07 febrero 2024

Vicios y virtudes

El Papa en la Audiencia General


Catequesis 7. La tristeza.

Queridos hermanos y hermanas:

En la catequesis de hoy reflexionamos sobre el vicio de la tristeza. Se trata de ese estado de ánimo que todos llegamos a experimentar en algún momento de nuestra vida. Se presenta como un sentimiento de abatimiento y de aflicción constantes, y está ligado a una experiencia de “pérdida” de algo o de alguien.

Podemos distinguir dos tipos de tristeza: por un lado, está la tristeza que lleva a la salvación si se vive según la fe, porque nos impulsa a mirar nuestro interior, nos inspira el dolor y la amargura de haber pecado, colocándonos así en el camino del arrepentimiento y en la esperanza de recuperar la amistad con Dios. Pero, por otro lado, tenemos otra tristeza, aquella tristeza que, si nos descuidamos, puede convertirse en una enfermedad del alma; como un gusano que corroe y destruye el corazón. Nos hará bien pues combatir esta segunda tristeza —esta enfermedad— con la fe en la resurrección de Cristo, que nos colma de esperanza, de gozo y de paz.

* * *

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. El próximo domingo celebramos la Jornada Mundial del Enfermo. Pidamos a María, Salud de los enfermos, por todos los que sufren, para que sepan poner su confianza en Dios, experimentando la alegría de saberse amados por Él. Que Dios los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Muchas gracias.

Fuente: vatican.va

 

06 febrero 2024

El arte de sanar

Juan Luis Selma

El domingo, al terminar la misa, me abordó un señor notablemente abatido. Me pidió una ayuda para comer, quería algo del Banco de Alimentos. Como tenía que trasladarme rápidamente a otra parroquia, le di una buena limosna y le pregunté qué le pasaba. Me contestó que cosas de la vida y me pidió que le diera un abrazo. Me apretó con todas sus fuerzas y soltó unas conmovedoras lágrimas. Luego intentó devolverme el billete que le había dado. Lo que más necesitaba era cariño, cercanía, consuelo.

¡Cuántos heridos está dejando este progresismo retrógrado! Lo que acabo de relatar es frecuente. Te encuentras con personas lastimadas, amargadas, solitarias. ¡Cuánta razón tiene el Papa al afirmar que la Iglesia debe ser un hospital de campaña evitando que la gente se desangre!

Comentaba un adolescente que sus padres iban a separarse e intentaban consolarle diciendo que no se preocupara, que lo querían mucho. Pensaba él que mucho, mucho no se notaba. Esposos rotos por al abandono del cónyuge. Padres destrozados viendo cómo un hijo se va degradando por las drogas. Los horrores de las guerras, del hambre, de los totalitarismos.

“En cuanto salieron de la sinagoga, fueron a la casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan. La suegra de Simón estaba acostada con fiebre, y enseguida le hablaron de ella. Se acercó, la tomó de la mano y la levantó; le desapareció la fiebre y ella se puso a servirles. Al atardecer, cuando se había puesto el sol, comenzaron a llevarle a todos los enfermos y a los endemoniados. Y toda la ciudad se agolpaba en la puerta. Y curó a muchos que padecían diversas enfermedades y expulsó a muchos demonios”. San Marcos nos relata la acción sanadora de Jesús; los cristianos tenemos el deber de curar heridas, incluso de hacer milagros, para devolver la salud, la dignidad al mundo de hoy.

Es verdad que la medicina ha avanzado mucho, que hay una cobertura social aceptable, que los profesionales de la salud se entregan vocacionalmente. Ahora, que se van a cumplir cuatro años de la pandemia, les podemos recordar y renovar nuestro agradecimiento. Pero no podemos olvidar que la enfermedad, el dolor, las injusticias estarán siempre presentes. No vivimos en el mundo rosa de Barbie.

El arte de sanar no se puede limitar a la ciencia ni a los profesionales de la salud. Hace falta dar sentido al dolor y procurar evitarlo. También podemos avanzar en el acompañamiento del que lo sufre. Todos estamos implicados, todos nos necesitaremos en algún momento. No podemos mirar hacia otro lado.

Consuela mucho no estar solo en los momentos difíciles. Es muy bonito ver cómo acompañamos a los familiares y amigos en los hospitales, en las consultas médicas, en los duelos. Es profundamente cristiano estar junto al que sufre. Escuché en una ocasión que, cuando los ángeles fueron a consolar a Jesús, en su agonía en el Huerto de los olivos, lo que más le alivió fue que le dijeron que su Madre estaría con Él junto a la cruz.

Ayudar a dar sentido al dolor es también un buen servicio, una obra de caridad. El dolor, la frustración, la enfermedad, la muerte son compañeros de camino. Siempre estarán y tienen su función, su sentido. Lo que es un infantilismo es pensar que nunca nos pasará nada, que para ser felices todo tiene que salir a la perfección. Estamos educando en la sobreprotección, saliendo al paso de todos los obstáculos, dando a los niños y jóvenes todo lo que se les antoja. Así les abocamos al fracaso seguro.

Vivimos en una sociedad meliflua, victimista, quejosa. La falta del sentido cristiano, el miedo a la cruz y al sacrificio, la ausencia de virtudes y valores hacen que los jóvenes y, también los mayores, se muevan en un contexto artificial, irreal de las redes sociales. La vida no es así y ni falta hace que lo sea.

En vez de ayudar a superarse, en vez de estar al lado del que lo pasa mal, de buscar soluciones, de luchar por la vida, escondemos la cabeza bajo el ala y nos hacemos la víctima. Culpamos a todo el mundo y nos refugiamos en un montón de nuevas enfermedades. La resiliencia, el umbral de sufrimiento, ha disminuido notablemente.

Hay que procurar evitar el dolor, hay que ir al médico; pero también saber que el sufrimiento nos ayuda a ser humildes, a abrirnos a los demás, a aguantar un poco con la esperanza de que lleguen momentos mejores. El dolor purifica, nos pone en contacto con la realidad; los obstáculos nos hacen fuertes y acrisolan nuestra vida. “El sufrimiento en sí mismo puede esconder un valor secreto y convertirse en un camino de purificación, de liberación interior, de enriquecimiento del alma” decía san Juan Pablo II.

La miseria ajena, el dolor, la pobreza, el desamparo… nos brindan la oportunidad de ser buenos cireneos. Ayudando a llevar las cruces de los demás nos encontraremos con el rostro agradecido de Cristo.

Fuente: eldiadecordoba.es


05 febrero 2024

Hablemos de autoridad

Javier Segura

Todos los sociólogos plantean que una de las características de la llamada generación Z, es decir los actuales adolescentes y jóvenes, es precisamente la falta de referentes de autoridad y una formación que se ha ampliado a cauces no convencionales.

“Maestra, ¿tenemos que hacer otra vez lo que queramos?” es el subtítulo un tanto provocativo que tiene el II Congreso de educación organizado por la diócesis de Getafe que se celebrará el sábado 10 de febrero. El tema central que se abordará es el de la crisis de autoridad y sus repercusiones en la educación. El lugar para estas interesantes reflexiones será la Universidad San Pablo CEU de Montepríncipe.

Todos los sociólogos plantean que una de las características de la llamada generación Z, es decir los actuales adolescentes y jóvenes, es precisamente la falta de referentes de autoridad y una formación que se ha ampliado a cauces no convencionales. Quizás nuestros jóvenes se forman más por tutoriales de YouTube o de otras redes sociales que por otros métodos más reglados. Las instituciones en general -algo que afecta también a la institución escolar- han entrado en crisis y su relevancia es menor para los jóvenes de hoy en día de lo que lo ha sido para los jóvenes de cualquier otra generación.

La figura del maestro como referente de autoridad tampoco escapa a esta crisis. La nueva pedagogía (que, por cierto, ya tiene más de cien años) ha minado la referencia de conocimiento y moral que suponía la figura del maestro. Su autoridad ha quedado relegada al puesto de un mero mediador en el proceso de aprendizaje que el niño deberá realizar por sí mismo. Algo que se ha visto reforzado en la actualidad por el acceso a cualquier información por parte de los alumnos por medio de Internet, que parece haber descolocado a muchos profesores.

Si en la red pueden encontrar toda la información, ¿cuál es el papel del profesor? ¿Tiene algún sentido su función para transmitir el conocimiento? Pero si la escuela se ha visto trastrocada por esta crisis, ninguna institución queda al margen de esta ‘irreverencia’ respecto a la autoridad que señalan los sociólogos al describir a nuestros jóvenes. La familia, la iglesia, los diferentes Gobiernos… se ven afectados por esta crisis de autoridad.

Para abordar este complicado tema en este congreso van a intervenir distintos especialistas. La mañana estará marcada por un diálogo entre la pedagoga sueca Inger Enkvist y la jueza Natalia Velilla, autora del libro “La crisis de autoridad”. Un diálogo que, sin duda, arrojará luz al abordar el tema desde la doble perspectiva que ofrecerán estas dos personalidades.

Por la tarde varios ponentes se aproximarán a examinar distintas facetas en grupos más pequeños, que los asistentes podrán elegir. Juan Antonio Gómez Trinidad examinará “La crisis de autoridad en el sistema educativo”; Tasio Pérez expondrá el tema “Amor y sexualidad, la autoridad del cuerpo”; Diego Blanco nos introducirá en el uso de los móviles y las pantallas en los jóvenes en el taller “La libertad frente al poder de las pantallas”, José Luis Almarza, especialista en el séptimo arte, nos introducirá en este tema en “Autoridad en el cine” y la directora Clara Fontana nos ayudará a aterrizar en el aula y en la vida de los colegios en la “Autoridad en el centro educativo”.

Una intuición nos hace comprender a todos que sin autoridad no hay una verdadera educación. Aunque es obvio que para poder abordar correctamente cómo debe ser la autoridad y cómo conseguirla, precisamente en un contexto en el que todo parece ir en contra de esta visión es necesario previamente tener claro qué es educar y el papel que tiene el educador y el que le corresponde al alumno en el proceso educativo. Preguntas de calado que los asistentes tendrán ocasión de hacerse en esta interesante iniciativa. Merece la pena pararse un poco para pensar hacia donde queremos ir en la educación de nuestros hijos.

Fuente: omnesmag.com

04 febrero 2024

Jesús en movimiento

 El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de la Liturgia nos muestra a Jesús en movimiento: efectivamente, acaba de terminar de predicar y, tras salir de la sinagoga, se dirige a casa de Simón Pedro y cura a su suegra; luego, por la tarde, sale de nuevo hacia la puerta de la ciudad, donde encuentra a muchos enfermos y endemoniados y los sana; a la mañana siguiente, se levanta muy pronto y sale para retirarse a rezar; finalmente se pone de nuevo en camino y recorre toda la Galilea (cfr. Mc 1,29-39). Jesús en movimiento.

Detengámonos en este continuo movimiento de Jesús, que nos dice una cosa importante sobre Dios y, al mismo tiempo, nos interpela con algunas preguntas sobre nuestra fe.

Jesús, que sale al encuentro de la humanidad herida, nos manifiesta el Rostro del Padre. Puede que en nuestro interior aún tengamos la idea de un Dios distante, frío, indiferente ante nuestra suerte. El Evangelio, en cambio, nos muestra que Jesús, después de haber enseñado en la sinagoga, sale para que la Palabra que ha predicado pueda alcanzar, tocar y sanar a las personas. De este modo nos revela que Dios no es un amo distante que nos habla desde lo alto; por el contrario, es un Padre lleno de amor que se hace cercano, que visita nuestras casas, que quiere salvar y liberar, sanar todo mal del cuerpo y del espíritu. Dios siempre está cerca de nosotros. La actitud de Dios se puede describir con tres palabras: cercanía, compasión y ternura. Dios se hace cercano para acompañarnos, con ternura, y para perdonarnos. No olviden esto: cercanía, compasión y ternura. Esta es la actitud de Dios.

Este incesante caminar de Jesús nos interpela. Podemos preguntarnos: ¿hemos descubierto el Rostro de Dios como Padre de la misericordia, o más bien anunciamos y creemos en un Dios frío, un Dios distante? ¿La fe nos mueve a ponernos en camino, o es para nosotros un consuelo intimista que nos deja tranquilos? ¿Rezamos solo para sentirnos en paz, o la Palabra que escuchamos y predicamos nos hace salir también a nosotros, como a Jesús, al encuentro de los demás para difundir el consuelo de Dios? Nos hará bien hacernos estas preguntas.

Miremos, entonces, el camino de Jesús, y recordemos que nuestro primer trabajo espiritual es éste: abandonar el Dios que creemos conocer y convertirnos cada día al Dios que Jesús nos presenta en el Evangelio, que es el Padre del amor y el Padre de la compasión. El Padre cercano, compasivo y tierno. Y cuando descubrimos el verdadero Rostro del Padre, nuestra fe madura: ya no nos quedamos como “cristianos de sacristía” o “de salón”, sino que nos sentimos llamados a ser portadores de la esperanza y la sanación de Dios.

Que María Santísima, Mujer en camino, nos ayude a salir de nosotros mismos para anunciar y testimoniar al Señor, que es cercano, compasivo y tierno.

Después del Ángelus

 Queridos hermanos y hermanas:

el próximo 10 de febrero, millones de familias celebrarán, en Asia oriental y en otras partes del mundo, el fin del año lunar. Les envío un cordial saludo, con el deseo de que esta fiesta sea una ocasión para vivir relaciones de afecto y gestos de atención que contribuyan a crear una sociedad solidaria y fraterna, en la que toda persona sea reconocida y acogida con su inalienable dignidad. Mientras invoco la bendición del Señor sobre todos, los invito a rezar por la paz que el mundo tanto anhela y que, hoy más que nunca, está en riesgo en muchos lugares. La paz no es responsabilidad de unos pocos, sino de toda la familia humana: ¡cooperemos todos para construirla con gestos de compasión y valentía!

       Y sigamos rezando por las poblaciones que sufren a causa de la guerra, especialmente en Ucrania, Palestina e Israel.

       Hoy se celebra en Italia la Jornada por la Vida, sobre el tema “La fuerza de la vida nos sorprende”. Me uno a los obispos italianos en el deseo de que se superen las visiones ideológicas para redescubrir que toda vida humana, incluso la más afectada por las limitaciones, tiene un valor inmenso y es capaz de donar algo a los demás.

Saludo a los jóvenes que han venido, de numerosos países, a la Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata, que se celebrará el 8 de febrero, memoria de Santa Josefina Bakhita, la monja sudanesa que fue esclava cuando era joven. Todavía hoy, muchos hermanos y hermanas son engañados con falsas promesas y luego sometidos a explotación y abusos. Unámonos todos para luchar contra el dramático fenómeno global de la trata de seres humanos.

Oremos también por los fallecidos y los heridos víctimas de los devastadores incendios que han afectado el centro de Chile.

       Saludo a todos los que han venido de Roma, de Italia y de muchas partes del mundo. Saludo especialmente a los consagrados y consagradas de más de 60 países que participan en el encuentro "Peregrinos de esperanza por el camino de la paz", promovido por el Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica. Saludo a los estudiantes de Badajoz (España) y a los de la Escuela salesiana "Sévigné" de Marsella; también a los fieles polacos de Varsovia y de otras ciudades; y a los grupos de San Benedetto del Tronto, Ostra y Cingoli. ¡Y veo ahí banderas japonesas! Saludo a los japoneses. Veo también banderas polacas: saludo a los polacos, y a todos ustedes, y también a los jóvenes de la Inmaculada.

       Les deseo a todos un feliz domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. Buen almuerzo y ¡hasta la vista!.

Fuente: vatican.va

03 febrero 2024

La unidad de vida

Domingo 5° del tiempo ordinario (Ciclo B)

Evangelio (Mc 1, 29-39)

En cuanto salieron de la sinagoga, fueron a la casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan. La suegra de Simón estaba acostada con fiebre, y enseguida le hablaron de ella. Se acercó, la tomó de la mano y la levantó; le desapareció la fiebre y ella se puso a servirles. Al atardecer, cuando se había puesto el sol, comenzaron a llevarle a todos los enfermos y a los endemoniados. Y toda la ciudad se agolpaba en la puerta. Y curó a muchos que padecían diversas enfermedades y expulsó a muchos demonios, y no les permitía hablar porque sabían quién era. De madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí hacía oración. Salió a buscarle Simón y los que estaban con él, y cuando lo encontraron le dijeron:

—Todos te buscan.

Y les dijo:

—Vámonos a otra parte, a las aldeas vecinas, para que predique también allí, porque para esto he venido.

Y pasó por toda Galilea predicando en sus sinagogas y expulsando a los demonios.

Comentario al Evangelio 

San Marcos nos presenta hoy varios episodios relativos a los comienzos de la vida pública de Nuestro Señor, esos tres años que siguieron a los treinta de la vida oculta, que para los cristianos que viven en medio del mundo tienen un significado tan grande. En realidad, para referirse a esos treinta años se podría emplear la expresión “vida ordinaria de Jesús”.

El texto de hoy ofrece un buen resumen de cómo empezó este nuevo periodo de su vida que terminará con la Pasión, su Muerte redentora y su Resurrección gloriosa, fin principal de la Encarnación. Este resumen constituye además un modelo excelente para los cristianos que tienen que cumplir su misión de apóstoles en la vida de todos los días. Si se leen con atención, esos 11 versículos dan cuenta en cierto modo de un día de la vida del Señor. Se trataba de un sábado, porque el capítulo empieza con el servicio de la sinagoga y vemos además que los habitantes de Cafarnaúm tuvieron que esperar hasta la puesta del sol para llevarle sus enfermos, con el fin de respetar el reposo sabático. Al término de una jornada tan intensa, Jesús los recibe a todos: “curó a muchos” y “expulsó a muchos demonios”. Lo que nos debe animar a recurrir a él cuando encontramos dificultades o tenemos problemas, sin pensar que podemos “molestarle”. Está siempre disponible. También nosotros queremos estar siempre disponibles para los que nos rodean.

San Marcos añade a renglón seguido que “de madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí hacía oración”, como para poner de relieve la importancia que daba el Señor a la oración, incluso cuando nos sentimos desbordados. Sin oración, la vida interior resulta prácticamente imposible, así como una de sus consecuencias más evidentes, lo que San Josemaría llamaba la “unidad de vida” del cristiano. Ha repetido siempre, incansablemente, “que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser en el alma y en el cuerpo santa y llena de Dios” (Conversaciones, n° 114).

El evangelio, por tanto, nos presenta un ejemplo claro de la unidad de vida del Señor y cómo aprovechaba bien el tiempo del que disponía cada día. En esta línea, podemos establecer una comparación entre las 24 horas del día y el plazo que Dios dispone en las conocidas parábolas de los talentos: “Negociad hasta que vuelva” (Lc 19,13) y de las diez vírgenes “Ya llega el esposo: salid a su encuentro” (Mt 25,6).

Y es que a lo largo de la Santa Escritura se insiste con frecuencia en la idea de un “plazo” para realizar los cometidos. No le gustan a Dios ni la tibieza ni el egoísmo, porque está en juego la salvación de las almas y del mundo. Pidamos a la Santísima Virgen, nuestra Madre, que nos obtenga la misma docilidad y la misma prontitud con las que ella respondió al anuncio de San Gabriel: “Fiat mihi”.

Fuente: opusdei.org

02 febrero 2024

Vicios y virtudes

 El Papa en la Audiencia General (31 de Enero)


Catequesis 6. La ira

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En estas semanas estamos tratando el tema de los vicios y las virtudes, y hoy nos detenemos a reflexionar sobre el vicio de la ira. Es un vicio particularmente tenebroso, y es quizás el más simple de reconocer desde un punto de vista físico. La persona dominada por la ira difícilmente logra disimular este ímpetu: lo reconoces por los movimientos del cuerpo, por la agresividad, por la respiración agitada, por la mirada torva y ceñuda.

En su manifestación más aguda, la ira es un vicio que no da tregua. Si nace de una injusticia padecida (o considerada como tal), a menudo no se desata contra el culpable, sino contra el primer desafortunado con el que uno se encuentra. Hay hombres que contienen su ira en el lugar de trabajo, mostrándose tranquilos y compasivos, pero que una vez llegados a su casa se vuelven insoportables para la esposa y los hijos. La ira es un vicio desenfrenado: es capaz de quitarnos el sueño y de hacernos maquinar continuamente en nuestra mente, sin que logremos encontrar una barrera para los razonamientos y pensamientos.

La ira es un vicio que destruye las relaciones humanas. Expresa la incapacidad de aceptar la diversidad del otro, especialmente cuando sus opciones vitales difieren de las nuestras. No se detiene ante los malos comportamientos de una persona, sino que lo arroja todo al caldero: es el otro, el otro tal y como es, el otro en cuanto tal, el que provoca la ira y el resentimiento. Se empieza a detestar el tono de su voz, sus banales gestos cotidianos, sus formas de razonar y de sentir.  

Cuando la relación alcanza este nivel de degeneración, ya se ha perdido la lucidez. La ira hace perder la lucidez. Porque, a veces, una de las características de la ira, es la de no calmarse con el tiempo. En esos casos, incluso la distancia y el silencio, en lugar de calmar el peso de los malentendidos, lo magnifican. Por ese motivo, el apóstol Pablo -como hemos escuchado- recomienda a sus cristianos que aborden inmediatamente el problema e intenten la reconciliación: «No permitan que la noche los sorprenda enojados» (Ef 4, 26). Es importante que todo se resuelva inmediatamente, antes de la puesta del sol. Si durante el día surge algún malentendido y dos personas dejan de entenderse, percibiéndose de pronto alejadas, no hay que entregar la noche al diablo. El vicio nos mantendría despiertos en la oscuridad, rumiando nuestras razones y los errores incalificables que nunca son nuestros y siempre del otro. Así es: cuando una persona está dominada por la ira, siempre dice que el problema está en la otra persona; nunca es capaz de reconocer sus propios defectos, sus propias faltas.

En el “Padre nuestro”, Jesús nos hace orar por nuestras relaciones humanas, que son un terreno minado: un plano que nunca está en equilibrio perfecto. En la vida tenemos que tratar con personas que están en deuda con nosotros; del mismo modo, ciertamente nosotros no siempre hemos amado a todos en la justa medida. A algunos no les hemos devuelto el amor que se les debe. Todos somos pecadores, todos, y todos tenemos la cuenta en números rojos: ¡no lo olviden! Por lo tanto, todos tenemos que aprender a perdonar para ser perdonados. Las personas no están juntas si no practican también el arte del perdón, siempre que esto sea humanamente posible. Lo que contrarresta la ira es la benevolencia, la amplitud de corazón, la mansedumbre, la paciencia.

Sobre el tema de la ira, hay que decir una última cosa. Es un vicio terrible, hemos dicho, está en el origen de las guerras y la violencia. El proemio de la Ilíada describe "la ira de Aquiles", que será causa de "infinitos lutos". Pero no todo lo que nace de la ira es malo. Los antiguos eran muy conscientes de que hay una parte irascible en nosotros que no puede ni debe negarse. Las pasiones son hasta cierto punto inconscientes: suceden, son experiencias de la vida. No somos responsables de la ira en su surgimiento, pero sí siempre en su desarrollo. Y a veces es bueno que la ira se desahogue de la manera adecuada. Si una persona no se enfadase nunca, si no se indignase ante la injusticia, si no sintiera algo que le estremece las entrañas ante la opresión de un débil, entonces significaría que esa persona no es humana, y mucho menos cristiana.

Existe una santa indignación, que no es la ira, sino un movimiento interior, una santa indignación. Jesús la conoció varias veces en su vida (cfr. Mc 3,5): nunca respondió al mal con el mal, pero en su alma experimentó este sentimiento y, en el caso de los mercaderes en el Templo, realizó una acción fuerte y profética, dictada no por la ira, sino por el celo por la casa del Señor (cfr. Mt 21, 12-13). Debemos distinguir bien: una cosa es el celo, la santa indignación, otra cosa es la ira, que es mala.

Nos corresponde a nosotros, con la ayuda del Espíritu Santo, encontrar la justa medida de las pasiones, educarlas bien para que se dirijan hacia el bien, y no hacia el mal.

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Señor ser conscientes de nuestra debilidad frente a la ira, de modo que cuando surja podamos encauzarla positivamente, para que esta no nos domine, sino que la transformemos en un santo celo por el bien. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

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Resumen leído por el santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

En esta catequesis meditamos sobre la ira. Es un vicio “visible” en cuanto trasforma nuestro semblante y pone todo nuestro cuerpo en agitación. Una característica crucial es su capacidad de alargarse. La ira desarrolla en nosotros la percepción negativa del otro, englobando toda su persona y no sólo lo que, con razón o sin razón, consideramos ofensivo. Además, no se aquieta con el tiempo y la distancia, sino que se autoalimenta creciendo en nuestro ánimo a base de pensamientos tortuosos. La Escritura nos da dos recetas contra esto: la primera, que no lleguemos a la noche sin haber buscado la reconciliación, con el fin de cortar de raíz esta espiral demoniaca; la segunda, llevar a la oración el compromiso de perdonar a los demás como Dios lo hace con nosotros.

Existe además, una santa ira, de la que también nos habla el Evangelio y nace de nuestro ser. Esta no nos permite permanecer indiferentes ante la injusticia, pues hay situaciones que conmueven nuestras entrañas y no seríamos ni humanos ni cristianos si así no fuese. 

Fuente: vatican.va

Respuesta a ¿cuál es el pecado contra el Espíritu Santo?

Miguel A. Fuentes

Pregunta:

Me interesaría saber cuál es el pecado contra el Espíritu Santo. He sentido hablar sobre él en una reunión, pero no entiendo a qué se refiere.

Respuesta:

Estimado amigo:

La expresión “pecado contra el Espíritu Santo” está tomada del Evangelio, en el cual leemos en Mt 12, 32:

Todo pecado y blasfemia se perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada. Y al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará en este mundo ni en el otro.

Hay que tener en cuenta que estas palabras las pronuncia Cristo después que los fariseos intentan desacreditar sus milagros diciendo que los obra por el poder de Beelzebul, Príncipe de los demonios (Mt 12, 2-4). Algunos Santos Padres, como Atanasio, Hilario, Ambrosio, Jerónimo y Crisóstomo, consideraron que este pecado es aquella blasfemia que atribuye las obras del Espíritu Santo a los espíritus diabólicos (como ocurre en el episodio relatado en el Evangelio). San Agustín enseñó, en cambio, que este pecado es cualquier blasfemia contra el Espíritu Santo por quien viene la remisión de los pecados. Muchos otros después de San Agustín lo identificaron con todo pecado cometido con plena conciencia y malicia (y se llamaría “contra el Espíritu Santo” en cuanto contraría la bondad que se apropia a esta divina Persona).

Santo Tomás, complementando estas tres interpretaciones señaló que el “pecado contra el Espíritu Santo” es todo pecado que pone un obstáculo particularmente grave a la obra de la redención en el alma, es decir, que hace sumamente difícil la conversión al bien o la salida del pecado; así:

1. Lo que nos hace desconfiar de la misericordia de Dios (la desesperación que excluye la confianza en la misericordia divina) o nos alienta a pecar (la presunción, que excluye el temor de la justicia).

2. Lo que nos hace enemigos de los dones divinos que nos llevan a la conversión: el rechazo de la verdad (que nos lleva a rebatir la verdad para poder pecar con tranquilidad) y la envidia u odio de la gracia (la envidia de la gracia fraterna o tristeza por la acción de la gracia en los demás y por el crecimiento de la gracia de Dios en el mundo).

3.   Y finalmente, lo que nos impide salir del pecado: la impenitencia (la negativa a arrepentirnos y dejar nuestros pecados) y la obstinación en el mal (la reiteración del propósito de seguir pecando).

Evidentemente a este pecado no se llega de repente, sino después de haberse habituado en el pecado. La malicia de este pecado implica muchos otros pecados que van deslizando al hombre hasta rechazar la conversión.  Dice Nuestro Señor que este pecado no será perdonado ni en este mundo ni en el otro (Mt 12, 32). No quiere decir esto que este pecado no “pueda” ser perdonado por Dios, sino que de suyo no da pie alguno para el perdón (corta todas las vías para el arrepentimiento y la vuelta a Dios). Sin embargo, nada puede cerrar la omnipotencia y la misericordia divina, que puede causar la conversión del corazón más empedernido así como puede curar milagrosamente una enfermedad mortal.

Fuente es.catholic.net

01 febrero 2024

La Introducción al cristianismo, de Joseph Ratzinger

Juan Luis Lorda,

Juan Luis Lorda, en omnesmag.com/

Introducción cristianismo

“El traslado de Ratzinger de Münster (en 1969) a la ciudad universitaria protestante de Tubinga, es una de las decisiones más enigmáticas en la biografía del posterior Papa”, escribe Seewald en su biografía. Aunque en su libro Mi vida el mismo Ratzinger cuenta algunas razones.

Por un lado, le resultaba incómoda la deriva de su colega de Münster, Johan Baptista Metz, hacia una teología política, muy política. Por otro, le atraía la invitación de Hans Küng a formar parte de un equipo renovador de la teología en Tubinga. También le atraía, y mucho más a su hermana, acercarse a Baviera, su patria chica.

Ratzinger era entonces una figura emergente, después de destacar en el Concilio como perito de confianza e inspirador de muchas intervenciones del Cardenal Frings, de Colonia. Aunque al principio le interesaba Küng, pronto comprobó que sus horizontes no congeniaban. Küng llegaba a la universidad con un Alfa Romeo rojo, mientras Ratzinger en bicicleta con una boina.

Volverían a encontrarse en 1981, cuando Ratzinger, como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, tuvo que afrontar el “caso Küng”.

Tubinga difícil

Estaría en Tubinga solo tres años complicados (1966-1969). “La facultad tenía un cuerpo docente de altísimo nivel, aunque inclinado a la polémica”. Además, el ambiente intelectual de la facultad cambió por completo: “El esquema existencialista se derrumbó y fue sustituido por el marxista”.

Era una esperanza sin Dios, representada además por Ernst Bloch, famoso profesor marxista de la facultad de Filosofía y autor de un famoso ensayo sobre El principio esperanza. En aquel ambiente, recuerda Ratzinger: “He visto sin velos el rostro cruel de esa devoción atea”. Aquello era el famoso 68 ya en ebullición, y le tocó de cerca: “En el momento de mayor enfrentamiento, era Decano de mi facultad”, miembro de varios consejos y “de la Comisión encargada de elaborar un nuevo Estatuto para la universidad”.  

Pero no solo hubo complicaciones. En el 67 le tocaba a Küng dar el curso de Dogmática, y Ratzinger se encontró con que “tenía libertad para realizar un proyecto que acariciaba en silencio desde hacía diez años. Osé experimentar con un curso que se dirigía a estudiantes de todas las facultades con el título Introducción al cristianismo”.

Por qué una Introducción al cristianismo

“En 1967” -cuenta en el prólogo de la edición del año 2000- “seguían en plena efervescencia los impulsos del reciente posconcilio: el Concilio Vaticano II quería justamente eso: dar de nuevo al cristianismo una fuerza capaz de configurar la historia […], se volvía a constatar que la fe de los cristianos abarca la vida entera”.

De alguna manera las amalgamas de marxismo y cristianismo y su proyección en la teología de la liberación querían realizar eso mismo, pero “la fe cedía a la política el papel de fuerza salvífica”. Y en paralelo, estaba el agnosticismo occidental: “¿No se ha llegado a considerar que la cuestión de Dios […] no sirve prácticamente para nada?”.

La estructura del libro

La Iniciación al cristianismo tiene una clara estructura de tres partes, que se corresponden con las tres grandes cuestiones: Dios, Jesucristo, y el Espíritu Santo y la Iglesia. Y también con las tres partes del Credo.

Asimismo también les antepone una amplia introducción, donde se explica lo que es creer, aceptar la fe. En el prólogo, escrito en el año 1967, describía así la intención del libro: “Quiere ayudar a una nueva comprensión de la fe como la realidad que posibilita ser auténticos seres humanos en el mundo de hoy”. Prescindiendo de “una palabrería que solo a duras penas puede ocultar un gran vacío espiritual”.

A aquellos estudiantes había que transmitirles una expresión de la fe viva e interpelante. No cualquier cosa, sino que vieran en ella el camino para la plenitud de su vida. Esto exigía tener muy claro tanto el punto de partida, la situación mental en la que estaban los alumnos, como el itinerario. Ese reto de 1967 es el mérito del libro.

La situación de la fe

El punto de partida es que la fe resulta irrelevante para los occidentales que viven al margen. En otros tiempos, la fe se apoyaba mucho en el apego a la tradición, pero eso mismo la convierte en algo superado para los que hoy ponen su confianza en el progreso.

Un teólogo recuerda hoy al payaso del cuento de Kierkegaard que acudía al pueblo para avisar del peligro del fuego. Se reían de él y no esperaban que pudiera decir nada que valga la pena. Tendría que cambiar de traje, como la teología. Pero además de que no es fácil, ¿acomodarse no será perderse? Ese es “el inquietante poder de la incredulidad”, porque las objeciones también afectan al cristiano, hijo de su época: ¿y si no hay nada? Lo interesante es que el descreído está en una situación paralela: ¿y si la fe es verdadera? Dios es esencialmente invisible. Por eso, la fe es “una opción por la que lo que no se ve [se considera] como lo auténticamente real”. Es una decisión y una “vuelta” o conversión. Pero es muy exigente, porque no es un vago creer que existe “algo”, sino que ha intervenido en la historia nuestra: “ese hombre de Palestina”…

Recorre los itinerarios del pensamiento moderno y las sucesivas dificultades de la fe, desde el positivismo de las ciencias modernas al marxismo. Y concluye que creer hoy significa aceptar vivencialmente como fundamento del propio existir la revelación cristiana.

Por eso, “la primera y la última palabra del credo –‘creo’ y ‘amén’- se entrelazan entre sí”. Y además es un “creo en Ti”, precisamente por lo que significan la encarnación y la historia. Creo en el Logos – razón de todo- encarnado. Y eso significa que en Él (y no en mí) me sostengo. Esa fe tiene, además, una dimensión eclesial, porque se cree con la Iglesia y con sus expresiones, los credos.

Dios

De entrada, profundiza en la palabra, para no trabajar solo con un nombre desgastado, sino advertir todo lo que implica, también en relación con el mundo y la materia. Recorre la historia de la revelación a Israel, donde Dios se muestra tan distinto a otros dioses, personal y único, y se prohíbe toda divinización del pan (de los bienes), del eros o del poder político.  Partiendo de la escena de la zarza ardiente del libro del Éxodo, con la vocación de Moisés, recorre los nombres bíblicos de Dios (El, Elohim, Yahvéh) hasta el Dios de los Padres de Israel y el Dios de Jesucristo. Con la fuerza tremenda del Nombre que sugiere que solo Dios en verdad “es”. Y el eco del “Yo soy” en el Nuevo Testamento y en el propio Jesucristo. Con ese paradójico doble aspecto de la solemnidad absoluta del “soy” y, al mismo tiempo, la cercanía de un Dios para Israel, para todos los hombres. Y al final, Padre.

De ahí salta a la comparación clásica del Dios de la fe con el Dios de los filósofos. La antigüedad cristiana supo sintetizar su conocimiento del Dios bíblico con la reflexión de la filosofía clásica sobre el fundamento del universo. Y siempre, al mismo tiempo, Padre. En ese feliz encuentro se ilustró el papel tan importante que el pensamiento racional –la teología- juega en la fe cristiana. En la reflexión moderna, las dos dimensiones siguen siendo importantes: Dios como fundamento y Logos del cosmos, y Padre, como horizonte de todas las personas. Y de esa necesidad de relación parte un hermoso y amplio desarrollo de la Trinidad, que no es posible resumir aquí sin rebajar mucho. Pero allí está la clave para el sentido y la realización del ser humano.

Jesucristo

Esta segunda parte se divide, a su vez, en dos: la primera, el Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor; la segunda, sobre los enunciados del Credo sobre Jesucristo: nació de Santa María Virgen, padeció…, resucitó… El punto de partida es “el problema de confesar a Jesús hoy”, de confesar, al mismo tiempo al Logos y a su encarnación, siendo siempre lo segundo más escandaloso: ¿cómo puede girar toda la realidad del cosmos y de la humanidad sobre algo sucedido en un momento de la historia? Esto no se puede alcanzar plenamente ni desde la física ni desde la historia. Además, la época moderna intenta separar a Jesús de Cristo, desmontando lo que se supone montado en la historia. Prescindir del Hijo permite quedarse solo con un Padre genérico, más aceptable en el terreno interreligioso.  Y también quedarse con un modelo de Jesucristo aparentemente más cercano.

Pero Jesús es el Cristo y ese título de Mesías (confundido en su tiempo) se realiza sobre todo en la cruz. “Jesús es Cristo, es Rey en cuanto crucificado”, con la realeza del don de sí, del amor. Y “así convierte al amor en Logos, en verdad del ser humano”. Tema reforzado por la escena del juicio final, donde el Señor pide a los suyos que lo vean en los hermanos (cfr. Mt 25). La identidad de Jesús con el Cristo de la Cruz es también la identidad del Logos con el amor. A continuación, aborda largamente el misterio del Dios-hombre.

El Espíritu y la Iglesia

La última parte, mucho más corta, también se subdivide en dos. En primer lugar, aborda brevemente la unidad de los últimos artículos del Credo, alrededor de la confesión en el Espíritu Santo y de la Iglesia que Él anima.

Después, se detiene algo más en dos puntos “difíciles” para los que le oían entonces y para los que le pueden leer hoy: la santidad de la Iglesia y la resurrección de la carne. ¿Cómo se puede afirmar contra la evidencia histórica que la Iglesia es santa? Lo resuelve de una manera original. La Iglesia precisamente porque es salvadora, se junta con lo que es pecado, como Jesucristo mismo. No es un ente luminoso y trascendente. Está encarnada para salvar. “En la Iglesia, la santidad empieza soportando y acaba soportando”. Quien solo mira la organización y no los sacramentos no la entiende. Los verdaderos creyentes viven siempre de los sacramentos, mientras la organización cambia mejor o peor en la historia.

En cuanto a la resurrección final de los muertos, es una exigencia de la totalidad que es el ser humano con su dimensión corporal. Y conviene desprenderse de algunos aspectos de la dualidad antigua griega cuerpo/alma, porque la concepción de la fe cristiana del ser humano es unitaria. Y su plenitud no consiste en una simple pervivencia del alma, liberada del cuerpo, sino en una “inmortalidad dialógica”, una vida y una resurrección fundada en el amor de Dios por cada persona. El amor de Dios es lo que sustenta la personalidad humana y la resurrección es un acto salvador del amor de Dios que la lleva a su plenitud. Esto lo desarrollará más tarde en su Escatología.

Qué ha cambiado desde entonces

Volvemos a las puntualizaciones del prólogo, que el entonces cardenal Ratzinger añadió en 2000. Sobre todo después de 1989, al caer el comunismo, “todos esos proyectos […]  tuvieron que retirarse en el momento en que quebró la fe en la política como poder de salvación”. Entonces “en la plomiza soledad de un mundo huérfano de Dios, en su aburrimiento interior, ha surgido la búsqueda de la mística”. En experiencias, sucedáneos orientales, etc. Y también apariciones. Mientras la gente “pasa ampliamente de las iglesias cristianas tradicionales. La institución molesta y el dogma también”.

Es la novedad con respecto a los años sesenta. En parte oportunidad, en parte confusión. Y exige de nuevo, pero de otra manera, mostrar las características del Dios cristiano, que obra en la historia, con un Hijo que se hace hombre, frente a la tendencia sincretista. Y a la difuminación de la idea de Dios, cada vez más impersonal, para que resulte aceptable no solo a otras religiones, sino incluso a los que no quiere creer.

Pero el centro no ha cambiado: es siempre mostrar a Cristo, el Hijo, como objeto de nuestra fe (creo en Ti), con esa doble dimensión de Logos, razón de todo, y de amor por nosotros, manifestado y entregado en la cruz. Necesitamos esa doble dimensión para encontrar el sentido de la vida nuestra salvación. Y desde entonces es una clave de la teología de Joseph Ratzinger.

Fuente: omnesmag.com