24 agosto 2016

Ideología de género

FELIPE ARIZMENDI ESQUIVEL


Es diferente a la lucha por la igualdad de género que defiende los derechos de la mujer, iguales a los del varón
VER
Por las redes sociales me hicieron llegar lo que podrían ser contenidos de los libros de texto sobre educación sexual, que serían difundidos por la Secretaría de Educación Pública en todas las escuelas del país, obligatorios también en las privadas. Lo consulté a esta Secretaría y, afortunadamente, contestaron que esto es falso. Pedí que me enviaran lo que dicen los textos de Primaria al respecto y, en efecto, nada de esto aparece en los libros que usarán los niños en las escuelas.
Nos causó alarma porque, según lo divulgado en redes sociales, en la sesión escolar sobre identidad de género y transexualidad, a una mamá embarazada le preguntan: ¿Es niño o niña? Y responde: No lo sé; aún no habla. Y más adelante explica: La única persona que puede responder es él o la bebé, cuando tenga conciencia de su género y lo comunique al resto de la sociedad. Más adelante, propone un juego, en que niñas y niños se han de disfrazar de lo que quieran, de hombre o de mujer, y luego han de expresar cómo se sienten con lo que escogieron disfrazarse.
Esto corresponde a la corriente ideológica que ya no habla de géneros femenino y masculino en los humanos, sino de una gran multiplicidad de posibilidades genéricas. Es decir, ya no eres hombre o mujer desde tu concepción, sino que eres lo que quieras ser, ignorando incluso tu biología.
Esta propuesta es diferente a la lucha por la igualdad de género que defiende los derechos de la mujer, iguales a los del varón, lo cual no es una ideología de transexualidad. En efecto, la mujer, por su género femenino, no debe ser tratada como si valiera menos; tiene la misma dignidad que el varón y hay que luchar por que, tanto en la familia, como en la sociedad y en la Iglesia, se le reconozcan sus derechos.
PENSAR
En su reciente estancia en Polonia, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud, el Papa Francisco dijo a los obispos: «En Europa, América, América Latina, África, en algunos países de Asia, hay verdaderas colonizaciones ideológicas. Y una de estas – lo digo claramente con nombre y apellido – es el ‘gender’ (género). Hoy a los niños en la escuela se enseña esto: que cada uno puede elegir el sexo. ¿Por qué enseñan esto? Porque los libros son los de las personas y de las instituciones que dan el dinero. Son las colonizaciones ideológicas, sostenidas también por países muy influyentes. Y esto es terrible. Hablando con el Papa Benedicto, que está bien y tiene un pensamiento claro, me decía: ‘Santidad, esta es la época del pecado contra Dios creador’. Es inteligente. Dios ha creado al hombre y a la mujer; Dios ha creado al mundo así, y nosotros estamos haciendo lo contrario. Dios nos dio un estado ‘inculto’ para que nosotros lo transformáramos en cultura; y después, con esta cultura, hacemos cosas que nos devuelven al estado ‘inculto’. Lo que ha dicho el Papa Benedicto tenemos que pensarlo: ‘Es la época del pecado contra Dios creador’».
En el documento de Aparecida, los obispos latinoamericanos dijimos al respecto: “Entre los presupuestos que debilitan y menoscaban la vida familiar encontramos la ideología de género, según la cual cada uno puede escoger su orientación sexual, sin tomar en cuenta las diferencias dadas por la naturaleza humana. Esto ha provocado modificaciones legales que hieren gravemente la dignidad del matrimonio, el respeto al derecho a la vida y la identidad de la familia“ (DA 40). “Por ello los cristianos necesitamos recomenzar desde Cristo, desde la contemplación de quien nos ha revelado en su misterio la plenitud del cumplimiento de la vocación humana y de su sentido. En Cristo Palabra, Sabiduría de Dios, la cultura puede volver a encontrar su centro y su profundidad, desde donde se puede mirar la realidad en el conjunto de todos sus factores, discerniéndolos a la luz del Evangelio y dando a cado uno su sitio y su dimensión adecuada” (DA 41).
ACTUAR
Padres de familia, estén atentos a los contenidos educativos que reciben sus hijos en las escuelas y en el medio ambiente, porque con la mejor intención de evitar la discriminación hacia quienes tienen una orientación sexual distinta, se pretende borrar las diferencias biológicas, antropológicas y culturales propias de cada sexo.

17 agosto 2016

Nos invita a llevar la misericordia de Jesús a nuestros ambientes


El Papa en la Audiencia General

“Queridos hermanos y hermanas, ‘buon giorno‘.
Hoy queremos reflexionar sobre el milagro de la multiplicación de los panes. Al inicio de la narración que hace Mateo (cfr 14,13-21), Jesús ha apenas recibido la noticia de la muerte de Juan el Bautista, y en una barca atraviesa el lago buscando ‘un lugar desierto apartado’.
La gente entretanto entiende y se anticipa yendo a pie, así que ‘al bajar de la barca, Él ve a una gran multitud, siente compasión por ellos y cura a sus enfermos’. Así era Jesús, siempre con compasión, siempre pensando en los demás.
Impresiona la determinación de la gente que teme quedarse sola, como abandonada. Muerto Juan el Bautista, profeta carismático, se ponen bajo la protección de Jesús, de quien el mismo Juan había dicho: ‘Quien viene después de mi es más fuerte que yo”.
Así la multitud lo sigue por todas partes, para escucharlo y para llevarle a los enfermos. Y viendo esto, Jesús se conmueve. Jesús no es frío, no tiene un corazón frío, es capaz de conmoverse. De un lado Él se siente atado a esta muchedumbre y no quiere que se vaya, de otra parte tiene necesidad de momentos de soledad y de oración con el Padre. Muchas veces pasa la noche rezando con su Padre.
También ese día, por lo tanto, el Maestro se dedicó a la gente. Su compasión no es un sentimiento vago; demuestra en cambio toda la fuerza de su voluntad para estar cerca de nosotros y salvarnos. Nos ama mucho y quiere estar cerca de nosotros.
Al atardecer, Jesús se preocupa de dar de comer a todas aquellas personas, cansadas y hambrientas y se preocupa de quienes lo siguen. Quiere involucrar en esto a sus discípulos. De hecho les dice: ‘denles de comer ustedes mismos’.
Asi les demostró que los pocos panes y peces que tenían, con la fuerza de la fe y de la oración podían ser compartidos con toda la gente. Un milagro de la fe, de la oración, suscitado por la compasión y el amor. Así Jesús ‘partió los panes y los dio a sus discípulos y a la multitud’.
El Señor va al encuentro de las necesidades de los hombres, pero quiere volvernos a cada uno de nosotros participantes concretos de su compasión.
Ahora detengámonos sobre el gesto de la bendición de Jesús: Él ‘tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, recitó la bendición, partió el pan y se los dio’.
Como podemos ver, son las mismas acciones que Jesús hizo en la Última Cena, siendo las mismas que cada sacerdote cumple cuando celebra la santa Eucaristía.
La comunidad cristiana nace y renace continuamente de esta comunión eucarística. Vivir la comunión con Cristo es por lo tanto muy diverso que estar pasivos y ser extraños a la vida cotidiana. Por el contrario siempre nos inserta más en la relación con los hombres y mujeres de nuestro tiempo, para ofrecerles a ellos un gesto concreto de la misericordia y de la cercanía de Cristo.
Mientras nos nutre de Cristo, la eucaristía que celebramos nos transforma poco a poco también a nosotros en el cuerpo de Cristo y alimento espiritual para los hermanos. Jesús quiere llegar a todos, para llevarles el amor de Dios. Por esto transforma a cada creyente en un servidor de la misericordia.
Jesús ha visto a la multitud, ha sentido compasión por ella y ha multiplicado los panes. Así hace también con la eucaristía. Y nosotros los creyentes que recibimos este pan eucarístico somos empujados por Jesús para llevar este servicio a los demás, con su misma compasión. Este es el recorrido.
La narración de la multiplicación de los panes y de los peces se concluye con la constatación de que todos han sido saciados y con la recolección de los trozos que han sobrado.
Cuando Jesús con su compasión y su amor nos da una gracia, nos perdona los pecados, nos abraza, nos ama, no hace las cosas a medias, sino completamente. Como sucedió aquí, todos se han saciado. Jesús llena nuestro corazón y nuestra vida con su amor, con su perdón y compasión. Jesús por lo tanto ha permitido a sus discípulos obedecer sus ordenes.
De esta manera ellos conocen el camino que es necesario recorrer: dar de come al pueblo y tenerlo unido; estar por lo tanto al servicio de la vida y de la comunión.
Invoquemos por lo tanto al Señor, para que vuelva su Iglesia cada vez más capaz de realizar este santo servicio y para que cada uno de nosotros pueda ser instrumento de comunión en la propia familia, en el trabajo, en la parroquia y en los grupos a los que pertenece; vale a decir, un signo visible de la misericordia de Dios que no quiere dejar a nadie en la soledad y en la necesidad, para que se difunda la comunión y la paz entre los hombres y la comunión entre los hombres y Dios, porque esta comunión es la vida para todos”.

Vigésimo primer domingo del tiempo ordinario – Ciclo C –


P. Antonio Rivero, L.C.

Textos: Is 66, 18-21; Hb 12, 4-7.11-13; Lc 13, 22-30

Idea principal: El “negocio” de la salvación es lo más importante, necesario, urgente y personal de nuestra vida. Santa Teresa de Jesús dijo: “al final de la vida el que se salva sabe y el que no, no sabe nada”.
Síntesis del mensaje: Jesús sigue educando a los discípulos, y a nosotros también. Y hoy nos da la clave de cómo salvarnos, es decir, los requisitos. Salvación completa: cuerpo y alma. Para salvarnos no basta el simple hecho de haber conocido a Jesús y pertenecer a la Iglesia, o tener privilegios de nacimiento o por algún mérito pasado. Es necesario también pasar por la “puerta estrecha” (evangelio), y abandonar la “puerta ancha”.
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, es un hecho que Dios “quiere que todos se salven” (1 Tim 2, 4). La primera lectura de hoy también nos lo recuerda: “Yo mismo vendré a reunir a todas las naciones…y verán mi gloria”. Y también el evangelio: “Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente…a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios”. ¡A todos! Judíos y paganos, cristianos, protestantes y anglicanos, musulmanes y budistas, ateos, agnósticos y renegados. Para eso, Dios Padre mandó a su Hijo al mundo. Para eso, Dios Hijo fundó su verdadera Iglesia, donde encontramos todos los medios de salvación: los sacramentos, la intercesión de la Santísima Virgen y de los Santos. Para eso, Dios Espíritu Santo realiza la obra de santificación en el alma de quienes le dejan, mediante la infusión de los siete dones y los frutos suculentos de su acción divina. Dios no tiene otro regocijo que el salvar a sus hijos esparcidos por todo el mundo.
En segundo lugar, ¿qué hacer entonces? Si el alma vale tan alto precio, y el hombre llega a perderla, ¿con qué bien del mundo podrá compensar tan grande pérdida? ¡Salvar nuestra alma! El negocio más importante, único y urgente, personal e irreparable de la vida es la salvación del alma. Negocio más importante, porque Dios mandó a su Hijo al mundo y le hizo derramar la sangre y morir en la cruz para salvar nuestras almas. Negocio único que tenemos en esta vida (cf. Lc 10, 42). San Bernardo lamenta la ceguera de los cristianos que, calificando de juegos pueriles a ciertos pasatiempos de la niñez, llaman negocios a los asuntos mundanos. ¡Cuántas locuras no cometerían mucho si pensasen en estas palabras de Cristo: «¿De qué le sirve al hombre–dice el Señor– ganar todo el mundo, si pierde su alma?» (Mt. 16, 26); palabras éstas que le recordaba una y otra vez en la Universidad de París Ignacio de Loyola al mundano Francisco Javier, hasta que le taladraron el alma y se convirtió. Negocio personal, porque sólo cada uno de nosotros tiene que invertir en salvar su propia alma. Negocio irreparable, pues «no hay error que pueda compararse –dice San Eusebio–al error de descuidar la eterna salvación». Todos los demás errores pueden tener remedio. Si se pierde la hacienda, posible es recobrarla por nuevos trabajos. Si se pierde un cargo, puede ser recuperado otra vez. Aun perdiendo la vida, si uno se salva, todo se remedió. Mas para quien se condena no hay posibilidad de remedio. Una vez sólo se muere; una vez perdida el alma, perdióse para siempre. No queda más que el eterno llanto con los demás míseros insensatos del infierno, cuya pena y tormento mayor será el considerar que para ellos no hay tiempo ya de remediar su desdicha (Jer 8. 20). Sólo en lo presente piensan los mundanos, no en lo futuro. Hablando en Roma una vez San Felipe Neri con un joven de talento, llamado Francisco Nazzera, le dijo así:«Tú, hijo mío, tendrás brillante fortuna: serás buen abogado; prelado después; luego, quizá cardenal, y tal vez pontífice; pero ¿y después?, ¿y después?». «Vamos –díjole al fin–, piensa en estas últimas palabras». Marchó Francisco a casa, y meditando en aquellas palabras: «¿Y después? ¿Y después?», abandonó los negocios terrenos, se apartó del mundo y entró en la misma congregación de San Felipe Neri, para no ocuparse más que en servir a Dios. Razón tenía San Felipe Neri al llamar loco al hombre que no atiende a salvar su alma.

Finalmente, el evangelio de hoy nos da la clave para salvarnos: entrar por la puerta estrecha. ¿Qué supone entrar por la puerta estrecha que conduce a la vida eterna y a la salvación? Nos responde la Didaché, obra de la literatura cristiana primitiva que pudo ser compuesta en la segunda mitad del siglo I, donde se narra la Enseñanza del Señor a las naciones por medio de los doce apóstoles: Hay dos caminos. Uno de la vida y otro de la muerte; pero la diferencia entre los dos caminos es grande. Al camino de la vida le corresponden el amor a Dios y al prójimo, el bendecir a quien nos maldice, el mantenerse alejado de los deseos carnales, perdonar a quien nos ofende, ser sincero, pobre; en suma, los mandamientos de Dios y las bienaventuranzas de Jesús. Al camino de la muerte le corresponden, por el contrario, la violencia, la hipocresía, la opresión del pobre, la mentira; en otras palabras, lo opuesto a los mandamientos y las bienaventuranzas (cf. Mateo 5, 1-8) .
Para reflexionar: ¿Son muchos los que se salvan? ¿Son pocos? ¿Estaré yo entre los que se salvan? ¿Qué he de hacer para salvarme? Esta poesía de fray Pedro de los Reyes (español del siglo XVI) nos puede hacer reflexionar hoy:
YO PARA QUE NACÍ
Yo para qué nací? Para salvarme.

Que tengo de morir es infalible.
Dejar de ver a Dios y condenarme,
Triste cosa será, pero posible.
¿Posible? ¿Y río, y duermo, y quiero holgarme?
¿Posible? ¿Y tengo amor a lo visible?
¿Qué hago?, ¿en qué me ocupo?, ¿en qué me encanto?
Loco debo de ser, pues no soy santo.

Para rezar: recemos con el Salmo 69 (68).

Reinstitución de las diaconisas

FELIPE ARIZMENDI ESQUIVEL

¿Qué hacían las diaconisas? ¿Qué podrían hacer?
VER
“Tras una oración intensa y una reflexión madura, su Santidad ha decidido instituir la comisión de estudio sobre el diaconado de las mujeres”, anunció la Sala de Prensa de la Santa Sede. De esta forma, cumple lo que ofreció a la Unión Internacional de Superioras Generales, que le hicieron la propuesta. ¿Qué significa y qué implica esto? ¿Será un camino para que las mujeres puedan ser ordenadas sacerdotes?
En los primeros siglos de la Iglesia había diaconisas. San Pablo menciona a una: “Les recomiendo a nuestra hermana Febe, diaconisa de la Iglesia de Cencreas. Recíbanla bien, como debe hacerse entre cristianos y santos hermanos, y ayúdenla en todo lo que necesite, pues muchos están en deuda con ella, y yo también”(Rom 16,1-2).
¿Qué hacían? Como se acostumbraba el bautismo de personas adultas por inmersión y bajaban al agua sin ropa, para después revestirse con una túnica blanca, no era decente que esta celebración la hicieran el obispo, los presbíteros o los diáconos; por ello, se establecieron mujeres diaconisas que bautizaran a las mujeres. Además, cuando había quejas de esposas porque sus maridos las habían golpeado, las diaconisas debían revisar el cuerpo de la mujer, para comprobar las heridas o los hematomas; no era prudente que fueran varones quienes hicieran tal revisión. Por otra parte, se acostumbraba hacer las unciones de los enfermos en las partes del cuerpo que les dolían; lo conveniente era que tal servicio lo dieran las mujeres. Con el tiempo, estas costumbres cambiaron y desaparecieron las diaconisas. No hay constancia de que hayan recibido la ordenación sacramental, sino que era un servicio que daban en la comunidad.
PENSAR
¿Conviene que hoy se instituyan de nuevo? Antes del Concilio Vaticano II (1962-65), el diaconado era sólo para varones célibes que se preparaban al sacerdocio. El Concilio restableció el diaconado permanente “no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio” (LG 29), para dar algunos servicios como administrar el bautismo, asistir al matrimonio, proclamar el Evangelio y predicar en la Misa, dar la bendición con el Santísimo, celebrar las exequias de los difuntos, hacer diversas bendiciones. Este diaconado se confiere a varones casados, y actualmente hay miles en toda la Iglesia. No celebran Misa, ni confiesan, ni ungen sacramentalmente a los enfermos. Se estudia si también se puede conferir el diaconado a mujeres.

¿Qué podrían hacer? Lo mismo que los diáconos. Sin embargo, para esas celebraciones no hacen falta diaconisas; el obispo puede autorizar a mujeres catequistas, a esposas de diáconos permanentes, a religiosas y a otras mujeres adecuadamente preparadas, para que las hagan. Yo he delegado, conforme a las normas de la Iglesia, a dos mujeres indígenas para bautizar y presidir matrimonios, en lugares lejanos donde es rara la presencia de un sacerdote y no hay diáconos.
El Catecismo de la Iglesia Católica indica: “El ministerio eclesiástico, instituido por Dios, está ejercido en diversos órdenes por aquellos que ya desde antiguo reciben los nombres de obispos, presbíteros y diáconos. La doctrina católica, expresada en la liturgia, el magisterio y la práctica constante de la Iglesia, reconoce que existen dos grados de participación ministerial en el sacerdocio de Cristo: el episcopado y el presbiterado. El diaconado está destinado a ayudarles y a servirles. Por eso, el término ‘sacerdote’ designa, en el uso actual, a los obispos y a los presbíteros, pero no a los diáconos. Sin embargo, la doctrina católica enseña que los grados de participación sacerdotal (episcopado y presbiterado) y el grado de servicio (diaconado) son los tres conferidos por un acto sacramental llamado ‘ordenación’, es decir, por el sacramento del Orden” (1554).
Se excluye por completo que las posibles diaconisas llegaran a ser ordenadas sacerdotes. Esto ya quedó finiquitado desde 1994 por el Papa Juan Pablo II: “Con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia” (Ordinatio Sacerdotalis, 4).
ACTUAR
Pidamos al Espíritu Santo que ilumine al Papa para decidir lo más conveniente. Mientras tanto, sigamos dando a las mujeres el lugar que les corresponde en la Iglesia y en la sociedad.

15 agosto 2016

Pide por las poblaciones golpeadas por “masacres realizadas en un silencio vergonzoso, sin atraer ni siquiera nuestra atención”

El Papa hoy en el Ángelus

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días. Y buena fiesta de la Asunción!
La página evangélica de la fiesta de hoy, de la Asunción de María al cielo, describe el encuentro entre María y su prima Isabel, subrayando que “María se levantó y fue rápidamente hacia la región montañosa, en una ciudad de Judea”. En aquellos días, María corría hacia una pequeña ciudad en los alrededores de Jerusalén para encontrar a Isabel.
Hoy la vemos en su camino hacia la Jerusalén celeste, para encontrar finalmente el rostro del Padre y volver a ver el rostro de su hijo Jesús. Muchas veces en su vida terrena había recorrido zonas montañosas, hasta la última etapa dolorosa del Calvario, asosociada al misterio de la pasión de Cristo.
Ahora la vemos alcanzar la montaña de Dios, “vestida de sol con la luna bajo sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas”, como dice el libro del Apocalipsis, y cruzar el umbral de la patria celeste.
Fue la primera en creer en el Hijo de Dios y la primera que fue llevada al cielo en cuerpo y alma. Fue la primera que acogió y tomó en sus brazos a Jesús cuando aún era niño y la primera en ser recibida en sus brazos para ser introducida en el Reino eterno del Padre.
María, humilde y simple muchacha de un pueblo perdido en la periferia del imperio, justamente porque acogió y vivió el Evangelio fue admitida por Dios a estar durante la eternidad al lado del trono de su hijo. Es así que el Señor destituye a los poderosos de sus tronos y eleva a los humildes. (cfr Lc 1, 52).
La Asunción de María es un misterio grande que se refiere a cada uno de nosotros y se refiere a nuestro futuro. María, de hecho nos precede en el camino hacia el cual se encaminan aquellos que mediante el bautismo han atado su vida a Jesús, como María ató a Él la propia vida.
La fiesta de hoy nos hace mirar al cielo. La fiesta de hoy preanuncia “cielos nuevos y tierra nueva”, con la victoria de Cristo resucitado sobre la muerte y la derrota definitiva del maligno.
Por lo tanto la exultación de la humilde joven de Galilea, expresado en el canto del Magnificat, se vuelve el canto de la humanidad entera, que se complace en ver al Señor inclinarse sobre todos los hombres y todas las mujeres, humildes criaturas, y asumirlos con él en el cielo.
El Señor se inclina sobre los humildes para elevarlos, como indica el canto del Magnificat. Este canto los lleva también a pensar en tantas situaciones dolorosas actuales, en particular en las mujeres subyugadas por el peso de la vida y el drama de la violencia, en las mujeres esclavas de la prepotencia de los poderosos, en las niñas obligadas a trabajos inhumanos, en las mujeres obligadas a rendirse en el cuerpo y en el espíritu concupiscencia de los hombres.
Pueda llegar cuanto antes a ellas el inicio de una vida de paz, de justicia, de amor, mientras esperan el día en el que finalmente se sentirán tomadas por manos que no las humillan, pero que con ternura las elevan y las conducen hacia el cielo.
María, una niña, una mujer que ha sufrido tanto en su vida nos hace pensar en estas mujeres que sufren tanto. Pidamos al Señor que Él mismo las conduzca por la mano y las lleve en por los caminos de la vida, liberándolas de esta esclavitud.
Ahora nos dirigimos con confianza a María, dulce Reina del cielo y le pedimos, “Dadnos días de paz, vigila sobre nuestro camino, haz que veamos a tu Hijo, llenos de la alegría del Cielo”. (Himno segundo de las vísperas).
Después de rezar la oración del ángelus dirigió las siguientes palabras:
“Queridos hermanos y hermanas.
A la Reina de la paz, que contemplamos hoy en la gloria celeste, deseo confiarle nuevamente las ansias y los dolores de las poblaciones que en tantas partes del mundo son víctimas inocentes de persistentes conflictos.
Mi pensamiento se dirige a los habitantes de Nord Kivu, en la República Democrática del Congo, recientemente golpeada por nuevas masacres realizadas en un silencio vergonzoso, sin atraer ni siquiera nuestra atención. Estas víctimas hacen parte, lamentablemente, de los tantos inocentes que no tienen ningún peso en la opinión mundial. Obtenga María para todos sentimientos de compasión, de comprensión y el deseo de concordia.
Saludo a todos, romanos y peregrinos que llegan desde los diversos países. En particular saludo a los jóvenes de Villadose, a los fieles de Credaro y a los de Crosara.
Les deseo una hermosa fiesta de la Asunción, a todos los que están aquí presentes, a quienes se encuentran en los lugares de veraneo, así como a todos aquellos que no han podido irse de vacaciones, especialmente a los enfermos, a las personas solas y a quienes en estos días de fiesta aseguran los servicios indispensables para la comunidad.
Les agradezco de haber venido y por favor, no se olviden de rezar por mi”. Y concluyó: “¡Buon pranzo e arrivederci!”.

La Iglesia no necesita burócratas sino misioneros apasionados

El Papa ayer en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo (Lc 12,49-53) forma parte de las enseñanzas de Jesús dirigidas a los discípulos a lo largo de su camino hacia Jerusalén, donde espera la muerte de cruz. Para indicar el fin de su misión, Él usa tres imágenes: el fuego, el bautismo y la división. Hoy quiero hablar de la primera imagen, la del fuego, el fuego.
Jesús la expresa con estas palabras: “He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!” (v.49). El fuego del que Jesús habla es el fuego del Espíritu Santo, presencia viva y operante en nosotros desde el día de nuestro Bautismo. Esto, el fuego, es una fuerza creadora que purifica y renueva, quema toda miseria humana, todo egoísmo, todo pecado, nos transforma desde dentro, nos regenera y nos hace capaces de amar. Jesús desea que el Espíritu Santo se encienda como fuego en nuestro corazón, porque solo saliendo del corazón, estad atentos a esto, y solo saliendo del corazón que el incendio del amor divino podrá desarrollarse y hacer crecer el Reino de Dios. No sale de la cabeza, sale del corazón, y por eso Jesús quiere que este fuego salga de nuestro corazón. Si nos abrimos completamente a la acción del Espíritu Santo, Él nos donará la audacia y el fervor para anunciar a todos a Jesús y su mensaje consolador de misericordia y de salvación, navegando en mar abierto, sin miedos. El fuego comienza en el corazón.
En el cumplimiento de su misión en el mundo, la Iglesia, es decir, todos nosotros, Iglesia, necesita la ayuda del Espíritu Santo para no dejarse frenar por el miedo y el cálculo, para no acostumbrarse a caminar dentro de las fronteras seguras. Estas dos actitudes llevan a la Iglesia a ser una Iglesia funcional que no corre riesgo nunca. Sin embargo la valentía apostólica que el Espíritu Santo enciende en nosotros como un fuego nos ayuda a superar los muros y las barreras, nos hace creativos y nos urge a ponernos en movimiento para caminar también por caminos inexplorados o incómodos, ofreciendo esperanza a los que encontramos. Estamos llamados a convertirnos cada vez más en comunidad de personas guiadas y transformadas por el Espíritu Santo, llenas de comprensión, personas de corazón dilatado y de rostro alegre. Más que nunca hay necesidad, más que nunca hoy hay necesidad de sacerdotes, de consagrados y de fieles laicos, con la mirada atenta del apóstol, para conmoverse y detenerse delante de los desfavorecidos y a las pobrezas materiales y espirituales, caracterizando así el camino de la evangelización y de la misión con el ritmo sanador de la proximidad. Es precisamente el fuego del Espíritu Santo que nos lleva a hacernos prójimos de los otros, de las personas que sufren, de los necesitados, de tantas miserias humanas, de problemas, de refugiados, de los que sufren. Ese fuego que viene del corazón. Fuego. 
En este momento pienso con admiración sobre todo en los numerosos sacerdotes, religiosos y laicos que, en todo el mundo, se dedican al anuncio del Evangelio con gran amor y fidelidad, no pocas veces a costa de la vida. Su testimonio ejemplar nos recuerda que la Iglesia no necesita burócratas y funcionarios diligentes, sino misioneros apasionados, devorados por el ardor de llevar a todos la palabra consoladora de Jesús y de su gracia regeneradora. Esto es el fuego del Espíritu Santo, si la Iglesia no recibe este fuego o no le deja entrar en sí, se convierte en una Iglesia fría o solo tibia, incapaz de dar vida porque está hecha de cristianos fríos y tibios. Nos hará bien hoy, tomar cinco minutos, y cada uno de nosotros preguntarnos, ¿cómo va mi corazón? ¿está frío, tibio, o es capaz de tomar este fuego? Tomemos cinco minutos para esto. Nos hará bien a todos.
Pidamos a la Virgen María rezar con nosotros y por nosotros al Padre celeste, para que derrame sobre todos los creyentes el Espíritu Santo, fuego divino que caliente los corazones y nos ayude a ser solidarios con las alegrías y los sufrimientos de nuestros hermanos. Nos sostenga en nuestro camino el ejemplo de san Massimiliano Kolbe, mártir de la caridad, de quien hoy celebramos la fiesta: él nos enseñe a vivir el fuego del amor para Dios y para el prójimo.
 Después del ángeles, el Santo Padre ha añadido.
Queridos hermanos y hermanas,
Saludo con afecto a todos vosotros, romanos y peregrinos presentes.
También hoy tengo la alegría de saludar a algunos grupos de jóvenes: sobre todo a los scout venidos de París; y a los jóvenes que han llegado a Roma en peregrinación a pie o en bicicleta desde Bisuschio, Treviso, Solarolo, Macherio, Sovico, Vall’Alta de Bergamo y los seminaristas del seminario menor de Bérgamo. Repito también a vosotros las palabras que han sido el tema del gran encuentro de Cracovia: “Beatos los misericordiosos, porque encontrarán misericordia”; esforzaros en perdonar siempre y tened un corazón compasivo.
Saludo también a la Asociación del Proyecto “Cartoline in bicicletta”.
A todos os deseo un feliz domingo y un buen almuerzo. Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Hasta la vista!

Decálogo para saber envejecer

FAMILIA Y VIDA (CATHOLIC.NET)

Para conocer los secretos de “saber envejecer”, valga este decálogo fácil y sencillo.
El verano y las vacaciones son, sin duda, una época propicia para rejuvenecer, para mostrar nuestra mejor silueta, para considerarnos más en forma.
Todo el mundo quiere ser joven y parecerlo. Incluso las personas de edad más avanzada. Quizás porque, como decía alguien, “nada nos hace envejecer con mayor rapidez que el pensar incesantemente en que nos hacemos viejos”. Por eso, lo mejor será pensar que aún somos jóvenes.
Como suele decir Manuel Alcántara, con su fino humor: “Y dentro de cien años, cuando todos seamos jóvenes…”. Pues, eso. Acaso lo más interesante, y además, gran verdad, sea pensar que “toda edad tiene sus propios frutos; hace falta saberlos recoger”. Para quien quiera conocer los secretos de “saber envejecer”, valga este decálogo fácil y sencillo.
1. “Cuidarás tu presentación cada día”. Arréglate como si fueras a una fiesta. ¡Qué más fiesta que la vida! Que al verte se alegren los ojos de los demás.
2. “No te encerrarás en tu casa ni en tu habitación”. Saldrás a la calle y al campo de paseo: “El agua estancada se pudre”.
3. “Amarás el ejercicio físico”. Un rato de gimnasia, una caminata razonable dentro o fuera de casa, por lo menos abrir la puerta, regar las rosas, contestar el teléfono.
4. “Evitarás actitudes y gestos de viejo derrumbado”. La cabeza gacha, la espalda encorvada, la mirada perdida, no favorecen nada. Que la gente diga un piropo cuando pasas: “¡Qué recto va el señor! ¡Qué guapa la señora!”.
5. “¡No hablarás de tu edad, ni te quejarás de tus achaques reales o imaginarios!”. Acabarás por creerte más viejo y más enfermo de lo que eres. A la gente no le gusta oír historias de hospital. Cuando te pregunten cómo estás, dirás que. ¡muy bien!
6. “Cultivarás el optimismo sobre todas las cosas”. Al mal tiempo, buena cara. Sé positivo y`de buen humor. La vejez no es cuestión de años sino un estado de ánimo. El corazón no envejece.
7. “Tratarás de ser útil a los demás”. Ayuda con una sonrisa, un consejo, un servicio. No te coloques el cartel de “inservible”.
8. “Trabajarás con tus manos y con tu mente”. Haz lo que puedas. El trabajo es la terapia infalible.
9. “Mantendrás vivas y cordiales las relaciones humanas”. Desde luego, las que se anudan en el hogar, integrándote a todos los miembros de tu familia.
10. “No pensarás que todo el tiempo pasado fue mejor”. Deja de estar condenando tu mundo y maldiciendo tu momento.
Fáciles consejos que todos podemos poner en práctica. Nos irá fenomenal.

11 agosto 2016

“La crisis del mundo es sobre todo una crisis espiritual”

Cardenal Bagnasco  (ZENIT – Roma)


En la misa en honor a san Lorenzo, el arzobispo de Génova explica que existe hoy también una forma más sutil de persecución
Fue asesinado el 10 de agosto del 258 por orden del emperador romano Valeriano porque no estaba dispuesto a negociar su fe en Cristo. El martirio de san Lorenzo es todavía actual. Lo es en la medida en la que, en el mundo, muchos cristianos están dispuestos a aceptar sacrificios por no aceptar al pensamiento dominante.
Lo dijo este miércoles el cardenal Angelo Bagnasco, en la misa celebrada en ocasión de la fiesta de san Lorenzo, patrón de la catedral de Génova, de la que es arzobispo el presidente de la Conferencia Episcopal Italiana.
La historia de san Lorenzo sugiere al purpurado italiano una comparación con la época contemporánea: “mientras continúan las persecuciones clásicas, que conocemos de una historia que se creía lejana, hoy se añaden formas refinadas pero no menos crueles, legalizadas pero no menos injustas”. Su referencia es a “nuestro viejo occidente”, “enfermo como está en las propias ideologías fracasadas”, que presume de “derechos” mientras que “discriminan el cristianismo cada vez más”. Sin embargo –advirtió el cardenal– ningún poderoso de la tierra podrá poseer para siempre el corazón del hombre a través de la propaganda de las mentiras, con promesas trucadas, democracias aparentes.
Hoy, añadió el presidente de la CEI, en nombre de valores como la igualdad, la tolerancia, los derechos, se pretende marginar el cristianismo y se quiere crear un orden mundial sin Dios, donde la diversidad por una parte es exaltada y por otro es aplastada. Existe “la voluntad prepotente de homologar, de querer condicionar las visiones profundas de la vida y de los comportamientos, el sistemático restablecimiento de las identidades culturales”.
Se está llevando a cabo en Europa –según el cardenal Bagnasco– una refundación continental dañina que los pueblos sienten pesada y arrogante, donde el cristianismo viene considerado divisivo porque no se postrar a los emperadores de turno. Pero “la historia demuestra que cuando los poderosos se concentran en la propia supervivencia para ambiciones personales, y renuncian a los intereses públicos, es la hora de la decadencia”.
El arzobispo de Génova recordó que “la crisis del mundo es sobre todo una crisis espiritual” y “nuestro continente, frente a los desafíos actuales, tartamudea porque está perdido y asustado, porque ya no sabe quién es, habiendo cortado sus orígenes culturales y religiosos, hasta sentir vergüenza de las propias tradiciones, de los propios símbolos y de los propios ritos”.
A propósito de san Lorenzo, el cardenal Bagnasco precisó el valor que el cristianismo da al martirio: “El mártir no es aquel que pierde la vida en el intento de quitarla a los otros, sino aquel que ofrece su vida para que los otros la tengan”. Como recuerda el Evangelio de esta memoria litúrgica: “Si el grano de trigo muere, produce mucho fruto” y “los frutos verdaderos son vida, no muerte”.
Por otro parte, “la vida humana es sagrada porque viene de Dios” por tanto –la conclusión del arzobispo de Génova– es que “va siempre respetada y nadie se la puede quitar a sí mismo o a los otros”.