11/30/25

El Adviento, tiempo de humildad

Reynaldo Jesús

La humildad es condición esencial para que el ser humano pueda acoger el don de la salvación de Dios, manifestado plenamente en el misterio de la Encarnación que celebramos en Navidad.

«El pequeño por su condición, recibe al eterno en su corazón». 

La espiritualidad cristiana ha reconocido la importancia de la pequeñez —concepto que  integra humildad, pobreza de espíritu y conciencia de pecado—, como una condición  esencial para acoger la acción redentora de Dios. Esta experiencia constituye una  disposición ontológica (en cuanto al ser) y teologal (en cuanto a Dios); y solo cuando el  ser humano entra en la verdad de su ser criatura y de su miseria moral, puede abrirse al  don divino que irrumpe en el misterio de la Encarnación. 

En este sentido, la afirmación espiritual “sentir la pequeñez de ser pecador para tener  la necesidad de que el Niño Dios nazca en mi corazón” expresa de manera sintética una  lógica teológica profunda: el ser humano solo puede acoger el misterio del Verbo  encarnado cuando reconoce su incapacidad radical para salvarse por sí mismo. La  Encarnación —y su manifestación en el misterio de la Navidad— no se comprende  plenamente sino a la luz de la limitación del hombre y el abajamiento de Dios. 

La experiencia bíblica de la pequeñez: fundamento antropológico y teológico

La Escritura inicia la revelación mostrando al ser humano como alguien dependiente.  La sentencia “polvo eres y al polvo volverás” (Gn 3, 19) no es una condena sino una  declaración ontológica que funda la existencia humana en la dependencia radical de  Dios. El salmista capta esta desproporción al cuestionar: “¿Qué es el hombre para que  te acuerdes de él?” (Sal 8, 5). La pequeñez en la Biblia no se concibe como debilidad  despreciable, sino como el lugar donde Dios despliega su gracia. El reconocimiento de  la propia finitud es, por tanto, puerta para la revelación y la salvación. 

A lo largo de la historia de la salvación, Dios escoge a quienes no poseen atributos de  grandeza según los criterios humanos. Esta elección no es sólo pedagogía, sino teología:  la salvación es verdaderamente iniciativa Divina, y su transparencia se manifiesta en la  pequeñez del instrumento humano. Así, Abraham es llamado en su vejez (cf. Gn 12, 4);  Moisés es escogido pese a su tartamudez (cf. Ex 4, 10); David es ungido, aunque sea el  menor (cf. 1Sam 17, 14). La teología paulina lo sintetiza: “Dios escogió lo débil del  mundo para avergonzar a los fuertes” (1 Cor 1, 27). Hans Urs von Balthasar observa  que este patrón revela la “estética” de Dios: una belleza que surge de la humildad y el  sacrificio (Gloria. Una estética de Dios, 1989, p. 20-23). La pequeñez humana no es  obstáculo, sino condición para que la gloria divina se manifieste.

Ahora bien, en el Nuevo Testamento, la pequeñez adquiere un valor explícitamente  soteriológico (es decir, vinculado a la salvación). Jesús declara que el Reino pertenece  a los “pobres de espíritu” (Mt 5, 3) y que la revelación es concedida “a los pequeños” (Mt 11, 25). La parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc 18, 9-14) muestra que la  justificación no depende del mérito, sino del reconocimiento de la propia miseria. 

De hecho, con firmeza y sin dudar se puede afirmar con radicalidad que la humildad es  la verdad del hombre ante Dios, sin la cual la gracia no encuentra dónde posarse; y sólo  así la pequeñez se convierte entonces en una estructura espiritual de acogida

La pequeñez divina que responde a la pequeñez humana 

El himno de Filipenses (2, 6-11) constituye la clave cristológica: el Verbo “se despojó  de sí mismo” (ekenōsen). La Encarnación es el abajamiento voluntario del Hijo, que  toma la condición de siervo. San Atanasio de Alejandría (De Incarnatione Verbi Dei), enseña que el Verbo “no tuvo reparo en hacerse pequeño para elevarnos desde nuestra  pequeñez”. Este abajamiento no es humillación sino manifestación de la esencia del  amor divino: Dios es aquel que se da hasta lo más bajo. 

El nacimiento en Belén también revela una lógica divina que contrasta con todo poder  humano: el pesebre es signo de pobreza, vulnerabilidad y fragilidad. Todo en la escena  indica que Dios ha escogido la pequeñez como lenguaje revelador. El Papa San León  Magno afirma que la majestad del Hijo de Dios asume nuestra pequeñez sin disminuir  su grandeza (Sermón 6). El pesebre es, entonces, un ícono teológico: el hombre no puede  acoger a Dios sino desde la humildad, porque Dios mismo se presenta humildemente

La Encarnación acontece porque María reconoce su pequeñez: “ha mirado la humildad  de su esclava” (Lc 1,48). Su fiat es expresión de una disponibilidad absoluta, cuyo  fundamento no es el mérito sino la pobreza de espíritu. Santa Teresita de Lisieux, en su  obra Historia de un alma interpretará esta actitud como la esencia de su “caminito”;  para ella, no se trata tanto de elevarse a Dios por obras extraordinarias, sino dejarse  tomar por Él desde la pequeñez. 

La conciencia del pecado como apertura a la gracia 

Teológicamente, el pecado no se trata solo de un simple error moral, sino que es concebido como una ruptura de la relación filial con Dios. San Pablo afirma que “todos  pecaron” (Rm 3, 23) y así, la conciencia de pecado no es pesimismo, sino realismo  teológico. La tradición espiritual enseña que la contrición auténtica es a la vez dolor por  el mal cometido y esperanza en la misericordia. El Salmo 51 expresa esta tensión: “Un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias”. El reconocimiento del pecado  abre el espacio interior para la redención. 

En las parábolas de la misericordia (cf. Lc 15) el retorno del pecador es descrito como  renacimiento: el hijo “estaba muerto y ha vuelto a la vida”, y es que la misericordia es  capaz de restituir la identidad perdida, sobre todo cuando la conciencia del pecado es en  verdad, el primer paso hacia una respuesta del corazón a la misericordia de un Dios que  sigue saliendo a su encuentro, pero, solo quien se reconoce herido puede dejarse sanar. 

En las realidades eclesiales conviene hablar del “nacimiento de Cristo en el alma”; el  cristiano debe hacerse un “Belén espiritual”, un lugar donde el Verbo pueda nacer de  nuevo. La pequeñez —como reconocimiento de pecado y de límite— constituye el  “pesebre interior” de cada creyente. 

Magisterio y tradición: la humildad como condición de encuentro con Cristo

No obstante, ¿qué es en sí lo que posibilita este encuentro? Que, además, pareciera un  encuentro de dos mundos: lo divino y lo humano; el Creador y la criatura; el Señor y el  servidor. En primer lugar, es vital reconocer la base de todo el edificio, y esta base es la  humildad, el edificio es la oración (cf. CIC 2559), sin la humildad en los momentos de  diálogo con el Señor, es imposible que la gracia actúe y, por ende, será imposible que  se pueda reconocer como necesaria para la propia vida, para luchar y vencer al pecado,  seguiríamos pensando en que somos los “superhombres” que podemos con las propias  fuerzas vencer al Maligno, algo que evidentemente no acontecería (cf. CIC 397-400). 

En segundo lugar, en medio de la pequeñez que me ha de caracterizar y nos debe  caracterizar a todos en relación con el Creador, con el Padre y su Hijo y con el Divino  Espíritu que procede de ellos, se ha de procurar crecer en la disposición necesaria para  acoger el misterio de la Encarnación como el modo gracias al cual la salvación es llevada  en plenitud por Dios en favor nuestro y, por pura iniciativa suya, constituye al hombre  como alguien privilegiado, haciéndole participar de un modo misterio en la vida divina  (cf. CIC 457-460). 

Una participación que, aunque grande en significado, no deja de producir asombro,  máxime cuando descubrimos que es Cristo el único capaz de iluminar la realidad  humana, indistintamente de lo que esta contenga, es él, que es la luz, quien revela al  hombre su grandeza en cuanto sujeto santificado y adoptado como hijo de Dios, pero  también su miseria, en tanto que el pecado sigue queriendo destruir la relación de la criatura con el Creador, de hecho, Benedicto XVI afirma y sostiene que la fe nace  cuando el hombre reconoce su necesidad radical de Dios (Audiencia General, 24 de  octubre de 2012). 

Disposiciones espirituales concretas 

Por lo anterior, el camino hacia la pequeñez interior es transversal a toda la realidad  humana, es una realidad antropológica clave que, se descubre, nutre, madura, solidifica  y da fruto desde Cristo y no desde el hombre como ser autónomo. No se puede hacer  este recorrido si no es con el auxilio de la Gracia de Dios, de su obra en la vida, de la  plena disposición del creyente a un Dios que, en un momento determinado de la historia  se revela y hace suya la humanidad y todo lo creado para hacerlo todo nuevo, para  restablecer una obra de salvación que, aunque se encuentre limitada en el tiempo, su fin  es resplandecer con tintes de eternidad por siempre. 

La pequeñez espiritual —humildad, pobreza de espíritu, conciencia de pecado— constituye una clave hermenéutica para comprender la Encarnación y la vida cristiana.  Dios se hace pequeño para alcanzar al ser humano en su miseria; y el ser humano,  reconociéndose pequeño, puede acoger el don divino. Así, el pesebre se convierte en un  paradigma antropológico y teológico, porque solo en la humildad Dios puede nacer. 

Para ello, para que “el Niño Dios nazca en el corazón”, es necesario sembrar, cuidar,  cosechar y cultivar: a) Oración humilde y continuab) Apertura al sacramento de la  Reconciliación y Confesión sincera del pecadoc) Actitudes de confianza absoluta en  Dios; y d) Lectio divina que revela la verdad interior

El creyente está llamado a ser Belén interior: un lugar donde Cristo pueda encarnarse  continuamente mediante la gracia. La pequeñez es un espacio teologal donde el terreno  fértil (la gracia) germina, donde la misericordia transforma y donde el Verbo hecho Niño  renueva la vida humana. 

Fuente: omnesmag.com

11/28/25

Adviento

1.º domingo de Adviento (Ciclo A). 

Evangelio (Mt 24,37-44)

Lo mismo que en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. Pues, como en los días que precedieron al diluvio comían y bebían, tomaban mujer o marido hasta el día mismo en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta sino cuando llegó el diluvio y los arrebató a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre. Entonces estarán dos en el campo: uno será tomado y el otro dejado. Dos mujeres estarán moliendo en el molino: una será tomada y la otra dejada.

Por eso: velad, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor. Sabed esto: si el dueño de la casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, estaría ciertamente velando y no dejaría que se horadase su casa. Por tanto, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre.

Comentario

Comenzamos hoy el tiempo de Adviento, un tiempo de preparación para la venida del Señor. La primera venida se realizó en la Encarnación y el nacimiento de Jesús en Belén, y se prolongó durante toda su vida terrena hasta su gloriosa Ascensión a los cielos. Pero todavía queda pendiente una nueva y última visita, que es la que profesamos cada vez que recitamos en el Credo: “De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y a muertos”.

En este pasaje del Evangelio se nos habla de esa última visita suya, que sucederá al final de los tiempos. “Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente –dice el Catecismo de la Iglesia Católica– aun cuando a nosotros no nos ‘toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad’ (Hch 1,7). Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento”.

De ahí la advertencia de Jesús para que estemos siempre preparados. No pretende asustarnos, pero sí abrir nuestros caminos a un modo de vivir más grande que relativiza los pequeños afanes de cada día a la vez que los dota de un valor decisivo. La venida del Señor nos puede sorprender en cualquier momento, de repente, mientras estamos en medio del trajín cotidiano: “como en los días que precedieron al diluvio comían y bebían, tomaban mujer o marido hasta el día mismo en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta sino cuando llegó el diluvio y los arrebató a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre” (vv. 38-39).

Las palabras de Jesús constituyen una invitación a la vigilancia. Sabemos que Él vendrá, pero no conocemos cuándo, así que nos conviene estar siempre preparados, en todo momento, libres para ir a su encuentro, no atrapados en las cosas de este mundo, sino gobernándolas para que sean camino de santificación.

Para llamar la atención sobre la necesidad de la vigilancia, Jesús propone una breve parábola, bien ambientada en las aldeas de Palestina: “si el dueño de la casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, estaría ciertamente velando y no dejaría que se horadase su casa” (v. 43). La oscuridad de la noche es más propicia para que los ladrones se acerquen sin ser vistos a unas casas, que tenían de ordinario una techumbre de maderas y ramajes, y unas paredes de adobe, fáciles de horadar y abrir un hueco por donde introducirse a robar. Por eso, si el dueño supiese que iban a llegar en algún momento, no estaría despreocupado, sino atento a mantener la integridad de cuanto posee. ¡Cuánto más un cristiano ha de permanecer vigilante para cuidar los tesoros de la fe y de la gracia que ha recibido! “Tú, cristiano –recuerda san Josemaría—, y por cristiano hijo de Dios, has de sentir la grave responsabilidad de corresponder a las misericordias que has recibido del Señor, con una actitud de vigilante y amorosa firmeza, para que nada ni nadie pueda desdibujar los rasgos peculiares del Amor, que Él ha impreso en tu alma”[2].

San Juan Pablo II iniciaba su Testamento tomándose muy en serio esta llamada de atención realizada por el Maestro, bien consciente de que a cada uno nos llegará el momento de responder acerca de nuestra vida ante el tribunal del Señor: “ ‘Velad, porque no sabéis el día en que vendrá nuestro Señor’ (Mt 24, 42) – estas palabras me recuerdan la última llamada, que tendrá lugar en el momento en que el Señor así lo quiera. Deseo seguirlo y deseo que todo aquello que hace parte de mi vida terrena me prepare para este momento. No sé cuándo sucederá, pero como todo, también en este momento me pongo en las manos de la Madre de mi Maestro: Totus Tuus[3]. Si estamos bien preparados, como él, podemos aguardar confiados la venida del Señor con esa misma serenidad y abandono en las manos de Virgen.

Fuente: opusdei.org

Unión de los cristianos y aniversario de Nicea

Santiago Leyra Curiá

A 1700 años de Nicea, los cristianos están llamados a renovar el anhelo de unidad que dio forma a la fe de la Iglesia universal.

En el siglo XV se produjo una fugaz unión de los cristianos. Fue durante el pontificado del Papa Eugenio IV. Una delegación papal, de la que formaba parte Nicolás de Cusa, acompañó al emperador Juan VIII y al patriarca José en su viaje desde Constantinopla a Roma. El resultado fue la unión de la Iglesia ortodoxa griega a la Iglesia católica (6.VII.1439).

Nicolás de Cusa, en ese viaje de Constantinopla a Italia, vivió una experiencia decisiva para su concepción filosófica. Vio cómo el horizonte del mar parece extendido como una línea recta y, sin embargo, esa recta forma parte de un círculo con radio muy grande, testimonio de la fortaleza esférica de la tierra. Esa experiencia influyó en su obra “De docta ignorantia”. Sabemos que por nuestra finitud no podemos alcanzar la verdad en su plenitud y precisión. Y cuanto más conscientes somos de nuestra ignorancia tanto más de convierte en una ignorancia docta, en sabiduría, en una sabiduría que parte de la duda pero que presupone la existencia de la verdad que solo puede ser fundada en una inteligencia infinita, eterna y creador.

La unión de las iglesias, proclamada el 6.VII.1439, en la iglesia de Santa María dei Fiori, de Florencia, fracasó al poco tiempo. El metropolita Isidoro de Kiev la proclamó a su llegada a Moscú, pero fue arrestado por orden del príncipe Vasili, que prohibió a la Iglesia rusa aceptar cualquier unión con los latinos. En el imperio bizantino, los obispos griegos, de retorno de Florencia, encontraron un clima popular adverso.

Aunque la unión fue promulgada en la catedral de Santa Sofía el 12.XII.1452 en presencia del emperador Constantino XI, del legado papal y del patriarca bizantino, la reacción fue un violento tumulto, iniciado por parte del clero y de los monjes, que lanzaron el grito, secundado por las masas: “¡Reine sobre Constantinopla el turbante de los turcos, antes que la mitra de los latinos!”.

Medio año más tarde, ese grito tenía triste cumplimiento: el 29.V.1453 la capital caía en poder de los turcos, el último emperador moría en la lucha y el imperio bizantino terminaba sus días.

En Roma, Isidoro de Kiev, huido de Rusia, y Bessarion de Nicea, convertidos en dos cardenales de la Iglesia, fueron durante años como un recuerdo vivo de algo que pudo haber sido y no fue, porque los hombres no quisieron.

Meditando sobre la caída de Constantinopla, Nicolás de Cusa concibió su gran visión de una futura conciliación universal: “De pace fidei” sobre la paz de la fe, terminada antes del 14.I.1454.

Siguiendo a Pío II hacia la costa adriática, donde iría a reunirse la flota de la cruzada cristiana contra la invasión turca, Nicolás sufrió el último ataque de una enfermedad crónica y murió en Todi (Umbría) el 11. VIII.1464. Tres días después murió en Ancona su amigo Eneas Silvio, el Papa Pío II.

Nicea: raíz y símbolo de la unidad cristiana

En este Año Jubilar dedicado a la esperanza, destaca un aniversario muy significativo: se cumplen 1700 años de la celebración del primer Concilio ecuménico, el Concilio de Nicea. Se trata de un «hito», como subraya el Papa Francisco en la Bula de convocación del Jubileo 2025. Para todos los cristianos, representa un acontecimiento con el que identificarse y encontrar la unidad.

Es uno de los grandes capítulos de la historia de la Iglesia. El Concilio fue convocado por el emperador Constantino en 325 con la tarea de preservar la unidad, «gravemente amenazada -como recuerda Francisco en el documento «Spes non confundit»– por la negación de la divinidad de Jesucristo y de su igualdad con el Padre». El Concilio de Nicea, al que asistieron unos 300 obispos, entre ellos legados del Papa y representantes de la Iglesia oriental, condenó la herejía de Arrio. De Nicea procede una invitación que sigue siendo actual, dirigida a todas las Iglesias y Comunidades eclesiales: proseguir el camino hacia la unidad. Los Padres conciliares utilizaron «por primera vez la expresión Nosotros creemos».

El Concilio de Nicea surgió como consecuencia de problemas en algunas de las principales sedes episcopales de Oriente, entre ellas Alejandría y también Antioquía. La contribución del emperador Constantino fue decisiva y buscó a su manera la unidad, una paz religiosa que pudiera garantizar también al pueblo. También es unidad ver que el Concilio de Nicea -hoy Iznik, ciudad de peregrinación- está de alguna manera relacionado con este tiempo jubilar de esperanza. 

Para las Iglesias orientales, el Concilio de Nicea es el primer Concilio ecuménico. Este acontecimiento se conmemora en casi todas las tradiciones de las distintas Iglesias orientales en el año litúrgico con una fiesta especial. La declaración de que «Cristo es verdadero hombre y verdadero Dios» responde a la herejía del arrianismo. La expresión del Filioque añadida por la Iglesia latina al Credo niceno-constantinopolitano, a saber, que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, tiene una connotación precisa: se trata de subrayar esta naturaleza divina del Hijo.

La cuestión del Filioque ha sido una de las causas de disensión entre las Iglesias de Oriente y Occidente. En el siglo XX, gracias a los diálogos ecuménicos entre católicos y ortodoxos, se ha puesto de manifiesto que no se trata de un tema que cause división. Hay estudiosos que sugieren que la Iglesia latina reflexione, vea si se puede suprimir el Filioque y se vuelva a la forma más antigua.

Una Pascua común

En el Concilio de Nicea también se debatió la cuestión de la fecha en que debía celebrarse la Pascua. Ya en el siglo IV se había expresado el deseo de «celebrar juntos la Pascua»: el emperador Constantino, informa Eusebio de Cesarea, quería que los cristianos la celebraran en una fecha única. Una de las decisiones tomadas en el Concilio de Nicea fue no celebrar la Pascua con los judíos.

En el siglo XII, varios canonistas bizantinos añadieron también «que la Pascua no debía celebrarse antes que los judíos». Hoy en día, en el calendario gregoriano, la Pascua puede preceder a la Pascua judía. Los estudiosos sostienen que no fue por motivos relacionados con el antisemitismo, sino debido al hecho de que, tras varias destrucciones de Jerusalén, incluso los propios judíos habían perdido la forma de calcular con precisión la Pascua. Ahora, en este aniversario en el que se cumplen 1.700 años del Concilio de Nicea, se está planteando la conveniencia de llegar a «una fecha única para la Pascua».

La presencia precisamente hoy del Papa León XIV en un encuentro ecuménico de oración cerca de las excavaciones arqueológicas de la antigua Basílica de San Neófito en İznik (Nicea) es una puerta a la esperanza en la Unidad.

Fuente: omnesmag.com

11/27/25

El Opus Dei en perspectiva: historia, carisma y vida

Escrito por Redacción de opusdei.org

En 2021, José Luis González Gullón, historiador y profesor en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, publicó, junto a John F. Coverdale, el libro Historia del Opus Dei, que ahora se presenta en italiano editado por Ares, con el título Opus Dei. Una storia. Esta obra ofrece una mirada extensa y documentada sobre el desarrollo del Opus Dei desde su fundación en 1928 hasta nuestros días. El libro combina el rigor de la investigación con una lectura serena de los procesos humanos y espirituales que acompañaron su crecimiento.

En el contexto del actual proceso de revisión de los estatutos del Opus Dei solicitado por el papa Francisco, conversamos con el profesor González Gullón. Con tono reflexivo, la entrevista busca ofrecer una comprensión amplia del carisma, su recorrido y su lugar en la historia reciente de la Iglesia.

Su libro ofrece una visión amplia del desarrollo del Opus Dei a lo largo de casi un siglo. Si tuviera que resumir en pocas palabras la trayectoria de esta institución en la historia reciente de la Iglesia, ¿cuál diría que ha sido su contribución más singular?

Llenar de alegría a muchos hombres y mujeres con la noticia de que Dios les llama a estar unidos a Él donde viven, donde trabajan, donde están. El núcleo del espíritu del Opus Dei, en palabras de san Josemaría, es comprender y hacer propio que “allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo”.

¿Qué circunstancias históricas y espirituales enmarcan el nacimiento del Opus Dei en 1928? ¿En qué medida responde a las inquietudes del mundo contemporáneo de aquel tiempo?

El mensaje transmitido por san Josemaría se inscribe en las corrientes de espiritualidad que afirmaban la llamada a la santidad de los fieles laicos —podemos recordar a san Francisco de Sales— y de los sacerdotes diocesanos, como san Juan María Vianney, el santo Cura de Ars. Con el Opus Dei, Dios recordó que convoca a la mayoría de las personas para ser santos en medio del mundo, y más específicamente a través de la santificación del trabajo y de las demás circunstancias de la vida ordinaria. Desde el primer momento, este carisma llevó consigo una misión confiada al fundador: dar vida a una familia cristiana compuesta por mujeres y hombres, laicos y sacerdotes, que hicieran suyo ese mensaje y lo difundieran de modo personal e institucional.

Según su investigación, ¿cómo se vincula el núcleo del mensaje del Opus Dei con su desarrollo histórico?

El espíritu que san Josemaría recibió en 1928 está en la base de todos los cambios y desarrollos que ha experimentado el Opus Dei a lo largo del tiempo. Lo compruebo especialmente ahora, mientras redacto una nueva biografía del fundador de la Obra, cuya vida se podría resumir en ser y hacer el Opus Dei: su modo de unión con Jesús consistió en entregar la vida por la Obra y en transmitir esa pasión a sus hijas e hijos espirituales, en beneficio de toda la Iglesia.

Después del fundador, sus sucesores al frente del Opus Dei y los demás miembros de la Obra han procurado vivir, desarrollar y difundir ese mismo mensaje, que ha arraigado en decenas de países y culturas diversas. Naturalmente, no ha sido un camino lineal ni exento de dificultades. Los aciertos y las limitaciones personales, las continuidades y los cambios han marcado la historia de la institución y de sus miembros, y son clave para comprender lo que el Opus Dei representa hoy, en vísperas de su centenario.

Más allá de la organización institucional y las iniciativas apostólicas, ¿qué ha descubierto sobre la vida cotidiana de los fieles del Opus Dei y su modo concreto de vivir la fe en medio del mundo?

Cuando John Coverdale y yo nos propusimos estudiar la historia del Opus Dei, nos fijamos algunas metas. Una de ellas fue realizar una investigación archivística rigurosa, que diera respuesta a los principales temas que configuran el desarrollo de la Obra. Otra, superar una historia meramente institucional para dar protagonismo a la vida de personas concretas. Aunque en muchos momentos nos resultó más sencillo narrar los aspectos institucionales, procuramos siempre subrayar que la acción personal de cada miembro, en el ambiente donde vivía y trabajaba, dio forma a la historia del Opus Dei.

Pienso que existen tantas historias como personas

que son miembros o cooperadores de la institución

Más que una historia del Opus Dei, pienso que existen tantas historias como personas que son miembros o cooperadores de la institución. En cada circunstancia, cada uno ha respondido a su manera a la llamada que le dirigía Dios. Esa es la verdadera historia del Opus Dei.

Toda realidad viva atraviesa momentos de crecimiento, tensiones y aprendizajes. ¿Cuáles diría que han sido los principales desafíos que el Opus Dei ha debido afrontar en su evolución institucional y espiritual?

Mencionaría dos grandes desafíos. El primero fue la muerte de san Josemaría Escrivá de Balaguer en 1975. En cualquier institución de la Iglesia, el fallecimiento del fundador marca el inicio de una nueva etapa, en la que el carisma ya no está directamente guiado por su promotor. En el caso del Opus Dei, fueron decisivos los dos primeros sucesores de san Josemaría —el beato Álvaro del Portillo y monseñor Javier Echevarría— y las personas que habían convivido muchos años con el fundador y formado parte de su entorno inmediato.

El segundo desafío se inició en el año 2016 con la muerte de monseñor Echevarría, como signo de una nueva etapa en la que la mayoría de los miembros de la Obra no conocieron personalmente al fundador ni a quienes trabajaron junto a él. Es un momento en el que surge el desafío de ser fieles al espíritu original para dar una respuesta, desde la fidelidad al carisma, a los cambios en la sociedad, en la Iglesia y en la misma institución, lo que implica cierta evolución en los modos de hacer y de decir. Me parece que este periodo histórico será objeto de estudio en el futuro porque se verá que el carisma mismo ofrece la capacidad de abrir caminos nuevos sin perder la unidad con el origen.

El Opus Dei ha recorrido un camino jurídico particular dentro de la Iglesia, desde sus primeros pasos hasta su configuración como prelatura personal. ¿Cuál es el significado de este itinerario?

El camino jurídico del Opus Dei dentro de la Iglesia ha sido, desde sus comienzos, un proceso orgánico y gradual. Como sucede con otras realidades eclesiales de larga trayectoria, la forma concreta con la que se expresa jurídicamente una misión se adapta a las posibilidades que el Derecho ofrece en cada época, mientras que el carisma permanece como el punto de referencia fundamental. En nuestro caso, ese recorrido ha sido estudiado con detalle en el libro El itinerario jurídico del Opus Dei, que muestra cómo las distintas figuras canónicas posibles han ido ofreciendo cauces para encarnar el mensaje recibido por san Josemaría.

Si nos centramos en 1982, la erección del Opus Dei como prelatura personal se enmarca en la doctrina del Concilio Vaticano II —especialmente en Presbyterorum Ordinis— y en su desarrollo posterior en Ecclesiae Sanctae y en el Código de Derecho Canónico. Dentro de este horizonte teológico y pastoral, san Juan Pablo II consideró que esa figura jurídica servía bien a la misión del Opus Dei en la Iglesia.

En los últimos años, el papa Francisco ha introducido algunas modificaciones en la regulación de las prelaturas personales. En 2022 pidió al Opus Dei proponer una adecuación de sus estatutos, y en 2023 se precisaron algunos cánones relativos a esta figura jurídica. La Obra ha procurado responder a estas solicitudes con fidelidad al carisma y con disponibilidad para lo que la Iglesia estimara oportuno. En junio de 2025 el Opus Dei presentó la propuesta solicitada, siguiendo el procedimiento indicado por la Santa Sede.

Algunos han descrito el siglo XX como una nueva primavera para la Iglesia, marcada por el florecimiento de numerosas realidades eclesiales. Hoy muchas de esas realidades han madurado y viven ya una etapa posfundacional. ¿De qué modo la Iglesia está acompañando su madurez institucional y espiritual?

La relación entre la autoridad de la Iglesia y un nuevo carisma es necesaria desde el primer momento, tanto a nivel local como universal. En esta interacción resulta fundamental un diálogo sereno, que se nutre del tiempo, la escucha y el respeto mutuo. La autoridad de la Iglesia acoge a los nuevos carismas cuando constata su fidelidad a la fe y los frutos de santidad que producen, mientras que los carismas se comprenden a sí mismos como realidades que pertenecen al único Cuerpo místico de Cristo.

San Josemaría amó la unidad de la Iglesia

y ayudó a muchos a verla como Madre

Desde los inicios del Opus Dei, san Josemaría amó la unidad de la Iglesia y ayudó a muchos a verla como madre. En la primera residencia de la Obra, en el Madrid de los años treinta, colocó un cartel con el nuevo mandamiento del amor que nos pidió Jesús. Y, con una expresión que evocaba sus raíces aragonesas, afirmaba que el Opus Dei es “una partecica de la Iglesia”.

A la luz de su investigación y de la historia que ha narrado, ¿cómo llega el Opus Dei a su centenario en el contexto actual de la Iglesia y el mundo?

El Opus Dei llega a su centenario de la mano del Papa, de los cristianos y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Y lo hace con una gran vitalidad. Hoy, muchas personas descubren en el espíritu del Opus Dei un camino que les conduce a identificarse con Jesucristo y a transformar el mundo para Dios.

Pienso que el reto evangelizador es mayor que hace cien años. Lo vemos en los países occidentales, donde tantas familias han perdido la fe de sus mayores y en donde hay poco sustrato para que arraigue en los jóvenes una entrega radical en medio del mundo; también hay retos importantes en Asia y África, donde conviven una notable vitalidad apostólica con la realidad de que la mayoría no son cristianos.

El espíritu del Opus Dei ayuda a que numerosas

personas de toda condición conozcan y amen a Jesús

En ambos contextos, el espíritu del Opus Dei ayuda a que numerosas personas de toda condición conozcan y amen a Jesús. Esta difusión del mensaje la realizan hombres y mujeres que, como recordaba san Josemaría, buscan ser contemplativos en medio del mundo, están unidos al Papa y a la Iglesia, y poseen un claro sentido de misión.

Fuente: opusdei.org

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD LEÓN XIV

EN TÜRKIYE Y LÍBANO
CON PEREGRINACIÓN A İZNIK (TÜRKIYE)
CON MOTIVO DEL 1700.° ANIVERSARIO DEL PRIMO CONCILIO DE NICEA

Jueves 27 de noviembre de 2025

ROMA – ANKARA – ESTAMBUL

07:40Salida en avión desde el Aeropuerto Internacional de Roma/Fiumicino con destino a Ankara.
12:30Llegada al Aeropuerto Internacional de Ankara/Esenboğa
 ACOGIDA OFICIAL
13:30VISITA AL MAUSOLEO DE ATATÜRK
14:10CEREMONIA DE BIENVENIDA en el Palacio Presidencial

14:40

VISITA AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA

15:30ENCUENTRO CON LAS AUTORIDADES, LA SOCIEDAD CIVIL Y EL CUERPO DIPLOMÁTICO
17:20

DESPEDIDA DE LA CAPITAL en el Aeropuerto Internacional de Ankara/Esenboğa

17:35Salida en avión desde el Aeropuerto Internacional de Ankara/Esenboğa con destino a Estambul.
19:00

Llegada al aeropuerto de Estambul/Atatürk

  

Viernes 28 de noviembre de 2025

ISTANBUL – İZNIK – ESTAMBUL

09:30

ENCUENTRO DE ORACIÓN CON LOS OBISPOS, SACERDOTES, DIÁCONOS, CONSAGRADOS, CONSAGRADAS Y OPERADORES PASTORALES en la Catedral del Espíritu Santo

10:40

VISITA A LA RESIDENCIA DE ANCIANOS DE LAS HERMANITAS DE LOS POBRES

14:15

Traslado en helicóptero a İznik

15:30

ENCUENTRO ECUMÉNICO DE ORACIÓN cerca de las excavaciones arqueológicas de la antigua basílica de San Neófito en İznik.

16:30

Traslado en helicóptero a Estambul

18:30

ENCUENTRO PRIVADO CON LOS OBISPOS en la Delegación Apostólica

  

Sábado 29 de noviembre de 2025

ESTAMBUL

09:00

VISITA A LA MEZQUITA SULTAN AHMET

09:45 

ENCUENTRO PRIVADO CON LOS JEFES DE LAS IGLESIA Y DE LAS COMUNIDADES CRITSIANAS ante la Iglesia ortodoxa siriaca de Mor Ephrem

15:30DOXOLOGIA en la Iglesia Patriarcal de San Jorge
15:50ENCUENTRO CON SS. BARTOLOMEO I Y FIRMA DE LA DECLARACIÓN CONJUNTA en el Palacio Patriarcal
17:00SANTA MISA en la "Volkswagen Arena"
  

Domingo 30 de noviembre de 2025

ESTAMBUL – BEIRUT

09:30VISITA DE ORACIÓN A LA CATEDRAL APÓSTOLA ARMENIA
10:30LITURGIA DIVINA en la Iglesia Patriarcal de San Jorge
12:30BENDICIÓN ECUMÉNICA

13:00

ALMUERZO CON SS. BARTOLOMEO I al Patriarcado Ecuménico

14:15

CEREMONIA DE DESPEDIDA en el Aeropuerto Estambul/Atatürk

14:45

Despedida en avión desde el Aeropuerto Estambul/Atatürk con destino Beirut

15:45

Llegada al Aeropuerto Internacional de Beirut

 CEREMONIA DE BIENVENIDA

16:45

VISITA DE CORTESIA AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA en el Palacio Presidencial

17:15ENCUENTRO CON EL PRESIDENTE DE LA ASAMBLEA NACIONAL
17:30ENCUENTRO CON EL PRIMER MINISTRO
18:00ENCUENTRO CON LAS AUTORIDADES, CON LA SOCIEDAD CIVIL Y CON EL CUERPO DIPLOMATICO
  

Lunes 1 de diciembre de 2025

BEIRUT – ANNAYA – HARISSA – BKERKÉ

09:45

VISITA Y ORACIÓN EN LA TUMBA DE SAN CHARBEL MAKLŪF en el monasterio de San Maroun en Annaya

11:20

ENCUENTRO CON LOS OBISPOS, LOS SACERDOTES, LOS CONSAGRADOS, LAS CONSAGRADAS Y LOS OPERADORES PASTORALES en el Santuario de Nuestra Señora del Líbano en Harissa

12:30ENCUENTRO PRIVADO CON LOS PATRIARCAS CATÓLICOS en la Nunciatura Apostólica
16:00

ENCUENTRO ECUMÉNICO E INTERRELIGIOSO en la Plaza de los Mártires de Beirut

17:45

ENCUENTRO CON LOS JÓVENES en la plaza frente al Patriarcado de Antioquía de los maronitas en Bkerké

  

Martes 2 de diciembre de 2025

BEIRUT – JAL ED DIB – ROMA

08:30

VISITA A LOS OPERADORES Y PACIENTES DEL HOSPITAL «DE LA CROIX» en Jal ed Dib

09:30

ORACIÓN SILENCIOSA EN EL LUGAR DE LA EXPLOSIÓN DEL PUERTO DE BEIRUT

10:30SANTA MISA en el "Beirut Waterfront"
12:45

CEREMONIA DE DESPEDIDA en el Aeropuerto Internacional de Beirut

13:15

Salida en avión desde el Aeropuerto Internacional de Beirut con destino a Roma.

16:10Llegada al Aeropuerto Internacional de Roma/Fiumicino

Fuente: vatican.va