12/31/25

Toda nuestra vida es un viaje

 El Papa en la Audiencia General 

(Lectura: Ef 3,20-21)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!:

Vivimos este encuentro de reflexión en el último día del año civil, cerca del final del Jubileo y en el corazón del tiempo de Navidad.

El año que ha pasado ha estado marcado por eventos importantes: algunos felices, como la peregrinación de tantos fieles con ocasión del Año Santo; otros dolorosas, como el fallecimiento del añorado Papa Francisco y los escenarios de guerra que siguen devastando el planeta. Al concluir el año, la Iglesia nos invita a poner todo frente al Señor, encomendándonos a Su Providencia y pidiéndole que se renueven, en nosotros y a nuestro alrededor, en los días venideros, los prodigios de su gracia y de su misericordia.

En esta dinámica se inscribe la tradición del solemne canto del Te Deum, con el que esta tarde agradeceremos al Señor por los beneficios recibidos. Cantaremos: «Te alabamos, Dios», «Tú eres nuestra esperanza», «Que tu misericordia esté siempre con nosotros». A este respecto, el Papa Francisco observaba que mientras «la gratitud mundana, la esperanza mundana son aparentes, […] aplastadas por el yo, por sus intereses, […] en esta Liturgia se respira otra atmósfera diferente: la de la alabanza, del asombro, del agradecimiento» (Homilía de las Primeras Vísperas de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios, 31 de diciembre de 2023).

Y es con estas actitudes que hoy estamos llamados a meditar sobre lo que el Señor ha hecho por nosotros el año pasado, así como también a hacer un honesto examen de conciencia, a valorar nuestra respuesta a sus dones y a pedir perdón por todos los momentos en los que no hemos sabido atesorar sus inspiraciones e invertir mejor los talentos que nos ha confiado (cfr Mt 25,14-30).

Esto nos lleva a reflexionar sobre otro gran signo que nos ha acompañado en los meses pasados: el del “camino” y de la “meta”. Tantos peregrinos han venido, este año, desde todas las partes del mundo, a rezar sobre la Tumba de Pedro y a confirmar su adhesión a Cristo. Esto nos recuerda que toda nuestra vida es un viaje, cuya meta última transciende el espacio y el tiempo, para cumplirse en el encuentro con Dios y en la plena y eterna comunión con Él (cfr Catequismo de la Iglesia Católica, 1024). Pediremos también esto en la oración del Te Deum, cuando digamos: «Acógenos en tu gloria en la asamblea de los santos». No en vano, San Pablo VI definía el Jubileo como un gran acto de fe en «la espera de nuestros futuros destinos […] que desde ahora anticipamos y […] preparamos» (Audiencia general, 17 de diciembre de 1975).

Y en esta perspectiva escatológica del encuentro entre lo finito y lo infinito se encuadra un tercer signo: el paso de la Puerta Santa, que hemos hecho muchos, rezando e implorando la indulgencia para nosotros y para nuestros seres queridos. Esto expresa nuestro “sí” a Dios, que con su perdón nos invita a cruzar el umbral de una vida nueva, animada por la gracia, modelada en el Evangelio, inflamada por el «amor al prójimo, en cuya definición  [está…] comprendido todo el hombre, […] necesitado de comprensión, de ayuda, de consuelo, de sacrificio, aunque sea un desconocido para nosotros, aunque sea molesto y hostil, pero dotado de la incomparable dignidad de hermano» (S. Pablo VI, homilía con ocasión del cierre del Año Santo, 25 de diciembre de 1975; cfr Catecismo de la Iglesia Católica,1826-1827). Es nuestro “sí” a una vida vivida con compromiso en el presente y orientada a la eternidad.

Queridos, nosotros meditamos sobre estos signos en la luz de la Navidad. San León Magno, al respecto, veía en la fiesta del Nacimiento de Jesús el anuncio de una alegría que es para todos. «Que exulte el santo – exclamaba –, porque se acerca la recompensa; que se alegre el pecador, porque se le ha ofrecido el perdón; que recupere el ánimo el pagano, porque está llamado a la vida» (Primer discurso para la Navidad del Señor, 1).

Su invitación hoy va dirigida a todos nosotros, santos por el Bautismo, porque Dios se hizo nuestro compañero en el camino hacia la Vida verdadera; a nosotros, pecadores, para que, perdonados, con su gracia podamos levantarnos y volvernos a poner en marcha; y, por último, a nosotros, pobres y frágiles, para que el Señor, haciendo suya nuestra debilidad, la ha redimido y nos ha mostrado la belleza y la fuerza en su humanidad perfecta (cfr Jn 1,14).

Por ello, quisiera concluir recordando las palabras con las que San Pablo VI, al finalizar el Jubileo de 1975, describía el mensaje fundamental: este, decía, se resume, en una palabra: “amor”. Y añadía: «¡Dios es amor! Esta es la revelación inefable, de la que el Jubileo, con su pedagogía, con su indulgencia, con su perdón y finalmente con su paz, llena de lágrimas y de alegría, nos ha querido llenar el espíritu hoy y siempre la vida mañana: ¡Dios es amor! ¡Dios me ama! ¡Dios me espera y yo lo he encontrado! ¡Dios es misericordia! ¡Dios es perdón! ¡Dios, sí, Dios es la vida!» (Audiencia general, 17 de diciembre de1975).

Que nos acompañen estos pensamientos en el paso entre el viejo y el nuevo año y después siempre en nuestra vida.

Fuente: vatican.va

12/30/25

Contar desde el final

Teo Peñarroja

¿Es posible encontrar sentido cuando la tragedia golpea sin avisar? El significado no es una decisión ni un invento, sino un hallazgo que emerge al escarbar entre las capas del tiempo, como un arqueólogo que busca tesoros en el desierto de los días.

Hay más vida que la vida. Hay, en las cosas que nos pasan —en el scroll infinito de los días que restan hasta la tumba—, más verdad que la relación improbable de todo lo que sucede. El inventario de lo posible, que tanto fascinó a enajenados encantadores como Borges o Perec, no daría cuenta de lo que significa un ser humano.

El otro día le escuché a Andrés Trapiello en el pódcast Hotel Jorge Juan que hacemos novelas para darle sentido a este sinsentido que es la vida. Disiento, admirado Trapiello. Llevas más de tres décadas publicando tu diario: una obra faraónica, demencial y envidiable, que se llama Salón de pasos perdidos, más asombrosa si cabe en tanto que no tiene lectores. Lo sabes y te importa un bledo: tu único compromiso es contigo mismo, quizá con la literatura. ¿Para qué ibas a seguir escribiendo, salvo para descubrir la trama de tu propia existencia? Tu trabajo se parece al del arqueólogo. Con el pincelito retiras capas de arena, escarbas con el deseo de encontrar. Porque el sentido es un hallazgo —¿un regalo?—, no una decisión, un artefacto ni un invento.

Por lo demás, quien más quien menos, todos tenemos nuestro salón de pasos perdidos. Aunque no lo escribamos con precisión de poeta, lo contamos y nos lo contamos y tachamos y corregimos a todas horas el pasado con vistas a eso que atisbamos que es nuestro fin, tan distinto del final. Son cuestiones diferentes, acabar y acabarse. Lograrse, en honor al maestro Alejandro Llano. Que Dios lo tenga en su gloria.

Me pregunto —gajes del oficio— si es posible arrancarles a los hechos la ficción de una trama para las más de doscientas vidas que se llevó la riada del 29 de octubre. Abro el periódico y leo que el conductor de una excavadora ha encontrado en un vertedero de Paiporta, 44 días después de la catástrofe, los restos de Mohamed Belhadi, que vivía en una chabola junto al barranco del Poyo. Quedan tres desaparecidos: José Javier Vicent, de 56 años, arrastrado por la crecida con su hija en una caseta de campo en Pedralba; Elizabeth Gil, una vecina de Cheste de 38 años que iba en coche con su madre al hotel donde trabajaban; y Francisco Ruiz, un abuelo que puso a sus nietos a salvo sobre el techo de su vehículo en un supermercado de Montserrat, pero no logró salvarse a sí mismo.

Delante de tanta muerte, como a la lumbre de cualquier vida, ¿es posible encontrar sentido? Me pongo sombrío y callo, porque qué vas a decir que no sea mejor que el silencio. Tanto ruido, tanto ruido, tanto ruido. Y a años luz, en el silencio insondable de las costuras del universo que se expande, los muertos, que son apenas cifras en nuestras crónicas, argumentos en las tertulias, nombres en los homenajes. Qué asco, me digo. Pero luego, más sereno, rezo y vuelvo a leer la primera línea.

Fuente: Nuestro Tiempo


12/29/25

Un hogar, una casa, una familia

Juan Luis Selma

Muchos jóvenes encuentran difícil acceder a una casa que pueda convertirse en el hogar de su familia. Es una pena que, en una sociedad tan avanzada como la nuestra, tras tantos años proclamando los avances sociales, los jóvenes tengan tantas dificultades para formar una familia. Recuerdo que, en mi época, nada más terminar los estudios universitarios o de formación profesional, la mayoría, con poco más de veinte años, ya tenía trabajo estable, casa propia y un utilitario. Era frecuente estar casados y tener hijos. Había ilusión, sueños, esperanza de vida.

Hoy recordamos a la Sagrada Familia: Jesús, María y José. A ellos encomendamos nuestras familias y, sobre todo, las futuras. Les pedimos que todos aquellos que sueñen con formar un hogar tengan los medios suficientes, y también las ganas y la ilusión. Nada mejor que la familia, nada más necesario y valioso.

En Nazaret, junto a la Basílica de la Anunciación, donde estaba la casa de la Virgen, se encuentra la casa de José. Allí vivió la Sagrada Familia, en una cueva ampliada que probablemente incluía el taller de trabajo de san José, o al menos su almacén de herramientas.

Los arqueólogos y la tradición de la Iglesia creen haber identificado estas casas -o al menos aproximarse mucho-, situadas a poca distancia una de otra. Han comprobado que eran en parte cuevas, con su mikvá (baño ritual de agua corriente), espacios para animales y, enfrente, más viviendas… Era el pequeño pueblo de Nazaret, hoy convertido en una gran ciudad de unos ochenta mil habitantes, en su mayoría árabes.

La cueva que se conserva tiene una estancia con un agujero que servía de hogar para cocinar, calentar e iluminar. Allí, un mosaico moderno presenta a la Virgen cocinando, a José trabajando y a Jesús joven extendiendo la mano para recoger el plato que prepara su Madre. En ese lugar se conjuga lo humano con lo divino: el trabajo, la vida familiar, el descanso, las relaciones de vecindad y parentesco, junto con la santidad.

San Pablo nos recuerda: “Hermanos: Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada". El amor es el cimiento que une a la familia, el seguro que la hace duradera.

No podemos renunciar al bien de la familia. No es una utopía, un sueño irrealizable. Puede ser una realidad, pero hay que trabajarla: es una tarea preciosa. Hay que prepararse para ser un buen esposo o esposa, padre o madre. Recuerdo a un joven que, tras una ruptura, me decía que había comprendido la necesidad de madurar, ser más responsable y prepararse para amar de verdad.

El Santo Padre nos dice: "Podemos entender la familia como un don y una tarea. Es crucial fomentar la corresponsabilidad y el protagonismo de las familias en la vida social, política y cultural, promoviendo su valiosa contribución en la comunidad. En cada hijo, en cada esposa o esposo, Dios nos encomienda a su Hijo, a su Madre, como hizo con san José, para ser, junto a ellos, base, fermento y testimonio del amor de Dios en medio de los hombres. Para ser Iglesia doméstica y hogar donde arda el fuego del Espíritu Santo, difunda su calor, aporte sus dones y experiencias para el bien común y convoque a todos a vivir en esperanza".

Para estar en condiciones de formar una familia hay que cultivar actitudes que sostienen la vida compartida. Escucha profunda: no solo oír palabras, sino atender al corazón del otro. Respeto y libertad: amar sin poseer, acompañar sin sofocar. Perdón y paciencia: aceptar la fragilidad mutua y dar espacio al crecimiento. Cuidado cotidiano: los gestos pequeños (un café, una sonrisa, un abrazo) sostienen más que las grandes declaraciones.

Y, sobre todo, rezar unidos: la oración común ayuda mucho. Es como una lámpara encendida en la casa: ilumina suavemente, no impone, pero da calor y guía a todos los que entran. Ver las cosas con la luz de Dios y contar con su gracia fortalece la vida familiar.

Fuente: eldiadecordoba.es


12/28/25

Valor de la presencia y la misión de la Sagrada Familia

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas: ¡feliz domingo!

Hoy celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia y la liturgia nos propone el relato de la “huida en Egipto” (cf. Mt 2,13-15.19-23).

Es un momento de prueba para Jesús, María y José. Sobre el resplandeciente cuadro de la Navidad se proyecta, casi de improviso, la inquietante sombra de una amenaza mortal, que tiene su origen en la atormentada vida de Herodes, un hombre cruel y sanguinario, temido por su crueldad, pero precisamente por eso profundamente solo y obsesionado por el miedo a ser destronado. Cuando se entera por los magos de que ha nacido el «rey de los judíos» (cf. Mt 2,2), sintiéndose amenazado en su poder, decreta la muerte de todos los niños de la edad de Jesús. En su reino, Dios está realizando el milagro más grande de la historia, en el que se cumplen todas las antiguas promesas de salvación, pero él no es capaz de verlo, cegado por el miedo a perder el trono, sus riquezas, sus privilegios. En Belén hay luz, hay alegría; algunos pastores han recibido el anuncio celestial y ante el pesebre han glorificado a Dios (cf. Lc 2,8-20), pero nada de esto logra penetrar las defensas blindadas del palacio real, salvo como un eco distorsionado de una amenaza que hay que sofocar con violencia ciega.

Sin embargo, precisamente esta dureza de corazón resalta aún más el valor de la presencia y la misión de la Sagrada Familia que, en el mundo despótico y codicioso que representa el tirano, es el nido y la cuna de la única respuesta posible de salvación: la de Dios que, con total gratuidad, se entrega a los hombres sin reservas y sin pretensiones. Y el gesto de José que obediente a la voz del Señor, lleva a salvo a la esposa y al niño, se manifiesta aquí en todo su significado redentor. De hecho, en Egipto crece la llama del amor doméstico a la que el Señor ha confiado su presencia en el mundo  y cobra vigor para llevar la luz al mundo entero.

Mientras contemplamos con asombro y gratitud este misterio, pensemos en nuestras familias y en la luz que ellas también pueden aportar a la sociedad en la que vivimos. Lamentablemente, el mundo siempre tiene sus «Herodes», sus mitos del éxito a cualquier precio, del poder sin escrúpulos, del bienestar vacío y superficial, y a menudo, sufre las consecuencias con la soledad, la desesperación, con las divisiones y conflictos. No dejemos que estos espejismos sofoquen la llama del amor en las familias cristianas. Al contrario, protejamos en ellas los valores del Evangelio: la oración, la frecuencia a los sacramentos —especialmente la confesión y la comunión—, los afectos sanos, el diálogo sincero, la fidelidad, el realismo sencillo y hermoso de las palabras y los gestos buenos de cada día. Esto las convertirá en luz de esperanza para los entornos en los que vivimos, escuela de amor e instrumento de salvación en las manos de Dios (cf. Francisco, Homilía en la Misa por el X Encuentro Mundial de las Familias, 25 junio 2022).

Pidamos entonces al Padre del Cielo, por intercesión de María y san José, que bendiga a nuestras familias y a todas las familias del mundo, para que, siguiendo el modelo de la familia de su Hijo hecho hombre, sean para todos un signo eficaz de su presencia y de su amor sin fin.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Saludo cordialmente a todos ustedes, romanos y peregrinos de diversos países.

En particular, saludo a los jóvenes de ClusoneGerenzano y San Bartolomeo in Bosco, a los confirmandos de Adrara San Martino, a los jóvenes y monaguillos de Brescia, a los participantes en la peregrinación de preadolescentes de la Unidad Pastoral de Sarezzo y a los scouts de Treviso.

Saludo también a los educadores de la Acción Católica de Limena y los de Morciano di Romagna, a los animadores del Oratorio San Pío X de Portogruaro, al grupo de voluntarios de Borgomanero, a los fieles de San Cataldo y Serradifalco y a los miembros de la Pro Loco de Sant’Egidio del Monte Albino.

A la luz de la Navidad del Señor, sigamos rezando por la paz. Hoy, en particular, recemos por las familias que sufren a causa de la guerra, por los niños, los ancianos y las personas más frágiles. Confiémonos juntos a la intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret.

Les deseo a todos: ¡buen domingo!

Fuente: vatican.va

12/26/25

La Sagrada Familia: Jesús, María y José

Fiesta de la Sagrada Familia. (Ciclo A)

Evangelio (Mt 2,13-15; 19-23)

Cuando se marcharon, un ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo:

—Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.

Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre y huyó a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta:

De Egipto llamé a mi hijo.

Muerto Herodes, un ángel del Señor se le apareció en sueños a José en Egipto y le dijo:

—Levántate, toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel; porque han muerto ya los que atentaban contra la vida del niño.

Se levantó, tomó al niño y a su madre y vino a la tierra de Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá; y avisado en sueños marchó a la región de Galilea. Y se fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por medio de los Profetas: «Será llamado nazareno».

Comentario

El evangelio de la fiesta litúrgica de la Sagrada Familia recoge dos pasajes del relato de la infancia según san Mateo: la huida a Egipto, por culpa de Herodes, y el regreso de la Sagrada Familia a la tierra de Israel, a Nazaret. Mateo muestra interés en demostrar que, tanto los sucesos dramáticos de la vida oculta de Jesús, como los más ordinarios y comunes, sucedieron según las Escrituras. Tenían, por tanto, un sentido profundo previsto por la providencia divina. En efecto, si el pueblo de Israel tuvo que huir de la amenaza de Egipto, como narra el libro del Éxodo, ahora Egipto será, por feliz contraste, el lugar de refugio para el Mesías. Desde allí, Dios lo iba a llamar como hijo, para que volviera a la tierra de Israel a salvar a su pueblo y a los gentiles. Las indicaciones divinas y las decisiones según las circunstancias, llevarán a María y José a instalarse en Nazaret, donde Jesús pasará la mayor parte de su vida.

Sobre el suceso dramático de la huida a Egipto, el Papa Francisco comentaba en una ocasión: “hoy el Evangelio nos presenta a la Sagrada Familia por el camino doloroso del destierro, en busca de refugio en Egipto. José, María y Jesús experimentan la condición dramática de los refugiados, marcada por miedo, incertidumbre, incomodidades (cf. Mt 2, 13-15.19-23). (…) Jesús quiso pertenecer a una familia que experimentó estas dificultades, para que nadie se sienta excluido de la cercanía amorosa de Dios. La huida a Egipto causada por las amenazas de Herodes nos muestra que Dios está allí donde el hombre está en peligro, allí donde el hombre sufre, allí donde huye, donde experimenta el rechazo y el abandono; pero Dios está también allí donde el hombre sueña, espera volver a su patria en libertad, proyecta y elige en favor de la vida y la dignidad suya y de sus familiares”. Se deduce de este pasaje que los sucesos de nuestra vida no escapan a la mirada atenta y amorosa de Dios, como no escapaban los sucesos de la vida de su Hijo. Todo lo que nos pasa, encierra un sentido que debemos comprender y también construir, con nuestra libre correspondencia, aunque de primeras nos parezcan dolorosos.

También tienen sentido a los ojos de Dios aquellos sucesos aparentemente ordinarios y sin relieve. De hecho, como seguía diciendo el Papa, “hoy, nuestra mirada a la Sagrada Familia se deja atraer también por la sencillez de la vida que ella lleva en Nazaret. Es un ejemplo que hace mucho bien a nuestras familias, les ayuda a convertirse cada vez más en una comunidad de amor y de reconciliación, donde se experimenta la ternura, la ayuda mutua y el perdón recíproco”.

La Sagrada Familia y en especial san José aparecen en este evangelio como un modelo entrañable de aceptación de la voluntad divina y de esfuerzo por comprenderla y colaborar con ella. Gracias a las decisiones de María y José, el Hijo de Dios cumplirá la voluntad divina de vivir en una familia común, llevar una vida ordinaria durante muchos años y ser llamado «nazareno». Como explicaba san Josemaría, “Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino.

Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres. Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo.

Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius (Mt XIII, 55), el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende: ¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la suya, la vida común del pueblo de su tierra. Era el faber, filius Mariae (Mc VI, 3), el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas (Ioh XII, 32)”.

Fuente: opusdei.org

Besos

Enrique García-Máiquez

«Contra el academicismo de los museos y contra la dichosa desamortización de Mendizábal, está en nuestras manos (esto es, en nuestras almas) restituir los cuadros a su esencia primigenia y altísima»

Los museos tienen algo de escaparate. Pero esos cuadros ilustres estuvieron pensados para dignificar un hondo salón familiar, para recordar a una amadísima esposa perdida, para dejar a los hijos un lejano recuerdo de la tierra natal… Y muchos se pintaron como iconos, para reflejar la luz de lo sagrado y mover a la oración a los hombres. Su lugar era el templo o la capilla. Para la historia del arte están bien los museos, y menos da una piedra; pero la mejor manera de entrar en un museo implica conocer la historia y la intención del cuadro o la escultura y, en la medida de nuestras posibilidades, respetarlas.

Mucho mejor lo contó el poeta Julio Martínez Mesanza. Todavía en la Unión Soviética, estaba visitando un museo en San Petersburgo, no recuerdo cuál. Entonces vio que una mujer joven y muy guapa, vestida humildemente, se paró ante un bellísimo icono. Y, en ese momento, sin importarle nada más, se hincó de rodillas, y rezó. Martínez Mesanza vio que todo el museo quedaba transformado. El gran escenario del arte con mayúsculas se quedaba muy pequeño y el cuadro volvía a ser un humilde icono que servía a su misión de transparentar lo sagrado. Lo vivió como una hierofanía.

Lo he recordado leyendo un poema de Jaime García-Máiquez titulado «Besos» y recogido en su antología La humana cosa. El poeta trabaja en el Gabinete Técnico del Museo del Prado, lo que le da ciertas oportunidades. «Cada vez que en el búnker de rayos X entra/ un cuadro religioso […] yo beso levemente la pintura,/ el lívido barniz que la protege». El largo poema ofrece pormenorizados detalles de esos besos: «Sobre el rosto de Cristo,/ sobre el pie taladrado por el clavo/ negro de huesos, sobre/ los largos dedos blancos de albayalde/ de la virgen María/ o la piel arrugada —pardo oscuro de Siena—/ de un santo apasionado». El poeta sabe que ese roce leve es «para siempre eterno». Confiesa: «He llenado el Museo y los museos/ del mundo con mis besos./ Borges modificó/ el infinito océano del fuego del Sáhara/ cambiando de lugar algo de arena./ Yo he transformado para siempre el Prado/ llenándolo de besos./ Yo también he modificado algo infinito».

El poeta es mi hermano —mi hermano pequeño, para más inri—, pero si lo traigo aquí no es para hacer marketing fraternal, sino porque, en cuanto poeta, es hermano de todos ustedes, según la estirpe de Baudelaire, que llamaba al lector «mi semejante, mi hermano», y tenía razón. Es más, en esos besos (a la azul Encarnación de Fray Angélico, al rojo Expolio de la Catedral de Toledo, al Cristo de Velázquez, silencioso, o a la ruidosa Adoración de los Magos de Rubens, según detalla) estamos representados todos nosotros. Realmente, que nos lo cuente no se queda en una confesión de una intimidad piadosa, sino que nos devuelve la sacralidad de esos cuadros magistrales. Hace, más disimuladamente y convirtiendo su puesto de trabajo en un pequeño criptoaltar, lo mismo que la joven rusa que conmovió a Julio Martínez Mesanza.

Unos y otros nos facilitan la subversión. Ya nunca veremos los cuadros del mismo modo. Contra el academicismo de los museos, contra la dichosa desamortización de Mendizábal, en nuestras manos (esto es, en nuestras almas) está restituir los cuadros a su esencia primigenia y altísima. No hay otra restauración más perfecta. Ya aleccionado, cuando visito el Prado, procuro que las doce en punto en el reloj me den enfrente de la Coronación de la Virgen de Velázquez, y ahí rezo el ángelus. Me gustaría ponerme de rodillas, pero me falta el coraje. Y me gustaría posar también mi leve beso en el lienzo, pero me placarían los vigilantes del Museo cumpliendo diligentemente su deber profesional, como es lógico y les agradecemos.

Con todo, no importa. Pienso que mi ángelus invisible resulta más subversivo que los que echan espráis o sopas a las obras maestras, y además sabemos que mi hermano —el vuestro— ya puso un beso allí, que nos representa a todos. El venerable Museo del Prado asiente encantado, diría yo. Incluso él ha sido ascendido de categoría.

Fuente: Nuestro Tiempo

12/25/25

MENSAJE URBI ET ORBI

DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

NAVIDAD 2025

Queridos hermanos y hermanas:

«Alegrémonos todos en el Señor, porque nuestro Salvador ha nacido en el mundo. Hoy, desde el cielo, ha descendido la paz sobre nosotros» (Antífona de entrada de la Misa de medianoche en la Natividad del Señor). Así canta la liturgia en la noche de Navidad, y así resuena en la Iglesia el anuncio de Belén: el Niño que ha nacido de la Virgen María es Cristo Señor, enviado por el Padre para salvarnos del pecado y de la muerte. Él es nuestra paz, Aquel que venció al odio y a la enemistad con el amor misericordioso de Dios. Por eso «el nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz» (S. Leone Magno, Sermone 26).

Jesús nació en un establo porque no había lugar para él en el albergue. Al nada más nacer, su madre María «lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre» (Lc 2,7). El Hijo de Dios, por medio del cual todo fue creado, no es acogido y su cuna es un pobre comedero para animales.

El Verbo eterno del Padre, que los cielos no pueden contener, ha elegido venir al mundo de esa manera. Por amor quiso nacer de una mujer, para compartir nuestra humanidad; por amor aceptó la pobreza y el rechazo y se identificó con los que son marginados y excluidos.

En el nacimiento de Jesús ya se perfila la elección fundamental que guiará toda la vida del Hijo de Dios, hasta su muerte en la cruz: la elección de no hacernos llevar el peso del pecado, sino de llevarlo Él por nosotros, de hacerse cargo de él. Esto podía hacerlo sólo Él. Y al mismo tiempo nos mostró lo que sólo nosotros podemos hacer, es decir, asumir cada uno nuestra parte de responsabilidad. Sí, porque Dios, que nos ha creado sin nosotros, no puede salvarnos sin nosotros. (cf. S. Agustín, Sermón 169, 11. 13), es decir, sin nuestra libre voluntad de amar. Quien no ama no se salva, está perdido. Y quien no ama a su hermano que ve, no puede amar a Dios que no ve. (cf. 1 Jn 4,20).

Hermanas y hermanos, este es el camino de la paz: la responsabilidad. Si cada uno de nosotros, a todos los niveles, en lugar de acusar a los demás, reconociera ante todo sus propias faltas y pidiera perdón a Dios, y al mismo tiempo se pusiera en el lugar de quienes sufren, fuera solidario con los más débiles y oprimidos, entonces el mundo cambiaría.

Jesucristo es nuestra paz, ante todo porque nos libera del pecado y, luego, porque nos indica el camino a seguir para superar los conflictos, todos los conflictos, desde los interpersonales hasta los internacionales. Sin un corazón libre del pecado, un corazón perdonado, no se puede ser hombres y mujeres pacíficos y constructores de paz. Por esto Jesús nació en Belén y murió en la cruz: para liberarnos del pecado. Él es el Salvador. Con su gracia, cada uno de nosotros puede y debe hacer lo que le corresponde para rechazar el odio, la violencia y la confrontación, y practicar el diálogo, la paz y la reconciliación.

En este día de fiesta, deseo enviar un saludo efusivo y paternal a todos los cristianos que viven en Medio Oriente, a quienes he querido encontrar hace poco en mi primer viaje apostólico. He escuchado sus temores y conozco bien su sentimiento de impotencia ante las dinámicas de poder que los superan. El Niño que hoy nace en Belén es el mismo Jesús que menciona: «les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

A Él imploramos justicia, paz y estabilidad para el Líbano, Palestina, Israel y Siria, confiando en estas palabras divinas: «La obra de la justicia será la paz, y el fruto de la justicia, la tranquilidad y la seguridad para siempre» (Is 32,17).

Encomendamos al Príncipe de la Paz todo el continente europeo, pidiéndole que siga inspirándole un espíritu comunitario y colaborativo, fiel a sus raíces cristianas y a su historia, solidario y acogedor con los que están pasando necesidad. Oremos de manera especial por el atribulado pueblo ucraniano, para que cese el estruendo de las armas y las partes implicadas, con el apoyo de la comunidad internacional, encuentren el valor para dialogar de manera sincera, directa y respetuosa.

Al Niño de Belén imploramos paz y consuelo para las víctimas de todas las guerras que se libran en el mundo, especialmente aquellas olvidadas; y para quienes sufren a causa de la injusticia, la inestabilidad política, la persecución religiosa y el terrorismo. Recuerdo de manera especial a los hermanos y hermanas de Sudán, Sudán del Sur, Malí, Burkina Faso y la República Democrática del Congo.

En estos últimos días del Jubileo de la Esperanza, pidamos al Dios hecho hombre por el querido pueblo de Haití, que cese en el País toda forma de violencia y pueda avanzar por el camino de la paz y la reconciliación. 

Que el Niño Jesús inspire a quienes tienen responsabilidades políticas en América Latina para que, al enfrentar los numerosos desafíos, se le dé espacio al diálogo por el bien común y no a las exclusiones ideológicas y partidistas.

Pedimos al Príncipe de la Paz que ilumine a Myanmar con la luz de un futuro de reconciliación, que devuelva la esperanza a las generaciones jóvenes, guíe a todo el pueblo birmano por los caminos de la paz y acompañe a quienes viven sin hogar, sin seguridad y sin confianza en el mañana.

A Él imploramos que se restablezca la antigua amistad entre Tailandia y Camboya y que las partes implicadas continúen esforzándose por la reconciliación y la paz.

A Él le confiamos también los pueblos del sur de Asia y de Oceanía, duramente golpeados por las recientes y devastadoras catástrofes naturales, que han afectado gravemente a poblaciones enteras. Ante tales pruebas, invito a todos a renovar con convicción el compromiso común de socorrer a quienes sufren.

Queridos hermanos y hermanas:

En la oscuridad de la noche aparecía «la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1,9), pero «los suyos no la recibieron» (Jn 1,11). No dejemos que nos venza la indiferencia hacia quien sufre, porque Dios no es indiferente a nuestras miserias.

Al hacerse hombre, Jesús asume sobre sí nuestra fragilidad, se identifica con cada uno de nosotros: con quienes ya no tienen nada y lo han perdido todo, como los habitantes de Gaza; con quienes padecen hambre y pobreza, como el pueblo yemení; con quienes huyen de su tierra en busca de un futuro en otra parte, como los numerosos refugiados y migrantes que cruzan el Mediterráneo o recorren el continente americano; con quienes han perdido el trabajo y con quienes lo buscan, como tantos jóvenes que tienen dificultades para encontrar empleo; con quienes son explotados, como los innumerables trabajadores mal pagados; con quienes están en prisión y a menudo viven en condiciones inhumanas.

Al corazón de Dios llega la invocación de paz que brota de cada tierra, como escribe un poeta:

«No la de un alto al fuego
ni la de la visión del lobo junto al cordero,
sino
la del corazón cuando se acaba la agitación
y hablamos de un gran cansancio.
Que sea
como flores silvestres,
de repente, por necesidad del campo:
una paz silvestre».

En este día santo, abramos nuestro corazón a los hermanos y hermanas que están necesitados y sufren. Al hacerlo, lo abrimos al Niño Jesús que, con sus brazos abiertos, nos acoge y nos revela su divinidad: «Pero a todos los que lo recibieron […], les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12).

En pocos días terminará el Año Jubilar. Se cerrarán las Puertas Santas, pero Cristo, nuestra esperanza, permanece siempre con nosotros. Él es la Puerta siempre abierta, que nos introduce en la vida divina. La alegre noticia de este día es que el Niño que ha nacido es Dios hecho hombre; que no viene a condenar, sino a salvar; la suya no es una aparición fugaz, pues Él viene para quedarse y entregarse a sí mismo. En Él toda herida es sanada y todo corazón encuentra descanso y paz. «El Nacimiento del Señor es el Nacimiento de la paz».

A todos, les deseo de corazón una Navidad serena.

SANTA MISA DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

Homil+ia del Papa

Queridos hermanos y hermanas:

«Prorrumpan en gritos de alegría» (Is 52,9), clama el mensajero de paz a quienes encuentra entre las ruinas de una ciudad que debe ser totalmente reconstruida. Sus pies, aun llenos de polvo y heridos, son hermosos —escribe el profeta (cf. Is 52,7)— porque, a través de caminos largos y difíciles, han llevado un anuncio gozoso, en el que ahora todo renace. ¡Es un nuevo día! También nosotros participamos en este momento decisivo, en el que pareciera que aún nadie cree: la paz existe y está ya en medio de nosotros.

«Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo» (Jn 14,27); así habló Jesús a sus discípulos —a los que poco tiempo antes había lavado los pies—, mensajeros de paz que desde ese momento deberían correr por el mundo, sin cansarse, para revelar a todos el «poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Hoy, por tanto, no sólo nos sorprende la paz que ya hay aquí, sino que celebramos cómo nos ha sido dado este don. En el cómo, en efecto, brilla la diferencia divina que nos hace prorrumpir en cantos de alegría. Así, en todo el mundo, la Navidad es una fiesta de música y de cantos por excelencia.

También el prólogo del cuarto Evangelio es un himno y tiene por protagonista al Verbo de Dios. El “verbo” es una palabra que indica acción. Esta es una característica de la Palabra de Dios: nunca queda sin efecto. Si nos fijamos bien, también muchas de nuestras palabras producen efectos, a veces no deseados. Sí, las palabras actúan. Pero he aquí la sorpresa que la liturgia de la Navidad coloca frente a nosotros: el Verbo de Dios se manifiesta y no sabe hablar, viene a nosotros como un recién nacido que sólo llora y solloza. «Se hizo carne» (Jn 1,14) y, si bien crecerá y un día aprenderá la lengua de su pueblo, lo que ahora habla es sólo su presencia sencilla y frágil. «Carne» es la desnudez radical de quien en Belén y en el Calvario carece también de palabra; como carecen de palabra tantos hermanos y hermanas despojados de su dignidad y reducidos al silencio. La carne humana requiere cuidado, solicita acogida y reconocimiento, busca manos capaces de ternura y mentes dispuestas a la atención, desea palabras buenas.

«Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron […] les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,11-12). Este es el modo paradójico en el que la paz está ya entre nosotros: el don de Dios es fascinante, busca acogida y mueve a la entrega. Nos sorprende porque nos expone al rechazo, nos atrae porque nos arrebata de la indiferencia. Llegar a ser hijos de Dios es un verdadero poder; un poder que queda enterrado mientras permanecemos indiferentes al llanto de los niños y a la fragilidad de los ancianos, al silencio impotente de las víctimas y a la melancolía resignada del que hace el mal que no quiere.

Como escribió el amado Papa Francisco, para llamarnos a la alegría del Evangelio: «A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 270).

Queridos hermanos y hermanas, puesto que el Verbo se hizo carne, ahora la carne habla, grita el deseo divino de encontrarnos. El Verbo ha establecido su tienda frágil entre nosotros. ¿Y cómo no pensar en las tiendas de Gaza, expuestas desde hace semanas a las lluvias, al viento y al frío, y a las de tantos otros desplazados y refugiados en cada continente, o en los refugios improvisados de miles de personas sin hogar en nuestras ciudades? Frágil es la carne de las poblaciones indefensas, probadas por tantas guerras en curso o terminadas dejando escombros y heridas abiertas. Frágiles son las mentes y las vidas de los jóvenes obligados a tomar las armas que, estando en el frente, advierten la insensatez de lo que se les pide y la mentira que impregna los rimbombantes discursos de quien los manda a morir.

Cuando la fragilidad de los demás nos atraviesa el corazón, cuando el dolor ajeno hace añicos nuestras sólidas certezas, entonces ya comienza la paz. La paz de Dios nace de un sollozo acogido, de un llanto escuchado; nace entre ruinas que claman una nueva solidaridad, nace de sueños y visiones que, como profecías, invierten el curso de la historia. Sí, todo esto existe, porque Jesús es el Logos, el sentido a partir del cual todo ha sido formado. «Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de lo que existe» (Jn 1,3). Este misterio nos interpela desde los pesebres que hemos construido, nos abre los ojos a un mundo donde la Palabra todavía resuena, «en muchas ocasiones y de diversas maneras» (cf. Hb 1,1), y nos sigue llamando a la conversión.

Ciertamente, el Evangelio no esconde la resistencia de las tinieblas a la luz, describe el camino de la Palabra de Dios como un trayecto escabroso, diseminado de obstáculos. Hasta hoy, los auténticos mensajeros de paz siguen al Verbo por este camino, que finalmente alcanza los corazones; corazones inquietos, que a menudo desean precisamente aquello a lo que se resisten. De ese modo, la Navidad vuelve a motivar a una Iglesia misionera, impulsándola sobre vías que la Palabra de Dios le ha trazado. No estamos al servicio de una palabra prepotente —estas ya resuenan por todas partes— sino de una presencia que suscita el bien, que conoce su eficacia, que no se atribuye el monopolio.

Este es el camino de la misión: un camino hacia el otro. En Dios cada palabra es palabra pronunciada, es una invitación al diálogo, una palabra nunca igual a sí misma. Es la renovación que el Concilio Vaticano II ha promovido y que veremos florecer sólo si caminamos juntos con toda la humanidad, sin separarnos nunca de ella. Mundano es lo contrario: tener por centro a uno mismo. El movimiento de la Encarnación es un dinamismo de diálogo. Habrá paz cuando nuestros monólogos se interrumpan y, fecundados por la escucha, caigamos de rodillas ante la carne desnuda de los demás. La Virgen María es precisamente en esto la Madre de la Iglesia, la Estrella de la evangelización, la Reina de la paz. En ella comprendemos que nada nace del exhibicionismo de la fuerza y todo renace del silencioso poder de la vida acogida.

Fuente: vatican.va

12/24/25

UNA FIDELIDAD QUE GENERA FUTURO

 CARTA APOSTÓLICA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

CON MOTIVO DEL LX ANIVERSARIO
DE LOS DECRETOS CONCILIARES
OPTATAM TOTIUS
 Y PRESBYTERORUM ORDINIS

1. Una fidelidad que genera futuro es a lo que los presbíteros están llamados también hoy, en la conciencia de que perseverar en la misión apostólica nos ofrece la posibilidad de interrogarnos sobre el futuro del ministerio y de ayudar a otros a percibir la alegría de la vocación presbiteral. El sexagésimo aniversario del Concilio Vaticano II, que se celebra en este Año jubilar, nos brinda la ocasión de contemplar nuevamente el don de esta fidelidad fecunda, recordando las enseñanzas de los Decretos Optatam totius y Presbyterorum ordinis, promulgados respectivamente el 28 de octubre y el 7 de diciembre de 1965. Son dos textos nacidos de una única inspiración de la Iglesia, que se siente llamada a ser signo e instrumento de unidad para todos los pueblos e interpelada a renovarse, consciente de que «la anhelada renovación de toda la Iglesia depende en gran parte del ministerio de los sacerdotes, animado por el espíritu de Cristo». [1]

2. ¡No celebramos un aniversario de papel! Ambos documentos, en efecto, se fundamentan sólidamente en la comprensión de la Iglesia como el Pueblo de Dios que peregrina en la historia y constituyen un hito fundamental de la reflexión acerca de la naturaleza y la misión del ministerio pastoral, así como de la preparación para el mismo, conservando con el paso del tiempo una gran frescura y actualidad. Invito, por tanto, a continuar la lectura de dichos textos en el seno de las comunidades cristianas y a su estudio, particularmente en los Seminarios y en todos los ámbitos de preparación y formación para el ministerio ordenado.

3. Los Decretos Optatam totius y Presbyterorum ordinis, bien situados en el cauce de la Tradición doctrinal de la Iglesia sobre el sacramento del Orden, pusieron ante la atención del Concilio la reflexión sobre el sacerdocio ministerial y manifestaron la solicitud de la asamblea conciliar por los sacerdotes. El propósito era elaborar los presupuestos necesarios para formar a las futuras generaciones de presbíteros según la renovación promovida por el Concilio, manteniendo firme la identidad ministerial y, al mismo tiempo, evidenciando nuevas perspectivas que integraran la reflexión precedente, en la lógica de un sano desarrollo doctrinal. [2] Es necesario, por tanto, hacer de ellos una memoria viva, respondiendo a la llamada a acoger el mandato que estos Decretos han confiado a toda la Iglesia: revitalizar siempre y cada día el ministerio presbiteral, extrayendo fuerza de su raíz, que es el vínculo entre Cristo y la Iglesia, para ser, junto con todos los fieles y a su servicio, discípulos misioneros según su Corazón.

4. Al mismo tiempo, en los seis decenios transcurridos desde el Concilio, la humanidad ha vivido y sigue viviendo cambios que exigen una verificación constante del camino recorrido y una coherente actualización de las enseñanzas conciliares. Paralelamente, en estos años la Iglesia ha sido conducida por el Espíritu Santo a desarrollar la doctrina del Concilio sobre su naturaleza comunional según la forma sinodal y misionera. [3] Con este propósito dirijo la presente Carta apostólica a todo el Pueblo de Dios, para reconsiderar juntos la identidad y la función del ministerio ordenado a la luz de lo que el Señor pide hoy a la Iglesia, prolongando la gran obra de actualización del Concilio Vaticano II. Propongo hacerlo a través de la perspectiva de la fidelidad, que es a la vez gracia de Dios y camino constante de conversión, para corresponder con alegría a la llamada del Señor Jesús. Deseo comenzar expresando gratitud por el testimonio y la entrega de los sacerdotes que, en todas partes del mundo, ofrecen su vida, celebran el sacrificio de Cristo en la Eucaristía, anuncian la Palabra, absuelven los pecados y se dedican día tras día con generosidad a los hermanos y hermanas, sirviendo a la comunión y a la unidad, y cuidando, en particular, de quienes más sufren y pasan necesidad.

Fidelidad y servicio

5. Toda vocación en la Iglesia nace del encuentro personal con Cristo, «que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». [4] Antes de todo compromiso, antes de toda buena aspiración personal, antes de todo servicio, está la voz del Maestro que llama: “Ven y sígueme” (cf. Mc 1,17). El Señor de la vida nos conoce e ilumina nuestro corazón con su mirada de amor (cf. Mc 10,21). No se trata sólo de una voz interior, sino de un impulso espiritual que con frecuencia nos llega a través del ejemplo de otros discípulos del Señor y que toma forma en una elección valiente de vida. La fidelidad a la vocación, especialmente en el tiempo de la prueba y de la tentación, se fortalece cuando no olvidamos esa voz, cuando somos capaces de recordar con pasión el sonido de la voz del Señor que nos ama, nos elige y nos llama, confiándonos también al indispensable acompañamiento de quienes son expertos en la vida del Espíritu. El eco de esa Palabra es, con el paso del tiempo, el principio de la unidad interior con Cristo, que resulta fundamental e ineludible en la vida apostólica.

6. La llamada al ministerio ordenado es un don libre y gratuito de Dios. Vocación, en efecto, no significa constricción por parte del Señor, sino propuesta amorosa de un proyecto de salvación y libertad para la propia existencia que recibimos cuando, con la gracia de Dios, reconocemos que en el centro de nuestra vida está Jesús, el Señor. Entonces la vocación al ministerio ordenado crece como donación de sí mismos a Dios y, por ello, a su Pueblo santo. Toda la Iglesia ora y se alegra por este don con el corazón lleno de esperanza y gratitud, como expresaba el Papa Benedicto XVI al concluir el Año sacerdotal: «Queríamos despertar la alegría de que Dios esté tan cerca de nosotros, y la gratitud por el hecho de que Él se confíe a nuestra debilidad; que Él nos guíe y nos ayude día tras día. Queríamos también, así, enseñar de nuevo a los jóvenes que esta vocación, esta comunión de servicio por Dios y con Dios, existe; más aún, que Dios está esperando nuestro “sí”». [5]

7. Toda vocación es un don del Padre que pide ser custodiado con fidelidad en una dinámica de conversión permanente. La obediencia a la propia llamada se construye cada día mediante la escucha de la Palabra de Dios, la celebración de los sacramentos —en particular en el Sacrificio Eucarístico—, la evangelización, la cercanía a los últimos y la fraternidad presbiteral, bebiendo de la oración como lugar eminente de encuentro con el Señor. Es como si cada día el sacerdote regresara al lago de Galilea —allí donde Jesús preguntó a Pedro «¿me amas?» ( Jn 21,15)— para renovar su “sí”. [6] En este sentido se comprende lo que Optatam totius indica respecto a la formación sacerdotal, deseando que no se detenga en el tiempo del Seminario (cf. n. 22), abriendo el camino a una formación continua, permanente, de modo que constituya un dinamismo de constante renovación humana, espiritual, intelectual y pastoral.

8. Por tanto, todos los presbíteros están llamados a cuidar siempre de la propia formación, para mantener vivo el don de Dios recibido con el sacramento del Orden (cf. 2 Tm 1,6). La fidelidad a la llamada, pues, no es inmovilidad ni cierre, sino un camino de conversión cotidiana que confirma y hace madurar la vocación recibida. En esta perspectiva, es oportuno promover iniciativas como el Congreso para la formación permanente de los sacerdotes, celebrado en el Vaticano del 6 al 10 de febrero de 2024, con más de ochocientos responsables de la formación permanente provenientes de ochenta naciones. Antes de ser esfuerzo intelectual o actualización pastoral, la formación permanente sigue siendo memoria viva y actualización constante de la propia vocación en un camino compartido.

9. Desde el momento mismo de la llamada y desde la primera formación, la belleza y la constancia del camino están custodiadas por la sequela Christi. Todo pastor, en efecto, antes incluso de dedicarse a la guía del rebaño, debe recordar constantemente que él mismo es discípulo del Maestro, junto con los hermanos y hermanas, porque «a lo largo de la vida se es siempre “discípulo”, con el constante anhelo de “configurarse” con Cristo». [7] Sólo esta relación de seguimiento obediente y de discipulado fiel puede mantener la mente y el corazón en la dirección correcta, a pesar de las dificultades que la vida puede depararnos.

10. En estas últimas décadas, la crisis de confianza en la Iglesia provocada por los abusos cometidos por miembros del clero —que nos llenan de vergüenza y nos llaman a la humildad— nos ha hecho aún más conscientes de la urgencia de una formación integral que asegure el crecimiento y la madurez humana de los candidatos al presbiterado, junto con una rica y sólida vida espiritual.

11. El tema de la formación resulta central también para afrontar el fenómeno de quienes, después de algunos años o incluso decenios, abandonan el ministerio. Esta dolorosa realidad, en efecto, no debe interpretarse sólo en clave jurídica, sino que exige mirar con atención y compasión la historia de estos hermanos y las múltiples razones que pudieron conducirlos a tal decisión. Y la respuesta que se ha de dar es, ante todo, un renovado compromiso formativo, cuyo objetivo es «un camino de familiaridad con el Señor que involucra a toda la persona: el corazón, la inteligencia, la libertad, y la moldea a imagen del Buen Pastor». [8]

12. En consecuencia, «el seminario, sea cual sea su modalidad, debe ser una escuela de los afectos, […] necesitamos aprender a amar y a hacerlo como Jesús». Por ello invito a los seminaristas a un trabajo interior sobre las motivaciones que abarque todos los aspectos de la vida: «no hay nada en ustedes que deba ser descartado, sino que todo debe ser asumido y transfigurado en la lógica del grano de trigo, con el fin de convertirse en personas y sacerdotes felices, “puentes” y no obstáculos para el encuentro con Cristo para todos aquellos que se acercan a ustedes». [9] Sólo presbíteros y consagrados humanamente maduros y espiritualmente sólidos —es decir, personas en las que la dimensión humana y la espiritual están bien integradas y que, por ello, son capaces de relaciones auténticas con todos— pueden asumir el compromiso del celibato y anunciar de modo creíble el Evangelio del Resucitado.

13. Se trata, por tanto, de custodiar y hacer crecer la vocación en un camino constante de conversión y de renovada fidelidad, que nunca es un recorrido meramente individual, sino que nos compromete a cuidarnos unos a otros. Esta dinámica es siempre, una vez más, obra de la gracia que abraza nuestra frágil humanidad, sanándola del narcisismo y del egocentrismo. Con fe, esperanza y caridad, estamos llamados a emprender cada día el seguimiento poniendo toda nuestra confianza en el Señor. Comunión, sinodalidad y misión no pueden realizarse, en efecto, si en el corazón de los sacerdotes la tentación de la autorreferencialidad no cede el paso a la lógica de la escucha y del servicio. Como subrayó Benedicto XVI, «el sacerdote es siervo de Cristo, en el sentido de que su existencia, configurada ontológicamente con Cristo, asume un carácter esencialmente relacional: está al servicio de los hombres en Cristo, por Cristo y con Cristo. Precisamente porque pertenece a Cristo, el sacerdote está radicalmente al servicio de los hombres: es ministro de su salvación, de su felicidad, de su auténtica liberación, madurando, en esta aceptación progresiva de la voluntad de Cristo, en la oración, en el “estar unido de corazón” a Él». [10]

 

Fidelidad y fraternidad

14. El Concilio Vaticano II situó el servicio específico de los presbíteros dentro de la igual dignidad y fraternidad de todos los bautizados, como bien lo atestigua el Decreto Presbyterorum ordinis: «Los sacerdotes del Nuevo Testamento, aunque por razón del sacramento del Orden ejercen el ministerio de padre y de maestro, importantísimo y necesario en el pueblo y para el pueblo de Dios, sin embargo, son, juntamente con todos los fieles cristianos, discípulos del Señor, hechos partícipes de su Reino por la gracia de Dios que llama. Con todos los regenerados en la fuente del bautismo los presbíteros son hermanos entre los hermanos, puesto que son miembros de un mismo Cuerpo de Cristo, cuya edificación se exige a todos». [11] Dentro de esta fraternidad fundamental, que tiene su raíz en el Bautismo y une a todo el pueblo de Dios, el Concilio destaca el vínculo fraternal particular entre los ministros ordenados, fundado en el mismo sacramento del Orden: «Los presbíteros, constituidos por la Ordenación en el Orden del Presbiterado, están unidos todos entre sí por la íntima fraternidad sacramental, y forman un presbiterio especial en la diócesis a cuyo servicio se consagran bajo el obispo propio […]. Cada uno está unido con los demás miembros de este presbiterio por vínculos especiales de caridad apostólica, de ministerio y de fraternidad». [12] La fraternidad presbiteral, por lo tanto, antes que ser una tarea que hay que realizar, es un don inherente a la gracia de la Ordenación. Hay que reconocer que este don nos precede: no se construye sólo con la buena voluntad y en virtud de un esfuerzo colectivo, sino que es un don de la Gracia, que nos hace partícipes del ministerio del obispo y se realiza en la comunión con él y con los hermanos.

15. Sin embargo, precisamente por eso, los presbíteros están llamados a corresponder a la gracia de la fraternidad, manifestando y ratificando con su vida lo que se estipula entre ellos no sólo por la gracia bautismal, sino también por el sacramento del Orden. Ser fieles a la comunión significa, en primer lugar, superar la tentación del individualismo, que mal se compagina con la acción misionera y evangelizadora que siempre concierne a la Iglesia en su conjunto. No en vano, el Concilio Vaticano II se refirió a los presbíteros casi siempre en plural: ¡ningún pastor existe por sí solo! El mismo Señor «instituyó a doce para que estuvieran con él» (Mc 3,14); esto significa que no puede existir un ministerio desvinculado de la comunión con Jesucristo y con su cuerpo, que es la Iglesia. Hacer cada vez más visible esta dimensión relacional y de comunión del ministerio ordenado, conscientes de que la unidad de la Iglesia deriva «de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»,[13] es uno de los principales retos para el futuro, sobre todo en un mundo marcado por guerras, divisiones y discordias.

16. La fraternidad presbiteral debe considerarse, por lo tanto, como un elemento constitutivo de la identidad de los ministros,[14] no sólo como un ideal o un eslogan, sino como un aspecto en el que comprometerse con renovado vigor. En este sentido, se ha hecho mucho aplicando las indicaciones de Presbyterorum ordinis (cf. n. 8), pero queda mucho por hacer, comenzando, por ejemplo, por la equiparación económica entre los que sirven en parroquias pobres y los que ejercen su ministerio en comunidades acomodadas. Además, hay que tener en cuenta que, en varios países y diócesis, aún no se garantiza la necesaria previsión para la enfermedad y la vejez. El cuidado recíproco, en particular la atención a los hermanos más solos y aislados, así como a los enfermos y ancianos, no puede considerarse menos importante que el cuidado del pueblo que se nos ha confiado. Esta es una de las instancias fundamentales que he recomendado a los sacerdotes con motivo de su reciente Jubileo. «¿Cómo podríamos nosotros, ministros, ser constructores de comunidades vivas, si no reinara ante todo entre nosotros una fraternidad efectiva y sincera?».[15]

17. En muchos contextos, especialmente en los occidentales, se abren nuevos retos para la vida de los presbíteros, relacionados con la movilidad actual y la fragmentación del tejido social. Esto hace que los sacerdotes ya no estén insertados en un contexto cohesionado y creyente que apoyaba su ministerio en tiempos pasados. En consecuencia, están más expuestos a las derivas de la soledad, que apaga el impulso apostólico y puede provocar un triste repliegue sobre sí mismos. También por esto, siguiendo las indicaciones de mis predecesores,[16] espero que en todas las Iglesias locales surja un compromiso renovado para invertir y promover formas posibles de vida en común, de modo que «los presbíteros encuentren mutua ayuda en el cultivo de la vida espiritual e intelectual, puedan cooperar mejor en el ministerio y se libren de los peligros que pueden sobrevenir por la soledad».[17]

18. Por otra parte, hay que recordar que la comunión presbiteral nunca puede determinarse como un aplanamiento de los individuos, de los carismas o de los talentos que el Señor ha derramado en la vida de cada uno. Es importante que, en los presbiterios diocesanos, gracias al discernimiento del obispo, se logre encontrar un punto de equilibrio entre la valorización de estos dones y la custodia de la comunión. La escuela de la sinodalidad, en esta perspectiva, puede ayudar a todos a madurar interiormente la acogida de los diferentes carismas en una síntesis que consolide la comunión del presbiterio, fiel al Evangelio y a las enseñanzas de la Iglesia. En un tiempo de gran fragilidad, todos los ministros ordenados están llamados a vivir la comunión volviendo a lo esencial y acercándose a las personas, para custodiar la esperanza que se hace realidad en el servicio humilde y concreto. En este horizonte, sobre todo el ministerio del diácono permanente, configurado con Cristo Siervo, es signo vivo de un amor que no se queda en la superficie, sino que se inclina, escucha y se entrega. La belleza de una Iglesia formada por presbíteros y diáconos que colaboran, unidos por la misma pasión por el Evangelio y atentos a los más pobres, se convierte en un testimonio luminoso de comunión. Según la palabra de Jesús (cf. Jn 13,34-35), es de esta unidad, arraigada en el amor recíproco, de donde el anuncio cristiano recibe credibilidad y fuerza. Por eso, el ministerio diaconal, especialmente cuando se vive en comunión con la propia familia, es un don que hay que conocer, valorar y apoyar. El servicio, discreto pero esencial, de hombres dedicados a la caridad nos recuerda que la misión no se cumple con grandes gestos, sino unidos por la pasión por el Reino y con la fidelidad cotidiana al Evangelio.

19. Una imagen feliz y elocuente de la fidelidad a la comunión es sin duda la que presenta san Ignacio de Antioquía en la Carta a los Efesios: «También conviene caminar de acuerdo con el pensamiento de vuestro obispo, lo cual vosotros ya hacéis. Vuestro presbiterio, justamente reputado, digno de Dios, está conforme con su obispo como las cuerdas a la cítara. Así en vuestro sinfónico y armonioso amor es Jesucristo quien canta […]. Es, pues, provechoso para vosotros el ser una inseparable unidad, a fin de participar siempre de Dios».[18]

Fidelidad y sinodalidad

20. Llego a un punto que me interesa especialmente. Al hablar de la identidad de los sacerdotes, el Decreto Presbyterorum ordinis destaca ante todo el vínculo con el sacerdocio y la misión de Jesucristo (cf. n. 2) y señala luego tres coordenadas fundamentales: la relación con el obispo, que encuentra en los presbíteros «colaboradores y consejeros necesarios», con los que mantiene una relación fraterna y amistosa (cf. n. 7); la comunión sacramental y la fraternidad con los demás presbíteros, de modo que juntos contribuyan «a una misma obra» y ejerzan «un único ministerio», trabajando todos «por la misma causa», aunque se ocupen de tareas diferentes (n. 8); la relación con los fieles laicos, entre los cuales los presbíteros, con su tarea específica, son hermanos entre hermanos, compartiendo la misma dignidad bautismal, uniendo «sus esfuerzos a los de los fieles laicos» y aprovechando «su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, para poder reconocer juntos los signos de los tiempos». En lugar de destacar o concentrar todas las tareas en sí mismos, «descubran con el sentido de la fe los multiformes carismas de los seglares, tanto los humildes como los más elevados» (n. 9).

21. En este campo aún queda mucho por hacer. El impulso del proceso sinodal es una fuerte invitación del Espíritu Santo a dar pasos decididos en esta dirección. Por eso reitero mi deseo de «invitar a los sacerdotes […] a abrir de alguna manera su corazón y a participar en estos procesos» [19] que estamos viviendo. En este sentido, la segunda sesión de la XVI Asamblea sinodal, en su Documento final[20] propuso una conversión de las relaciones y los procesos. Parece fundamental que, en todas las Iglesias particulares, se emprendan iniciativas adecuadas para que los presbíteros puedan familiarizarse con las directrices de este Documento y experimentar la fecundidad de un estilo sinodal de Iglesia.

22. Todo ello requiere un compromiso formativo a todos los niveles, en particular en el ámbito de la formación inicial y permanente de los sacerdotes. En una Iglesia cada vez más sinodal y misionera, el ministerio sacerdotal no pierde nada de su importancia y actualidad, sino que, por el contrario, podrá centrarse más en sus tareas propias y específicas. El desafío de la sinodalidad —que no elimina las diferencias, sino que las valoriza— sigue siendo una de las principales oportunidades para los sacerdotes del futuro. Como recuerda el citado Documento final, «los presbíteros están llamados a vivir su servicio con una actitud de cercanía a las personas, de acogida y de escucha de todos, abriéndose a un estilo sinodal» (n. 72). Para implementar cada vez mejor una eclesiología de comunión, es necesario que el ministerio del presbítero supere el modelo de un liderazgo exclusivo, que determina la centralización de la vida pastoral y la carga de todas las responsabilidades confiadas sólo a él, tendiendo hacia una conducción cada vez más colegiada, en la cooperación entre los presbíteros, los diáconos y todo el Pueblo de Dios, en ese enriquecimiento mutuo que es fruto de la variedad de carismas suscitados por el Espíritu Santo. Como nos recuerda Evangelii gaudium, el sacerdocio ministerial y la configuración con Cristo Esposo no deben llevarnos a identificar la potestad sacramental con el poder, ya que «la configuración del sacerdote con Cristo Cabeza —es decir, como fuente capital de la gracia— no implica una exaltación que lo coloque por encima del resto». [21]

Fidelidad y misión

23. La identidad de los presbíteros se constituye en torno a su ser para y es inseparable de su misión. De hecho, quien «pretende encontrar la identidad sacerdotal buceando introspectivamente en su interior quizá no encuentre otra cosa que señales que dicen “salida”: sal de ti mismo, sal en busca de Dios en la adoración, sal y dale a tu pueblo lo que te fue encomendado, que tu pueblo se encargará de hacerte sentir y gustar quién eres, cómo te llamas, cuál es tu identidad y te alegrará con el ciento por uno que el Señor prometió a sus servidores. Si no sales de ti mismo, el óleo se vuelve rancio y la unción no puede ser fecunda». [22] Como enseñaba san Juan Pablo II, «los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor, proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu» [23]. Así, la vocación sacerdotal se desarrolla entre las alegrías y las fatigas de un servicio humilde a los hermanos, que el mundo a menudo desconoce, pero del que tiene una profunda sed: encontrar testigos creyentes y creíbles del Amor de Dios, fiel y misericordioso, constituye una vía primordial de evangelización.

24. En nuestro mundo contemporáneo, caracterizado por ritmos acelerados y por la ansiedad de estar hiperconectados, lo que a menudo nos vuelve frenéticos y nos induce al activismo, hay al menos dos tentaciones que se insinúan contra la fidelidad a esta misión. La primera consiste en una mentalidad eficientista según la cual el valor de cada uno se mide por el rendimiento, es decir, por la cantidad de actividades y proyectos realizados. Según esta forma de pensar, lo que haces está por encima de lo que eres, invirtiendo la verdadera jerarquía de la identidad espiritual. La segunda tentación, por el contrario, se califica como una especie de quietismo: asustados por el contexto, nos encerramos en nosotros mismos, rechazando el desafío de la evangelización y adoptando un enfoque perezoso y derrotista. Por el contrario, un ministerio gozoso y apasionado —a pesar de todas las debilidades humanas— puede y debe asumir con ardor la tarea de evangelizar todas las dimensiones de nuestra sociedad, en particular la cultura, la economía y la política, para que todo sea recapitulado en Cristo (cf. Ef 1,10). Para vencer estas dos tentaciones y vivir un ministerio gozoso y fecundo, cada sacerdote debe permanecer fiel a la misión que ha recibido, es decir, al don de la gracia transmitido por el obispo durante la Ordenación sacerdotal. La fidelidad a la misión significa asumir el paradigma que nos entregó san Juan Pablo II cuando recordó a todos que la caridad pastoral es el principio que unifica la vida del sacerdote. [24] Es precisamente manteniendo vivo el fuego de la caridad pastoral, es decir, el amor del Buen Pastor, como cada sacerdote puede encontrar el equilibrio en la vida cotidiana y saber discernir lo que es beneficioso y lo que es proprium del ministerio, según las indicaciones de la Iglesia.

25. La armonía entre la contemplación y la acción no debe buscarse mediante la adopción apresurada de esquemas operativos o mediante un simple equilibrio de actividades, sino asumiendo como central en el ministerio la dimensión pascual. Darse sin reservas, en cualquier caso, no puede ni debe implicar la renuncia a la oración, al estudio, a la fraternidad sacerdotal, sino que, por el contrario, se convierte en el horizonte en el que todo se comprende en la medida en que se orienta al Señor Jesús, muerto y resucitado para la salvación del mundo. De este modo se cumplen también las promesas hechas en la Ordenación que, junto con el desapego de los bienes materiales, realizan en el corazón del presbítero una búsqueda perseverante y una adhesión a la voluntad de Dios, haciendo así que Cristo se manifieste en cada una de sus acciones. Esto ocurre, por ejemplo, cuando se huye de todo personalismo y de toda celebración de uno mismo, a pesar de la exposición pública a la que a veces obliga el cargo. Educado por el misterio que celebra en la santa liturgia, todo sacerdote debe «desaparecer para que permanezca Cristo, hacerse pequeño para que Él sea conocido y glorificado, gastándose hasta el final para que a nadie falte la oportunidad de conocerlo y amarlo». [25] Por eso, la exposición mediática, el uso de las redes sociales y de todos los instrumentos disponibles hoy en día debe evaluarse siempre con sabiduría, tomando como paradigma del discernimiento el del servicio a la evangelización. «Todo me está permitido, pero no todo es conveniente» ( 1 Co 6,12).

26. En cualquier situación, los presbíteros están llamados a dar una respuesta eficaz, mediante el testimonio de una vida sobria y casta, al gran anhelo de relaciones auténticas y sinceras que se encuentra en la sociedad contemporánea, dando testimonio de una Iglesia que sea «ser fermento eficaz de los vínculos, las relaciones y la fraternidad de la familia humana», «capaz de alimentar las relaciones: con el Señor, entre hombres y mujeres, en las familias, en las comunidades, entre todos los cristianos, entre los grupos sociales, entre las religiones». [26] Para ello es necesario que sacerdotes y laicos, todos juntos, realicen una verdadera conversión misionera que oriente a las comunidades cristianas, bajo la guía de sus pastores, «al servicio de la misión que los fieles llevan a cabo en la sociedad, en la vida familiar y laboral». Como observó el Sínodo, «de este modo, quedará más claro que la parroquia no está centrada en sí misma, sino orientada a la misión y llamada a apoyar el compromiso de tantas personas que, de diferentes maneras, viven y dan testimonio de su fe en su profesión y en las actividades sociales, culturales y políticas». [27]

Fidelidad y futuro

27. Espero que la celebración del aniversario de los dos Decretos conciliares y el camino que estamos llamados a compartir para concretarlos y actualizarlos se traduzcan en un renovado Pentecostés vocacional en la Iglesia, suscitando santas, numerosas y perseverantes vocaciones al sacerdocio ministerial, para que nunca falten obreros para la mies del Señor. Y que se despierte en todos nosotros la voluntad de comprometernos profundamente en la promoción vocacional y en la oración constante al Dueño de la mies (cf. Mt 9,37-38).

28. Sin embargo, junto con la oración, la escasez de vocaciones al sacerdocio
—especialmente en algunas regiones del mundo— exige que todos revisemos la capacidad generativa de las prácticas pastorales de la Iglesia. Es cierto que a menudo los motivos de esta crisis pueden ser diversos y múltiples y, en particular, depender del contexto sociocultural, pero, al mismo tiempo, debemos tener el valor de hacer a los jóvenes propuestas fuertes y liberadoras y de que en las Iglesias particulares crezcan «los ambientes y las formas de pastoral juvenil impregnadas del Evangelio, donde puedan manifestarse y madurar las vocaciones a la entrega total de sí». [28] Con la certeza de que el Señor nunca deja de llamar (cf. Jn 11,28), es necesario tener siempre presente la perspectiva vocacional en todos los ámbitos pastorales, en particular en los juveniles y familiares. Recordémoslo: ¡no hay futuro sin el cuidado de todas las vocaciones!

29. Para concluir, doy gracias al Señor, que siempre está cerca de su pueblo y camina con nosotros, llenando nuestros corazones de esperanza y paz, para llevarlas a todos. «Hermanos y hermanas, quisiera que este fuera nuestro primer gran deseo: una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado». [29] Y doy las gracias a todos ustedes, pastores y fieles laicos, que abren su mente y corazón al mensaje profético de los Decretos conciliares Presbyterorum ordinis y Optatam totius y se disponen, juntos, a nutrirse y estimularse mutuamente para el camino de la Iglesia. Encomiendo a todos los seminaristas, diáconos y presbíteros a la intercesión de la Virgen Inmaculada, Madre del Buen Consejo, y a san Juan María Vianney, patrono de los párrocos y modelo de todos los sacerdotes. Como solía decir el santo Cura de Ars: «El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús». [30] Un amor tan fuerte que disipa las nubes de la rutina, el desánimo y la soledad, un amor total que se nos da en plenitud en la Eucaristía. Amor eucarístico, amor sacerdotal.

Dado en Roma, junto a san Pedro, el 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, del Año jubilar 2025, primero de mi Pontificado.

LEÓN PP. XIV

Fuente: vatican.va

NOTAS

[1] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Optatam totius, sobre la formación sacerdotal, Proemio.
[2] Cf. S. J.H. Newman, An Essay on the Development of Christian Doctrine, Notre Dame 2024. En este sentido, recuerdo el llamamiento de Optatam totius (n. 16) a la renovación y promoción de los estudios eclesiásticos, aún en curso.
[3] Cf. Sínodo de los ObisposPor una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión. Documento preparatorio (2021), 1; Francisco, Discurso con motivo de la conmemoración del 50º aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos (17 octubre 2015).
[4] Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 1.
[5] Id., Homilía durante la Misa de clausura del Año sacerdotal (11 junio 2010).
[6] «Preguntando a Pedro si lo amaba, no lo preguntaba porque necesitase saber el amor del discípulo, sino porque quería manifestar el exceso de su amor» (S. Juan Crisóstomo, De sacerdotio II, 1: SCh 272, París 1980, 104, 48-51).
[7] Congregación para el clero, El Don de la vocación presbiteral. Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis (8 diciembre 2016), 57.
[8] Discurso a los participantes en el Encuentro Internacional “Sacerdotes felices – ‘Yo los llamo amigos’ (Jn 15,15)” promovido por el Dicasterio para el Clero con motivo del Jubileo de los sacerdotes y seminaristas (26 junio 2025).
[9] Meditación con motivo del Jubileo de los seminaristas (24 junio 2025).
[10] Benedicto XVI, Catequesis (24 junio 2009).
[11] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum ordinis, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros (7 diciembre 1965), 9.
[12] Ibíd., 8.
[13] S. Cipriano, De dominica oratione, 23: CCSL 3 A, Turnhout 1976, 105.
[14] Cf. Congregación para el Clero, El Don de la vocación presbiteral. Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis (8 diciembre 2016), 87-88.
[15] Discurso a los participantes en el Encuentro Internacional “Sacerdotes felices – ‘Yo los llamo amigos’ (Jn 15,15)” promovido por el Dicasterio para el Clero con motivo del Jubileo de los sacerdotes y seminaristas (26 junio 2025).
[16] Cf. S. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsin. Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 61; Benedicto XVI, Carta ap. en forma de «Motu proprio» Ministrorum institutio (16 enero 2013).
[17] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum ordinis, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros (7 diciembre 1965), 8.
[18] S. Ignacio de Antioquía, Ad Ephesios, 4, 1-2: SCh 10, París 1969 4, 72.
[19] A los participantes en el Jubileo de los equipos sinodales y de los organismos de participación (24 octubre 2025).
[20] Cf. Sínodo de los ObisposDocumento final de la Segunda Sesión de la XVI Asamblea General Ordinaria “Por una Iglesia sinodal: comunión participación y misión” (26 octubre 2024).
[21] Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 104.
[22] Id., Homilía durante la Santa Misa crismal (17 abril 2014).
[23] S. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsin. Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 15.
[24] Cf. ibíd., 23.
[25] Homilía durante la Santa Misa pro Ecclesia (9 mayo 2025).
[26] Sínodo de los ObisposDocumento final de la Segunda Sesión de la XVI Asamblea General Ordinaria “Por una Iglesia sinodal: comunión participación y misión” (26 octubre 2024), 20; 50.
[27] Ibíd., 59; 117.
[28] Discurso a los participantes en el Encuentro Internacional “Sacerdotes felices – ‘Yo los llamo amigos’ (Jn 15,15)” promovido por el Dicasterio para el Clero con motivo del Jubileo de los sacerdotes y seminaristas (26 junio 2025).
[29] Homilía con motivo del inicio del Ministerio petrino del Obispo de Roma (18 mayo 2025).
[30] « Le Sacerdoce, c’est l’amour du cœur de Jésus», en Bernard Nodet, Le curé d’Ars. Sa pensée, son cœur, París 1995, 98.