3/30/22

A partir de ahora no peques más

5.º domingo de Cuaresma (Ciclo C). 

Evangelio (Jn 8,1-11)

Jesús marchó al Monte de los Olivos. Muy de mañana volvió de nuevo al Templo, y todo el pueblo acudía a él; se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio y la pusieron en medio.

— Maestro –le dijeron–, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés en la Ley nos mandó lapidar a mujeres así; ¿tú qué dices? –se lo decían tentándole, para tener de qué acusarle.

Pero Jesús, se agachó y se puso a escribir con el dedo en la tierra. Como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:

— El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero.

Y agachándose otra vez, siguió escribiendo en la tierra. Al oírle, empezaron a marcharse uno tras otro, comenzando por los más viejos, y quedó Jesús solo, y la mujer, de pie, en medio. Jesús se incorporó y le dijo:

— Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?

— Ninguno, Señor –respondió ella.

Le dijo Jesús:

— Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más.


Comentario

En este tiempo de conversión que es la Cuaresma, la Iglesia nos invita a contemplar una escena del evangelio de Juan en la que unos hombres expertos en la interpretación de la ley le preguntan a Jesús qué deben hacer con una mujer sorprendida en adulterio, un pecado que en la ley de Moisés estaba castigado con la pena de lapidación.

La pregunta que hacen a Jesús le plantea un dilema difícil de resolver. Debe optar entre atenerse a la justicia y dictar sentencia de muerte, o violar la ley. La escena es profundamente dramática. La vida de aquella mujer depende de la decisión de Jesús, pero también está en juego la propia vida de Jesús, que puede ser acusado de incitar a una grave transgresión de lo mandado, restando importancia ante los ojos de todo el pueblo a los preceptos de la ley divina.

Aquellos personajes fingen tener una deferencia con Jesús, reconociendo aparentemente su autoridad moral, para atraparlo en sus palabras y luego juzgarlo duramente por ellas. Pero el maestro desenmascara su hipocresía, con calma, sin alterarse. Mientras los escucha, se pone a escribir con su dedo en el suelo. Este gesto muestra a Cristo como el Legislador divino, ya que, según dice la Escritura, Dios escribió la ley con su dedo en unas tablas de piedra (Ex 31,18). Jesús, por tanto, es el Legislador, es la Justicia en persona.

Jesús no viola la ley, pero no quiere que se pierda lo que Él estaba buscando, porque había venido a salvar lo que estaba perdido. Su sentencia es justa e inapelable: “El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero” (v.7). “Mirad qué respuesta tan llena de justicia, de mansedumbre y de verdad –comenta admirado San Agustín–. ¡Oh verdadera contestación de la Sabiduría! Lo habéis oído: “Cúmplase la Ley, que sea apedreada la adúltera”. Pero, ¿cómo pueden cumplir la Ley y castigar a aquella mujer unos pecadores? Mírese cada uno a sí mismo, entre en su interior y póngase en presencia del tribunal de su corazón y de su conciencia, y se verá obligado a confesarse pecador”. Como explica Benedicto XVI, las palabras de Jesús “están llenas de la fuerza de la verdad, que desarma, que derriba el muro de la hipocresía y abre las conciencias a una justicia mayor, la del amor, en la que consiste el cumplimiento pleno de todo precepto (cf. Rm 13,8-10)”.

Llama la atención la reacción del Maestro, que es la Justicia en persona. En ningún momento salen de su boca palabras de condena, sino de perdón y misericordia, con una suavidad que invita amablemente a convertirse: “Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más”. Dios no quiere el pecado y sufre por él, pero tiene paciencia y es compasivo.

Jesús no quiere nunca el mal. Sólo desea el bien y la vida. Por eso, con su gran misericordia, instituyó el sacramento de la Reconciliación para que nadie se pierda, sino al contrario, para que todos podamos encontrar el perdón que necesitamos, por grandes que hayan sido nuestras faltas. “No olvidemos esta palabra –nos dice el Papa Francisco−: Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca. […] El problema es que nosotros […] nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros. Y aprendamos también nosotros a ser misericordiosos con todos. Invoquemos la intercesión de la Virgen, que tuvo en sus brazos la Misericordia de Dios hecha hombre”.

Fuente: opusdei.org

La fidelidad a la visita de Dios para la generación que viene

El Papa en la Audiencia General 


Catequesis sobre la vejez 5. 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestro itinerario de catequesis sobre el tema de la vejez, hoy miramos al tierno cuadro pintado por el evangelista san Lucas, que llama a escena a dos figuras de ancianos, Simeón y Ana. Su razón de vida, antes de despedirse de este mundo, es la espera de la visita de Dios. Esperaban que Dios viniera a visitarles, es decir Jesús. Simeón sabe, por una premonición del Espíritu Santo, que no morirá antes de haber visto al Mesías. Ana iba cada día al templo dedicándose a su servicio. Ambos reconocen la presencia del Señor en el niño Jesús, que colma de consuelo su larga espera y serena su despedida de la vida. Esta es una escena de encuentro con Jesús, y de despedida.

¿Qué podemos aprender de estas dos figuras de ancianos llenos de vitalidad espiritual?

Primero, aprendemos que la fidelidad de la espera afina los sentidos. Por otro lado, lo sabemos, el Espíritu Santo hace precisamente esto: ilumina los sentidos. En el antiguo himno Veni Creator Spiritus, con el que invocamos todavía hoy al Espíritu Santo, decimos: «Accende lumen sensibus», enciende una luz para los sentidos, ilumina nuestros sentidos. El Espíritu es capaz de hacer esto: agudiza los sentidos del alma, no obstante los límites y las heridas de los sentidos del cuerpo. La vejez debilita, de una manera u otra, la sensibilidad del cuerpo: uno es más ciego, otro más sordo… Sin embargo, una vejez que se ha ejercitado en la espera de la visita de Dios no perderá su paso: es más, estará también más preparada a acogerla, tendrá más sensibilidad para acoger al Señor cuando pasa. Recordemos que una actitud del cristiano es estar atento a las visitas del Señor, porque el Señor pasa en nuestra vida con las inspiraciones, con la invitación a ser mejores. Y san Agustín decía: “Tengo miedo de Dios cuando pasa” – “¿Pero por qué tienes miedo? – “Sí, tengo miedo de no darme cuenta y dejarlo pasar”. Es el Espíritu Santo que prepara los sentidos para entender cuándo el Señor nos está visitando, como hizo con Simeón y Ana.

Hoy más que nunca necesitamos esto: necesitamos una vejez dotada de sentidos espirituales vivos y capaz de reconocer los signos de Dios, es más, el Signo de Dios, que es Jesús. Un signo que nos pone en crisis, siempre: Jesús nos pone en crisis porque es «señal de contradicción» (Lc 2,34), pero que nos llena de alegría. Porque la crisis no te lleva a la tristeza necesariamente, no: estar en crisis, sirviendo al Señor, muchas veces te da paz y alegría. La anestesia de los sentidos espirituales —y esto es feo— la anestesia de los sentidos espirituales, en la excitación y en el entumecimiento de los corporales, es un síndrome generalizado en una sociedad que cultiva la ilusión de la eterna juventud, y su rasgo más peligroso está en el hecho de que esta es mayoritariamente inconsciente. No nos damos cuenta de estar anestesiados. Y esto sucede: siempre ha sucedido y sucede en nuestra época. Los sentidos anestesiados, sin entender qué sucede; los sentidos interiores, los sentidos del espíritu para entender la presencia de Dios o la presencia del mal, anestesiados, no distinguen.

Cuando pierdes la sensibilidad del tacto o del gusto, te das cuenta enseguida. Sin embargo, la del alma, esa sensibilidad del alma puedes ignorarla durante mucho tiempo, vivir sin darte cuenta de que has perdido la sensibilidad del alma. Esta no se refiere simplemente al pensamiento de Dios o de la religión. La insensibilidad de los sentidos espirituales se refiere a la compasión y la piedad, la vergüenza y el remordimiento, la fidelidad y la entrega, la ternura y el honor, la responsabilidad propia y el dolor ajeno. Es curioso: la insensibilidad no te hace entender la compasión, no te hace entender la piedad, no te hace sentir vergüenza o remordimiento por haber hecho algo malo. Es así: los sentidos espirituales anestesiados confunden todo y uno no siente, espiritualmente, cosas del estilo. Y la vejez se convierte, por así decir, en la primera pérdida, la primera víctima de esta pérdida de sensibilidad. En una sociedad que ejerce principalmente la sensibilidad por el disfrute, disminuye la atención a los frágiles y prevalece la competencia de los vencedores. Y así se pierde la sensibilidad. Ciertamente, la retórica de la inclusión es la fórmula de rito de todo discurso políticamente correcto. Pero todavía no trae una real corrección en las prácticas de la convivencia normal: cuesta que crezca una cultura de la ternura social. No: el espíritu de la fraternidad humana —que me ha parecido necesario reiterar con fuerza— es como un vestido en desuso, para admirar, sí, pero… en un museo. Se pierde la sensibilidad humana, se pierden estos movimientos del espíritu que nos hacen humanos.

Es verdad, en la vida real podemos observar, con gratitud conmovida, muchos jóvenes capaces de honrar hasta al fondo esta fraternidad. Pero precisamente aquí está el problema: existe un descarte, un descarte culpable, entre el testimonio de esta savia vital de la ternura social y el conformismo que impone a la juventud definirse de una forma completamente diferente. ¿Qué podemos hacer para colmar este descarte?

De la historia de Simeón y Ana, pero también de otras historias bíblicas de la edad anciana sensible al Espíritu, viene una indicación escondida que merece ser llevada a primer plano. ¿En qué consiste, concretamente, la revelación que enciende la sensibilidad de Simeón y Ana? Consiste en el reconocer en un niño, que ellos no han generado y que ven por primera vez, el signo seguro de la visita de Dios. Ellos aceptan no ser protagonistas, sino solo testigos. Y cuando un individuo acepta no ser protagonista, sino que se involucra como testigo, la cosa va bien: ese hombre o esa mujer está madurando bien. Pero si tiene siempre ganas de ser protagonista no madurará nunca este camino hacia la plenitud de la vejez. La visita de Dios no se encarna en su vida, de los que quieren ser protagonistas y nunca testigos, no los lleva a la escena como salvadores: Dios no se hace carne en su generación, sino en la generación que debe venir. Pierden el espíritu, pierden las ganas de vivir con madurez y, como se dice normalmente, se vive con superficialidad. Es la gran generación de los superficiales, que no se permiten sentir las cosas con la sensibilidad del espíritu. ¿Pero por qué no se lo permiten? En parte por pereza, y en parte porque ya no pueden: la han perdido. Es feo cuando una civilización pierde la sensibilidad del espíritu. Sin embargo, es muy bonito cuando encontramos ancianos como Simeón y Ana que conservan esta sensibilidad del espíritu y son capaces de entender las diferentes situaciones, como estos dos entendieron que esta situación que estaba ante ellos era la manifestación del Mesías. Ningún resentimiento y ninguna recriminación por esto, cuando estoy en este estado de quietud. Sin embargo, gran conmoción y gran consolación cuando los sentidos espirituales están todavía vivos. La conmoción y la consolación de poder ver y anunciar que la historia de su generación no se ha perdido o malgastado, precisamente gracias a un evento que se hace carne y se manifiesta en la generación que sigue. Y esto es lo que siente un anciano cuando los nietos van a hablar con él: se siente reavivar. “Ah, mi vida está todavía aquí”. Es muy importante ir donde los ancianos, es muy importante escucharlos. Es muy importante hablar con ellos, porque tiene lugar este intercambio de civilización, este intercambio de madurez entre jóvenes y ancianos. Y así, nuestra civilización va hacia delante de forma madura.

Solo la vejez espiritual puede dar este testimonio, humilde y deslumbrante, haciéndola autorizada y ejemplar para todos. La vejez que ha cultivado la sensibilidad del alma apaga toda envidia entre las generaciones, todo resentimiento, toda recriminación por una venida de Dios en la generación venidera, que llega junto con la despedida de la propia. Y esto es lo que sucede a un anciano abierto con un joven abierto: se despide de la vida, pero entregando —entre comillas— la propia vida a la nueva generación. Y esta es la despedida de Simeón y Ana: “Ahora puedo ir en paz”.

La sensibilidad espiritual de la edad anciana es capaz de abatir la competición y el conflicto entre las generaciones de forma creíble y definitiva. Supera, esta sensibilidad: los ancianos, con esta sensibilidad, superan el conflicto, van más allá, van a la unidad, no al conflicto. Esto ciertamente es imposible para los hombres, pero es posible para Dios. ¡Y hoy necesitamos mucho de la sensibilidad del espíritu, de la madurez del espíritu, necesitamos ancianos sabios, maduros en el espíritu que nos den una esperanza para la vida!


Saludos:

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Teniendo presente el testimonio de Simeón y Ana, pidamos al Espíritu Santo que ilumine nuestros sentidos espirituales para que descubramos los signos de Dios en nuestra vida y seamos testigos alegres de su presencia en medio del mundo. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.


 

LLAMAMIENTO

Queridos hermanos y hermanas, el próximo sábado y domingo iré a Malta. En esa tierra luminosa seré peregrino tras las huellas del apóstol Pablo, que allí fue acogido con gran humanidad después de haber naufragado en el mar mientras se dirigía a Roma. Este viaje apostólico será la ocasión para ir a las fuentes del anuncio del Evangelio, para conocer personalmente a una comunidad cristiana de historia milenaria y vivaz, para encontrarme con los habitantes de un país que se encuentra en el centro del Mediterráneo y en el sur del continente europeo, hoy aún más comprometido con la acogida de tantos hermanos y hermanas que buscan refugio. Desde ahora saludo de corazón a todos vosotros malteses: feliz día. Doy las gracias a los que han trabajado para preparar esta visita y pido a cada uno que me acompañe con la oración. ¡Gracias!


 

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos nuestras catequesis sobre la ancianidad, y hoy contemplamos de modo especial a Simeón y Ana. La razón de vivir de estos ancianos era esperar la visita de Dios; y lo hicieron llenos de vitalidad espiritual, en una actitud de oración y servicio. Al final de sus vidas, ambos supieron reconocer en el Niño Jesús al Salvador, fuente de paz y consuelo. Su ejemplo nos enseña que la fidelidad en la espera afina los sentidos espirituales y nos hace más sensibles para reconocer los signos de Dios.

En una sociedad, como esta, que exalta el placer de los sentidos físicos y que, al mismo tiempo, “anestesia” los sentidos espirituales, se corre el peligro de ser insensibles ante el sufrimiento y la fragilidad, y, por tanto, de descartar a las personas mayores, que van perdiendo las fuerzas de la juventud. Por eso, es importante el diálogo entre las generaciones, entre jóvenes y ancianos, para que los ancianos transmitan su sabiduría a los jóvenes, y los jóvenes escuchen a los ancianos, promoviendo un espíritu de fraternidad y, me atrevo a decir la palabra, de “ternura social”. Que este diálogo entre jóvenes y ancianos nos ayude a crecer en “ternura social”.

Fuente: vatican.va


Parusía

Juan Manuel de Prada


En tiempos tan sombríos, muchos amigos y lectores me preguntan si mi fe no desfallece. Ciertamente, razones para ese desfallecimiento no faltan, ante un presente tan ominoso como el que nos ha tocado en suerte (o más bien en desgracia) vivir. Pero la fe que profeso me enseña a no afligirme ante el presente, en la certeza de que tengo un futuro. Frente al optimismo desperado propio de nuestra época, que por no creer en el futuro pretende apurar eufóricamente los disfrutes materiales del presente (y que cuando esos disfrutes se amustian o desvanecen, como ahora ocurre, convierte su euforia en angustia), la fe puede permitirse el lujo de ser pesimista en su diagnóstico del presente, a cambio de estar siempre esperanzada.

Pero incluso a las personas con fe nos falta a veces la esperanza. Y es inevitable que así sea, porque el presente nos ofrece razones innumerables para el desaliento. Tal vez esta falta de esperanza tenga mucho que ver con la pérdida del horizonte escatológico, con el olvido de la Parusía, que Jesús anuncia repetidamente en los Evangelios (Lc 17, 20; Mt 24, 23; Mc 13, 21), que encontramos repetido en las epístolas de Pedro y Pablo y que es el asunto principal de las visiones que clausuran la Biblia. En todos esos pasajes evangélicos, epístolas y visiones se repite que esta Parusía o segunda venida de Cristo será precedida de una gran apostasía y una gran tribulación; y también que no se producirá –a diferencia de lo que pretenden los agoreros del cambio climático– porque el mundo haya agotado sus recursos, tampoco porque sobrevenga una catástrofe natural o se desencadene una guerra (más allá de que estos signos puedan precederla), sino por una directa intervención divina. El universo –nos recuerda Leonardo Castellani– no es un proceso natural, sino «un poema dramático del cual Dios se ha reservado la iniciación, el nudo y el desenlace, que se llaman teológicamente Creación, Redención y Parusía».

Siempre me ha llamado mucho la atención la escasísima, casi nula, conciencia de la Parusía que tienen las personas de fe. Tal vez sea porque están contaminadas por las descreídas visiones apocalípticas que difunde la cultura de masas de nuestra época, plagadas de explosiones atómicas u hordas de zombis. Tal vez porque es la nuestra una fe sin esperanza, que se arredra ante el sufrimiento (pues esta Parusía, tal como la describe el propio Jesús, vendrá precedida de acontecimientos luctuosos). Pero, al soslayar este asunto, la fe queda por completo falsificada, eunuquizada, reducida a moralina insípida; es la sal que se ha vuelto sosa. Recordemos la admonición de los ángeles en la Ascensión: «Varones galileos, ¿qué hacéis mirando al cielo? Este Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse». Se trata de un formidable reproche que nos sigue interpelando hoy.

PUBLICIDAD
 

Al ocultar el proceso divino de la Historia, inevitablemente nos sumamos a la desesperación propia de nuestra época (todo lo acicalada de euforias que se quiera), que promete al hombre el paraíso en la tierra por sus propias fuerzas, esto es, mediante la intervención de la ciencia y la política. O, en el mejor de los casos, nos apuntamos a cierta visión espiritualista y delicuescente de las cosas últimas, según la cual nuestras almas serán premiadas con un futuro al que nuestros cuerpos deberán renunciar, irrevocablemente convertidos en pasado, irrevocablemente consumidos por el dolor y la decrepitud hasta su acabamiento. Pero la Parusía nos habla de un futuro de otro orden muy distinto, donde no sólo será suprimido el sufrimiento, sino que también será revocado. Y esta revocación del sufrimiento pasado sólo se puede lograr plenamente a través de la resurrección de la carne, extremo en el cual la fe cristiana se enfrenta al espiritualismo delicuescente propio de nuestra época. Y, en general, de cualquier época, pues fue esta revocación del sufrimiento pasado que se produce en la Parusía, mediante la resurrección de la carne, lo que enfrentó en el Areópago a San Pablo con los filósofos griegos, dispuestos a aceptar su predicación con tal de que se redujese a una fe eunuquizada o reducida a moralina insípida.

Tratando de imaginar este futuro que revoca plenamente el sufrimiento pasado, según nos promete la Parusía, he escrito recientemente un relato, titulado Sin miedo ni codicia, que ha sido incluido en el excelente volumen colectivo Doce visiones para un nuevo mundo, editado por la Fundación Santander. Animo a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan a asomarse a él, en su versión dramatizada, acudiendo a la siguiente dirección electrónica: https://www.fundacionbancosantander.com/es/cultura/literatura/-doce-visiones-para-un-nuevo-mundo

Fuente: abc.es


De Aristóteles a Bauman: los secretos de la filosofía para lograr la felicidad

Irene Hernández Velasco

"Todos los hombres son creados iguales; dotados de ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad"

Desde Aristóteles hasta hoy, una de las obsesiones de la filosofía ha sido analizar la dicha y, sobre todo, los distintos métodos para alcanzarla. Ahora, la pensadora Victoria Camps recoge los principales hallazgos de su disciplina un libro 'La búsqueda de la felicidad'.

Los antiguos griegos lo denominaban "eudaimonía", un término bastante escurridizo que incluye el concepto de suerte. En inglés se llama "happiness", palabra que procede del verbo "hap": tener suerte. En francés se refieren a ella como "bonheur", vocablo resultante de la unión de "bon" (bueno) y "heur" (suerte). En italiano, portugués y español se la conoce respectivamente como "felicità", "felicidade" y "felicidad", voces todas ellas procedentes del latín "felix", afortunado

Pero aunque la suerte puede ayudar a conseguir la felicidad, no basta. La felicidad, como decía Bertrand Russell, es una conquista, hay que trabajársela.

Es evidente que la felicidad es lo más demandado y lo más universal desde que existe la humanidad. Es decir: desde hace 400.000 años es lo más buscado, lo más ansiado. Los psicólogos evolucionistas aseguran que es precisamente esa búsqueda de felicidad lo que nos ha permitido sobrevivir como especie durante todo este tiempo, concediéndonos una ventaja adaptativa respecto al resto de seres vivos.

La pregunta es: ¿cómo demonios se consigue la felicidad?

La filosofía, la disciplina que intenta explicar la realidad y el sentido del obrar humano, nunca se ha dedicado específicamente a tratar de determinar en qué consiste exactamente ser feliz, un concepto difícil e incluso impenetrable. Pero la filosofía sí que da por sentado que la búsqueda de la felicidad es el objetivo final del ser humano y sí que se ha ocupado de estudiar los medios para conseguirla.

De ahí que Victoria Camps, filósofa, catedrática emérita de Filosofía en la Universitat Autònoma de Barcelona y desde octubre pasado miembro permanente del Consejo de Estado, analice ahora en un libro delicioso, En busca de la felicidad (editorial Arpa), las principales reflexiones y aportaciones de numerosos filósofos alrededor de ese concepto.

Al fin y al cabo la felicidad siempre ha estado vinculada a la ética, un concepto en el que Camps es experta y que fue establecido por los filósofos griegos, quienes consideraban que para conseguir la felicidad cada persona debía esmerarse en construir un "ethos", una manera de ser que le disponga y le ayude a vivir bien. "Y vincular la felicidad a la ética significa que aquella reside en el carácter o en la personalidad de cada uno, más que en un código o en un listado de normas que hay que acatar", sentencia Camps.

Aristóteles fue el primer filósofo que se concentró de manera más sistemática en analizar la felicidad. Estaba convencido de que obrar bien, llevar una vida virtuosa y ética, era condición imprescindible para ser feliz.

Sin amigos, sin afectos, pensando sólo en uno mismo, seguramente es muy difícil, si no imposible, lograr la felicidad

¿Significa eso que los corruptos, los viciosos o los libertinos no pueden ser felices? Esa es justo la cuestión que plantea Calicles, un sofista (aunque no está del todo claro que lo fuera) que aparece en un diálogo de Platón titulado Gorgias. Calicles defiende con vehemencia que, en realidad, nadie quiere ser ético y virtuoso y que, si lo es, es porque no le queda otro remedio, porque se impone el poder coercitivo de la ley o, simplemente, el miedo a ir contracorriente.

Calicles, desafiando a Sócrates, llega a plantear un gran dilema moral: ¿es mejor sufrir una injusticia o perpetrarla? La ética y la filosofía socrática mantienen que, evidentemente, es preferible padecer una injusticia que cometerla. Y concluyen que quien comete injusticias no lleva una vida ética y tiene vedada por tanto la felicidad.

Pero Calicles rechaza eso. Sostiene que un tirano -la persona más injusta del mundo- puede ser feliz, inmensamente feliz. "O los corruptos hoy, quienes pueden vivir muy bien", apuntilla Victoria Camps. El único argumento (bastante débil, por cierto) con el que Sócrates trató de rebatirle fue diciendo que ese tirano (o corrupto) viviría siempre angustiado por el miedo a que le pillaran.

También fueron filósofos griegos los que postularon que la felicidad se conseguía viviendo una vida simple y acorde con la naturaleza. Así, cuando Alejandro Magno se topó con Diógenes de Sinope, un famoso filósofo de la escuela cínica que rechazaba los bienes materiales, y le vio desnudo y tumbado a orillas de un río, le propuso: "Pídeme cualquier cosa y te lo concederé ". A lo que Diógenes, sin inmutarse lo más mínimo, le contestó: "Lo único que quiero es que te apartes, me tapas el sol".

Los estoicos, los filósofos griegos que más han abundado en el tema de la felicidad, bebieron mucho de los cínicos. Pero fueron aún más allá. También ellos consideraban que había que vivir conforme a la naturaleza y que la felicidad se alcanzaba llevando "una vida digna de ser vivida". Y para ello, decían, había que tener claro lo que depende de uno, lo que no depende de uno y aceptar esto último sin más, "con indiferencia" por usar sus propias palabras.

Los seguidores de esa escuela tenían muy claro que la vida no es un lecho de rosas, eran plenamente conscientes de la vulnerabilidad de los seres humanos, y defendían que no había que angustiarse por ejemplo ante la muerte, dado que la misma es inevitable. "Pero muchas veces es muy duro pedir al ser humano que sea insensible ante los infortunios, las desavenencias, la muerte, la enfermedad...", subraya Victoria Camps.

A la filosofía griega en general hay que hacerle dos acotaciones. La primera: considera que el bien colectivo está por encima del bien individual, que "el todo es más que la suma de las partes", como decía Aristóteles. Y la segunda precisión: su concepto de felicidad se limitaba a los hombres libres, a quienes se dedicaban a la vida pública. Ni las mujeres ni los esclavos tenían por tanto acceso a la felicidad.

Todo eso cambia con la llegada de la modernidad. Después de la Edad Media, en la que el concepto de felicidad se pospone hasta la muerte y la entrada en el reino de los cielos, en la modernidad la felicidad pa asde ser un concepto colectivo a convertirse en un concepto puramente individual. Y, sobre todo, a ser sinónimo de libertad, de independencia, de poder hacer cada uno lo que quiera con su vida. Aunque, para ello, el Estado debe de garantizar unas condiciones materiales mínimas.

En realidad Pico della Mirandola, un pensador italiano del siglo XV, ya anticipó todo eso cuando escribió su célebre Oratio de hominis dignitate (Discurso sobre la dignidad del hombre), donde señala que la dignidad humana consiste en poder escoger cómo vivir. A diferencia de los animales, que siguen irremediablemente el instinto, los humanos pueden decidir qué hacer con su vida, si obrar bien o mal.

Esa idea alcanza su máximo esplendor en la Declaración de Independencia de Estados Unidos, publicada el 4 de julio de 1776 y que recoge el derecho a buscar la felicidad como un derecho humano. "Todos los hombres son creados iguales; dotados de ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad", dice literalmente el texto, que pone los cimientos de los derechos sociales y del Estado de bienestar. Un logro que, paradójicamente, no es atribuible a Estados Unidos sino a Europa.

"Pero, ¿se puede lograr la felicidad pensando sólo en uno mismo? ¿Puede ser la felicidad una empresa individual? Yo creo que no", nos dice Victoria Camps. De hecho, todos los filósofos consideran que tener amigos es una condición necesaria para alcanzar la felicidad. Aunque tal vez quien más haya enfatizado en ello haya sido el francés Michel de Montaigne, quien ya en el siglo XVI consideró como una de las grandes desgracias de su vida el perder a su mejor amigo.

"Sin amigos, sin afectos, pensando sólo en uno mismo, seguramente es muy difícil -si no imposible- lograr la felicidad", reitera Camps. Pero, de todas las aproximaciones a la felicidad que ofrece la filosofía, ¿con cuál se queda Victoria Camps? "Con ninguna. Todas tiene algo interesante, pero también algo criticable o excesivo", subraya. "Para mí la felicidad es saber mantener las ganas de vivir, algo que no deja de ser muy spinoziano. Es decir sí a la vida, a pesar de todas las dificultades. Y eso es algo que se aprende. La suerte cuenta, claro está, pero no es sólo suerte".

En ese sentido, para Camps la única y verdadera autoayuda en la búsqueda de la felicidad es la cultura. "Un proyecto de vida rico culturalmente. Se trata no sólo de adquirir cosas, sino de que el ser humano tenga recursos que le ayuden en los momentos más difíciles".

-¿Usted es feliz?

-No del todo. Siempre queda algo. Pero me siento afortunada: he podido hacer lo que he querido, he trabajado en lo que me gusta, tengo un conjunto de afectos, tengo familia, tengo amigos... No se puede lograr la felicidad absoluta. Además es necesario no lograrla para así seguir en el camino.

Fuente: elmundo.es/

3/29/22

"El Papa habla de paz, pero..."

Andrea Tornielli


La técnica de desestimar las palabras de Francisco como llamamientos de circunstancia.

"El Papa habla contra el rearme, pero... El Papa es el Papa, pero... El Papa no puede más que decir lo que dice, pero...". Siempre hay un "pero" que en muchos embarazosos comentarios acompaña al inequívoco no a la guerra pronunciado por Francisco, para contextualizarlo y debilitarlo. Al no poder interpretar las palabras del Obispo de Roma en el sentido deseado, al no poder de ninguna manera "doblegarlas" en apoyo a la acelerada carrera armamentística tras la guerra de agresión desatada por Vladimir Putin contra Ucrania, entonces se toma distancia elegantemente diciendo que sí, que el Papa sólo puede decir lo que dice, pero que luego la política debe decidir. Y la política de los gobiernos occidentales está decidiendo aumentar los ya muchos miles de millones a gastar en nuevas y cada vez más sofisticadas armas. Miles de millones que no se pudieron encontrar para las familias, para la salud, para el trabajo, para la acogida, para luchar contra la pobreza y el hambre.

La guerra es una aventura sin retorno, repite Francisco siguiendo los pasos de sus predecesores inmediatos, en particular de San Juan Pablo II. Las palabras del Papa Wojtyla con motivo de las dos guerras de Iraq y la guerra de los Balcanes también fueron "contextualizadas" y "desvirtuadas", incluso dentro de la Iglesia. El Papa, que al principio de su pontificado pidió "no tener miedo" de abrir "las puertas a Cristo", en 2003 suplicó en vano a tres gobernantes occidentales que pretendían derrocar el régimen de Saddam Hussein, pidiéndoles que se detuvieran. Casi veinte años después, ¿quién puede negar que el grito contra la guerra de aquel Pontífice no sólo era profético, sino que estaba impregnado de un profundo realismo político? Basta con mirar la ruina del atormentado Iraq, transformado durante mucho tiempo en el depósito de todo el terrorismo, para comprender la clarividencia de la mirada del santo Pontífice polaco. 

Lo mismo ocurre hoy en día. Con el Papa que no se rinde a la ineludibilidad de la guerra, al túnel sin salida que representa la violencia, a la lógica perversa del rearme, a la teoría de la disuasión que ha llenado el mundo de tantas armas nucleares capaces de aniquilar varias veces a la humanidad.  

480p low geselecteerd als afspeelkwaliteit
"Me avergoncé - dijo Francisco en días pasados - cuando leí que un grupo de Estados se había comprometido a gastar el 2% de su PIB en la compra de armas, como respuesta a lo que está ocurriendo ahora. ¡La locura! La verdadera respuesta no es más armas, más sanciones, más alianzas político-militares, sino un enfoque diferente, una forma diferente de gobernar el mundo ahora globalizado -no enseñando los dientes, como ahora-, una forma diferente de establecer relaciones internacionales. El modelo del cuidado ya está en marcha, gracias a Dios, pero desgraciadamente sigue sometido al del poder económico-tecnocrático-militar".El no a la guerra de Francisco, un no radical y convencido, no tiene nada que ver con la así llamada neutralidad ni puede presentarse como una posición partidista o motivada por cálculos político-diplomáticos. En esta guerra están los agresores y están los agredidos. Están los que atacaron e invadieron, matando a civiles indefensos, disfrazando hipócritamente el conflicto bajo la apariencia de una "operación militar especial"; y están los que se defienden enérgicamente combatiendo por su propia tierra. El Sucesor de Pedro lo ha dicho varias veces con palabras muy claras, condenando sin peros la invasión y el martirio de Ucrania que lleva más de un mes. Esto no significa, sin embargo, que "bendiga" la aceleración de la carrera armamentística, ya iniciada hace tiempo, dado que los países europeos han aumentado su gasto militar en un 24,5% desde 2016: porque el Papa no es el "capellán de Occidente" y porque repite que hoy estar en el lado correcto de la historia significa estar en contra de la guerra y buscar la paz, sin dejar nada sin intentar. Ciertamente, el Catecismo de la Iglesia Católica contempla el derecho a la legítima defensa. Sin embargo, establece condiciones, especificando que el recurso a las armas no debe causar un mal y un desorden mayores que el mal que se quiere eliminar, y señala que en la evaluación de esta condición tiene un peso muy grande la potencia de los medios modernos de destrucción. ¿Quién puede negar que la humanidad está hoy al borde del abismo precisamente por la escalada de conflictos y el poder de los medios modernos de destrucción?

"La guerra -dijo ayer el Papa Francisco en el Ángelus- no puede ser algo inevitable: ¡no debemos acostumbrarnos a la guerra! Más bien debemos convertir la indignación de hoy en el compromiso de mañana. Porque, si de esta situación salimos como antes, de alguna manera todos seremos culpables. Frente al periodo de autodestruirse, la humanidad comprenda que ha llegado el momento de abolir la guerra, de cancelarla de la historia del hombre antes de que sea ella quien cancele al hombre de la historia.".

Por lo tanto, es necesario tomar en serio el grito, el reiterado llamamiento del Papa: es una invitación dirigida precisamente a los políticos para que reflexionen sobre esto, para que se comprometan con esto. Se necesita una política fuerte y una diplomacia creativa, para perseguir la paz, para no dejar nada sin intentar, para detener la vorágine perversa que en pocas semanas está apagando la esperanza de una transición ecológica, está dando nuevas energías al gran negocio del comercio y el tráfico de armas. Un viento de guerra que hace retroceder las agujas del reloj de la historia y nos sumerge de nuevo en una época que esperábamos archivada definitivamente tras la caída del Muro de Berlín.

Fuente: Vatican News



3/28/22

La grandeza de pedir perdón

Juan Luis Selma


Buscamos ser políticamente correctos y no señalarnos y tragamos ruedas de molino

Con frecuencia me viene este pensamiento: qué valiente es esta persona que se pone de rodillas en el confesionario y con claridad y valentía se acusa de sus pecados, así “a tumba abierta”. Aunque la escena que relato es frecuente, no deja de admirarme. Ahora, que todo el mundo se justifica, que le echa las culpas al otro, hay valientes que reconocen su pecado, que no se engañan, que asumen sus acciones y sus consecuencias. Reconocer las faltas, equivocaciones y pecados es un modo muy bonito de ser rebeldes, de querer recorrer el camino de la libertad.

Pedir perdón es un acto de grandeza, de realismo y de libertad. Es romper las cadenas que nos atrapan y querer reparar el daño hecho. En el caso de la confesión, es un acto de fe y de humildad. Acercarse al sacerdote y decir: “Perdóname, padre, porque he pecado”, habla de la grandeza de una persona. Para saber perdonar, para ser ágil en el perdón, hace falta ejercitarse en pedirlo. Descubrir nuestra fragilidad sin asombrarnos es una muestra de realismo, por lo tanto, de humildad.

Sin darnos cuenta, nos hemos apuntado a un peligroso juego, más que el de El calamar: el de poner cara de like. Para quedar bien tenemos que decir que todo nos va fenomenal, que lo que nos pasa es normal, que somos felices, aunque la familia esté destrozada, aunque tengamos el alma rota. Buscamos ser políticamente correctos y no señalarnos y tragamos ruedas de molino y, además sonriendo. Pensamos que admitir un error, una dificultad es señal de fragilidad, es como una tacha en nuestro historial de Superman o Superwoman.

El Evangelio nos relata una preciosa historia: un hijo que abandona el calor del hogar paterno, dilapida toda su herencia viviendo malamente y acaba tirado en la calle, pasando hambre y frío. En este estado, en vez de llenarse de orgullo o justificarse, se dice a sí mismo: “Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros”. Sabe pedir perdón, reconocer su culpa. Pero lo más bonito es la reacción del padre: “Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y se compadeció; y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos”.

Luego viene la fiesta del perdón: “Vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”. Cada vez que pedimos perdón o alguien lo otorga habría que hacer un festejo, celebrar el amor. Las relaciones nuestras con los demás y con Dios no son perfectas, son las propias de seres limitados, imperfectos. Por eso no están exentas de errores y fallos. Recomponerlas, pedir perdón y volver a empezar es lo normal.

La soberbia, que nos hace pensar que somos impecables y que pide a los demás que lo sean, desfigura la realidad de las cosas. Nos hace movernos en un escenario imaginario, irreal. Es la causa de muchas rupturas matrimoniales, de romper con los amigos, de alterar la buena marcha familiar, de hacernos pensar que lo que Dios pide es imposible. Creemos que la imperfección y el pecado son propios de los “malos” y, en cambio, son los que acompañan a los “buenos”.

Ante nuestros fallos y pecados reaccionamos, y es lógico, con el sentimiento de culpa; ante los de los demás, con el resentimiento. Pero estos sentimientos nos alteran y quitan la paz, nos enemistan con nosotros y con los demás. El perdón es el aceite que lo cura todo, que restablece el orden alterado. Ante el daño causado debemos reaccionar con un auténtico arrepentimiento, un dolor que nos lleva a pedir perdón y a reparar y curar la herida.

Arrepentirse, pedir perdón asumiendo la culpa, sirve de catarsis. De lo contrario, la herida no deja de supurar, provoca un constante malestar que nos entristece y que se exterioriza con el mal carácter, con la intolerancia hacia los demás. En ocasiones nos hace muy sensibles a ese mismo defecto que proyectamos a los otros. Eso que tanto nos molesta en el otro es realmente lo que me pasa a mí.

Una buena terapia es pedir perdón cada vez que caigamos. El ser conscientes de lo que cuesta hacer las cosas bien nos hará más indulgentes con los demás.

Para aprovechar bien estos pocos días que quedan de Cuaresma, deberíamos acercarnos al sacramento de la reconciliación. La confesión es la fábrica de la alegría, nos devuelve la paz, nos ayuda a rehacer la vida. Además, pedir perdón siempre es un acto de grandeza. Solo los fuertes saben pedir perdón. Solo los enamorados perdonan.

Fuente: eldiadecordoba.es

3/27/22

Dios perdona siempre

 El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, feliz domingo, ¡buenos días!

El Evangelio de la Liturgia de este domingo narra la parábola llamada del hijo pródigo (cfr Lc 15,11-32). Esta nos lleva al corazón de Dios, que siempre perdona con compasión y ternura, siempre. Dios perdona siempre, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón, pero Él perdona siempre. Nos dice que Dios es Padre, que no solo acoge de nuevo, sino que se alegra y hace fiesta por su hijo, que ha vuelto a casa después de haber derrochado todos sus bienes. Nosotros somos ese hijo, y conmueve pensar en cuánto nos ama y espera siempre el Padre.

Pero en la misma parábola está también el hijo mayor, que entra en crisis frente a este Padre. Y que puede ponernos en crisis también a nosotros. De hecho, dentro de nosotros está también este hijo mayor y, al menos en parte, tenemos la tentación de darle la razón: siempre había hecho su deber, no se había ido de casa, por eso se indigna al ver al Padre abrazar de nuevo al hermano que se ha portado mal. Protesta y dice: «Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya», sin embargo, por «ese hijo tuyo» ¡incluso celebras una fiesta! (vv. 29-30). “No te entiendo”. Es la indignación del hermano mayor.

De estas palabras emerge el problema del hijo mayor. En la relación con el Padre él basa todo en el puro cumplimiento de los mandamientos, en el sentido del deber. Puede ser también nuestro problema, nuestro problema entre nosotros y con Dios: perder de vista que es Padre y vivir una religión distante, hecha de prohibiciones y deberes. Y la consecuencia de esta distancia es la rigidez hacia el prójimo, que ya no se ve como hermano. De hecho, en la parábola el hijo mayor no dice al Padre mi hermano, no, dice tu hijo, como diciendo: no es mi hermano. Y al final precisamente él corre el riesgo de quedar fuera de casa. De hecho – dice el texto - «no quería entrar» (v. 28). Porque estaba el otro.

Viendo esto, el Padre sale a suplicarlo: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo» (v. 31). Trata de hacerle entender que para él cada hijo es toda su vida. Lo saben bien los padres, que se acercan mucho al sentir de Dios. Es bonito lo que dice un padre en una novela: «Cuando me convertí en padre, entendí a Dios» (H. de Balzac, El padre Goriot, Milán 2004, 112). En este momento de la parábola, el Padre abre el corazón al hijo mayor y le expresa dos necesidades, que no son mandamientos, sino necesidad del corazón: «Convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida» (v. 32). Veamos si también nosotros tenemos en el corazón dos necesidades del Padre: celebrar una fiesta y alegrarse.

En primer lugar, celebrar una fiesta, es decir manifestar nuestra cercanía a quien se arrepiente o está en camino, a quien está en crisis o alejado.  ¿Por qué hay que hacer así? Porque esto ayudará a superar el miedo y el desánimo, que pueden venir al recordar los propios pecados. Quien se ha equivocado, a menudo se siente reprendido por su propio corazón; distancia, indiferencia y palabras hirientes no ayudan. Por eso, según el Padre, es necesario ofrecerles una acogida cálida, que aliente para ir adelante. “¡Pero padre este ha hecho muchas cosas!”: cálida acogida. Y nosotros, ¿hacemos esto? ¿Buscamos a quien está lejos, deseamos celebrar fiesta con él? ¡Cuánto bien puede hacer un corazón abierto, una escucha verdadera, una sonrisa transparente; celebrar fiesta, no hacer sentir incómodo! El padre podría decir: está bien hijo, vuelve a casa, vuelve a trabajar, vete a tu habitación, prepárate y ¡al trabajo! Y este habría sido un buen perdón. ¡Pero no! ¡Dios no sabe perdonar sin hacer fiesta! Y el padre hace fiesta, por la alegría que tiene porque ha vuelto el hijo.

Y después, según el Padre, es necesario alegrarse. Quien tiene un corazón sintonizado con Dios, cuando ve el arrepentimiento de una persona, por graves que hayan sido sus errores, se alegra. No se queda quieto sobre los errores, no señala con el dedo el mal, sino que se alegra por el bien, ¡porque el bien del otro es también el mío! Y nosotros, ¿sabemos ver a los otros así?

Me permito contar una historia, inventada, pero que hace ver el corazón del padre. Está esta obra pop, hace tres o cuatro años, sobre el argumento del hijo pródigo, con toda la historia. Y al final, cuando el hijo decide volver a casa del padre, habla con un amigo y le dice: “Sabes, tengo miedo de que mi padre me rechace, que no me perdone”. Y el amigo le aconseja: “Manda una carta a tu padre y dile: ‘Padre, estoy arrepentido, quiero volver a casa, pero no estoy seguro si tú estarás contento. Si quieres recibirme, por favor, pon un pañuelo blanco en la ventana’”. Y después empezó el camino. Y cuando estaba cerca de casa, donde el camino hacía la última curva, tuvo de frente su casa. ¿Y qué vio? No un pañuelo: estaba llena de pañuelos blancos, las ventanas, ¡todo! El Padre nos recibe así, con plenitud, con alegría. ¡Este es nuestro padre!

¿Sabemos alegrarnos por los otros? La Virgen María nos enseñe a acoger la misericordia de Dios, para que se vuelva la luz en la que mirar a nuestro prójimo.

 

Después del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!

Ha pasado más de un mes desde el inicio de la invasión de Ucrania, desde el inicio de esta guerra cruel e insensata que, como toda guerra, representa una derrota para todos, para todos nosotros. Hay necesidad de repudiar la guerra, lugar de muerte donde los padres y las madres entierran a los hijos, donde los hombres asesinan a sus hermanos sin ni siquiera haberles visto, donde los poderosos deciden y los pobres mueren.

La guerra no devasta solo el presente, sino también el futuro de una sociedad. He leído que desde el inicio de la agresión a Ucrania un niño de cada dos se ha desplazado del país. Esto quiere decir destruir el futuro, provocar traumas dramáticos en los pequeños e inocentes entre nosotros. Esta es la bestialidad de la guerra, ¡acto bárbaro y sacrílego!

La guerra no puede ser algo inevitable: ¡no debemos acostumbrarnos a la guerra! Más bien debemos convertir la indignación de hoy en el compromiso de mañana. Porque, si de esta situación salimos como antes, de alguna manera todos seremos culpables. Frente al periodo de autodestruirse, la humanidad comprenda que ha llegado el momento de abolir la guerra, de cancelarla de la historia del hombre antes de que sea ella quien cancele al hombre de la historia.

¡Rezo para que todo responsable político reflexione sobre esto, se comprometan con esto! Y, mirando a la atormentada Ucrania, entender que cada día de guerra empeora la situación para todos. Por eso renuevo mi llamamiento: ¡basta, que se detengan, callen las armas, se trate seriamente para la paz! Recemos de nuevo, sin cansarnos, a la Reina de la paz, a la cual hemos consagrado la humanidad, en particular Rusia y Ucrania, con una participación grande e intensa, por la que doy las gracias a todos vosotros. Rezamos juntos. Dios te salve María…

Saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos venidos de Italia y de diferentes países. En particular, saludo a los fieles procedentes de México, Madrid y León, a los estudiantes de Pamplona y de Huelva, y a los jóvenes de varios países que han vivido un periodo de formación en Loppiano. Saludo a los parroquianos de Nuestra Señora de Valme en Roma y a los de San Jorge en Bosco, Bassano del Grappa y Gela; los chicos de confirmación de Frascati y el grupo “Amigos de Zaqueo” de Reggio Emilia; como también el Comité Promotor de la Marcha Perugia-Asís de la Paz y de la Fraternidad, que ha venido con un grupo escolar para renovar el compromiso de educación a la paz.

¡Saludo a los participantes del Maratón de Roma! Este año, por iniciativa de la “Athletica Vaticana”, numerosos atletas se han implicado en las iniciativas de solidaridad con las personas que en la ciudad viven en la necesidad. ¡Os felicito!

Precisamente hace dos años, en esta plaza, elevamos la súplica por el final de la pandemia. Hoy lo hemos hecho por el final de la guerra en Ucrania. A la salida de la plaza se os regalará un libro, realizado por la Comisión Vaticana Covid-19 con el Dicasterio para la Comunicación, para invitar a rezar en los momentos de dificultad, sin miedo, teniendo siempre fe en el Señor.

A todos os deseo un feliz domingo y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

Fuente: vatican.va