2/28/22

“Carta de preocupación fraternal del presidente del episcopado sobre el «camino sinodal» alemán”

El presidente de los obispos polacos remite al presidente de los obispos alemanes  

Estimado Obispo Georg,

La Iglesia Católica en Alemania y en Polonia están unidas por más de mil años de historia común. Ella surge del depósito de la fe apostólica en Jesucristo que, puesta en manos de San Pedro, fue transmitida a los sucesores de los apóstoles -los obispos- que dirigen, enseñan y santifican las distintas Iglesias locales. «Así pues, te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos. Todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo» (Mt 16,18-19).

Esta comunión de fe se expresa claramente en las figuras de los santos que veneran tanto los católicos polacos como los alemanes. Pienso en San Bruno de Querfurt, Santa Eduviges de Silesia, Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) y San Maximiliano María Kolbe. De particular importancia en nuestras relaciones es también el intercambio de cartas sobre el perdón que marcan el inicio de un importante y muy necesario proceso de reconciliación, tras las difíciles experiencias de la Segunda Guerra Mundial. Tanto Karol Wojtyla como el beato cardenal Stefan Wyszyński lo apoyaron. En años posteriores encontró su expresión concreta en el apoyo espiritual y material que recibimos de los católicos alemanes durante el periodo comunista en nuestra patria.

Por todas estas razones, la Iglesia Católica en Alemania me resulta muy cercana y muy importante. Teniendo en cuenta esta comunión de fe y de historia entre Polonia y Alemania, quisiera expresarle mi profunda preocupación e inquietud por las informaciones que me han llegado recientemente de algunas esferas de la Iglesia católica en Alemania. Por ello, con espíritu de caridad cristiana, me tomo la libertad de dirigirle -como Presidente de la Conferencia Episcopal Alemana- esta carta, llena de atención fraterna y con espíritu de responsabilidad compartida por el depósito de la santa fe apostólica que nos ha confiado Cristo.

Como pastores de la Iglesia, somos conscientes de que en el mundo se libra una batalla espiritual. «Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los gobernantes de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos de los cielos» (Ef 6,12). Cristo ganó la victoria sobre Satanás y es responsabilidad de la Iglesia hacer realidad esa victoria en el mundo. Permítame, querido hermano en el episcopado, compartir mi inquietud sobre la validez de las afirmaciones hechas por algunos círculos de la Iglesia católica en Alemania, especialmente en el contexto del «camino sinodal».

 

La tentación de buscar la plenitud de la verdad fuera del Evangelio

La Iglesia católica de Alemania es importante en el mapa de Europa y soy consciente de que irradiará su fe o su incredulidad a todo el continente. Por lo tanto, veo con inquietud las acciones del «camino sinodal» alemán hasta ahora. Observando sus frutos, se tiene la impresión de que el Evangelio no siempre es la base de la reflexión. Esto ha ocurrido a lo largo de la historia. Basta pensar en la llamada Biblia de Jefferson (T. Jefferson, The Life and Morals of Jesus of Nazareth, Rough Draft Printing, 2015). El presidente norteamericano afirmó con firmeza que los Evangelios contienen frases sumamente sabias y elevadas, que sin duda provienen directamente de Jesús, pero también frases necias y triviales, que deben provenir de apóstoles incultos. Convencido de que tenía el criterio para distinguir una frase de otra, decidió hacerlo con unas tijeras. Así se compuso un apócrifo moderno que, según su autor, es mejor que el original. No se puede excluir que el proprium christianum -lo que es característico del cristianismo- se exprese precisamente en estos fragmentos más difíciles de la Biblia que caen bajo la «tijera de Jefferson».

La tentación de creer en la infalibilidad de las ciencias sociales

Una de las tentaciones de la Iglesia actual es comparar constantemente las enseñanzas de Jesús con los avances actuales de la psicología y las ciencias sociales. Si algo en el Evangelio no concuerda con el estado actual de los conocimientos en estas ciencias, los discípulos, queriendo salvar al Maestro de quedar comprometido a los ojos de sus contemporáneos, intentan «actualizar» el Evangelio. La tentación de «modernizar» concierne de manera particular al ámbito de la identidad sexual. Se olvida, sin embargo, que el estado del conocimiento científico cambia con frecuencia y a veces de forma dramática, por ejemplo, debido a los cambios de paradigma. La mutabilidad es inherente a la propia naturaleza de la ciencia, que sólo dispone de un fragmento de todo el conocimiento posible. Descubrir los errores y analizarlos es el motor del progreso de la ciencia.

Sin embargo, algunos errores científicos han tenido consecuencias dramáticas. Basta pensar en teorías científicas como el racismo y la eugenesia. Basándose en los últimos avances científicos, el Congreso de Estados Unidos aprobó en 1924 la Ley de Origen Nacional, que imponía cuotas migratorias restrictivas a las personas del sur y centro de Europa y prohibía casi por completo la inmigración asiática. La razón principal era la creencia de que pueblos como los italianos y los polacos, por ejemplo, eran racialmente inferiores.

Por otra parte, basándose en los conocimientos de la eugenesia, se calcula que en el siglo XX se esterilizó por la fuerza a unas 70.000 mujeres pertenecientes a minorías étnicas en Estados Unidos (cf. G. Consolmagno, «Covid, fede e fallibilità della scienza», La Civiltà Cattolica 4118, pp. 105-119). En este caso y en otros, se habla de los llamados «errores científicos». Junto a ellos, sin embargo, hay también «falacias ideológicas». Estas subyacen, por ejemplo, en el cambio de actitud hacia la sexualidad que se observa actualmente (J. A. Reisman, E. W. Eichel, Kinsey, Sex and Fraud: The Indoctrination of a People, Huntington House Publication, Lafayette 1990; J. Colapinto, As Nature Made Him. The Boy Who Was Raised as a Girl, Harper Perennial, Nueva York-Londres-Toronto-Sydney 2006).

El proceso de desarrollo del conocimiento no se detiene con nuestra generación. Las generaciones que vengan después de nosotros también tendrán que dejar de lado los libros de, por ejemplo, psicología o ciencias sociales, que hoy se consideran infalibles. ¿Cómo debe responder entonces la Iglesia al estado actual del conocimiento científico para no repetir el error que cometió con Galileo? Se trata de un serio desafío intelectual que debemos asumir, apoyándonos en la Revelación y en los sólidos logros de la ciencia.

La tentación de vivir con un complejo de inferioridad

Soy consciente de que los católicos -no sólo en Alemania, sino también en Polonia- viven actualmente bajo la presión de la opinión pública, que hace que muchos de ellos sufran una especie de complejo de inferioridad. Los discípulos de Cristo en general, escribe el Papa Francisco, se ven hoy amenazados por «una especie de complejo de inferioridad que les lleva a relativizar u ocultar su identidad y sus convicciones cristianas. (…) Acaban ahogando la alegría de la misión con una especie de obsesión por ser como los demás y poseer lo que todos poseen» (Evangelii gaudium, 79).

El Papa Francisco, en un discurso al personal de la Curia Romana, subrayó que hoy en Europa ya no vivimos en un «sistema cristiano» (Francisco, Saludo de Navidad a la Curia Romana, 21 dic. 2019). El mundo se ha vuelto más pluralista en muchos aspectos. Una fuente importante de este cambio en el Viejo Continente es «una profunda crisis de fe que ha afectado a muchas personas». La fe «ya no es un presupuesto evidente de la vida social; de hecho, la fe es a menudo rechazada, ridiculizada, marginada y ridiculizada».

Lamentablemente, «el dios de este mundo ha cegado la mente de muchos» (2 Cor 4,4). No soportan la sana doctrina, sino que multiplican los maestros según sus propios deseos (cf. 2 Tm 4,3). De ahí la validez de la advertencia a los romanos: «No os conforméis a este tiempo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que es agradable y lo que es perfecto» (Rm 12,2).

Fieles a la doctrina de la Iglesia, no debemos ceder a las presiones del mundo ni a los patrones de la cultura dominante, ya que esto puede conducir a la corrupción moral y espiritual. Evitemos la repetición de eslóganes desgastados y de reivindicaciones estándar como la abolición del celibato, el sacerdocio de las mujeres, la comunión de los divorciados y la bendición de las uniones entre personas del mismo sexo. La «actualización» de la definición de matrimonio en la Carta de Derechos Fundamentales de la UE no es razón para alterar el Evangelio.

La tentación del pensamiento corporativo

Soy consciente de que la Iglesia en Alemania está perdiendo constantemente sus fieles y el número de sacerdotes disminuye año tras año. Por ello, está buscando formas de mantener a los fieles con ella y de animar a los jóvenes a elegir el sacerdocio. Sin embargo, al hacerlo, parece enfrentarse al riesgo del pensamiento corporativo: «no hay suficientes empleados, así que bajemos los criterios de contratación». De ahí que la exigencia de abolir la obligación del celibato sacerdotal se incluyera en el texto «Compromiso con el celibato en el ministerio sacerdotal», que tuvo su primera lectura en la asamblea del «camino sinodal» de Fráncfort del Meno el 4 de febrero. La respuesta a la cuestión de la relación entre la exigencia del celibato sacerdotal y el número de vocaciones ya fue dada por San Pablo VI: «No es fácil creer que la abolición del celibato eclesiástico aumentaría considerablemente el número de vocaciones sacerdotales: la experiencia contemporánea de aquellas Iglesias y comunidades eclesiales que permiten a sus ministros casarse parece demostrar lo contrario» (Sacerdotalis celibatus, 49).

Las causas de la crisis están en otra parte. Los clérigos nos hemos convertido a menudo en poco más que expertos en políticas sociales, migratorias y medioambientales, lo que ciertamente no requiere una vida de celibato. Sin embargo, Cristo -como señala el Papa Francisco- no necesita clérigos obsesivamente preocupados por su tiempo libre y que sientan «una necesidad imperiosa de custodiar su libertad personal, como si la tarea de evangelización fuera un veneno peligroso y no una respuesta gozosa al amor de Dios que nos convoca a la misión» (Evangelii gaudium, 81). Los fieles merecen sacerdotes que se pongan plenamente a disposición de Cristo. Cristo llama a los discípulos «a estar con él» (Mc 3,14). Lo que atrae a la gente a la Iglesia y al sacerdocio no es otra oferta de vida fácil, sino el ejemplo de una vida totalmente consagrada a Dios.

En este contexto, el «camino sinodal» alemán retomó también la cuestión de la ordenación de las mujeres al votar el texto «Las mujeres en los ministerios y oficios de la Iglesia» en Frankfurt am Main el 4 de febrero. San Juan Pablo II zanjó definitivamente esta cuestión. «Para que se disipe toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que pertenece a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar a los hermanos (cf. Lc 22,32) declaro que la Iglesia no tiene autoridad alguna para conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres y que este juicio debe ser mantenido definitivamente por todos los fieles de la Iglesia» (Juan Pablo II, Ordinatio Sacerdotalis, 4).

Esto ha sido recordado repetidamente por el Papa Francisco «en lo que respecta a la ordenación de mujeres, la Iglesia ha hablado y ha dicho: ‘No’. Lo dijo Juan Pablo II, pero con una formulación definitiva. Esa puerta está cerrada, pero en este tema, quiero decirles algo. Lo he dicho, pero lo repito. La Virgen, María, era más importante que los Apóstoles, que los obispos, los diáconos y los sacerdotes. Las mujeres, en la Iglesia, son más importantes que los obispos y los sacerdotes» (Francisco, Conferencia de prensa durante el vuelo de regreso de Río de Janeiro a Roma, 28.07.2013).

En el mundo moderno, la igualdad se malinterpreta a menudo y se equipara con la uniformidad. Toda diferencia es tratada como un signo de discriminación. Además, el sacerdocio es a menudo malinterpretado como una fuente de dominación y una carrera eclesiástica en lugar de un servicio humilde. Juan Pablo II, en su enseñanza sobre el sacramento del Orden reservado a los hombres, se refirió a la propia voluntad de Cristo y de la Tradición, al tiempo que señalaba la «complementariedad de los sexos».

Las mujeres tuvieron un papel muy importante en la vida de Jesús; junto a Santiago y Juan, tenemos a María y Marta. Ellas fueron las primeras testigos de la Resurrección. Por último, tenemos a la Santísima Virgen María, sin cuyo consentimiento no se habría producido el misterio de la Encarnación y de quien Jesús aprendió a ser humano. Aunque Cristo violó los cánones aceptados en la sociedad judía sobre la relación entre hombres y mujeres, como en su conversación con la samaritana, no dejó la menor duda de que el sacerdocio era una vocación exclusivamente masculina (cf. Mulieris dignitatem, 26; Ordinatio Sacerdotalis, 2). Sin embargo, esto no ha impedido que las mujeres desempeñen en la Iglesia funciones tan importantes, y a veces quizá más, que las de los hombres. La lista de mujeres santas que han influido significativamente en el destino de la Iglesia es larga. Incluye a Santa Hildegarda de Bingen, Santa Catalina de Siena, Santa Eduviges, Reina de Polonia, Santa Teresa de Ávila y Santa Faustina.

Además, en uno de los cuatro foros del «camino sinodal» se votó un documento de trabajo titulado «Vivir en relaciones exitosas», que respalda la práctica errónea y escandalosa de bendecir las relaciones entre personas del mismo sexo e intenta cambiar la enseñanza de la Iglesia sobre el pecado de los actos homosexuales.

El Catecismo distingue claramente entre las inclinaciones homosexuales y los actos entre personas del mismo sexo. Enseña el respeto a todo ser humano independientemente de su inclinación, pero condena inequívocamente los actos entre personas del mismo sexo como actos contra natura (cf. Rom 1,24-27; 1 Cor 6,9-10).

A pesar del clamor, el ostracismo y la impopularidad, la Iglesia católica -fiel a la verdad del Evangelio y al mismo tiempo motivada por el amor a todo ser humano- no puede callar y consentir esta falsa visión del hombre, y mucho menos bendecirla o promoverla.

La inadmisibilidad de bendecir a las parejas del mismo sexo fue reiterada por la Congregación para la Doctrina de la Fe en una carta fechada el 22 de febrero de 2021:

 

«Por consiguiente, para que sea conforme a la naturaleza de los sacramentales, cuando se invoca una bendición sobre relaciones humanas particulares, además de la recta intención de quienes participan, es necesario que lo que se bendice esté objetiva y positivamente ordenado a recibir y expresar la gracia, según los designios de Dios inscritos en la creación y plenamente revelados por Cristo el Señor. Por tanto, sólo son congruentes con la esencia de la bendición impartida por la Iglesia aquellas realidades que están en sí mismas ordenadas a servir a esos fines. Por esta razón, no es lícito impartir la bendición sobre relaciones, o parejas, incluso estables, que implican una actividad sexual fuera del matrimonio (es decir, fuera de la unión indisoluble de un hombre y una mujer abierta en sí misma a la transmisión de la vida), como es el caso de las uniones entre personas del mismo sexo» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Responsum a un dubium sobre la bendición de las uniones de personas del mismo sexo).

La tentación de sucumbir a la presión

La crisis de la Iglesia en Europa hoy en día es principalmente una crisis de fe. Para hablar de Dios, primero hay que hablar con Dios, que vive en lo más profundo de nuestro corazón, donde saboreamos la verdad (R. Sarah, Służyć prawdzie [Servir a la verdad], Editorial de las Hermanas de Loreto, Varsovia 2021, p. 148). La crisis de fe es una de las razones por las que la Iglesia experimenta dificultades a la hora de proclamar una doctrina teológica y moral clara.

La autoridad del Papa y de los obispos es más necesaria cuando la Iglesia atraviesa un momento difícil y cuando se ve presionada a apartarse de las enseñanzas de Jesús. Cuando vive dramas como los que vivieron los cristianos de Galacia. Es necesario proclamar con fuerza: «Pero no hay otro Evangelio: sólo hay algunos que siembran la confusión entre vosotros y quieren torcer el Evangelio de Cristo» (Gal 1,7).

Pablo VI, presionado por su posición sobre la anticoncepción expresada en la encíclica Humanae vitae, escribió:

«¿Hay que rebajar la ley moral al nivel de lo que la gente hace habitualmente, y reducir así la Moral al nivel de la moral (que, por cierto, mañana puede ser aún peor que hoy, y a dónde llegaremos entonces)? O, por el contrario, ¿es necesario mantener un ideal de alto nivel, aunque sea difícil de alcanzar, aunque la persona común se sienta incapaz de alcanzarlo, o culpable? Creo que junto con todos los sabios, héroes y santos, diría: todos los verdaderos amigos de la naturaleza humana y de la verdadera felicidad humana (creyentes y no creyentes), aunque protesten y se resistan, agradecerán en su corazón a la autoridad que tenga la suficiente luz, fuerza y confianza para no rebajar el ideal. Nunca los profetas de Israel o los apóstoles de la Iglesia aceptaron rebajar el ideal, nunca suavizaron el concepto de perfección, nunca intentaron reducir la distancia entre el ideal y la naturaleza. Nunca estrecharon el concepto de pecado, al contrario» (Pablo VI, en: J. Guitton, Diálogos con Pablo VI, Poznań 1969, p. 296).

En una línea similar, el Papa Francisco escribió:

«Puesto que la fe es una, debe ser profesada en toda su pureza e integridad. Precisamente porque todos los artículos de la fe están interconectados, negar uno de ellos, incluso de los que parecen menos importantes, equivale a distorsionar el conjunto. Cada época de la historia puede encontrar tal o cual punto de la fe más fácil o más difícil de aceptar: de ahí la necesidad de vigilar que el depósito de la fe se transmita en su totalidad (cf. 1 Tm 6,20) y que se resalten debidamente todos los aspectos de la profesión de fe. En efecto, en la medida en que la unidad de la fe es la unidad de la Iglesia, sustraer algo a la fe es sustraer algo a la veracidad de la comunión» (Lumen fidei, 48).

Querido hermano en el episcopado,

Nuestra actitud ante el mundo no puede ser en principio negativa, pues Cristo no vino a condenar al mundo, sino a salvarlo (cf. Jn 12,47). Dios no quiere que el pecador muera, sino que se arrepienta y viva (cf. Ez 33,11). Tenemos la tarea de encontrar formas eficaces de llamar a la gente a la conversión. En esto consiste también la misericordia de Dios. Jesús, al ver a la multitud, se compadeció de ella, «porque eran como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6,34). Esta frase no significa que en aquel tiempo no hubiera pastores en Israel, a cuyo cuidado estaba confiado el rebaño de Dios. Sin embargo, existía un grave riesgo de que, si los dirigentes fallaban, el pueblo de Dios, es decir, perteneciente a Dios, se dispersara y muchas ovejas se perdieran o fueran presa de las fieras depredadoras.

Sé -hemos hablado de ello durante nuestros encuentros, incluso recientemente en Poznan- que os preocupáis profundamente por la suerte del rebaño que se os ha confiado, y que deseáis que ninguna de las ovejas se extravíe; que cada uno de los fieles que se os han confiado pueda alcanzar la dichosa vida eterna con Cristo.

Por tanto, permítanme concluir con las palabras, citadas al principio de la Carta de San Pablo a los Efesios:

«Por último, sacad vuestra fuerza del Señor y de su gran poder. Revestíos de la armadura de Dios, para que podáis resistir las tácticas del diablo. Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potencias, contra los gobernantes de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos de los cielos. Por lo tanto, revestíos de la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo y, una vez hecho todo, manteneros firmes. Así pues, manteneos firmes con los lomos ceñidos en la verdad, vestidos con la justicia como coraza, y con los pies calzados para el evangelio de la paz. En todas las circunstancias, tened la fe como escudo, para apagar todas las flechas encendidas del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios. Con toda oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu. Para ello, velad con toda perseverancia y súplica por todos los santos y también por mí, para que se me dé la palabra de abrir la boca, para dar a conocer con valentía el misterio del Evangelio del que soy embajador encadenado, para que tenga el valor de hablar como debo» (Ef 6,10-20).

Con expresiones de profundo respeto y saludos fraternales en Cristo,

+ Stanisław Gądecki

Arzobispo Metropolitano de Poznan

Presidente de la Conferencia Episcopal Polaca

Fuente: zenit.org

2/27/22

El Señor nos invita a limpiar nuestra mirada y reflexionar sobre nuestro modo de hablar

 El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de la liturgia de hoy, Jesús nos invita a reflexionar sobre nuestra mirada y sobre nuestro hablar. Mirada y hablar.

Ante todo, nuestra mirada. El riesgo que corremos, dice el Señor, es el de concentrarnos en mirar la brizna de paja en el ojo del hermano sin darnos cuenta de la viga que hay en el nuestro (cfr. Lc 6,41). En otras palabras, estamos muy atentos a los defectos de los demás, incluso a los que son pequeños como una brizna de paja, e ignoramos serenamente los nuestros otorgándoles poco peso. Es verdad lo que dice Jesús: encontramos siempre motivos para culpabilizar a los demás y justificarnos a nosotros mismos. Y muchas veces nos quejamos de las cosas que no funcionan en nuestra sociedad, en la Iglesia, en el mundo, sin cuestionarnos antes a nosotros mismos y sin comprometernos en primer lugar a cambiar -todo cambio fecundo, positivo, debe comenzar por nosotros mismos; de lo contrario, no habrá cambio-. Pero Jesús explica que haciendo esto nuestra mirada es ciega. Y si estamos ciegos no podemos pretender ser guías y maestros para los demás: de hecho, un ciego no puede guiar a otro ciego, dice el Señor (cfr. v. 39).

Queridos hermanos y hermanas, el Señor nos invita a limpiar nuestra mirada. Limpiar nuestra mirada. En primer lugar, nos pide que miremos nuestro interior para reconocer nuestras miserias. Porque si no somos capaces de ver nuestros defectos, tenderemos siempre a exagerar los de los demás. En cambio, si reconocemos nuestros errores y nuestras miserias, se abre para nosotros la puerta de la misericordia. Y, después de que hayamos mirado nuestro interior, Jesús nos invita a mirar a los demás como lo hace Él -este es el secreto: mirar a los demás como lo hace Él-, que no ve antes que nada el mal sino el bien. Dios nos mira así: no ve en nosotros errores irremediables, sino que ve hijos que se equivocan. El punto de vista cambia: no se concentra en los errores, sino en los hijos que se equivocan. Dios distingue siempre la persona de sus errores. Salva siempre la persona. Cree siempre en la persona y está siempre dispuesto a perdonar los errores. Sabemos que Dios perdona siempre. Y nos invita a hacer lo mismo: a no buscar en los demás el mal, sino el bien.

Jesús también nos invita hoy a reflexionar sobre nuestro modo de hablar. El Señor explica que “de la abundancia del corazón habla la boca” (v. 45). Es verdad, por el modo de hablar de alguien enseguida te das cuenta de lo que tiene en el corazón. Las palabras que usamos dicen la persona que somos.

Sin embargo, a veces prestamos poca atención a nuestras palabras y las empleamos de modo superficial. Pero las palabras tienen un peso: nos permiten expresar pensamientos y sentimientos, dar voz a los miedos que sentimos y a los proyectos que queremos realizar, bendecir a Dios y a los demás. Lamentablemente, con la lengua también potemos alimentar los prejuicios, alzar barreras, agredir e incluso destruir; con la lengua podemos destruir a los hermanos: ¡las murmuraciones hieren y la calumnia puede ser más cortante que un cuchillo! Hoy en día, especialmente en el mundo digital, las palabras corren veloces; pero demasiadas vehiculan rabia y agresividad, alimentan noticias falsas y aprovechan los miedos colectivos para propagar ideas distorsionadas. Un diplomático, que fue Secretario General de las Naciones Unidas y ganó el premio Nobel de la Paz, dijo que “abusar de la palabra equivale a despreciar al ser humano” (D. Hammarskjöld, Marcas en el camino, Magnano BI 1992, 131).

Preguntémonos entonces qué tipo de palabras utilizamos: ¿palabras que expresan atención, respeto, comprensión, cercanía, compasión? ¿o más bien palabras cuya finalidad principal es hacernos quedar bien ante los demás? Y además, ¿hablamos con mansedumbre o contaminamos el mundo esparciendo venenos: criticando, lamentándonos, alimentando la agresividad difusa?

Que la Virgen María, cuya humildad miró Dios, la Virgen del silencio a quien ahora rezamos, nos ayude a purificar nuestra mirada y nuestro modo de hablar.


Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

en estos días hemos sido turbados por algo trágico: la guerra. Numerosas veces hemos rezado para que no se emprendiera este camino. No dejemos de orar, es más, supliquemos a Dios con mayor intensidad. Por eso renuevo a todos la invitación a vivir el 2 de marzo, Miércoles de Ceniza, un día de oración y ayuno por la paz en Ucrania; una jornada para estar cerca de los sufrimientos del pueblo ucraniano, para sentirnos todos hermanos e implorar a Dios el final de la guerra.

Quien hace la guerra olvida a la humanidad. No parte de la gente, no mira la vida concreta de las personas, sino que antepone a todo los intereses de parte y de poder. Confía en la lógica diabólica y perversa de las armas, que es la más alejada de la voluntad de Dios. Y se distancia de la gente común, que desea la paz, y que en todo conflicto es -la gente común- la verdadera víctima que paga sobre su propia piel las locuras de la guerra. Pienso en los ancianos, en cuantos buscan refugio en estas horas, en las mamás que huyen con sus niños… Son hermanos y hermanas para los que es urgente abrir corredores humanitarios y que deben ser acogidos.

Con el corazón desgarrado por todo lo que sucede en Ucrania -y no olvidemos la guerra en otros lugares del mundo, como Yemen, Siria, Etiopía…-, repito: ¡que callen las armas! Dios está con los operadores de paz, no con quien emplea la violencia. Porque quien ama la paz, como dice la Constitución Italiana, «repudia la guerra como instrumento de ofensa a la libertad de los demás pueblos y como medio de resolución de las controversias internacionales».

Ayer, en Granada, España, fueron proclamados Beatos el sacerdote Cayetano Giménez Martín y quince compañeros mártires, asesinados in odium fidei en el contexto de la persecución religiosa de los años Treinta del siglo pasado en España. Que el testimonio de estos heroicos discípulos de Cristo suscite en todos el deseo de servir al Evangelio con fidelidad y valentía. Un aplauso para los nuevos beatos.

Saludo especialmente a las niñas Quinceañeras de Panamá; a los jóvenes universitarios de la diócesis de Porto; a los fieles de Mérida-Badajoz y de Madrid, en España; a los de París y los de Polonia; a los grupos de Reggio Calabria, de Sicilia y de la Unidad Pastoral Alta Langa; a los confirmandos de Urgano y a los jóvenes de Petosino, diócesis de Bérgamo.

Un saludo especial a cuantos han venido con ocasión del Día de las Enfermedades Raras, que se celebra mañana: animo a las diversas asociaciones de enfermos y de familiares, así como a los investigadores que trabajan en este campo. ¡Estoy con vosotros!

Saludo a los pueblos aquí presentes. Veo muchas banderas de Ucrania; (en ucraniano): ¡Alabado sea Jesucristo!

Os deseo a todos un feliz domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta la vista.

Fuente: vatican.va

Enamorarse de Dios es el mas grande de los romances

Marilú Ochoa Méndez


Dios es el único que puede saciar la sed de infinito que tenemos cada uno en el corazón. Amarlo profundamente es la mejor meta que podremos plantearnos

Enamorarse es bellísimo. La emoción que dan los primeros encuentros con el ser amado es inigualable.  La primera vez que tomas a esa persona de la mano es casi eléctrica.  Inicias un camino que promete siempre fuegos artificiales.

Todo el día piensas en esa persona, y procuras tener los mayores detalles posibles para hacerle sentir tu amor.

Enamorarse de otra persona, es increíble. Pero… ¿enamorarse de Dios?

¿Cómo enamorarnos de un Dios al que no vemos, que no podemos abrazar, que no podemos mirar a los ojos?

¿Se puede conseguir este estado de alteración emocional con Dios? o ¿a qué tipo de enamoramiento divino puede acceder un ser humano?

¡Que nos lo cuenten quienes lo han vivido!

Veamos qué dicen los santos, hombres y mujeres que han superado su vida terrena y que partieron a la casa del Padre.  Tal vez en sus escritos y experiencias encontremos una respuesta satisfactoria.

Jesús es lo único que llena mi corazón: Agustín

La frase que titula la presente reflexión, es de este hombre del siglo IV después de Cristo. Te la comparto completa: “Enamorarse de Dios es el más grande de los romances, encontrarlo, la mayor de las realizaciones“.

Pero, ¿quién era él para asegurar con tanta certeza algo tan contundente?

Agustín murió siendo obispo de la ciudad de Hipona, en África.  Antes fue sacerdote, y monje, dedicado enteramente a la oración y al estudio de las Escrituras ¡Claro!, me dirás, ¡un religioso!, ¡cómo no se enamoraría de Dios! No te equivoques, él no fue solo eso.

Tiempo atrás de entregarse a Dios, Agustín compartió su vida durante 14 años con una mujer, que le dio un hijo: Adeodato.  Aún antes, tuvo varias amantes, de las que creyó enamorarse.  Era un joven inquieto, curioso y que disfrutaba aprender y retarse constantemente. Como era muy listo y agradable, tuvo gran éxito en todos los ámbitos, sin embargo, no era feliz.

Su corazón buscaba paz, pero tardó en hallarla.  Buscó sin descanso en la filosofía, en doctrinas esotéricas y en los excesos, saciar su sed de trascendencia sin lograrlo.

Un día, en su casa, escuchó la voz de un niño que le decía con voz fuerte: “Toma y lee”.  Tomó la Biblia, y leyó una carta de San Pablo, y su corazón recibió una paz que no había conocido antes.   Esto ocurrió hasta después de sus 40 años.

Como ves, él vivió el amor carnal, el amor paternal, el amor de sus amigos y el reconocimiento social, pero nada lo llenaba. “Nos hiciste Señor para Ti, y nuestro corazón no descansará hasta regresar a Ti”, es otra reflexión que comparte en un libro suyo, las Confesiones.

Jesús es tan real como yo: Carlo Acutis

Carlo Acutis, joven italiano, murió en 2006 por una leucemia fulminante cuando tenía 16 años.  Este chico, se tomó en serio a Jesús.  Cuando tenía 6 o 7 años, le pidió a su madre que lo llevara a hacer su “primera comunión”, para encontrarse con Cristo, a quien ansiaba recibir.

Ella, que no asistía con frecuencia a misa, se sobresaltó por esta petición de su hijo, pero lo llevó a la catequesis para que pudiera recibir el sacramento. Este pequeñito, a partir de entonces, demostró su gran fe.  En Cristo veía un gran amigo, y quería asistir a la eucaristía diariamente.  Él decía que recibir a Jesús en su corazón era “su autopista hacia el cielo”.

Le pidió a sus padres viajar a los cinco lugares de Europa donde hay milagros eucarísticos (aquellos en los que se ha encontrado que la hostia consagrada tiene sangre, o carne humana, lo que demuestra la verdadera presencia de Jesús en el sacramento). Carlo tomaba fotografías y promovía en redes sociales estos lugares santos.

Este joven, que siempre había tenido buena salud, presentó un día una fiebre repentina.  Le hicieron unas pruebas, que demostraron que sufría de una leucemia fulminante. Ingresó al hospital y falleció a los tres días.

“Mamá, no te preocupes, he vivido mi vida sin malgastar el tiempo en cosas que no agradan a Dios“, le dijo a su madre para consolarla.

Él programaba páginas web con 14 años, grababa películas con sus amigos y familia, era alegre y sociable.  El día de su funeral, sus padres se sorprendieron al ver personas desconocidas, entre ellos un joven musulmán, un budista, y varias personas que vivían en la calle, que habían tenido encuentros constantes con Carlo.

En Jesús puedo ser fuerte y superar todo: Maruja

Esta mujer española, murió hace menos de 10 años y enfrentó grandes pruebas en su vida.

Maruja era la mayor de seis hermanos. Se casó a los 21 años, y tuvo tres hijos, y de un día para otro, tuvo que salir adelante con ellos, pues su esposo los abandonó.  Esto le costó bastante, pues antes de ello, se había dedicado por completo al hogar.  A partir de ese momento, regresó al mundo laboral dando clases de inglés a extranjeros, mientras se preparaba académicamente para enfrentar su vida con la mayor dignidad.

En los duros momentos que vivió luego de su separación, se acercó mucho a Jesús, orando constantemente. Decidió reforzar su deseo de ser fiel a su marido, a pesar de que decidiera dejarlos. Creó una comunidad para apoyar mujeres solas como ella, y hacer patente la necesidad de la unión familiar.

Siempre inculcó en sus hijos el valor de esta institución y la hermosura del vínculo matrimonial: uno con una para siempre. Impulsó a sus tres hijos a formar familias unidas y siempre cercanas a Dios.

Amaba la música clásica, la lectura y la filosofía. Trató de que su hogar fuera siempre cálido, recibiendo con cariño a los amigos de sus hijos, a quienes consideró como otros hijos.  Cuando supo que estaba enferma de cáncer, dedicó cada día a acercar a los que vivían con ella más a Cristo, a quien ansiaba abrazar después de morir.

Enamorarse de Dios, es posible, y emocionante

Hemos compartido el testimonio de tres personas, pero existe un número ilimitado de vidas ejemplares de personas que han decidido tomarse en serio a Jesús en su vida, y han decidido amarlo sobre todas las cosas -como nos piden los mandamientos.

Si te has enamorado, sabes que -por más hermoso que sea- éste es un estado pasajero, que nos impulsa a dar al otro siempre lo mejor de nosotros mismos. Luego de que se pasa la emoción, se abre la oportunidad de amar no por sentimiento, sino por decisión. Es entonces cuando tenemos la oportunidad de autodirigirnos para entregarnos de verdad al otro, a pesar de “no sentir siempre bonito”.

Estas tres personas nos muestran que Dios, da a la vida un brillo especial, desplazando las distracciones y lo superficial, permitiéndonos lograr una felicidad duradera, llena de paz y de sentido.

Enamorarse de Dios, es una aventura maravillosa ¿Quieres tener una vida plena y emocionante? ¡Acerquémonos a Dios mucho, acerquémonos a Él siempre, y dejémonos enamorar por Él! La recompensa será maravillosa.

Fuente: familias.com/

"No nos cansemos de hacer el bien"

Mensaje del Papa para la cuaresma 2022


«No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su debido tiempo. Por tanto, mientras tenemos la oportunidad, hagamos el bien a todos» (Ga 6, 9-10a)

Queridos hermanos y hermanas: la Cuaresma es un tiempo favorable para la renovación personal y comunitaria que nos conduce hacia la Pascua de Jesucristo muerto y resucitado. Para nuestro camino cuaresmal de 2022 nos hará bien reflexionar sobre la exhortación de san Pablo a los gálatas: «No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su debido tiempo. Por tanto, mientras tenemos la oportunidad (kairós), hagamos el bien a todos».

  1. 1. Siembra y cosecha

En este pasaje el Apóstol evoca la imagen de la siembra y la cosecha, que a Jesús tanto le gustaba (cfr. Mt 13). San Pablo nos habla de un kairós, un tiempo propicio para sembrar el bien con vistas a la cosecha. ¿Qué es para nosotros este tiempo favorable? Ciertamente, la Cuaresma es un tiempo favorable, pero también lo es toda nuestra existencia terrena, de la cual la Cuaresma es de alguna manera una imagen (cfr. S. Agustín, Sermo, 243, 9, 8; 270, 3; Enarrationes in Psalmos, 110 ,1). Con demasiada frecuencia prevalecen en nuestra vida la avidez y la soberbia, el deseo de tener, de acumular y de consumir, como muestra la parábola evangélica del hombre necio, que consideraba que su vida era segura y feliz porque había acumulado una gran cosecha en sus graneros (cfr. Lc 12, 16-21). La Cuaresma nos invita a la conversión, a cambiar de mentalidad, para que la verdad y la belleza de nuestra vida no radiquen tanto en el poseer cuanto en el dar, no estén tanto en el acumular cuanto en sembrar el bien y compartir.

El primer agricultor es Dios mismo, que generosamente «sigue derramando en la humanidad semillas de bien» (Fratelli tutti, 54). Durante la Cuaresma estamos llamados a responder al don de Dios acogiendo su Palabra «viva y eficaz» (Hb 4, 12). La escucha asidua de la Palabra de Dios nos hace madurar una docilidad que nos dispone a acoger su obra en nosotros (cfr. St 1, 21), que hace fecunda nuestra vida. Si esto ya es un motivo de alegría, aún más grande es la llamada a ser «colaboradores de Dios» (1Co 3, 9), utilizando bien el tiempo presente (cfr. Ef 5, 16) para sembrar también nosotros obrando el bien. Esta llamada a sembrar el bien no tenemos que verla como un peso, sino como una gracia con la que el Creador quiere que estemos activamente unidos a su magnanimidad fecunda.

¿Y la cosecha? ¿Acaso la siembra no se hace toda con vistas a la cosecha? Claro que sí. El vínculo estrecho entre la siembra y la cosecha lo corrobora el propio san Pablo cuando afirma: «A sembrador mezquino, cosecha mezquina; a sembrador generoso, cosecha generosa» (2Co 9, 6). Pero, ¿de qué cosecha se trata? Un primer fruto del bien que sembramos lo tenemos en nosotros mismos y en nuestras relaciones cotidianas, incluso en los más pequeños gestos de bondad. En Dios no se pierde ningún acto de amor, por más pequeño que sea, no se pierde ningún «cansancio generoso» (cfr. Evangelii gaudium, 279). Al igual que el árbol se conoce por sus frutos (cfr. Mt 7, 16.20), una vida llena de obras buenas es luminosa (cfr. Mt 5, 14-16) y lleva el perfume de Cristo al mundo (cfr. 2Co 2, 15). Servir a Dios, liberados del pecado, hace madurar frutos de santificación para la salvación de todos (cfr. Rm 6,22).

En realidad, sólo vemos una pequeña parte del fruto de lo que sembramos, ya que según el proverbio evangélico «uno siembra y otro cosecha» (Jn 4, 37). Precisamente sembrando para el bien de los demás participamos en la magnanimidad de Dios: «Una gran nobleza es ser capaz de desatar procesos cuyos frutos serán recogidos por otros, con la esperanza puesta en las fuerzas secretas del bien que se siembra» (Fratelli tutti, 196). Sembrar el bien para los demás nos libera de las estrechas lógicas del beneficio personal y da a nuestras acciones el amplio alcance de la gratuidad, introduciéndonos en el maravilloso horizonte de los benévolos designios de Dios.

La Palabra de Dios ensancha y eleva aún más nuestra mirada, nos anuncia que la siega más verdadera es la escatológica, la del último día, el día sin ocaso. El fruto completo de nuestra vida y nuestras acciones es el «fruto para la vida eterna» (Jn 4,3 6), que será nuestro «tesoro en el cielo» (Lc 18, 22; cfr. Lc 12, 33). El propio Jesús usa la imagen de la semilla que muere al caer en la tierra y que da fruto para expresar el misterio de su muerte y resurrección (cfr. Jn 12, 24); y san Pablo la retoma para hablar de la resurrección de nuestro cuerpo: «Se siembra lo corruptible y resucita incorruptible; se siembra lo deshonroso y resucita glorioso; se siembra lo débil y resucita lleno de fortaleza; en fin, se siembra un cuerpo material y resucita un cuerpo espiritual» (1Co 15, 42-44). Esta esperanza es la gran luz que Cristo resucitado trae al mundo: «Si lo que esperamos de Cristo se reduce sólo a esta vida, somos los más desdichados de todos los seres humanos. Lo cierto es que Cristo ha resucitado de entre los muertos como fruto primero de los que murieron» (1Co 15, 19-20), para que aquellos que están íntimamente unidos a Él en el amor, en una muerte como la suya (cfr. Rm 6, 5), estemos también unidos a su resurrección para la vida eterna (cfr. Jn 5, 29). «Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre» (Mt 13, 43).

  1. 2. «No nos cansemos de hacer el bien»

La resurrección de Cristo anima las esperanzas terrenas con la «gran esperanza» de la vida eterna e introduce ya en el tiempo presente la semilla de la salvación (cfr. Benedicto XVI, Spe salvi, 3; 7). Frente a la amarga desilusión por tantos sueños rotos, frente a la preocupación por los retos que nos conciernen, frente al desaliento por la pobreza de nuestros medios, tenemos la tentación de encerrarnos en el propio egoísmo individualista y refugiarnos en la indiferencia ante el sufrimiento de los demás. Efectivamente, incluso los mejores recursos son limitados, «los jóvenes se cansan y se fatigan, los muchachos tropiezan y caen» (Is 40, 30). Sin embargo, Dios «da fuerzas a quien está cansado, acrecienta el vigor del que está exhausto. […] Los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, vuelan como las águilas; corren y no se fatigan, caminan y no se cansan» (Is 40, 29.31). La Cuaresma nos llama a poner nuestra fe y nuestra esperanza en el Señor (cfr. 1P 1, 21), porque sólo con los ojos fijos en Cristo resucitado (cfr. Hb 12, 2) podemos acoger la exhortación del Apóstol: «No nos cansemos de hacer el bien» (Ga 6, 9).

No nos cansemos de orar. Jesús nos ha enseñado que es necesario «orar siempre sin desanimarse» (Lc 18, 1). Necesitamos orar porque necesitamos a Dios. Pensar que nos bastamos a nosotros mismos es una ilusión peligrosa. Con la pandemia hemos palpado nuestra fragilidad personal y social. Que la Cuaresma nos permita ahora experimentar el consuelo de la fe en Dios, sin el cual no podemos tener estabilidad (cfr. Is 7,9 ). Nadie se salva solo, porque estamos todos en la misma barca en medio de las tempestades de la historia (cfr. Momento extraordinario de oración en tiempos de epidemia, 27-III-2020); pero, sobre todo, nadie se salva sin Dios, porque sólo el misterio pascual de Jesucristo nos concede vencer las oscuras aguas de la muerte. La fe no nos exime de las tribulaciones de la vida, pero nos permite atravesarlas unidos a Dios en Cristo, con la gran esperanza que no defrauda y cuya prenda es el amor que Dios ha derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo (cfr. Rm 5, 1-5).

No nos cansemos de extirpar el mal de nuestra vida. Que el ayuno corporal que la Iglesia nos pide en Cuaresma fortalezca nuestro espíritu para la lucha contra el pecado. No nos cansemos de pedir perdón en el sacramento de la Penitencia y la Reconciliación, sabiendo que Dios nunca se cansa de perdonar (cfr. Ángelus, 17-III-2013). No nos cansemos de luchar contra la concupiscencia, esa fragilidad que nos impulsa hacia el egoísmo y a toda clase de mal, y que a lo largo de los siglos ha encontrado modos distintos para hundir al hombre en el pecado (cfr. Fratelli tutti, 166). Uno de estos modos es el riesgo de dependencia de los medios de comunicación digitales, que empobrece las relaciones humanas. La Cuaresma es un tiempo propicio para contrarrestar estas insidias y cultivar, en cambio, una comunicación humana más integral (cfr. ibíd., 43) hecha de «encuentros reales» (ibíd., 50), cara a cara.

No nos cansemos de hacer el bien en la caridad activa hacia el prójimo. Durante esta Cuaresma practiquemos la limosna, dando con alegría (cfr. 2Co 9, 7). Dios, «quien provee semilla al sembrador y pan para comer» (2Co 9, 10), nos proporciona a cada uno no sólo lo que necesitamos para subsistir, sino también para que podamos ser generosos en el hacer el bien a los demás. Si es verdad que toda nuestra vida es un tiempo para sembrar el bien, aprovechemos especialmente esta Cuaresma para cuidar a quienes tenemos cerca, para hacernos prójimos de aquellos hermanos y hermanas que están heridos en el camino de la vida (cfr. Lc 10, 25-37). La Cuaresma es un tiempo propicio para buscar —y no evitar— a quien está necesitado; para llamar —y no ignorar— a quien desea ser escuchado y recibir una buena palabra; para visitar —y no abandonar— a quien sufre la soledad. Pongamos en práctica la llamada a hacer el bien a todos, dedicando tiempo a amar a los más pequeños e indefensos, a los abandonados y despreciados, a quienes son discriminados y marginados (cfr. Fratelli tutti, 193).

  1. 3. «Si no desfallecemos, a su tiempo cosecharemos»

La Cuaresma nos recuerda cada año que «el bien, como también el amor, la justicia y la solidaridad, no se alcanzan de una vez para siempre; han de ser conquistados cada día» (ibíd., 11). Por tanto, pidamos a Dios la paciente constancia del agricultor (cfr. St 5, 7) para no desistir en hacer el bien, un paso tras otro. Quien caiga tienda la mano al Padre, que siempre nos vuelve a levantar. Quien se encuentre perdido, engañado por las seducciones del maligno, que no tarde en volver a Él, que «es rico en perdón» (Is 55, 7). En este tiempo de conversión, apoyándonos en la gracia de Dios y en la comunión de la Iglesia, no nos cansemos de sembrar el bien. El ayuno prepara el terreno, la oración riega, la caridad fecunda. Tenemos la certeza en la fe de que «si no desfallecemos, a su tiempo cosecharemos» y de que, con el don de la perseverancia, alcanzaremos los bienes prometidos (cfr. Hb 10, 36) para nuestra salvación y la de los demás (cfr. 1Tm 4, 16). Practicando el amor fraterno con todos nos unimos a Cristo, que dio su vida por nosotros (cfr. 2Co 5, 14-15), y empezamos a saborear la alegría del Reino de los cielos, cuando Dios será «todo en todos» (1Co 15, 28).

Que la Virgen María, en cuyo seno brotó el Salvador y que «conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2,1 9) nos obtenga el don de la paciencia y permanezca a nuestro lado con su presencia maternal, para que este tiempo de conversión dé frutos de salvación eterna.

Fuente: vaticannews.va/es.


2/24/22

Comprender y amar

8.º domingo del tiempo ordinario (Ciclo C)

Evangelio (Lc 6,39-45)

“Les dijo también una parábola:

—¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?

No está el discípulo por encima del maestro; todo aquel que esté bien instruido podrá ser como su maestro.

¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: «Hermano, deja que saque la mota que hay en tu ojo», no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita: saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad cómo sacar la mota del ojo de tu hermano.

Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni tampoco árbol malo que dé buen fruto. Pues cada árbol se conoce por su fruto; no se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas del zarzal. El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo: porque de la abundancia del corazón habla su boca.”


Comentario

En el evangelio del domingo pasado Jesús pedía extremar la caridad con los enemigos y los que nos odian (Lc 6,27-38). Con otra breve colección de dichos, el Maestro exige ahora el mismo grado de heroísmo en las situaciones cotidianas. Si hemos de vivir la comprensión y el perdón con aquellos que nos persiguen o desprecian, más aún debemos tratar con extremada delicadeza y humildad a quienes Dios ha puesto junto a nosotros. Teniendo en cuenta lo que explicaba con humor san Josemaría: que “ninguno se va a santificar por medio del Preste Juan de las Indias, sino con el trato de las personas que tenemos a nuestro lado”.

En primer lugar, Jesús nos previene contra un peligro sutil y común en el trato con los demás: el progresivo olvido de los propios defectos, mientras centramos la atención en los defectos ajenos e incluso proyectamos en ellos los nuestros. Pero “¿acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?”. Está ciego para ayudar a los demás quien no lucha primero contra los propios defectos.

Con la hipérbole semítica de la “mota en el ojo ajeno y la viga en el propio” nos advierte el Maestro de esta manifestación de falta de humildad. Una mota en el ojo irrita mucho, impide ver y no se quita sin ayuda de otros. Pero mucha más ceguera y molestia supondría una viga entera; nos llevaría incluso a hacer el ridículo ante los demás que señalarían la evidencia de nuestros propios defectos.

La solución a este peligro es clara: examen personal, humilde y exigente, y comprensión llena de caridad hacia los demás. Así explicaba san Josemaría la actitud que Jesús nos pide: “Cada uno de nosotros tiene su carácter, sus gustos personales, su genio –su mal genio, a veces– y sus defectos. Cada uno tiene también cosas agradables en su personalidad, y por eso y por muchas más razones, se le puede querer. La convivencia es posible cuando todos tratan de corregir las propias deficiencias y procuran pasar por encima de las faltas de los demás: es decir, cuando hay amor, que anula y supera todo lo que falsamente podría ser motivo de separación o de divergencia. En cambio, si se dramatizan los pequeños contrastes y mutuamente comienzan a echarse en cara los defectos y las equivocaciones, entonces se acaba la paz y se corre el riesgo de matar el cariño”.

Como expresa el Apóstol san Juan, Jesús nos pide amarnos “no de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad” (1 Juan 3,18). Puede resultar fácil denunciar los defectos ajenos. Más difícil resulta, pero mucho más eficaz, animar a los demás a corregirse por medio del ejemplo y el testimonio de nuestra lucha personal. Quizá por eso Jesús también señala en este evangelio que los árboles se conocen por sus frutos. Y no hay árbol bueno que dé mal fruto ni al contrario. Jesús nos anima a tener un corazón como el suyo, que evidencia con obras su inmensa caridad. Como explica el Papa Francisco, “se reconoce si uno es un verdadero cristiano, al igual que se reconoce a un árbol por sus frutos”. En unión con Jesús, “toda nuestra persona es transformada por la gracia del Espíritu: alma, inteligencia, voluntad, afectos, y también el cuerpo, porque somos unidad de espíritu y cuerpo. Recibimos una forma nueva de ser, la vida de Cristo se convierte en la nuestra: podemos pensar como Él, actuar como Él, ver el mundo y las cosas con los ojos de Jesús”. Entonces nos resultará fácil ser humildes y comprensivos, ayudar a los demás a mejorar y extremar la caridad con obras y de verdad.

Fuente: opusdei.org



La hipótesis de los abuelos activos

Daniel E. Lieberman, Timothy M. Kistner, Daniel Richard, I-Min Lee, and Aaron L. Baggish

Una nueva investigación describe cómo las vidas más largas están vinculadas a la actividad física

 Resumen

Los mecanismos próximos por los cuales la actividad física (AF) ralentiza la senescencia y disminuye la morbilidad y la mortalidad han sido ampliamente documentados. Sin embargo, carecemos de una explicación evolutiva definitiva de por qué la AF de por vida, en particular durante la mediana y la vejez, promueve la salud.

A medida que la creciente epidemia mundial de inactividad física acelera la prevalencia de enfermedades no transmisibles entre las poblaciones que envejecen, la integración de perspectivas evolutivas y biomédicas puede fomentar nuevos conocimientos sobre cómo y por qué la AF de por vida ayuda a preservar la salud y prolongar la vida útil.

Basándonos en investigaciones anteriores sobre el ciclo de vida, evaluamos la evidencia de que los seres humanos fueron seleccionados no solo para vivir varias décadas después de que dejaron de reproducirse, sino también para ser moderadamente activos físicamente durante esos años posreproductivos.

A continuación, revisamos la hipótesis de larga data de que la AF promueve la salud al asignar energía alejada de las sobreinversiones potencialmente dañinas en el almacenamiento de grasa y los tejidos reproductivos y proponemos la nueva hipótesis de que la AF también estimula la asignación de energía hacia los procesos de reparación y mantenimiento.

Planteamos la hipótesis de que la selección en humanos para una AF de por vida, incluso durante los años post-reproductivos, promovió la selección para ambas vías de asignación de energía que, sinérgicamente, ralentizan la senescencia y reducen la vulnerabilidad a muchas formas de enfermedades crónicas.

Como resultado, la esperanza de vida y la esperanza de vida prolongada de los seres humanos son tanto una causa como un efecto de la AF habitual, lo que ayuda a explicar por qué la falta de AF de por vida en los seres humanos puede aumentar el riesgo de enfermedad y reducir la longevidad.

Comentarios

Casi todo el mundo sabe que el ejercicio es bueno para las personas. Algunos incluso pueden recitar las razones por las que mantiene fuertes los músculos y las articulaciones, y cómo combate ciertas enfermedades. Pero, ¿cuántas personas pueden contar la historia de por qué y cómo se incorporó la actividad física a la biología humana?

Un equipo de biólogos evolutivos e investigadores biomédicos de Harvard lo están probando (a veces literalmente) en un nuevo estudio publicado en PNAS. El trabajo presenta evidencia evolutiva y biomédica que muestra que los humanos, que evolucionaron para vivir muchas décadas después de dejar de reproducirse, también evolucionaron para ser relativamente activos en sus últimos años.

Los investigadores dicen que la actividad física más adelante en la vida desvía la energía de los procesos que pueden comprometer la salud hacia los mecanismos del cuerpo que la extienden.

Ellos plantean la hipótesis de que los humanos evolucionaron para permanecer físicamente activos a medida que envejecen y, al hacerlo, para asignar energía a los procesos fisiológicos que ralentizan el deterioro gradual del cuerpo a lo largo de los años. Esto protege contra enfermedades crónicas como enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 e incluso algunos cánceres.

"Es una idea generalizada en las sociedades occidentales que a medida que envejecemos, es normal reducir la velocidad, hacer menos y jubilarse", dijo el biólogo evolutivo de Harvard Daniel E. Lieberman, autor principal del artículo. "Nuestro mensaje es al revés: a medida que envejecemos, se vuelve aún más importante mantenerse físicamente activo".

El equipo de investigación, que incluye a Aaron Baggish e I-Min Lee de la Escuela de Medicina de Harvard, cree que el artículo es la primera explicación evolutiva detallada de por qué la falta de actividad física a medida que los seres humanos envejecen aumenta el riesgo de enfermedades y reduce la longevidad.

Baggish, de 47 años, quien también se desempeña como cardiólogo del equipo de los New England Patriots y U.S. Soccer, y Lieberman, son compañeros de carrera desde hace mucho tiempo y a menudo discutieron las ideas que aparecieron en el periódico durante sus carreras matutinas de 5 a 10 millas.

El estudio utiliza a los primos simios de los humanos como punto de partida. Los investigadores señalan que los simios, que por lo general viven solo entre 35 y 40 años en la naturaleza y rara vez sobreviven después de la menopausia, son considerablemente menos activos que la mayoría de los humanos, lo que sugiere que hubo selección en la evolución humana no solo para vivir más tiempo sino también para ser más activo físicamente.

"Evolucionamos básicamente a partir de adictos a la televisión", dijo Lieberman, quien ha observado dos veces a los chimpancés salvajes en Tanzania y se ha sorprendido de la cantidad de días que pasan "sentados sobre sus traseros".

Esto es especialmente discordante cuando se compara con los cazadores-recolectores contemporáneos, que promedian alrededor de 135 minutos de actividad física de moderada a vigorosa al día. Ese nivel de movimiento, alrededor de seis a diez veces más que el estadounidense promedio, puede ser una de las claves de por qué los cazadores-recolectores que sobreviven a la infancia tienden a vivir alrededor de siete décadas, aproximadamente 20 años después de la edad en la que los humanos generalmente dejan de tener hijos. La evidencia fósil indica que estos períodos de vida extendidos eran comunes hace 40.000 años, contrariamente a la creencia de que los períodos de vida humanos hasta hace poco tiempo eran cortos.

El equipo enfatizó que el beneficio clave para la salud de la actividad física es extender la esperanza de vida humana, que se define como los años de vida que se pasan con buena salud.

Los investigadores examinaron dos vías por las cuales la actividad física de por vida reasigna energía para mejorar la salud. El primero implica eliminar el exceso de energía de los mecanismos potencialmente dañinos, como el exceso de almacenamiento de grasa. El equipo también identificó cómo la actividad física asigna energía a los procesos de reparación y mantenimiento.

El documento muestra que, además de quemar calorías, la actividad física es fisiológicamente estresante y causa daños al cuerpo a nivel molecular, celular y tisular. La respuesta del cuerpo a este daño, sin embargo, es esencialmente reconstruirse más fuerte.

Esto incluye reparar desgarros en las fibras musculares, reparar el daño del cartílago y curar las microfracturas. La respuesta también provoca la liberación de antioxidantes y antiinflamatorios relacionados con el ejercicio y mejora el flujo sanguíneo.

En ausencia de actividad física, estas respuestas se activan menos. Se ha demostrado que los procesos de reparación celular y del ADN reducen el riesgo de diabetes, obesidad, cáncer, osteoporosis, Alzheimer y depresión.

“El punto clave es que debido a que evolucionamos para ser activos a lo largo de nuestras vidas, nuestros cuerpos necesitan actividad física para envejecer bien. En el pasado, la actividad física diaria era necesaria para sobrevivir, pero hoy tenemos que elegir hacer ejercicio, es decir, hacer actividad física voluntaria por el bien de la salud y el estado físico ”, dijo Lieberman.

El equipo de investigación, que incluye a los estudiantes graduados Timothy Kistner y Daniel Richard, espera que el estudio haga que ese mensaje sea más difícil de ignorar.

Los niveles de actividad física han ido disminuyendo en todo el mundo a medida que las máquinas y la tecnología reemplazan el trabajo humano. Un estudio reciente del laboratorio de Lieberman mostró que los estadounidenses realizan menos actividad física que hace 200 años.

¿El consejo de los investigadores? Levántese de la silla y haga algo de ejercicio.

"La clave es hacer algo y tratar de hacerlo agradable para seguir haciéndolo", dijo Lieberman. “La buena noticia es que no es necesario ser tan activo como un cazador-recolector. Incluso pequeñas cantidades de actividad física, solo 10 o 20 minutos al día, reducen sustancialmente el riesgo de mortalidad".

Entrevista a Daniel Lieberman (Xnewsnet.com)

Cuando estudia el ejercicio, ¿cuál es su punto de partida?

Me interesa cómo y por qué las personas se desarrollaron para ser físicamente activas y cómo los cambios en nuestros hábitos de actividad física afectan la salud. Mi perro pasa el rato en el sofá todo el día y, ya sabes, la actividad física no afecta su salud tanto como los humanos. Entonces, ¿de qué se trata? Y además, ¿por qué?

La investigación de Ralph Paffenbarger muestra que a medida que envejecemos, la actividad física en realidad se vuelve más importante, no menos importante, con la edad. El efecto es mayor. Parece realmente interesante porque los humanos son inusuales en el sentido de que nos convertimos en abuelos. Desarrollamos nuestra vida después de detener la reproducción. Empecé a pensar en cómo los cazadores-recolectores no se jubilan, sino que se mantienen realmente activos físicamente.

¿Sabemos por qué la actividad física nos mantiene saludables durante más tiempo?

Hay algunas hipótesis. La primera hipótesis es que la actividad física humana ha evolucionado para ayudar a prolongar la salud. Antes de la medicina, el estado de salud correspondía a la esperanza de vida. Hoy, cuando cumplimos 50-60 años con diabetes o enfermedad cardíaca, o cualquier cosa que nos moleste, vamos al médico, pero no existía hasta hace poco.

Nuestra hipótesis general es que hemos desarrollado todo tipo de reacciones a la actividad física que mejoran la salud a largo plazo, no solo cuando eres joven, sino también cuando eres mayor. Y estas respuestas se deben en gran parte a la asignación de energía. Hasta hace poco, la energía era limitada, la gente no podía ir al 7-Eleven y consumir 200 calorías. La gente tenía que ser muy activa físicamente, lo que requiere energía.

¿A dónde va esa energía?

Un pensamiento anterior es que la actividad física nos impide utilizar la energía extra para cosas que pueden ser buenas para la reproducción pero no para nuestra salud. Y eso es grasa y hormonas. Cuando está físicamente inactivo, aumenta su capacidad de reproducción al agregar hormonas como el estrógeno y la progesterona, lo que aumenta su riesgo de cáncer. La testosterona también. Además, almacena grasa. Bebés obesos. Hasta hace poco, se trataba de almacenar energía para mejorar el éxito reproductivo. Ahora vivimos en este extraño mundo donde la gente consume más que suficiente.

¿Qué hace el ejercicio además de quemar calorías?

Otra hipótesis es que la actividad física también es importante para la salud porque es estresante. Si saliera a correr ahora mismo, mis mitocondrias comenzarían a bombear especies reactivas de oxígeno, poniendo pequeñas microgrietas en mi hueso y proteínas glicosinantes. Pero, por supuesto, la actividad física no es mala para nosotros. Eso es bueno para nosotros. Y la razón por la que es bueno para nosotros es porque nuestros cuerpos reaccionan a una serie de cepas beneficiosas.

Fuente: intramed.net/