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JOQUIVESA

Encontrado en la "red" (Mateo 13:47-50)

26 enero 2026

Luces y sombras de Adamuz

Juan Luis Selma

Nuestra gente es buena, muy buena y generosa cuando se presenta la ocasión de servir y auxiliar al necesitado

Como sucedió con la dana, el pueblo de Adamuz y mucha gente buena se ha volcado con los damnificados del accidente ferroviario. En estas letras quiero agradecer, en nombre de muchísimos ciudadanos, todo el desembarco de médicos, enfermeros, conductores de ambulancias, bomberos, policías, guardias civiles y un largo etcétera de profesionales que se han entregado al rescate de los accidentados.

Nuestra gente es buena, muy buena y generosa cuando se presenta la ocasión de servir y auxiliar al necesitado. Allí estuvieron presentes la Cruz Roja; los vecinos, como Julio y su amigo; Gonzalo con su quad; Antonio, que no cerró su bar en toda la noche; Rafael, el párroco, que puso todo el material de Cáritas a su disposición; los vecinos que llevaron mantas y acogieron a los accidentados; otros que los trasladaron a sus casas…

El lunes, después de comer, me llamaron unos jóvenes que querían rezar por las víctimas. Después de ver las posibilidades, decidieron sumarse a la misa de ocho en la parroquia de San Nicolás y luego rezar el rosario. Me llamó la atención su capacidad de convocatoria: allí había varias decenas de chicas y chicos rezando y acompañando espiritualmente a los que sufrían. Seguro que Dios, como dice el Salmo 56, recoge las lágrimas en su odre. Lágrimas amargas que nos purifican y nos hacen fértiles. El misterio del dolor es inmensamente fecundo a la vez que inescrutable. Puede sacar lo mejor de nosotros.

Sombras también las hay. Da pena la actitud partidista ante las desgracias, el querer politizarlo todo, la búsqueda descarada del propio provecho. No estoy por la anarquía ni por la rebelión, pero debemos levantarnos ante el mal, ante la mentira y la injusticia, poniéndonos los primeros en la cola de los pecadores, pero rechazando lo que deshumaniza, lo que nos enfrenta. ¡Qué bonito sería que fuéramos, como Fuenteovejuna, todos a una!

Nos recuerda san Pablo en la liturgia de este domingo: “Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir”. Y la profecía de Isaías: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, el yugo de su carga y el bastón de su hombro los quebrantaste como el día de Madián”, se cumple con la venida del Mesías.

La invitación de Jesús: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos” sigue vigente. Como les dijo a Simón y a su hermano Andrés: “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres”, nos dice a nosotros: ¡Sígueme!

¡Cuánta luz y felicidad hay en el seguimiento de Cristo! Estos días varios jóvenes me han preguntado cómo supe que el Señor me llamaba al sacerdocio. Es curioso, pero es la pregunta que más me repiten los chavales. Me he cuestionado por qué la hacen. ¿Por mera curiosidad? ¿Por saber si a ellos también los llama? ¿Por ser un “bicho raro”? El caso es que Dios cuenta con nosotros para iluminar el mundo, para adecentarlo, hacerlo más amable y justo.

“Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”, dice el Evangelio de los dos hermanos. Hoy la Iglesia celebra el Domingo de la Palabra de Dios. Nos invita a tomar las Escrituras como libro de cabecera, como manual de subsistencia, como referente de nuestras vidas. Podemos hacer propios, como dirigidos a nosotros, los consejos que allí se nos dan y aplicar sus enseñanzas a nuestras vidas.

Esta escena se puede repetir en cada uno de nosotros si, como ellos, escuchamos también su llamada en el fondo de nuestro corazón. ¿Cómo escucharla? No tiene que ser una voz física: puede ser una inquietud, un deseo del corazón de cambiar, de hacer algo grande, de salir de nuestro aburrido mundo; una quemazón interior de ser rebeldes; unos sueños. Se presenta la ocasión de darnos, de ser útiles a los demás, como les pasó a los de Adamuz o a los de Valencia. “Si hoy escuchas la voz de Dios, no endurezcas tu corazón”, leemos en los Salmos. Es la ocasión de ser luminoso, rebelde, contracultural, santo.

Fuente: eldiadecordoba.es

Publicado por JOQUIVESA en 12:23

25 enero 2026

Jesús inicia su misión

El Papa en el Ángelus

Hermanos y hermanas: ¡Feliz domingo!

Después de recibir el bautismo, Jesús comienza su predicación y llama a los primeros discípulos: Simón, llamado Pedro, Andrés, Santiago y Juan (cf. Mt 4,12-22). Al observar de cerca esta escena del Evangelio de hoy, podemos hacernos dos preguntas: una sobre el momento en que Jesús inicia su misión y otra sobre el lugar que elige para predicar y llamar a los apóstoles. Preguntémonos: ¿Cuándo comienza?, ¿dónde comienza?

En primer lugar, el evangelista nos dice que Jesús comenzó su predicación «cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado» (v. 12). Por lo tanto, ocurre en un momento que no parece el más adecuado: el Bautista acaba de ser arrestado y, por lo tanto, los líderes del pueblo están poco dispuestos a acoger la novedad del Mesías. Se trata de un momento que sugeriría prudencia, pero precisamente en esta situación oscura Jesús comienza a llevar la luz de la buena nueva: «el Reino de los Cielos está cerca» (v. 17).

También en nuestra vida personal y eclesial, a veces debido a resistencias internas o a circunstancias que no consideramos favorables, pensamos que no es el momento adecuado para anunciar el Evangelio, para tomar una decisión, para hacer una elección, para cambiar una situación. Sin embargo, el riesgo es quedarnos bloqueados en la indecisión o prisioneros de una prudencia excesiva, mientras que el Evangelio nos pide que asumamos el riesgo de confiar; Dios obra en todo momento y todo momento es bueno para el Señor, aunque no nos sintamos preparados o la situación no parezca la mejor.

El relato evangélico nos muestra también el lugar desde donde Jesús comienza su misión pública: «Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm» (v. 13). Permanece, de todas formas, en Galilea, un territorio habitado principalmente por paganos, que debido al comercio es también una tierra de paso y de encuentros; podríamos decir que es un territorio multicultural atravesado por personas de diferentes orígenes y pertenencias religiosas. De este modo, el Evangelio nos dice que el Mesías viene de Israel, pero traspasa las fronteras de su tierra para anunciar al Dios que se hace cercano a todos, que no excluye a nadie, que no ha venido sólo para los puros, sino que, por el contrario, se mezcla en las situaciones y en las relaciones humanas. Por lo tanto, también nosotros, los cristianos, debemos vencer la tentación de cerrarnos. El Evangelio, de hecho, debe ser anunciado y vivido en todas las circunstancias y en todos los ambientes, para que sea levadura de fraternidad y paz entre las personas, entre las culturas, las religiones y los pueblos.

Hermanos y hermanas, como los primeros discípulos, estamos llamados a acoger la llamada del Señor, con la alegría de saber que cada momento y cada lugar de nuestra vida son visitados por Él y atravesados por su amor. Roguemos a la Virgen María para que nos conceda esta confianza interior y nos acompañe en el camino.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Este domingo, el tercero del Tiempo Ordinario, es el Domingo de la Palabra de Dios. El Papa Francisco lo instituyó hace siete años para promover en toda la Iglesia el conocimiento de la Sagrada Escritura y la atención a la Palabra de Dios, en la liturgia y en la vida de las comunidades. Agradezco y animo a quienes se comprometen con fe y amor con este objetivo prioritario.

También en estos días, Ucrania está siendo objeto de continuos ataques, que dejan a poblaciones enteras expuestas al frío del invierno. Sigo con dolor lo que está sucediendo, estoy cerca y rezo por quienes sufren. La prolongación de las hostilidades, con consecuencias cada vez más graves para la población civil, amplía la fractura entre los pueblos y aleja una paz justa y duradera. Invito a todos a intensificar aún más los esfuerzos para poner fin a esta guerra.

Hoy se celebra el Día Mundial de los Enfermos de Lepra. Expreso mi cercanía a todas las personas afectadas por esta enfermedad. Animo a la Asociación Italiana Amigos de Raoul Follereau y a quienes se ocupan de los enfermos de lepra, comprometiéndose a proteger su dignidad.

Doy la bienvenida a todos ustedes, ¡fieles de Roma y peregrinos de diversos países! En particular, saludo al coro parroquial de Rakovski, en Bulgaria; al grupo de Quinceañeras de Panamá; a los alumnos del Instituto «Zurbarán» de Badajoz, en España; así como a los jóvenes que se preparan para la confirmación de la parroquia de San Marco Vecchio, en Florencia, y a la comunidad escolar del Instituto Comprensivo «Erodoto» de Corigliano-Rossano y la Asociación de voluntariado «Cuori Aperti» de Lecce.

Saludo con cariño a los jóvenes de Acción Católica de Roma, junto con sus padres, educadores y sacerdotes, que han dado vida a la Caravana por la Paz. Queridos niños y jóvenes, les agradezco porque nos ayudan a los adultos a mirar el mundo desde otra perspectiva; la de la colaboración entre personas y pueblos diferentes. ¡Gracias! Sean agentes de paz en casa, en la escuela, en el deporte, en todas partes. No sean nunca violentos, ni con palabras ni con gestos. ¡Nunca! El mal solo se vence con el bien.

Junto con estos jóvenes, recemos por la paz: en Ucrania, en Oriente Medio y en todas las regiones donde, lamentablemente, se lucha por intereses que no son los de los pueblos. ¡La paz se construye respetando a los pueblos!

Hoy concluye la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Por la tarde, como es tradición, celebraré las Vísperas en la Basílica de San Pablo Extramuros junto con los representantes de otras confesiones cristianas. Agradezco a todos los que participarán, incluso a través de los medios de comunicación, y les deseo a todos un buen domingo.

Fuente: vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 21:12

24 enero 2026

Pescadores de hombres

Domingo 3º del Tiempo Ordinario (Ciclo A) 

Evangelio (Mt 4,12-23)

Cuando oyó que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret se fue a vivir a Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:

Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí

en el camino del mar,

al otro lado del Jordán,

la Galilea de los gentiles,

el pueblo que yacía en tinieblas

ha visto una gran luz;

para los que yacían en región

y sombra de muerte

una luz ha amanecido.

Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir:

— Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos.

Mientras caminaba junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo:

— Seguidme y os haré pescadores de hombres.

Ellos, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron.

Recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia del pueblo.

Comentario

Desde los primeros momentos de su vida pública, Jesús se instaló en Cafarnaún, una población situada en zona fronteriza, junto al camino que unía Galilea con la tetrarquía gobernada por Filipo. Era un lugar lleno de actividad en donde confluían judíos y paganos, gentes de toda procedencia. Allí, en la “Galilea de los gentiles”, se comenzaba a ver “una gran luz” (vv. 15-16), ya que Jesús venía a traer la salvación a todos. En este pasaje del Evangelio, en el que Mateo nos presenta los primeros pasos del Maestro, se sintetizan tres rasgos fundamentales de su actividad.

Primero, se presenta un resumen del contenido esencial de su predicación: “Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos” (v. 17). La conversión supone un cambio de orientación. Implica un apartamiento del pecado para mirar derechamente hacia la meta a la que todos estamos llamados, que es la bienaventuranza en el reino de los Cielos. Pero también, una actitud de inconformismo en lo que se viene haciendo rutinariamente, pero se puede hacer mejor, o que rinda más frutos. Cuando se escucha a Jesús, algo comienza a cambiar en la propia vida. Así lo experimentaron Pedro y Andrés, Santiago y Juan.

En segundo lugar, con la invitación a su seguimiento de quienes serían sus primeros discípulos (vv. 18-22), pone en marcha a su Iglesia, apoyada en unos hombres sencillos y corrientes a los que constituiría en Apóstoles. De ellos y de sus sucesores se servirá para actualizar continuamente la llamada universal a la conversión y a la penitencia que abre camino al Reino de los Cielos.

Aquellos hombres estaban afanados en su faena diaria, eran pescadores, cuando Jesús les abrió unos horizontes insospechados y ellos lo siguieron con prontitud. Hasta ahora su trabajo consistía en echar las redes, lavarlas, arreglarlas para mantenerlas siempre a punto, vender el pescado… Pero el Señor les hace ver que, sin dejar su profesión, ahora les espera otra pesca. Su gran aventura comenzó con un sencillo encuentro, aparentemente casual. Desde el momento en que se abrieron a Jesús y fueron generosos para cambiar de rutinas y emprender su seguimiento, también ellos comenzaron a tener un conocimiento directo del Maestro. No los estaba llamando a ser meros anunciadores de una doctrina, sino amigos íntimos y testigos de su persona. Con ese anzuelo, en adelante serían “pescadores de hombres” (v. 19).

La escena se repite en la vida de cada uno de nosotros, si, como aquellos hombres, escuchamos su llamada y nos decidimos a seguirlo sin condiciones. También se nos abre una nueva dimensión, maravillosa, divina, que llena de contenido y sentido toda nuestra existencia. “Hijos míos -decía san Josemaría-, seguir a Cristo –‘venite post me et faciam vos fieri piscatores hominum’ (Mt 4,19) – es nuestra vocación. Y seguirle tan de cerca que vivamos con El, como los primeros Doce; tan de cerca que nos identifiquemos con El, que vivamos su Vida, hasta que llegue el momento, cuando no hemos puesto obstáculos, en el que podamos decir con San Pablo: ‘No vivo yo, sino que Cristo vive en mí’ (Ga 2,20)”.

En tercer lugar, Mateo deja claro que Jesús es algo más que un gran maestro, ya que va “curando toda enfermedad y dolencia del pueblo” (v. 23). Es redentor del hombre en todas las dimensiones de su vida, puesto que salva a la vez que enseña. “El señorío de Dios se manifiesta entonces -comentaba Benedicto XVI- en la curación integral del hombre. De este modo Jesús quiere revelar el rostro del verdadero Dios, el Dios cercano, lleno de misericordia hacia todo ser humano; el Dios que nos da la vida en abundancia, su misma vida”.

Fuente: opusdei.org

Publicado por JOQUIVESA en 12:31

Erik Varden y la tormenta del corazón humano

Victoria De Julián

Erik Varden (Noruega, 1974) comenzó a buscar a Dios desde niño, cuando la perplejidad por la existencia del mal le llevó a leer sin descanso sobre la segunda Gran Guerra.

Con quince años escuchó ‘Resurrección’, la ‘Segunda sinfonía’ de Gustav Mahler, y descubrió que aquel mal quizá tendría algún sentido. Agnóstico y de familia luterana no practicante, su búsqueda le condujo al catolicismo, a ser monje cisterciense y obispo. El 8 de febrero Varden impartió tres conferencias en el campus de la Universidad de Navarra. Su discurso aúna inteligencia y sensibilidad, la verdad y el amor. Acoge con paz la complejidad de las cosas aunque alberguen tensiones, porque defiende que ser católico es ser hospitalario.

Resurrección, la Segunda sinfonía de Gustav Mahler, arranca con una marcha fúnebre tétrica, insidiosa, en algunos compases dulce. El segundo movimiento también es inquietante, pero más sutil y naif. Los pizzicatos de los violines y el arpa le dan un aire infantil. En la niñez de Erik Varden hubo un acorde discordante que marcó el resto de su vida. Su padre era veterinario rural y, un día, contó en la comida que había ido a visitar a un granjero. Hacía calor y el hombre trabajaba sin camisa. En su espalda se entrecruzaban las cicatrices aradas por los latigazos de su cautividad en la Alemania nazi. La conversación pasó luego a otro tema como si tal cosa, pero al niño que era entonces Erik Varden la imagen de esas heridas le perturbó: «Adquirí el sentido de la seriedad de la existencia —cuenta en su libro La explosión de la soledad (2021)—. Vi que, para vivir, uno debe aprender a mirar la muerte a los ojos».

La sinfonía de Mahler adquiere carácter grave, ritmo vertiginoso, disonancias que presagian algo terrible. Se escuchan trompetas majestuosas, platillos solemnes y una jauría de violines precipita la orquesta hacia un clímax que suena al fin del mundo. Silencio. Surge con timidez algo que nace de nuevo. Los chelos mecen la melodía con delicadeza. Una trompeta preludia el último movimiento, que es apoteósico. Un coro de voces canta entonces las palabras que a Erik Varden le fracturaron el alma cuando tenía quince años: «Oh, créelo, corazón mío, créelo: ¡Nada se pierde de ti! ¡Tuyo es, sí, tuyo, lo que anhelabas! ¡Lo que ha perecido resucitará! Oh, créelo: ¡no has nacido en vano! ¡No has sufrido en vano!». Había comprado con sus ahorros la sinfonía para escucharla esa misma noche. Estaba solo en casa. Ese «No has nacido en vano» le perforó por dentro; no le dio la respuesta a su inquietud, sino la dirección correcta para seguir buscando. «Fui consciente de no estar solo [...]. Había recordado. Sentía dolor por aquello en lo que nunca me había detenido a pensar: que tenía un alma». 

Treinta y cinco años después de esa noche, aquel adolescente viste el hábito blanco y negro de los monjes cistercienses y está listo para empezar su lección magistral en la Universidad de Navarra, invitado por la Facultad de Teología para la celebración de santo Tomás de Aquino. Invierte el día en una maratón de tres intervenciones: la conferencia de Teología; un diálogo-presentación sobre su libro Castidad (2023) para investigadores del Instituto Cultura y Sociedad; y un encuentro con universitarios en el Colegio Mayor Belagua, en el que hay preguntas valientes y respuestas ancladas en su biografía que dicen más que las palabras.

La primera ponencia la ha titulado «A la altura de la tormenta del corazón humano. Evangelización en tiempos de olvido». Aunque no habla español, la pronuncia —la lee— de forma exquisita. Comienza narrando la epopeya de Gilgamesh, que resulta inquietantemente actual: «Gilgamesh podría ser nuestro contemporáneo: un megalómano enamorado de su habilidad aunque inseguro de su propósito, atormentado por la muerte, perplejo ante el ansia de su corazón, valiente ante lo absurdo y, sin embargo, agobiado por la tristeza. Sorprende sobremanera la negativa de Gilgamesh a quedarse quieto».

«La encrucijada no ha cambiado demasiado», sugiere. La tormenta del corazón de Gilgamesh es la misma que la tormenta del corazón de aquel joven Varden. «Gilgamesh, ¿dónde andas?», preguntaban los dioses mientras vagaba perdido por el desierto. Ante esa desorientación, Varden cuestiona el concepto de progreso y la fiebre del cambio por el cambio. En su lugar, propone recordar, mirar al pasado. Para ello, emplea la imagen de los pozos: «Uruk, la tierra de Gilgamesh, no estaba lejos de Ur de los caldeos, la tierra en la que Abraham escuchó la llamada a partir hacia la tierra prometida, en la que cavó pozos para sus hijos». Isaac, hijo de Abraham, vivió con horror cómo sus enemigos llenaron de tierra esos pozos, fuentes de vida. «Isaac no sintió un revés fatal —continúa Varden— porque recordó dónde estaban los pozos y los volvió a cavar [...]. Las influencias decisivas suelen ser sutiles, como el desbloqueo de pozos». Así, la tormenta del corazón no requiere algo nuevo y sorprendente, sino recordar, volver al origen, a lo esencial.

En ‘La explosión de la soledad’ reflexiona sobre la memoria y sobre la identidad. Así que ¿quién es usted?

Soy un hijo de Dios, por gracia. Soy, por naturaleza, un pobre hombre que es cada vez más consciente de su pobreza. Soy… [Habla despacio, dejando silencios para pensar] alguien que se regocija en conocer a muchas buenas personas que me ayudan a permanecer centrado en lo bueno y lo verdadero, a pesar de todas mis tendencias a la distracción. Me gusta mucho cómo los primeros mártires, cuando les preguntaban por qué hacían lo que hacían, respondían sencillamente así: soy cristiano. Me gustaría decir eso: soy cristiano, y me gustaría serlo de forma más plena [Sonríe]. 

Usted ha llegado a ser cristiano después de una intensa búsqueda. ¿Por qué hay personas que, como usted, anhelan saber más y otras que no? 

La inquietud por buscar la verdad está latente en cada persona y a menudo yace dormida. Se despierta con experiencias profundas, tanto de alegría y exaltación como de dolor. El problema es que hoy en día hemos perdido el marco conceptual para lidiar con experiencias así de profundas y, por eso, la gente no puede soportarlas. De modo que eligen distraerse o vivir anestesiados. No obstante, parte del privilegio de mi vida pastoral es que veo esto una y otra vez: algo inesperado, bueno o malo, irrumpe en la vida de alguien y, de repente, ¡emergen toda clase de preguntas! La cuestión es si esa persona tendrá suficiente perseverancia para seguir haciéndose preguntas o si se echará atrás. 

¿Cuál es la clave?

Tiene que ver con tu entorno: tus amigos, tu familia, tener acceso a un mundo en el que se conciba la vida en términos aspiracionales. Ahí es donde los libros, el arte, el cine ejercen un papel fundamental. Las historias te ayudan a darte cuenta de que no estás solo. Te llevan a exclamar: «¡Dios mío! ¡Lo que está escrito en este libro es exactamente lo que me está pasando a mí!». Sin nada de eso, necesitas valentía —más bien heroísmo— para mantener viva esa búsqueda de la verdad. 

El entorno de Varden era favorable. Después de la fractura que le originó la sinfonía de Mahler, buscó a Dios en zigzag. Primero, fue a la Biblia y a la parroquia más cercana, y allí no lo encontró: «Tenían respuestas muy claras, pero no a las preguntas que yo me hacía». La Biblia le resultaba difícil y la parroquia, agobiante. Entonces, con dieciséis años, dejó Noruega para estudiar en el Atlantic College, un prestigioso colegio internacional en Gales. Varden, en su adolescencia, se había declarado agnóstico y temía que creer en Dios le obligaría a abdicar de su mente. Su compañero de habitación, un musulmán chiita con mentalidad científica, le mostró que tener fe exige el ejercicio de la inteligencia. Este mismo amigo, un día en que Varden estaba triste por la muerte de un conocido suyo de Noruega, ante su tristeza le espetó: «¿No deberías leer un par de capítulos del Evangelio?».

En ese ambiente plural y abierto del Atlantic College, un monje budista le enseñó a rezar. Este monje predicaba retiros de meditación en silencio y Varden asistía por curiosidad. «Estar quieto y callado, respirar y nada más me impactó como solo me había impactado la música. Comprendí que el silencio es un lenguaje y una forma de buscar la verdad», recuerda Varden. 

En 1992 comenzó a estudiar Teología en Cambridge, de donde le viene su sofisticado inglés británico. En esa época fue —según contó en su intervención en Belagua— cuando vivió por dentro lo que solo había leído en los libros de Hermann Hesse y pasó una semana en un monasterio. Al principio le pareció terrorífico: tanto silencio, levantarse por la noche a rezar, el constante repiqueteo de campanas y en una isla. Además, ¡algunos monjes solo habían salido en cincuenta años para ir al dentista! Varden superó su miedo porque encontró algo muy atractivo, una paz y una alegría que le intrigaban: «Un día paseaba por el jardín cuando me topé con uno de los monjes más mayores. Hablamos durante tres minutos sobre el tiempo, nada metafísico. Volví a mi habitación molesto, inquieto: no sabía qué tenía ese hombre pero, fuera lo que fuese, eso era lo que yo quería».

«El silencio es un lenguaje y una forma de buscar la verdad»

Después de esa semana en silencio, decidió convertirse al catolicismo. En 1993 fue incorporado a la plena comunión con la Iglesia católica y recibió la confirmación. 

Chesterton dice en ‘Ortodoxia’ que la vida, entendida como una historia, como una narración…

… implica que hay un Autor.

¡Claro! Pero podemos rebelarnos contra el Autor y elegir una vida sin sentido. ¿Cuál es el papel de la humildad a la hora de acoger el sentido de nuestra vida?

La humildad es tener los pies en el suelo y aceptar que necesitamos a los demás. Puede resultar terrorífico porque no todo el mundo es de confianza. Cuando deliberadamente entro en relación con otra persona, me hago vulnerable. Puede que se harten de mí, que me traicionen o que me usen para sus intereses; hay riesgos. Por eso la humildad es acoger la propia vulnerabilidad. Cuanto más pasa el tiempo, más convencido estoy de que para saber si alguien está creciendo como cristiano y está adquiriendo sabiduría, hay que ver si esa persona es capaz de vivir en paz siendo vulnerable.

¿Qué es la vulnerabilidad?

Reconocer tu finitud. Reconocer que no te bastas a ti mismo. Reconocer que puedes sufrir, que otras personas te pueden hacer daño y que no puedes protegerte.

¿Podemos vivir escondiéndonos?

Hay que darse cuenta de la realidad de ese miedo en uno mismo, tomar conciencia de que temo no ser suficiente. Ese primer paso es crucial. Y, como he dicho antes, [Añade despacio] hay que intentar aprender a vivir con ello con paz. En su autobiografía, Teresita de Lisieux cuenta una anécdota en la que se sentía muy insegura y buscaba el apoyo de una monja mayor, madre Genoveva. Teresa fue a buscarla, pero había ya otras monjas con ella, así que se disponía a irse, cuando madre Genoveva vio a esa chica joven mirando a través de la puerta, advirtió la complejidad de lo que le sucedía por dentro y sencillamente le dijo: «Hija mía, recuerda esto: nuestro Dios es un Dios de paz». [Silencio]. Hay que intentar interiorizar esta verdad, mirarse y dejarse mirar por ese Dios cuyo rostro es… paz. Lo decimos en misa todos los días: «La paz os dejo, mi paz os doy». Esa paz no es un sentimiento sino la presencia de Alguien, pues decía san Pablo: «Cristo es nuestra paz». Con esa paz podré vivir mi vulnerabilidad, afrontar mis miedos y aprender a empezar a creer en la posibilidad de que, quizás, el amor sea real [Sonríe]. 

«Para saber si alguien está creciendo como

cristiano, hay que ver si esa persona es capaz

de vivir en paz siendo vulnerable»

¿Cómo es la mirada de Dios?

A los Padres de la Iglesia les encantaba enfatizar que Dios, aunque es omnipotente como Creador de Cielo y Tierra, tiene un punto débil: su filantropía. Para describir el amor de Dios usaban un vocabulario muy atrevido. Hablaban de un amor «salvaje», un amor «loco» por la humanidad. No obstante, el amor de Dios no solo es afirmación, cariños y abrazos, sino un amor que educa y permite el crecimiento, porque amar es ayudar a alguien a alcanzar su potencial. El amor de los padres desea ver los dones de su hijo hechos vida. Y ese amor se ha de ejercitar castamente, es decir, desear la realización del potencial del niño por su propio bien, no por el mío. 

¿En qué momentos de su vida se ha sabido mirado así?

Tengo la suerte de haber tenido la experiencia de esa mirada de pequeño, en mi familia. También la he vivido en la confesión. Y con una monja anciana que era una mujer muy sabia. Estas miradas son pistas que apuntan más allá de sí mismas.

Hay quien reprocha al Autor que no le pidió permiso para existir. ¿Qué le diría a alguien que vea el suicidio como una mejor opción que vivir?

No le diría mucho, porque en tales circunstancias las palabras a menudo son impotentes y corren el riesgo de ser contraproducentes. En cambio, intentaría encontrar maneras de que esta persona experimente esa mirada de la que hablamos. Porque la forma en la que nos miran condiciona nuestra propia autopercepción. Si alguien me mira con desdén, con disgusto, tenderé a sentirme humillado y, de alguna manera, sucio. Pero, por el contrario, si alguien me mira con amor, es decir, si alguien me ve exactamente como soy —con lo que he hecho y dejado de hacer— y no me rechaza... Que alguien me vea con toda mi verdad y aun así me ame, sin apartar la mirada… Es como ese salmo: «No escondas tu rostro de mí». 

¿Podemos mirar con amor si no hemos sido mirados de esa forma?

Sí. Eso es lo maravilloso. Muchas veces caemos en el error de creer que no podemos dar lo que no hemos recibido. Pero no es así. Y he visto que sucede.

¿Cuándo?

Eso toca la confidencialidad de mi vida pastoral. Pero te puedo decir que soy testigo de ello: es posible, por gracia, dar lo que tú no has recibido.

«Amar castamente es desear el bien del otro por

su propio bien, no por el mío»

En el año 2002 Erik Varden se unió a la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia en la abadía británica de Mount Saint Bernard, dos años después de doctorarse en Teología en Cambridge. Veinte años más tarde, tras estudiar en Roma sobre espiritualidad oriental, ser ordenado sacerdote y montar una fábrica de cerveza como abad de su monasterio, supo que tendría que salir de la clausura y volver a Noruega. El 1 de octubre de 2019, se hizo público que el papa Francisco le había llamado a liderar una misión que llevaba vacante una década: ser obispo de Trondheim. Al día siguiente, Varden leyó un texto del papa Gregorio Magno sobre la dificultad de comprender a veces las Escrituras. Decía que le pasaba a menudo que un texto que no entendía, si lo leía en la iglesia junto a sus hermanos, sí lo comprendía. Coram fratribus intellexi. Cara a cara con mis hermanos, comprendo. A Varden aquello le entusiasmó tanto que lo eligió como lema episcopal y como nombre de su web, que se abre con esta frase: «Ser católico, me dijeron una vez, es ser hospitalario».

Católico se traduce como universal. Por eso Varden propone sanar la tormenta del corazón humano mirando su etimología: kath’holon significa «según la totalidad». Relacionado con todo. «Ser católico, es decir, ser hospitalario —sigue Varden—, es habitar un espacio vasto y acogedor y respirar en él un aire fresco de montaña [...]. Invitar a otros y permitirles la experiencia de estar en casa [...]. Generar un todo a partir de partes dispares, mantener cierto grado de tensión».

¿Cómo puede la Iglesia católica ser más hospitalaria y abrazar la complejidad de, por ejemplo, la homosexualidad?

¡Creo que ya lo hace! Uno de mis privilegios como obispo es que tengo la oportunidad de viajar mucho y ver la inmensa extensión de la complejidad humana que encaja en la naturaleza hospitalaria de la Iglesia. En el libro Castidad la palabra homosexualidad no aparece, no escribo sobre experiencias complejas concretas. Lo hago por una razón: cuando usas etiquetas —etiquetas que en su mayoría salen de contextos ajenos a la fe— terminas en un discurso a menudo simplista. Hay que llevar el discurso hacia lo fundamental: quién soy yo como hijo de Dios y como ser humano. Solo sobre esa base puedo hacerme cargo de cada caso particular y comprender que, aunque tenga esta u otra compleja condición, mi vida no se reduce a ella. Además, en el caso de la homosexualidad, haría referencias explícitas —lo cito con frecuencia— al Catecismo, que deja absoluta, perfecta y abundantemente claro que si alguien experimenta una orientación homosexual, esto en sí mismo es moralmente y teológicamente neutral.

¿A qué se refiere exactamente con la palabra ‘complejo’?

Uso la palabra complejo de forma deliberada porque creo que ayuda a contrarrestar una tendencia del discurso secular que pretende hacernos creer que la vida es simple. ¡No lo es! O que, por pegar una etiqueta en la frente de alguien, puedes generalizar y meterle dentro de un gran saco para el que hay una respuesta universal. La vida tampoco es así. Comenzaría por quitar etiquetas y ver la complejidad. Y, después, por acompañar cada vida individual.

«Ser católico, es decir, ser hospitalario, es

habitar un espacio vasto y acogedor y respirar

en él un aire fresco de montaña»

¿Cuál es la prioridad de la Iglesia ahora?

[Silencio] Proclamar el Evangelio. Esa es siempre la prioridad. Y añadiría: proclamar el Evangelio con integridad. Nos enfrentamos a una pérdida masiva de confianza, porque han pasado muchas cosas que la han herido.

Lo ha expresado muy claro en su conferencia en la Facultad de Teología: se ha referido a la necesidad de la credibilidad debido a los escándalos de abusos sexuales.

Sí [Dice con firmeza y seriedad]. Por eso hay que proclamar el Evangelio con coherencia, integridad y credibilidad.

También ha dicho que el mundo es como una orquesta que ahora está sin director. ¿Qué partitura deberíamos tocar?

Antes de comenzar a pensar en la melodía, necesitamos escuchar el tono, estar afinados. Me encanta ese momento al principio de un concierto en que cada instrumento suena a su manera hasta que [Da unos golpecitos como un director de orquesta] se produce un absoluto silencio. Entonces un oboe da el tono, toca un la constante [Sostiene un la con un silbido]. Todo el resto de instrumentos se suman a ese la ¡y aquello se va haciendo más fuerte, más fuerte y más fuerte! Hasta que, por fin, están listos para empezar [Sonríe]. Creo que lo más importante ahora es escuchar ese oboe. 

Fuente: Nueva Revista


Publicado por JOQUIVESA en 12:25

23 enero 2026

Los esclavos del Señor

 Bernardo Hontanilla Calatayud

Es absolutamente necesario para obrar con libertad amar y sentirse amado. Y no podemos amar sintiéndonos esclavos o siervos, hay que hacerlo libremente desde la nueva perspectiva que ha venido a traernos Jesucristo: ¡Ahora somos hijos de Dios!

Hablando con amigos psiquiatras y psicólogos me comentan que cada vez es más frecuente encontrar en sus consultas personas, con formación cristiana, que expresan un anhelo de libertad respecto de los compromisos que habían adquirido en un momento dado de su vida. Casados que se arrepienten de haberlo hecho, sacerdotes que quieren casarse, padres que no quieren estar pendientes de sus hijos, esposas hastiadas de sus maridos que desean rehacer su vida de forma independiente, religiosos y religiosas que anhelan disfrutar de los placeres del mundo…

Lo común en todas esas situaciones es un anhelo de libertad o autonomía que pone de manifiesto que la persona no se siente libre, e interpretan esos compromisos adquiridos como una carga intolerable que empieza a esclavizarlos. Esa tensión entre el compromiso adquirido y el anhelo de autonomía desgarra el interior psicológico de la persona hasta el punto de crear verdaderos cuadros de ansiedad, depresiones y conflictos internos muy serios que, como mínimo, producen una sensación continua de insatisfacción e infelicidad, de tal magnitud, que les lleva a un cuadro patológico de permanente queja y agresión contra uno mismo y contra la persona o institución que provoca esa amenaza a su libertad.

El espíritu

El hombre no solo está compuesto de cuerpo y alma racional. Hay un tercer elemento que, además del alma racional, lo distingue del resto de animales y se denomina “espíritu”. Hablar de espíritu no está de moda, y menos en el ámbito psiquiátrico y neurocientífico, donde algunos quieren hacer emanar la mente, la conciencia o la psique, elementos del alma humana, de la mera actividad cerebral. Y yo no quiero hablar del alma, sino del espíritu.

Esa imagen y semejanza a Dios, que existe en el interior de todo hombre, es de nuclear importancia porque nos va a permitir reconocernos a nosotros mismos y reconocer cómo tratar a los demás. Es el origen de nuestra libertad y de nuestra capacidad de amar, y ambas están intrínsecamente unidas.

La dificultad que tenemos de reconocer o negar al espíritu de Dios dentro de nosotros, pienso que surge fundamentalmente por dos motivos:Por un lado, Dios, que con sus leyes podría constituir una amenaza a nuestra libertad, y por otro, la experiencia de percibir en el mundo el sufrimiento o la injusticia que padece el inocente. Casi nadie es un ateo intelectual, pero sí hay mucho ateísmo afectivo por estos motivos. Es precisamente de la amenaza a nuestra libertad de lo que quería seguir reflexionando.

La relación con Dios

En el Génesis aparece un relato interesante de cómo era nuestra relación con Dios. Consistía en una relación familiar, de conversación espontánea y de confianza. Sin embargo, el mal ya existía en el  mundo y se trataba de introducirlo dentro del hombre. Y bien sabía la serpiente cómo tentar a Eva. Primero, presentando a Dios como un tirano: “¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?” (Gen 3, 2). Primera mentira: “solo de uno”, respondió Eva.

Atacó de nuevo la serpiente, tratando esta vez a Dios como un envidioso: “es que Dios sabe […] que seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal” (Gen 3, 5). Y, ahora, sí consiguió su objetivo. Y el efecto inmediato que tuvo en el interior de Eva y su pareja fue no ver a Dios como realmente era: un Padre que le había dado la creación entera.

La consecuencia inmediata fue que la imagen y semejanza de Dios en el núcleo de su ser, la dimensión espiritual, se distorsionó: ahora habitaba dentro de ella un dios tirano, cruel, caprichoso, envidioso y amo, que tomará distintos nombres a lo largo de la historia y las generaciones como Baal, Moloc, Júpiter o Zeus. De esa nueva imagen que tengamos de Dios dependerá cómo nos tratemos a nosotros mismos y a los demás. Si el dios interior es vengativo, nosotros también lo seremos y si es destructivo también adoptaremos esta actitud, incluso contra nosotros mismos, y, si es un amo, entonces tenderemos nosotros a dominar a los demás y a sentirnos como esclavos respecto de Dios.

Esclavos

Sigamos diseccionando el origen de ese sentirse esclavo. Es muy habitual en el mundo religioso utilizar la palabra esclavo o siervo para referirse a la relación que existe entre el hombre y Dios. Para eso fuimos creados, reza el Catecismo de la Iglesia católica: para servir, dar gloria a Dios y ser felices (cfr. CIC, 356 y 358).

Nos colocó para trabajar y cuidar del Edén. Fue un encargo, pero no nos creó para trabajar en el jardín. Si el hombre hubiese sido creado para trabajar, entonces, la creación sería más importante que el hombre. Dios sería el amo del jardín, y nosotros sus servidores o esclavos que deberíamos cuidárselo. El cuidado de la creación material sería un encargo al hombre para servicio de Dios, en vez de un regalo de Dios para el hombre, que se sentiría feliz cuidándolo y trabajándolo. Si no entendemos esto bien podríamos sentirnos esclavos del trabajo. Y esta fue la primera consecuencia: ver a Dios como un Dios que me hace esclavo y servidor suyo, al que debo temer.

Toda la historia del Antiguo Testamento se resume en la relación de Dios con un pueblo que es torpe y duro de corazón: que ve, pero no entiende, ni sabe amar. Solo unos pocos sabían amar a Dios con libertad, aunque con no poca dificultad, como Abraham, Isaac, Jacob o Moisés.

Redención

Esta relación de Dios con su pueblo era de una operación de rescate. Dios ayudaba a su pueblo para sacarlo de la esclavitud a la libertad, de Egipto a la tierra prometida, y tiene su culmen con la venida de Jesucristo. Con su venida, comienza un punto de inflexión que pretende recuperar la idea primigenia de Dios dentro del hombre, para que no se sienta esclavo sino hijo y heredero. Empezamos a abandonar la relación de temor por una relación de amor.

Dios continúa queriendo rescatarnos de la única esclavitud que en realidad existe, que es la del pecado, pero siempre ha habido y habrá personas que quieran seguir siendo esclavos y volver a Egipto. Dios insiste: “ya no os llamo siervos/esclavos […] A vosotros os llamo amigos” (Juan 15, 15). No nos podemos sentir siervos o esclavos jamás, porque ahora somos amigos de Dios. Más: ¡ahora somos hijos de Dios! Así lo expresa con fuerza Juan en su primera carta: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1 Juan 3, 1).

Lenguaje y miradas

Entonces, ¿de dónde viene esta insistencia en seguir llamándonos esclavos o siervos y no hijos en nuestra relación con Dios? Es verdad que, como dice Campoamor, “En este mundo traidor nada es verdad ni mentira, todo depende del color del cristal con que se mira”. Y ese cristal con que se miran las cosas y los acontecimientos de la vida puede ser transparente, estar sucio o roto.

Esta forma de verse esclavo tiene un doble origen: por un lado, parte de un problema interno, del cristal con que se mira, de una errónea idea de Dios que la serpiente ha ido introduciendo en el interior del hombre, la tentación primigenia de la que hablábamos antes, haciéndonos pensar que Dios es un amo y tirano, y puede hacer caprichosamente lo que quiera con nuestras vidas. Nos sentimos amenazados por Dios, que con sus leyes morales impiden el desarrollo de nuestra libertad en vez de ver que sus normas dan felicidad y vida al hombre (Deuteronomio 4, 40; Juan 6, 63). Esta concepción amenazadora de Dios lleva automáticamente a la destrucción de la fuente del Amor que hay en nosotros mismos y, en consecuencia, de nuestra libertad.

Por otro lado, hay un origen externo: el mal uso del lenguaje al hacernos pensar, con el empleo de las palabras, que la relación con Dios es de esclavos. Abundantes son las oraciones cristianas, muchas de ellas de origen medieval, donde el orante renuncia a su libertad para someterse a Dios. ¡Qué barbaridad! Si se hace efectiva esta renuncia, no es de extrañar oír lamentaciones sobre la vida y los compromisos adquiridos. Y yo haría lo mismo. Si se ve de esta forma a Dios, como un amo y yo un esclavo, vamos directos, de forma habitualmente inconsciente, a un ateísmo afectivo que nos llevará a expulsar a ese dios de nuestra vida. Y con razón. Tendría entonces todo el sentido decir “Dios ha muerto. Nosotros lo hemos matado” (Nietzsche) cuando mato en mí esa especie de dios que no coincide con el verdadero Dios. Y esa muerte la consideraré como un triunfo que me colocará de nuevo en una situación de libertad para volver al verdadero Dios.

Siervos

Sigamos diseccionando el concepto de esclavo. Había muchas maneras de servir en el mundo antiguo. La palabra doulos en masculino significaba frecuentemente esclavo o siervo, pero en femenino también tenía otra acepción. Una de las acepciones de δούλŋ (doula), hace referencia a la labor que hacían ciertas mujeres en el acompañamiento del embarazo, parto y puerperio. No eran matronas. Eran siervas que acompañaban afectivamente a sus amas en esas circunstancias. Siervas que eran consideradas de la propia familia. También estaban las doulas thana, que ofrecían servicios de acompañamiento en enfermedades terminales.

En general, en los Evangelios canónicos, la palabra más comúnmente utilizada en griego es δούλoς, doulos que se traduce al latín como servus, esclavo, las más de las veces, o siervo, menos frecuentemente. La diferencia fundamental entre uno y otro, siendo la misma palabra, es que el esclavo era propiedad de su señor, como si fuera una cosa, y el siervo podía cultivar las tierras del señor y recibía un cierto grado de protección sin desligarse de su amo. Pero lo más desconcertante es que si había una palabra específica en griego para denominar al esclavo (σκλάβος), ¿por qué se utiliza δούλoς, doulos?, ¿por qué en los Evangelios escritos en griego nunca se utiliza la palabra esclavo (σκλάβος), pero en las traducciones sí?

También se emplea otra palabra en los Evangelios: διακονος, diakonos, que es traducida como servidor o sirviente, como por ejemplo cuando Jesús decía: “…no he venido a ser servido sino a servir…” (Mateo 20, 28). La circunstancia de por qué estas palabras son traducidas del griego al latín como esclavo, siervo o servidor va a depender de la intencionalidad de su traductor, san Jerónimo, en el siglo IV después de Cristo. Por ejemplo: en las parábolas del Señor, se utiliza la palabra doulos, y es traducida al latín como servus y al castellano como esclavo o siervo indistintamente.

San Pablo en Filipenses 2, 7, cuando dice “se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo” recurre a doulos, servus en latín y siervo o esclavo en castellano. Sin embargo, llama también la atención que en el pasaje de la Anunciación de La Virgen se emplee δούλŋ (doula), y se traduzca como ancilla al latín y esclava al castellano. San Lucas recibiría de la Virgen el testimonio directo de lo que pasó en la Anunciación y, ¿no resulta extraño que la Virgen María se autodenomine esclava del Señor (Lucas 1, 38)? La que precisamente no necesitaba ser redimida del pecado, pues fue concebida sin él y no cometió ninguno. ¿Es correcto, por tanto, en este caso, ese abuso de la palabra esclavo al traducir del griego y del latín?

Si leemos con detenimiento el pasaje de la Anunciación observamos que el Ángel le informa que su pariente Isabel, ya entrada en edad, “está de seis meses la que llamaban estéril” (Lucas 1, 36). Y María contesta a continuación: “He aquí la doula del Señor” (Lucas 1, 38). ¿No pudiera ser que María se ofrecería como doula para acompañar a Isabel en su embarazo, parto y puerperio tras el anuncio del Ángel, como así hizo inmediatamente? ¿Es correcto llamar esclava a la criatura más libre de Dios? ¿Por qué con Jesús, cuando dice que ha venido a servir utiliza la palabra diácono y no esclavo? Y, sobre todo, ¿por qué existiendo una palabra concreta para esclavo en griego, ésta no es utilizada en ningún lugar de los Evangelios?

Formas de pensar

Sentirse esclavo en el cristianismo es muy frecuente y peligroso. Y podría ser que esa forma de pensar resulte heredada de la Edad Media. Formas de pensar de este tipo han ocurrido a lo largo de la historia de la Iglesia. Otro posible ejemplo residiría en que, hasta hace no muchos años, no se concebía que una persona casada pudiera alcanzar la santidad. Como decíamos, existen abundantes textos y contextos donde la palabra esclavo aflora frecuentemente en los Evangelios canónicos, detrás de situaciones donde los protagonistas se sienten esclavos. Uno de los más significativos ocurre en la parábola del hijo pródigo. El hermano menor, al volver arrepentido con el Padre, dice: “No merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros” (Lucas 15, 19). Y el hijo mayor, que nunca había abandonado aparentemente la casa del padre, dice: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya” (Lucas 15, 29). Los dos se sienten esclavos. Uno quiere comer bellotas y no puede, y el otro puede comer cordero y no quiere. Los dos presentan el mismo trastorno. Tanto el que vuelve como el que se queda. Y esto es muy tóxico en la vida religiosa del que se dice cristiano.

Sentirse amado

Es absolutamente necesario para obrar con libertad amar y sentirse amado. Y no podemos amar sintiéndonos esclavos o siervos, hay que hacerlo libremente desde la nueva perspectiva que ha venido a traernos Jesucristo: ¡Ahora somos hijos de Dios! Y no podemos ser amados por cualquiera y de cualquier forma.

Pongamos un ejemplo: existen 32 millones de mascotas en España y el 85 % de la población argentina tiene una. ¿Por qué muchas personas adoptan tantas mascotas en los hogares, en vez de adoptar o tener hijos? Creo que no es el egoísmo o la comodidad la causa nuclear de este fenómeno. Pienso que, en muchos casos, subyace la necesidad de sentirse amado por alguien de una forma incondicional y automática, no libre. Y eso los animales, especialmente los perros y los gatos, lo saben hacer muy bien. Puede que en el fondo, no sea capaz de asumir que alguien libre me quiera como un hijo. No quiero asumir el riesgo de que alguien libre me quiera o deje de quererme, y prefiero que me quiera un esclavo. Pero Dios sí que ha querido asumir el riesgo de crear al hombre libre, hecho a su imagen y semejanza, que de forma voluntaria le ame.

Dejemos de sentirnos esclavos o siervos en nuestra relación con Dios. Corrijamos el lenguaje. Hemos sido llamados a la filiación divina, no a la servidumbre. Cuando Jesús utilizaba el término esclavo o siervo era antes de su muerte y Resurrección. Ahora, ya estamos rescatados, somos suyos pero con una relación paterno-filial. No hagamos nada sin amor, como una buena madre o un buen padre no se siente ni esclavo ni siervo de su cónyuge o de sus hijos.

Rectifiquemos cuanto antes, o haremos que nuestros compromisos como cristianos se conviertan en normas insoportables, y acabaremos psicológicamente trastornados. Dios quiere hijos felices, que le amen libremente. Convenzámonos de que con la luz de la Resurrección hemos dejado de ser esclavos de nuestras miserias. Cristo ha suplicado a su Padre para que dejemos de llamarnos así. No insistamos en llamarnos así. De la misma forma que había una idea primera del matrimonio al inicio de la creación, también había una idea primigenia de Dios como Padre dentro de nosotros que hemos podido distorsionar.

Abandonemos el lenguaje de esclavos y recuperemos, con mirada limpia y transparente, la verdadera, original y genuina imagen de Dios que vive en nuestro interior. Estoy convencido de que, viendo de esta manera a Dios en nuestro interior, nos trataremos mejor a nosotros mismos y a los demás, nuestros compromisos dejarán de ser cargas para convertirse en fuente de vida y felicidad y, de paso, dejaremos de dar tanto trabajo a psicólogos y psiquiatras.

Fuente: omnesmag.com

Publicado por JOQUIVESA en 11:35
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