22 abril 2022

“¡Hemos visto al Señor!”

Domingo de la Divina Misericordia.

Evangelio (Jn 20,19-31)

Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, con las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos cerradas por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo:

—La paz esté con vosotros.

Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor se alegraron los discípulos. Les repitió:

—La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo.

Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo:

—Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.

Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron:

—¡Hemos visto al Señor!

Pero él les respondió:

—Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré.

A los ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo:

—La paz esté con vosotros.

Después le dijo a Tomás:

—Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.

Respondió Tomás y le dijo:

—¡Señor mío y Dios mío!

Jesús contestó:

—Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído.

Muchos otros signos hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no han sido escritos en este libro. Sin embargo, éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.


Comentario

El domingo de Resurrección Jesús se manifestó a los discípulos, que estaban recluidos por temor, para llenarlos de alegría y enviarlos a anunciar la Buena Noticia como el Padre lo envío a Él. El Señor les muestra sus llagas gloriosas como pruebas palpables de su triunfo y les desea la paz, que es “el don precioso que Cristo ofrece a sus discípulos después de haber pasado a través de la muerte y los infiernos –explica el Papa Francisco−. Es el fruto de la victoria del amor de Dios sobre el mal, es el fruto del perdón.

El Evangelio de este segundo domingo del Tiempo de Pascua cuenta que el discípulo Tomás no estaba con los otros en aquella ocasión. Cuando regresa, no cree en el testimonio jubiloso de todos: “¡Hemos visto al Señor!”. Lo achaca quizá a una experiencia interna o a un desvarío colectivo. Tomás exige algo más que el testimonio apostólico y pide signos evidentes para creer y cambiar de vida. Al domingo siguiente, Jesús volvió a mostrarse. “Quizá tú también escuches en este momento el reproche dirigido a Tomás –escribió san Josemaría−: mete aquí tu dedo, y registra mis manos; y trae tu mano, y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel; y, con el Apóstol, saldrá de tu alma, con sincera contrición, aquel grito: ¡Señor mío y Dios mío!, te reconozco definitivamente por Maestro, y ya para siempre —con tu auxilio— voy a atesorar tus enseñanzas y me esforzaré en seguirlas con lealtad”.

En este domingo de la Divina Misericordia, comentaba el Papa Francisco: “entrando en el misterio de Dios a través de las llagas  comprendemos que la misericordia no es una entre otras cualidades suyas, sino el latido mismo de su corazón. Y entonces, como Tomás, no vivimos más como discípulos inseguros, devotos pero vacilantes, sino que nos convertimos también en verdaderos enamorados del Señor”.

Es natural que sintamos el anhelo de Tomás −querer ver y palpar a Jesús−, porque conocemos a través de nuestros sentidos corporales. Por eso nos preguntamos con el Papa, “¿cómo saborear este amor, cómo tocar hoy con la mano la misericordia de Jesús? Nos lo sugiere el Evangelio, cuando pone en evidencia que la misma noche de Pascua (cf. v. 19), lo primero que hizo Jesús apenas resucitado fue dar el Espíritu para perdonar los pecados. Para experimentar el amor hay que pasar por allí: dejarse perdonar.

También podemos sentir como dirigida a nosotros la última bienaventuranza que pronunció Jesús en la tierra, provocada por el desconfiado Tomás: “Bienaventurados los que sin haber visto hayan creído”. La fe, la confianza en Dios sin pruebas llamativas, es una dicha, un don que hemos de pedir humildemente: “¡auméntanos la fe!” (Lc 17,5). Es un regalo que hemos de cultivar y practicar con obras diarias, porque “el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas porque yo voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo” (Jn 14,12-14). Por eso decía san Josemaría, “Dios es el de siempre. −Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura.

Fuente: opusdei.org


Abrazo a la Cruz salvadora

José Antonio García-Prieto Segura

“Una imagen vale más que mil palabras”. La frase viene como anillo al dedo para la foto que encabeza este artículo, porque refleja la tragedia sobrevenida al pueblo de Ucrania, conmovedora del mundo entero. Hay imágenes que golpean terriblemente y suscitan hondos sentimientos. Pero como no solo de sentimientos vive el hombre, sino de palabras que los expliquen y contextualicen, toda imagen reclama una razón que sustente su valor. De lo contrario, los afectos suscitados, por vivos que sean, quedan sin soporte racional y pierden su hondura propiamente humana.

La foto del hombre abrazado a la cruz pide una lectura y enfoque contextual trascendentes: religiosos para ser precisos; y, aún más, una mirada desde la fe cristiana. Lo reclama a gritos la misma imagen, porque el sufrimiento que sin duda anegaba el corazón de ese hombre, tenía su referente en la imagen del otro hombre   que se ve un poco más arriba, no ya abrazado sino crucificado en el mismo leño:   en Cristo, que se ofreció por toda la humanidad en el Calvario. Sin esta referencia, la foto quedaría sin valor y lo mismo habría dado que en lugar de aparecer abrazado a la cruz lo hubiera hecho a una farola; esta chirriante comparación sirve para dar a esa imagen su auténtico valor: la del sufrimiento de Cristo por todos nosotros, ofreciéndonos consuelo y fortaleza, como cabe pensar que estaría encontrando ese hombre.

¡Cuánto me hubiera gustado hablar con él y escuchar sus palabras de desahogo, sin duda edificantes! Ojalá que esa foto haya avivado la fe de los creyentes y despertado decisiones de mayor responsabilidad e implicación personal en esta tragedia. Desearía igualmente que si algún agnóstico, o gentes alejadas de la fe cristiana la hubieran visto, les haya suscitado interrogantes que les acerquen más a un Dios que, hecho hombre, muere por nosotros en la Cruz. Es lo que le sucedió a una joven japonesa, desconocedora del cristianismo, cuando se topó por primera vez con una representación de Cristo crucificado. Su experiencia está recogida en el libro Los cerezos en flor, de José Miguel Cejas. Ofrezco al lector pasajes de su testimonio, esperando que les resulten tan atractivos como me parecieron a mí.

Kazuko Kawata, así llamada la protagonista, poco después de terminada la II Guerra Mundial, vivía en Kioto, donde muchos establecimientos permanecían cerrados y medio derruidos. Nishiori, uno de ellos, famoso en Japón por fabricar telas para kimonos, estaba abandonado y según Kazuko, que entonces tenía seis años, era el lugar perfecto para jugar al escondite. En las estanterías quedaban libros de muestras, con dibujos de bordados, y figuras fantásticas. Un día, jugando, como las amigas tardaban en encontrarla, comenzó a hojear un libro que reproducía cuadros occidentales. Y cedo la palabra a Kazuko:

“De pronto, vi en una de las páginas la imagen de un hombre clavado en dos troncos de árbol en forma de cruz. Estaba muerto y tenía el cuerpo ensangrentado y lleno de llagas. (…) Aquella imagen me impresionó profundamente. Durante años me pregunté por qué razón habrían torturado a aquel hombre de forma tan salvaje. ¿Sería un forajido famoso? No lo parecía, por el respeto con que lo contemplaban el resto de los personajes del cuadro. Entonces, ¿quién era?”.

Pasaron los años y cuando tenía dieciocho, un día entró, por curiosidad, en la antigua catedral de Kioto: “Allí me encontré de nuevo con la imagen del hombre torturado que se había quedado grabada en mi alma desde la niñez. Fue la primera vez que la asocié al cristianismo. Y al ver su rostro dolorido, me conmoví. No fue una impresión estética, porque en Kioto tenemos unos templos maravillosos (…) Fue algo más profundo, y al mismo tiempo incomprensible para mí”. A través de una amiga católica, llegó a la luz de la fe y recibió el bautismo.

La amiga le había explicado que los sufrimientos de Cristo eran la manifestación del amor que Dios nos tiene; y Kazuko comenta: “Nunca había pensado que Dios pudiera amarnos personalmente. Decidí estudiar el catecismo (…), y desde entonces he meditado con frecuencia en la Pasión de Cristo”.  Finalmente, deja una consideración que debería hacernos reflexionar seriamente a los creyentes: “Pienso que los cristianos estamos tan acostumbrados a ver las imágenes de Nuestro Señor clavado en la Cruz, que no nos damos cuenta de todo el dolor y de todo el amor que encierra esa escena: ¡un Dios que se hace hombre y muere para salvarnos!”.

Volvamos a nuestro hombre de Lviv, en Ucrania, que estaría de acuerdo con el pensamiento de Kazuko. Quizá, buscando fortaleza en la Cruz salvadora de Cristo, ese hombre se preguntaría: ¿Por qué, Señor, esta locura de la guerra? Múltiples respuestas y análisis se han hecho, útiles, sin duda, porque hay que mirar el mundo “de tejas abajo”. Pero insuficientes si falta la referencia definitiva anclada en lo trascendente; si prescindimos de esta volveremos a las andadas, como demuestra la historia. En la entraña íntima de esta guerra, hay una realidad que -en su Consagración del mundo y en especial de Rusia y Ucrania, al Corazón de María- el Papa Francisco ha señalado dándole un nombre: “Hemos herido con el pecado el corazón de nuestro Padre, que nos quiere hermanos y hermanas”. Esto, desgraciadamente, no es algo puntual, de hoy; siempre ha sido así cuando traicionamos la llamada que Dios nos hace para vivir de amor como hijos suyos y hermanos en Cristo. Lo expresó muy bien un Premio Nobel ruso: Alexander Solzhenitsyn.

En 1985 refiriéndose a las penalidades y muertes provocadas por el derrocamiento del régimen zarista y la Revolución rusa iniciada en 1917, declaraba en Seléction du Reader’s Digest: “Me acuerdo de haber escuchado a los ancianos sus explicaciones sobre los males que se habían abatido sobre Rusia: ‘Los hombres se han olvidado de Dios; es esta la causa de todo lo que está ocurriendo’”. Escribió ocho volúmenes sobre aquellos acontecimientos y concluía: “Si se me pidiera ahora formular, de la forma más concisa posible, la causa principal de este desastre que ha sepultado a más de sesenta millones de mis compatriotas, no podría hacer nada mejor que repetir continuamente a mi alrededor: “Los hombres se han olvidado de Dios; es ésta la causa de todo lo que está ocurriendo”.

Estas palabras no han perdido actualidad: en el centro de tantas locuras está el olvido de Dios. Quiera Él que a todos nos ayuden la imagen del hombre de Lviv, las reflexiones de Kazuko y las del Nobel ruso; y, sobre todo, las palabras de Francisco que, después de señalar el pecado, nos anima a pedir perdón, porque “Dios no nos abandona, sino que continúa mirándonos con amor, deseoso de perdonarnos y levantarnos de nuevo” (Texto de la Consagración, 25-III-22). ¿Haremos oídos sordos?        

Fuente: religion.elconfidencialdigital.com/

21 abril 2022

Contribuir a la paz

Pedro López


Si no se rompe esta espiral de lucha no terminaremos nunca

 Mi amigo, a propósito del clima belicista, me hace una consideración que traslado: ¿Cómo podemos contribuir a la paz del mundo los ciudadanos corrientes?

 En mi opinión, ya no vale la máxima clásica de que si quieres la paz prepárate para la guerra. De modo que incrementar el gasto presupuestario en defensa no sirve para solucionar la paz, si lo que conlleva es una carrera armamentística que, de ser usada, borraría de la faz de la tierra, en 100 minutos, a 100 millones de habitantes, dejando un rastro de destrucción inimaginable. Por tanto, lo que conviene hacer es instaurar una nueva lógica de la paz que pasa inexorablemente por aprender a convivir.

 En este sentido, no sirve solo con presionar a los gobiernos o a las Naciones Unidas para que desaparezcan los vetos de los cinco grandes (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Gran Bretaña), sino que es necesario que las resoluciones de la ONU sean vinculantes, gusten o no, a todos los países componentes. No es tarea fácil; pero hay que proseguir en este intento.

 Una cosa más cercana a nosotros, y que ahora se hace más patente, es la lucha marxista que define a nuestras sociedades democráticas y que da lugar a la “cultura de la cancelación”. Aterricemos. La (in)cultura de la cancelación viene del movimiento woke, que a su vez procede del queer, que a su vez se origina de la corriente radical feminista, que viene de una dialéctica destructiva: la del enfrentamiento. La mujer contra el hombre; la de los hijos contra los padres; la de los alumnos contra los profesores; la de los blancos contra los negros; las féminas contra los trans; la de “hunos contra lo hotros” en frase unamuniana… Interminable, puesto que la dialéctica hegeliana en la que se basa es la de una tesis que se contrapone a una antítesis que origina una síntesis, que, a su vez, es la tesis de otra antítesis, y así ad infinitum. Si no se rompe esta espiral de lucha no terminaremos nunca. Lo malo es que se estructura “racionalmente”, con una lógica miope y torpe porque es un a priori pre-político, un prejuicio, que degenera en una racionalización de la mala voluntad; y, que sirve para dárselas de moderno, cuando en realidad regresamos a la barbarie.

La cancelación supone que aquel que difiera del discurso predominante, de lo políticamente correcto, queda cancelado: se le censura, se le ningunea, se le cercena su carrera, se le acosa y se le derriba, se le arroja a las tinieblas exteriores, se le mata civilmente… y este despropósito es aplaudido por cretinos que consideran que están  realizando un favor a la humanidad, cuando no hacen más que poner un muro más de separación, injusto y agresivo.

 Así pues, la contribución de los ciudadanos a la paz consiste en saber convivir con los otros, con los divergentes, con los que piensan de otra manera. En cristiano, es el amor a los demás, la comprensión y la transigencia, la empatía con quien consideramos que está errado; y desde la argumentación racional, sin deconstructivismos, ni eslóganes que originan, a la hora de dialogar, una torre de babel: porque las palabras son también misiles ideológicos cuando no se tienen en cuenta su significado o se las manipula para inyectarlas hipersónicamente y destruir y descalificar al oponente.

Mucho nos queda por progresar para alcanzar la paz en nuestro propio entorno, y no es cosa de los otros.

Fuente: levante-emv.com


“Honra a tu padre y a tu madre”: el amor por la vida vivida

 El Papa ayer en la Audiencia General


Catequesis sobre la vejez 6.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, con la ayuda de la Palabra de Dios que hemos escuchado, abrimos un pasaje a través de la fragilidad de la edad anciana, marcada de forma especial por las experiencias del desconcierto y del desánimo, de la pérdida y del abandono, de la desilusión y la duda. Naturalmente, las experiencias de nuestra fragilidad, frente a las situaciones dramáticas —a veces trágicas— de la vida, pueden suceder en todo tiempo de la existencia. Sin embargo, en la edad anciana estas pueden suscitar menos impresión e inducir en los otros una especie de hábito, incluso de molestia. Cuántas veces hemos escuchado o hemos pensando: “Los ancianos molestan”; lo hemos dicho, lo hemos pensando… Las heridas más graves de la infancia y de la juventud provocan, justamente, un sentido de injusticia y de rebelión, una fuerza de reacción y de lucha. En cambio, las heridas, también graves, de la edad anciana están acompañadas, inevitablemente, por la sensación de que, sea como sea, la vida no se contradice, porque ya ha sido vivida. Y así los ancianos son un poco alejados también de nuestra experiencia: queremos alejarlos.

En la común experiencia humana, el amor —como se dice— es descendiente: no vuelve sobre la vida que está detrás de las espaldas con la misma fuerza con la que se derrama sobre la vida que está todavía delante. La gratuidad del amor aparece también en esto: los padres lo saben desde siempre, los ancianos lo aprenden pronto. A pesar de eso, la revelación abre un camino para una restitución diferente del amor: es el camino de honrar a quien nos ha precedido. El camino de honrar a las personas que nos han precedido empieza aquí: honrar a los ancianos.

Este amor especial que se abre el camino en la forma del honor —es decir, ternura y respeto al mismo tiempo— destinado a la edad anciana está sellado por el mandamiento de Dios. «Honrar al padre y a la madre» es un compromiso solemne, el primero de la “segunda tabla” de los diez mandamientos. No se trata solamente del propio padre y de la propia madre. Se trata de la generación y de las generaciones que preceden, cuya despedida también puede ser lenta y prolongada, creando un tiempo y un espacio de convivencia de larga duración con las otras edades de la vida. En otras palabras, se trata de la vejez de la vida.

Honor es una buena palabra para enmarcar este ámbito de restitución del amor que concierne a la edad anciana. Es decir, nosotros hemos recibido el amor de los padres, de los abuelos y ahora nosotros les devolvemos este amor a ellos, a los ancianos, a los abuelos. Nosotros hoy hemos descubierto el término “dignidad”, para indicar el valor del respeto y del cuidado de la vida de todos. Dignidad, aquí, equivale sustancialmente al honor: honrar al padre y a la madre, honrar a los ancianos y reconocer la dignidad que tienen.

Pensemos bien en esta bonita declinación del amor que es el honor. El cuidado mismo del enfermo, el apoyo a quien no es autosuficiente, la garantía del sustento, pueden carecer de honor. El honor desaparece cuando el exceso de confianza, en vez de declinarse como delicadeza y afecto, ternura y respeto, se convierte en rudeza y prevaricación. Cuando la debilidad es reprochada, e incluso castigada, como si fuera una culpa. Cuando el desconcierto y la confusión se convierten en un resquicio para la burla y la agresividad. Puede suceder incluso entre las paredes domésticas, en las residencias, como también en las oficinas o en los espacios abiertos de la ciudad. Fomentar en los jóvenes, también indirectamente, una actitud de suficiencia —e incluso de desprecio— hacia la edad anciana, sus debilidades y su precariedad, produce cosas horribles. Abre el camino a excesos inimaginables. Los chicos que queman la manta de un “vagabundo” —lo hemos visto—, porque lo ven como un desecho humano, son la punta del iceberg, es decir, del desprecio por una vida que, lejos de las atracciones y de las pulsiones de la juventud, aparece ya como una vida de descarte. Muchas veces pensamos que los ancianos son el descarte o los ponemos nosotros en el descarte; se desprecia a los ancianos y se descartan de la vida, dejándoles de lado.

Este desprecio, que deshonra al anciano, en realidad nos deshonra a todos nosotros. Si yo deshonro al anciano me deshonro a mí mismo. El pasaje del Libro del Eclesiástico, escuchado al inicio, es justamente duro en relación con este deshonor, que clama venganza a los ojos de Dios. Existe un pasaje, en la historia de Noé, muy expresivo en relación con esto. El viejo Noé, héroe del diluvio y todavía gran trabajador, yace descompuesto después de haber bebido algún vaso de más. Ya es anciano, pero ha bebido demasiado. Los hijos, por no hacerle despertar en la vergüenza, lo cubren con delicadeza, con la mirada baja, con gran respeto. Este texto es muy bonito y dice todo del honor debido al anciano; cubrir las debilidades del anciano, para no avergonzarlo, es un texto que nos ayuda mucho.  

No obstante todas las providencias materiales que las sociedades más ricas y organizadas ponen a disposición de la vejez —de las cuales podemos ciertamente estar orgullosos—, la lucha por la restitución de esa forma especial de amor que es el honor, me parece todavía frágil e inmadura. Debemos hacer de todo, sostenerla y animarla, ofreciendo mejor apoyo social y cultural a aquellos que son sensibles a esta decisiva forma de “civilización del amor”. Y sobre esto, me permito aconsejar a los padres: por favor, acercad a los hijos, a los niños, a los hijos jóvenes a los ancianos, acercarles siempre. Y cuando el anciano está enfermo, un poco fuera de sí, acercarles siempre: que sepan que esta es nuestra carne, que esto es lo que ha hecho que nosotros estemos aquí ahora. Por favor, no alejar a los ancianos. Y si no hay otra posibilidad que enviarlos a una residencia, por favor, id a visitarlos y llevad a los niños a verlos: son el honor de nuestra civilización, los ancianos que han abierto las puertas. Y muchas veces, los hijos se olvidan de esto. Os digo una cosa personal: a mí me gustaba en Buenos Aires, visitar las residencias de ancianos. Iba a menudo y visitaba a cada uno. Recuerdo una vez que pregunté a una señora: “¿Usted cuántos hijos tiene?” —“Tengo cuatro, todos casados, con nietos”. Y empezó a hablarme de la familia. “¿Y ellos vienen?” —“¡Sí, vienen siempre!”. Cuando salí de la habitación la enfermera, que había escuchado, me dijo: “Padre, ha dicho una mentira para cubrir a sus hijos. ¡Desde hace seis meses no viene nadie!”. Esto es descartar a los ancianos, es pensar que los ancianos son material de descarte. Por favor, es un pecado grave. Este es el primer gran mandamiento, y el único que indica el premio: “Honra al padre y a la madre y tendrás vida larga en la tierra”. Este mandamiento de honrar a los ancianos nos da una bendición, que se manifiesta de esta manera: “Tendrás larga vida”. Por favor, custodiad a los ancianos. Y si pierden la cabeza, custodiadlos también porque son la presencia de la historia, la presencia de mi familia, y gracias a ellos yo estoy aquí, lo podemos decir todos: gracias a ti, abuelo y abuela, yo estoy vivo. Por favor, no los dejéis solos. Y esto, de custodiar a los ancianos, no es una cuestión de cosméticos ni de cirugía plástica, no. Más bien es una cuestión de honor, que debe transformar la educación de los jóvenes respecto a la vida y a sus fases. El amor por lo humano que nos es común, e incluye el honor por la vida vivida, no es una cuestión de ancianos. Más bien, es una ambición que iluminará a la juventud que hereda sus mejores cualidades. La sabiduría del Espíritu de Dios nos conceda abrir el horizonte de esta auténtica revolución cultural con la energía necesaria.

Saludo en lengua española

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. En estos días de Pascua, pidamos a Cristo resucitado que nos conceda delicadeza y paciencia para tratar con las personas que nos rodean, especialmente con quienes están atravesando la etapa de la ancianidad. ¡Felices Pascuas de Resurrección! Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Fuente: vatican.va

20 abril 2022

AHORA BIEN - Sí, sí; no, no


Enrique García-Máiquez


Me paso la vida aspirando a ser un misántropo extrovertido, un solitario sociable y un reservado encantador, pero tengo que reconocer que los oxímoros se me oxidan. Muchas veces tendría que haber dicho no a alguien para defender mi tiempo de trabajo, mi espacio de lectura o los ratos que dedico a mi familia y a Dios, pero no lo dije. Va a contrapelo de mi querencia. Voy a escribir este artículo para darme fuerzas. San Josemaría Escrivá de Balaguer lo puso con razón al principio de su Camino: «Acostúmbrate a decir que no», y yo, que llevo leyéndolo con entusiasmo desde los doce años, todavía no he aprendido esa lección.

En cambio, me aprendí del tirón la del verso de Miguel d’Ors: «A cuántas cosas dice no cada sí que pronunciamos». No tengo mérito. Como yo pronuncio fundamentalmente síes, ay, tengo muy pragmáticamente comprobados los subsiguientes noes concatenados. He padecido en mis carnes que cada sí tiene un coste de oportunidad, como explicaría un economista, en cosas que uno ya no puede hacer por falta de tiempo, de silencio, de dinero, de fuerzas o de poder de bilocación.

Ahora bien, todavía es más importante, al menos para los que tenemos el gatillo fácil de la afirmación, darnos buena cuenta del viceversa, esto es, de a cuántas cosas dice sí cada no que, por una vez, hayamos sido capaces de balbucear aunque torpemente. Un no a un lío sobrevenido implica cumplir una tarde de trabajo ya planificado y una cena en familia y hasta una hora última de lectura en paz. Hay que tener muy presentes esos síes implícitos, siempre en el alero, que te conquistará un esforzado no. El filósofo contemporáneo Peter Kreeft lo explica sin ambages: «El amor al prójimo no es suficiente. La amabilidad no basta. La compasión no basta. También necesitamos rectitud, justicia, santidad. La virtud tierna sin la virtud dura no es suficiente. La sinceridad sin mapas no es suficiente (¿lo es para un agente de viajes?)». 

Luego hay que sopesar cada caso con prudencia. No en vano la prudencia es, para los clásicos, la reina de las virtudes cardinales. No vale abonarse al no como tampoco suscribirse al sí. Ann Landers definió la personalidad como la capacidad para decir que sí, y el carácter como la capacidad para decir que no. Nos lo recuerda Kreeft, que añade: «Necesitamos ambas. La personalidad sin el carácter es como el tejido blando sin un esqueleto: una medusa moral. El carácter sin la personalidad es como los huesos sin piel blanda: un esqueleto moral. Nuestros antepasados tendían a una moralidad demasiado esquelética, tal vez; pero nosotros tendremos sin duda la moralidad tipo medusa».

Nuestra personalidad la forjan los síes que hayamos sido capaces de decir a nuestras vocaciones auténticas. Pero hay que decirlos con todas las consecuencias, incluidos los necesarios noes a cosas también estupendas como la insaciable curiosidad intelectual o una inagotable hospitalidad universal. La personalidad requiere del carácter para no disíparse [sic].

Así las cosas, la famosa advertencia de Jesús («Sea, pues, vuestro modo de hablar: “Sí, sí”, “No, no”. Lo que exceda de esto, viene del Maligno») puede tener la más literal de las lecturas. No hace falta jurar —ni en vano ni en verdad ni por los pelos de nuestra cabeza— porque nada conlleva más compromiso que decir que no para mantener nuestros síes y que asumir los noes que conlleva nuestro sí. Sí, sí y no, no; eso es todo. Claro que aprenderlo exige una vida de afirmación y de negaciones.

Por suerte, hay un resquicio enorme para la amabilidad en mi propósito de firmeza. Quien más noes tiene que llevarse ¡y a lo largo de un solo día! es con diferencia uno mismo, que es —soy— el más liante y caprichoso de todos mis amigos, conocidos y saludados. Con el tiempo y la concentración que ganaría con ser un poco más estricto en lo interior, tendría margen para recuperar la vieja aspiración de ser, para los demás, un misántropo extrovertido, un solitario sociable y un reservado encantador.

LA PREGUNTA DEL AUTOR

 

¿Hemos aprendido a estas alturas —o todavía no— que pocas cosas hay más afirmativas en el fondo que un no rotundo dicho a tiempo?


Fuente: nuestrotiempo.unav.edu

“La esperanza asediada”

Lorena Bianchetti


El Papa en conversación con Lorena Bianchetti en “a sua immagine” (RAIUNO)

Lorena Bianchetti: Santidad, en primer lugar, gracias, porque estoy aquí en nombre de todas las personas que actualmente experimentan estados de ánimo complejos: desconcierto, angustia, miedo, sufrimiento. Comienzo con una hora: las tres, las tres de la tarde. Jesús muere en la cruz, y muere como un hombre inocente. Hay mucha gente inocente que no quiere la guerra, pero que la sufre. En los últimos días se han visto imágenes de cuerpos sin vida en las calles, incluso se habla de crematorios ambulantes, pero también de violaciones, devastación y barbarie. ¿Qué le pasa a la humanidad, Santidad?

Santo Padre: Pero esto no es nada nuevo, querida. Un escritor dijo que “Jesucristo está en agonía hasta el fin del mundo”, está en agonía en sus hijos, en sus hermanos, especialmente en los pobres, en los marginados, en la pobre gente que no puede defenderse. En este momento, en Europa, esta guerra nos golpea mucho. Pero miremos un poco más allá. El mundo está en guerra, el mundo está en guerra. Siria, Yemen, y luego piensa en los rohinyás, expulsados, sin patria. En todas partes hay guerra. El genocidio de Ruanda hace 25 años. Porque el mundo ha elegido -es duro decirlo- pero ha elegido el patrón de Caín y la guerra es implementar el cainismo, es decir, matar al hermano.

Lorena Bianchetti: Y precisamente porque existe el bien y el mal, usted nos ha advertido a menudo sobre el modo en que actúa el mal. Nos ha dicho que el diablo se presenta de forma amable, nos adula, pero en realidad el mal solo quiere que fracasemos: con el diablo no se dialoga. Y por eso le pregunto, precisamente a la luz de lo que decía, ¿cómo podemos encontrar formas de mediación, formas de diálogo con quien, o en todo caso, con quienes solo desean y persiguen la opresión?

Santo Padre: Cuando digo que no se puede dialogar con el diablo, es porque el diablo es el mal, ¡sin nada bueno! Digamos que es como el mal absoluto. ¡Es el que se ha rebelado totalmente contra Dios! Pero con las personas que están enfermas, que tienen esta enfermedad del odio, se habla, se dialoga, y Jesús dialogaba con muchos pecadores, incluso hasta con Judas al final como "amigo", siempre con ternura, porque todos tenemos siempre -con el Espíritu del Señor que Él ha sembrado en nosotros- algo bueno. Y cuando estoy frente a una persona y siempre tengo - todos decimos, esto lo digo de manera diferente - cuando estamos frente a una persona tenemos que pensar qué digo de esta persona: el lado malo o el lado oculto, que es más bueno. ¡Todos tenemos algo bueno, todos! Es precisamente el sello de Dios en nosotros. Nunca debemos considerar que una vida ha terminado, no, que ha terminado en el mal, o decir “Este es un condenado”. Se me viene a la mente aquella señora que se confesó con el cura de Ars porque su marido se había tirado del puente. El cura la escuchó, estaba llorando. Dijo: “Lo que más me corroe es que está en el infierno”. “Deténgase”, le dijo. “Entre el puente y el río está la misericordia de Dios”. Dios siempre trata de salvarnos hasta el final, porque Él ha sembrado en nosotros la parte buena. Lo sembró también en Caín, Abel y Caín, pero Caín hizo una acción de violencia y con esta acción se hace una guerra.

Lorena Bianchetti: Pero, en su opinión, ¿existe un compromiso suficiente desde el punto de vista cultural -digo también a nivel eclesial, no solo cultural- para advertir a las personas contra la tentación de caer en el infierno en sus corazones ya en esta tierra? Lo digo porque a veces vivimos en una sociedad en la que parece que lo diabólico es decididamente más fascinante, más estimulante que lo bueno, lo honesto, lo amable e incluso lo espiritual, que aparece y se propone como aburrido.

Santo Padre: Sí, es cierto. El mal es más seductor. Volviendo al demonio, algunos dicen que hablo demasiado del demonio. Pero es una realidad. Creo en ello, ¡eh! Algunos dicen: “No, es un mito”. Yo no voy con el mito, voy con la realidad, creo en ella. Pero es seductor. La seducción siempre trata de entrar, de prometer algo. Si los pecados fueran feos, si no tuvieran algo de bello, nadie pecaría. El diablo te presenta algo hermoso en el pecado y te lleva a pecar. Por ejemplo, los que hacen la guerra, los que destruyen la vida de los demás, los que explotan a la gente en su trabajo. El otro día escuché a una familia contar que su padre, aún joven, tenía que trabajar como obrero por muy poco, pero salía por la mañana temprano, volvía por la tarde y era explotado por una empresa multimillonaria. Esto también es una guerra. Esto también es destrucción, no solo los tanques, esto también es destrucción. El diablo siempre busca nuestra destrucción. ¿Por qué? Porque somos la imagen de Dios. Volvamos al principio, a las tres de la tarde. Jesús muere, muere solo. La soledad más absoluta, abandonado incluso por Dios: “¿Por qué me has abandonado?”. La soledad más absoluta, porque quiso descender a la más horrible de las soledades del hombre para levantarnos desde allí. Él regresa al Padre, pero primero bajó, está en cada persona explotada, que sufre guerras, que sufre la destrucción, que sufre la trata. Cuántas mujeres son esclavas de la trata, aquí en Roma y en las grandes ciudades. Es obra del mal. Es una guerra.

Lorena Bianchetti: En definitiva, como también dijo Dostoievski en Los hermanos Karamazov: “La batalla entre Dios y el demonio es el corazón mismo del Hombre”. Ahí es donde se juega el partido.

Santo Padre: Es allí donde se juega. Por eso necesitamos esa mansedumbre, esa humildad para decirle a Dios: “Soy un pecador, pero tú sálvame, ayúdame”. Porque cada uno de nosotros tiene dentro de sí la posibilidad de hacer lo que hacen estas personas que destruyen a la gente, explotan a la gente. Porque el pecado es una posibilidad de nuestra debilidad y también de nuestra soberbia.

Lorena Bianchetti: Usted decía antes, recordaba la frase pronunciada por Jesús en la cruz: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” y esta frase traduce la soledad, pero también el desánimo, la angustia y, por tanto, también la desesperación, el estado de ánimo que todos experimentamos cuando no sabemos cuál puede ser la solución a un dolor, pero también a un sentimiento de culpa. En cuanto a la desesperación, Santidad, me viene a la mente una imagen de esta guerra -y lo digo como madre-: un padre corriendo con su hijo en brazos porque ha sido alcanzado por las esquirlas de una bomba. Él y su esposa corren al hospital desesperados. La noticia que nos ha llegado es que este niño desgraciadamente no ha sobrevivido. No puedo imaginar una desesperación más desgarradora que la de dos padres que pierden a un hijo de esta manera. ¿Qué le nace decirles? ¿Qué le nace decir a los padres que viven esta experiencia devastadora?

Santo Padre: ¿Sabe?, en la vida se aprende. He tenido que aprender muchas cosas y todavía tengo que aprender porque espero vivir un poco más, pero tengo que aprender. Y una de las cosas que he aprendido es a no hablar cuando alguien está sufriendo. Ya sea a un enfermo o en una tragedia. Los tomo de la mano, en silencio. Pero cuando vienen a ti [a hablarte] y estás enfermo: “No, pero usted aquí, allí, pero el Señor...”. ¡Cállate! ¡Cállate! Frente al dolor: silencio. Y llanto. Es cierto que el llanto es un don de Dios, es un don que debemos pedir: la gracia de llorar, ante nuestras debilidades, ante las debilidades y tragedias del mundo. Pero no hay palabras. Usted ha citado a Dostoievski. Me viene [a la mente] ese pequeño libro, que es como un resumen de toda su filosofía, su teología, todo: Memorias del subsuelo. Y ahí está, cuando alguien muere, muere uno - son condenados, presos que están en el hospital - alguien muere ahí y lo toman y se lo llevan. Y el otro, desde la otra cama, dice: “Por favor, ¡deténganse! Este también tenía una madre”. La figura de la mujer, la figura de la madre, delante de la cruz.  Este es un mensaje, es un mensaje de Jesús para nosotros, es el mensaje de su ternura en su madre. En el peor momento de su vida, Jesús no insultó.

Lorena Bianchetti: Ya que menciona a las mujeres, Santidad, bajo la cruz había justamente mujeres, bajo la cruz de Jesús. Hay otra imagen que me gustaría proponerle. Volvamos a Ucrania. Una mujer embarazada, llevada en camilla por haber sido herida en la guerra, transportada en medio de las masacres, intenta acariciar su vientre con el último aliento de fuerza que le queda. Por lo que supimos, tampoco esta mujer con su hijo sobrevivió. Pero lo que realmente me viene a la mente son las mujeres, la fuerza de las mujeres. Me vienen a la mente las madres rusas, las madres ucranianas. Y por eso le pregunto sobre el papel de las mujeres: ¿qué importancia tiene un papel activo de las mujeres en la mesa de negociaciones para construir concretamente la paz?

Santo Padre: “Las mujeres son capaces de dar vida incluso a un muerto” es un dicho. Las mujeres están en la encrucijada de las mayores fatalidades, están ahí, son fuertes. Es interesante. Jesús es el esposo de la Iglesia y la Iglesia es mujer, por eso la Madre Iglesia es tan fuerte. No hablo del clericalismo, de los pecados de la Iglesia. No, la Madre Iglesia se refiere a la que está al pie de la cruz apoyándonos a los pecadores. Algo que me llama mucho la atención, que me hace pensar en María y en las otras mujeres al pie de la cruz… A veces tenía que ir a alguna parroquia en una zona llamada Villa Devoto, en Buenos Aires, y tomaba el autobús 86. Este pasa por delante de la cárcel y muchas veces pasaba por allí y había una fila de madres de presos. Daban la cara por sus hijos, porque todo el que pasaba decía: “Esta es la madre de alguien que está dentro”. Y soportaban los controles más vergonzosos, pero para ver a su hijo. La fuerza de una mujer, de una madre que es capaz de acompañar a sus hijos hasta el final. Y esta es María y las mujeres al pie de la cruz. Es acompañar a su hijo, sabiendo que mucha gente dice: “¿Cómo ha educado a su hijo que ha acabado así?”. Chisme inmediatamente. Pero las mujeres no se preocupan: cuando hay un hijo de por medio, cuando hay una vida de por medio, las mujeres siguen adelante. Por eso es tan importante, tan importante lo que dice: dar un papel a las mujeres en los momentos difíciles, en los momentos de tragedia. Ellas saben lo que es la vida, lo que es la preparación para la vida y lo que es la muerte, lo saben bien. Hablan ese idioma.

Lorena Bianchetti: Y hay, Santidad, -también porque estamos hablando de las muchas muertes causadas por la guerra- hay más muertes silenciosas, pero no menos cruentas. Pienso en quienes son asesinados por la mafia y pienso en las mujeres asesinadas por sus propias parejas. Es cierto que los últimos serán los primeros en el Cielo, pero ¿cómo pueden estas personas y los que pierden sus afectos creer en la justicia, en una recompensa ya en esta tierra?

Santo Padre: La explotación de las mujeres es el pan nuestro de cada día. La violencia contra las mujeres es el pan nuestro de cada día. Mujeres que son golpeadas, que sufren la violencia de sus parejas y lo llevan en silencio o se alejan sin decir por qué. Nosotros los varones siempre tendremos razón: somos los perfectos. Y las mujeres están condenadas al silencio por la sociedad. “No, pero esta está loca, esta es una pecadora”. Eso es lo que decían de la Magdalena: “¡Mira lo que ha hecho, es una pecadora!”. “¿Y tú no eres un pecador? ¿Tú no te equivocas?”. Pero las mujeres son la reserva de la humanidad, puedo decir esto, estoy convencido de ello. Las mujeres son la fuerza. Y allí, al pie de la cruz, huyeron los discípulos, las mujeres no, las que lo habían seguido durante toda su vida. Y Jesús, de camino al Calvario, se detiene ante un grupo de mujeres que lloraban. Ellas tienen la capacidad de llorar, los hombres somos peores. Y se detiene [y dice]: “Lloren por sus hijos”, porque harán mucho contra ellos.

Lorena Bianchetti: Y en este período, Su Santidad, pienso en la huida: están esas imágenes que cuentan la huida de los ucranianos que se ven obligados a dejar sus tierras, sus casas, sus afectos. Es uno de los últimos éxodos a los que probablemente, por desgracia, nos estamos acostumbrando. Pero, en este caso, ha habido una respuesta concreta, real. Una respuesta que, le pregunto, en su opinión, ¿ha derribado los muros de la indiferencia y los prejuicios contra los que huyen de otras partes del mundo porque han sido heridos por la guerra, o se sigue dividiendo a los refugiados en severas categorías?

Santo Padre: Es cierto. Se subdivide a los refugiados. De primera clase, de segunda clase, del color de la piel, [si] vienen de un país desarrollado [o de] uno no desarrollado. Nosotros somos racistas, somos racistas. Y esto es malo. El problema de los refugiados es un problema que también sufrió Jesús, porque fue emigrante y refugiado en Egipto cuando era niño, para escapar de la muerte. ¡Cuántos de ellos sufren para escapar de la muerte! Hay un cuadro de la huida a Egipto que hizo un pintor piamontés. Me lo envió y le hice unas fotos: ahí está José con el niño huyendo. Pero no es san José con barba, no. Es un sirio, de hoy, con el niño, huyendo de la guerra de hoy. La cara de angustia que tienen estas personas, como Jesús obligado a huir. Y Jesús ha pasado por todas estas cosas, pero está ahí. En la cruz están los pueblos de los países de África en guerra, de Oriente Medio en guerra, de América Latina en guerra, de Asia en guerra. Hace algunos años dije que estábamos viviendo la tercera guerra mundial en pedazos. Pero no hemos aprendido. Yo soy un ministro del Señor y un pecador, elegido por el Señor, pero, un pecador así. Cuando fui a Redipuglia en 2014, para la conmemoración del centenario, vi y lloré. Me vino solo el llanto. Todos jóvenes, todos muchachos. Después, un día fui al cementerio de Anzio y vi a estos jóvenes que habían desembarcado en Anzio. ¡Todos jóvenes! Y lloré allí, una vez más. Lloro frente a esto. Hace dos años, creo, cuando fue la conmemoración del desembarco de Normandía, vi a los jefes de gobierno, hubo una reunión... estaban conmemorando esto. Pero, ¿por qué no conmemoramos todos a los treinta mil soldados que cayeron en la playa de Normandía? La guerra crece con la vida de nuestros hijos, de nuestros jóvenes. Por eso digo que la guerra es una monstruosidad. Vayamos a estos cementerios que son la vida misma de esta memoria. Pensemos en esa escena sobre la que se escribe: barcos llegando a Normandía, abriendo, saltando con sus fusiles, los muchachos y los alemanes... (nota del editor: el Papa hace el gesto de disparar). Treinta mil en la playa.

Lorena Bianchetti: Eso me lleva a la carrera de las armas, a este tema. Este es un tema que ha abordado muchas veces, y quizás no siempre se le ha dado el énfasis adecuado. Porque usted ha dicho que en los últimos tiempos se ha invertido más en armas que en educación o formación. ¿Por qué los seres humanos no han aprendido del pasado y siguen utilizando las armas para resolver sus problemas?

Santo Padre: Yo entiendo a los gobernantes que compran armas, los entiendo. No los justifico, pero los entiendo. Porque tenemos que defendernos, porque [es] el esquema cainita de la guerra. Si fuera un modelo de paz, esto no sería necesario. Pero vivimos con este esquema demoníaco, [que dice] que nos matemos unos a otros en aras del poder, en aras de la seguridad, en aras de muchas cosas. Pero pienso en las guerras ocultas, que nadie ve, que están lejos de nosotros. Muchas. ¿Para qué? ¿Para explotar? Hemos olvidado el lenguaje de la paz, lo hemos olvidado. Se habla de paz. Las Naciones Unidas han hecho de todo, pero no han tenido éxito. Regreso al Calvario. Allí Jesús lo hizo todo. Intentó con piedad, con benevolencia, convencer a los dirigentes y [en cambio] no: ¡guerra, guerra, guerra contra él! A la mansedumbre oponen la guerra por la seguridad. “Es mejor que un hombre muera por el pueblo”, dice el sumo sacerdote, porque al contrario vendrán los romanos. Y la guerra.

Lorena Bianchetti: Entonces me refiero a lo que estaba diciendo. Antes hemos hablado de las mujeres bajo la cruz. Pero sobre los hombres que tienen poder… En esa época estaban Pilato, Herodes, Caifás. Todas estas personas podrían haber salvado a un inocente, pero no lo hicieron: prefirieron no afrontar el riesgo de la verdad. Esas personas están muertas, pero su forma de hacer las cosas sigue siendo actual. ¿Por qué no tenemos el coraje de elegir este bien y también de defender al Hombre que simplemente había pedido que nos amáramos unos a otros?

Santo Padre: Hay una mujer en el Evangelio de la que no se habla mucho -un poco de pasada, se dice-, es la esposa de Pilato. Ella había entendido algo. Le dice a su marido: “No te metas con este hombre justo”. Pero Pilato no la escucha, “cosas de mujeres”. Pero esta mujer, que pasa inadvertida, sin fuerza en el Evangelio, comprendió desde lejos ese drama. ¿Por qué? Tal vez era madre, tenía esa intuición de las mujeres. “Ten cuidado de que no te engañen”. ¿Quién? El poder. El poder que es capaz de cambiar la opinión de la gente de domingo a viernes. El Hosanna del domingo se convierte en el ¡Crucifícalo! del viernes. Y este es nuestro pan de cada día. Necesitamos que las mujeres den la voz de alarma.

Lorena Bianchetti: Y así, Santidad, Jesús en la cruz, después de esa frase, “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Hablábamos de desesperación, de desánimo y también de soledad: el Viernes Santo es un poco el día de la soledad. Y la soledad me hace pensar inevitablemente en lo que cada uno de nosotros sintió durante el periodo más agudo de la pandemia. Pienso en los ancianos, pienso en los jóvenes, pienso en las personas que viven el calvario de la enfermedad, en los que llevaban un casco porque no podían respirar. Y también pienso en usted, Santidad, en ese 27 de marzo de 2020. ¿Qué pensaba en ese momento, mientras cruzaba la plaza de San Pedro, completamente vacía, bajo la lluvia, mientras subía al atrio?

Santo Padre: No sé si pensaba. Sentía, sí. Estaba mirando, sentía el drama de ese momento, de tanta gente. Pero usted subrayó la soledad, el sufrimiento de aquel tiempo, de los ancianos. Es curioso: siempre son ellos quienes pagan la cuenta. Y también los jóvenes, porque les cortamos la esperanza a los jóvenes. Les hacemos tomar el camino de Turandot: “La esperanza que siempre defrauda”. ¡No, la esperanza no defrauda! Pero son los jóvenes y los ancianos los que tienen en sus manos y en su corazón la posibilidad de reaccionar. Por eso insisto tanto en que los jóvenes y los ancianos dialoguen. La sabiduría de los viejos, pero con la soledad que han sufrido. La sabiduría de los ancianos a menudo se descuida y se deja de lado en una casa de reposo. Me gustaba ir a las residencias de ancianos de Buenos Aires, había muchas en una gran ciudad. Le pregunté a una mujer: “¿Cómo está? ¿Cuántos hijos? ¿Ah, cuatro? ¿Y vienen?” “Sí, no me dejan sola”. La enfermera escuchaba y, al salir, dijo: “Padre, hace seis meses que no viene nadie”. El abandono de los mayores y el abandono de la sabiduría, porque a veces somos superhombres, lo sabemos todo. ¡No sabemos nada! La soledad de los mayores y la utilización de los jóvenes, porque a los jóvenes sin la sabiduría que les da un pueblo les irá mal. Todo esto lo tenía Jesús en su corazón en ese momento: todos estábamos allí. Usted recordaba la Statio Orbis de marzo de hace dos años y sentía todo esto. Pero yo no sabía que la plaza estaría vacía, no lo sabía. Llegué allí y [no había] nadie. Sí, sabía que con la lluvia habría poca gente, pero nadie. Era un mensaje del Señor para entender bien la soledad. La soledad de los ancianos, la soledad de los jóvenes que dejamos solos. “¡Deja que sean libres!”. ¡No! Solos serán esclavos. ¡Acompáñalos! Por eso es importante que tomen la herencia de los mayores, la bandera de la deuda de ellos. La soledad de los jóvenes, de los viejos. La soledad de quienes tienen una enfermedad mental en las residencias sanitarias. La soledad de las personas que atraviesan una tragedia personal o familiar. La soledad de una mujer que es golpeada por su marido, pero que calla para salvar a su familia. Tenemos muchas soledades propias. Usted también tiene la tuya. Yo tengo la mía. Usted debe tener la suya, seguramente. Pequeñas soledades, pero es ahí, en esas pequeñas soledades, donde podemos entender la soledad de Jesús, la soledad de la cruz.

Lorena Bianchetti: ¿Se ha sentido alguna vez solo en el desempeño de su ministerio?

Santo Padre: No, Dios ha sido bueno conmigo. No lo sé. ¡Siempre, si hay algo malo, pone a alguien a ayudarme! Se hace presente. Ha sido muy generoso. Tal vez porque Él sabe que no puedo hacerlo solo. (nota del editor: ríe).

Lorena Bianchetti: Sabe que el 27 de marzo -creo que hablo realmente en nombre de todos- nos tomó en sus brazos, nos dio mucha fuerza ese día. A partir de ese momento, cada uno de nosotros tomó conciencia y, de alguna manera, creo que volvimos a empezar. Otra pregunta porque, como hemos dicho, Jesús fue azotado, humillado, coronado de espinas, crucificado. Y todo esto de alguna manera le vino de su familia, porque fue traicionado por Judas, fue negado por Pedro. En resumen, los golpes mortales vinieron de sus cercanos. Entonces, ¿cuáles son las heridas que la Iglesia sigue infligiendo al crucificado en la actualidad?

Santo Padre: Hablo claramente de esto, porque estoy convencido de ello. La cruz más dura que la Iglesia hace al Señor hoy es la mundanidad, el espíritu de la mundanidad. El espíritu de la mundanidad, que es un poco como el espíritu del poder, pero no solo del poder, es vivir en un estilo mundano que -curiosamente- se nutre y crece con el dinero. Aquí hay algo interesante. En las tres tentaciones del diablo a Jesús, el diablo hace propuestas mundanas. La primera, el hambre, es comprensible, es humana. ¿Pero después? El poder, la vanidad, las cosas mundanas. Porque el modo es atractivo y la Iglesia, cuando cae en la mundanidad, en el espíritu mundano, la Iglesia es derrotada. El espíritu de mundanidad es lo que más duele hoy, pero siempre ha sido así. Cuando Jesús nos dice: “por favor, haz una opción clara, no puedes servir a dos señores. O sirves a Dios” - y yo estaba esperando “o sirves al diablo”. Pero no dice esto. “O sirves a Dios o sirves al dinero”. Usar el dinero para hacer el bien, para mantener a tu familia con trabajo, está bien. ¡Pero servir! Y la mundanidad se detiene en eso.

Lorena Bianchetti: He leído que León XIII hizo introducir una oración contra el diablo al final de la misa porque, según él, existía el riesgo de que el diablo pudiera entrar en la Iglesia a través de las rendijas de las puertas. En su opinión, entonces, ¿es esta la grieta por la que el diablo ha podido entrar hoy en la Iglesia?

Santo Padre: La mundanidad, pero siempre ha sido así. [En] cada época la mundanidad cambia de nombre, pero [siempre] es mundanidad. Esa oración, a san Miguel Arcángel, la rezo todos los días, por la mañana. ¡Todos los días! Para que me ayude a vencer al diablo. Alguien que me escuche puede decir: “Pero, Santidad, usted ha estudiado, es Papa y todavía cree en el diablo?”. Sí, creo, querido, creo. Le tengo miedo, por eso tengo que defenderme tanto. El diablo que había hecho todas las maniobras para que Jesús terminara, como lo hizo, en la cruz. El poder de las tinieblas sobre Jesús: “Esta es tu hora”, el poder de las tinieblas.

Lorena Bianchetti: Ahora, Santidad, vuelvo a la guerra en Ucrania. Porque Kiev, -lo estamos viendo, las imágenes están llegando- está completamente destruida. Cenizas. Tal vez ese mismo paisaje que tanto le gusta al diablo. Así que les pregunto: Kiev ya no es solo un lugar geográfico, sino que a los ojos del mundo representa mucho más. En su corazón, ¿qué es?

Santo Padre: Un dolor. El dolor es una certeza, es un sentimiento que te quita todo. Cuando uno, tras una operación, siente dolor físico, por la herida que te han hecho, pides una anestesia, algo que te ayude a tolerarlo. Pero [para] el dolor humano, el dolor moral, no hay anestesias. Solo la oración y el llanto. Estoy convencido de que hoy no lloramos bien. Nos hemos olvidado de llorar. Si puedo dar un consejo, a mí mismo y a la gente, es pedir el don de las lágrimas. Y llorar, como lloró Pedro después de haber traicionado a Jesús. Lloró, cuando huyó, cuando renegó de él. Lloró. Un llanto que no es un desahogo, no. Es la vergüenza hecha física, y creo que a nosotros nos falta vergüenza. A menudo somos desvergonzados -que es un insulto que se usa en mi tierra: “un sinvergüenza”- pero la gracia de llorar. Hay una hermosa oración, hay una misa para pedir el don de las lágrimas. Una hermosa oración de esa misa dice así: “Señor, tú que hiciste brotar agua de la roca, haz brotar lágrimas de la roca de mi corazón”. El corazón duro, el corazón que no se conmueve, no sabe llorar. Me pregunto: ¿cuántas personas, ante las imágenes de las guerras, de cualquier guerra, han sido capaces de llorar? Algunos lo han hecho, estoy seguro, pero muchos no. Comienzan a justificar o a atacar. No, esto (nota del editor: el Santo Padre señala el corazón): debes cuidar esto. Y Jesús toca aquí. Hoy, Viernes Santo, frente a Jesús Crucificado, déjate tocar el corazón, deja que Él te hable con su silencio y con su dolor. Deja que te hable con las personas que sufren en el mundo: sufren el hambre, la guerra, tanta explotación y todas estas cosas. Deja que Jesús te hable y, por favor, no hables tú. Silencio. Que sea Él y pide la gracia de llorar.

Lorena Bianchetti: ¿Cuánto pueden hacer las religiones para eliminar la descertificación de los corazones? ¿Cuánto y qué palabras le gustaría dirigir a los obispos ortodoxos?

Santo Padre: Sí, también ellos están preparando la Pascua con nosotros con una semana de diferencia, porque siguen -también los católicos orientales- el calendario juliano, no el gregoriano. Quiero aprovechar esta oportunidad para enviar un mensaje de fraternidad a todos mis hermanos obispos ortodoxos, que están viviendo esta Pascua con el mismo dolor con el que la estamos viviendo nosotros, yo y muchos católicos. No es fácil ser obispo... ¡y gracias a Dios que no es fácil! Por eso no entiendo a los que quieren ser obispos. No saben lo que les espera. Pero quiero aprovechar esta oportunidad para saludar a todos los obispos ortodoxos como hermanos en la fe.

Lorena Bianchetti: Hay otra frase que dijo Jesús en la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. El perdón. Usted ha dicho que poner la otra mejilla no significa sufrir en silencio, ceder ante la injusticia. Nos ha recordado que Jesús también denuncia la injusticia, y ha precisado que lo hace sin ira ni violencia, sino con ternura. Santidad, ¿cómo se puede ser amable o perdonar a toda esa gente que nos hace daño, a esa gente que mata a inocentes, a esa gente que hace daño no solo físico, sino también psicológico?

Santo Padre: Yo le doy mi receta. Si no he hecho ese mal, es porque Él me ha detenido con Su mano, con Su misericordia. Estoy seguro de que si no lo hubiera hecho, yo habría hecho muchas [cosas] como esas, mucho mal. En esto puedo decir que soy testigo de la misericordia de Dios. Por eso no puedo condenar a quien viene a pedir perdón. Siempre debo perdonar. Cada uno de nosotros puede decir esto sobre sí mismo en su propio esquema personal de cosas (nota del editor: examen de conciencia). Es cierto que tal vez no pueda decir afectivamente: “Ven querido y dame un beso”. No, ¡quizás estaré enojado! Pero yo digo: “Señor, quita mi ira, yo perdono, pero no siento el sentimiento del perdón. Yo perdono. Tú te encargas de traer este perdón...”.

Lorena Bianchetti: El perdón solo tiene una raíz divina.

Santo Padre: Sí, el perdón al final es algo así.

Lorena Bianchetti: También pienso en la soledad, para volver a Jesús en la cruz, pienso en todas esas personas que, también por culpa del Covid, han perdido su trabajo. Son tantas personas, Santidad, que viven este tipo de dificultades. ¿Qué palabras de esperanza quiere darles?

Santo Padre: La palabra clave que acaba de decir es esperanza. La esperanza no es acariciar y decir: “Ah, todo pasará, tranquilo”. La esperanza es una tensión hacia el futuro, también hacia el Cielo. Por eso la figura de la esperanza es el ancla: el ancla tirada ahí y yo en la cuerda ahí, para llegar, para resolver situaciones, pero siempre con esa cuerda. La esperanza nunca defrauda, pero se hace esperar. La esperanza es la sirvienta doméstica de la vida católica, de la vida cristiana. Es realmente la más humilde de las virtudes. Está oculta, pero si no la tienes [a mano], no encontrarás el camino correcto. La esperanza es la que te hace encontrar el camino correcto. Tener esperanza no es tener la ilusión: “Voy a ir... [a] alguien a leerme las manos... esto te va a hacer bien”. No, esto no es esperanza. La esperanza es la certeza de que tengo en mi mano la cuerda de esa ancla lanzada allí. Nos gusta hablar de la fe, tanto, de la caridad: ¡Mírala! La esperanza es un poco la virtud oculta, la pequeñita, la pequeñita de la casa. Pero es la más fuerte para nosotros.

Lorena Bianchetti: Entonces, este es también el mensaje para los jóvenes, porque pienso en los jóvenes que ven cómo se les arrebata el futuro de las manos. Usted lo decía hace poco claramente. Por eso no planifican mucho, no siempre creen en las relaciones duraderas, no construyen familias. En definitiva, digamos que tampoco se les ayuda mucho a nivel institucional y cultural. ¿Qué palabras le gustaría decirles?

Santo Padre: Que no confundan [la] esperanza con el optimismo. El optimismo podemos comprarlo en el quiosco. ¡Ya sabes, el optimismo se vende! Pero la esperanza es otra cosa. La esperanza es estar seguros de que vamos hacia la vida. Hay un poeta argentino -bueno, un gran poeta- [hay] una frase, un poema, que siempre me ha llamado la atención, una definición de la vida: “La vida es una muerte que llega”. No, la vida no es una muerte que llega: ¡la vida es, quizás, desde la muerte llegar a la vida! La esperanza es fuerte en esto: es esa cuerda del ancla. Nunca defrauda. Pero es humilde, es verdaderamente la sirvienta doméstica de la vida cristiana. Pero muchas veces son las sirvientas domésticas las que llevan la vida de una familia.

Lorena Bianchetti: Estoy concluyendo, Santidad. Hoy es Viernes Santo, pero la historia de la salvación no termina aquí. Afortunadamente, el Evangelio tiene un final feliz porque está la resurrección de Jesús: ese es el centro de la historia de la salvación. ¿Cuál es su deseo para esta Pascua?

Santo Padre: Una alegría interior. Hay un salmo que dice: “Cuando el Señor nos liberó de Babilonia, nos parecía que estábamos soñando”. El llanto de alegría. Es la alegría. Mi deseo es no perder la esperanza, pero la verdadera esperanza -que no defrauda-, es pedir la gracia de llorar, pero el llanto de la alegría, el llanto del consuelo, el llanto de la esperanza. Estoy seguro, repito, que debemos llorar más. Nos hemos olvidado de llorar. Pidamos a Pedro que nos enseñe a llorar como él lo hizo. Y luego el silencio del Viernes Santo.

Lorena Bianchetti: Su Santidad, son casi las tres. ¿Cómo debemos vivir esta hora hoy?

Santo Padre: (nota del editor: no responde, permanece en silencio).

Lorena Bianchetti: ¿Puedo abrazarlo en nombre de todos? ¡Gracias, Su Santidad! Gracias.

Santo Padre: Gracias a usted. ¡Que el Señor la bendiga!

Fuente: vatican.va

19 abril 2022

Un fuego nuevo y paz

Juan Luis Selma

De pequeño procuraba no perderme la celebración de la Vigilia Pascual en la noche del Sábado Santo. Lo que más me gustaba era la ceremonia de la bendición del fuego y del cirio pascual. El fuego, en medio de la noche, alumbra y da calor. El sacristán hacía saltar la chispa del chisquero que prendía la mecha y hacía arder el fuego nuevo. Un simbolismo sobre el origen del mundo que, según el relato de la Biblia, estaba sumido en tinieblas y caos hasta que Dios hizo la luz.

El celebrante al bendecir el cirio dice; “Cristo ayer y hoy, principio y fin, Alfa y Omega. Suyo es el tiempo, y la eternidad. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”. El mundo se recrea al recibir la luz del Resucitado. De este gran cirio van prendiendo las candelas de los fieles y, así, poco a poco se va iluminando la nave de la iglesia. Los cristianos, portadores de la luz de Cristo, iluminan la sociedad.

En este mismo sábado de gloria tiene lugar una preciosa ceremonia en el Santo Sepulcro de Jerusalén. La capilla, una vez comprobado que está vacía, ha sido clausurada por la mañana con un sello de cera y miel. Por la tarde el Patriarca ortodoxo griego, acompañado por el Patriarca armenio como testigo, entra en el lugar donde está la Tumba vacía de Cristo y recita unas oraciones para que venga el Fuego que prende las dos antorchas que porta.

A la salida distribuye este Fuego Sagrado entre los asistentes y es llevado al aeropuerto de Tel Aviv. De allí parte en avión hacia las diversas iglesias ortodoxas que lo utilizaran en la Vigilia Pascual. El fuego nuevo y la nueva luz proceden del Resucitado.

“Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó. No entendían aún la Escritura según la cual era preciso que resucitara de entre los muertos”. Esto, que les sucedía a los apóstoles, nos pasa también a nosotros: no entendemos que tenemos que resucitar, que podemos resucitar, que hay un fuego nuevo que puede purificarnos.

En el día de Pascua la muerte ha sido vencida. El sepulcro está vacío, la tristeza se vierte en gozo, el bien triunfa sobre el mal. La Pascua es fuente de esperanza, de alegría, de vida nueva. Cuando Cristo resucitado se presente a sus discípulos les saludará ofreciéndoles la paz: “Paz a vosotros”. Con su presencia luminosa vence las tinieblas que se han apoderado de sus ánimos. Habitualmente nos resistimos a creer. Nos puede la duda, el pesimismo. El miedo nos paraliza. Dejamos que el mal campe por sus fueros y nuestra única respuesta es el lamento estéril.

Las tristes imágenes de la guerra de Ucrania dejan un negro poso en nuestros corazones. Ver cómo sufren los inocentes, cómo el mal se abre camino, lo que nos cuesta mejorar… puede matar la esperanza, puede hacernos cínicos, endurecer el corazón. Por esto nos viene muy bien creer en la Pascua, empaparnos de esa lógica nueva y divina que es un canto a la esperanza. La gran aportación que podemos hacer los creyentes al mundo es ésta: se puede, hay esperanza, hay bondad, creemos en el bien. El mal será vencido.

Así reaccionaron los discípulos y dejaron atrás su cobardía y poquedad de ánimo. Fueron testigos de la resurrección del Señor, transmitieron al mundo sus enseñanzas, con el poder que recibieron de Él hicieron milagros. Cambiaron el mundo. Aportaron al imperio romano los valores cristianos: dignidad y grandeza de todas las personas, igualdad, fraternidad y solidaridad, respeto a la vida, cuidado de los débiles, libertad y justicia, amor.

Recientemente el Papa nos ha dicho: “La paz que Jesús nos da en Pascua no es la paz que sigue las estrategias del mundo, que cree obtenerla por la fuerza, con las conquistas y con varias formas de imposición. Esta paz, en realidad, es solo un intervalo entre las guerras: lo sabemos bien”. 

“La paz del Señor sigue el camino de la mansedumbre y de la cruz: es hacerse cargo de los otros. Cristo, de hecho, ha tomado sobre sí nuestro mal, nuestro pecado y nuestra muerte. Ha tomado consigo todo esto. Así nos ha liberado. Él ha pagado por nosotros. Su paz no es fruto de algún acuerdo, sino que nace del don de sí”.

Dejemos que Cristo ilumine nuestra vida, dejemos que su cercanía nos transforme. Si estamos cerca de Él, la fuerza de la Resurrección nos alcanzará, hará de nosotros criaturas nuevas, portadores de paz. Tratemos con respeto a todos, no impongamos nuestras ideas y modos de ser. Busquemos la paz interior rectificando lo que tengamos que rectificar, asumamos nuestros errores y pecados. Pidamos perdón y seamos generosos perdonando. Resucitemos con Cristo y seremos luz y paz para el mundo.

Fuente: eldiadecordoba.es

18 abril 2022

REGINA CAELI

El Papa el Lunes del Ángel, 18 de abril de 2022



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Los días de la Octava de Pascua son como una sola jornada en la que se prolonga la alegría de la Resurrección. Así, el Evangelio de la liturgia de hoy sigue hablándonos del Resucitado, de su aparición a las mujeres que habían ido al sepulcro (cf. Mt 28,8-15). Jesús sale a su encuentro, las saluda; luego les dice dos cosas, que también a nosotros nos vendrá bien recibir como regalo de Pascua, dos consejos del Señor. Un regalo de Pascua.

En primer lugar, las tranquiliza con dos simples palabras: «No tengáis miedo» (v. 10). No tengas miedo. El Señor sabe que los miedos son nuestros enemigos cotidianos. También sabe que nuestros miedos nacen del gran miedo, el miedo a la muerte: miedo a desvanecerse, a perder a los seres queridos, a enfermar, a no poder más... Pero en la Pascua Jesús venció a la muerte. Por tanto, nadie puede decirnos de forma más convincente: "No temas”, “no tengas miedo”. El Señor lo dice allí mismo, junto al sepulcro del que salió victorioso. Así nos invita a salir de las tumbas de nuestros miedos. Pongamos atención: salir de las tumbas de nuestros miedos, porque nuestros miedos son como tumbas, nos entierran dentro. Él sabe que el miedo está siempre agazapado a la puerta de nuestro corazón y que necesitamos que nos repitan no temas, no tengas miedo, no temas: en la mañana de Pascua como en la mañana de cada día escuchar: “No temas”. Ten valor. Hermano, hermana, que crees en Cristo, no tengas miedo. “Yo —te dice Jesús—he probado la muerte por ti, he cargado sobre mí tu mal. Ahora he resucitado para decírtelo: estoy aquí, contigo, para siempre. ¡No temas!". No tengan miedo.

Pero, ¿qué hacer para combatir el miedo? Nos ayuda la segunda cosa que Jesús dice a las mujeres: «Id y avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán» (v. 10). Id a proclamar. El miedo siempre nos encierra en nosotros mismos; Jesús, en cambio, nos deja salir y nos envía a los demás. Aquí está el remedio.  Pero yo —podemos decir— ¡no soy capaz!  Pero piensen, aquellas mujeres no eran ciertamente las más idóneas ni las más preparadas para anunciar al Resucitado, pero al Señor no le importa. A Él le importa que vayan y lo anuncien. Salir y anunciar, “salir y anunciar”. Porque la alegría de la Pascua no es para guardarla para uno mismo. La alegría de Cristo se fortalece al darla, se multiplica al compartirla. Si nos abrimos y llevamos el Evangelio, nuestro corazón se expande y supera el miedo. Este es el secreto: anunciar para vencer el miedo.

El texto de hoy, nos dice que el anuncio puede encontrar un obstáculo: la falsedad. De hecho, el Evangelio narra “un contra-anuncio”. ¿Cuál es? El de los soldados que habían custodiado el sepulcro de Jesús. Se les paga —dice el Evangelio— «una buena suma de dinero» (v. 12), una buena propina, y reciben estas instrucciones: «Decid que sus discípulos vinieron de noche y lo robaron mientras vosotros dormíais» (v. 13). ¿Vosotros dormíais? ¿Habéis visto en el sueño cómo robaban el cuerpo? Ahí hay una contradicción, pero una contradicción que todo el mundo cree, porque hay dinero de por medio. Es el poder del dinero, ese otro señor al que Jesús dice que nunca hay que servir. Hay dos señores: Dios y el dinero. No sirváis nunca al dinero. Aquí está la falsedad, la lógica de la ocultación, que se opone a la proclamación de la verdad. Es una advertencia también para nosotros: la falsedad —en las palabras y en la vida— contamina el anuncio, corrompe por dentro, conduce de nuevo al sepulcro. Las falsedades nos llevan hacia atrás, nos llevan directamente a la muerte, al sepulcro. El Resucitado, en cambio, quiere sacarnos de las tumbas de las falsedades y de las dependencias. Ante el Señor resucitado, este este otro “dios”: el dios del dinero, que lo ensucia todo, lo arruina todo, cierra las puertas de la salvación. Y esto está en todas partes: adorar a este dios dinero es una tentación en la vida cotidiana.

Queridos hermanos y hermanas, nosotros nos escandalizamos con razón cuando, a través de la información, descubrimos engaños y mentiras en la vida de las personas y en la sociedad. ¡Pero pongamos también nombre a la falsedad que llevamos dentro! Y pongamos nuestra opacidad, nuestras falsedades ante la luz de Jesús resucitado. Él quiere sacar a la luz las cosas ocultas, hacernos testigos transparentes y luminosos de la alegría del Evangelio, de la verdad que nos hace libres (cf. Jn 8,32).

Que María, la Madre del Resucitado, nos ayude a superar nuestros miedos y nos conceda la pasión por la verdad.

 

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Después del Regina Caeli

¡Queridos hermanos y hermanas!

Una vez más, ¡felices Pascuas a todos, romanos y peregrinos de varios países!

Que la gracia del Señor Resucitado dé consuelo y esperanza a todos los que sufren: ¡que nadie sea abandonado! Que las contiendas, guerras y disputas den paso al entendimiento y la reconciliación. Subrayemos siempre esta palabra: reconciliación, porque lo que hizo Jesús en el Calvario y con su resurrección es reconciliarnos a todos con el Padre, con Dios y entre nosotros. ¡Reconciliación!

Dios ha ganado la batalla decisiva contra el espíritu del mal: ¡dejemos que venza Él! Renunciemos a nuestros planes humanos, convirtámonos a sus designios de paz y justicia.

Agradezco a todos los que me han enviado, en estos días, expresiones de buenos deseos. Estoy especialmente agradecido por las oraciones. Pido a Dios, por intercesión de la Virgen María, que recompense a cada uno con sus dones.

Esta tarde, aquí en la Plaza, me encontraré con más de cincuenta mil adolescentes de toda Italia. ¡Un hermoso signo de esperanza! ¡Ya hay algunos! Por eso la plaza está preparada así.

Deseo que todos vivan estos días de Pascua en la paz y la alegría que vienen de Cristo Resucitado. Por favor, sigan rezando por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

La plaza: ¡Viva el Papa!

El Papa responde: ¡Eh! ¡Qué bien los chicos de la Inmaculada!

Fuente: vatican.va