5/31/22

Un poco de paciencia

JUAN MANUEL DE PRADA


Terminábamos nuestro artículo anterior con una observación muy atinada de Concepción Arenal, que nos alertaba sobre los males más pavorosos, que no son los que «las leyes condenan y la opinión anatemiza», sino aquellos que «destrozan el cuerpo social con la tranquilidad de la conciencia y beneplácito de la comunidad». Esta reflexión de Arenal viene como de molde a nuestra época, que el asesinato de sus hijos lo llama ‘derecho a la salud reproductiva’; y que, en la apoteosis de la ‘banalidad del mal’, puede utilizar la misma ley en la que se decreta la matanza legal de inocentes para legislar sobre las bajas laborales por dolor menstrual o el precio de las compresas.

Hay quienes piensan que estas iniquidades cesarán con tan sólo quitar de la poltrona a quienes hacen las leyes, poniendo a otros en su lugar; en lo que actúan con la impaciencia impetuosa e ingenua de Pedro, cuando en Getsemaní desenvaina la espada y rebana una oreja a Malco. Para que estas iniquidades sean aborrecidas hace falta que se restaure el bien común que ha sido arruinado por un régimen político inmundo; y para ello hace falta que brille la luz moral. Pero, como nos enseña la propia Arenal, «la luz moral no surge repentinamente, como una luz que hace desaparecer las tinieblas, sino que se va infiltrando por el cuerpo social a través de numerosos obstáculos». Si los hombres viviesen quinientos años renegarían de los males que hoy aplauden, pues tendrían memoria de la luz moral hoy oscurecida, y alcanzarían a ver los efectos pavorosos de las aberraciones que aplauden. Pero sólo viven —si antes no les da una repentinitis— setenta u ochenta años, de manera que aspiran sinceramente a alcanzar la felicidad matando inocentes; pues no tienen memoria de la luz moral ni alcanzan a avizorarla. Y contra estos hombres impacientes sin luz moral sólo se puede oponer la paciencia, que es la virtud propia de los hombres capaces de vivir quinientos, mil, dos mil años; es decir, de los hombres vinculados por una tradición. Con paciencia lograremos que la luz moral se infiltre en el cuerpo social. Pero la paciencia no consiste en sentarse a esperar.

Para muchos sigue siendo un misterio que el cristianismo lograse expandirse bajo la férula de Roma. ¿Cómo un grupo mistérico del Mediterráneo oriental, compuesto mayormente por gente humilde, pudo llegar a sustituir los opíparos y divulgados cultos que contaban con el respaldo de las élites? ¿Cómo pudo sobreponerse a leyes adversas y concepciones sociales radicalmente hostiles? ¿Fue su desmesurado celo, su eficaz proselitismo, la sobriedad de su propuesta moral? Alan Kreider, en un libro titulado expresivamente La paciencia (Ediciones Sígueme), sostiene que el secreto fue fundamentalmente la práctica de la paciencia, acompañada de un esfuerzo por cambiar el estilo de vida imperante en la época. La virtud de la paciencia ayudó a los cristianos a comprender que su fe era un fermento que actuaba lentamente; y que lo hacía a través de hombres anónimos e insignificantes, con frecuencia incluso esclavos, que no podían imponer sus designios. Gentes, en fin, que no eran precisamente los ‘amos del mundo’, pero que aplicaban la máxima de Tertuliano: «Que canse tu paciencia a la maldad».

Aquellos cristianos no se angustiaban ante las leyes inicuas que dictaba el Emperador, no recurrían a soluciones mágicas y fulminantes. La conducta que encarnaban era elocuente en sí misma: cortejaban y se dejaban cortejar con reverencia y delicadeza, eran fieles a sus cónyuges, acogían con gratitud al fruto de su amor y lo educaban rectamente, para que luego él también obrase del mismo modo. Y sus contemporáneos, al verlos obrar de este modo perseverante, se sentían intrigados e inquiridos por la moral que inspiraba su conducta. Y este modo de obrar se convirtió para sucesivas generaciones en fuente de esperanza, curtiéndolas en la tribulación y en el desengaño, fortaleciéndolas en el sufrimiento, ensanchando el horizonte escatológico de su existencia. Exactamente lo contrario ocurría a sus contemporáneos paganos, cuya impaciencia los conducía cada vez más apresuradamente a la infelicidad, a la amargura, al tedio, a la soledad, a la desesperación, como le ocurre a la generación presente que asesina a sus hijos y se pide la baja laboral porque le duelen los ovarios yermos y el alma expoliada. Nada comenzado por la impaciencia concluye sin fracaso. La paciencia, en cambio, explora otras salidas, descubre tierras incógnitas, abre horizontes imprevistos.

Tengamos, frente a esta generación apremiante y marchita, la paciencia de quienes han vivido quinientos, mil, dos mil años y se saben destinados a la eternidad. La Roma inicua cayó; y caerá también esta época podrida.

Fuente: abc.es


5/30/22

Hay que ponerse las pilas

Juan Luis Selma


La templanza es una virtud, un valor que nos permite el dominio y control de nuestros actos

Este sábado quedé con un amigo en una cafetería. Hablamos largamente y muy a gusto; ¡qué bien se pasa con los amigos! Me fijé que un matrimonio con un hijo adolescente se sentó en una mesa cercana. El padre pidió un refresco y la madre un batido, mientras el niño iba consumiendo varios menús, y al acabar con lo suyo remató las consumiciones de sus padres. Pensé que la vida no le irá fácil al chico consentido y que la culpa será de sus padres por no haber sabido darle una buena educación.

Un amigo me dice que ya no hay profetas en la Iglesia, ni líderes en la sociedad. Cada uno va a lo suyo, a vivir lo mejor posible sin complicarse la vida. Todos queremos quedar bien y dejamos la casa por barrer. La misión del profeta no es cómoda, ya que denuncia lo que no va bien, tiene un compromiso con la verdad y se siente movido por Dios para reconducirnos por el camino del bien.

En el caso del adolescente citado, le faltaba templanza, poner freno a su apetito, ser dueño de sí mismo. Estos días es noticia la violación grupal de unos menores. Copio: “La Policía Nacional ha detenido en la tarde del miércoles a cinco jóvenes de entre 15 y 17 años por su presunta implicación en la violación grupal de una niña de 13 años y la violación individual de otra de 12 años, ocurridas en la tarde-noche del lunes en una casa abandonada de Burjassot”.

En esa misma comunidad el Instituto Valenciano de la Juventud se gasta nuestro dinero en Recomendaciones para la práctica del chemsexsexo duro con drogas. Aconseja: “Recordamos nuestro mantra: todo está bien siempre que esté controlado. En el momento en que se pierde la conciencia deja de ser una práctica segura”, “conocer a la persona que te proporciona las drogas puede darte cierta seguridad de que sean lo más puras posibles” y que “un entorno seguro con gente que conoces te puede garantizar que cuiden de ti en cualquier situación”.

Si esto no es de locos que alguien me lo explique. Podemos añadir otra perla de la semana: la viruela del mono. Sin entrar en pormenores tenemos el cierre de la Sauna Paraíso como posible foco de infección. La transmisión por “fluidos” es como para ponerse en guardia.

Hay que decir que la templanza es una virtud, un valor que nos permite el dominio y control de nuestros actos, mantiene el equilibrio en el disfrute de las cosas buenas evitando caer en el exceso, ya que nos puede dañar. Por ejemplo: el alcohol, la comida, el sexo, el descanso, el deporte. El temple nos da fortaleza, dominio y señorío, belleza. Esta virtud se aprende, sobre todo, en el hogar con el ejemplo y enseñanza de los padres. Como vivimos en un mundo plural, habrá quien sea partidario del alegre laissez faire que tantos disgustos nos da, sobre todo cuando vemos deteriorarse la familia y a los seres queridos.

Hoy celebramos la Ascensión del Señor a los Cielos. Me impacta lo que les dice el ángel a los apóstoles: “¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?” Es una llamada de atención a cuidar de la tierra, a cultivarla, a estar en las cosas del mundo para perfeccionarlo. Jesús tiene que marchar junto al Padre y nos encarga que cuidemos de los hombres. Una persona de fe debe ser consciente de su misión: dar al mundo la auténtica modernidad, ser sal y luz.

Debemos transmitir el precioso y verdadero sentido de la sexualidad. Está relacionada con el amor y la transmisión de la vida. Alguien con temple sabe que el modo con que vive su sexualidad le configura y marca como persona. Hay una ecología y una ética sexual que da sentido al modo de ser. Equivocarse en este aspecto fundamental de la vida es fuente de infelicidad, de tristeza y ansiedad. Acertar da plenitud.

En vez de insistir tanto en el sexo seguro debemos hablar del modo precioso de vivir la sexualidad en el entorno del amor, como donación, como acercamiento, ternura, entrega y respeto. Ser conscientes de que es fuente de vida: da la capacidad “divina” de engendrar nuevas criaturas, es manantial de amor.

Enseña el Catecismo: “La sexualidad, en la que se expresa la pertenencia del hombre al mundo corporal y biológico, se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo entero y temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer. La virtud de la castidad, por tanto, entraña la integridad de la persona y la integralidad del don”. Hay que explicar a los niños y jóvenes el sentido asombroso y limpio que tiene la sexualidad en vez de callar y ser cómplices de su corrupción.  

Fuente: eldiadecordoba.es

5/29/22

"Ha subido al cielo, está sentado a la derecha del Padre"

 El Papa en el Regina Caeli


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy en Italia y en muchos países celebramos la Ascensión del Señor, es decir, su regreso al Padre. En la Liturgia, el Evangelio según Lucas narra la última aparición del Resucitado a los discípulos (cf. 24,46-53). La vida terrenal de Jesús culmina precisamente con la Ascensión, que también profesamos en el Credo: "Ha subido al cielo, está sentado a la derecha del Padre". ¿Qué significa este acontecimiento? ¿Cómo debemos entenderlo? Para responder a esta pregunta, detengámonos en dos acciones que Jesús realiza antes de subir al cielo: primero anuncia el don del Espíritu y luego bendice a los discípulos.

En primer lugar, Jesús dice a sus amigos: "Les envío al que mi Padre ha prometido" (v. 49). Está hablando del Espíritu Santo, el Consolador, el que los acompañará, los guiará, los apoyará en su misión, los defenderá en las batallas espirituales. Entonces comprendemos algo importante: Jesús no abandona a los discípulos. Sube al cielo, pero no nos deja solos. Por el contrario, precisamente al ascender al Padre asegura la efusión de su Espíritu. En otra ocasión había dicho: "Les conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes" (Jn 16,7). El amor de Jesús por nosotros también se puede ver en esto: la suya es una presencia que no quiere restringir nuestra libertad. Al contrario, nos hace un espacio, porque el verdadero amor siempre genera una cercanía que no aplasta, no es posesivo, es cercano, pero no posesivo. Sino el verdadero amor nos hace protagonistas. Por eso, Cristo asegura: "Voy al Padre, y serán revestidos de un poder de lo alto: les enviaré mi propio Espíritu, y con su poder continuarán mi obra en el mundo" (cf. Lc 24,49). Por eso, al subir al cielo, Jesús, en lugar de permanecer cerca de unos pocos con su cuerpo, se hace cercano a todos con su Espíritu. El Espíritu Santo hace presente a Jesús en nosotros, más allá de las barreras del tiempo y del espacio, para que seamos sus testigos en el mundo.

Inmediatamente después -es la segunda acción- Cristo levanta las manos y bendice a los apóstoles (cf. v. 50). Es un gesto sacerdotal. Dios, desde los tiempos de Aarón, había confiado a los sacerdotes la tarea de bendecir al pueblo (cf. Nm 6,26). El Evangelio quiere decirnos que Jesús es el gran sacerdote de nuestra vida. Jesús sube al Padre para interceder por nosotros, para presentarle nuestra humanidad.

Así, ante los ojos del Padre, están y estarán siempre, con la humanidad de Jesús, nuestras vidas, nuestras esperanzas, nuestras heridas. Así, al hacer su "éxodo" al Cielo, Cristo "nos abre camino", va a preparar un lugar para nosotros y, desde ahora, intercede por nosotros, para que siempre estemos acompañados y bendecidos por el Padre.

Hermanos y hermanas, pensemos hoy en el don del Espíritu que hemos recibido de Jesús para ser testigos del Evangelio. Preguntémonos si realmente lo somos; y también si somos capaces de amar a los demás, dejándolos libres y dejándoles espacio. Y luego: ¿sabemos hacernos intercesores por los demás, es decir, sabemos rezar por ellos y bendecir sus vidas? ¿O servimos a los demás por nuestros propios intereses? Aprendamos esto: la oración de intercesión, intercediendo por las esperanzas y los sufrimientos del mundo, por la paz. Y bendigamos con la mirada y palabras a quienes encontramos cada día.

Ahora recemos a la Virgen, la bendita entre las mujeres, que, llena del Espíritu Santo, siempre reza e intercede por nosotros.

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Después del Regina Caeli

Ayer fue beatificado en Módena de Don Luigi Lenzini, mártir de la fe, asesinado en 1945 por señalar los valores cristianos como el camino más alto de la vida, en un clima de odio y conflicto en aquella época. Que este sacerdote, pastor según el corazón de Cristo y mensajero de la verdad y la justicia, nos ayude desde el cielo a dar testimonio del Evangelio con caridad y franqueza. ¡Aplaudamos al nuevo Beato!

Hoy se celebra la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, con el tema "Escuchar con el oído del corazón". Saber escuchar, además del primer gesto de caridad, es también el primer ingrediente indispensable del diálogo y de la buena comunicación: saber escuchar, dejar que los demás lo digan todo, no cortar por la mitad, saber escuchar con los oídos y el corazón. Deseo que todos crezcan en esta capacidad de escuchar con el corazón.

Hoy es el Día Nacional del Socorro en Italia. Recordemos que "el enfermo es siempre más importante que su enfermedad", el enfermo es siempre más importante que la enfermedad, y que "aunque no se pueda sanar, siempre es posible curar, siempre es posible consolar, siempre es posible hacer sentir una cercanía" (Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo 2022).

Pasado mañana, último día del mes de mayo, fiesta litúrgica de la Visitación de la Santísima Virgen María, a las 18 horas, en la Basílica de Santa María la Mayor rezaremos el Rosario por la paz, en conexión con numerosos Santuarios de muchos países. Invito a los fieles, a las familias y a las comunidades a unirse a esta invocación, para obtener de Dios, por intercesión de la Reina de la Paz, el don que el mundo espera.

Saludo a todos, romanos y peregrinos. En particular, saludo a los fieles que han venido de Holanda, España y Australia. Saludo a la parroquia de San Roberto Belarmino que concluye el Año Jubilar por el 400 aniversario de la muerte de San Roberto Belarmino. Saludo a los polacos, ¡siempre tantos polacos! - con una bendición para los que en su patria participan en la gran peregrinación al Santuario Mariano de Piekary Śląskie. Saludo a los alumnos del colegio San Vincenzo de Olbia y a los niños de Confirmación de Luras.

El lunes y el martes 29 y 30 de agosto habrá una reunión de todos los cardenales para reflexionar sobre la nueva Constitución Apostólica Praedicate Evangelium, y el sábado 27 de agosto celebraré un Consistorio para la creación de nuevos cardenales. Estos son los nombres de los nuevos cardenales:

1. S.E.R. Mons. Arthur Roche - Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.

2. S.E.R. Mons. Lazzaro You Heung-sik – Prefecto de la Congregación para el Clero.

3. S.E.R. Mons. Fernando Vérgez Alzaga L.C. – Presidente de la Comisión Pontificia para el Estado de la Ciudad del Vaticano y Presidente del Governatorato del Estado de la Ciudad del Vaticano.

4. S.E.R. Mons. Jean-Marc Aveline - Arzobispo Metropolitano de Marsella (Francia).

5. S.E.R. Mons. Peter Ebere Okpaleke – Obispo de Ekwulobia (Nigeria).

6. S.E.R. Mons. Leonardo Ulrich Steiner, O.F.M. - Arzobispo Metropolitano de Manaus (Brasil).

7. S.E.R. Mons. Filipe Neri António Sebastião do Rosário Ferrão - Arzobispo de Goa y Damão (India).

8. S.E.R. Mons. Robert Walter McElroy – Obispo de San Diego (U.S.A)

9. S.E.R. Mons. Virgilio Do Carmo Da Silva, S.D.B. – Arzobispo de Dili (Timor Orientale).

10. S.E.R. Mons. Oscar Cantoni – Obispo de Como (Italia).

11. S.E.R. Mons. Anthony Poola – Arzobispo de Hyderabad (India).

12. S.E.R. Mons. Paulo Cezar Costa - Arzobispo Metropolitano de la Arquidiócesis de Brasilia (Brasil).

13. S.E.R. Mons. Richard Kuuia Baawobr M. Afr – Obispo de Wa (Ghana).

14. S.E.R. Mons. William Goh Seng Chye – Arzobispo de Singapore (Singapore).

15. S.E.R. Mons. Adalberto Martínez Flores - Arzobispo Metropolitano de Asunción (Paraguay).

16. S.E.R. Mons. Giorgio Marengo, I.M.C. – Prefecto Apostólico de Ulán Bator (Mongolia).
 

Junto con ellos me uniré a los miembros del Colegio de Cardenales a:

1. S.E.R. Mons. Jorge Enrique Jiménez Carvajal - Arzobispo emérito de Cartagena (Colombia).

2. S.E.R. Mons. Lucas Van Looy S.D.B. - Arzobispo emérito de Gante (Bélgica).

3. S.E.R. Mons. Arrigo Miglio - Arzobispo emérito de Cagliari (Italia).

4. Rev.do Padre Gianfranco Ghirlanda SJ – Profesor de Teología.

5. Rev.do Mons. Fortunato Frezza – Canónigo de San Pedro.
 

Le deseo un buen domingo. Por favor, no olvides rezar por mí. Que tengas un buen almuerzo y hasta luego.

5/28/22

La Ascensión

Solemnidad de la Ascensión del Señor (Ciclo C)

Evangelio (Lc 24,46-53)

Y [Jesús] les dijo:

— Así está escrito: que el Cristo tiene que padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que se predique en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las gentes, comenzando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas. Y sabed que yo os envío al que mi Padre ha prometido. Vosotros permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fuerza de lo alto.

Los sacó hasta cerca de Betania y levantando sus manos los bendijo. Y mientras los bendecía, se alejó de ellos y comenzó a elevarse al cielo. Y ellos le adoraron y regresaron a Jerusalén con gran alegría. Y estaban continuamente en el Templo bendiciendo a Dios.


En estas palabras de Jesús, con las que termina el Evangelio según san Lucas, se compendian los grandes temas que están en el corazón de la fe y la misión de la Iglesia: Cristo murió y venció la muerte, para que todos se salven. El «éxodo» del que Jesús hablaba con Moisés y Elías en la transfiguración (cf. Lc 9,31), se ha cumplido en Jerusalén. Desde allí envía a los apóstoles, revestidos con la fuerza de aquel «al que mi Padre ha prometido», es decir, el Espíritu Santo, a predicar en todo el mundo la conversión para el perdón de los pecados (vv. 46-49).

Ellos fueron testigos de «todas estas cosas» (v. 48), ya que vieron la crucifixión y a Jesús Resucitado, así que pueden entender las Escrituras que hablan del misterio de Cristo, del Hijo de Dios hecho hombre, muerto por nosotros y resucitado, vivo para siempre y garantía de nuestra vida eterna. «Este es el testimonio –hecho no sólo de palabras sino también con la vida cotidiana, dice el Papa Francisco–, el testimonio que cada domingo debería salir de nuestras iglesias para entrar durante la semana en las casas, en las oficinas, en la escuela, en los lugares de encuentro y de diversión, en los hospitales, en las cárceles, en las casas para ancianos, en los lugares llenos de inmigrantes, en las periferias de la ciudad... Este testimonio nosotros debemos llevarlo cada semana: ¡Cristo está con nosotros; Jesús subió al cielo, está con nosotros; Cristo está vivo!».

«Los sacó hasta cerca de Betania y levantando sus manos los bendijo. Y mientras los bendecía, se alejó de ellos y comenzó a elevarse al cielo. Y ellos le adoraron y regresaron a Jerusalén con gran alegría» (vv. 50-52). La reacción de los Apóstoles es sorprendente, lo más lógico es que se sintieran desconcertados y abrumados, porque Jesús se estaba separando definitivamente de ellos y se quedaban solos en la tierra, con una tarea por delante que superaba por completo sus fuerzas y capacidades, y, a la vez, debiendo afrontar las mismas dificultades con las que se había encontrado el Maestro, Además, si todas las despedidas son penosas, el adiós definitivo de Jesús en este mundo, los debería haber llenado de tristeza. Sin embargo, ¿cómo es posible que «regresaran con gran alegría» (v. 52)?

Benedicto XVI hace notar que si los discípulos vuelven alegres es porque «no se sienten abandonados; no creen que Jesús se haya como disipado en un cielo inaccesible y lejano. Evidentemente, están seguros de una presencia nueva de Jesús. (…) La alegría de los discípulos después de la “ascensión” corrige nuestra imagen de este acontecimiento. La “ascensión” no es un marcharse a una zona lejana del cosmos, sino la permanente cercanía que los discípulos experimentan con tal fuerza que les produce una alegría duradera».

A la vez, están alegres porque son conscientes del gran bien que esa Ascensión trae consigo para toda la humanidad que, en Cristo, está llamada a participar de la gloria de la divinidad. Por eso, dice San León Magno, «cuando el Señor subió al cielo, los apóstoles no sólo no experimentaron tristeza alguna, sino que se llenaron de gran gozo. Y es que en realidad fue motivo de una inmensa e inefable alegría el hecho de que la naturaleza humana, en presencia de una santa multitud, ascendiera por encima de la dignidad de todas las criaturas celestiales, (…) por encima de los mismos arcángeles, sin que ningún grado de elevación pudiera dar la medida de su exaltación, hasta ser recibida junto al Padre, entronizada y asociada a la gloria de aquel con cuya naturaleza divina se había unido en la persona del Hijo». Con la Ascensión de Jesús se alimenta nuestra esperanza de participar también en la plenitud de vida junto a Dios en la gloria celestial.

Fuente: opusdei.org

Los niños y el Reino de Dios

Josep Boira

Los tres evangelios sinópticos (Mt, Mc y Lc) recogen un breve episodio en el que unos niños son llevados a Jesús


Los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) recogen un breve episodio en el que unos niños son llevados a Jesús. Así lo relata Marcos: “Le presentaban unos niños para que los tomara en sus brazos; pero los discípulos les reñían. Al verlo Jesús se enfadó y les dijo: ‘Dejad que los niños vengan conmigo, y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios. En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él’. Y abrazándolos, los bendecía imponiéndoles las manos” (Mc 10, 13-16). Otra escena muy parecida muestra a Jesús tomando a un niño y poniéndolo como ejemplo para sus discípulos, pues disputaban sobre quién era el mayor entre ellos: “Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos” (Mt 18, 4).

Jesús y los niños

No pocas veces aparecen los niños como protagonistas en el Evangelio. Son un ejemplo para “esta generación” incrédula, que se parece a los que no responden a la invitación a cantar de unos niños (cfr. Mt 11, 16-17; Lc 7, 32). La alabanza de los niños cuando Jesús entra en el Templo indigna a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, y Jesús sale en defensa de esa sincera y sencilla alabanza de los pequeños (cfr. Mt 11, 25), recordándoles las Escrituras: “¿No habéis leído nunca: ‘De la boca de los pequeños y de los niños de pecho te preparaste la alabanza’?” (Mt 21, 16; cfr. Sal 8, 2).

También a los niños Jesús ha alimentado en la multiplicación de los panes y los peces (cfr. Mt 14, 21; 15, 38). Es el Maestro su más valiente defensor ante quien los maltrate, también con el mal ejemplo: “Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen al cuello una piedra de molino, de las que mueve un asno, y lo hundieran en el fondo del mar” (Mt 18, 6). En fin, Jesús exulta en acción de gracias, porque los pequeños son los destinatarios de la revelación de Dios Padre (cfr. Mt 11, 25).

Jesús y los padres

El episodio que comentamos, en Mateo y en Marcos, viene a continuación de la enseñanza de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio. Es significativa esta secuencia: una vez unidos para siempre el hombre y la mujer en el matrimonio, aparecen en escena los niños, fruto de esa unión.

Aunque el evangelista no indique quiénes llevan a esos niños cerca de Jesús, parece indicarlo el episodio anterior: los padres.

Son varios los relatos de milagros en que vemos a los padres suplicando a Jesús que cure a sus hijos. Jesús curó al hijo del funcionario real (cfr. Jn 4, 46-54); expulsó el demonio de la hija de la mujer sirofenicia (cfr. Mc 7, 24-30); y el demonio mudo del muchacho cuyo padre acudió a Jesús casi desesperado suplicando que lo curara (cfr. Mc 9, 14-29); resucitó a la hija de Jairo (cfr. Mc 5, 21-42). En todos estos episodios, en algún momento de la narración, se usan los términos que indican “niño” o “niña” (en griego, paidíon, thygátrion): con ellos no se pretende indicar la edad precisa (solo en el caso de la hija de Jairo se dice que tenía doce años), sino cómo los ven sus padres: son “sus niños” que están muriéndose.

Y así crecía la fama de Jesús que curaba a los más débiles, entre ellos a los niños. Es fácil imaginar, por lo tanto, a los padres que llevaban a Jesús a sus hijos pequeños, todavía débiles, para que los bendijera, para que, con la imposición de las manos, o con solo tocarlos, los proteja de las enfermedades y del poder del maligno.

Jesús y los discípulos

La enseñanza de Jesús a sus discípulos en este contexto es de gran trascendencia. Jesús llega a “enfadarse” (v. 14) porque los discípulos rechazan a los niños que se acercaban a Él. Nos puede sorprender esta actitud del Maestro. ¿Qué sentido puede tener?

Jesús es el verdadero Rey y Mesías de Israel. Él inaugura el Reino de los cielos y pide a sus discípulos que proclamen su llegada (cfr. Mt 10, 7). Una señal de que este Reino ha llegado son los niños, vistos en su condición esencial: son pequeños, débiles, dependen en todo del cuidado de sus padres. En ese sentido, Jesús se identifica con ellos: “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado” (Mc 9, 37). Jesús se dirige al Padre llamándole Abbá (Mc 14, 36), con el balbuceo del niño que llama a su padre. Podríamos decir que Él es el más pequeño en el reino de los Cielos (cfr. Mt 11, 11). La condición esencial del niño es la de Jesús en su relación íntima con su Padre. Se puede entender mejor la gravedad de impedir que los niños se acerquen a Jesús. Es como impedir que se acerquen a Dios. Es más todavía: es como separar al propio Jesús de su Padre Dios. En el fondo, sin darse cuenta, los discípulos estaban rechazando a Jesús al impedir que los niños se acercaran a Él.

Es conmovedor fijar la mirada en Jesús rodeado de niños, jugando con ellos, sonriéndoles, preguntándoles sus nombres, su edad…; instruyéndoles para que sean buenos hijos de sus padres, buenos hermanos…; y hablándoles de su Padre del Cielo. Una escena terrena y celestial a la vez: aquel momento fue una clara manifestación de lo que ha de ser en la tierra el Reino de los Cielos, y un reflejo de cómo será ese reino en el más allá para aquellos que en la tierra se han comportado como niños delante de Dios.

Fuente: omnesmag.com


5/27/22

Ivan Muñiz: «Para que haya felicidad el objetivo tiene que estar acompañado de un propósito»

Redacción de rhsaludable


Tener fe en 3 cosas: FE en ti mismo, FE en los demás, y FE en algo más grande, algo que le da sentido a la vida

Iván Muñiz es un apasionado del desarrollo de las personas, docente, coach, conferencista y comunicador estudió Administración de Empresas en la Universidad del Pacífico, así como MBA en Dirección de empresas en la ciudad de Madrid, y Recursos humanos en El Tecnológico de Monterrey (Lima). Actualmente se dedica a la docencia en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas y en la Universidad ESAN. Ofrece conferencias a nivel internacional y tiene un exitoso blog “Anécdotas de mi vida” y ha publicado varios libros con ese mismo título. Recientemente ha participado en el FET celebrado en Galicia, cuéntenos las líneas generales de su ponencia “La receta de la Felicidad”.

¿Qué es la felicidad? ¿Considera que está relacionada con el éxito?

La Felicidad es una decisión personal y diaria. Yo decido ser feliz con lo que me haya tocado vivir. En mis alegrías y mis tristezas. Es más,  yo decido ser feliz minuto a minuto, he decidido no dejar el control de mi felicidad en manos de terceros. El Éxito es una palabra que no significa lo mismo para todos. Cada persona tiene una idea distinta de lo que es el éxito y lamentablemente existe la idea que el Éxito y la felicidad se alcanza al final del camino.

Yo creo que el Éxito tiene que ver con Los objetivos y propósitos que nos trazamos. Si solamente tenemos objetivos que cumplir, el éxito no traerá felicidad. Para que haya felicidad el objetivo tiene que estar acompañado de un propósito. Algo más grande y trascendental. El éxito no está al final del camino, el éxito se construye día a día.

¿Qué repercusión tiene el optimismo en los entornos laborales? ¿cómo podemos favorecerlo?

La repercusión del optimismo en los entornos laborales es muy importante. El solo hecho de pensar que las cosas van a ir bien, hace que la energía que se irradia genere un entorno laboral más agradable, y en consecuencia también mejores resultados.

¿Qué implica una actitud y comportamiento optimista? ¿Deberíamos aprender a ser más felices?

Una actitud optimista implica pensar que ocurra lo que ocurra, siempre hay una oportunidad de aprendizaje. Siempre podemos obtener lo mejor de cada situación.

El comportamiento optimista se caracteriza por tener confianza en si mismo y en los demás. Transmite Entusiasmo y proactividad. Enfoca el futuro de manera positiva y ve siempre lo mejor de las personas.

Y el secreto para ser más felices es ser más agradecidos. Tenemos que aprender a agradecer por todo lo bueno, aunque poco, que ya hemos alcanzado,  y entonces recién podemos ver la vida de otra manera. SIN GRATITUD NO HAY FELICIDAD

No podemos reconocer el maravilloso mundo que nos rodea si no somos capaces de ver la grandeza que tenemos.

¿Cómo podemos superar situaciones de dificultad y adversidad sin caer en la negatividad?

Cuando tenemos situaciones difíciles o adversas, lo primero que debemos hacer es preguntarnos: ¿Qué aprendo de lo que ha pasado? ¿Qué aprendo de mí en esta situación? ¿Qué positivo puedo encontrar en esto¿ ¿Que tendría que agradecer? Con estas preguntas te pones en una actitud de aprendizaje, de gratitud, de optimismo, independientemente de lo que haya ocurrido.

¿Cree que el equilibrio es la clave para mantener un buena salud emocional?

Sí. Cuanto mayor sea el equilibrio de nuestra vida , mayor será la probabilidad de una mejor salud emocional. Es importante aprender a darnos espacio para cada una de las facetas de nuestra vida. Administrar nuestro tiempo de manera equilibrada. Mi vida laboral es solamente una faceta de las muchas que tengo, y todas son igualmente importantes.

¿Considera que es imprescindible una gimnasia mental para favorecer nuestro bienestar al igual que lo hacemos con nuestra parte física?

Si. Y esto tiene que ver con estar conscientes de lo que pasa a nuestro alrededor todo el tiempo. Tenemos que aprender a tener pensamientos positivos y decir las cosas de manera asertiva hasta que se convierta en un hábito. También es útil practicar algún tipo de meditación, para poder despejar la mente de algunos pensamientos y permitir que entren nuevos.

Por último, ¿cuáles son los ingredientes de esta receta de la felicidad?

Gratitud, Generosidad, Propósito y Fé. El principal ingrediente de la receta de la felicidad es LA GRATITUD. Cuando comienzo a ver las cosas con los ojos del agradecimiento, recién puedo sentirme feliz. Es necesario comprender que la FELICIDAD si no es compartida no existe. Yo no puedo ser feliz solo. Por eso es importante la GENEROSIDAD. Es importante tener PROPOSITO y no solamente objetivos. Y Finalmente tener FE, tener fe en 3 cosas: FE en ti mismo, FE en los demás, y FE en algo más grande, algo que le da sentido a la vida.

Fuente: rhsaludable.com

5/26/22

Cohélet: la noche incierta del sentido y de las cosas de la vida

El Papa en la Audiencia General


Catequesis sobre la vejez 11. 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestra reflexión sobre la vejez —seguimos reflexionando sobre la vejez—, hoy nos confrontamos con el Libro del Eclesiastés o Cohélet, otra joya que encontramos en la Biblia. En una primera lectura este breve libro impresiona y deja desconcertado por su famoso estribillo: «Todo es vanidad», todo es vanidad: el estribillo que va y viene; todo es vanidad, todo es “niebla”, todo es “humo”, todo está “vacío”. Sorprende encontrar estas expresiones, que cuestionan el sentido de la existencia, dentro de la Sagrada Escritura. En realidad, la oscilación continua de Cohélet entre el sentido y el sinsentido es la representación irónica de un conocimiento de la vida que se desprende de la pasión por la justicia, de la que el juicio de Dios es garante. Y la conclusión del Libro indica el camino para salir de la prueba: «Teme a Dios y guarda sus mandamientos, que eso es ser hombre cabal» (12,13). Este es el consejo para resolver este problema.

Frente a una realidad que, en ciertos momentos, nos parece acoger todos los contrarios, reservándoles el mismo destino, que es el de acabar en la nada, el camino de la indiferencia puede parecernos también a nosotros el único remedio para una dolorosa desilusión. Preguntas como estas surgen en nosotros: ¿Acaso nuestros esfuerzos han cambiado el mundo? ¿Acaso alguien es capaz de hacer valer la diferencia entre lo justo y lo injusto? Parece que todo esto es inútil: ¿por qué hacer tantos esfuerzos?

Es una especie de intuición negativa que puede presentarse en cada etapa de la vida, pero no cabe duda de que la vejez hace casi inevitable este encuentro con el desencanto.  El desencanto, en la vejez, viene. Y por tanto, la resistencia de la vejez a los efectos desmoralizantes de este desencanto es decisiva: si los ancianos, que ya han visto de todo, conservan intacta su pasión por la justicia, entonces hay esperanza para el amor, y también para la fe. Y para el mundo contemporáneo se ha vuelto crucial el paso a través de esta crisis, crisis saludable, ¿por qué? Porque una cultura que presume de medir todo y manipular todo termina por producir también una desmoralización colectiva del sentido, una desmoralización del amor, una desmoralización también del bien.

Esta desmoralización nos quita el deseo de hacer. Una presunta “verdad”, que se limita a registrar el mundo, registra también su indiferencia hacia los opuestos y los entrega, sin redención, al fluir del tiempo y al destino de la nada. De esta forma —revestida de cientificidad, pero también muy insensible y muy amoral— la búsqueda moderna de la verdad se ha visto tentada a despedirse totalmente de la pasión por la justicia. Ya no cree en su destino, en su promesa, en su redención.

Para nuestra cultura moderna, que al conocimiento exacto de las cosas quisiera entregar prácticamente todo, la aparición de esta nueva razón cínica —que suma conocimiento e irresponsabilidad— es un contragolpe muy duro. De hecho, el conocimiento que nos exime de la moralidad, al principio parece una fuente de libertad, de energía, pero pronto se convierte en una parálisis del alma.

Cohélet, con su ironía, desenmascara esta tentación fatal de una omnipotencia del saber —un “delirio de omnisciencia” — que genera una impotencia de la voluntad. Los monjes de la más antigua tradición cristiana habían identificado con precisión esta enfermedad del alma, que de pronto descubre la vanidad del conocimiento sin fe y sin moral, la ilusión de la verdad sin justicia. La llamaban “acedia”. Y esta es una de las tentaciones de todos, también de los ancianos, es de todos. No es simplemente pereza: no, es más. No es simplemente depresión: no. Más bien, la acedia es la rendición al conocimiento del mundo sin más pasión por la justicia y la acción consecuente.

El vacío de sentido y de fuerzas abierto por este saber, que rechaza toda responsabilidad ética y todo afecto por el bien real, no es inofensivo. No solamente le quita las fuerzas a la voluntad del bien: por contragolpe, abre la puerta a la agresividad de las fuerzas del mal. Son las fuerzas de una razón enloquecida, que se vuelve cínica por un exceso de ideología. De hecho, con todo nuestro progreso, con todo nuestro bienestar, nos hemos convertido verdaderamente en una “sociedad del cansancio”. Pensad un poco en esto: ¡somos la sociedad del cansancio! Teníamos que producir bienestar generalizado y toleramos un mercado sanitario científicamente selectivo. Teníamos que poner un límite infranqueable a la paz, y vemos sucesión de guerras cada vez más despiadadas contra personas indefensas. La ciencia progresa, naturalmente, y es un bien. Pero la sabiduría de la vida es completamente otra cosa, y parece estancada.

Finalmente, esta razón an-afectiva e ir-responsable también quita sentido y energías al conocimiento de la verdad. No es casualidad que la nuestra sea la época de las fake news, de las supersticiones colectivas y las verdades pseudo-científicas. Es curioso: en esta cultura del saber, de conocer todas las cosas, también de la precisión del saber, se han difundido tantas brujerías, pero brujerías cultas. Es brujería con cierta cultura, pero que te lleva a una vida de superstición: por un lado, para ir adelante con inteligencia en el conocer las cosas hasta las raíces; por otro, el alma que necesita de otra cosa y toma el camino de la superstición y termina en la brujería. La vejez puede aprender de la sabiduría irónica de Cohélet el arte de sacar a la luz el engaño oculto en el delirio de una verdad de la mente desprovista de afectos por la justicia. ¡Los ancianos llenos de sabiduría y humor hacen mucho bien a los jóvenes! Los salvan de la tentación de un conocimiento del mundo triste y sin sabiduría de la vida. Y también, estos ancianos devuelven a los jóvenes a la promesa de Jesús: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados» (Mt 5, 6). Serán ellos los que siembren hambre y sed de justicia en los jóvenes. Ánimo, todos nosotros ancianos: ¡ánimo y adelante! Nosotros tenemos una misión muy grande en el mundo. Pero, por favor, no hay que buscar refugio en este idealismo un poco no concreto, no real, sin raíces, digámoslo claramente: en las brujerías de la vida.


Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Señor que nos preserve del desencanto y nos conceda la sabiduría y el buen humor de los ancianos para no dejar nunca de trabajar por la justicia. Y también que hay un buen grupo de argentinos y en este día de la fiesta nacional de nuestra patria les envío un cordial saludo a ustedes y a todo el pueblo argentino. Dios los bendiga. Muchas gracias.


 

LLAMAMIENTO

Tengo el corazón desgarrado por la masacre en la escuela primaria de Texas. Rezo por los niños y adultos asesinados y por sus familias. Es hora de decir basta a la circulación indiscriminada de las armas. Trabajemos todos para que tales tragedias no vuelvan a suceder.


 

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy meditamos sobre el pasaje del libro del Eclesiastés o Cohélet, en el que está la frase: “todo es vanidad y correr tras el viento”, que nos previene del sinsentido que supone un conocimiento separado de la justicia. Los ancianos que, después de haber experimentado tantas cosas en sus vidas, son capaces de conservar intacta la pasión por la justicia, nos enseñan que aún hay esperanza para el amor y para la fe, la que nos protege del desencanto.

En nuestro mundo está presente el cinismo de la razón enloquecida, de la razón ideologizada, que se basa solo en la “verdad científica”, sin sensibilidad ni moralidad, es decir, sin pasión por la justicia. Esta razón cínica e irresponsable, paraliza el alma con la tentación de la omnipotencia del saber. Nos hemos convertido en una sociedad del cansancio, pues el progreso y el bienestar carentes de justicia nos han robado las energías para hacer el bien. Por eso, aunque la ciencia avance, la guerra sigue causando estragos. En la antigüedad cristiana se daba a esta vanidad del conocimiento el nombre de acedia. El libro del Eclesiastés nos enseña a desenmascarar el engaño encubierto de las pseudo-verdades de nuestra época, para poder adherir con entusiasmo a la Bienaventuranza que Jesús promete a quienes no pierden nunca el hambre y la sed de justicia.

Fuente: vatican.va

 

5/25/22

La asertividad: expresión de una sana autoestima

Olga Castanyer


Lancémonos, pues a mejorar la calidad  de nuestras relaciones


Introducción

Asertividad... ¿qué era eso? Me suena haberlo oído, pero ahora no lo localizo...

De esta y muchas formas parecidas pensarán la mayoría de las personas que se acerquen a hojear este libro. Si en vez de utilizar ese término decimos “habilidades sociales”, el tema ya empieza a sonar más. Y si finalmente decimos “trata de cómo quedar bien con todo el mundo y no dejarse pisar”, quedarán aclaradas ya todas las incógnitas y la gente respirará tranquila. Aparentemente.

Porque este libro habla de eso y no habla de eso.

El tema de las llamadas “habilidades sociales”, con su derivado, la asertividad, está cada vez más a la orden del día, hasta estar convirtiéndose, sobre todo en el mundo empresarial, en una “moda”. Parece como si, de pronto, a todo el mundo se le hubiera ocurrido que posee pocas habilidades sociales y quisiera mejorarlas; y también parece que, si no se desarrollan al máximo estas habilidades, nunca conseguiremos vender correctamente un producto o tener éxito en nuestra profesión.

El concepto de “asertividad” conlleva un peligro. Los lectores que hayan acudido a uno de los llamados “cursos de asertividad” o hayan leído ciertos libros sobre el tema, pueden estar algo asustados (o excesivamente entusiasmados) ante la supuesta pretensión que se persigue con ellos: estar por encima de los demás, no dejarse apabullar en ningún caso y ser, en definitiva, siempre el “que gana”.

Pues bien, la asertividad, así como la trataremos en este libro, no es eso. Aquí vamos a intentar situarla muy cerca a la autoestima, como una habilidad que está estrechamente ligada al respeto y cariño por uno mismo y, por ende, a los demás.

Quien busque en este libro la clave para ganar siempre o para quedar indiscutiblemente por encima del otro, hará mejor en no leerlo, ya que se sentirá rápidamente frustrado. No encontrará ningún “truco” que le lleve a ser el mejor.

Pero quien busque aumentar el respeto por sí mismo y por los demás, mejorar sus relaciones y, en último extremo, contribuir a aumentar su autoestima, tiene en sus manos un libro que le quiere ayudar a ello.

A lo largo del libro, el lector se irá encontrando con propuestas de ejercicios, la mayoría para realizar solo, algunos en pareja o en grupo. Os invito a realizar estos ejercicios, cada uno con vuestros temas particulares, para así poder participar de forma activa en la lectura del libro y sacar más provecho de ello.

Para facilitar la localización de estos ejercicios, los señalaremos siempre con el carácter:

Alguien, todavía, puede pensar: “¿pero a quién va dirigido exactamente este libro? ¿A psicólogos, a expertos en el tema, o a personas ‘de la calle’ que quieran saber más?”. La respuesta es muy clara: a todos. No es, desde luego, un libro “profesional” escrito para iniciados en la materia; es, o pretende ser, algo escrito desde una experiencia clínica para todo aquél que quiera saber más sobre relaciones humanas, aprender para su propia experiencia o acercarse a alguna dificultad que tenga en esta materia.

Citando al gran Rabinranath Tagore, ¿quién no ha tenido alguna vez sentimientos parecidos y ha deseado poder actuar de otra forma?:

“Quería decirte las palabras más hondas que te tengo que decir, pero no me atrevo, no vayas tú a reírte. Por eso me río de mi mismo y desahogo en bromas mi secreto. Si, me estoy burlando de mi dolor, para que no te burles tú.

Quería decirte las palabras más verdaderas que tengo que decirte, pero no me atrevo, no vayas a no creerme. Por eso las disfrazo de mentira y te digo lo contrario de lo que te quisiera decir. Si, hago absurdo mi dolor, no vayas a hacerlo tú.

Quisiera decirte las palabras más ricas que guardo para ti, pero no me atrevo, porque no vas a pagarme con las mejores tuyas. Por eso te nombro duramente y hago alarde despiadado de osadía. Si, te maltrato, de miedo a que no comprendas mi dolor (...)”.

Lancémonos, pues, a mejorar la calidad de nuestras relaciones.

1.        Las incógnitas de una psicóloga

A veces, en medio de mi práctica cotidiana como psicóloga clínica, tengo necesidad de hacer un parón. Me reclino ante mi mesa, repleta de papeles, historias clínicas, libros de consulta, y miro a mi alrededor por el despacho que desde hace años acoge y escucha a las personas que acuden a explicar su problema. ¡Qué no habrán escuchado estas paredes, qué peso no habrá soportado el viejo sofá negro, que tan pronto sirve de asiento, como de colchón para relajarse, como de banco de una estación en un improvisado role-playing! [1].

Una consulta psicológica es como la otra cara de la vida: allá fuera nos sonríen brillantes hombres de negocios, triunfadores profesionales, dicharacheras amas de casa y divertidos estudiantes a los que nunca parece preocuparles nada. Aquí dentro, salen a la luz los niños tímidos, los adolescentes excluidos de su grupo, los hijos que se sentían rechazados, no queridos, solos...

A lo largo de estos años de consulta, me han ido surgiendo una serie de cuestiones, difíciles de contestar, pero que, pienso, son de vital importancia para comprender la naturaleza humana, como puede ser la tremenda importancia que tienen en la vida los padres (¿Cómo es posible que un hombre hecho y derecho de cuarenta años tiemble de terror ante su padre, anciano e inválido? ¿Qué ha pasado para que una chica guapa, inteligente y culta vea su vida oscurecida por la culpabilidad que siente respecto a su madre?) o la religión y la moral, hasta el punto de destruir internamente a una persona a fuerza de hacerla sentirse culpable y mala.

Otra de estas cuestiones, a la que últimamente doy más vueltas, se refiere al concepto de “respeto”: ¿Qué hace realmente que se respete a una persona? ¿Por qué hay personas ante las que se tiene un natural respeto, de las que no se burla nadie, a las que nadie levanta la voz, y personas que suscitan en los demás la burla, el desprecio; hombres y mujeres a las que se pisa y humilla?

Cuando vienen a consulta personas que se consideran tímidas, faltas de habilidades sociales, torpes o solitarias, chocamos una y otra vez con este tema: no se sienten respetadas, parece que los demás les pasan por alto, les rechazan o les excluyen. ¿Por qué? ¿Son todos ellos personas feas, bajitas, débiles, patosas? ¿Tienen algún defecto físico que pueda hacer que alguien les considere “inferiores”? No, en absoluto. Es más, hay muchas personas feas, bajitas, débiles, con defectos físicos, que sí son respetadas. Y personas guapas, fuertes y altas que son sistemáticamente ignoradas por los demás.

¿Será la capacidad de defenderse, de contestar a los demás la que marca la diferencia? También aquí nos encontramos que no necesariamente. Hay personas que, efectivamente, se defienden, piden que se les deje en paz, o tratan de no contestar o de hacer oídos sordos ante faltas de respeto e imprecaciones... pero hay algo en su forma de decirlo que hace que no se les tome en serio, que su palabra quede invalidada o ignorada por los demás.

Suelen ser personas inseguras, desde luego. ¿Será pues, la inseguridad el factor determinante? Pudiera parecer que sí, pero si lo pensamos bien, veremos que tampoco es eso solamente. El mundo está lleno de personas inseguras, y yo diría que, si pudiéramos hacer una encuesta, el 90% de la gente se considera insegura en algún campo interpersonal de su vida. Unos temen no saber qué decir, otros no soportan las reuniones informales, otros tiemblan ante la idea de hablar en público... sí, pero no todos son burlados sistemáticamente. Es más, muchos de los “respetados”, incluso gente que aparentemente “pisa” a los demás, está en su fuero interno tremendamente insegura... Tampoco parece ser ésta la causa determinante para que se respete a una persona.

En donde mejor se pueden observar todas estas conductas es en un grupo de niños, en los que todavía no existen las normas sociales que tenemos impuestas los adultos y en donde surge con mucha más claridad el afecto, pero también la crueldad que todos llevamos dentro. Si observamos a un grupo de niños o recordamos nuestra infancia, veremos que siempre había un “tonto de la clase”, aquél que siempre metía la pata, el que ejercía de payaso de la clase. A veces, esta persona era gorda o llevaba gafas de “culo de vaso”... pero también recordaremos a compañeros y compañeras gordas y con gafas que no tenían ese papel. A esas personas burladas las tenemos ahora, de adultos, en las consultas psicológicas, y  vemos que son personas normales, con sus intereses, temores, afectos. Son personas con su inteligencia y cultura, ni mayor ni menor que la de muchos otros, pero que han sufrido y sufren la falta de respeto.

Pero sálgamos de la consulta psicológica y observemos nuestra vida cotidiana, las relaciones que tenemos, las situaciones en las que nos movemos. Constantemente, estamos interactuando con otras personas, con diferentes niveles de confianza. A veces, nos sentimos satisfechos, otras no tanto. Hay personas concretas con las que nos sentimos más inseguros o situaciones que nos hacen sentir mal, sin aparente razón.

Aquí te pediría que hicieras un pequeño parón en tu lectura y reflexionases un poco: ¿qué situaciones de tu vida te hacen sentir inseguro? ¿Hay personas con las que te sientes mal, “cortado”, retraído? Si quieres, puedes hacer un pequeño listado, con el que luego, a lo largo del libro, irás trabajando. ¡Seguro que si te paras a pensar salen más situaciones de las que hubieras dicho en un principio!

¿Qué producen estas situaciones o personas en nosotros? Normalmente, nos sentimos mal porque estamos frustrados, enfadados, infravalorados, desatendidos. Excusamos nuestro estado de ánimo culpando al otro, a la situación, al momento, pero, en el fondo, sentimos que no se nos considera como nos gustaría, o que no somos capaces de mostrarnos tal y como somos y por consiguiente... ¡no nos sentimos respetados!

A todos nos pasan estas cosas en mayor o menor medida: todos somos “tímidos” en alguna situación y, como decíamos antes, por muy resueltos que creamos ser, de pronto, nos encontramos con una situación que “se nos hace grande”.

Hay personas que lo ven como un problema general, que afecta a muchas facetas de su vida (personas con fobia social o pánico ante las interacciones), otros lo notan sólo en momentos puntuales. De la angustia que ello produzca depende tal vez el que una persona acuda a una consulta psicológica o no, pero todos nos podríamos considerar “pacientes potenciales” porque siempre hay un área de nuestra vida con la que no podemos enfrentarnos.

Ya sea, pues, como problema general (personas que siempre se sienten rechazadas o inferiores) o puntual, el caso es que sigue estando ahí el misterio del respeto y la falta del mismo. Y si, como hemos visto, no es ni el aspecto físico exclusivamente, ni la capacidad de protestar, ni la seguridad la que hace que a uno se le respete y a otro no, ¿qué es entonces esa cosa extraña, cómo se le puede llamar a ese “algo” que hace que unos se sientan bien con los demás y otros mal, que a unos se les respete más y a otros menos?

Tras mucho reflexionar, pienso que la respuesta no es única, aunque sí se puede resumir en un término.

No es única, porque para hacerse respetar hacen falta varios de los elementos descritos anteriormente: hace falta sentirse seguro de sí mismo, y, a la vez, ser capaz de autoafirmarse, de responder correctamente a los demás, de no ser “torpe” socialmente.

Y todo esto se resume en una palabra, se trata de la ASERTIVIDAD.

En resumen, diríamos que:

Cuadro 1.png

Si alguien duda de este planteamiento, que se imagine la siguiente situación: dos personas se encuentran en una fiesta. Una le dice a la otra: “Vaya, contigo quería hablar. ¿A qué viene eso de ir diciendo por ahí que soy un vago y un malqueda?”.

Tanto si es cierto como si no, la situación es, cuando menos, algo intimidante. ¿Depende del que ha hecho la interpelación el que la situación sea penosa para el otro? No, porque una persona segura de sí misma y de sus habilidades, responderá de forma airosa (“Pues no, te has equivocado” o “Sí, pero me gustaría explicártelo”), y no le dará mayor importancia al episodio, mientras que la persona más insegura en ambos aspectos responderá consiguientemente (“Nnnoo… no... de verdad, yo noo…” o “Pu… pues, bueno... no sé, quizás dije algo, pero...”) y, lo que es peor, se sentirá mal para el resto de la noche.

Las personas que tienen la suerte de poseer estas habilidades son las llamadas personas asertivas. Las personas que presentan algún problema en su forma de relacionarse, tienen una falta de asertividad. Esto último se puede entender de dos formas: poco asertivas son las personas consideradas tímidas, prestas a sentirse pisadas y no respetadas, pero también lo son los que se sitúan en el polo opuesto: la persona agresiva, que pisa a los demás y no tiene en cuenta las necesidades del otro. Ambos tienen problemas de relación y ambos son considerados, pues, faltas de asertividad, aunque el tratamiento tenga que ser forzosamente diferente en cada caso.

Llegados a este punto y antes de introducirnos de lleno en el tema de la asertividad, tenemos que hacer una advertencia: tal vez algunos de vosotros hayáis oído hablar de este tema, incluso puede que hayáis leído libros al respecto. Quizás os hayan parecido excesivamente “americanos”, es decir, avocados a convertir al lector en triunfador de la vida, en un brillante yuppie que sale airoso de todas las situaciones que se le presentan. Aquí pretendemos dar un concepto algo diferente al tema de la asertividad, más humilde, pero quizás también más realista: pretendemos que la asertividad sea un camino hacia la autoestima, hacia la capacidad de relacionarse con los demás de igual a igual, ni estando por encima ni por debajo. Sólo quien posee una alta autoestima, quien se aprecia y valora a sí mismo, podrá relacionarse con los demás en el mismo plano, reconociendo a los que son mejores en alguna habilidad, pero no sintiéndose inferior ni superior a otros. Dicho al revés, la persona no asertiva, tanto si es retraída como si es agresiva, no puede tener una autoestima muy alta, por cuanto siente la necesidad imperiosa de ser valorada por los demás.

2.        ¿Soy asertivo?

Teóricamente, ¿qué es la asertividad? Definiciones de la asertividad hay muchas. Una de las más clásicas es ésta:

Cuadro 2.png

Esta frase suena muy bien y seguramente más adelante, cuando sepamos más sobre el tema, nos significará mucho. Pero ahora mismo, quizás no es muy ilustrativa para la persona que quiera introducirse en este tema. Para comprender mejor en qué consiste esto de la asertividad, permitidme poner unos ejemplos de personas con problemas de asertividad que acudieron a consulta.

Aquí, quisiera resaltar que los problemas de asertividad o de habilidades sociales no siempre son el motivo de consulta de la persona que acude a una terapia. A no ser que la problemática asertiva sea muy acuciante, las personas suelen comenzar explicando problemas de ansiedad, timidez, culpabilidad y muchas veces es el psicólogo el que, tras una serie de análisis, detecta una carencia de habilidades sociales como parte de la problemática por la que ha acudido la persona. Así ocurrió también en el caso de estas dos personas:

a.       Juana

Juana es secretaria y tenía 36 años cuando acudió a consulta. Estaba separada de su marido.

La exploración psicológica se desarrolló a diversos niveles de profundidad, a medida que se iba analizando el material y la entrevista que realizamos a Juana.

Análisis 1:

Como “motivo de consulta” reseñamos que vino llorando, diciendo tener una “crisis de identidad”. Una relación simultánea con dos hombres le había hecho plantearse muchas cosas de su vida, llegando a la conclusión de que no sabía lo que quería, a quién quería ni cómo iba a desarrollarse su futuro afectivo.

Se definía a sí misma como obsesiva y puntillosa, y decía no poder dejar de darle vueltas constantemente a todo cuanto de importancia le acontecía.

Análisis 2:

Poco a poco, la problemática con sus dos hombres fue quedando en un segundo plano, para extenderse a más personas. Progresivamente, fue saliendo que tenía problemas en casi todas las situaciones de interacción: trabajo, Universidad, amigos.

Se sentía explotada, pensaba que los demás se aprovechaban de ella y adivinaba intenciones en su contra en casi todo el mundo.

La explicación que daba a tal problemática con la gente era que ella tenía más empuje y energía que el resto de las personas que la rodeaban. Se quejaba de que, si ella no tiraba de la gente y tenía la iniciativa, las cosas no funcionaban.

Análisis 3:

Por medio de autorregistro [1] y entrevistas, llegamos a la conclusión de que su conducta era extremadamente agresiva: muy frecuentemente, contestaba con brusquedad a preguntas banales, por creer haber adivinado segundas intenciones en ello.

No dejaba explicarse a la gente y enseguida les etiquetaba públicamente.

En el trabajo y la Universidad, cada vez que veía corrillos de gente u oía hablar a más de dos personas entre sí, profería frases del estilo: “si queréis hablar de mí, hacedlo en alto”.

Al conocer a alguien nuevo, dejaba muy claro quién era ella y qué conductas le gustaban y cuáles le molestaban, “para que no haya malentendidos”.

b.       Elena

Elena también tenía 36 años cuando acudió a consulta y trabajaba asimismo como secretaria, pero su problemática era bien diferente.

Era soltera y vivía con su madre y sus dos hermanos, todos adultos con edades comprendidas entre los 23 y los 36 años.

Análisis 1:

El motivo de consulta fue muy difícil de saber; en principio, se quejaba de tener problemas familiares porque “siempre estamos de bronca”, ejerciendo ella de conciliadora. Su impresión era que, si no mediaba ella, aquello se podía convertir en un infierno. Su madre, decía, era depresiva y también era Elena la que la cuidaba y protegía de tensiones.

Aún con eso, fue muy difícil extraer más información y llegamos a tardar casi un año en profundizar más.

Análisis 2:

Muy lentamente y con gran dificultad, fue saliendo que su principal problema era la relación con su madre, que los manipulaba y dominaba a todos, provocando las tensiones y broncas que había en la casa. De hecho, se pudo comprobar que ésta tenía a los tres hijos completamente “atados” a ella, llegando a no permitirles salir los fines de semana, tener amigos y mucho menos, una pareja. De ahí se derivaba que los tres tenían grandes dificultades de relación con los demás. Concretamente Elena, no salía nunca, no tenía amigos, y, por lo tanto, carecía por completo de habilidades sociales.

Análisis 3:

Al final se delimitaron dos problemas principales: 1. la falta de asertividad: jamás llevaba a cabo deseos propios, nunca se negaba a nada, ni en el trabajo ni en casa, no sabía enfrentarse ni enfadarse, mostraba un excesivo autocontrol, con tal de no demostrar nunca disgusto [2]. Una gran culpabilidad, inculcada por su madre (si no cumplía con sus órdenes era “mala”) que la hacía justificar siempre a los demás y nunca a sí misma. (En este caso, se trató primero el tema más “interno”, el de la culpabilidad y luego el externo, las técnicas de asertividad y habilidades sociales).

Juana y Elena nos van a acompañar a lo largo de este artículo. Iremos viendo registros y escritos suyos, analizando su problemática y observando cómo se fueron resolviendo sus respectivos problemas.

2.1.    Características de la sumisión de la agresividad y de la asertividad

Veamos ahora, en abstracto, cuáles son las principales características de la “personalidad” de las personas sumisas, agresivas y, finalmente, asertivas.

Por supuesto, nadie es puramente agresivo, ni sumiso, ni siquiera asertivo. Las personas tenemos tendencias hacia alguna de estas conductas, más o menos acentuadas, pero no existen los “tipos puros”. Por lo mismo, podemos exhibir algunas de las conductas descritas en ciertas situaciones que nos causan dificultades, mientras que en otras podemos reaccionar de forma completamente diferente. Depende de la problemática de cada uno y de la importancia que tenga ésta para la persona.

A lo largo del artículo, observaréis que utilizamos repetidas veces la palabra “conducta”. Cuando hablamos de “conducta” no nos referimos solamente a “comportamiento externo”. Como psicólogos cognitivo-conductuales, denominamos “conducta” a todo el conjunto de comportamientos, emociones, pensamientos, etc. que posee una persona en las situaciones a las que se enfrenta.

Así, para delimitar las características que presenta cada estilo de conducta, (sumiso, agresivo y asertivo) describiremos cómo funcionan en cada caso los tres patrones de conducta:

-        Comportamiento  externo

-        Patrones de pensamiento

-        Sentimientos y emociones

2.1.1.  La persona sumisa

Si estamos muy pendientes de no herir a nadie en ninguna circunstancia, acabaremos lastimándonos a nosotros mismos y a los demás (P. Jakubowski)

La persona sumisa no defiende los derechos e intereses personales. Respeta a los demás, pero no a sí mismo.

Comportamiento externo:

•        Volumen de voz bajo/ habla poco fluida/ bloqueos/ tartamudeos/ vacilaciones/ silencios/ muletillas (estoo... ¿no?)

•        Huida del contacto ocular/ mirada baja/ cara tensa/ dientes apretados o labios temblorosos/ manos nerviosas/ onicofagia [2]/ postura tensa, incómoda

•        Inseguridad para saber qué hacer y decir

•        Frecuentes quejas a terceros (“X no me comprende”, “Y es un egoísta y se aprovecha de mí”...).

Patrones de pensamiento:

•        Consideran que así evitan molestar u ofender a los demás. Son personas “sacrificadas”.

•        “Lo que yo sienta, piense o desee, no importa. Importa lo que tú sientas, pienses o desees”.

•        Su creencia principal es: “Es necesario ser querido y apreciado por todo el mundo”.

•        Constante sensación de ser incomprendido, manipulado, no tenido en cuenta.

Sentimientos/emociones:

•        Impotencia/ mucha energía mental, poca externa/ frecuentes sentimientos de culpabilidad/ baja autoestima/ deshonestidad emocional (pueden sentirse agresivos, hostiles, etc. pero no lo manifiestan y a veces, no lo reconocen ni ante sí mismos)/ ansiedad/ frustración.

Este tipo de conductas tiene unas lógicas repercusiones en las personas que les rodean, el ambiente en el que se suelen mover, etc. Estas son las principales consecuencias que, a la larga, tiene la conducta sumisa en la persona que la realiza:

•        pérdida de autoestima/ pérdida del aprecio de las demás personas (a veces) /falta de respeto de los demás.

La persona sumisa hace sentirse a los demás culpables o superiores: depende de cómo sea el otro, tendrá la constante sensación de estar en deuda con la persona sumisa (“es que es tan buena...”), o se sentirá superior a ella y con capacidad de “aprovecharse” de su “bondad”.

Las personas sumisas presentan a veces problemas somáticos (es una forma de manifestar las grandes tensiones que sufren por no exteriorizar su opinión ni sus preferencias).

Otras veces, estas personas tienen repentinos estallidos desmesurados de agresividad. Estos estallidos suelen ser bastante incontrolados, ya que son fruto de una acumulación de tensiones y hostilidad y no son manifestados con habilidad social.

2.1.2.  La persona agresiva

Defiende en exceso los derechos e intereses personales, sin tener en cuenta los de los demás: a veces, no los tiene realmente en cuenta, otras, carece de habilidades para afrontar ciertas situaciones.

Comportamiento externo:

•        Volumen de voz elevado/ a veces: habla poco fluida por ser demasiado precipitada/ habla tajante/ interrupciones/ utilización de insultos y amenazas

•        Contacto ocular retador/ cara tensa/ manos tensas/ postura que invade el espacio del otro/

•        Tendencia al contraataque.

Patrones de pensamiento:

•        “Ahora sólo yo importo. Lo que tú pienses o sientas no me interesa”

•        Piensan que si no se comportan de esta forma, son excesivamente vulnerables

•        Lo sitúan todo en términos de ganar-perder

•        Pueden darse las creencias: “hay gente mala y vil que merece ser castigada” y/o “es horrible que las cosas no salgan como a mí me gustaría que saliesen”.

Emociones/ sentimientos:

•        ansiedad creciente

•        soledad/ sensación de incomprensión/ culpa/ frustración

•        baja autoestima (si no, no se defenderían tanto)

•        sensación de falta de control

•        enfado cada vez más constante y que se extiende a cada vez más personas y situaciones

•        honestidad emocional: expresan lo que sienten y “no engañan a nadie”.

Como en el caso de las personas sumisas, los agresivos sufren una serie de consecuencias de su forma de comportarse:

•        generalmente, rechazo o huída por parte de los demás

•    conducta de “círculo vicioso” por forzar a los demás a ser cada vez más hostiles y así aumentar ellos cada vez más su agresividad.

No todas las personas agresivas lo son realmente en su interior: la conducta agresiva y desafiante es muchas veces (yo diría que la mayoría) una defensa por sentirse excesivamente vulnerables ante los “ataques” de los demás o bien es una falta de habilidad para afrontar situaciones tensas. Otras veces sí que responde a un patrón de pensamiento rígido o unas convicciones muy radicales (dividir el mundo en buenos y malos), pero son las menos.

Muy común es también el estilo pasivo-agresivo: la persona callada y sumisa en su comportamiento externo, pero con grandes dosis de resentimiento en sus pensamientos y creencias. Frecuentemente utilizan la manipulación y el chataje afectivo para conseguir ser tenidos en cuenta. Obviamente, esto se debe a una falta de habilidad para afrontar las situaciones de otra forma.

Vamos a presentarte un escrito de una persona con problemas de asertividad. El contenido está plasmado tal cual lo puso esta persona. ¿A qué estilo crees que corresponde el perfil de esta persona? Cuidado con equivocarte, se puede prestar a interpretaciones erróneas:

“Siempre que estoy en el trabajo me fijo en Álvaro. Cada cosa que le oigo decir me repatea. Es un estúpido, y dice las mayores idioteces con una seguridad pasmosa. Le odio.

Suelo estar muy tenso. Sé que no debo dejar que esto afecte al resto de mis relaciones fuera del trabajo, pero ayer, por ejemplo, sentados cada uno en su mesa, Álvaro comentó: “qué poco les queda a algunos para irse de vacaciones”, en clara alusión a mí. Le contesté, bastante tenso, que diez días eran mucho tiempo aún. Me dijo que a él le quedaba mes y medio, y le contesté que cuando le quedaran 10 días como a mí ya me diría cómo estaba. El contestó algo en voz baja. Yo estaba de espaldas a él, en el ordenador, y no le miré ni le pregunté. Estaba ya tan tenso que pensaba que iba a estallar. Fui incapaz de articular más palabras.

Tengo mucho miedo a contestarle. Estoy tan tenso que pienso que mi voz va a salir quebrada. Le odio totalmente. No le soporto, me siento tan inseguro y él está tan tranquilo. Creo que dijo aquello (lo de las vacaciones), para hacerme reaccionar y yo he caído como un estúpido.

El siempre tiene razón y yo no. Me supera, es mejor que yo. Con Ana me va a pasar lo mismo. ¿Cómo puedo pensar en salir con ella? Duraríamos una semana.

Cada vez que tengo que hablar con alguien del trabajo, me entra una tensión horrible, me bloqueo y me sale una voz afectada. Eso me deja completamente abatido” [3].

¿Qué tipo de respuesta sueles tener tú? Seguramente, variarás tu conducta dependiendo del tipo de situación, las personas con las que estés, etc.

Consulta el listado de situaciones que te hiciste al principio. ¿De qué forma respondes a cada una de las situaciones?

¿Eres asertiva en unas, sumisa en otras y agresiva en otras o sueles mostrar un mismo tipo de comportamiento?

2.1.3.  Formas típicas de respuesta no asertiva

Hemos descrito en general, los comportamientos, los pensamientos y los sentimientos más comunes a las personas con problemas de asertividad, pero ¿cómo reacciona una persona con problemas de asertividad en una situación concreta de tensión?

Imaginemos una situación que conlleva algo de tensión: Carlos, que es poco asertivo, tiene prestado un libro de Juan desde hace más de un mes. Juan está cansado de reclamarlo una y otra vez, pero a Carlos siempre se le olvida. Por fin, un día, éste le devuelve su libro. Juan, molesto desde hace un tiempo, le dice con ironía: “Hombre, pues muchas gracias. Me gustan las personas que devuelven rápidamente lo prestado”.

Carlos se siente muy “cortado”, y no es asertivo, pero tiene que afrontar la situación de alguna manera. (Afrontar significa “salir airosamente”, no enfrentarse. En este caso, si Juan tiene razón, no hay por qué intentar quitársela).

Estas son cuatro de las típicas formas erróneas de responder que podría esgrimir Carlos con su problema de asertividad:

a.       Bloqueo

Conducta: ninguna, “quedarse paralizado”.

Pensamiento: a veces, no hay un pensamiento claro, la persona tiene “la mente en blanco”.

Otras, la persona se va enviando automensajes ansiógenos y repetitivos: “tengo que decir algo”, “esto cada vez es peor”, “Dios mío, ¿y ahora qué hago?”, etc.

Generalmente, esta forma de respuesta causa una gran ansiedad en la persona y es vivida como algo terrible e insuperable.

En este caso, Carlos, simplemente, se quedaría “de piedra” y no diría ni haría nada. Esta conducta permite que el interlocutor, al no disponer de datos, interprete la reacción según sea su estilo de pensamiento. Depende de cómo sea Juan, éste podrá pensar: “pues vaya caradura, encima se me queda mirando y no se excusa” o “vaya, parece que ha reconocido su falta. Quien calla, otorga...”.

b.       Sobreadaptación

Conducta: el sujeto responde según crea que es el deseo del otro.

Pensamiento: atención centrada en lo que la otra persona pueda estar esperando: “tengo que sonreírle”, “si le digo mi opinión, se va a enfadar”, “¿querrá que le de la razón?”.

Esta es una de las respuestas más comunes de las personas sumisas.

Carlos, de responder así, simplemente, se reiría nerviosamente, haciendo como si el “chiste” de Juan tuviera mucha gracia. No daría ninguna explicación respecto a su demora en devolver los apuntes.

c.       Ansiedad

Conducta: tartamudeo, sudor, retorcimiento de manos, movimientos estereotipados, etc.

Pensamiento: “me ha pillado”, “¿y ahora qué digo?”, “tengo que justificarme”, etc. La persona se da rápidas instrucciones respecto a cómo comportarse, pero éstas suelen llevar una gran carga de ansiedad.

Otras veces, la ansiedad es parte de un bloqueo. En estos casos, la persona no puede pensar nada porque está bloqueada, y generalmente, tampoco emite otra respuesta encaminada a afrontar la situación.

Esta forma de comportamiento tiene grados. Puede ir desde una respuesta correcta, que afronta la situación, aunque con nerviosismo interno o externo, hasta el descrito bloqueo, en el que la persona no emite más respuesta que la ansiedad.

Carlos tal vez sí respondería, pero con ansiedad: “Bueno, es que yoo..., pues sí, je, je, tienes razón, pero yo no quería, es decir, en fin, vaya, que sí, que tienes razón”, a la vez, que se retorcería nerviosamente las manos o se pasaría la mano una y otra vez por el pelo, riendo nerviosamente.

d.       Agresividad

Conducta: elevación de la voz, portazos, insultos, etc.

Pensamiento: “ya no aguanto más”, “esto es insoportable”, “tengo que decirle algo como sea”, “a ver si se cree que soy idiota”.

Esta conducta, a veces, sigue a la de ansiedad. La persona se siente tan ansiosa, que tiene necesidad de estallar, con la idea, además, de tener que salir airoso de la situación.

Carlos podría esgrimir cualquier frase desafiante del estilo: “pues tú tampoco eres manco, ¿eh?”, “pues no sé a qué viene eso”, o peor aún: “oye, a ti nadie te ha pedido la opinión”.

2.1.4.  La persona asertiva

Vistas ya las dos conductas que indican falta de asertividad, veamos, por fin, cómo se comporta, qué piensa y siente la persona que sí es asertiva. Lógicamente, rara vez se hallará una persona tan maravillosa que reúna todas las características; al igual que ocurre con los tipos descritos de sumisión y agresividad, los rasgos que ahora presentamos son abstracciones. Todo lo más, podremos encontrar a personas que se asemejen al “ideal” de persona asertiva, y podremos intentar, por medio de las técnicas adecuadas, acercarnos lo máximo posible a este modelo, pero jamás tendremos el perfil completo, ya que nadie es perfecto.

Las personas asertivas conocen sus propios derechos y los defienden, respetando a los demás, es decir, no van a “ganar”, sino a “llegar a un acuerdo”.

Comportamiento externo:

•        Habla fluida/ segura/ sin bloqueos ni muletillas/ contacto ocular directo, pero no desafiante/ relajación corporal/ comodidad postural.

•        Expresión de sentimientos tanto positivos y negativos/ defensa sin agresión/ honestidad/ capacidad de hablar de propios gustos e intereses/ capacidad de discrepar abiertamente/ capacidad de pedir aclaraciones/ decir “no”/ saber aceptar errores.

Patrones de pensamiento:

•        Conocen y creen en unos derechos para sí y para los demás.

•        Sus convicciones son en su mayoría “racionales” (esto se explicará más adelante).

Sentimientos/emociones :

•        Buena autoestima/ no se sienten inferiores ni superiores a los demás/ satisfacción en las relaciones/ respeto por uno mismo.

•        Sensación de control emocional.

También en este caso, la conducta asertiva tendrá unas consecuencias en el entorno y la conducta de los demás:

•        Frenarán o desarmarán a la persona que les ataque

•        Aclaran equívocos

•        Los demás se sienten respetados y valorados

•        La persona asertiva suele ser considerada “buena”, pero no “tonta”.

Acordémonos de nuevo del ejemplo antes descrito sobre una conversación entre Juan y Carlos, en la que Juan reprochaba de forma irónica a Carlos el que éste hubiera tardado mucho en devolverle un libro. Si Carlos, en este caso, es una persona asertiva, cuenta con una serie de habilidades para salir medianamente airoso de la situación, aunque esto incluya tener que admitir su error. Estas son las habilidades de las que dispone Carlos:

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¿Qué podría haber dicho Carlos en este caso? Si considera que el reproche es razonable, no cabe negar la evidencia, con lo cual, lo más que puede hacer es decir algo así: “Tienes razón, tendría que habértelo devuelto antes, pero es que soy un despistado. Te prometo que la próxima vez me esforzaré en devolvértelo más pronto”. Pero también puede no estar de acuerdo con lo que se le reprocha. En este caso, podría responder: “cuando te lo pedí, te dije que tendría que leerlo entero y no he podido leerlo en menos tiempo”. También, si le ha molestado el tono de la increpación: “Bueno, es verdad, pero me molesta un poco el tono irónico con que me has hablado. Intentaré no tardar tanto la próxima vez, pero tú no me hables así, ¿vale?”. Por supuesto, éstas son frases “standard” que suenan algo artificiales. Carlos tendría que adaptarlas a su lenguaje y forma de expresión.

2.2. Cómo nos delatamos: Componentes no verbales de la comunicación asertiva

En Escocia puede ser difícil hacer hablar a un individuo. En España, lo espinoso es conseguir que se calle. (J.A. Vallejo-Nágera)

Es esta una parte algo más teórica, pero, a mi entender, interesante, ya que hace hincapié en un tipo de respuesta que muchas veces pasamos por alto, y que sin embargo, nos está condicionando constantemente: la conducta no verbal, es decir, los gestos, miradas, posturas que emitimos mientras estamos comunicándonos. Remitimos al lector al estudio de los interesantes libros que se han escrito al respecto (véase Bibliografía) y nos limitamos aquí a describir la parte de la comunicación que afecta directamente a la asertividad.

La comunicación no verbal, por mucho que se quiera eludir, es inevitable en presencia de otras personas. Un individuo puede decidir no hablar, o ser incapaz de comunicarse verbalmente, pero todavía sigue emitiendo mensajes acerca de sí mismo a través de su cara y su cuerpo. Los mensajes no verbales a menudo son también recibidos de forma medio consciente: la gente se forma impresiones de los demás a partir de su conducta no verbal, sin saber identificar exactamente qué es lo agradable o irritante de cada persona en cuestión.

Para que un mensaje se considere transmitido de forma socialmente habilidosa (asertiva), las señales no verbales tienen que ser congruentes con el contenido verbal. Muchas veces nos hemos encontrado con individuos que, aparentemente, emiten mensajes verbales correctos, pero que no consiguen que los demás les respeten o consideren interlocutores válidos. Las personas sumisas carecen a menudo de la habilidad para dominar los componentes verbales y no verbales apropiados de la conducta, y de aplicarlos conjuntamente, sin incongruencias. En un estudio realizado por Romano y Bellack, a la hora de evaluar una conducta asertiva, eran la postura, la expresión facial y la entonación las conductas no verbales que más altamente se relacionaban con el mensaje verbal.

Analicemos uno a uno los principales componentes no verbales que contiene todo mensaje que emitimos:

La mirada

Ha sido uno de los elementos más estudiados en la literatura sobre habilidades sociales y aserción.

Casi todas las interacciones de los seres humanos dependen de miradas recíprocas. Pensemos solamente en cómo nos sentimos si hablamos con alguien y éste no nos está mirando; o, al contrario, si alguien nos observa fijamente sin apartar la mirada de nosotros. La cantidad y tipo de mirada comunican actitudes interpersonales, de tal forma que la conclusión más común que una persona extrae cuando alguien no le mira a los ojos es que está nervioso y le falta confianza en sí mismo (que algunas veces, por nuestra propia inseguridad, la persona que no nos está mirando a los ojos nos “contagie” el nerviosismo es otra historia...).

Los sujetos asertivos miran más mientras hablan que los sujetos poco asertivos.

De esto se desprende que la utilización asertiva de la mirada como componente no verbal de la comunicación implica una reciprocidad equilibrada entre el emisor y el receptor, variando la fijación de la mirada según se esté hablando (40%) o escuchando (75%).

La expresión facial

La expresión facial juega varios papeles en la interacción social humana:

–        Muestra el estado emocional de una persona, aunque ésta pueda tratar de ocultarlo

–        Proporciona una información continua sobre si se está comprendiendo el mensaje, si se está sorprendido, de acuerdo, en contra, etc. de lo que se está diciendo

–        Indica actitudes hacia las otras personas.

Las emociones: alegría, sorpresa, ira, tristeza, miedo, se expresan a través de tres regiones fundamentales de la cara; la frente/cejas, ojos/párpados y la parte inferior de la cara.

La gente, normalmente, manipula sus rasgos faciales adoptando expresiones según el estado de ánimo o comportamiento que le interese transmitir. También se puede intentar no transmitir o no dejar traslucir estado de ánimo alguno,(la llamada “cara de póker”) pero, en cualquier caso, la persona está manipulando sus rasgos faciales.

La persona asertiva adoptará una expresión facial que esté de acuerdo con el mensaje que quiere transmitir. Es decir, no adoptará una expresión facial que sea contradictoria o no se adapte a lo que quiere decir. La persona sumisa, por ejemplo, frecuentemente está “cociendo” por dentro cuando se le da una orden injusta, pero su expresión facial muestra amabilidad.

La postura corporal

La posición del cuerpo y de los miembros, la forma cómo se sienta la persona, cómo está de pie y cómo se pasea, refleja las actitudes y conceptos que tiene de sí misma y su ánimo respecto a los demás. Existen cuatro tipos básicos de posturas:

–        Postura de acercamiento: indica atención, que puede interpretarse de manera positiva (simpatía) o negativa (invasión) hacia el receptor

–        Postura de retirada: suele interpretarse como rechazo, repulsa o frialdad

–        Postura erecta: indica seguridad, firmeza, pero también puede reflejar orgullo, arrogancia o desprecio

–        Postura contraída: suele interpretarse como depresión, timidez y abatimiento físico o psíquico.

La persona asertiva adoptará generalmente una postura cercana y erecta, mirando de frente a la otra persona.

Los gestos

Los gestos son básicamente culturales. Las manos y, en un grado menor, la cabeza y los pies, pueden producir una amplia variedad de gestos que se usan, bien para amplificar y apoyar la actividad verbal o bien para contradecir, tratando de ocultar los verdaderos sentimientos.

Comparados un grupo de sujetos asertivos con otro que no lo era, se halló que mientras que el primero gesticulaba un 10% del tiempo total de interacción, el segundo grupo sólo lo hacía el 4%.

Los gestos asertivos son movimientos desinhibidos. Sugieren franqueza, seguridad en uno mismo y espontaneidad por parte del que habla.

Componentes paraligüísticos

El área paralingüística o vocal hace referencia a “cómo” se transmite el mensaje, frente al área propiamente lingüística o habla, en la que se estudia “lo que” se dice. Las señales vocales paralingüísticas incluyen:

–  Volumen: en una conversación asertiva, éste tiene que estar en consonancia con el mensaje que se quiere transmitir. Un volumen de voz demasiado bajo, por ejemplo, puede comunicar inseguridad o temor, mientras que si es muy elevado transmitirá agresividad y prepotencia.

–  Tono: puede ser fundamentalmente agudo o resonante. Un tono insípido y monótono puede producir sensación de inseguridad o agarrotamiento, con muy pocas garantías de convencer a la persona con la que se está hablando. El tono asertivo debe de ser uniforme y bien modulado, sin intimidar a la otra persona, pero basándose en una seguridad.

–  Fluidez-perturbaciones del habla: excesivas vacilaciones, repeticiones, etc. pueden causar una impresión de inseguridad, inapetencia o ansiedad, dependiendo de cómo lo interprete el interlocutor. Estas perturbaciones pueden estar presentes en una conversación asertiva siempre y cuando estén dentro de los límites normales y estén apoyados por otras componentes paralingüísticos apropiados.

–  Claridad y velocidad: el emisor de un mensaje asertivo debe hablar con una claridad tal, que el receptor pueda comprender el mensaje sin tener que sobreinterpretar o recurrir a otras señales alternativas. La velocidad no debe ser ni muy lenta ni muy rápida en un contexto comunicativo normal, ya que ambas anomalías pueden distorsionar la comunicación.

Componentes verbales

Separándonos del área no verbal, vamos a analizar muy brevemente aquellos elementos verbales que influyen decisivamente en que una comunicación sea interpretada como asertiva o no.

El habla se emplea para una variedad de propósitos: comunicar ideas, describir sentimientos, razonar, argumentar... Las palabras que se empleen cada vez dependerán de la situación en la que se encuentre la persona, su papel en esa situación y lo que está intentando conseguir.

Investigaciones en este campo han encontrado una serie de elementos del contenido verbal que diferencian a las personas asertivas de las que no lo son: utilización de temas de interés para el otro, interés por uno mismo, expresión emocional, etc. Asimismo se ha encontrado que la no condescendencia y las expresiones de afecto positivo ocurren con mayor frecuencia en personas socialmente habilidosas.

La conversación es el instrumento verbal por excelencia del que nos servimos para transmitir información y mantener unas relaciones sociales adecuadas. Implica un grado de integración compleja entre las señales verbales y las no verbales, tanto emitidas como las recibidas. Elementos importantes de toda conversación son:

–  Duración del habla: la duración del habla está directamente relacionada con la asertividad, la capacidad de enfrentarse a situaciones y el nivel de ansiedad social. En líneas generales, a mayor duración del habla, más asertiva se puede considerar a la persona, si bien, en ocasiones, el hablar durante mucho rato puede ser un indicativo de una excesiva ansiedad. De hecho, hay personas a las que les resulta más fácil hablar que tener que escuchar. En este último caso, la persona, al estar “pasiva”, tiene que mostrar muchas más conductas no verbales que la persona que está hablando.

–  Retroalimentación (feed back): cuando alguien está hablando, necesita información intermitente y regular de cómo están reaccionando los demás, de modo que pueda modificar sus verbalizaciones en función de ello. Necesita saber si los que le escuchan le comprenden, le creen, están sorprendidos, aburridos, etc.

Los errores más frecuentes en el empleo de la retroalimentación consisten en dar poca y no hacer preguntas y comentarios directamente relacionados con la otra persona. Una retroalimentación asertiva consistirá en un intercambio mutuo de señales de atención y comprensión, dependiendo, claro está, del tema de conversación y de los propósitos de la misma.

–  Preguntas: son esenciales para mantener la conversación, obtener información y mostrar interés por lo que la otra persona está diciendo. El no utilizar preguntas puede provocar cortes en la conversación y una sensación de desinterés.


Notas:

1Role playing: técnica terapéutica utilizada sobre todo en terapia cognitivo-conductual, que consiste en escenificar, siguiendo unas pautas, las situaciones que causan problema a la persona.

Autorregistro: método de obtención de información típico de la terapia cognitivo-conductual, que consiste en que la persona apunte en una hoja una serie de datos preestablecidos, cada vez que siente malestar.

2.  Onicofagia: hábito de morderse las uñas.

3. La persona es del estilo pasivo-agresivo.


Fuente:  psicocarlha.com