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JOQUIVESA

Encontrado en la "red" (Mateo 13:47-50)

1/08/26

Esperanza

Daniel Tirapu Martínez


El ¡adiós! de Benedicto, hasta la Casa del Cielo.

El Papa Benedicto publicó su segunda encíclica, Spe salvi, sobre la virtud de la esperanza. Primero sobre el caridad, amor, ahora la esperanza. Las virtudes están íntimamente relacionadas y lo primero que dice el Papa es que sin Fe, no hay Esperanza y si tenemos Fe hemos de tener Esperanza.

Hemos comenzado el adviento que es tiempo de preparación, de espera. El Libro del Papa sobre Jesús me parece genial, pero para mí es un libro difícil. De la encíclica me quedo con un primer ejemplo que pone el Papa sobre una santa a la que asistí a su beatificación junto con la de Josemaría Escrivá, Josefina Bakhita. Esclava desde niña, fue vendida varias veces, conservó de las brutales palizas 144 cicatrices. Al fin con catorce años sirvió a un hombre italiano que le trataba bien. Conoció la Fe en Jesús y se bautizó, más tarde se hizo monja canosiana y quiso ofrecer su esperanza a todos. ¿Qué esperanza le cabía a una mujer tratada peor que un animal? descubrió que hay un Señor bueno que nos quiere más que nadie, incluso aunque no le quieras, y que ese señor había muerto por cada uno, sin ahorrarse nada.

Es muy bueno que el Papa nos hable de esperanza, ahora que son tiempos fríos, donde vales lo que cuestas, donde te miden por lo que tienes no por lo que eres y saber que siempre hay luz, que incluso en la muerte ese Señor, que es tu Dios te acompaña y guía. Nada, ni gobiernos, ni maldades, ni injusticias nos puede desanimar. Dios, una año más se nos hace hombre. Yo ya he puesto mi Belén. Y la Esperanza lleva a la alegría.

Fuente: elconfidencialdigital.com


Publicado por JOQUIVESA en 12:15

1/07/26

Temo que la Luz pase …

José Antonio García-Prieto Segura

“Dios todopoderoso y eterno, luz de los que en ti creen, que la tierra se llene de tu gloria y que te reconozcan los pueblos por el esplendor de tu luz”.    

          Se han apagado ya las innumerables luces que antes, durante y después de Navidad hasta pasado Reyes, han brillado por doquier. Los encuentros familiares que en estas fiestas se han hecho más cercanos y vivos, vuelven a espaciarse; al fin, trascurrida la fiesta de Reyes todo parece retornar a la rutina habitual de los días monótonos y planos. También la luz de la estrella que condujo a aquellos tres personajes de Oriente hasta Jesús, Luz de Belén, ha dejado de brillar, y hasta el próximo año no se hablará de ella.

          Terminados estos días pienso que un cristiano debería preguntarse: ¿tanto festejo y parpadear externo de luces y celebraciones, han dejado en mi vida, en mis disposiciones interiores, un algo nuevo? La Luz, esta vez con mayúscula, es decir, Cristo, cuya conmemoración de su nacimiento hemos celebrado y del que es deudor tanta iluminación artificial, ¿ha dejado en mí alguna huella, algún propósito de mejora en mi vivir ordinario? Y ya que la vida en general y la vida cristiana más todavía, están llenas de símbolos, la pregunta podría ser: ¿el amor de Cristo quien de sí mismo ha dicho que es la Luz del mundo, ha hecho brillar más intensamente su Luz de amor y servicio en esa otra luz que yo, como cristiano, debo ser e iluminar con ella a cuantos me rodean en este mundo?

          No es un juego gratuito de cuento infantil o de hadas, eso de brillar como una estrella. Como hermanos de Cristo, Dios Padre desea que con el resplandor de nuestra vida manifestado en hechos concretos donde brillen las virtudes cristianas, otros muchos descubran y amen más a Dios. En los pasados días de Navidad, el simbolismo de la luz aparecía continuamente en innumerables textos de la sagrada Escritura leídos en las misas y en sus plegarias. Por citar un solo ejemplo, entre las docenas que cabría señalar, en la oración del segundo domingo después de Navidad, los fieles nos dirigíamos a Dios-Padre con esta petición: “Dios todopoderoso y eterno, luz de los que en ti creen, que la tierra se llene de tu gloria y que te reconozcan los pueblos por el esplendor de tu luz”.

         Pero llegados a este punto, quizá más de un lector se pregunte: bien, de acuerdo, pero ¿qué sentido tiene y cómo encaja aquí el título de este artículo: “Temo que la Luz pase …”? Me lo ha suscitado un hondo pensamiento de san Agustín que, en cierta predicación decía: “Temo que Jesús pase” (Sermones, 88,14,13). Expresaba así su preocupación de que el activismo y ajetreo de nuestras vidas, nos impidieran reconocer la llegada y el paso de Cristo junto a nosotros. En más de una ocasión el papa Francisco se ha referido a esas palabras de san Agustín, para llamar nuestra atención con el fin de no dejarnos dominar por un excesivo dinamismo que nos dificulte recibir la Luz que Cristo, con su amor, desea comunicarnos.

          Los días de Navidad siempre son momentos en los que el Señor vuelve a pasar nuevamente junto a nosotros. Lo hace al rememorar su nacimiento en Belén para el mundo entero: para los pastores miembros del pueblo judío y para los sabios de Oriente, representantes de cuantos no pertenecemos al pueblo de la antigua alianza. La Luz de Cristo ha venido para todos y a nadie se le niega; pero lo decisivo está en acogerla y dejar que entre plenamente en nuestras vidas.

          Es bueno compartir ese temor de san Agustín que decía, y quizás más de una vez lo hayamos experimentado al dejar que Cristo pasara junto a nosotros, sin que su resplandor incrementase el brillo de la estrella divina que hemos de ser. Nos lo ha pedido con aquellas impresionantes palabras: “Vosotros sois la luz del mundo (…) Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos” (Mt 5, 14.16). Es una llamada permanente que nos debe llenar de optimismo y esperanza, a pesar de los pesares, es decir, de las veces que no hayamos dejado que el amor de Dios iluminara nuestras vidas, orillando la luz de Cristo.

          El Jubileo de la Esperanza ha concluido con la fiesta de la Epifanía el pasado 6 de enero; pero sigue en pie la virtud teologal de la esperanza que, apoyada en la fe nos dice, como recordaba Benedicto XVI, que somos definitivamente amados por Dios “suceda lo que suceda; este gran Amor me espera” (Enc. Salvados en la esperanza, n. 3). El comienzo de un nuevo año es buen momento para reemprender llenos de esperanza la navegación de nuestra cotidiana existencia; nos animará mirar las estrellas de luz que han sido las vidas de los santos que nos han precedido. Así lo sugería Benedicto XVI en este pasaje de la mencionada encíclica:

          “La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía.” (Enc. n. 49).

          Esta imagen tan sugestiva y real debe ser un acicate para luchar también por ser, con la gracia y la luz de Cristo, uno de esos pequeños astros. Lo quiere el Señor porque a todos nos llama a ser santos y, por tanto, estrellas de luz. Si Dios se sirvió de un brillo especial en aquella estrella que condujo a los Reyes hasta el Niño-Dios, mucho más hará con cada uno de nosotros que, además, con nuestra libertad podemos responder con amor, a quien por amor se ha hecho como uno de nosotros.

          Un ejemplo maravilloso de ese proceder lo tenemos en la Virgen de Nazaret, como concluye Benedicto XVI:

          “Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su «sí» abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14) ”? (Enc. n. 49)

          Que María a la que tantas veces invocamos como “Estrella de la mañana” y “Estrella del mar”, interceda ante el Señor y el feliz año nuevo que a todo lector deseo, sea de verdad una navegación luminosa y llena de esperanza, aunque en algunos momentos el viento sople con fuerza y se encrespen las olas del mar.

Fuente: elconfidencialdigital.com

Publicado por JOQUIVESA en 10:21

Misterio que ya no se encuentra oculto

El Papa ayer en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este período hemos vivido varios días festivos y la solemnidad de la Epifanía que, ya en su nombre, nos sugiere lo que hace posible la alegría incluso en tiempos difíciles. Como saben, en efecto, la palabra “epifanía” significa “manifestación”, y nuestra alegría nace de un Misterio que ya no se encuentra oculto. La vida de Dios se ha revelado: muchas veces y de diferentes maneras, pero con definitiva claridad en Jesús, de modo que ahora sabemos, a pesar de muchas tribulaciones, que podemos tener esperanza. “Dios salva”: no tiene otras intenciones, no tiene otro nombre. Sólo lo que libera y salva viene de Dios y es epifanía de Dios.

Arrodillarnos como los magos ante el Niño de Belén significa, también para nosotros, confesar que hemos encontrado la verdadera humanidad, en la que resplandece la gloria de Dios. En Jesús ha aparecido la verdadera vida, el hombre viviente, es decir, aquel que no existe para sí mismo, sino abierto y en comunión, lo que nos hace decir: «en la tierra como en el cielo» (Mt 6,10). Sí, la vida divina ahora está a nuestro alcance, se ha manifestado para involucrarnos en su dinamismo liberador que disipa los miedos y nos hace encontrarnos en la paz. Es una posibilidad, una invitación: la comunión no puede ser impuesta, pero, ¿qué más se podría desear?

En el relato evangélico y en nuestros nacimientos, los magos presentan al Niño Jesús unos regalos preciosos: oro, incienso y mirra (cf. Mt 2,11). No parecen cosas útiles para un niño, pero expresan una intención que nos hace reflexionar mucho al llegar al final del Año jubilar. Da mucho quien lo da todo. Recordemos a aquella pobre viuda, observada por Jesús, que había echado en el tesoro del Templo sus últimas monedas, todo lo que tenía (cf. Lc 21,1-4). No sabemos qué poseían los magos, venidos de Oriente, pero su viaje, el arriesgarse, sus propios dones nos sugieren que todo, realmente todo lo que somos y poseemos, reclama ser ofrecido a Jesús, tesoro inestimable. El Jubileo nos ha recordado esta justicia basada en la gratuidad; tiene en sí mismo la llamada a reorganizar la convivencia, a redistribuir la tierra y los recursos, a devolver “lo que se tiene” y “lo que se es” a los sueños de Dios, más grandes que los nuestros.

Queridos hermanos, la esperanza que anunciamos debe tener los pies en la tierra: viene del cielo, pero para generar aquí abajo una historia nueva. En los regalos de los magos vemos, pues, lo que cada uno de nosotros puede poner en común, lo que ya no se puede guardar para sí mismo, sino compartir, para que Jesús crezca entre nosotros. Que crezca su Reino, que se cumplan en nosotros sus palabras, que los extraños y los adversarios se conviertan en hermanos y hermanas, que en lugar de las desigualdades haya equidad, que en vez de la industria de la guerra se afirme la artesanía de la paz. Artesanos de esperanza, caminemos hacia el futuro por otro camino (cf. Mt 2,12).

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

En la fiesta de la Epifanía, que es la Jornada Misionera de los Niños, quiero saludar y dar las gracias a todos los niños y jóvenes que, en muchas partes del mundo, rezan por los misioneros y se comprometen a ayudar a sus coetáneos más desvalidos. ¡Gracias, queridos amigos!

Mi pensamiento se dirige también a las comunidades eclesiales de Oriente, que mañana celebrarán la Santa Navidad, según el calendario juliano. Queridos hermanos y hermanas, ¡que el Señor Jesús les conceda a ustedes y a sus familias serenidad y paz!

Saludo con afecto a todos ustedes, fieles de Roma y peregrinos venidos de diversos países, en particular a los miembros del Consejo de Presidencia de la International Rural Catholic Association, con mis mejores deseos por su compromiso.

Saludo a los fieles de Lampedusa con su párroco, a los jóvenes del Movimiento «Tra Noi» y a los participantes en el tradicional desfile histórico-folclórico sobre los valores de la Epifanía, que este año tiene como protagonista a Sicilia.

Saludo a los peregrinos polacos y también a los numerosos participantes en el «Desfile de los Reyes Magos» que hoy se celebra en Varsovia y en muchas ciudades de Polonia, ¡e incluso en Roma!

A todos les deseo lo mejor para el nuevo año a la luz de Cristo Resucitado.

Muchas felicidades a todos, ¡feliz fiesta! .

Fuente: vatican.va  

 

Publicado por JOQUIVESA en 10:17

1/06/26

Epifanía del Señor

Solemnidad de la Epifanía del Señor.

Evangelio (Mt 2,1-12)

Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos Magos llegaron de Oriente a Jerusalén preguntando:

— ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.

Al oír esto, el rey Herodes se inquietó, y con él toda Jerusalén. Y, reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les interrogaba dónde había de nacer el Mesías.

— En Belén de Judá — le dijeron —, pues así está escrito por medio del Profeta:

Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel.

Entonces, Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó cuidadosamente por ellos del tiempo en en que había aparecido la estrella; y les envió a Belén, diciéndoles:

— Id e informaos bien acerca del niño; y cuando lo encontréis, avisadme para que también yo vaya a adorarle.

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en marcha. Y entonces, la estrella que habían visto en el Oriente se colocó delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Y, después de recibir en sueños aviso de no volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino.

Comentario del Evangelio

En la solemnidad de la Epifanía del Señor, la Iglesia celebra con gozo la manifestación de Jesús como Hijo de Dios, que ha nacido para traer al mundo la Salvación. En el marco del tiempo de la Navidad en el que nos encontramos, la Adoración de los Magos al Niño nos ofrece otra posibilidad más para seguir penetrando en el misterio de quién es ese niño que nació en una aldea recóndita de Israel hace veinte siglos y que, sin embargo, continúa brillando con una luz que no se puede apagar en los corazones de tantas personas.

En el evangelio de hoy hay un elemento que llama poderosamente la atención: la estrella que guía a los Magos desde Oriente hasta Belén. Los intentos de identificar esta estrella como un cometa o como una conjunción de astros no han dado resultados satisfactorios. Según ideas difundidas en la época, el nacimiento de los personajes importantes estaba relacionado con ciertos movimientos de los astros. Dios pudo valerse de esas nociones para conducirles hasta Jesucristo. En esa perspectiva, el sentido del pasaje es claro: los magos comienzan su itinerario desde la revelación de Dios en la naturaleza, la estrella, pero tienen que pasar por la revelación en las Escrituras de Israel (En Belén de Judá — le dijeron —, pues así está escrito por medio del Profeta) para encontrar al verdadero Dios.

En cualquier caso, la luz propia y el movimiento de esta estrella condujo a los Magos hasta Jesús, como solemos representarla en los nacimientos. Más adelante, después de sortear las argucias de Herodes, los Magos por fin encontraron al Niño con su Madre, y la estrella pasó a un segundo plano pues su misión ya había sido completada. Lo que ahora tenían delante los Magos ya no era un elemento cósmico espectacular, sino un sencillo niño –en apariencia normal y corriente– ante el que se postraron y le ofrecieron oro, incienso y mirra.

Si escucháramos este relato por primera vez, seguro que nos sorprendería la diferencia tan grande que hay entre el medio empleado por los Magos (la estrella que les acompaña y les guía) y el fin que logran (encontrar a un niño). Precisamente, esta diferencia sustancial nos puede ayudar a introducirnos más en el misterio de quién sería ese Niño que viene precedido, no solo de un astro brillante, sino también de numerosas profecías que hablaban ya de Él.

Los Magos, como escribía san León Magno, representan a toda la humanidad, que desde aquel momento recibió la llamada a la Salvación precisamente a través de ese pequeño Niño: «Que todos los pueblos vengan a incorporarse a la familia de los patriarcas, y que los hijos de la promesa reciban la bendición de la descendencia de Abrahán (…). Que todas las naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del universo, y que Dios sea conocido, no ya sólo en Judea, sino también en el mundo entero, para que por doquier sea grande su nombre en Israel».

La estrella, con su luz y su movimiento, precedió al Niño, que es la Luz y el Movimiento en sí mismo, porque «todo se hizo por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho» (Jn 1,3).

La experiencia de acudir a un lugar tranquilo, de noche, en un día despejado, acomodarse para mirar hacia arriba con paz y contemplar el firmamento durante un momento nos llena de paz. Aunque no se tengan demasiadas nociones de astronomía, es fácil quedarse embelesado con la cantidad de luces que brillan en el cielo. Mirar las estrellas nos puede ayudar a salir de nuestros asuntos cotidianos, a los que con frecuencia concedemos demasiada importancia.

Sin embargo, aunque mirar al cielo puede ayudarnos a despertar, la verdadera estrella del mundo y de la historia, la que es origen y da sentido a las demás, está mucho más cercana a nosotros de lo que lo están los demás astros del firmamento. Jesús, en el pesebre o en brazos de su Madre, desea llenarnos con su luz, que nunca se apaga, para que también nosotros podamos ser estrellas que le ayuden a llenar el mundo y la historia con su claridad. Y esto es lo que celebramos en la fiesta de hoy y en todo el tiempo de Navidad, que Dios se ha hecho hombre para salvarnos, por pura gratuidad de su amor.

Fuente: opusdei.org

Publicado por JOQUIVESA en 10:08

Rey de reyes

Enrique García-Máiquez

El Rey de reyes, película basada en La vida de Jesucristo de Charles Dickens, adapta la obra con grandes libertades y profundidad. El film enfatiza la importancia de contar la historia de Cristo como la base de todas las buenas historias, y conserva el amor de un padre por sus hijos, según explica su prologuista.
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Como es la mañana de Reyes, precisamente, y usted no tendrá mucho tiempo para articulitos (de prensa), esta columna se puede leer en versión abreviada: regálense ver con sus hijos, nietos y/o sobrinos la película El Rey de reyes. Ya está.
Vayamos con la versión larga, por si incluso hoy me regalan unos minutos más. El Rey de reyes está inspirada en el libro La vida de Jesucristo, que escribió Charles Dickens, nada menos, para leérselo a sus hijos entre 1846 y 1849. “Siento gran impaciencia por que sepáis algo de la historia de Jesucristo, pues todos deberían conocerla”, es la primera frase. La vida la cuenta sin casi ninguna originalidad ni adornos, porque era para sus hijos. Tanto que la obra no podía publicarse por expreso deseo del escritor mientras viviese alguno de ellos. Sólo tras la muerte de sir Henry Dickens, en 1933, fuimos admitidos en la fiesta, que ahora el director y guionista Seong-ho Jang ha redoblado.
Conozco bien el libro, porque me cupo el honor de prologar la edición española de Renacimiento. Estoy, por tanto, en condiciones de decir que la adaptación del surcoreano es estupenda, tanto por lo que respeta de Dickens como por lo que le añade. ¿Añade? Sí, bastante. Para empezar el título, El Rey de reyes, que es un homenaje (quizá involuntario pero providencial) al centenario de la encíclica Quas Primas, que el papa Pío XI dedicó a Cristo Rey. Al hijo de Dickens en la película le obsesionan los caballeros de la Tabla Redonda y el rey Arturo. Dickens reconduce su pasión hacia el Rey más verdadero, con sus tres Reyes Magos, por supuesto, y el malvado rey Herodes; y le explica muy bien –C.S. Lewis y J.R.R. Tolkien aplaudirían– que las mejores historias se inspiran en ésta. Queda clarísimo, por otra parte, el anhelo de los niños de todos los tiempos por los grandes relatos.
Otro añadido metaliterario es que cinematográficamente se resuelve muy bien cómo y cuánto se mete el niño (y el padre) en la historia de Jesús. Así hay que leer, como un personaje más.
Del original de Dickens se conserva lo más importante. El amor de un padre por sus hijos y la certeza de que les regala lo mejor que puede ofrecerles. El empeño dickensiano de dar a conocer, enseñar a amar y animar a imitar a Cristo pasó del corazón del escritor al libro, y ahora palpita en la pantalla.
Fuente: diariodecadiz.es
Publicado por JOQUIVESA en 10:02

1/05/26

La paz añorada

Juan Luis Selma

Tendríamos que ser nosotros sembradores de paz y de alegría por donde quiera que pasemos. Dar paz y, para esto, tenerla.

No es fácil conjugar el ritmo de las doce campanadas del Año Nuevo tomando las uvas y expresando deseos; podemos atragantarnos. Yo nunca lo consigo, por lo que prefiero hacerlo en el silencio de la meditación. ¿Cuál sería el deseo estrella? Salud y bienestar, prosperidad, autenticidad y humanidad, paz y armonía familiar, estabilidad, amor…

Es curioso, pero algunas encuestas subrayan que entre los propósitos del nuevo año está el de reducir el tiempo dedicado al móvil; una de ellas afirma que es el deseo del 75% de los ciudadanos. En mi prospección personal he detectado que lo que más deseamos es la paz. Así lo manifestaba un niño: “Le pediría al Niño Jesús por la paz”. Es lo que más valoro: tener paz y que me dejen en paz.

Tuve la oportunidad de escuchar a un famoso cardenal afirmar, en un ambiente selecto, que le era muy difícil augurar la paz y la esperanza a sus fieles. Los cristianos son minoría en su país multicultural; las convicciones de las mayorías son antagónicas. Humanamente, allí la paz es imposible. El gen dominante la imposibilita. ¡Qué pena vivir eternamente en guerra, en conflicto perenne!

Cuando las razones e ideas no tienen alma ni corazón, cuando los argumentos están por encima de las personas, cuando las convicciones pesan más que el amor, la paz es imposible. En la tierra del cardenal citado, conociendo a Jesús, lo han rechazado, y Él es nuestra paz.

Dice san Pablo en la carta a los Efesios: “Ahora, sin embargo, por Cristo Jesús, vosotros, que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo. En efecto, Él es nuestra paz: el que hizo de los dos pueblos uno solo y derribó el muro de la separación, la enemistad, anulando en su carne la ley decretada en los mandamientos. De ese modo creó en sí mismo, de los dos, un hombre nuevo, estableciendo la paz y reconciliando a ambos con Dios en un solo cuerpo, por medio de la cruz, dando muerte en sí mismo a la enemistad. Y en su venida os anunció la paz a vosotros, que estabais lejos, y también la paz a los de cerca, pues por Él unos y otros tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu”.

Cuando uno está inspirado se suele decir que “está sembrado”. La figura del sembrador nos es familiar: el labrador que lleva en un costal la buena semilla y la va derramando a manos llenas. Así tendríamos que ser nosotros: sembradores de paz y de alegría por donde quiera que pasemos. Dar paz y, para esto, tenerla.

Comienza el Año litúrgico con la celebración de Santa María, Madre de Dios. Ponemos el año que vamos a desgastar en manos de María; al menos, es lo que yo he hecho. Después de la última campanada le he dicho a la Virgen que nos acompañe, que nos regale un caminar seguro, que nos proteja. Seguro que la que es Madre de Dios nos lo consigue.

En el mensaje del primero de Año nos dice León XIV: “Ya sea que tengamos el don de la fe, o que nos parezca que no lo tenemos, queridos hermanos y hermanas, ¡abrámonos a la paz! Acojámosla y reconozcámosla, en vez de considerarla lejana e imposible. Antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino. Aunque sea combatida dentro y fuera de nosotros, como una pequeña llama amenazada por la tormenta, cuidémosla sin olvidar los nombres y las historias de quienes nos han dado testimonio de ella”.

La paz interior, la personal, es la que garantiza la paz social. Jacques Philippe nos da cinco consejos:

  1. “Cuanto más crece nuestra confianza en Dios, más crece nuestra paz interior”.
  2. “Si acogemos el momento presente con fe y amor, encontraremos en abundancia la presencia de Dios y todos los dones que necesitamos”.
  3. “Dios no nos ama porque seamos perfectos, sino porque somos sus hijos”.
  4. “La gratitud nos ayuda a vivir con alegría y a reconocer la presencia de Dios en nuestra vida”.
  5. “Sin tiempo de silencio y de oración, la vida se desordena y nos dispersa. Solo en la relación con Dios encontramos la verdadera unidad interior”.

Vamos a hacer posible la paz, al menos en nuestro entorno, así la paz será posible. Feliz Año.

Fuente: eldiadecordoba.es

Publicado por JOQUIVESA en 11:45

1/04/26

El fundamento de nuestra esperanza es la encarnación de Dios

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En este segundo domingo después de la Natividad del Señor, deseo en primer lugar renovar mis felicitaciones a todos ustedes. Pasado mañana, con el cierre de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, concluiremos el Jubileo de la esperanza, y es precisamente el Misterio de la Navidad, en el que estamos inmersos, el que nos recuerda que el fundamento de nuestra esperanza es la encarnación de Dios. El Prólogo de Juan, que también la liturgia nos propone hoy, nos lo recuerda: «Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). La esperanza cristiana, en efecto, no se basa en previsiones optimistas o cálculos humanos, sino en la decisión de Dios de compartir nuestro camino, para que nunca estemos solos en la travesía de la vida. Esta es la obra de Dios: en Jesús se hizo uno de nosotros, eligió estar con nosotros, quiso ser para siempre el Dios-con-nosotros.

La venida de Jesús en la debilidad de la carne humana, si por una parte reaviva en nosotros la esperanza, por otra nos confía un doble compromiso, uno hacia Dios y el otro hacia el ser humano.

Hacia Dios, porque si Él se hizo carne, si eligió nuestra humana fragilidad como su morada, entonces siempre estamos llamados a pensar en Dios a partir de la carne de Jesús y no desde una doctrina abstracta. Por eso, siempre debemos verificar nuestra espiritualidad y las formas en las que expresamos la fe, para que sean realmente encarnadas, es decir, capaces de pensar, rezar y anunciar al Dios que viene a nuestro encuentro en Jesús; no un Dios distante que habita en un cielo perfecto sobre nosotros, sino un Dios cercano que habita nuestra tierra frágil, se hace presente en el rostro de los hermanos, se revela en las situaciones de cada día.

Hacia el ser humano, nuestro compromiso debe ser igualmente coherente. Si Dios se ha hecho uno de nosotros, toda criatura humana es un reflejo suyo, lleva en sí su imagen, conserva un destello de su luz; y esto nos llama a reconocer en cada persona su dignidad inviolable y a ejercitarnos en el amor mutuo unos hacia otros. De este modo, la encarnación nos pide también un compromiso concreto por la promoción de la fraternidad y de la comunión, para que la solidaridad sea el criterio de las relaciones humanas; por la justicia y por la paz; por el cuidado de los más frágiles y la defensa de los débiles. Dios se hizo carne, por eso no hay un culto auténtico hacia Dios sin el cuidado de la carne humana.

Hermanos y hermanas, que la alegría de la Navidad nos anime a continuar nuestro camino, mientras pedimos a la Virgen María que nos haga cada vez más disponibles para servir a Dios y al prójimo.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Deseo expresar nuevamente mi cercanía a quienes están sufriendo por la tragedia ocurrida en Crans-Montana, Suiza. Aseguro mis oraciones por los jóvenes fallecidos, por los heridos y por sus familiares.

Sigo con gran preocupación la evolución de la situación en Venezuela. El bien del querido pueblo venezolano debe prevalecer por encima de cualquier otra consideración y llevar a superar la violencia y emprender caminos de justicia y paz, garantizando la soberanía del país, asegurando el estado de derecho inscrito en la Constitución, respetando los derechos humanos y civiles de todos y cada uno, y trabajando para construir juntos un futuro sereno de colaboración, estabilidad y concordia, con especial atención a los más pobres que sufren a causa de la difícil situación económica. Rezo y los invito a rezar por estas intenciones, confiando nuestra oración a la intercesión de Nuestra Señora de Coromoto y de los santos José Gregorio Hernández y sor Carmen Rendiles.

Saludo con afecto a todos ustedes, romanos y peregrinos de diversos países, en particular a los que vienen desde Eslovaquia y Zagreb; a los monaguillos de la Catedral de Gozo (Malta) y a la comunidad del Seminario diocesano de Fréjus-Toulon, en Francia.

Saludo al grupo del Oratorio de Pugliano en Ercolano, a las familias y a los agentes pastorales de Postomia y Porcellengo, a los fieles de Sant’Antonio Abate, de Torano Nuovo y de Collepasso; así como a los profesores del Instituto Rocco-Cinquegrana de Sant’Arpino, a los scouts de la provincia de Módena y de Roccella Jonica, a los confirmandos de Ula Tirso y Neoneli, y a los de Trescore Balneario.

Queridos hermanos, sigamos teniendo fe en el Dios de la paz: recemos y seamos solidarios con las poblaciones que sufren a causa de las guerras. ¡Les deseo un feliz domingo a todos!.

Fuente: vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 20:15

1/03/26

En el principio era el Verbo

2.º domingo después de Navidad

Evangelio (Jn 1,1-18)

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.

Él estaba en el principio junto a Dios.

Todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.

Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran.

No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz.

El Verbo era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo.

En el mundo estaba, y el mundo se hizo por él, y el mundo no le conoció.

Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron.

Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios.

Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria,

gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él y clama:

“Éste era de quien yo dije: ‘El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo’”.

Pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia.

Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás; el Unigénito, Dios, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer.

Comentario al Evangelio

En estas fiestas de Navidad estamos meditando con gozo los relatos, llenos de colorido, con que los Evangelios nos hablan del nacimiento de Jesús. Pero también se presentan a nuestra consideración textos como el de hoy, que nos invita a elevarnos por encima de los detalles anecdóticos y pintorescos, para contemplar lo que implica el misterio del Nacimiento de Jesucristo y comprender mejor su significado y las consecuencias que tiene para nuestra vida. Estamos ante un texto admirable, donde se sintetizan armónicamente los fundamentos de nuestra fe.

“En el principio existía el Verbo”: El Verbo (o la Palabra) no es una criatura, sino alguien que existía desde toda la eternidad. “Y el Verbo estaba junto a Dios (ho Theós)”: se trata, pues, de una persona distinta de aquella a la que en el texto griego se denomina ho Theós, con artículo, y que se refiere al Padre, origen de todo. Pero esa persona, distinta del Padre, también desde el principio “era Dios” (v. 1), compartía su misma naturaleza. El texto del Evangelio nos va introduciendo así en la intimidad de la Trinidad: una única naturaleza divina, en la que hay una distinción de personas. De momento, se nos habla de aquella de la que todo procede (ho Theós), y del Verbo.

A continuación, rememorando el capítulo primero del libro del Génesis, el relato de la creación del mundo en siete días, se explicita lo que allí se decía de modo sencillo, pero muy profundo. En ese relato, cada uno de los días se inicia así: “Dijo Dios… (haya luz, haya firmamento, brote la tierra hierba verde, etc.)”, y lo que Dios dice, inmediatamente se hace: “y así fue”. Es decir, Dios crea todo cuanto existe articulando su Palabra, mediante su Verbo. Por eso ahora se indica que “todo se hizo por él (por el Verbo), y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho” (v.3).

Pues bien, y aquí está lo más grandioso de lo que Dios quiso hacer en la plenitud de los tiempos, la novedad sorprendente e inaudita, “el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (v. 14a). Esa persona divina que es el Verbo asumió una naturaleza humana, de modo que, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre, como cada uno de nosotros. Se encarnó en una persona concreta y tangible: Jesús. Las palabras del evangelio de Juan tienen toda la fuerza del testigo ocular: “hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (v.14b). “No es la palabra erudita de un rabino o de un doctor de la ley –señala Benedicto XVI–, sino el testimonio apasionado de un humilde pescador que, atraído en su juventud por Jesús de Nazaret, en los tres años de vida común con él y con los demás Apóstoles, experimentó su amor –hasta el punto de definirse a sí mismo ‘el discípulo al que Jesús amaba’–, lo vio morir en la cruz y aparecerse resucitado, y junto con los demás recibió su Espíritu. De toda esta experiencia, meditada en su corazón, san Juan sacó una certeza íntima: Jesús es la Sabiduría de Dios encarnada, es su Palabra eterna, que se hizo hombre mortal”.

Todo esto nos muestra, como lo hace notar san Josemaría, que “el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima”.

En todos los momentos de su vida, también como niño en el pesebre de Belén, Jesús nos da a conocer la bondad, sabiduría, misericordia, ternura y grandeza de Dios. “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Unigénito, Dios, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer” (v. 18).

Fuente: opusdei.org

Publicado por JOQUIVESA en 11:55
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