24 diciembre 2011

VIVIR LA NAVIDAD EN CRISTIANO

La venida de Jesús y la Navidad nos afecta siempre de manera irrepetible, porque ‘cristiano’ quiere decir continuador, como signo e instrumento, de la misión de Cristo, ungido por su Espíritu

      Para los cristianos la Navidad es un tiempo muy especial. No es simplemente un recuerdo, ni un mero símbolo; ni menos aún una especie de cuento o de juego para gente menuda. Ni simplemente un modo de que los adultos puedan sentirse niños de nuevo, al menos por unos días.

Un ‘Bing Bang’ redentor

      La Navidad es un tiempo litúrgico en el que renovamos la conciencia de un acontecimiento que sigue teniendo plena vigencia: la segunda Persona de la Trinidad, la Palabra de Dios, ha nacido en un pesebre de Belén. Dios se ha hecho hombre, se ha hecho Niño, entrando así en la historia humana y su lógica. Por tanto, según unas coordenadas concretas: en un momento dado, en un lugar determinado, a través de una cultura que Él quiso asumir con todas las consecuencias. A partir de entonces, no se ha retirado ni se ha retractado de ese acontecimiento definitivo, que ha cambiado la vida del mundo y sigue, como un Bing Bang redentor, expandiendo su energía salvadora en el tiempo y en el espacio de cada uno y de todos, a la vez que pide nuestra colaboración para que su amor llegue hasta los confines del universo.
      Dios sigue viviendo como hombre en Jesús resucitado. Esa Humanidad Santísima está en el seno de la Trinidad. El vencedor de la Cruz sigue intercediendo por nosotros ante Dios Padre. Sigue presente, también, en esta tierra especialmente en la Iglesia y en su misión, actuando por medio del Espíritu Santo en los corazones y en las culturas que le acogen. Sigue naciendo cada vez que alguien se abre al Amor con mayúsculas (el de Dios) o al amor hacia los demás, que es, según San Juan, camino y manifestación, al menos incipiente y siempre necesario, del amor a Dios.
      La Navidad sólo sucedió históricamente de una vez por todas. Pero, al ser Dios su protagonista principal, no es algo que simplemente pasó; sino que sigue siendo plenamente actual. No sólo en el Hoy eterno de Dios, sino también en nuestras vidas, que se abren mediante la fe a la vida de Dios, permitiéndonos vivir y comprender los valores eternos, mientras tratamos de reproducirlos en nuestra existencia ordinaria. Lo hacemos, ciertamente, en la medida de nuestras modestas posibilidades; pero a la vez, y esto es lo fascinante, estamos llamados a realizarlo con la vida misma de Dios (el cristiano pertenece al Cuerpo místico de Cristo); con su fuerza redentora y salvadora, siempre amable; con su luz reveladora y maravillosa.
      La Navidad celebra este nacimiento y esta vida de Dios entre los hombres y de los hombres con Dios. Un nacimiento y una vida que, según la fe cristiana, tienen una referencia al pasado, y, a la vez, son plenamente actuales y condición para la vida plena en el futuro de los hombres.

¿Cómo vivir la Navidad en cristiano?

      De todo ello cabe deducir cómo se puede hoy vivir la Navidad en cristiano.
      Quizá, apurados por la crisis económica, no podamos contemplar tantas luces en las calles y en los comercios; pero eso nos puede descubrir que la luz que más espera el Niño es la de nuestra vida.
      Puede que hayan disminuido los símbolos cristianos de ese acontecimiento, el nacimiento de Dios en el tiempo, que celebramos; pero es el cristiano el que debe ser, en su propio ambiente, signo vivo de Cristo.
      Tal vez los Nacimientos o los Belenes serán en algunos lugares más discretos o menos vistosos; pero los que se ponen (con sus figuritas ingenuas, el musgo y las casas de corcho) seguirán representando el Amor, y la respuesta que espera de cada uno, como realidad que llena de sentido la historia.
      Quizá se reduzca la calidad y variedad de una ideal mesa navideña; en todo caso el altar sobre el que se pone pan y vino significa el corazón de los cristianos, que elevan hacia Dios la ofrenda de su existencia cotidiana en acción de gracias por hacernos participar de su vida, unidos al corazón de Cristo. Y es que Belén y el Calvario son inseparables.
      Incluso aunque volviéramos a tiempos mejores en el espejismo de un engañoso espíritu navideño, nuestro vivir la Navidad no sería auténtico si no existiera una preocupación real por acercarnos de nuevo o más intensamente a Dios, a través de la oración y de los sacramentos (especialmente la Confesión y la Eucaristía) y de las obras del amor. Es decir, con un desvelo realpor los que están a nuestro lado en la familia, en el trabajo y en la calle; especialmente por los que no tienen hogar o compañía, o carecen de ropa o de comida, o por los que están enfermos, en estos días.
      Así Dios ha de nacer de nuevo en el corazón de cada cristiano, como condición para que pueda nacer en otros corazones. Pero hay que dejarle nacer en la mirada y en los hechos. Así la Navidad permitirá dejar que se hagan realidad los sueños.

Navidad en y desde la familia

      La Navidad es la fiesta de la alegría porque es la fiesta de la fe que se hace vida. Sobre la base de la Encarnación de Dios, la Navidad es igualmente la fiesta de la familia y de la amistad. Por eso decía Guardini: «Todo regalo debe ser en el fondo un símbolo del único gran regalo, en que Dios entregó a su Hijo por la salvación del mundo (1 Jn 4, 9s)».
      Dentro de la familia, vivir la Navidad en cristiano significa, por ejemplo, el volcarse de unos con otros en costumbres que vale la pena mantener o recuperar: el belén, el árbol, los villancicos; alguna comida más especial, conversaciones y paseos familiares, atención particular a los más pequeños, a los ancianos y a los enfermos; gestos concretos de desprendimiento personal, por parte de todos los miembros de la familia, a favor de quienes, ahí afuera, no tienen nada o casi nada. Eso para empezar, pero aún hay más.
      Imaginaba Guardini que María le habría contado a San Juan acerca de su anhelo por esperar al Mesías, muchos años atrás. Para ella esa venida era muy diferente de la liberación terrena y glorificación humana que esperaban muchos. «Quizá en ella había también un presentimiento, que no habría podido explicar ella misma; una sensación de que la misteriosa figura del que ‘había de venir’ la afectaba muy personalmente a ella...».
      Esto sucede de alguna manera con cada cristiano. La venida de Jesús y la Navidad nos afecta siempre de manera irrepetible, porque cristiano quiere decir continuador, como signo e instrumento, de la misión de Cristo, ungido por su Espíritu. Y por eso, la Navidad es a la vez la fiesta de la fe que se comunica, también en y por las familias (los padres y madres son los primeros apóstoles de sus hijos).
      De ahí la importancia, en estos días, de cuidar las oraciones especialmente de los niños, bendecir la comida al menos en las fiestas, participar en la Misa, que es siempre el centro de la fiesta cristiana, manifestar la vida cristiana en el amor al prójimo. Y todo ello desde el seno de esta familia de Dios (la Iglesia), que nace con Jesús.
      «Esta nueva familia de Dios comienza en el momento en el que María envuelve en pañales al ‘primogénito’ y lo acuesta en el pesebre. Pidámosle: Señor Jesús, tú que has querido nacer como el primero de muchos hermanos, danos la verdadera fraternidad. Ayúdanos para que nos parezcamos a ti. Ayúdanos a reconocer tu rostro en el otro que me necesita, en los que sufren o están desamparados, en todos los hombres, y a vivir junto a ti como hermanos y hermanas, para convertirnos en una familia, tu familia» (Benedicto XVI, Homilía en la Misa de Nochebuena, 25-XII-2010).

Meditar los tres deseos del Papa, con san Josemaría


      Benedicto XVI ha formulado tres deseos antes de encender las luces de un árbol de Navidad: elevar la mirada a Dios; buscar la verdadera luz para la vida; y ser “luz” para los demás. Ofrecemos una selección de textos de san Josemaría en torno a estos temas.

Mi primer deseo es que nuestra mirada no se detenga solamente en el horizonte de este mundo, en las cosas materiales, sino que se dirija a Dios.

      He procurado siempre, al hablar delante del Belén, mirar a Cristo Señor nuestro de esta manera, envuelto en pañales, sobre la paja de un pesebre. Y cuando todavía es Niño y no dice nada, verlo como Doctor, como Maestro. Necesito considerarle de este modo: porque debo aprender de El. Y para aprender de El, hay que tratar de conocer su vida: leer el Santo Evangelio, meditar aquellas escenas que el Nuevo Testamento nos relata, con el fin de penetrar en el sentido divino del andar terreno de Jesús. (Es Cristo que pasa, 14)

      El Señor sabe que dar es propio de enamorados, y Él mismo nos señala lo que desea de nosotros. No le importan las riquezas, ni los frutos ni los animales de la tierra, del mar o del aire, porque todo eso es suyo; quiere algo íntimo, que hemos de entregarle con libertad: "dame, hijo mío, tu corazón". ¿Veis? No se satisface compartiendo: lo quiere todo. No anda buscando cosas nuestras, repito: nos quiere a nosotros mismos. De ahí, y sólo de ahí, arrancan todos los otros presentes que podemos ofrecer al Señor. (Es Cristo que pasa, 35)

      Los bienes de la tierra no son malos; se pervierten cuando el hombre los erige en ídolos y, ante esos ídolos, se postra; se ennoblecen cuando los convertimos en instrumentos para el bien, en una tarea cristiana de justicia y de caridad. No podemos ir detrás de los bienes económicos, como quien va en busca de un tesoro; nuestro tesoro está aquí, reclinado en un pesebre; es Cristo y en Él se han de centrar todos nuestros amores, porque "donde está nuestro tesoro allí estará también nuestro corazón". (Es Cristo que pasa, 35)

      Espero —con estas líneas— impulsaros a que busquéis con mayor esfuerzo la presencia, la conversación, el trato y la intimidad con Dios Señor Nuestro, Trino y Uno, a través de la devoción familiar a la "trinidad de la tierra": que esta habitual confianza con Jesús, María y José sea para nosotros y para quienes nos rodean como una continua catequesis, un libro abierto que nos ayude a participar en los misterios, misericordiosamente redentores, del Dios hecho Hombre. (Carta 14-II-1974)

El segundo deseo es que nos recuerde que también nosotros necesitamos una luz que ilumine el camino de nuestra vida y nos infunda esperanza, especialmente en épocas en que sentimos con más fuerza el peso de las dificultades.

      "Lux fulgebit hodie super nos, quia natus est nobis Dominus", hoy brillará la luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor. Es el gran anuncio que conmueve en este día a los cristianos y que, a través de ellos, se dirige a la Humanidad entera. (Es Cristo que pasa, 12)

      Nuestro Señor se encarnó, para manifestarnos la voluntad del Padre. Y he aquí que, ya en la cuna, nos instruye. Jesucristo nos busca —con una vocación, que es vocación a la santidad— para consumar, con Él, la Redención. (Es Cristo que pasa, 31)

      Dios nos ha llamado clara e inequívocamente. Como los Reyes Magos, hemos descubierto una estrella, luz y rumbo, en el cielo del alma. (Es Cristo que pasa, 32)

      La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía. (Es Cristo que pasa, 45)

      "Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle". Es nuestra misma experiencia. También nosotros advertimos que, poco a poco, en el alma se encendía un nuevo resplandor: el deseo de ser plenamente cristianos; si me permitís la expresión, la ansiedad de tomarnos a Dios en serio. (Es Cristo que pasa, 32)

      Si la estrella luce de antemano, para orientarnos en nuestro camino de amor de Dios, no es lógico dudar cuando, en alguna ocasión, se nos oculta. Ocurre en determinados momentos de nuestra vida interior, casi siempre por culpa nuestra, lo que pasó en el viaje de los Reyes Magos: que la estrella desaparece. Conocemos ya el resplandor divino de nuestra vocación, estamos persuadidos de su carácter definitivo, pero quizá el polvo que levantamos al andar —nuestras miserias— forma una nube opaca, que impide el paso de la luz. (Es Cristo que pasa, 34)

      Si no se pierde la fe, si se mantiene la esperanza en Jesucristo que estará con nosotros "hasta la consumación de los siglos", la estrella reaparece. Y, al comprobar una vez más la realidad de la vocación, nace una mayor alegría, que aumenta en nosotros la fe, la esperanza y el amor. (Es Cristo que pasa, 35)

      "Entrando en la casa, vieron al Niño con María, su Madre, y, arrodillados, le adoraron". Nos arrodillamos también nosotros delante de Jesús, del Dios escondido en la humanidad: le repetimos que no queremos volver la espalda a su divina llamada, que no nos apartaremos nunca de El; que quitaremos de nuestro camino todo lo que sea un estorbo para la fidelidad; que deseamos sinceramente ser dóciles a sus inspiraciones. Tú, en tu alma, y también yo —porque hago una oración íntima, con hondos gritos silenciosos— estamos contando al Niño que anhelamos ser tan buenos cumplidores como aquellos siervos de la parábola, para que también a nosotros pueda contestarnos: "alégrate, siervo bueno y fiel". (Es Cristo que pasa, 35)

El último deseo es que cada uno de nosotros aporte algo de luz en los ambientes en que vive.

      "Iesus Christus, Deus Homo", Jesucristo Dios-Hombre. Una de las ‘magnalia Dei’, de las maravillas de Dios, que hemos de meditar y que hemos de agradecer a este Señor que ha venido a traer la paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad. (Es Cristo que pasa, 13)

      Hemos de pedir al Señor que nos conceda un corazón bueno, capaz de compadecerse de las penas de las criaturas, capaz de comprender que, para remediar los tormentos que acompañan y no pocas veces angustian las almas en este mundo, el verdadero bálsamo es el amor, la caridad: todos los demás consuelos apenas sirven para distraer un momento, y dejar más tarde amargura y desesperación.

      Si queremos ayudar a los demás, hemos de amarles, insisto, con un amor que sea comprensión y entrega, afecto y voluntaria humildad. Así entenderemos por qué el Señor decidió resumir toda la Ley en ese doble mandamiento, que es en realidad un mandamiento solo: el amor a Dios y el amor al prójimo, con todo nuestro corazón. (Es Cristo que pasa, 167)

      Como Cristo pasó haciendo el bien por todos los caminos de Palestina, vosotros en los caminos humanos de la familia, de la sociedad civil, de las relaciones del quehacer profesional ordinario, de la cultura y del descanso, tenéis que desarrollar también una gran siembra de paz. Será la mejor prueba de que a vuestro corazón ha llegado el reino de Dios: nosotros conocemos haber sido trasladados de la muerte a la vida —escribe el Apóstol San Juan— en que amamos a los hermanos. (Es Cristo que pasa, 166)

      Ahora, delante de Jesús Niño, podemos continuar nuestro examen personal: ¿estamos decididos a procurar que nuestra vida sirva de modelo y de enseñanza a nuestros hermanos, a nuestros iguales, los hombres? ¿Estamos decididos a ser otros Cristos? (Es Cristo que pasa, 21)

      San José, Padre y Señor nuestro, castísimo, limpísimo, que has merecido llevar a Jesús Niño en tus brazos, y lavarle y abrazarle: enséñanos a tratar a nuestro Dios, a ser limpios, dignos de ser otros Cristos.

      Y ayúdanos a hacer y a enseñar, como Cristo, los caminos divinos —ocultos y luminosos—, diciendo a los hombres que pueden, en la tierra, tener de continuo una eficacia espiritual extraordinaria. (Forja, 553)

23 diciembre 2011

JUNTO CON TODA LA CREACIÓN ACOJAMOS Y ADOREMOS A CRISTO QUE NACE


Pedro Mendoza


"Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos; el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, con una superioridad sobre los ángeles tanto mayor cuanto más les supera en el nombre que ha heredado. En efecto, ¿a qué ángel dijo alguna vez: Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy; y también: Yo seré para él Padre, y él será para mi Hijo? Y nuevamente al introducir a su Primogénito en el mundo dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios". Heb 1,1-6
Comentario
El pasaje de la carta a los Hebreos, propuesto en la celebración de la Solemnidad de la Navidad, recoge una llamada cálida a prestar una vez más atención al mensaje de salvación del Nuevo Testamento. El peligro de la rutina y de la dispersión acechaba entonces y ahora a los cristianos para entender la palabra de Dios y, por lo mismo, les hacía perder la atracción y la fascinación de la novedad de ese anuncio. El autor de esta carta introduce este reclamo de una manera solemne y llena de calificativos sobre la figura que nos comunica el mensaje de la salvación.
(vv.1-2a) A diferencia de las otras cartas del corpus paulinum, esta carta inicia sin recurrir al formulario usual de las cartas antiguas, esto es: sin especificar los destinatarios, sin saludos, acción de gracias. Esto es señal distintiva de que nos encontramos, más que ante una carta propiamente, ante un discurso que desde el inicio quiere llamar la atención de sus oyentes. El autor inicia afirmando, como coronamiento de todo el proceso de acercamiento por parte de Dios al hombre, la revelación que nos ofrece en el anuncio traído por su Hijo, el Verbo Encarnado. Tal anuncio es un hecho histórico que ha tenido lugar con la venida de Cristo, quien lo ha difundido.
Pero el peligro de entonces y de siempre está en quedarse en un conocimiento "material" del contenido de dicho anuncio: las enseñanzas del Señor, sus promesas y exigencias, aprendidas a través de las catequesis o de los evangelios, sin que este anuncio resuene en la vida de una manera nueva y personal. Por eso los destinatarios de la carta, aunque conocían todos estos contenidos, no veían ya nada especial en las palabras de Cristo.
(vv.2b-6) Una de las finalidades de la carta es resolver esta problemática. Por ello inicia con una serie de títulos que expresan toda la dignidad de Cristo. Así el autor quiere resaltar toda la importancia de cuanto  el Hijo de Dios nos comunica. Él es "heredero de todo" (v. 2b), por tanto todos nosotros le pertenecemos. Él es además el mediador de la creación por medio del cual Dios ha creado los "eones", esto es: el mundo presente y el mundo futuro. Por consiguiente, a Él, además de a Dios, debemos nuestra existencia.
A partir del v. 3 el autor de la carta teje un himno de "elogio" a Jesús, no deteniéndose a presentar los acontecimientos de su vida terrestre, ya conocidos por todos, sino los eventos del mundo celestial, que tuvieron lugar en el momento de la entronización de Jesús como Hijo de Dios y Señor del mundo. Así continúa en el v.4 presentando a Jesús con atributos divinos como "resplandor de su gloria", "impronta de su esencia" y "el que sostiene todo con su palabra poderosa". A través de esta triple descripción de la esencia de Cristo, resplandece la más estricta relación posible entre Dios y la persona y la obra de Jesús. De la misma manera se inserta a continuación la comparación, más desarrollada, entre Cristo y los ángeles. Toda ella está calcada sobre el ritual de la ceremonia de entronización de un rey en el antiguo oriente, que constaba de tres momentos: primero, la adopción del nuevo rey por parte de Dios, simbolizada en la imposición del nombre; después venía la postración de los principales del reino (que aquí son los ángeles); y, finalmente, la otorgación de los poderes (la entrega del cetro, la unción y la subida al trono).
Concluye este himno de alabanzas a Cristo exhortando a sumarnos a la adoración que deben rendirle "todos los ángeles de Dios" (v. 6). Precisamente en esta última exhortación reside un motivo por el cual la Iglesia encuentra este pasaje muy apropiado para la celebración del nacimiento de Cristo.
Aplicación
Junto con toda la creación acojamos y adoraremos a Cristo que nace.
En la lectura del profeta Isaías (52,7-10) escuchamos la exhortación a llenarnos de gozo porque "el Señor ha consolado a su pueblo". En efecto, la fiesta de la Navidad representa esta gran consolación por parte de Dios, un gozo inmenso para cada uno de nosotros: Dios se muestra cercano a nosotros, más todavía se hace presente en medio de nosotros en la forma de un Niño. ¡Qué iniciativa tan maravillosa y encantadora por parte de Dios! De este modo nos revela su ternura y nos invita a que también nosotros le amemos con toda la ternura de nuestro corazón. La consolación de Dios, que se encarna en el Niño de Belén, revela el profundo amor de Dios. Él está lleno de compasión, de amor, por su pueblo, también cuando éste es castigado, como sucedió en la historia del pueblo de Israel, a quien el profeta se dirige en primer lugar. Por eso nunca debemos perder la confianza en Dios, porque Él es un Dios todo bondad y misericordia para con todos sus hijos, sin excepción.
San Juan en el prólogo de su evangelio (Jn 1,1-18), en la línea del pasaje de la carta a los Hebreos, nos ayuda a profundizar en la naturaleza del Niño que nace en Belén: es el Verbo de Dios que se ha encarnado, la Palabra de Dios, que estaba junto a Dios en el principio, esto es: desde la eternidad. Después de afirmar que en Jesús, Verbo Encarnado, reside la vida y que ésta es la luz de los hombres, el evangelista nos invita a acogerlo, a diferencia de cuanto algunos no hicieron en su primera venida: "Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre" (vv.11-12). Hacia esta actitud de acogida quiere conducirnos san Juan, pues ahí está el punto decisivo ante la excelencia de los dones que Dios quiere comunicarnos: Él ha dado pasos gigantescos para venir hasta nosotros; pero también nosotros debemos dar esos pasos humanos nuestros para ir hacia Él. Esta Navidad, llenos de gratitud, renovemos nuestra adhesión a Jesús, el Hijo de Dios. Acojamos realmente al Niño de Belén y dejémonos guiar por Él en nuestras decisiones, pues así serán fuente de paz, de concordia, de perdón, de justicia y de amor.
La grandeza del Niño de Belén, derivada de su condición de Hijo de Dios, resplandece en el pasaje de la carta a los Hebreos (1,1-6), que ya comentamos. Este Niño no nos habla todavía con palabras humanas que puedan ser escuchadas, sino que nos habla ya con su presencia. Nos comunica del modo más elocuente el amor de Dios, el proyecto que Dios ya ha llevado a cumplimiento, como afirma la carta: "Dios después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas" (v.3). A este Dios, que viene a nuestro encuentro de esa manera tan asequible y asombrosa, como Niño tierno y necesitado, rindamos el culto de adoración que se merece. Reconociendo nuestra condición de indigencia y la sed insaciable de la felicidad que sólo en Él podemos encontrar, vayamos presurosos a Él, como los pastores de Belén. Y abrámosle a Cristo de par en par las puertas de nuestro corazón para que haga en él su morada y lo llene de su presencia y de su amor.

CÓMO ANUNCIAR EL EVANGELIO HOY



Enseñanzas que el Papa extrae de la JMJ 2011

Señores Cardenales, Venerados Hermanos en el Episcopado y en el Presbiterado, queridos hermanos y hermanas:
Vivimos hoy en un momento especialmente intenso. La santa Navidad está ya muy cerca y lleva a la gran familia de la Curia romana a reunirse para este hermoso intercambio de felicitaciones, que conllevan el deseo recíproco de vivir con alegría y auténtico fruto espiritual la fiesta de Dios que se hizo carne y puso su morada entre nosotros (cf. Jn 1,14). Esta es para mí una ocasión no sólo para expresar mi felicitación personal, sino también para manifestar a cada uno de vosotros mi agradecimiento y el de la Iglesia por vuestro generoso servicio; os ruego que lo transmitáis también a todos los colaboradores de nuestra gran familia. Doy las gracias de modo particular al cardenal decano Angelo Sodano que se ha hecho portavoz de los sentimientos de todos los presentes y de los que trabajan en las diferentes oficinas de la Curia, del Gobierno de la Ciudad del Vaticano, incluidos los que desempeñan su ministerio en las representaciones pontificias repartidas por todo el mundo. Todos estamos comprometidos en que el anuncio que los ángeles proclamaron en la noche de Belén, «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad» (Lc 2,14), resuene en toda la tierra para llevar gozo y esperanza.
En este final del año, Europa se encuentra en una crisis económica y financiera que, en última instancia, se funda sobre la crisis ética que amenaza al Viejo Continente. Aunque no están en discusión algunos valores como la solidaridad, el compromiso por los demás, la responsabilidad por los pobres y los que sufren, falta con frecuencia, sin embargo, la fuerza que los motive, capaz de inducir a las personas y a los grupos sociales a renuncias y sacrificios. El conocimiento y la voluntad no siguen siempre la misma pauta. La voluntad que defiende el interés personal oscurece el conocimiento, y el conocimiento debilitado no es capaz de fortalecer la voluntad. Por eso, de esta crisis surgen preguntas muy fundamentales: ¿Dónde está la luz que pueda iluminar nuestro conocimiento, no sólo con ideas generales, sino con imperativos concretos? ¿Dónde está la fuerza que lleva hacia lo alto nuestra voluntad? Estas son preguntas a las que debe responder nuestro anuncio del Evangelio, la nueva evangelización, para que el mensaje llegue a ser acontecimiento, el anuncio se convierta en vida.
En efecto, el gran tema de este año, como también de los siguientes, es cómo anunciar el Evangelio. ¿De qué manera la fe, en cuanto fuerza viva y vital, puede llegar a ser hoy realidad? Todos los acontecimientos eclesiales del año que está por concluir han estado relacionados en definitiva con este tema. Se han realizado viajes a Croacia, a España, para la Jornada Mundial de la Juventud, a mi Patria, Alemania, y finalmente a África, Benín, para la entrega del documento postsinodal sobre justicia, paz y reconciliación; un documento del que ha de nacer una realidad concreta en las diversas Iglesias particulares. Han sido inolvidables también los viajes a Venecia, a San Marino, a Ancona, para elCongreso Eucarístico, y a Calabria. Y ha tenido lugar, en fin, la importante jornada del encuentro entre las religiones y entre las personas en búsqueda de verdad y de paz en Asís; una jornada concebida como un nuevo impulso en la peregrinación hacia la verdad y la paz. La institución del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización nos remite anticipadamente al Sínodo que sobre el mismo tema tendrá lugar en el próximo año. También tiene que ver con ello el Año de la Fe, en recuerdo del comienzo del Concilio, hace cincuenta años. Cada uno de estos acontecimientos ha tenido su propio matiz. En Alemania, el país de origen de la Reforma, la cuestión ecuménica, con todas sus dificultades y esperanzas, ha tenido naturalmente una importancia particular. Indisolublemente unida a esto, hay siempre en el centro de las discusiones una pregunta: ¿Qué es una reforma de la Iglesia? ¿Cómo sucede? ¿Cuáles son sus caminos y sus objetivos? No sólo los fieles creyentes, sino también otros ajenos, observan con preocupación cómo los que van regularmente a la iglesia son cada vez más ancianos y su número disminuye continuamente; cómo hay un estancamiento de las vocaciones al sacerdocio; cómo crecen el escepticismo y la incredulidad. ¿Qué debemos hacer entonces? Hay una infinidad de discusiones sobre lo que se debe hacer para invertir la tendencia. Y, ciertamente, es necesario hacer muchas cosas. Pero el hacer, por sí solo, no resuelve el problema. El núcleo de la crisis de la Iglesia en Europa es la crisis de fe. Si no encontramos una respuesta para ella, si la fe no adquiere nueva vitalidad, con una convicción profunda y una fuerza real gracias al encuentro con Jesucristo, todas las demás reformas serán ineficaces.
En este sentido, el encuentro en África con la gozosa pasión por la fe ha sido de gran aliento. Allí no se percibía ninguna señal del cansancio de la fe, tan difundido entre nosotros, ningún tedio de ser cristianos, como se percibe cada vez más en nosotros. Con tantos problemas, sufrimientos y penas como hay ciertamente en África, siempre se experimentaba sin embargo la alegría de ser cristianos, de estar sostenidos por la felicidad interior de conocer a Cristo y de pertenecer a su Iglesia. De esta alegría nacen también las energías para servir a Cristo en las situaciones agobiantes de sufrimiento humano, para ponerse a su disposición, sin replegarse en el propio bienestar. Encontrar esta fe dispuesta al sacrificio, y precisamente alegre en ello, es una gran medicina contra el cansancio de ser cristianos que experimentamos en Europa.
La magnífica experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid, ha sido también una medicina contra el cansancio de creer. Ha sido una nueva evangelización vivida. Cada vez con más claridad se perfila en las Jornadas Mundiales de la Juventud un modo nuevo, rejuvenecido, de ser cristiano, que quisiera intentar caracterizar en cinco puntos.
1. Primero, hay una nueva experiencia de la catolicidad, la universalidad de la Iglesia. Esto es lo que ha impresionado de inmediato a los jóvenes y a todos los presentes: venimos de todos los continentes y, aunque nunca nos hemos visto antes, nos conocemos. Hablamos lenguas diversas y tenemos diferentes hábitos de vida, diferentes formas culturales y, sin embargo, nos encontramos de inmediato unidos, juntos como una gran familia. Se relativiza la separación y la diversidad exterior. Todos quedamos tocados por el único Señor Jesucristo, en el cual se nos ha manifestado el verdadero ser del hombre y, a la vez, el rostro mismo de Dios. Nuestras oraciones son las mismas. En virtud del encuentro interior con Jesucristo, hemos recibido en nuestro interior la misma formación de la razón, de la voluntad y del corazón. Y, en fin, la liturgia común constituye una especie de patria del corazón y nos une en una gran familia. El hecho de que todos los seres humanos sean hermanos y hermanas no es sólo una idea, sino que aquí se convierte en una experiencia real y común que produce alegría. Y, así, hemos comprendido también de manera muy concreta que, no obstante todas las fatigas y la oscuridad, es hermoso pertenecer a la Iglesia universal, a la Iglesia católica, que el Señor nos ha dado.
2. De aquí nace después un modo nuevo de vivir el ser hombres, el ser cristianos. Una de las experiencias más importantes de aquellos días ha sido para mí el encuentro con los voluntarios de la Jornada Mundial de la Juventud: eran alrededor de 20.000 jóvenes que, sin excepción, habían puesto a disposición semanas o meses de su vida para colaborar en los preparativos técnicos, organizativos y de contenido de la JMJ, y precisamente así habían hecho posible el desarrollo ordenado de todo el conjunto. Al dar su tiempo, el hombre da siempre una parte de la propia vida. Al final, estos jóvenes estaban visible y «tangiblemente» llenos de una gran sensación de felicidad: su tiempo que habían entregado tenía un sentido; precisamente en el dar su tiempo y su fuerza laboral habían encontrado el tiempo, la vida. Y entonces, algo fundamental se me ha hecho evidente: estos jóvenes habían ofrecido en la fe un trozo de vida, no porque se les había mandado o porque con ello se ganaba el cielo; ni siquiera porque así se evita el peligro del infierno. No lo habían hecho porque querían ser perfectos. No miraban atrás, a sí mismos. Me vino a la mente la imagen de la mujer de Lot que, mirando hacia atrás, se convirtió en una estatua de sal. Cuántas veces la vida de los cristianos se caracteriza por mirar sobre todo a sí mismos; hacen el bien, por decirlo así, para sí mismos. Y qué grande es la tentación de todos los hombres de preocuparse sobre todo de sí mismos, de mirar hacia atrás a sí mismos, convirtiéndose así interiormente en algo vacío, «estatuas de sal». Aquí, en cambio, no se trataba de perfeccionarse a sí mismos o de querer tener la propia vida para sí mismos. Estos jóvenes han hecho el bien –aun cuando ese hacer haya sido costoso, aunque haya supuesto sacrificios– simplemente porque hacer el bien es algo hermoso, es hermoso ser para los demás. Sólo se necesita atreverse a dar el salto. Todo eso ha estado precedido por el encuentro con Jesucristo, un encuentro que enciende en nosotros el amor por Dios y por los demás, y nos libera de la búsqueda de nuestro propio «yo». Una oración atribuida a san Francisco Javier dice: «Hago el bien no porque a cambio entraré en el cielo y ni siquiera porque, de lo contrario, me podrías enviar al infierno. Lo hago porque Tú eres Tú, mi Rey y mi Señor». También en África encontré esta misma actitud, por ejemplo en las religiosas de Madre Teresa que cuidan de los niños abandonados, enfermos, pobres y que sufren, sin preguntarse por sí mismas y, precisamente así, se hacen interiormente ricas y libres. Esta es la actitud propiamente cristiana. También ha sido inolvidable para mí el encuentro con los jóvenes discapacitados en la fundación San José, de Madrid, encontré de nuevo la misma generosidad de ponerse a disposición de los demás; una generosidad en el darse que, en definitiva, nace del encuentro con Cristo que se ha entregado a sí mismo por nosotros.
3. Un tercer elemento, que de manera cada vez más natural y central forma parte de las Jornadas Mundiales de la Juventud, y de la espiritualidad que proviene de ellas, es la adoración. Fue inolvidable para mí, durante mi viaje en el Reino Unido, el momento en Hyde Park, en que decenas de miles de personas, en su mayoría jóvenes, respondieron con un intenso silencio a la presencia del Señor en el Santísimo Sacramento, adorándolo. Lo mismo sucedió, de modo más reducido, en Zagreb, y de nuevo en Madrid, tras el temporal que amenazaba con estropear todo el encuentro nocturno, al no funcionar los micrófonos. Dios es omnipresente, sí. Pero la presencia corpórea de Cristo resucitado es otra cosa, algo nuevo. El Resucitado viene en medio de nosotros. Y entonces no podemos sino decir con el apóstol Tomás: «Señor mío y Dios mío». La adoración es ante todo un acto de fe: el acto de fe como tal. Dios no es una hipótesis cualquiera, posible o imposible, sobre el origen del universo. Él está allí. Y si él está presente, yo me inclino ante él. Entonces, razón, voluntad y corazón se abren hacia él, a partir de él. En Cristo resucitado está presente el Dios que se ha hecho hombre, que sufrió por nosotros porque nos ama. Entramos en esta certeza del amor corpóreo de Dios por nosotros, y lo hacemos amando con él. Esto es adoración, y esto marcará después mi vida. Sólo así puedo celebrar también la Eucaristía de modo adecuado y recibir rectamente el Cuerpo del Señor.
4. Otro elemento importante de las Jornadas Mundiales de la Juventud es la presencia del Sacramento de la Penitencia que, de modo cada vez más natural, forma parte del conjunto. Con eso reconocemos que tenemos continuamente necesidad de perdón y que perdón significa responsabilidad. Existe en el hombre, proveniente del Creador, la disponibilidad a amar y la capacidad de responder a Dios en la fe. Pero, proveniente de la historia pecaminosa del hombre (la doctrina de la Iglesia habla del pecado original), existe también la tendencia contraria al amor: la tendencia al egoísmo, al encerrarse en sí mismo, más aún, al mal. Mi alma se mancha una y otra vez por esta fuerza de gravedad que hay en mí, que me atrae hacia abajo. Por eso necesitamos la humildad que siempre pide de nuevo perdón a Dios; que se deja purificar y que despierta en nosotros la fuerza contraria, la fuerza positiva del Creador, que nos atrae hacia lo alto.
5. Finalmente, como última característica que no hay que descuidar en la espiritualidad de las Jornadas Mundiales de la Juventud, quisiera mencionar la alegría. ¿De dónde viene? ¿Cómo se explica? Seguramente hay muchos factores que intervienen a la vez. Pero, según mi parecer, lo decisivo es la certeza que proviene de la fe: yo soy amado. Tengo un cometido en la historia. Soy aceptado, soy querido. Josef Pieper, en su libro sobre el amor, ha mostrado que el hombre puede aceptarse a sí mismo sólo si es aceptado por algún otro. Tiene necesidad de que haya otro que le diga, y no sólo de palabra: «Es bueno que tú existas». Sólo a partir de un «tú», el «yo» puede encontrarse a sí mismo. Sólo si es aceptado, el «yo» puede aceptarse a sí mismo. Quien no es amado ni siquiera puede amarse a sí mismo. Este ser acogido proviene sobre todo de otra persona. Pero toda acogida humana es frágil. A fin de cuentas, tenemos necesidad de una acogida incondicionada. Sólo si Dios me acoge, y estoy seguro de ello, sabré definitivamente: «Es bueno que yo exista». Es bueno ser una persona humana. Allí donde falta la percepción del hombre de ser acogido por parte de Dios, de ser amado por él, la pregunta sobre si es verdaderamente bueno existir como persona humana, ya no encuentra respuesta alguna. La duda acerca de la existencia humana se hace cada vez más insuperable. Cuando llega a ser dominante la duda sobre Dios, surge inevitablemente la duda sobre el mismo ser hombres. Hoy vemos cómo esta duda se difunde. Lo vemos en la falta de alegría, en la tristeza interior que se puede leer en tantos rostros humanos. Sólo la fe me da la certeza: «Es bueno que yo exista». Es bueno existir como persona humana, incluso en tiempos difíciles. La fe alegra desde dentro. Ésta es una de las experiencias maravillosas de las Jornadas Mundiales de la Juventud.
Nos llevaría muy lejos hablar ahora también del encuentro de Asís de manera detallada, como merecería la importancia del acontecimiento. Agradezcamos sencillamente a Dios porque nosotros --representantes de las religiones del mundo y también representantes del pensamiento en búsqueda de la verdad– pudimos encontrarnos aquel día en un clima de amistad y de respeto recíproco, en el amor por la verdad y en la responsabilidad común por la paz. Podemos esperar que de este encuentro haya nacido una nueva disponibilidad para servir la paz, la reconciliación y la justicia.
Por último, quisiera agradecer de corazón a todos vosotros por el apoyo para llevar adelante la misión que el Señor nos ha confiado como testigos de su verdad, y os deseo a todos la alegría que Dios, en la encarnación de su Hijo, nos ha querido dar. Feliz Navidad a todos vosotros. Gracias.

22 diciembre 2011


NAVIDAD, MISTERIO QUE CONMUEVE NUESTRA FE Y EXISTENCIA


El Papa en la Audiencia de ayer

Queridos hermanos y hermanas:
Me complace darles la bienvenida en la Audiencia general, a pocos días de la celebración de la Natividad del Señor. El saludo que recorre en estos días los labios de todos es “¡Feliz Navidad! ¡Saludos por las buenas fiestas navideñas!” Verifiquemos que, también en la sociedad actual, el intercambio de los saludos no pierda su profundo valor religioso, y la fiesta no sea absorbida por los aspectos exteriores, que tocan las fibras del corazón. Efectivamente, los signos externos son hermosos e importantes, siempre que no nos distraigan, sino que nos ayuden a vivir la Navidad en su verdadero sentido --aquello sagrado y cristiano--, de modo que tampoco nuestra alegría sea superficial, sino profunda.
Con la liturgia navideña la Iglesia nos introduce en el gran Misterio de la Encarnación. La Navidad, en efecto, no es un simple aniversario del nacimiento de Jesús; es también esto, pero es más aún, es celebrar un Misterio que ha marcado y continua marcando la historia del hombre –Dios mismo ha venido a habitar en medio de nosotros (cfr. Jn. 1,14), se ha hecho uno de nosotros--; un Misterio que conmueve nuestra fe y nuestra existencia; un Misterio que vivimos concretamente en las celebraciones litúrgicas, en particular en la Santa Misa.
Cualquiera podría preguntarse: ¿cómo es posible que yo viva ahora este evento tan lejano en el tiempo? ¿Cómo puedo participar provechosamente en el nacimiento del Hijo de Dios, ocurrido hace más de dos mil años? En la Santa Misa de la Noche de Navidad, repetiremos como estribillo de respuesta al salmo responsorial estas palabras: “Hoy ha nacido para nosotros el Salvador”. Este adverbio de tiempo, “hoy”, se utiliza más veces en las celebraciones natalicias y está referido al hecho del nacimiento de Jesús y a la salvación que la Encarnación del Hijo de Dios viene a traer. En la Liturgia, tal venida sobrepasa los límites del espacio y del tiempo y se vuelve actual, presente; su efecto perdura, en el transcurrir de los días, de los años y de los siglos. Indicando que Jesús nace “hoy”, la Liturgia no usa una frase sin sentido, sino subraya que esta Navidad incide e impregna toda la historia, sigue siendo una realidad incluso hoy, a la cual podemos acudir precisamente en la liturgia. A nosotros los creyentes, la celebración de la Navidad renueva la certeza de que Dios está realmente presente con nosotros, todavía “carne” y no sólo lejano: aún estando con el Padre está cerca de nosotros. Dios, en aquel Niño nacido en Belén, se ha acercado al hombre: nosotros lo podemos encontrar todavía, en un “hoy” que no tiene ocaso.
Me gustaría insistir sobre este punto, porque al hombre contemporáneo, hombre de lo “razonable”, de lo experimentable empíricamente, se le hace cada vez más difícil abrir el horizonte y entrar en el mundo de Dios. La redención de la humanidad es sin duda, un momento preciso e identificable de la historia: en el acontecimiento de Jesús de Nazaret; pero Jesús es el Hijo de Dios, es Dios mismo, que no solo le ha hablado al hombre, que le mostró signos maravillosos, que lo condujo a través de toda una historia de salvación, sino que se ha hecho hombre y permanece hombre. El Eterno ha entrado en los límites del tiempo y del espacio, para hacer posible “hoy” el encuentro con Él. Los textos litúrgicos navideños nos ayudan a entender que los eventos de la salvación realizados por Cristo son siempre actuales, interesan a cada hombre y a todos los hombres. Cuando escuchamos o pronunciamos, en las celebraciones litúrgicas, este “hoy ha nacido para nosotros el Salvador”, no estamos utilizando una expresión convencional vacía, sino entendemos que Dios nos ofrece “hoy”, ahora, a mí, a cada uno de nosotros, la posibilidad de reconocerlo y de acogerlo, como hicieron los pastores de Belén, para que Él nazca también en nuestra vida y la renueve, la ilumine, la transforme con su Gracia, con su Presencia.
La Navidad, por tanto, mientras conmemora el nacimiento de Jesús en la carne, de la Virgen María –y numerosos textos litúrgicos hacen revivir a nuestros ojos este o aquél episodio--, es un evento eficaz para nosotros. El papa san León Magno, presentando el sentido profundo de la Fiesta de Navidad, invitaba a sus fieles con estas palabras: “Exultemos en el Señor, queridos míos, y abramos nuestros corazón a la alegría más pura, porque ha despuntado el día que para nosotros significa la nueva redención, la antigua preparación, la felicidad eterna. Se renueva en realidad para nosotros, en el ciclo anual que transcurre, el alto misterio de nuestra salvación, que, prometido al inicio y otorgado al final de los tiempos, está destinado a durar para siempre” (Sermón 22, In Nativitate Domini, 2,1: PL 54,193). Y, siempre san León Magno, en otra de sus homilías navideñas, afirmaba: “Hoy, el creador del mundo ha sido generado en el seno de una virgen: aquel que había hecho todas las cosas se ha hecho hijo de una mujer creada por él mismo. Hoy, la Palabra de Dios ha aparecido revestido de carne y, aunque nunca había sido visible al ojo humano, se ha hecho también visiblemente palpable. Hoy los pastores han escuchado por voz de los ángeles que que ha nacido el Salvador en la sustancia de nuestro cuerpo y de nuestra alma” (Sermón 26, In Nativitate Domini, 6,1: PL 54,213).
Hay un segundo aspecto al cual quisiera aludir brevemente: el evento de Belén debe ser considerado a la luz del Misterio Pascual: el uno y el otro son parte de la única obra redentora de Cristo. La Encarnación y el nacimiento de Jesús nos invitan a dirigir, desde ya, la mirada sobre su muerte y su resurrección: Navidad y Pascua, ambas son fiestas de la redención. La Pascua se celebra como victoria sobre el pecado y sobre la muerte: marca el momento final, cuando la gloria del Hombre-Dios resplandece como la luz del día; la Navidad se celebra como el entrar de Dios en la historia haciéndose hombre para restituir el hombre a Dios: marca, por así decirlo, el momento inicial, cuando se deja entrever el clarear del alba. Pero así como el alba precede y hace ya presagiar la luz del día, así la Navidad anuncia ya la Cruz y la gloria de la Resurrección. También los dos períodos del año, en los cuales están situadas las dos grandes fiestas, al menos en algunas áreas del mundo, pueden ayudar a comprender este aspecto. Efectivamente, mientras la Pascua cae al inicio de la primavera, cuando el sol vence las densas y frías nieblas y renueva la faz de la tierra, la Navidad cae justo al inicio del invierno, cuando la luz y el calor del sol no llegan a despertar a la naturaleza, envuelta por el frío; pero sin embargo, bajo su manto palpita la vida y comienza de nuevo la victoria del sol y del calor.
Los padres de la Iglesia leían siempre el nacimiento de Cristo a la luz de la entera obra redentora, que encuentra su cúspide en el Misterio Pascual. La Encarnación del Hijo de Dios aparece no solo como el inicio y la condición de la salvación, sino como la presencia misma del Misterio de nuestra salvación: Dios se hace hombre, nace niño como nosotros, toma nuestra carne para vencer a la muerte y al pecado. Dos textos significativos de san Basilio lo ilustran bien. San Basilio decía a los fieles: “Dios asume la carne justo para destruir la muerte en ella escondida. Como los antídotos de un veneno, una vez ingeridos anulan los efectos, y como la oscuridad de una casa se disuelve a la luz del sol, así la muerte que dominaba sobre la naturaleza humana fue destruida por la presencia de Dios. Y como el hielo, que permanece sólido en el agua mientras dura la noche y reina la oscuridad, se derrite de inmediato al calor del sol. Así la muerte, que había reinado hasta la venida de Cristo, apenas aparece la gracia del Dios Salvador y surge el sol de justicia, “fue devorada por la victoria” (1 Cor. 15,54), sin poder coexistir con la Vida” (Homilía sobre el nacimiento de Cristo, 2: PG 31,1461). Y también san Basilio, en otro texto, hacía esta invitación: “Celebramos la salvación del mundo, la navidad del género humano. Hoy ha sido perdonada la culpa de Adán. No tenemos que decir nunca más: “Eres polvo y al polvo tornarás” (Gn. 3,19), sino, unidos a aquel que ha venido del cielo, serán admitidos en el cielo” (Homilía sobre el nacimiento de Cristo, 2: PG 31,1461).
En Navidad encontramos la ternura y el amor de Dios que se inclina sobre nuestros límites, sobre nuestras debilidades, sobre nuestros pecados y se abaja hasta nosotros. San Pablo afirma que Jesucristo “siendo de condición divina... se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo, asumiendo semejanza humana” (Fil. 2,6-7). Miremos a la gruta de Belén: Dios se abaja hasta ser acostado en un pesebre, que es ya el preludio del abajamiento en la hora de su pasión. El culmen de la historia del amor entre Dios y el hombre pasa a través del pesebre de Belén y el sepulcro de Jerusalén.
Queridos hermanos y hermanas, vivamos con alegría la Navidad que se acerca. Vivamos este acontecimiento maravilloso: el Hijo de Dios nace aún “hoy”, Dios está verdaderamente cercano a cada uno de nosotros y quiere encontrarnos, quiere llevarnos a Él. Es Él la verdadera luz, que elimina y disuelve las tinieblas que envuelven nuestra vida y a la humanidad. Vivamos la Navidad del Señor contemplando el camino del inmenso amor de Dios que nos ha elevado hacia Sí a través del Misterio de la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección de su Hijo, porque –como afirma san Agustín- “en (Cristo) la divinidad del Unigénito se ha hecho partícipe de nuestra mortalidad, a fin de que podamos participar de su inmortalidad” (Epístola 187,6,20: PL33,839-840). Sobre todo contemplemos y vivamos este Misterio en la celebración de la Eucaristía, centro de la Santa Navidad; allí se hace presente Jesús de modo real, verdadero Pan bajado del cielo, verdadero Cordero sacrificado por nuestra salvación.
Les deseo a todos ustedes y a sus familias, la celebración de una Navidad verdaderamente cristiana, de modo que también los intercambios de saludos en aquel día sean expresión del gozo de saber que Dios está cerca de nosotros y quiere recorrer con nosotros el camino de la vida. Gracias.

20 diciembre 2011


"Ese ‘todo terreno’ es el santo..."

Cardenal Cipriani 


 "Ese todo terreno es el santo, aquel que está tan fascinado por la belleza de Dios, que por su perfecta verdad poco a poco se transforma y esa belleza y esa verdad le hacen renunciar a todo. El santo lo que tiene es una pasión por el encuentro con Dios", señaló el Cardenal Juan Luis Cipriani, Primado del Perú, en su semanal programa radial Diálogo de Fe, el sábado pasado. El Purpurado habló sobre el periodo navideño que vivimos, y de cómo el próximo encuentro con Jesús Niño nos abre a la esperanza y no llama a la búsqueda constante de Dios.
"En estos días de Navidad estemos en ese clima de esperanza, optimismo y alegría, sean cuales fueran las situaciones; si sabemos que nuestro Padre Dios nos quiere, nos acompaña y está con nosotros podremos vivir con esperanza", reflexionó el Cardenal.
Según el Cardenal Cipriani, el nacimiento de Jesús es una respuesta total y frontal a esa oscuridad que muchas veces nos llena de preocupación, ya que se abre la esperanza.
"Dios nos ha dado una dignidad, nos ha hecho libres, inteligentes, nos ha dado un corazón enorme para querer y ayudar a los demás pero nos dice Úsalos. Por lo tanto, esa puerta oscura, con la venida de Jesús, se ha abierto a una claridad enorme de creer que esa venida te hace vivir de una manera diferente", dijo.
Debemos buscar a Dios. "Los invito a que entremos a esa maravilla que no es fantasía. Tenemos que encontrar ese rostro alegre, bonito y entusiasmante aquí en la cabina de radio, en la cancha de futbol, en la política, en el campo. Ese Dios que comparte con nosotros [que] nos dice Búscame, porque si encontramos ese amor y esa alegría va a generar en ti el santo", animó.
En otro momento, el Arzobispo de Lima enfatizó en la importancia de hacerse como niños para entrar al reino de los cielos, ya que esto es señal de transparencia, ternura y bondad, virtudes que deben verse reflejadas en nuestras acciones.
"Ese hacerse como niños requiere una voluntad muy fuerte, porque cuando uno tiene una cierta edad adquiere una suficiencia de decir Yo puedo, yo tengo la verdad siempre y se olvida de decir No soy nadie, la vida me la dieron, la fe me la dieron, lo mío es seguir siendo niño, para lo cual hace falta tener una gran personalidad, tener principios y valores muy claros. Qué bonito es cuando uno vive eso en la vida diaria", comentó.
Este tiempo navideño nos debe mover también hacia la caridad.
"Busca la alegría, la paz, ese cariño fraterno; lleva ese rato de entusiasmo a otros. En estos días de Navidad acércate a esos niños que tal vez están solos, acércate a esos enfermos que tal no tienen quien los visite, o llama a aquel amigo o pariente a quien hace tiempo no ves", exhortó.
"Tenemos que ganar terreno en esa confianza país-familia. La Navidad nos dice Acércate a Jesús, acércate a una buena confesión, acércate a María y a tu familia. Vale la pena un esfuerzo por volver a unirnos un poco más y hacer de este país una gran familia. La Navidad es el momento para esos cambios interiores", concluyó.

19 diciembre 2011


EL MISTERIO DE UN NACIMIENTO QUE HA CAMBIADO EL MUNDO


Padre Pietro Messa

¿El Nacimiento del Niño Jesús ha cambiado verdaderamente la historia de la humanidad? ¿Es verdad que los poderosos y la gente entendieron de inmediato la importancia de aquel nacimiento? ¿Por qué contamos los días desde aquel nacimiento? ¿Y qué significado tiene armar el pesebre, para la vida de cada uno de nosotros?
Para responder a estas y otras preguntas, ZENIT entrevistó al padre Pietro Messa, presidente de la Escuela Superior de Estudios Medievales y Franciscanos de la Pontificia UniversidadAntonianum de Roma.
¿Qué significado tiene en la historia, y específicamente en el pesebre hecho por San Francisco, la figura del Niño Jesús?
--Padre Pietro Messa: Sabemos que los primeros cristianos, siendo todos de religión hebrea, observaban el sábado, pero al día siguiente, o sea en el actual domingo, se reunían para conmemorar la Resurrección. Por lo tanto, la primera fiesta por excelencia que se celebró, es la Pascua… De modo sucesivo empezaron a celebrarse otros acontecimientos de la vida de Jesús, tal como el nacimiento, fijado el 25 de diciembre, es decir, en el mismo día en que se celebraba anteriormente el Sol invictus, o sea no vencido por las tinieblas, dado que pasó el solsticio de invierno, los días comenzaron a extenderse y la luz se impuso sobre la oscuridad de la noche. De la celebración se pasa a la representación y de allí a las peregrinaciones a Belén, la ciudad de David, de cuya descendencia nació Jesús.
Solamente las peregrinaciones –expresión e incentivo a la vez de la relación con los lugares de la vida terrena de Jesús--, fueron el motor para la narración y representación de la humanidad de Jesús. En este contexto se ubica el deseo del hermano Francisco de Asís, expresado a la población de Greccio, Italia, en 1223, a fin de ver “con ojos humanos”, cómo el niño Jesús fue acostado en un pesebre entre el asno y el buey. Y así, en la noche de Navidad, sobre un pesebre donde estaban los dos animales de la tradición, fue celebrada la Eucaristía de tal modo que se pudiera ver “con los ojos del cuerpo” el pan y el vino consagrado y creer, gracias al Espíritu Santo en la presencia del Cuerpo y Sangre de Cristo (para profundizar más, cfr. U. Occhialini-P. Messa, Il primo presepio del mondo, Ed. Porziuncola, Asís 2011).
En un mundo secularizado como el actual, el nacimiento del Niño Jesús viene siendo banalizado e insertado en el contexto de un “mito”, en el cual pueden creer solo los niños. ¿Por qué, según los cristianos, este nacimiento ha cambiado el mundo?
--Padre Pietro Messa: Podría ser que la peor desmitificación de la Navidad no sea la de creer que sea un mito, sino la reducción de la misma a la fiesta de la bondad, del altruismo, del extender la mano a los necesitados. No es que estas cosas no sean importantes o que no estén presentes en el Evangelio, pero lo central es que Jesús viene a nosotros porque ha optado por nuestra pobreza. Él nos tiende la mano hasta el final, cuando su brazo será extendido sobre la cruz. Como dijo la clarisa sor Chiara Tarcisia del promonasterio Santa Clara de Asís, en los últimos meses de su existencia: “¡Lo importante en la vida es amar, pero sobretodo dejarse amar!” Y la Navidad es tiempo propicio para dejarse amar; y esto no nos lleva a la pasividad porque Jesús nos ama como somos, pero no nos deja como estamos, sino que nos vuelve capaces de amar en forma creativa y eficaz. De este modo, el encuentro con su Presencia transforma y da inicio a una nueva humanidad.
Los cristianos hablan de Jesús como el Salvador, ¿por qué?
--Padre Pietro Messa: Jesús de Nazaret –un pueblo del que, según algunos, no podía venir nada bueno--, anduvo por los caminos de la Palestina y, como de otras personas, también de él se preguntaban quién sería. Las respuestas a tales preguntas fueron de lo más diversas, pero quien no se cierra en sus propios esquemas se da cuenta de que cada respuesta resulta inadecuada o mejor dicho, poco exhaustiva. Y así, cada vez más, se ha reconocido su realidad como Mesías, es decir, ungido del Altísimo y por tanto el Salvador. Pero la persona de Jesús, aún cuando se llegue a algunas certezas definitivas en los dogmas, abre continuos interrogantes y, como nos lo muestran los santos, siempre hay algo más de qué maravillarse; es decir, algo por lo cual detenerse a contemplarlo con estupor.
La fecha, la Estrella, los Magos, ¿son estos los argumentos para recordarlo como un hecho que ha sucedido en la historia?
--Padre Pietro Messa: El relato de Jesús se ha dado dentro de las coordenadas de la historia, es decir, en un espacio y en un tiempo: el espacio es aquel de la Palestina y el tiempo es –como se dice en el Credo- “bajo Poncio Pilato”. Pero eso no basta porque muchos vieron su humanidad, escucharon su palabra, admiraron también los milagros que hizo, pero solo algunos creyeron en su divinidad. Como afirma Francisco de Asís en la primera Admonición, los discípulos vieron “con ojos humanos” su humanidad, pero creían en su divinidad. Así, en Jesús hay una historia real pero también algo que supera la historia; por eso es importante, como recuerda Benedicto XVI, que exista una razón abierta al misterio y una fe razonada. De otro modo, caeremos en el racionalismo o en el fideísmo.
Jesús es un acontecimiento racional, pero que supera la razón y cuando la razón quiere ser omnicomprensiva, es decir, que tiene la pretensión de comprenderlo todo, se cae en el racionalismo. Igualmente, cuando la fe excluye a la historia y a los descubrimientos de la razón, se convierte en un fideísmo que aparece desviada, incluso violenta.
¿Quiénes otros, además de los cristianos, le han dado importancia a aquel nacimiento sucedido hace más de dos mil años?
--Padre Pietro Messa: Muchas personas, incluidos los musulmanes, para quienes Jesús es un gran profeta. Monseñor Padovese decía que en la misa de Navidad en Turquía, estaban presentes también los musulmanes y en una de sus homilías supo aprovechar tal presencia con sabiduría. Afirmó que todos estaban en fiesta por el nacimiento de Jesús, para algunos porque era un gran profeta, para los cristianos porque era la manifestación de la misericordia, más todavía presencia de Dios entre los hombres siendo el Hijo de Dios.
¿Por qué gran parte del la humanidad marca el tiempo desde aquel nacimiento?
--Padre Pietro Messa: En el 313 se dio el edicto de Constantino que en cierto sentido marcó el fin de las persecuciones; sucesivamente, el cristianismo se convirtió en la religión oficial. Y así, el cómputo del tiempo comenzó a marcarse desde su nacimiento, reconociendo en este el cumplimiento de las antiguas profecías y de las promesas, así como el inicio de una nueva era. Parafraseando al beato Juan Pablo II: Él es “el centro del cosmos y de la historia”.
COMPARTIR LO VALIOSO


Compartir los valores supone pasar del afán posesivo a la capacidad de donación: pasar del individualismo al amor

      Navidad y en nuestro país los Reyes, incluso en época de crisis y de recortes, son tiempos de regalos. Y los mejores regalos no tienen por qué ser caros, económicamente hablando. Es cierto que hablamos de cosas que, al ser escasas, valen más que otras. Es decir, de cosas valiosas, y cuando no son cosas, de valores.

Lo valioso y los “valores”

      En sus lecciones de Ética, dice Guardini (BAC, Madrid 1999) que en el encuentro con la realidad, además del conocimiento y de la acción, importa mucho la experiencia del valor de esa realidad. Eso depende de su color, su brillo o su forma; depende de su naturaleza, su intensidad y su rango; de qué es y cómo es. Los valores son formas en que captamos el bien que nos atañe. Y desencadenan en nosotros una reacción natural: un apetito, un deseo de tener, de poseer. Una actitud madura en relación con los valores «significa dar pasos en la superación de los deseos de tener, utilizar y dominar». Esto puede hacerse, por ejemplo, regalando algo de valor; puesto que ahí se manifiesta la atención hacia un tú, la capacidad para sentir el valor en relación con el otro.
      En referencia no ya a un objeto valioso, sino a las personas, hablamos de “desprendimiento de uno mismo” para expresar que alguien es capaz de querer el bien para otro sin acordarse del propio yo. Ésta sería, en efecto, una dimensión necesaria en toda formación en los valores, dimensión que podría expresarse así: no existen sólo los valores para mí, sino también o, mejor,ante todo para los demás.
      Al llegar la Navidad, vienen a la memoria tantos ejemplos de padres y madres que disfrutan simplemente haciendo felices a los que les rodean, antes de pensar qué quieren para sí mismos.
      En este sentido, continúa Guardini, «la salud espiritual, la libertad, la gloria y la dignidad de una época o de una sociedad dependen, en el fondo, de si viven en ella hombres llenos de pasión por los valores, que lo cifren todo en que tales valores se realicen, olvidándose de sí mismos».
      Por ejemplo, ante las cualidades de otro, puedo experimentar cierto enojo o molestia porque es mejor que yo en algo. Esto se llama envidia. Si la rechazo y le reconozco al otro el derecho a ser así, más aún, me alegro por ello, entonces me sitúo en la línea del amor. Y así puedo llegar a compartir de algún modo profundo esos valores: he descubierto, reconozco y valoro esas cualidades, aunque yo no las tenga.
      Y así se llega a la cuestión que nos interesa: ¿qué significa exactamente compartir un valor o participar de un valor?

Compartir los valores

      Volviendo sobre el fenómeno de los valores, observa Guardini que se manifiestan ante el hombre con una cierta sacudida, ante la que él responde con una vibración (podemos nosotros recordar a Gollum, cuando se encuentra por primera vez con el anillo: ¡Mi tesoro!). Es lo que Platón llamaba eros y que en su forma más elemental significa la codicia, el deseo de tener. Este deseo duerme en todo hombre y se despierta ante lo bello o lo valioso (que para los griegos viene a significar lo mismo). A medida que el hombre va madurando, va desapareciendo la referencia al yo, y «queda la voluntad pura de que impere el valor, de que el bien resplandezca, de que exista la nobleza». Así se alcanza la participación (=Symposion) de los valores. Una de las formas supremas de afirmar el valor es la gratitud por el hecho de que ese valor sea realidad: “Te agradezco que existas”.
      Con nuestras palabras, diríamos: compartir los valores —o lo que viene a ser lo mismo, valorar con madurez la realidad, puesto que los valores son para todos—, supone pasar del afán posesivo a la capacidad de donación: pasar del individualismo al amor. Es lo que Benedicto XVI explicaba en su primera encíclica al exponer el paso del eros al agapé.
      ¿Cómo o con qué se siente un valor? Según San Agustín, con el corazón. Pero corazón no significa sentimentalismo por oposición a lo racional (lo que según Guardini es una deformación introducida por el racionalismo); sino que simboliza el valor total de la persona, su capacidad de personalizar los valores y en último término, de amar. Así se manifiesta sobre todo en la Biblia y, en nuestra cultura, en Dante, Pascal y lo mejor del personalismo contemporáneo.
      Por eso es tan importante tener corazón y educar el corazón, como tarea de toda la vida; porque madurar es aprender a compartir los valores. Es una dimensión que hoy se echa en falta tantas veces en la educación no sólo escolar, también familiar.

Vivir de verdad es compartir los valores

      A propósito de los valores ha señalado Benedicto XVI: «El mundo tiene necesidad de Dios. Tiene necesidad de valores éticos y espirituales, universales y compartidos, y la religión puede contribuir de manera preciosa a su búsqueda, para la construcción de un orden social justo y pacífico, a nivel nacional e internacional» (Mensaje en la Jornada de la Paz, 1-I-2011).
      En efecto, observa el Papa, el Evangelio inspira y educa una visión del mundo y del hombre que libera valores culturales, humanísticos y éticos. Abre a una sabiduría que se concreta en proyectos de bien. Contrarresta la tentación de instrumentalizar la ciencia como puro medio de poder y de esclavitud del hombre (cf. Discurso en la Universidad Católica del Sacro Cuore, 21-V-2011).
      Los auténticos valores son los conformes a la verdad racional sobre las grandes cuestiones y los problemas éticos del hombre. Por eso, para afrontar la emergencia educativa —dijo en Cagliari— «hacen falta padres y formadores capaces de compartir todo lo bueno y verdadero que han experimentado y profundizado personalmente» (Encuentro con los jóvenes, 7-IX-2008). Cierto, porque vivir es compartir lo valioso.
      En todo tiempo podemos compartir las virtudes, que son los valores personalizados y convertidos en hábitos buenos, y los ideales dignos de ese nombre, también porque se buscan en el mayor respeto a las personas.

Navidad, tiempo de compartir

      La Navidad es un buen tiempo para una conversión profunda hacia los valores verdaderos, en dirección contraria al egoísmo, al individualismo y al consumismo. Porque Dios ha venido haciendo visible el Amor, la Navidad es el corazón del mundo.
      También brinda ocasión para compartir costumbres tradicionalmente cristianas: villancicos, belén, árbol, adornos, que hay que preparar (quizá ahora con lo que hay guardado y rejuvenecido…) y disfrutar.
      Eso es compartir cosas valiosas, como lo es compartir otras igualmente sencillas: el alimento o el tiempo con quien los necesita; un concierto, una película, una visita a un Nacimiento especialmente artístico, o a un buen museo; un bello paisaje de montaña o al borde del mar; una conversación en familia o entre amigos, alrededor de la chimenea o en otro lugar sereno.
      Este compartir lo de los demás, vuelve más valiosos a todos los que se implican, hace adquirir un valor añadido, un regalo no de usar y tirar, sino que permanece.