8/31/20

Teología para Millennials: “Cuties”

 Padre Mario Arroyo Martínez

Reflexión sobre el polémico film de Netflix

Da miedo reflexionar sobre Cuties el reciente film de Netflix, que saldrá a luz el 9 de septiembre. Se trata de un “terreno pantanoso”, “pegajoso”, “peligroso”. En primer lugar, porque es hablar de lo que todavía no hemos visto. No hemos visto la película, pero la publicidad y el tráiler son suficientemente elocuentes. El fenómeno invita a reflexionar en multitud de sentidos. Trataré de enumerar algunos.

¿Por qué es un terreno pantanoso? El simple hecho de titular a este artículo con el nombre de la película, el hablar sobre ella, es ya hacerle publicidad indirecta gratis. ¿Cuál sería la estrategia adecuada? ¿Dejarla pasar y mirar hacia otro lado, ignorándola conscientemente, para que rápido pase la tormenta y termine en el reino de la irrelevancia?

O, por el contrario, la actitud correcta es propiciar el merecido escándalo que supone la erotización de cuatro niñas de once años. Pero el escándalo, sea justo o injusto, suele generar pingües ganancias. ¿Hacer un gran escándalo no equivale a “morder la carnada” y darle una vigencia, publicidad y notoriedad que no merece? Ante casos como este, siempre recuerdo El crimen del padre Amaro, y cómo la llamada de los obispos mexicanos a “no verla”, la convirtió en la película mexicana más vista hasta ese momento.

Es “peligroso” porque supone utilizar un arma de la cual ya muchas veces hemos padecido los efectos, que suelen ser muy nocivos por arbitrarios e irracionales. Me refiero a “la cultura de la cancelación”. Esa nueva y silenciosa inquisición que determina arbitrariamente qué se puede decir y qué no en nuestra sociedad, limitando, muchas veces drásticamente, la libertad de expresión, de pensamiento y religiosa. La furia iconoclasta de la cancelación no admite razones, suprime todo diálogo y destruye, violentamente muchas veces, aquello con lo que disiente. ¿Pedir su eliminación antes de verla, no permitir al productor ofrecer sus razones, no es aplicarle lo que nos han hecho muchas veces y no nos ha gustado nada?

La reacción ante Cuties es también un tema profundo, pues nos enfrenta crudamente al vínculo complicado, verdadero nudo, que existe entre arte, ética y sociedad. ¿Todo arte, por ser arte, es legítimo? ¿Toda limitación al arte es una violación a la libertad de expresión? ¿Es válido el arte, aunque fomente la pedofilia –en este caso- o el racismo, el antisemitismo o a la violencia, en otros casos? ¿La sociedad debe aceptar absolutamente todo lo que tenga la etiqueta “arte”? ¿No es posible defenderse del “arte nocivo”? Y, a su vez, ¿cómo se entiende el arte? ¿Es un espejo de la sociedad?, ¿es una crítica a la sociedad?, ¿es educador de la sociedad?, ¿o las tres cosas?, ¿o ninguna de ellas?

Los productores de la cinta dicen que no se trata de una apología de la pedofilia, sino de una crítica a la precoz erotización de las niñas en la sociedad actual. Es decir, busca ser un espejo de la sociedad y mostrar crudamente el conflicto entre “los valores” sociales y los familiares. ¿Hay temas tabúes que está prohibido tratar? ¿La pedofilia es un tabú, pero la sociedad la consume continuamente en lo oscuro? ¿Prohibir la película no es caer en ese juego hipócrita? Hago como que no existe, cuando en realidad, está ahí. ¿Me escandalizo de las cuatro niñas que enseñan el ombligo y se mueven seductoramente, pero no me he molestado en mirar la inmensa cantidad de videos de Tik Tok, donde niñas de la misma edad hacen lo mismo y de la misma manera? Quizá se trata de que hacer una película y aceptarla pacíficamente, es darle carta de legitimidad a una conducta que nuestra conciencia nos dice claramente que está mal, aunque no sabemos cómo evitarla.

Algunos malpensados -entre los que me incluyo- pensamos que se trata de un cierto experimento social: suelto la película con un tema profundamente escabroso y mido las reacciones. Observo cómo reacciona la sociedad. Si lo hace vehementemente, si la oposición es contundente, recojo velas y espero. Si la reacción es tibia, ya di un paso, tímido pero firme, en la dirección que quiero: normalizar la pedofilia. Hacer que sea parte del paisaje cultural. Por eso me he animado a escribir este artículo, consciente de hacerle publicidad indirecta, porque pienso que es mejor que la reacción social sea clara y contundente. La sociedad finalmente tiene derecho de defenderse del agresor, no importa que este utilice el arma del arte.

8/30/20

“Tomar la cruz” para participar en la salvación del mundo

 El Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El pasaje evangélico de hoy (cfr Mt 16, 21-27) está unido al del domingo pasado (cfr Mt 16, 13-20). Después de que Pedro, en nombre también de los otros discípulos, ha profesado la fe en Jesús como Mesías e Hijo de Dios, Jesús mismo empieza a hablar de su pasión. A lo largo del camino hacia Jerusalén, explica abiertamente a sus amigos lo que le espera al final en la ciudad santa: preanuncia su misterio de muerte y de resurrección, de humillación y de gloria. Dice que deberá “sufrir mucho por causa de los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley; que lo matarían y al tercer día resucitaría” (Mt 16, 21). Pero sus palabras no son comprendidas, porque los discípulos tienen una fe todavía inmadura y demasiado unida a la mentalidad de este mundo (cfr Rm 12, 2). Ellos piensan en una victoria, pero demasiado terrenal, por eso no entienden el lenguaje de la cruz.

Frente a la perspectiva de que Jesús pueda fracasar y morir en la cruz, el mismo Pedro se rebela y le dice: “Dios no lo quiera, Señor; no te ocurrirá eso” (v. 22). Cree en Jesús, le quiere seguir, tiene fe, le quiere seguir, pero no acepta que su gloria pase a través de la pasión. Para Pedro y los otros discípulos – ¡pero también para nosotros! – la cruz es algo incómodo, es un “escándalo”, mientras que Jesús considera “escándalo” el huir de la cruz, que sería como eludir la voluntad del Padre, a la misión que Él le ha encomendado para nuestra salvación. Por esto Jesús responde a Pedro: “¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son como los de Dios, sino como los de los hombres” (v. 23).

Diez minutos antes, Jesús ha alabado a Pedro y le ha prometido ser la base de su Iglesia, el fundamento. Diez minutos después, le dice “Satanás”. ¿Cómo se puede entender esto? Nos pasa a todos nosotros, en los momentos de devoción, de fervor, de buena voluntad, de cercanía al prójimo, miramos a Jesús y seguimos adelante. Pero en los momentos en los que nos encuentra la cruz, escapamos. Es el diablo, “Satanás”, dice Jesús a Pedro, que nos tenta. Y es propio de un espíritu maligno, del diablo, alejarnos de la cruz de Jesús.

Dirigiéndose después a todos, Jesús añade: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz, y me siga” (v. 24). De este modo, Él indica el camino del verdadero discípulo, mostrando dos actitudes. La primera es “renunciar a sí mismos”, que no significa un cambio superficial, sino una conversión, una inversión de valores. La otra actitud es la de tomar la cruz. No se trata solo de soportar con paciencia las tribulaciones cotidianas, sino de llevar con fe y responsabilidad esta parte de cansancio y de sufrimiento que la lucha contra el mal conlleva.

La vida del cristiano es siempre una lucha, la Biblia dice que la vida del creyente es una milicia militante, luchar contra el mal espíritu, luchar contra el mal.

Así el compromiso de “tomar la cruz” se convierte en participación con Cristo en la salvación del mundo. Pensando en esto, hacemos que la cruz colgada en la pared de casa, o esa pequeña que llevamos al cuello, sea signo de nuestro deseo de unirnos a Cristo en el servir con amor a los hermanos, especialmente a los más pequeños y frágiles. La cruz es signo santo del Amor de Dios y del Sacrificio de Jesús, y no debe ser reducida a objeto supersticioso o joya ornamental. Cada vez que fijamos la mirada en la imagen de Cristo crucificado, pensamos que Él, como verdadero Siervo del Señor, ha cumplido su misión dando la vida, derramando su sangre para la remisión de los pecados. No nos dejemos llevar por el otro lado, por la tentación del maligno. Como consecuencia, si queremos ser sus discípulos, estamos llamados a imitarlo, gastando sin reservas nuestra vida por amor de Dios y del prójimo.

La Virgen María, unida a su Hijo hasta el calvario, nos ayude a no retroceder frente a las pruebas y a los sufrimientos que el testimonio del Evangelio conlleva.


Y después:

Queridos hermanos y hermanas,

pasado mañana, 1 de septiembre, se celebra la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación. Desde esta fecha, hasta el 4 de octubre, celebraremos con nuestros hermanos cristianos de varias Iglesias y tradiciones el “Jubileo de la Tierra”, para recordar la institución, hace 50 años, de la Jornada de la Tierra. Saludo a las diferentes iniciativas promovidas en distintas partes del mundo y, entre estas, el concierto que se celebra hoy en el catedral de Port-Louis, capital de Mauricio, donde lamentablemente recientemente tuvo lugar un desastre ambiental.

Sigo con preocupación las tensiones en la zona del Mediterráneo oriental, afectada por varios focos de inestabilidad. Por favor, hago un llamamiento al diálogo constructivo y al respeto de la legalidad internacional para resolver los conflictos que amenazan la paz de los pueblos de esa región.

Y os saludo a todos vosotros aquí presentes hoy de Roma, Italia y de diferentes países. Veo las banderas allí, y saludo a la comunidad religiosa de Timor Oriental en Italia. ¡Bien hecho, con las banderas! Los peregrinos de Londrina y Formosa, en Brasil; los jóvenes de Grantorto, diócesis de Vicenza. ¡Bienvenidos! También veo banderas polacas, saludos a los polacos; banderas argentinas, también los argentinos. ¡Bienvenidos todos!

Os deseo a todos un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

8/29/20

Que tome su cruz y me siga

Domingo 22º del Tiempo Ordinario (Ciclo A)


Evangelio (Mt 16,21-27)

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día.

Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle diciendo:

− ¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso.

Pero él se volvió hacia Pedro y le dijo:

− ¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.

Entonces les dijo Jesús a sus discípulos:

− Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.

Porque, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del Hombre va a venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta.

Comentario

Este pasaje del Evangelio sigue inmediatamente después de aquel diálogo de Jesús con sus discípulos, cuando a su pregunta “Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre” (Mt 16,13), tras unos momentos de silencio por parte de todos, Pedro responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Afirmación que fue solemnemente confirmada por el Maestro que, a la vez, les ordenó que no dijeran a nadie que Él es el Cristo (cf. Mt 16,20).

Los apóstoles estarían impresionados por la claridad con la que Jesús les había confirmado lo que intuían, que su Maestro era el Mesías largamente esperado, aquel descendiente de David que vendría a reinar para siempre liberando a su pueblo de toda opresión. Tal vez pensaban, como era lo habitual entre sus contemporáneos, que el reinado del Mesías sería una gloriosa sucesión de triunfos. Por eso, Jesús les pone inmediatamente en la realidad hablándoles de sus planes de futuro, que iban por unos derroteros muy distintos a los que se imaginaban. Les advierte de que “él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día” (v. 21).

También en esta ocasión, es Pedro quien toma la palabra para expresar lo que otros no se atreven a decir, y se atreve a reprender al Maestro: “¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso” (v. 22). A lo que Jesús le responde con palabras muy fuertes: “¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres” (v. 23).

Jesús se dirige hacia la Cruz e invita a sus discípulos a seguirlo: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga” (v. 24). Contra toda lógica humana, la cruz no implica desventura, desgracia que hay que evitar a toda costa, sino oportunidad de acompañar a Jesús en su victoria. En la lógica de Dios el camino que conduce al triunfo glorioso sobre el pecado y la muerte pasa por la pasión y la cruz.

Recordaba san Josemaría en su predicación un sueño de un clásico castellano en el que se mencionaban dos caminos. Uno es ancho y regalado, pero termina en un precipicio sin fondo. Es el que siguen atolondradamente los mundanos. “Por dirección distinta, discurre en ese sueño otro sendero: tan estrecho y empinado, que no es posible recorrerlo a lomo de caballería. Todos los que lo emprenden, adelantan por su propio pie, quizá en zigzag, con rostro sereno, pisando abrojos y sorteando peñascos. En determinados puntos, dejan a jirones sus vestidos, y aun su carne. Pero al final, les espera un vergel, la felicidad para siempre, el cielo. Es el camino de las almas santas que se humillan, que por amor a Jesucristo se sacrifican gustosamente por los demás; la ruta de los que no temen ir cuesta arriba, cargando amorosamente con su cruz, por mucho que pese, porque conocen que, si el peso les hunde, podrán alzarse y continuar la ascensión: Cristo es la fuerza de estos caminantes”.

El fin de todo ser humano es alcanzar la felicidad. Pero no se consigue la felicidad cuando se busca siempre lo más cómodo y apetecible, sino cuando se ama decididamente, aunque el amor comporte sacrificio. “Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado”, decía san Josemaría. “Por esto, me gusta pedir a Jesús, para mí: Señor, ¡ningún día sin cruz! Así, con la gracia divina, se reforzará nuestro carácter, y serviremos de apoyo a nuestro Dios, por encima de nuestras miserias personales”.


Fuente: opusdei.org.

 

‘Cancel culture’ y ‘cancel nature’ ante el derecho de familia

 Salvador Bernal


La búsqueda de la verdad vincula a la conciencia, porque “no se impone de otra manera, sino por la fuerza de la misma verdad…”

A pesar de retrasos causados por la agitación social, el coronavirus y la crisis de gobierno, acaba de recibir un buen impulso la reforma de la ley bioética francesa. Se cumplirá así el prudente compromiso asumido en 1994 de revisar cada cinco años las normas sobre asuntos sometidos a una evidente aceleración científica y a la evolución de las costumbres. Se impone actualizar las respuestas éticas en una época en la que no tiene nada de pacífico el permanente juego humano entre naturaleza y libertad.

Hasta ahora, el derecho francés ha mostrado un equilibrio superior a la media entre el principio de cautela y la asunción de progresos científicos, con la correspondiente valoración de los criterios éticos ante las nuevas técnicas: no siempre las soluciones que permite el desarrollo de las investigaciones, se pueden ni se deben aceptar en el ordenamiento jurídico.

Por eso, en el primer semestre de 2018, el Comité nacional de ética organizó los "estados generales" de la bioética en Francia. Se publicó a comienzo del verano una síntesis amplia de la multitud de actos y debates. Y en septiembre se presentaron las propuestas al gobierno, distinguiendo, dentro de las tendencias, las discrepancias y consensos. Como existía mucha oposición al objetivo de Macron de extender la procreación médica asistida (PMA), el gobierno puso en marcha una comisión informativa parlamentaria, que permitiera facilitar un ambiente favorable.

Para abrir la PMA a todos, era preciso cambiar de sentido: abandonar su naturaleza terapéutica como remedio de la infertilidad en el seno de la pareja, y transformarla en derecho de la persona, especialmente de la mujer. Esto ha permitido ampliar el proyecto, a pesar de la falta de consenso ético, y de dificultades de técnica jurídica respecto de la filiación, no resueltas. Pero ha prevalecido la presión de las minorías, que han aplicado estereotipos y descalificaciones de los contrarios, como la recurrente acusación de homofobia... Al contrario de lo sucedido con la eutanasia, que no se tocará. Así lo ha aprobado la Asamblea Nacional en segunda lectura. El proyecto volverá al Senado, y quizá no esté listo antes de enero de 2021.

Cuando falta un fundamento sólido se producen incongruencias: así, parece paradójico abrir la PMA a mujeres solteras y rechazarla post-mortem a viudas que habían elaborado un proyecto parental para caso de muerte, mediante inseminación de espermatozoides o implantación de un embrión concebido con gametos de la pareja, previa congelación.

He participado desde lejos en el reciente debate sobre la “cancel culture”: a favor de la libertad, en contra de la intolerancia, apenado por la triste experiencia de víctimas que se convierten en verdugos y, en parte, perplejo por la insuficiente fundamentación teórica de la libertad. En realidad, si se absolutiza, en la línea del “todo vale”, el individualismo se hace potencialmente opresor −no acepta límites−, como ha sucedido por desgracia. Tal vez sea preciso volver a anclar la libertad en la naturaleza del ser humano, en su condición abierta, nunca oclusiva ni fija, hacia la búsqueda del propio desarrollo y perfeccionamiento.

No soy experto, pero me parece que fue ése el camino que siguió el Concilio Vaticano II en la elaboración de la famosa declaración sobre la libertad religiosa, titulada precisamente Dignitatis humanae. Los padres conciliares acudieron a la tradición y a la doctrina de la Iglesia para encontrar una luz iluminadora de un rasgo de la modernidad sintetizado en el arranque del documento: “Los hombres de nuestro tiempo se hacen cada vez más conscientes de la dignidad de la persona humana, y aumenta el número de aquellos que exigen que los hombres en su actuación gocen y usen del propio criterio y libertad responsables, guiados por la conciencia del deber y no movidos por la coacción. Piden igualmente la delimitación jurídica del poder público, para que la amplitud de la justa libertad tanto de la persona como de las asociaciones no se restrinja demasiado”. La búsqueda de la verdad vincula a la conciencia, porque “no se impone de otra manera, sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y fuertemente en las almas”. Por tanto, exige inmunidad de coacción, libertad religiosa.

Tampoco me parece casual que la importante instrucción elaborada por la congregación vaticana para la doctrina de la fe de 2008, aprobada expresamente por el papa Benedicto XVI, que trata de responder a nuevas cuestiones en el campo de la bioética, se titule Dignitas personae. Al cabo, debería ser el gran criterio inspirador de toda investigación y actuación en estas materias, en consonancia también con la amplitud del actual movimiento ecológico, que comporta un reconocimiento profundo de las exigencias de la naturaleza, también humana: si no, toda destrucción estaría justificada, también la cancel nature.

Salvador Bernal, en religion.elconfidencialdigital.com.

8/27/20

“¿Pienso como Dios o pienso como el mundo”


DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo A

Textos: Jr 20, 7-9; Rm 12, 1-2; Mt 16, 21-27

Idea principal:  O pensamos como Dios o pensamos como el mundo y los hombres. No hay otra opción.

Resumen del mensaje: Cuando Jesús anuncia por primera vez que va a Jerusalén a padecer y que allí será entregado a muerte, y resucitará al tercer día, se encuentra con la reacción, de buena fe, pero exagerada, de Pedro que quiere impedir ese fracaso a Cristo. La respuesta de Jesús hoy no es ciertamente de alabanza, como en el domingo pasado, sino una de las más duras palabras que salieron de su boca: “Apártate de mí, Satanás”. Cristo le invita –nos invita- a pensar como Dios y no como los hombres.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, los hombres pensamos de ordinario en clave de éxito, y no de fracaso. Y cuando no viene ese éxito, nos invade la depresión, el desaliento y la tristeza. Preguntemos, si no, al profeta Jeremías en la primera lectura. Profeta del tiempo final del destierro y figura de Jesús en su camino de pasión, y de todo cristiano que quiera ser consecuente con su fe. Era joven y el ministerio que le tocó no era nada fácil: anunciar desgracias, si no cambiaban de conducta y de planes incluso políticos de alianzas. Nadie le hizo caso. Le persiguieron, le ridiculizaron. Ni en su familia ni en la sociedad encontró apoyo. Jeremías sufrió angustia, crisis personal y pensó en abandonar su misión profética. ¡Qué fácil es acomodarse a las palabras de los gobernantes y del pueblo para granjearnos el éxito y el aplauso! Los profetas verdaderos, los cristianos verdaderos, no suelen ser populares y a menudo acaban mal por denunciar injusticias. En esos momentos, miremos a Cristo en Getsemaní.

En segundo lugar, los hombres pensamos de ordinario en clave de poder y ambición, y no de humildad y desprendimiento. A Pedro no le cabe en la cabeza la idea de la humillación, del despojo, del último lugar. No había entendido que toda autoridad se debe ejercerla como servicio, y no como dominio. ¡Le quedaba tanto por madurar! Nos queda tanto por madurar. Pensamos como los hombres y no como Dios. A esto lo llama el Papa Francisco “mundanidad” (Evangelii gaudium, nn. 93-97).  Y cuando Pedro entendió, afrontó todo tipo de persecuciones, hasta la muerte final en Roma, en tiempos de Nerón, como testigo de Cristo. Los proyectos humanos van por otros caminos, de ventajas materiales y manipulaciones para poder prosperar y ser más que los demás y dominar a cuantos más mejor. Pero los proyectos de Dios son otros.

Finalmente, los hombres pensamos de ordinario en clave de comodidad, y no de cruz. Ni a Pedro ni a nosotros nos gusta la cruz, ya sea física –enfermedades-, moral –abandono, calumnia, incomprensión- o espiritual –noches oscuras del alma que nada ve ni siente; sólo hay un túnel oscuro. ¿A quién le gusta la cruz? Ya nos avisó Jesús. No nos prometió que su seguimiento sería fácil y cómodo. “Carga con la cruz y sígueme”. Preferimos un cristianismo “a la carta”, aceptando algunas cosas del evangelio y omitiendo otras. Queremos Tabor, no Calvario. Queremos consuelo y euforia, no renuncia ni sacrificio. La cruz la tenemos, tal vez, como adorno en las paredes o colgada del cuello. Pero que esa cruz se hunda en nuestras carnes y en nuestro corazón, de ninguna manera. La clave para cuando nos visita la cruz de Cristo nos la da san Pablo en la segunda lectura de hoy a los romanos: ofrecernos a Dios como ofrenda viva, santa y agradable a Dios. Sólo así pensaremos como Dios.

Para reflexionar: ¿Pensamos como Dios en materia de negocios, de moral sexual, de política, de relaciones humanas? Dice el papa Francisco: “La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal…Si invadiera la Iglesia (esta mundanidad) sería infinitamente más desastrosa que cualquier otra mundanidad simplemente moral” (Evangelio gaudium, n. 93).

Para rezar: Señor, aquí tienes mi mente. Sabes que a veces pienso como el mundo, con las categorías del mundo. Hoy quiero convertir mi mente a Ti, para que piense como Tú, tenga tus mismos criterios. No quiero escuchar de tus labios lo que dijiste a Pedro: “Aléjate de mí, Satanás; piensas como los hombres, no como Dios”. Me encantaría poder decir como san Pablo: Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí” (Gál 2, 20), quien piensa en mí, quien ama en mí, quien decide en mí”. Amén.

“Misas online” por la pandemia de COVID-19

 Monseñor Felipe Arizmendi Esquivel

Obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas


En forma plena, activa, consciente y respetuosa

VER

Con motivo de la pandemia por la COVID-19, se multiplicaron las misas transmitidas por diversos medios electrónicos. Miles y millones de fieles se han alimentado en ellas. Varios me han preguntado si esas misas valen. Desde hace años se transmiten, sobre todo para enfermos y ancianos, y nadie duda que les valgan, aún para cumplir el precepto dominical de participar en Misa. Para ellos, si las siguen con fe, les valen y les ayudan mucho, les alientan en la esperanza, les fortalecen en sus sufrimientos y son un gran alimento. La duda es para quienes no son ancianos ni enfermos, que valoran mucho la transmisión de estas celebraciones y no quieren que se terminen, ahora que se empiezan a abrir los templos.

Los obispos de todo el mundo eximieron a los fieles del precepto dominical, mientras durara la pandemia. Por tanto, nadie tenía obligación de participar en la Misa en forma presencial. Como alternativa válida, casi todas las diócesis y parroquias se han servido de los medios digitales para transmitirlas. Por tanto, durante lo más grave de la pandemia, participar en forma virtual de estas misas, vale, aún en el sentido jurídico, y alimenta mucho la fe. Pero ahora, con el paso a la nueva normalidad litúrgica, cuando ya es posible participar presencialmente en la Misa, aunque todavía con ciertas restricciones en cuanto al número de fieles, según la capacidad de cada templo, ¿vale una Misa on line? ¿Valen estas misas en domingo? ¿Se cumple el precepto dominical?

Para enfermos y ancianos, que ya no pueden ir al templo, les valen plenamente. Para personas mayores y vulnerables en su salud, expuestas a contagios, mientras dure la pandemia, les valen ciertamente y no han de angustiarse. Aún más, se les recomienda no ir a la celebración comunitaria. Para personas sanas, ciertamente les ayudan, si participan con fe, dedicándole todo el tiempo, pero no cumplen el precepto dominical, porque tienen la posibilidad de participar presencialmente. Esto no es por una simple norma canónica, sino por el sentido profundo de la celebración eucarística.

PENSAR

Jesús instituyó la Eucaristía y participaron en ella los que estaban físicamente presentes. Es obvio que, en aquellos tiempos, no había los medios electrónicos de ahora. Pero su forma de actuar es la que norma nuestros criterios y comportamientos. El habla explícitamente de comer su Cuerpo y beber su Sangre, no en forma virtual, sino presencial. Por tanto, esta es la forma normal de vivir este Sacramento.

Cuando se describe, en Hechos de los Apóstoles 2,42 y en la Carta a los Corintios 11,17-34, la práctica de las primeras comunidades cristianas, la participación es física, porque, como dice el Concilio Vaticano II, “fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente” (LG 9).

Por ello, el mismo Concilio insiste en la necesidad de una “plena y activa participación de todo el pueblo, porque es la fuente primaria y necesaria en la que han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano” (SC 14). Esta participación ha de ser “activa, interna y externa” (SC 19), “plena, activa y comunitaria” (SC 21). Por ello, “siempre que los ritos, cada cual según su naturaleza propia, admitan una celebración comunitaria, con asistencia y participación activa de los fieles, incúlquese que hay que preferirla, en cuanto sea posible, a una celebración individual y casi privada. Esto vale sobre todo para la celebración de la Misa, quedando siempre a salvo la naturaleza pública y social de toda Misa” (SC 27).

Por tanto, tan pronto vaya siendo posible participar físicamente en la Misa, sobre todo en domingo, hay que dejar la pereza y la comodidad del hogar, para ir al templo y participar en forma plena en la celebración, formando una comunidad ya no sólo virtual, sino presencial. Eso es ser Iglesia; eso es ser Cuerpo de Cristo, asamblea santa, pueblo de Dios.

Sin embargo, no menospreciemos la participación virtual en las Misas, sobre todo entre semana. Muchas personas, si no es por este medio, no tendrían oportunidad de alimentarse de la Eucaristía, por sus ocupaciones normales. La comodidad de los fieles es también un criterio pastoral y canónico. Por ejemplo, cuando es complicado para los creyentes acudir al templo parroquial para un bautismo, la comodidad de los fieles puede ser razón para que el bautismo de sus hijos se haga en otra comunidad de la parroquia. Todavía hay párrocos que sólo permiten los bautismos en el templo parroquial, y no toman en cuenta lo prescrito en el Código de Derecho Canónico: “Fuera del caso de necesidad, el lugar propio para el bautismo es una iglesia u oratorio. Como norma general, el adulto debe bautizarse en la iglesia parroquial propia, y el niño en la iglesia parroquial de sus padres, a no ser que una causa justa aconseje otra cosa” (CIC 857). Sin embargo, el obispo diocesano, “habiendo oído al párroco del lugar, puede permitir o mandar que, para comodidad de los fieles, haya también pila bautismal en otra iglesia u oratorio dentro de los límites de la parroquia” (CIC 858,2). Se pueden hacer los bautismos también en colonias urbanas o poblaciones rurales, por ejemplo en sus fiestas patronales, y hasta tener allí pila bautismal. Obsérvese la razón: por la comodidad de los fieles. También la comodidad cuenta. No la pereza y la desidia; sino la razonable comodidad de los fieles: ad fidelium commoditatem, dice el original latino. Esto vale también para las Misas. Participar, desde la comodidad del hogar, entre semana, en una Misa en forma virtual, es válido y aconsejable, si hacerlo en forma física es complicado. Eso entre semana; en domingo, hay que hacer todo lo posible por participar en forma presencial, junto con la comunidad local. Sin embargo, aun en domingo, si alguien no puede participar en forma presencial en la Misa, sígala por algún medio electrónico, incluso en forma diferida. Si lo hace con fe, le sirve, pues a Dios no lo limita el tiempo; lo que él ve es el corazón.

ACTUAR

Siempre que te sea posible, participa en forma presencial en las Misas, sobre todo en domingo. Pero si no te es posible, disfruta tu participación virtual, pero que sea a tiempo completo, en forma plena, activa, consciente y respetuosa. “Dios es espíritu, y por eso sus adoradores deberán adorarlo en espíritu y en verdad” (Jn 4,24).

8/26/20

El destino universal de los bienes y la virtud de la esperanza

 El Papa en la Audiencia General


Queridos hermanos y hermanas:

La pandemia actual ha puesto de relieve y ha agravado algunos problemas ya existentes, especialmente la brecha entre las clases sociales.

Esto hace que muchas personas corran el peligro de perder la esperanza. La desigualdad que se vive revela una enfermedad social; un virus que proviene de una economía enferma; fruto de un crecimiento económico que ignora los valores humanos fundamentales. El modelo económico se muestra indiferente ante el daño infligido a la Casa común; es el pecado de querer poseer y dominar a los demás, a la naturaleza y al mismo Dios.

Sin embargo, debemos recordar que Dios nos dio la tierra “a todos” para que la cuidáramos y la cultiváramos. Nosotros somos administradores de lo que el Señor nos ha otorgado y estamos llamados a asegurar que sus frutos lleguen a todos, no sólo a unos pocos. Sin embargo, observamos que el homo sapiens, llamado a ser solidario, se deforma y se convierte en una especie de homo œconomicus, que busca su propio interés de forma individualista.

Con la mirada fija en Jesús, y unidos como comunidad, necesitamos actuar todos juntos, con la esperanza de generar algo diferente y mejor. La esperanza cristiana, arraigada en Dios, es nuestra ancla. Así lo entendieron y practicaron las primeras comunidades cristianas que, viviendo también tiempos difíciles, se sostenían recíprocamente y ponían todo en común.

Ante la pandemia y sus consecuencias sociales, muchos corren el riesgo de perder la esperanza. En este tiempo de incertidumbre y de angustia, invito a todos a acoger el don de la esperanza que viene de Cristo. Es Él quien nos ayuda a navegar en las aguas tumultuosas de la enfermedad, de la muerte y de la injusticia, que no tienen la última palabra sobre nuestro destino final.

La pandemia ha puesto de relieve y agravado los problemas sociales, sobre todo la desigualdad. Algunos pueden trabajar desde casa, mientras que para muchos otros esto es imposible. Ciertos niños, a pesar de las dificultades, pueden seguir recibiendo una educación escolar, mientras que para muchísimos otros se ha interrumpido bruscamente. Algunas naciones poderosas pueden emitir moneda para afrontar la emergencia, mientras que para otras eso significaría hipotecar el futuro.

Estos síntomas de desigualdad revelan una enfermedad social; es un virus que viene de una economía enferma. Debemos decirlo claramente: la economía está enferma. Se ha enfermado. Es el fruto de un crecimiento económico inicuo −esa es la enfermedad: el fruto de un crecimiento económico inicuo− que prescinde de los valores humanos fundamentales. En el mundo de hoy, unos pocos muy ricos poseen más que todo el resto de la humanidad. Repito esto porque nos hará pensar: pocos riquísimos, un grupito, poseen más que todo el resto de la humanidad. Esto es estadística pura. ¡Es una injusticia que clama al cielo! Al mismo tiempo, ese modelo económico es indiferente a los daños infligidos a la casa común. No se preocupa de la casa común. Estamos cerca de superar muchos de los límites de nuestro maravilloso planeta, con graves e irreversibles consecuencias: desde la pérdida de biodiversidad y el cambio climático hasta el aumento del nivel de los mares y la destrucción de los bosques tropicales. La desigualdad social y el degrado ambiental van de la mano y tienen la misma raíz (cfr. Enc. Laudato si’, 101): la del pecado de querer poseer, de querer dominar a los hermanos y hermanas, de querer poseer y dominar la naturaleza y al mismo Dios. Pero ese no es el plan de la creación.

«Al comienzo Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común de la humanidad para que tuviera cuidado de ellos» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2402). Dios nos ha pedido dominar la tierra en su nombre (cfr. Gen 1,28), cultivándola y cuidándola como un jardín, el jardín de todos (cfr. Gen 2,15). «Mientras “cultivar” significa arar o trabajar [...], “custodiar” quiere decir proteger, preservar» (LS, 67). Pero atención a no interpretar esto como carta blanca para hacer de la tierra lo que queremos. No. Existe «una relación de reciprocidad responsable» (ibíd.) entre nosotros y la naturaleza. Una relación de reciprocidad responsable entre nosotros y la naturaleza. Recibimos de la creación y damos a nuestra vez. «Cada comunidad puede tomar de la bondad de la tierra lo que necesita para su supervivencia, pero también tiene el deber de protegerla» (ibíd.). Ambas partes.

De hecho, «la tierra nos precede y nos ha sido dada» (ibíd.), ha sido dada por Dios «a todo el género humano» (CCC, 2402). Y por tanto es nuestro deber lograr que sus frutos lleguen a todos, no solo a algunos. Y esto es un elemento clave de nuestra relación con los bienes terrenos. Como recordaban los padres del Concilio Vaticano II, «el hombre, al usarlos, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás» (Gaudium et spes, 69). Porque «la propiedad de un bien hace de su dueño un administrador de la providencia para hacerlo fructificar y comunicar sus beneficios a otros» (CCC, 2404). Nosotros somos administradores de los bienes, no dueños. Administradores. “Sí, pero el bien es mío”. Es verdad, es tuyo, pero para administrarlo, no para tenerlo egoístamente para ti.

Para asegurar que lo que poseemos aporte valor a la comunidad, «la autoridad política tiene el derecho y el deber de regular en función del bien común el ejercicio legítimo del derecho de propiedad» (ibíd., 2406) (cfr. GS, 71; S. Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, 42; Centesimus annus, 40.48). La «subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes [...] es una “regla de oro” del comportamiento social, y el primer principio de todo el ordenamiento ético-social» (LS, 93) (cfr. S. Juan Pablo II, Laborem exercens, 19).

Las propiedades, el dinero son instrumentos que pueden servir a la misión. Pero los transformamos fácilmente en fines, individuales o colectivos. Y cuando esto sucede, se socavan los valores humanos esenciales. El homo sapiens se deforma y se vuelve una especie de homo œconomicus −en el peor sentido− individualista, calculador y dominador. Nos olvidamos de que, siendo creados a imagen y semejanza de Dios, somos seres sociales, creativos y solidarios, con una inmensa capacidad de amar. Nos olvidamos a menudo de esto. De hecho, somos los seres más cooperativos de todas las especies, y florecemos en comunidad, como se ve bien en la experiencia de los santos. Hay un dicho español que me ha inspirado esta frase, y dice: “florecemos en racimo como los santos”.

Cuando la obsesión de poseer y dominar excluye a millones de personas de los bienes primarios; cuando la desigualdad económica y tecnológica es tal que rasga el tejido social; y cuando la dependencia de un progreso material ilimitado amenaza la casa común, entonces no podemos quedarnos mirando. No, eso es desolador. ¡No podemos quedarnos mirando! Con la mirada fija en Jesús (cfr. Hb 12,2) y con la certeza de que su amor obra mediante la comunidad de sus discípulos, debemos actuar todos juntos, con la esperanza de generar algo distinto y mejor. La esperanza cristiana, radicada en Dios, es nuestra ancla. Sostiene la voluntad de compartir, reforzando nuestra misión como discípulos de Cristo, que compartió todo con nosotros.

Y esto lo entendieron las primeras comunidades cristianas, que como nosotros vivieron tiempos difíciles. Conscientes de formar un solo corazón y una sola alma, ponían todos sus bienes en común, manifestando la gracia abundante de Cristo sobre ellos (cfr. Hch 4,32-35). Nosotros estamos viviendo una crisis. La pandemia nos ha puesto a todos en crisis. Pero recordad: de una crisis no se puede salir iguales: o salimos mejores, o salimos peores. Esa es nuestra opción. Después de la crisis, ¿continuaremos con este sistema económico de injusticia social y de desprecio por el cuidado del ambiente, de la creación, de la casa común? Pensémoslo. Ojalá las comunidades cristianas del siglo XXI puedan recuperar esa realidad −el cuidado de la creación y la justicia social: van juntas−, dando así testimonio de la Resurrección del Señor. Si nos preocupamos de los bienes que el Creador nos da, si ponemos en común lo que poseemos de modo que a nadie le falte, entonces de verdad podremos inspirar esperanza para regenerar un mundo más sano y más justo.

Y para acabar, pensemos en los niños. Leed las estadísticas: cuántos niños, hoy, mueren de hambre por una no buena distribución de las riquezas, por un sistema económico como he dicho antes; y cuántos niños, hoy, no tienen derecho a la escuela, por el mismo motivo. Que sea esta imagen, de los niños necesitados por hambre y por falta de educación, la que nos ayude a entender que después de esta crisis debemos salir mejores. Gracias.

Saludos

Saludo cordialmente a las personas de lengua francesa. Espero que en nuestras comunidades cristianas cuiden los bienes que nos da el Creador, y compartan lo que poseemos de modo que a nadie le falte lo necesario. Daremos así buen ejemplo del Señor resucitado. Dios os bendiga.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua inglesa. Mientras el verano llega a su fin, espero que estos días de descanso traigan a todos paz y serenidad. Sobre vosotros y vuestras familias invoco la alegría y la paz de Cristo. Dios os bendiga.

Dirijo un cordial saludo a los hermanos y hermanas de lengua alemana. Procuremos superar el individualismo de este tiempo. Tantas personas pobres, enfermas y abandonadas nos necesitan. Que el Espíritu Santo os colme con su caridad y su alegría.

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. En estos momentos de pandemia que aflige al mundo entero, los animo a acoger el don de la esperanza que viene de Dios. Cristo, Señor de la Historia, nos ayuda a navegar por las tumultuosas aguas que nos toca atravesar, de la enfermedad, de la muerte, de la injusticia, y a navegar siempre con la mirada fija en Él. Que Dios los bendiga.

Saludo a los oyentes de lengua portuguesa y os deseo una gran fe para ver la realidad con la mirada de Dios y una gran caridad para acercarse a las personas con su corazón misericordioso. ¡Fiaos de Dios, como la Virgen María! Con mucho gusto os bendigo a vosotros y a vuestros seres queridos.

Saludo a los fieles de lengua árabe. Si cuidamos los bienes que el Creador nos da, si ponemos en común lo que poseemos de modo que a nadie le falte, entonces de verdad podremos inspirar esperanza para regenerar un mundo más sano y más justo. Que el Señor os bendiga a todos y os proteja ‎siempre de todo mal.

Saludo cordialmente a todos los polacos. Queridos hermanos y hermanas, hoy la Iglesia en Polonia celebra la solemnidad de la Virgen Negra de Czestochowa. Llevando vivo en el corazón el recuerdo de mi visita a aquel Santuario, hace cuatro años, con ocasión de la JMJ, me uno hoy a los miles y miles de peregrinos que allí se reúnen, junto al Episcopado Polaco, para encomendarse ellos mismos, sus familias, la nación y toda la humanidad a su materna protección. Rezad a la Madre Santísima para que interceda por todos, y sobre todo por los que de diversos modos sufren a causa de la pandemia, y les dé alivio. Por favor rezad también por mi. Dios os bendiga.

Dirijo un cordial saludo a los fieles de lengua italiana, animando a todos a ser en cada ambiente generosos testigos de la gratuidad del amor de Dios.

Mi pensamiento va finalmente a los ancianos, jóvenes, enfermos y recién casados. Mañana y pasado mañana la liturgia hace memoria de dos grandes Santos, santa Mónica y su hijo san Agustín, unidos en la tierra por vínculos familiares y en el cielo por el mismo destino de gloria. Que su ejemplo e intercesión lleven a cada uno a una búsqueda sincera de la Verdad evangélica.

8/25/20

Teología para Millennials: “Vacuna COVID-19 y aborto”

¿Es lícito usar tejido celular proveniente de un aborto?witter

Pregunta Jorge Mario, estudiante de medicina, “¿es lícito moralmente usar la vacuna contra el COVID-19, sabiendo que se obtuvo gracias a tejido proveniente de un aborto?”. La elaborada por la Universidad de Oxford con Astra/Zeneca tiene ese origen. Si hemos de atender a la premisa moral básica de que “el fin no justifica los medios”, y a que de ninguna manera es correcto colaborar con el aborto, podríamos adelantar una respuesta. Además, ¿no sería poco coherente protestar en contra del aborto, pero beneficiarse de él, sirviéndonos de sus frutos?

Dos acotaciones preliminares son pertinentes. Primero que, para una mentalidad pragmática y utilitarista, ningún inconveniente tiene utilizar una vacuna para hacer frente al coronavirus, provenga de donde provenga. La cantidad de muertes que está causando la pandemia, así como el colapso económico, junto con el social que este último lleva aparejado, lo justificaría. No importa que a tal efecto se sacrifique la vida de un ser humano inocente. Sería, en efecto, como negociar con el terrorista, solo que en este caso es un terrorista biológico. Sería equivalente al sacrificio humano, donde entrego a la doncella para garantizar una buena cosecha, en beneficio de toda la comunidad. Su vida estaría, finalmente, bien empleada, serviría para algo.

La segunda precisión es que, del lado inverso, ni siquiera los “moralistas expertos” parecen aclararse suficientemente respecto a esta delicada cuestión. En efecto, no es la primera vez que se plantea el problema, pues son muchas las vacunas desarrolladas a partir de células obtenidas a partir de abortos. Así, la Pontificia Academia para la Vida, elaboró un dictamen restrictivo al respecto en: “Reflexiones morales acerca de las vacunas preparadas a partir de células provenientes de fetos humanos abortados”, del 5 de junio de 2005. En cambio, en su “Nota acerca del uso de las vacunas”, del 31 de julio de 2017, matiza bastante sus afirmaciones, concluyendo que no hay inconveniente en recurrir a ellas. ¿A qué se debe ese cambio de línea?

La argumentación ética descansa en dos reflexiones. Primero que “las líneas celulares actualmente utilizadas son muy lejanas de los abortos originales, y no implican más aquella relación de cooperación moral indispensable para la valoración éticamente negativa en su utilización”. Los abortos que están en la base de los diferentes proyectos de vacunas contra el COVID-19 se produjeron en 1972 y en 1985. Pero, más allá del tiempo –el trascurrir temporal no convierte en buena una acción mala-, está el hecho de que no son necesarios más abortos, no se fomenta su práctica porque las líneas celulares que ahora se tienen están suficientemente probadas. No habrá una nueva “demanda” de abortos. En segundo lugar, la nota de 2017 explica que “el mal, en sentido moral, está en las acciones, no en las cosas o en la materia en cuanto tal”. En ese sentido, todo hay que decirlo, el aborto original fue lamentable, pero las líneas celulares obtenidas a partir de él, no puede decirse que “estén malditas”.

Los dos documentos, el de 2005 y el 2017 insisten, sin embargo, en la necesidad de promover que ninguna vacuna en uso tenga como origen un aborto provocado, es decir, una “limpieza ética de origen”. No es una quimera, de hecho, algunos de los protocolos de investigación actuales contra el COVID-19, se sirven de diagnósticos por amniocentesis, o utilizan ARN Mitocondrial, es decir, no implican un aborto. Ambos coinciden en que sería inaceptable recurrir a nuevos abortos para conseguir desarrollar la vacuna, y en la importancia de presentar una oportuna petición o reclamación a las autoridades, para no acostumbrarnos a utilizar los abortos, es decir, ver a la vida humana como un insumo, como “material genético” desprovisto de dignidad.

En esa última línea insiste más el documento del 2005, pero recientemente la Conferencia Episcopal Norteamericana, ha pedido a la FDA de los Estados Unidos, “incentivar a las compañías farmacéuticas a usar sólo líneas celulares o procedimientos morales para producir vacunas”. Se trata de no conformarse o acostumbrarse a servirse de abortos. En resumen, sería claramente inmoral utilizar la vacuna si su elaboración supusiera nuevos abortos; no lo es si proviene de un aborto lejano.

8/24/20

Amar al mundo apasionadamente implica trabajar y cuidar lo creado

Salvador Bernal


La expansión del coronavirus ha puesto de relieve la necesidad de mirar con nuevos ojos la relación humana con la creación

El pasado 24 de mayo, día de Pentecostés en 2015, se cumplieron cinco años de la promulgación de la encíclica Laudato si’, en el tercero del pontificado de Francisco. No sabía que en Roma estaban preparando un documento −“En camino para el cuidado de la casa común”− con planes de futuro, a partir de una especie de balance de estos cinco años de vigencia, elaborado por un equipo perteneciente a diversos dicasterios vaticanos: la mesa de la Santa Sede sobre la ecología integral, creada también en 2015, con participación de algunas conferencias episcopales y organizaciones católicas, para promover y perfilar los diversos objetivos de la encíclica. Fue presentado hace unos días en Roma, y lo he recordado el 26 de junio en una de las lecturas de la misa de san Josemaría, tomada del libro del Génesis: “el Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén, para que lo guardara y lo cultivara” (ut operaretur et custodiret illum).

Se comprende bien la elección de ese pasaje del Antiguo Testamento, porque el fundador del Opus Dei repitió cientos de veces esa frase como constitutiva de la persona, antes de la caída: el trabajo es una propiedad de la condición humana, no castigo por el pecado; aunque ciertamente éste vino a romper el orden original, con unas consecuencias también negativas para la relación con lo creado, que es preciso recomponer, con la ayuda de la gracia divina, fruto de la Redención operada por Cristo.

Veremos qué pasa en los próximos meses. Pero, sin duda, la expansión del coronavirus ha puesto de relieve la necesidad de mirar con nuevos ojos la relación humana con la creación. Ciertamente, es más necesaria que nunca esa ecología integral, porque la salvaguardia y el desarrollo del planeta es responsabilidad de todos. Sin las exageraciones y radicalismos de la deep ecology.

Si la sociedad actual es muy compleja, no lo son menos las cuestiones relativas al medio ambiente y al clima. Se resisten a estereotipos y soluciones simplistas. Pero importa mucho asentar con firmeza los grandes principios, doctrinales y operativos. El reciente documento vaticano se inscribe en ese contexto: aunque terminó de redactarse antes de la pandemia, la situación actual confirmaría el mensaje principal de la Encíclica: todo está conectado, no hay crisis separadas, sino una única y compleja crisis socio-ambiental que requiere una verdadera conversión ecológica.

Entiendo que no guste a todos esa expresión −conversión ecológica−, por el riesgo semántico de minimizar el sentido de la metanoia radical exigida por el encuentro personal con Cristo. Pero no se puede olvidar el impulso cósmico reflejado en el exaltatus fuero a terra, de Juan 12, 32. Se impone ir al fondo, sin entrar en discusiones lingüísticas, como la de quien critica la invocación Solacium migrantium, por ser ajena al “vocabulario de la Iglesia”, cuando, sin ir más lejos, aparece en varios pasajes de la constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, concretamente el n. 84: a propósito de los lazos de mutua dependencia entre los ciudadanos y los pueblos de la tierra, señala la necesidad de un ordenamiento mundial al servicio del bien común universal.

La ascética cristiana conoce bien el sentido de la conversión diaria: búsqueda del mejoramiento personal, superación de errores y defectos. Sin caer en rigorismos más o menos escrupulosos, muchos sentimos la necesidad de una conversión ecológica, que agudice las exigencias de cada uno en el cuidado de la vida creada en sus múltiples facetas. Como recuerda el documento, se trata de profundizar y alcanzar un auténtico equilibrio personal, social, ambiental. Lógicamente, sin mitificar la naturaleza, lejos de enfoques panteístas y de esquemas hiperprotectores que llevan a remedios intervencionistas peores que la propia enfermedad.

Como es natural, y aunque sea quizá el más pequeño del mundo, el Estado Vaticano se propone también objetivos ecológicos significativos, que el documento refleja en el último capítulo. Así, los nuevos sistemas de iluminación en la Capilla Sixtina, la Plaza de San Pedro y la Basílica Vaticana han supuesto ahorros energéticos del 60 al 80 por ciento.

Las nuevas generaciones habrán de aprender la cultura del cuidado para superar la del despilfarro y el descarte; comprenderán con nuevas luces el sentido de la comunión y fecundidad en la familia; la solidaridad superará el individualismo; la creatividad humana encontrará nuevas energías y nuevos modelos para la economía y el desarrollo.


Salvador Bernal, en religion.elconfidencialdigital.com.

 El Papa ayer en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (cfr Mt 16,13-20) presenta el momento en el que Pedro profesa su fe en Jesús como Mesías e Hijo de Dios. Esta confesión del Apóstol es provocada por el mismo Jesús, que quiere conducir a sus discípulos a dar el paso decisivo en su relación con Él. De hecho, todo el camino de Jesús con los que le siguen, especialmente con los Doce, es un camino de educación de su fe. Antes que nada Él pregunta: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?” (v. 13). A los apóstoles les gustaba hablar de la gente, como a todos nosotros. El chisme gusta. Hablar de los demás no es tan exigente, por esto, porque nos gusta; también “despellejar” a los otros. En este caso ya se requiere la perspectiva de la fe y no el chisme, es decir, pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Y los discípulos parece que hacen una competición en el referir las diferentes opciones, que quizá en gran parte ellos mismos compartían. Ellos mismos compartían. Básicamente, Jesús de Narazert era considerado un profeta (v. 14).

Hoy, escuchamos dirigida a cada uno de nosotros la pregunta de Jesús: “¿Y vosotros quién decís que soy yo?”. A cada uno de nosotros. Y cada uno de nosotros debe dar una respuesta no teórica, sino que involucra la fe, es decir la vida, ¡porque la fe es vida! “Para mí tú eres…”, y decir la confesión de Jesús. Una respuesta que nos pide también a nosotros, como a los primeros discípulos, la escucha interior de la voz del Padre y la consonancia con lo que la Iglesia, reunida en torno a Pedro, continúa proclamando. Se trata de entender quién es para nosotros Cristo: si Él es el centro de nuestra vida, si Él es el fin de todo nuestro compromiso en la Iglesia, de nuestro compromiso en la sociedad. ¿Quién es Jesús para mí? Quién es Jesucristo para ti, para ti, para ti… Una respuesta que nosotros debemos dar cada día.Con la segunda pregunta, Jesús les toca directamente: “¿quién decís que soy yo?” (v. 15). A este punto, nos parece percibir algún instante de silencio, porque cada uno de los presentes es llamado a involucrarse, manifestando el motivo por el que sigue a Jesús; por esto es más que legítima una cierta vacilación. También si yo ahora os preguntara a vosotros: “¿Para ti, quién es Jesús?”, habrá un poco de vacilación. Les quita la vergüenza Simón, que con ímpetu declara: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo” (v. 16). Esta respuesta, tan plena y luminosa, no le viene de su ímpetu, por generoso que sea, – Pedro era generoso – sino que es fruto de una gracia particular del Padre celeste. De hecho, Jesús mismo lo dice: “No te ha revelado esto la carne ni la sangre – es decir la cultura, lo que has estudiado – no, esto no te lo ha revelado. Te lo ha revelado mi Padre que está en los cielos” (v. 17). Confesar a Jesús es una gracia del Padre. Decir que Jesús es el Hijo del Dios vivo, que es el Redentor, es una gracia que nosotros debemos pedir: “Padre, dame la gracia de confesar a Jesús”. Al mismo tiempo, el Señor reconoce la pronta correspondencia de Simón con la inspiración de la gracia y por tanto añade, en tono solemne: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (v. 18). Con esta afirmación, Jesús hace entender a Simón el sentido del nuevo nombre que le ha dado, “Pedro”: la fe que acaba de manifestar es la “piedra” inquebrantable sobre la cual el Hijo de Dios quiere construir su Iglesia, es decir la Comunidad. Y la Iglesia va adelante siempre sobre la fe de Pedro, sobre la fe que Jesús reconoce [en Pedro] y lo hace jefe de la Iglesia.

Pero estad atentos: es indispensable y loable que la pastoral de nuestras comunidades esté abierta a las muchas pobrezas y emergencias que están por todos lados. La caridad es siempre la vía maestra del camino de fe, de la perfección de la fe. Pero es necesario que las obras de solidaridad, las obras de caridad que nosotros hacemos, no desvíen del contacto con el Señor Jesús. La caridad cristiana no es simple filantropía sino, por un lado, es mirar al otro con los mismos ojos que Jesús y; por el otro, es ver a Jesús en el rostro del pobre. Este es el camino verdadero de la caridad cristiana, con Jesús en el centro, siempre.

María Santísima, bienaventurada porque ha creído, sea para nosotros guía y modelo en el camino de la fe en Cristo, y nos haga conscientes de que la confianza en Él da sentido pleno a nuestra caridad y a toda nuestra existencia.


Y después del Ángelus:

Queridos hermanos y hermanas,

Ayer se celebró la Jornada mundial en recuerdo de las víctimas de actos de violencia basados en la religión y en el credo. Recemos por estos hermanos y hermanas nuestros, y apoyemos con la oración y la solidaridad también a quienes – y son muchos – todavía hoy son perseguidos a causa de su fe religiosa. ¡Muchos! Mañana, 24 de agosto, se cumplen 10 años de la masacre de setenta y dos migrantes en San Fernando, Tamaulipas, en México. Eran personas de diferentes países que buscaban una vida mejor.

Expreso mi solidaridad a las familias de las víctimas que todavía hoy invocan justicia y verdad sobre lo sucedido. El Señor nos pedirá cuentas de todos los migrantes caídos en los viajes de la esperanza. Han sido víctimas de la cultura del descarte.

Mañana se cumplen también cuatro años del terremoto que golpeó el centro de Italia. Renuevo mi oración por las familias y las comunidades que han sufrido mayores daños, para que puedan ir adelante con solidaridad y esperanza; y mi deseo de que se acelere la reconstrucción, para que la gente pueda volver a vivir serenamente en estos bellísimos territorios de los Apeninos.

Deseo, además, reiterar mi cercanía a la población del Cabo Delgado, en el norte de Mozambique, que está sufriendo a causa del terrorismo internacional. Lo hago en el vivo recuerdo de la visita que realicé a ese querido país hace un año.

Dirijo un cordial saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos. En particular, a los jóvenes de la parroquia del Cernusco en el Naviglio – estos que están de amarillo, allí – que salieron de Siena en bicicleta y han llegado hoy a Roma a lo largo de la Vía Francigena. ¡Habéis sido buenos! Y saludo también al grupo de familias de Carobbio degli Angeli (provincia de Bérgamo), que han venido en peregrinación en recuerdo de las víctimas del Coronavirus. Y no olvidamos, no olvidamos a las víctimas del coronavirus. Esta mañana he escuchado el testimonio de una familia que ha perdido a los abuelos sin poder despedirlos, en el mismo día. Mucho sufrimiento, muchas personas han perdido la vida, víctimas de la enfermedad; y muchos voluntarios, médicos, enfermeros, monjas, sacerdotes, que también han perdido la vida. Recordamos a las familias que han sufrido por esto.

8/23/20

Tú eres Pedro

 21º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo A)


Evangelio (Mt 16,13-20)

Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, comenzó a preguntarles a sus discípulos:

−¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?

Ellos respondieron:

−Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o alguno de los profetas.

Él les dijo:

−Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Respondió Simón Pedro:

−Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.

Jesús le respondió:

−Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos.

Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo.


Comentario

Con cierta frecuencia aparece en los evangelios la cuestión sobre la identidad de Jesús, un misterio que los contemporáneos de Jesús no sabían descifrar y que la Iglesia tardaría tiempo en definir doctrinalmente. En esta ocasión, durante una estancia en los contornos de Cesarea de Filipo, Jesús mismo pregunta a sus discípulos quién es Él, según las gentes y según ellos mismos. Los apóstoles le responden que algunos lo consideran “Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o alguno de los profetas” (v. 14). Se evidencia de este modo la limitada capacidad humana para entender la identidad y la misión de Jesús, a quien confunden con algún profeta; incluso con Juan Bautista, que ya había fallecido.

Pero “no ocurre así con Pedro −explica el Catecismo de la Iglesia− cuando confiesa a Jesús como ‘el Cristo, el Hijo de Dios vivo’ (Mt 16, 16) porque Jesús le responde con solemnidad ‘no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos’ (Mt 16, 17)”[1]. Con esta sentencia, Jesús aclara que el misterio de su Persona solo se comprende si Dios Padre lo da a conocer; o más bien, cuando nos hace cada vez más capaces de conocerlo. Por un designio divino, Pedro ha recibido del cielo esta revelación y está en disposiciones de confesarla.

“Simón Pedro encuentra en su boca palabras más grandes que él, palabras que no vienen de sus capacidades naturales −explica el Papa Francisco−. Quizá él no había estudiado en la escuela, y es capaz de decir estas palabras, ¡más fuertes que él! Pero están inspiradas por el Padre celeste (cf v. 17), el cual revela al primero de los doce la verdadera identidad de Jesús: Él es el Mesías, el Hijo enviado por Dios para salvar a la humanidad. Y de esta respuesta, Jesús entiende que, gracias a la fe donada por el Padre, hay un fundamento sólido sobre el cual puede construir su comunidad, su Iglesia. Por eso dice a Simón: ‘Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’ (v. 18)”[2].

Jesús podía haber elegido como fundamento para su Iglesia a muchos otros hombres quizá más influyentes y capaces que Pedro desde el punto de vista humano. Sin embargo, eligió a Simón, el pescador, en quien los demás discípulos reconocieron al sucesor directo de Jesús, y el primero entre todos.

Comentando esta escena, el papa san León Magno ponía en boca de Jesús unas palabras que explican el primado de Pedro, su participación en el poder de Jesús y su continuidad a lo largo del tiempo: “Del mismo modo que mi Padre te ha revelado mi divinidad, igualmente yo ahora te doy a conocer tu dignidad: Tú eres Pedro: Yo, que soy la piedra inviolable, la piedra angular que ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, yo, que soy el fundamento, fuera del cual nadie puede edificar, te digo a ti, Pedro, que eres también piedra, porque serás fortalecido por mi poder de tal forma que lo que me pertenece por propio poder sea común a ambos por tu participación conmigo. Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Sobre esta fortaleza −quiere decir− construiré el templo eterno y la sublimidad de mi Iglesia, que alcanzará el cielo y se levantará sobre la firmeza de la fe de Pedro”[3].

El amor al Papa, sea quien sea, es por eso una característica fundamental de todo cristiano. San Josemaría lo explicaba así: “Tu más grande amor, tu mayor estima, tu más honda veneración, tu obediencia más rendida, tu mayor afecto ha de ser también para el Vice–Cristo en la tierra, para el Papa. −Hemos de pensar los católicos que, después de Dios y de nuestra Madre la Virgen Santísima, en la jerarquía del amor y de la autoridad, viene el santo Padre”[4].

Fuente: opusdei.org.