tres palabras para convencerlo: “¡Ven y verás!” (Jn 1, 46) Natanael le hizo caso y en absoluto quedó defraudó. A todo creyente le diría: “¡Sí, vale la pena conocer Tierra Santa!: ¡Viaja allí y verás!”.

Fuente: elconfidencialdigital.com

Publicado por JOQUIVESA en 11:24
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