06 septiembre 2012


LA ORACIÓN EN LA PRIMERA PARTE DEL APOCALIPSIS


Texto de la catequesis semanal del Papa

Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, después de las vacaciones, retomamos las audiencias en el Vaticano, continuando en esa "escuela de oración", que estoy viviendo junto a ustedes en estas Catequesis de los miércoles.
Hoy quisiera hablar de la oración en el libro del Apocalipsis, que, como ustedes saben, es el último del Nuevo Testamento. Es un libro difícil, pero que contiene una gran riqueza. Este nos pone en contacto con la oración viva y palpitante de la asamblea cristiana, reunida "en el día del Señor" (Ap. 1,10); es esta, en efecto, la traza de fondo en el que se mueve el texto.
Un lector presenta a la asamblea un mensaje confiado por el Señor al evangelista Juan. El lector y la asamblea son, por así decirlo, los dos protagonistas del desarrollo del libro; a ellos, desde el principio, se les dirige un saludo festivo: "Dichoso el que lea y los que escuchen las palabras de esta profecía" (1,3). Mediante el diálogo constante entre ellos, surge una sinfonía de oración, que se desarrolla con una gran variedad de formas hasta la conclusión. Escuchando al lector que presenta el mensaje, escuchando y observando a la asamblea que responde, su oración tiende a ser nuestra.
La primera parte del Apocalipsis (1,4-3,22) tiene, en la actitud de la asamblea que ora, tres etapas sucesivas. La primera (1,4-8) consiste en un diálogo --único caso en el Nuevo Testamento--, que se lleva a cabo entre la asamblea apenas reunida y el lector, el cual le dirige un saludo de bendición: "Gracia y paz a ustedes" (1,4). El lector subraya el origen de este saludo: este deriva de la Trinidad, del Padre, del Espíritu Santo, de Jesucristo, que participan juntos en llevar adelante el proyecto creativo y de salvación para la humanidad. La asamblea escucha, y cuando siente nombrar a Jesucristo, es como una explosión de alegría y responde con entusiasmo, elevando la siguiente oración de alabanza: "Al que nos ama, y nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados, y ha hecho de nosotros un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre, a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén" (1,5b-6). La asamblea, rodeada por el amor de Cristo, se siente liberada de la esclavitud del pecado y se proclama "reino" de Jesucristo, que le pertenece por completo.
Reconoce la gran misión que por el bautismo se le ha confiado para llevar al mundo la presencia de Dios.

Y concluye su celebración de alabanza mirando de nuevo directamente a Jesús y, con creciente entusiasmo, le reconoce "la gloria y el poder" para salvar a la humanidad. El "amén" final, concluye el himno de alabanza a Cristo. Ya estos primeros cuatro versículos contienen una gran riqueza de indicios para nosotros; nos dicen que nuestra oración debe ser, ante todo, escucha de Dios que nos habla. Inundados de tantas palabras, no estamos acostumbrados a escuchar, sobre todo ponernos en la disposición del silencio interior y exterior para estar atentos a lo que Dios nos quiere decir. Estos versículos nos enseñan también que nuestra oración, a menudo solo de súplica, debe ser antetodo de alabanza a Dios por su amor, por el don de Jesucristo, que nos ha traído la fuerza, la esperanza y la salvación.
Una nueva intervención del lector señala a la asamblea, aferrada al amor de Cristo, el compromiso de captar su presencia en la propia vida. Dice: "Miren, viene acompañado de nubes; todo ojo le verá, hasta los que le traspasaron, y por él harán duelo todas las razas" (1,7a). Después de ascender al cielo en una "nube", símbolo de la trascendencia (cf. Hch. 1,9), Jesucristo regresará así como subió a los cielos (cf. Hch. 1,11b). Entonces todos los pueblos lo reconocerán y, como exhorta san Juan en el cuarto evangelio, "Mirarán al que traspasaron" (19,37). Pensarán en sus pecados, causa de su crucifixión, y, como aquellos que lo habían visto directamente en el Calvario, "se golpearán el pecho" (cf. Lc. 23,48) pidiéndole perdón, para seguir en la vida y así preparar la plena comunión con Él, después de su regreso definitivo. La asamblea reflexiona sobre este mensaje y dice: "Sí. ¡Amén!"(Ap. 1,7 b). Expresa con su "sí", la acogida plena de lo que se le ha comunicado y pide que esto pueda convertirse en realidad. Es la oración de la asamblea, que medita sobre el amor de Dios manifiestado de modo supremo en la Cruz, y pide de vivir con coherencia como discípulos de Cristo.
Y esta es la respuesta de Dios: "Yo soy el Alfa y la Omega, Aquel que es, que era y que va a venir, el Todopoderoso" (1,8). Dios, que se revela como el principio y el final de la historia, acepta y toma en serio la petición de la asamblea. Él ha estado, está y estará presente y activo con su amor en los asuntos humanos, en el presente, en el futuro, así como en el pasado, hasta llegar a la meta final. Esta es la promesa de Dios. Y aquí nos encontramos con otro elemento importante: la oración constante despierta en nosotros un sentido de la presencia del Señor en nuestra vida y en la historia, y la suya es una presencia que nos sostiene, nos guía y nos da una gran esperanza, aún en medio de la oscuridad de ciertos acontecimientos humanos; además, cada oración, incluso aquella en la soledad más radical, nunca es un aislarse y nunca es estéril, sino que es el elemento vital para alimentar una vida cristiana cada vez más comprometida y coherente.
La segunda fase de la oración de la asamblea (1,9-22) profundiza aún más la relación con Jesucristo: el Señor aparece, habla, actúa, y la comunidad más cercana a él, escucha, reacciona y acoge. En el mensaje presentado por el lector, san Juan relata su experiencia personal de encuentro con Cristo: se encuentra en la isla de Patmos por causa de la "palabra de Dios y del testimonio de Jesús" (1,9), y es el "día del Señor" (1,10a), el domingo, en el que se celebra la Resurrección. Y san Juan está "tomado por el Espíritu" (1,10a). El Espíritu Santo lo llena y lo renueva, ampliando su capacidad de aceptar a Jesús, quien lo invita a escribir. La oración de la asamblea que escucha, poco a poco asume una actitud contemplativa, marcada por los verbos "ve", "mira": completa, es decir, lo que el lector le propone, internalizándolo y haciéndolo suyo.
Juan oyó "una gran voz, como de trompeta" (1,10b), la voz lo obliga a enviar un mensaje "a las siete Iglesias" (1,11) que se encuentran en Asia Menor y, por su intermedio, a todas las Iglesias de todos los tiempos, junto con sus Pastores. El término "voz… de trompeta", tomada del libro del Éxodo (cf. 20,18), recuerda la manifestación divina a Moisés en el Monte Sinaí e indica la voz de Dios que habla desde su cielo, desde su trascendencia. Aquí es atribuida a Jesucristo Resucitado, que de la gloria del Padre habla, con la voz de Dios, a la asamblea en oración. Dando la vuelta "para ver la voz" (1,12), Juan ve "siete candeleros de oro, y en medio de los candeleros, como a un Hijo de hombre" (1,12-13), término particularmente familiar para Juan, que le indica al mismo Jesús. Los candeleros de oro, con sus velas encendidas, indican la Iglesia de todos los tiempos en actitud de oración en la Liturgia: Jesús Resucitado, el "Hijo del hombre", está en medio de ella, y, revestido con las vestiduras del sumo sacerdote del Antiguo Testamento, desarrolla la función sacerdotal de mediador ante el Padre. En el mensaje simbólico de Juan, sigue una manifestación luminosa de Cristo resucitado, con las características propias de Dios, que se producen en el Antiguo Testamento. Se habla de "... cabellos blancos, como la lana blanca, como la nieve" (1,14), símbolo de la eternidad de Dios (cf. Dn. 7,9) y de la Resurrección. Un segundo símbolo es el del fuego, que en el Antiguo Testamento se refiere a menudo a Dios para indicar dos propiedades. La primera es la intensidad celosa de su amor, que anima su pacto con el hombre (cf. Dt. 4,24).
Y es esta misma intensidad ardiente del amor, que se lee en los ojos de Jesús resucitado: "Sus ojos como llama de fuego" (Ap. 1,14a). El segundo es la capacidad incontenible de vencer el mal como un "fuego devorador" (Dt. 9,3). Así que incluso "los pies" de Jesús, en camino para enfrentar y destruir el mal, tienen el brillo del "metal precioso" (Ap. 1,15). La voz de Jesucristo, entonces, "como voz de grandes aguas" (1,15c), tiene el rugido impresionante "de la gloria del Dios de Israel", que se traslada a Jerusalén, mencionado por el profeta Ezequiel (cf. 43,2).
Siguen todavía otros tres elementos simbólicos que muestran lo que Jesús Resucitado está haciendo por su Iglesia: la mantiene firmemente en su mano derecha –una imagen muy importante: Jesús tiene a la Iglesia en la mano--, le habla con el poder penetrante de una espada afilada, y le muestra el esplendor de su divinidad: "Su rostro, como el sol cuando brilla con toda su fuerza" (Ap.1,16). Juan quedó tan impresionado por esta maravillosa experiencia del Resucitado, que se siente desfallecido y cae como muerto.
Después de esta experiencia de la revelación, el Apóstol tiene delante al Señor Jesús hablando con él, lo tranquiliza, le coloca una mano sobre la cabeza, le revela su identidad como el Crucificado Resucitado, y le encarga transmitir su mensaje a las Iglesias (Ap. 1,17-18). Una cosa hermosa de este Dios, ante el cual desfallece y cae como muerto. Es el amigo de la vida, y le pone su mano sobre la cabeza. Y así será también con nosotros: somos amigos de Jesús. Por tanto, la revelación del Dios Resucitado, del Cristo Resucitado, no será terrible, sino será el encuentro con el amigo. Incluso la asamblea vive con Juan un momento particular de luz delante del Señor, unido, sin embargo, a la experiencia del encuentro cotidiano con Jesús, experimentando la riqueza del contacto con el Señor, que llena cada espacio de la existencia.
En la tercera y última fase de la primera parte del Apocalipsis (Ap.2-3), el lector propone a la asamblea un mensaje séptuplo en el cual Jesús habla en primera persona. Dirigido a las siete Iglesias en Asia Menor situadas alrededor de Éfeso, el discurso de Jesús parte de la situación particular de cada Iglesia, para luego extenderse a las Iglesias de todos los tiempos. Jesús entra en el corazón de la situación de cada iglesia, haciendo énfasis en las luces y sombras, y dirigiéndoles un llamamiento urgente: "Arrepiéntanse" (2,5.16; 3,19c), "Mantén lo que tienes" (3,11), "vuelve a tu conducta primera" (2,5)," Sé pues ferviente y arrepiéntete" (3,19b) ... Esta palabra de Jesús, si es escuchada con fe, de inmediato comienza a ser efectiva: la Iglesia en oración, acogiendo la Palabra del Señor, se transforma.
Todas las iglesias deben ponerse en una escucha atenta al Señor, abriéndose al Espíritu como Jesús pide con insistencia repitiendo esta indicación siete veces: "El que tiene oídos, oiga lo que el Espíritu le dice a las Iglesias" (2,7.11.17.29;3,6.13.22). La asamblea escucha el mensaje recibiendo un estímulo para el arrepentimiento, la conversión, la perseverancia, el crecimiento en el amor, la orientación para el camino.
Queridos amigos, el Apocalipsis nos presenta una comunidad reunida en oración, porque es justamente en la oración donde experimentamos siempre en aumento, la presencia de Jesús con nosotros y en nosotros. Cuanto más y mejor oremos con constancia, con intensidad, tanto más nos asemejamos a Él, y Él realmente entra en nuestra vida y la guía, dándole alegría y paz. Y cuanto más conocemos, amamos y seguimos a Jesús, más sentimos la necesidad de permanecer en oración con Él, recibiendo serenidad, esperanza y fuerza en nuestra vida. Gracias por su atención.

LAICOS CORRESPONSABLES EN LA IGLESIA Y EN LA SOCIEDAD


Mensaje del Papa al Foro Internacional de la Acción Católica

Al venerado hermano Monseñor Domenico Sigalini, Consejero general del Foro internacional de Acción Católica:
Con ocasión de la VI Asamblea ordinaria del Foro internacional de Acción Católica, deseo dirigirle un cordial saludo a usted y a todos los que participan en ese significativo encuentro, y de modo particular al coordinador del Secretariado, Emilio Inzaurraga, a los presidentes nacionales y a los consejeros. Saludo en especial al obispo de Iasi, monseñor Petru Gherghel, y a su diócesis, que acogen este encuentro eclesial durante el cual estáis llamados a reflexionar sobre la «corresponsabilidad eclesial y social».
Se trata de un tema de gran importancia para el laicado, que resulta muy oportuno en la inminencia del Año de la fe y de la Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos sobre la nueva evangelización. La corresponsabilidad exige un cambio de mentalidad especialmente respecto al papel de los laicos en la Iglesia, que no se han de considerar como «colaboradores» del clero, sino como personas realmente «corresponsables» del ser y del actuar de la Iglesia. Es importante, por tanto, que se consolide un laicado maduro y comprometido, capaz de dar su contribución específica a la misión eclesial, en el respeto de los ministerios y de las tareas que cada uno tiene en la vida de la Iglesia y siempre en comunión cordial con los obisp os.
Al respecto, la constitución dogmática Lumen gentium define el estilo de las relaciones entre laicos y pastores con el adjetivo «familiar»: «De este trato familiar entre los laicos y los pastores se pueden esperar muchos bienes para la Iglesia; actuando así, en los laicos se desarrolla el sentido de la propia responsabilidad, se favorece el entusiasmo, y las fuerzas de los laicos se unen más fácilmente a la tarea de los pastores. Estos, ayudados por laicos competentes, pueden juzgar con mayor precisión y capacidad tanto las realidades espirituales como las temporales, de manera que toda la Iglesia, fortalecida por todos sus miembros, realice con mayor eficacia su misión para la vida del mundo» (n. 37).
Queridos amigos, es importante ahondar y vivir este espíritu de comunión profunda en la Iglesia, característica de los inicios de la comunidad cristiana, como lo atestigua el libro de los Hechos de los Apóstoles: «El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma» (4, 32). Sentid como vuestro el compromiso de trabajar para la misión de la Iglesia: con la oración, con el estudio, con la participación en la vida eclesial, con una mirada atenta y positiva al mundo, en la búsqueda continua de los signos de los tiempos. No os canséis de afinar cada vez más, con un serio y diario esfuerzo formativo, los aspectos de vuestra peculiar vocación de fieles laicos, llamados a ser testigos valientes y creíbles en todos los ámbitos de la sociedad, para que el Evangelio sea luz que lleve esperanza a las situaciones problemáticas, de dificultad, de oscuridad, que los hombres de hoy encuentran a menudo en el camino de la vida.
Guiar al encuentro con Cristo, anunciando su mensaje de salvación con lenguajes y modos comprensibles a nuestro tiempo, caracterizado por procesos sociales y culturales en rápida transformación, es el gran desafío de la nueva evangelización. Os animo a proseguir con generosidad vuestro servicio a la Iglesia, viviendo plenamente vuestro carisma, que tiene como rasgo fundamental asumir el fin apostólico de la Iglesia en su globalidad, en equilibrio fecundo entre Iglesia universal e Iglesia local, y en espíritu de íntima unión con el Sucesor de Pedro y de activa corresponsabilidad con los pastores (cf. Apostolicam actuositatem, 20).
En esta fase de la historia, a la luz del Magisterio social de la Iglesia, trabajad también para ser cada vez más un laboratorio de «globalización de la solidaridad y de la caridad», para crecer, con toda la Iglesia, en la corresponsabilidad de ofrecer un futuro de esperanza a la humanidad, teniendo también la valentía de formular propuestas exigentes. Vuestras asociaciones de Acción Católica se glorían de una larga y fecunda historia, escrita por 
valientes testigos de Cristo y del Evangelio, algunos de los cuales han sido reconocidos por la Iglesia como beatos y santos. Siguiendo su ejemplo, estáis llamados hoy a renovar el compromiso de caminar por la senda de la santidad, manteniendo una intensa vida de oración, favoreciendo y respetando itinerarios personales de fe y valorizando las riquezas de cada uno, con el acompañamiento de sacerdotes consiliarios y de responsables capaces de educar en la corresponsabilidad eclesial y social.

Que vuestra vida sea «transparente», guiada por el Evangelio e iluminada por el encuentro con Cristo, amado y seguido sin temor. Asumid y compartid los programas pastorales de las diócesis y de las parroquias, favoreciendo ocasiones de encuentro y de sincera colaboración 
con los demás componentes de la comunidad eclesial, creando relaciones de estima y de comunión con los sacerdotes, con vistas a una comunidad viva, ministerial y misionera. Cultivad relaciones personales auténticas con todos, comenzando por la familia, y ofreced vuestra disponibilidad a la participación, en todos los niveles de la vida social, cultural y política, buscando siempre el bien común.

Con estos breves pensamientos, a la vez que os aseguro mi afectuoso recuerdo en la oración por vosotros, por vuestras familias y por vuestras asociaciones, de corazón envío a todos los participantes en la asamblea la bendición apostólica, que de buen grado extiendo a las personas con quienes os encontréis en vuestro apostolado diario.
Benedicto PP XVI

05 septiembre 2012


Carta del Prelado del Opus Dei

(septiembre 2012)


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Como en otros años, deseaba aprovechar esta pausa para estar con mis hijas y con mis hijos de varios lugares: me ayuda mucho veros, estar con vosotros y palpar la urgencia —siempre actual— de la expansión apostólica. No ha podido ser: omnia in bonum!, porque con mayor intensidad hemos "recorrido" el mundo desde Pamplona.
A principios de julio, antes de llegar a esta ciudad, me detuve en Barcelona y en Gerona; aquí tuvimos una tertulia muy numerosa y bendije una imagen de san Josemaría que se ha colocado en un lugar donde se realiza una abundante labor de almas con gente joven. Luego, como ya os comenté, fui a Portugal para rezar ante Nuestra Señora de Fátima y reunirme con un buen grupo de hermanas y hermanos vuestros. Y el pasado día 23 estuve en Lourdes, honrando a la Señora con toda la Obra e implorando su intercesión: le di gracias en nombre de todas y de todos.
También he realizado un rápido viaje a Holanda. Además de la alegría de ver a las personas de la Prelatura, he revivido parte de la prehistoria de la Obra en esa tierra, acompañando a nuestro Padre y al queridísimo don Álvaro: ¡cuánto rezaron recorriendo sus carreteras y ciudades, pensando en las mujeres y en los hombres que llegarían al Opus Dei, con una esperanza que ahora contemplamos hecha realidad! Vivamos a diario la Comunión de los santos.
Mañana, 2 de septiembre, ordenaré presbíteros a tres hermanos vuestros Agregados, que recibieron el diaconado hace seis meses; también por este motivo se me va la cabeza a san Josemaría, que soñaba con este paso: el momento en que vinieran algunos sacerdotes de entre estos hijos suyos. Rezad por ellos y por los frutos de las numerosas actividades realizadas durante este tiempo en todo el mundo; y cabe añadir por las Regiones del hemisferio sur que, con su vida ordinaria, nos sostienen a todos.
En el centro del mes que comienza, el 14 de septiembre, volvemos a agradecer a nuestra Madre la Iglesia la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Nuestro Padre la preparaba y la celebraba con especial alegría, plenamente persuadido de que la Cruz es el trono de gloria desde el que Cristo atrae a sí todas las cosas. No imagináis con qué ilusión dispuso que, en la sede central del Opus Dei, se pintara un gran mural representando la escena que se celebra en la liturgia: la restitución de la Santa Cruz a Jerusalén tras haber sido rescatada de manos no creyentes.
Como manifestación de esa devoción tan arraigada, llevaba siempre consigo una reliquia del lignum crucis y quiso que la llevaran también sus sucesores: primero el inolvidable don Álvaro y ahora yo. Nos impresionaba a todos la gran piedad con que besaba cada día esa reliquia santa, antes de retirarse por la noche a descansar, al comenzar de nuevo la jornada y en otros momentos.
Al día siguiente de esa festividad, el 15 de septiembre, conmemoraremos la presencia de la Virgen al pie de la Cruz, sufriendo con Jesús y colaborando con Él en la obra de la redención. Allí se manifestó su nueva maternidad, cuando escuchó aquellas palabras del Señor: Mujer, aquí tienes a tu hijo. Entonces nos acogió con entereza y ternura, como verdaderos hijos suyos. Estas dos fiestas constituyen para los cristianos un poderoso reclamo, una llamada imperiosa a abrazar con amor las pequeñas o grandes cruces que se presenten en nuestras vidas, sin quejas ni lamentos, porque todas nos atan a Jesucristo y constituyen una muy especial bendición de Dios. No olvidemos aquel comentario de san Josemaría, a propósito de que mucha gente llama cruz a lo que les contraría, y acaban quitando su representación de las casas y, sobre todo, de su conducta. No admiten que la Santa Cruz, con todas sus manifestaciones, da libertad y fuerzas para combatir la batalla de la nueva evangelización, empezando por la conversión personal de cada uno.
Años atrás, el Santo Padre hablaba en una homilía de que no hay amor sin sufrimiento, sin el sufrimiento de la renuncia a sí mismos, de la transformación y purificación del yo por la verdadera libertad. Donde no hay nada por lo que valga la pena sufrir, incluso la vida misma pierde su valor. La Eucaristía, el centro de nuestro ser cristianos, se funda en el sacrificio de Jesús por nosotros, nació del sufrimiento del amor, que en la Cruz alcanzó su culmen. Nosotros vivimos de este amor que se entrega. Este amor nos da la valentía y la fuerza para sufrir con Cristo y por Él en este mundo, sabiendo que precisamente así nuestra vida se hace grande, madura y verdadera.
Ayudemos a todas las personas que encontremos, o con las que coincidamos, a considerar el valor del sufrimiento afrontado de esta manera, con paz y también con alegría. Nuestro Fundador lo subrayaba en una ocasión, haciéndose con dolor una pregunta: ¿Quién sale hoy al encuentro de la Santa Cruz? Poca gente. Ya veis cuál es la reacción del mundo ante la Cruz, incluso de tantos que se llaman católicos, para quienes la Cruz es escándalo o sandez, como escribió San Pablo: iudæis quidem scándalum, géntibus autem stultítiam (1 Cor 1, 23). ¡Señor! A la vuelta de los siglos continúa esta situación anormal, incluso entre las personas que dicen que te quieren y que te siguen. Observamos en este mundo nuestro, en efecto, lo que el Apóstol escribía a los Corintios: los judíos piden signos, los griegos buscan sabiduría; nosotros en cambio predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados, judíos y griegos, predicamos a Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.
Hijos míos —proseguía nuestro Padre—, ved que no exagero. Todavía la Cruz es símbolo de muerte, en lugar de constituir señal de vida. Todavía de la Cruz se huye como si fuera un patíbulo, cuando es un trono de gloria. Todavía los cristianos rechazan la Cruz y la identifican con el dolor, en lugar de identificarla con el amor. Tú y yo, cada uno de nosotros, ¿amamos de verdad la Santa Cruz? ¿Estamos persuadidos de que la unión con Cristo crucificado es la fuente de la eficacia sobrenatural y de la verdadera alegría? ¿Nos ejercitamos diariamente en asumir con diligencia lo que nos desagrada: la enfermedad, lo que es obstáculo a nuestros proyectos, las contrariedades de la jornada? Si hay visión sobrenatural, cada día descubriremos no pocas ocasiones de unirnos a Jesús y a la Virgen, recogiendo con amor las pequeñas contradicciones —quizá no tan pequeñas—, y ofreciéndolas en la Santa Misa. ¡Qué tesoro tan grande para el Cielo podremos acumular, a base de detalles menudos!
Era la enseñanza constante de san Josemaría. Os invito a que vayáis recogiendo durante el día —con vuestra mortificación, con actos de amor y de entrega al Señor— miligramos de oro, y polvillo de brillantes, de rubíes y de esmeraldas. Los encontraréis a vuestro paso, en las cosas pequeñas. Recogedlos, para hacer un tesoro en el Cielo, porque con miligramos de oro se reúnen al cabo del tiempo gramos y kilogramos; y con fragmentos de esas piedras preciosas lograréis hacer diamantes estupendos, grandes rubíes y espléndidas esmeraldas.
La receta es fácil de llevar a la práctica, pero presupone el deseo de acompañar a Cristo en el Calvario. Tres actitudes caben ante la Cruz,resumía nuestro Fundador. Huir de este don, que es lo que hace casi todo el mundo. Ir temerariamente a buscarla, deseando grandes pruebas, sometiéndose a penitencias muy extraordinarias: si ese impulso no proviene de Dios, no me parece tampoco oportuno, porque puede ser fruto de una oculta soberbia. La tercera actitud es recibirla con alegría, cuando el Señor la manda: aquí se encuadra, pienso yo, el modo más acertado de comportarse ante la Cruz.
Volvamos los ojos a la Santísima Virgen. El hecho de que María permaneciera firme junto a la Cruz, acompañando de cerca a su Hijo, fue sin duda una gracia especial de Dios; pero una gracia a la que respondió con una preparación de años —desde el momento de la Anunciación y aun antes— por la completa apertura de su corazón y de su alma a los requerimientos divinos. Las etapas del camino de María, desde la casa de Nazaret hasta la de Jerusalén, pasando por la Cruz, donde el Hijo le confía al Apóstol Juan, están marcadas por la capacidad de mantener un clima perseverante de recogimiento, para meditar todos los acontecimientos en el silencio de su corazón, ante Dios (cfr. Lc 2, 19-51); y en la meditación ante Dios comprender también la voluntad de Dios y ser capaces de aceptarla interiormente.
Hijas e hijos míos, ésta es la gran lección que nos transmite la Iglesia con ocasión de esta fiesta mariana. La entera existencia terrena de Nuestra Señora se consumió en el deseo ardiente de cumplir la Voluntad divina, también cuando esa providencia de Dios se presentaba con contornos dolorosos. Y todo lo llevó a cabo sin quejas, con elegancia humana y sobrenatural, sin llamar la atención: Ella es —como recordó tantas veces san Josemaría— Maestra del sacrificio escondido y silencioso. Con su ejemplo nos anima a recibir con amor las contrariedades de la existencia, las pequeñas —que será lo más habitual— y las grandes.
Tratemos de hacer nuestra esa actitud de la Virgen Santísima, modelo para las almas que desean ser contemplativas en medio del mundo: llevar a la meditación personal los sucesos que jalonan nuestras jornadas, gozosos o dolorosos, para descubrir en cada uno la amabilísima Voluntad de nuestro Padre Dios y abrazarla con sosiego. De este modo llenaremos de alegría el Corazón de Jesucristo, que nos bendecirá y colmará de eficacia nuestros esfuerzos por acercarle muchas almas. Amemos la mortificación, la penitencia, con naturalidad, sin aspavientos, como observamos en la vida de María. El mundo admira solamente el sacrificio con espectáculo, porque ignora el valor del sacrificio escondido y silencioso.
Al contemplar la cruz colocada sobre el altar durante la Misa, al besar el pequeño crucifijo que os sugiero llevar siempre con vosotros —como escribió nuestro Padre—, al besar o hacer una reverencia ante la Cruz de palo en los oratorios, fijémonos en el profundo significado de esos gestos. Nos hablan —dice el Papa— de que Dios no ha redimido al mundo con la espada, sino con la Cruz. Al morir, Jesús extiende los brazos. Este es ante todo el gesto de la pasión: se deja clavar por nosotros, para darnos su vida. Pero los brazos extendidos son al mismo tiempo la actitud del orante, una postura que el sacerdote asume cuando, en la oración, extiende los brazos: Jesús transformó la pasión, su sufrimiento y su muerte, en oración, en un acto de amor a Dios y a los hombres. Por eso, los brazos extendidos de Cristo crucificado son también un gesto de abrazo, con el que nos atrae hacia sí, con el que quiere estrecharnos entre sus brazos con amor. De este modo, es imagen del Dios vivo, es Dios mismo, y podemos ponernos en sus manos.
Al releer estas palabras de Benedicto XVI, ha acudido a mi memoria con gran nitidez una imagen característica de san Josemaría. Cuando hablaba del Señor sujeto a la Cruz, más que por los clavos, por el gran amor que nos tenía —así solía expresarse—, no era infrecuente que, con naturalidad, abriera ligeramente los brazos y girara las palmas de las manos, en un gesto que quizá pasaba inadvertido a la mayor parte de las personas. Me consta —lo comentó alguna vez— que ese gesto era manifestación de su afán por unirse estrechamente al Señor, clavado en el leño de la Cruz, tratando de identificarse con Él para acoger a todos los hombres.
El Papa señala que María siguió con discreción todo el camino de su Hijo durante la vida pública hasta el pie de la Cruz, y ahora sigue también, con su oración silenciosa, el camino de la Iglesia. Acudamos a su intercesión con más insistencia en estos tiempos difíciles, para que nos haga fuertes ante el dolor aceptado y buscado. Pongamos bajo su mediación materna —es Mater Ecclésiæ, Madre de la Iglesia— el Año de la Fe que comenzará dentro de pocas semanas, el 11 de octubre, quincuagésimo aniversario del inicio del Concilio Vaticano II. Y, haciendo eco al Santo Padre, esforcémonos para comportarnos en todo momento como cristianos cabales, con un testimonio claro —con obras y con palabras— de nuestra fe católica. La sociedad civil, los ambientes en los que nos movemos, necesitan un suplemento de vida espiritual, de vida sobrenatural, que sólo proviene de la Cruz de Jesucristo. Y, sin autolesionismo, con paz y constancia, tratemos de aprender la lección del Maestro, que acudió a la cita del Calvario puntualizando: ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros....
Seguid rezando por mis intenciones, consumados en la unidad, fundidos en la oración, en el sacrificio y en los afanes de servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a todas las almas. Para lograrlo, pidamos ayuda a don Álvaro, que tomó el relevo de nuestro Padre precisamente en esta fiesta de Santa María, Madre dolorosa. Pienso que la paz que caracterizó siempre al primer sucesor de san Josemaría se reforzó todavía más, de modo que, con su trato, la gente se sentía poderosamente atraída hacia Dios Nuestro Señor.
Acompañemos al Papa durante su viaje pastoral al Líbano, del 14 al 16 de este mes, donde firmará y hará entrega de la exhortación apostólica post-sinodal sobre el Oriente Medio, fruto de la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos celebrado en Roma hace dos años. Roguemos por esas tierras que Nuestro Señor santificó con su presencia e imploremos de la Santísima Virgen, Regína pacis, el don de la paz para los pueblos de aquella zona y para la humanidad entera.
Con todo cariño, os bendice vuestro Padre + Javier
Torreciudad, 1 de septiembre de 2012.

04 septiembre 2012


Estructura y finalidad del Catecismo 


de la Iglesia Católica



 La primera mitad del Catecismo presenta las obras de Dios para nosotros (la fe y los sacramentos) y la segunda, nuestra respuesta a sus dones (la vida cristiana y la oración)

      Una de las claves del Catecismo de la Iglesia Católica y de su Compendio es su estructura, compuesta porcuatro partes en este orden: el Credo, los sacramentos, la moral y la oración. El Catecismo toma esta estructura del Catecismo Romano o Catecismo de Trento (s. XVI) y la presenta de un modo nuevo, acorde con las necesidades actuales.

Un díptico pedagógico: los dones de Dios y nuestra respuesta

      Esas cuatro partes pueden verse como en un díptico que presenta el contenido del Catecismo en dos mitades: lo que Dios nos da, nuestra respuesta. En una conferencia pronunciada en Estados Unidos en 1993, Christoph Schönborn —secretario de la comisión redactora del Catecismo— asumía estas palabras de Pedro Rodríguez, autor de la edición crítica del Catecismo Romano o Catecismo de Trento: «La opción es evidente: el Catecismo Romano, antes de presentar al cristiano lo que ha de hacer, quiere declararle quién y cómo es él (…). De hecho, el orden doctrinal del Catecismo de Trento no tiene cuatro partes, sino que se presenta como un díptico magnífico tomado de la tradición: por un lado, los misterios de la fe en Dios uno y trino, tal como es profesada (Credo) y celebrada (sacramentos); por otro lado, la vida cristiana según la fe —fe que obra por la caridad— expresada en un estilo cristiano de vida (decálogo) y en una oración filial (Padre Nuestro)».
      De esta manera, la articulación entre las cuatro partes del Catecismo de la Iglesia Católica se puede resumir diciendo ante todo que la fe cristiana incluye los sacramentos (los “sacramentos de la fe”: cfr. Compendio, n. 228). Sólo con esos dones de Dios, que nos dan una participación de la vida trinitaria a través de la gracia, podemos “luego” vivir una vida coherente a nuestra comunión con Dios. La vida cristiana, presidida por la caridad, es un fruto de los sacramentos que se manifiesta también en el diálogo con Dios: la oración.
      Dicho brevemente, la primera mitad del Catecismo presenta las obras de Dios para nosotros (la fe y los sacramentos) y la segunda, nuestra respuesta a sus dones (la vida cristiana y la oración). Con la terminología de Santo Tomás de Aquino, se diría: la Iglesia es communio sanctorum, lo cual significa ante todo la comunión de las “cosas santas” que Él nos da; y también significa la “comunión de los santos”, de aquellos que participan de las “cosas santas”, aunque sea sólo incoativamente, aquí en la tierra.

El Catecismo declara su estructura

      Pues bien, el Catecismo de la Iglesia Católica muestra una profunda “autocomprensión” de su estructura, concebida como articulación de la exposición de la fe (vid. nn. 737-741). La primera parte del Catecismo (el Credo) culmina exponiendo que la misión de Cristo (Verbo encarnado) y del Espíritu Santo (en Pentecostés) están al servicio de la comunión de los cristianos con Dios Padre, que es la Iglesia. La segunda parte muestra cómo por medio de los sacramentos, Cristo comunica su Espíritu a los miembros de su Cuerpo místico. La tercera parte se ocupa del fruto de los sacramentos, que es la vida nueva (parte moral). Finalmente, la cuarta parte se centra en una consecuencia fundamental de esa vida nueva: el diálogo con Dios en la oración.
      Respecto al Compendio del Catecismo, puede observarse que refleja esa misma “autocomprensión” de la estructura cuatripartita en los nn. 144-146.

La finalidad del Catecismo: el "conocimiento amoroso de Dios" y de Jesucristo

      Con esta estructura el Catecismo se propone como finalidad el “conocimiento amoroso” del Dios único y de su enviado Jesucristo, en la línea de lo que ya señalaba el Catecismo Romano: «Toda la finalidad de la doctrina y de la enseñanza debe ser puesta en el amor que no acaba. Porque se puede muy bien exponer lo que es preciso creer, esperar o hacer, pero sobre todo se debe siempre hacer aparecer el Amor de nuestro Señor, a fin de que cada uno comprenda que todo acto de virtud perfectamente cristiano no tiene otro origen que el Amor, ni otro término que el Amor» (Prefacio, n. 10).
      Esa es también la “fuerza interior” y evangelizadora del Catecismo de la Iglesia Católica (cfr. n. 429) y de su Compendio, que afirma en el n. 80: «…También hoy, el deseo de evangelizar y catequizar, es decir, de revelar en la persona de Cristo todo el designio de Dios, y de poner a la humanidad en comunión con Jesús, nace de este conocimiento amoroso de Cristo».
      En definitiva, la totalidad de la vida cristiana, sobre la base de la fe y los sacramentos, es un servicio a Dios, y, por Él y con su gracia, que agranda el corazón del hombre, a todas las personas del mundo. La única condición para dar este testimonio del Amor de Dios en el mundo es la comunión de amor con la Trinidad, por la gracia que nos comunica la vida cristiana. Esto sucede sobre todo en la Eucaristía, donde se nos da el mismo autor de la gracia, Jesucristo, y en el sacramento de la Penitencia, que nos purifica para recibir la Eucaristía con mayor plenitud cada vez.
      Con frecuencia la liturgia de la Iglesia pone en boca de los fieles plegarias que manifiestan la realidad de la fe y de la vida cristiana, como éstas, dirigida a Dios Padre: «Infúndenos, Señor, el espíritu de tu caridad para que, alimentados del mismo pan del cielo, permanezcamos siempre unidos por el mismo amor. Por Jesucristo, nuestro Señor» (poscomunión, viernes de la 32ª semana). «Señor, Tú que devuelves la inocencia y la amas, dirige hacia ti los corazones de tus siervos, para que acogiendo tu Espíritu con fervor, permanezcan firmes en la fe y eficaces en las obras. Por Jesucristo, nuestro Señor» (colecta, jueves de la 2ª semana).

03 septiembre 2012


Ordenaciones sacerdotales en Torreciudad

Homilía del Prelado del Opus Dei el 2-9-2012


Queridísimos hermanos y hermanas. Queridísimos ordenandos: 
         
      Hace pocos días he vuelto a leer unas palabras de San Josemaría; hablaba de la misión de la Obra de Dios en el mundo y nos decía: estamos en un camino divino, en el que hemos de seguir las huellas de Jesucristo, llevando nuestra propia cruz, ¡la Santa Cruz!: y espera Dios Nuestro Señor que nos esforcemos generosamente, que nos sintamos dichosísimos, cooperando con sacrificio a que la Obra se realice. Muy apropiadas son estas consideraciones para quienes, dentro de pocos momentos, van a recibir el Sacramento del sacerdocio, y pienso que también lo son para todos los católicos con respecto a nuestro común servir a la Iglesia Santa. Como afirmaba el Fundador del Opus Dei, la Prelatura es una partecica de la Iglesia y si no es para servirla —añadía terminantemente— ¡que se destruya!
      En este domingo, día del Señor, sabiéndonos cada uno miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo, demos gracias a Dios por la ordenación presbiteral de estos tres hermanos nuestros y, a la vez roguemos fervientemente a la Trinidad Santísima que despierte en cada una y en cada uno de los que aquí nos encontramos, en este Santuario de la Virgen, un hondo y eficaz sentido del alma sacerdotal, que a todos se nos ha infundido por el sacramento del bautismo.
      Ponderemos que somos portadores de Cristo; y esta responsabilidad santa, porque Dios ha querido contar con nosotros, nos debe empujar a tratar más de cerca a Jesucristo, a conocerle con más intimidad y a darle a conocer. Nada más lejano a tal confianza que el Cielo nos muestra, que una actitud pasiva o de desentendimiento. Hemos de esforzarnos a diario para dejar más espacio a Dios en nuestras almas —diría que ese espacio debe ser total—, para ponernos en condiciones de transmitir al mundo, y más concretamente a nuestros parientes, a nuestros colegas de trabajo, a nuestras amistades, la incomparable alegría de nuestra condición de hijos de Dios; y también para que, por Él —por Cristo—, con Él y en Él —como rezamos en la doxología final de la Plegaria eucarística— nos afanemos en transformar en tarea divina los diferentes quehaceres que nos ocupan.
      Jesucristo pidió a los doce Apóstoles: id por todo el mundo y predicad el Evangelio. Es una exhortación que también nos dirige a nosotros, ninguno excluido; una tarea que podemos llevar a cabo —no es difícil, pero exige lucha— con una conducta coherente con la Gracia que de continuo Dios nos infunde. No lo dudemos, si actuamos así, si damos testimonio de nuestra fe, sin respetos humanos, no pocas personas nos preguntarán sobre el motivo de nuestra actitud o se sentirán interpeladas, y encontraremos tantas oportunidades de dar razón de nuestra esperanza, de transmitir el tesoro de la fe. Como ya sabemos, el Papa Benedicto XVI ha convocado el Año de la Fe, con la Carta Apostólica Porta fidei, no solamente para nuestro beneficio personal, sino para que descubramos o recordemos a la gente el gozo de que todos somos hijos de Dios, y de que a todos nos llama a su amistad. Así se expresaba en ese documento, recogiendo unas palabras pronunciadas en la homilía de su inicio del Pontificado: La Iglesia en su conjunto, y en ésta sus pastores, como Cristo, han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud.  
      Muy a propósito viene el texto de Evangelio de San Juan, apenas proclamado. Jesucristo nos dice que Él es el buen Pastor y que ha dado su vida por sus ovejas. San Josemaría, con mucha frecuencia, comentaba estas palabras que el Maestro dedicó al buen Pastor. Se dirigía a los fieles del Opus Dei, pero no excluía a los demás católicos, ciudadanos iguales a los miembros de la Prelatura. Puntualizaba que todos, en la Iglesia, somos oveja y pastor, y con esta afirmación quería señalar que, al ser los bautizados continuadores en el tiempo de la misión de Jesucristo, a todos nos compete —de acuerdo con el sacerdocio ministerial o con el sacerdocio común de los fieles— ser servidores de los demás, dando ejemplo con nuestra conducta y con nuestra formación doctrinal. Porque si leemos habitualmente y con piedad los Evangelios, si los hacemos vida de nuestra propia vida, nos propondremos prestar con generosidad ayuda espiritual, también la humana a nuestro alcance, a quienes con nosotros conviven; conscientes a la vez de que —por la Comunión de los santos—, desde donde nos encontremos, podemos enviar sangre arterial —ayuda espiritual proveniente de la Sangre vivificadora de Cristo— a toda la humanidad.
      Lo que acabo de comentar no ha de quedarse en una simple ilusión, en un fuego de bengala, que brilla por un momento y desaparece sin dejar rastro. El Papa Benedicto XVI repite sin cansancio que Dios quiere servirse de los santos, para propagar la fuerza salvadora que Jesucristo, enviado por su Padre, ha traído a la humanidad de todos los tiempos, la Buena Nueva que siempre será actual y eficaz. Por tanto, si cada una y cada uno de nosotros se esfuerza en caminar lealmente con el Maestro, seremos buenos pastores y saldremos, con continua y entera disponibilidad, en busca de las almas, persuadidos de la trascendencia de nuestra vida cristiana, ya que, como no dejaba de repetir San Josemaría, cuando la siembra es de santidad, nada se pierde.
      Deseo ahora dirigirme a vosotros tres, hijos queridísimos, escogidos por Jesucristo para ser continuadores en el tiempo de su único Sacerdocio. Habéis respondido libremente a esa llamada y, para que descubráis a diario la urgencia de este compromiso, se hace muy necesaria vuestra constancia para ser muy humildes, pidiendo también esta virtud para todos los sacerdotes y seminaristas del mundo, teniendo muy presente que el Sumo Sacerdote, Jesucristo, ha venido a esta tierra nuestra para servir, y no para ser servido. Recordad su invitación clara, terminante: discite a me…, aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Os sugiero que miréis a diario, con repetida frecuencia y con devoción, al Crucifijo —el libro en que está toda ciencia, afirmaba Santo Tomás de Aquino—, porque hemos de ir adelante por la misma senda de abnegación total que Cristo recorrió. Al entregaros la hostia sobre la patena y el cáliz, escucharéis: recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor. No decaigamos en dar cumplimiento a esta propuesta
      El Santo Padre, Benedicto XVI, en su carta para convocar un año sacerdotal nos escribió: “El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”, repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars. Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos… Y más adelante apuntaba el Papa: Todos los sacerdotes hemos de considerar como dirigidas a nosotros aquellas palabras que él —san Juan María Vianney— ponía en boca de Jesús: “encargaré a mis ministros que anuncien a los pecadores que estoy siempre dispuesto a recibirlos, que mi misericordia es siempre infinita”. Os pido que meditéis estas ideas, y que releáis esa carta, que tanto bien hará a vuestra alma y os ayudará a ejercer muy rectamente vuestro ministerio, al servir con el sacramento de la penitencia a cuantos se acerquen a vuestro confesonario.       
      Al imponeros las manos para trasmitiros el don del sacerdocio de Cristo, el coro y el pueblo entonarán el himno Veni Creator. Acudid al Paráclito con honda piedad, para que se grabe en vuestra alma que con este sacramento vais a ser, de un modo especial, otro Cristo, y como añadía San Josemaría: el mismo Cristo; no supone esta afirmación una osadía temeraria, porque leemos en los Evangelios, no pocas veces y de diferentes maneras, las precisiones del Maestro: “quien a vosotros oye, a mí me oye”, “haced esto en memoria mía”, “id en mi nombre”. Deseo añadiros que, en la Santa Misa, vais a ser el mismo Cristo, y que seréis ministros para distribuir al pueblo de Dios el Cuerpo y la Sangre del Unigénito, además de que en el sacramento de la Penitencia el Señor se servirá de vosotros, siendo Él mismo el que perdona, para lavar las almas de sus pecados.
      Quiero rogaros también que tengáis muy presente que “no hay Iglesia sin Eucaristía, y no hay Eucaristía sin la Iglesia”. Vosotros, a partir de este día, pasáis a ser de manera primordial guardianes fieles de este don inefable, en el que el mismo Jesucristo hace sacramentalmente presente el Sacrificio de la Cruz, y se queda oculto en los tabernáculos del mundo, esperando ciertamente que le acompañemos todos y muy concretamente sus sacerdotes. Cuidad celosamente la liturgia, sin acostumbraros jamás a celebrar las funciones del altar, y de modo especialísimo la Santa Misa. Celebradla con piedad y recogimiento: no se trata de hacer espectáculo, pero no olvidemos que el pueblo mira y aprende del culto que los ministros de Dios tributamos al Señor. Pedídselo de modo expreso a nuestro Padre, que hasta el final de su vida se esmeró en crecer en piedad desde que comenzaba el Santo Sacrificio hasta el ite, Missa est. Ponderad muchas veces aquel grito de un obispo santo, del que nuestro Padre se hizo eco en Camino: ¡tratádmelo bien!.
      No olvidéis, hijos queridísimos, que recibís la ordenación sacerdotal para servir a la Iglesia, a todas las almas, y más directamente a las mujeres y los hombres de la Prelatura, en la que los sacerdotes y los laicos componemos una unidad orgánica que no puede desgajarse, porque se destruiría el camino de santidad personal que Dios nos pide, y también la eficacia apostólica del Opus Dei, en el mundo entero, al servicio de la Iglesia santa.
      Sed siempre muy leales al Romano Pontífice, sea quien sea; amad a todos los obispos, sucesores de los Apóstoles, y a vuestro Ordinario, el obispo y prelado del Opus Dei; quered a los sacerdotes de cada diócesis; y rogad con constancia al Señor que envíe muchos operarios a la Obra y a toda su mies: numerosos seminaristas decididos a buscar la santidad y también vocaciones a la vida consagrada.
      Pensando en cómo San Josemaría quiso —y ahora desde el Cielo quiere— a los padres y hermanos de sus hijas e hijos, felicito de todo corazón a los que componéis la familia de cada uno de los tres nuevos sacerdotes. Dad gracias a la Trinidad Santísima, apoyados en la intercesión de la Virgen, nuestra Señora de los Ángeles, para que proteja a estos hijos en su nueva etapa de servicio a la Iglesia y a las almas.
      En este templo todo nos habla del amor de Dios y de su Madre a cada una y a cada uno de nosotros: el Sagrario con Jesús Sacramentado que contemplamos en el óculo del retablo, las escenas de la vida del Señor y de Santa María, la imagen de la Virgen de Torreciudad, el digno y amplio presbiterio con la estatua adorante del Fundador del Opus Dei, y hasta las mismas paredes de ladrillo. Cada elemento es una invitación a que pensemos que todos somos templo de Dios y, recogiendo la idea de San Josemaría apuntada en Camino, del mismo modo que los grandes edificios —este Santuario también—, se han levantado ladrillo a ladrillo, consideremos que cada detalle de nuestra vida puede y debe ser un continuo adorar a Dios Nuestro Señor.
      No puedo concluir sin rogaros a todos que, a diario, salga de nuestras almas una oración fervorosa, acompañada de generosos sacrificios, por la persona e intenciones del Papa, por los obispos —por mi hermano el obispo de Barbastro—, por los sacerdotes, y por esta humanidad de la que formamos parte.
      Sea alabado Jesucristo.


'EN LA BIBLIA LA LEY NO ES VISTA COMO UN PESO'


El Papa ayer en el Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!
En la Liturgia de la Palabra de este domingo surge el tema de la Ley de Dios, de su mandamiento: un elemento esencial de la religión judía e incluso de la cristiana, donde encuentra su pleno cumplimiento en el amor (cf. Rom. 13,10). La Ley de Dios es su palabra que guía al hombre en el camino de la vida, lo libera de la esclavitud del egoísmo y lo introduce en la "tierra" de la verdadera libertad y de la vida. Por eso en la Biblia la Ley no es vista como un peso, como una limitación que oprime, sino como el don más precioso del Señor, el testimonio de su amor paterno, de su voluntad de estar cerca de su pueblo, de ser su Aliado y escribir con este una historia de amor.
Así ora el israelita piadoso, "Me deleito en tus preceptos, / no olvido tu palabra. (...) Llévame por la senda de tus mandatos, / que en ella me siento complacido" (Sal. 119,16.35). En el Antiguo Testamento, es Moisés quien en el nombre de Dios transmite la Ley a las personas. Él, después de un largo viaje a través del desierto, en el umbral de la tierra prometida, proclama: "Y ahora, Israel, escucha los preceptos y normas que yo les enseño, pónganlas en práctica, a fin de que vivan y entren a tomar posesión la tierra que les da Yahvé, Dios de sus padres" (Dt. 4,1).
Y aquí está el problema: cuando el pueblo se establece en la tierra, y es el custodio de la Ley, es tentado de poner su seguridad y su felicidad en algo que ya no es la palabra del Señor: en los bienes, en el poder, en otros "dioses" que en realidad son vanos, son ídolos.
Por supuesto, la Ley de Dios permanece, pero la regla de la vida ya no es lo más importante; se convierte más bien en un revestimiento, en una cobertura, mientras que la vida sigue otros caminos, otras reglas, intereses a menudo egoístas de individuos y de grupo. Así, la religión pierde su verdadero significado que es vivir en la escucha de Dios para hacer su voluntad --que es la verdad de nuestro ser, y así vivir bien, en la verdadera libertad--, y se reduce a la práctica de usanzas secundarias, que satisfacen más bien la necesidad humana de sentirse bien con Dios. Y es esto un riesgo grave para cualquier religión, que Jesús encontró en su tiempo, pero que se puede verificar, por desgracia, incluso en el cristianismo. Por lo tanto, la palabras de Jesús en el evangelio de hoy contra los escribas y los fariseos nos deben hacer pensar también a nosotros.
Jesús hace suyas las palabras del profeta Isaías: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres" (Mc. 7, 6-7; cf. Is. 29,13). Y luego concluye: "Dejando el precepto de Dios, se aferran a la la tradición de los hombres" (Mc. 7,8).
El apóstol Santiago, en su carta, advierte contra el peligro de una falsa religiosidad. Le escribe a los cristianos: "Pongan por obra la palabra y no se contenten solo con oírla, engañándose a ustedes mismos" (St. 1,22).
La Virgen María, a la que nos dirigimos ahora en oración, nos ayude a escuchar con un corazón abierto y sincero la Palabra de Dios, de modo que oriente nuestros pensamientos, nuestras decisiones y nuestras acciones, todos los días.

01 septiembre 2012


PRACTICAR LA FE 
Ramiro Pellitero

  
Con  frecuencia  se  oye  decir:  “Creo pero no practico”.  Si   se  pregunta   por   el  significado  concreto de estas palabras,  el encuestado  responderá  que  acepta la existencia de un ser transcendente, incluso de un Dios personal; pero que no reza –al menos como entiende que la Iglesia prescribe–, no va a Misa, no se confiesa, etc. Y así se ha extendido esa expresión, que tiene su sentido a la vez que encierra una contradicción, no percibida por el que la sostiene.

Y es que “practicar” la fe cristiana supone ciertamente la oración y los sacramentos, pero no sólo eso. Practicar la fe abarca el amor a Dios y el amor al prójimo, dar culto a Dios y servir a los demás con la caridad y la justicia.

 En uno de sus sermones exhorta San Agustín: “Dichosos nosotros si llevamos a la práctica lo que escuchamos (en la iglesia)…Porque cuando escuchamos es como si sembráramos una semilla, ycuando ponemos en práctica lo que hemos oído es como si esta semilla fructificara” (Sermón 23A). Y añade que la vida cristiana, como la de Jesús, se fundamenta en dos actitudes: la humildad y la acción de gracias.

La humildad lleva, en efecto, a morir a uno mismo para dar la vida a otros. Y laacción de gracias (eso significa Eucaristía) se ofrece a Dios Padre como culto, a la vez que se traduce en servicio por el bien de todos: damos gracias a Dios que nos ha salvado y manifestamos nuestro agradecimiento preocupándonos, con hechos, por los demás.
        
“Vivamos, por tanto, dignamente –concluye San Agustín–, ayudados por la gracia que hemos recibido y no hagamos injuria a la grandeza del don que nos ha sido dado”.
        
En definitiva, practicar la fe es ese “vivir dignamente, ayudados por la gracia”. Por tanto, no practica quien no vive los sacramentos, y tampoco practica quien no se preocupa por las necesidades materiales y espirituales de los demás.
        
“Practicar la fe” es amar a Dios sobre todas las cosas, muriendo al egoísmo y al pecado (la búsqueda del bienestar o del poder a toda costa; ponerse a uno mismo en el centro, ocupando el lugar de Dios). Y al mismo tiempo –con y como Cristo– traducir ese amor en el amor al prójimo. Y esto, en concreto, comenzando por los que nos rodean, en el ambiente de trabajo, en la familia, en las relaciones sociales y culturales.
        
De esta manera “la práctica de la fe” es, sencillamente, la vida cristiana bien “vivida”, tal y como la pueden y deben ejercitar la mayor parte de las personas, en medio de la calle. La fe lleva a la oración y a los sacramentos, y “fructifica” en el trabajo por el bien material y espiritual de todos, especialmente de los más necesitados.
        
Sólo así se comprueba que la fe es luz –que asume también la razón– y fuerza que sostiene al cristiano, tanto en las situaciones más comunes como en las más difíciles y extraordinarias de su vida.
        
Un ejemplo de ello se ve en la película “Prueba de fuego” (Fireproof, A. Kendrick, 2008). Queda claro que la oración y el sacrificio unidos a Cristo son eficaces ante las crisis.        Esto es verdad sobre todo cuando la existenciagira en torno a la Eucaristía.
        
La fe no es un conjunto de teorías, ni tampoco un manojo de sentimientos ni un código de reglas, sino una Vida y un amor, que Dios nos ha entregado en Cristo por la gracia del Espíritu Santo, para que nosotros nos entreguemos por el bien de los demás.     Según el apóstol Santiago, la fe sin obras es una “fe muerta”. Practicar la fe es “vivir la fe” y “vivir de fe”. Según Benedicto XVI, la fe lleva a ponerse al servicio del mundo, con el amor y la verdad (cf. encíclica Caritas in veritate, n. 11).


Libertad escolar de las familias


La falacia de la discriminación, es sencillamente una falacia, porque nadie discrimina a nadie al separar niños y niñas en la enseñanza

      El Tribunal Supremo ha dictaminado recientemente que dos Comunidades Autónomas deben denegar el Concierto educativo a unos centros con educación diferenciada. Jurídicamente no debía ser fácil el tema cuando los dos Tribunales Superiores de Justicia de esas Comunidades habían fallado a favor de los colegios. A mí no me interesa entrar ahora en un galimatías legal, que no entiendo, aunque sí lo suficiente como para saber que la Constitución española establece —sin restricción alguna— el derecho de los padres a elegir el tipo de educación que deseen para sus hijos.

      Caben diversos tipos de enseñanza: estatal, de iniciativa social o de iniciativa social concertada, con idearios variadísimos pero, dentro de todas las posibilidades, no entra la educación diferenciada, que no será mejor ni peor, sino otra opción. No dudo de la justicia del Tribunal Supremo pero, si es acertada, habrá que cambiar una ley —posiblemente anticonstitucional— con la tan traída y llevada discriminación de sexos. Si los legisladores fueran coherentes, tendrían que hablar de discriminación de género, con lo que el tipo de escuelas se multiplicarían por mucho. Además habría que ver si el progenitor A se ponía de acuerdo con el B...

      No nos engañemos, la falacia de la discriminación, es sencillamente una falacia, porque nadie discrimina a nadie al separar niños y niñas en la enseñanza. Lo saben miles de familias en nuestro país. ¿Están traumatizados los que se educan de ese modo? ¿Ha sido motivo para acudir al psiquiatra? ¿No son más las mujeres sometidas al aborto quienes acuden a estos médicos? Además, con exclusión del padre de la criatura para intervenir, quedan discriminados ambos: uno por no participar en la decisión y la otra por pechar sola con ella. Pues resulta que esta legalidad hipócrita llama derecho al aborto y discriminacióna la educación citada. Cualquier día se cargan las sociedades gastronómicas de hombres, los baños separados de bares o aeropuertos o la asociación de mujeres periodistas. Unos ejemplos entre decenas.

      Si esa forma de educar fuera anticonstitucional, lo sería también para los colegios no concertados. Como no lo es, simplemente responde al capricho del legislador o una imposición ideológica aplicada con un sesudo argumento: sí, pero no con mi dinero. Eso provoca otra injusticia porque los padres que lleven a sus hijos a un colegio diferenciado, lo pagan dos veces, precisamente con su dinero: en el colegio y en los impuestos destinados a los privilegiados que sí tienen gratuita la educación deseada. Los sindicatos han empleado frecuentemente esta fórmula, también algunos partidos políticos y medios de comunicación situados en su ola. Pues, con más motivo, se les podría decir a ellos: sí, pero no con mi dinero. La escuela concertada ahorra dinero al erario público; ellos, no.
      Nuestra Constitución garantiza la gratuidad de ciertos niveles de enseñanza y la capacidad de los padres para elegir con libertad. Diré de pasada que las famosas zonificaciones ya han reducido notablemente la libertad. Traban a la libertad. Como la entorpece esta ley que da pie a la mentada sentencia que, por cierto, también contiene otra deriva terrible: el Estado por encima de los padres. Parece, más bien, que lo que se da de bofetadas con la Constitución es una ley de quitar libertades protegidas por ésta.
      Hay que andar con tiento para que una moda, una imposición del pensamiento dominante, no nos trajine como le venga en gana, seamos progresivamente encorsetados, y nos demos cuenta cuando no tenga remedio. Por eso —y sin entrar yo en política, pero amando la libertad que nos sustraen—, me gusta que el titular de la Cartera de Educación haya afirmado enseguida que si esa ley no autoriza este tipo de respetable educación, habrá que cambiarla. Cuanto antes, porque no hay derecho —esto sí que sería un fraude— a que centenares o miles de familias se queden de pronto sin colegio y sin dinero. Todo por capricho, por ideología, tal vez por maltrato a la religión, por tiranía, que así se llama ese modo de proceder.

      Por lo que va dicho —aunque estemos en pleno verano—, son los padres y madres de familia quienes deben reaccionar con inmediatez. No sé si ahora los jueces se dedican a fallar en verano pues, ni hecho aposta, les sale mejor. Entonces, a pesar del estío, es preciso que las familias se muevan para que se corrija la ley y salga otra cuanto antes más respetuosa con nuestra libertad, con la Constitución, con la Declaración Universal de Derechos del Hombre y con alguna Convención Internacional que tenemos firmada justamente para respetar el tipo de educación agredida.

      Todo gobernante debe saber que sin libertad escolar, no hay libertad y que manipulada la escuela, manipulado el hombre. Necesitamos pensadores y gobernantes valientes que busquen el bien común para todos, en lugar de dedicarse a la pesca del voto cautivo en los caladeros de lo políticamente correcto, ordinariamente falaces. En esos caladeros no arreglamos ni la crisis económica, ni su causa: la crisis del hombre.