15 septiembre 2012


'AHORA ES PRECISAMENTE CUANDO HAY QUE CELEBRAR LA VICTORIA DEL AMOR SOBRE EL ODIO'


El Papa en la firma de la exhortación postsinodal 'Ecclesia in Medio Oriente'

 
Señor Presidente de la República, 
Beatitud, venerados patriarcas, 
queridos hermanos en el episcopado 
y miembros del Consejo especial del Sínodo de Obispos para Oriente Medio, 
ilustres representantes de las confesiones religiosas, del mundo de la cultura 
y de la sociedad civil, 
queridos hermanos y hermanas en Cristo, 
queridos amigos:

Deseo expresar mi gratitud al Patriarca Gregorios Laham por sus palabras de bienvenida, así como al Secretario general del Sínodo de Obispos, Monseñor Nikola Eterović, por sus palabras de presentación. Dirijo un ferviente saludo a los patriarcas, al grupo de obispos orientales y latinos que se han reunido en esta hermosa basílica de San Pablo, y a los miembros del Consejo especial del Sínodo de los Obispos para Oriente Medio. Me alegro también de la presencia de las delegaciones ortodoxas, musulmanas y drusas, así como del mundo de la cultura y la sociedad civil. La buena convivencia del Islam y el Cristianismo, dos religiones que han contribuido a crear grandes culturas, constituyen la originalidad de la vida social, política y religiosa del Líbano. Solo es posible alegrarse por esta realidad que es necesario animar. Confío este deseo a los responsables religiosos de vuestro País. Saludo con afecto a la querida comunidad greco-melkita que me acoge. Vuestra presencia contribuye a dar solemnidad a la firma de la Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Medio Oriente, y muestra que este documento, destinado ciertamente a la Iglesia universal, reviste una importancia particular para el conjunto de Oriente Medio.
Es providencial que este acto tenga lugar precisamente en el día de la Fiesta de la Cruz gloriosa, cuya celebración nació en Oriente en el año 335, al día siguiente de la Dedicación de la Basílica de la Resurrección, construida sobre el Gólgota y el sepulcro de Nuestro Señor, por el emperador Constantino el Grande, al que veneráis como santo. Dentro de un mes se celebrará el 1.700 aniversario de la aparición que le hizo ver, en la noche simbólica de su incredulidad, el crismón resplandeciente, al mismo tiempo que una voz le decía: «Con este signo vencerás». Más tarde, Constantino firmó el edicto de Milán y dio su nombre a Constantinopla. Pienso que la Exhortación puede ser leída e interpretada a la luz de la fiesta de la Cruz gloriosa y, de modo particular, a partir del crismón, la X (khi) y la P (rhô), las dos primeras letras de la palabra Χριστός. Esa lectura conduce a un verdadero redescubrimiento de la identidad del bautizado y de la Iglesia y, al mismo tiempo, constituye como una llamada al testimonio en la comunión y a través de ella. La comunión y el testimonio cristiano, ¿acaso no se fundan en el Misterio pascual, en la crucifixión, en la muerte y resurrección de Cristo? ¿No alcanzan en él su pleno cumplimiento? Hay un vínculo inseparable entre la cruz y la resurrección, que un cristiano no puede olvidar. Sin este vínculo, exaltar la cruz significaría justificar el sufrimiento y la muerte, no viendo en ello más que un fin inevitable. Para un cristiano, exaltar la cruz quiere decir entrar en comunión con la totalidad del amor incondicional de Dios por el hombre. Es hacer un acto de fe. Exaltar la cruz, en la perspectiva de la resurrección, es desear vivir y manifestar la totalidad de este amor. Es hacer un acto de amor. Exaltar la cruz lleva a comprometerse a ser heraldos de la comunión fraterna y eclesial, fuente del verdadero testimonio cristiano. Es hacer un acto de esperanza.
Refiriéndose a la situación actual de las Iglesias en Oriente Medio, los Padres sinodales han reflexionado sobre los gozos y las penas, los temores y las esperanzas en esos lugares de los discípulos de Cristo vivo. Toda la Iglesia ha podido escuchar así el grito lleno de angustia, y percibir la mirada de desesperación de tantos hombres y mujeres que se encuentran en situaciones humanas y materiales difíciles, que viven fuertes tensiones con miedo e inquietud, y que quieren seguir a Cristo, que da sentido a su existencia, a pesar de que muy a menudo se ven impedidos de hacerlo. Por eso, he querido que la trama de este documento sea la primera carta de san Pedro. Al mismo tiempo, la Iglesia ha podido admirar lo que hay de hermoso y de noble en las Iglesias de estas tierras. Queridos cristianos de Oriente Medio, ¿cómo no dar gracias a Dios en todo momento por todos vosotros? (cf. 1 Ts 1,2; primera parte de la Exhortación postsinodal). ¿Cómo no alabar vuestra fe llena de ánimo? ¿Cómo dejar de agradecer la llama de su amor infinito que vosotros seguís manteniendo viva y ardiente en estos lugares, que han sido los primeros en acoger a su Hijo encarnado? ¿Cómo no expresarle nuestro reconocimiento por los impulsos de comunión eclesial y fraternal, por la solidaridad humana manifestada sin cesar hacia todos los hijos de Dios?
Ecclesia in Medio Oriente nos permite repensar el presente para considerar el futuro con la misma mirada de Cristo. Por sus orientaciones bíblicas y pastorales, por su invitación a una profundización espiritual y eclesiológica, por la renovación litúrgica y catequética que propugna, por su llamamiento al diálogo, quiere trazar un camino para encontrar lo esencial: la sequela Christi, en un contexto difícil y a veces doloroso, un contexto que podría hacer aflorar la tentación de ignorar u olvidar la cruz gloriosa. Ahora es precisamente cuando hay que celebrar la victoria del amor sobre el odio, del perdón sobre la venganza, del servicio sobre el dominio, de la humildad sobre el orgullo, de la unidad sobre la división. A la luz de la fiesta de hoy, y con vistas a una aplicación fructífera de la Exhortación, os invito a todos a no tener miedo, a permanecer en la verdad y a cultivar la pureza de la fe. Ese es el lenguaje de la cruz gloriosa. Esa es la locura de la cruz: la de saber convertir nuestro sufrimiento en grito de amor a Dios y de misericordia para con el prójimo; la de saber transformar también unos seres que se ven combatidos y heridos en su fe y su identidad, en vasos de arcilla dispuestos para ser colmados por la abundancia de los dones divinos, más preciosos que el oro (cf.2 Co 4,7-18). No se trata de un lenguaje puramente alegórico, sino de un llamamiento urgente a llevar a cabo actos concretos que configuren cada vez más con Cristo, unos actos que ayuden a las diferentes Iglesias a reflejar la belleza de la primera comunidad de creyentes (cf. Hch 2,41-47;segunda parte de la Exhortación); unos actos similares a los del emperador Constantino, que supo dar testimonio y sacar a los cristianos de la discriminación para permitirles vivir abierta y libremente su fe en Cristo crucificado, muerto y resucitado para nuestra salvación.
Ecclesia in Medio Oriente ofrece elementos que pueden ayudar a un examen de conciencia personal y comunitario, a una evaluación objetiva del compromiso y del deseo de santidad de todo discípulo de Cristo. La Exhortación abre a un verdadero diálogo interreligioso basado en la fe en Dios Uno y Creador. Quiere también contribuir a un ecumenismo lleno de fervor humano, espiritual y caritativo, en la verdad y el amor evangélico, que extrae su fuerza del mandato del Resucitado: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,19-20).
La Exhortación, en todas y cada una de sus partes, quiere ayudar a cada discípulo del Señor a vivir plenamente y a transmitir realmente lo que él ha llegado a ser por el bautismo: un hijo de la luz, un ser iluminado por Dios, una nueva lámpara en la oscuridad inquietante del mundo, para que en las tinieblas resplandezca la luz (cf. Jn 1,4-5 y 2 Co 4,1-6). Este documento quiere contribuir a despojar a la fe de lo que la desfigura, de todo lo que puede oscurecer el esplendor de la luz de Cristo. La comunión es entonces una verdadera adhesión a Cristo, y el testimonio es un resplandor del Misterio pascual, que da pleno sentido a la cruz gloriosa. Nosotros seguimos y «predicamos a Cristo crucificado […] fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Co 1, 23-24; cf. Tercera parte de la Exhortación).
«No temas, pequeño rebaño» (Lc 12,32) y acuérdate de la promesa hecha a Constantino: «Con este signo vencerás». Iglesias de Oriente Medio, no tengáis miedo, pues el Señor está verdaderamente con vosotras hasta el fin del mundo. No tengáis miedo, pues la Iglesia universal os acompaña con su cercanía humana y espiritual. Con estos sentimientos de esperanza y de aliento a ser protagonistas activos de la fe por la comunión y el testimonio, mañana entregaré la Exhortación postsinodal Ecclesia in Medio Oriente a mis venerados hermanos patriarcas, arzobispos y obispos, a todos los sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, a los seminaristas y a los fieles laicos. «Tened valor» (Jn 16,33). Por intercesión de la Virgen María, la Theotókos, invoco con afecto sobre todos vosotros la abundancia de los dones divinos. Que Dios conceda a todos los pueblos de Oriente Medio vivir en paz, fraternidad y libertad religiosa.  لِيُبَارِك الربُّ جميعَكُم [Que Dios os bendiga].

14 septiembre 2012


'ESTOY SEGURO DE QUE CONTINUARÉIS BUSCANDO CAMINOS DE UNIDAD Y CONCORDIA'


El Papa a su llegada al aeropuerto Beirut

Señor Presidente de la República, señores Presidentes del Parlamento y del Consejo de Ministros, queridas Beatitudes, miembros del Cuerpo diplomático, autoridades civiles y religiosas, queridos amigos:
Tengo el gozo, Señor Presidente, de responder a su amable invitación a visitar su país, así como a la de los patriarcas y obispos católicos del Líbano. Esta doble invitación manifiesta, si acaso fuera necesario, la doble finalidad de mi visita a vuestro país. Subraya las excelentes relaciones existentes desde siempre entre el Líbano y la Santa Sede, y quisiera contribuir a reforzarlas. Esta visita es también la respuesta a la que me habéis hecho en el Vaticano, en noviembre del 2008, y más recientemente en febrero del 2011, una visita a la que ha seguido nueve meses más tarde la del Señor Primer Ministro.
Fue entonces, durante nuestro segundo encuentro, cuando se bendijo la majestuosa imagen de san Marón. Su presencia silenciosa en la cabecera de la Basílica de San Pedro recuerda de manera permanente al Líbano, en el mismo lugar en el que fue sepultado el apóstol Pedro. Manifiesta una herencia espiritual de siglos, que confirma la veneración de los libaneses hacia el primero de los apóstoles y sus sucesores. Los patriarcas maronitas, para remarcar su gran devoción a Simón Pedro, añaden a su nombre el de Boutros. Resulta agradable ver que san Marón, desde el santuario petrino, intercede continuamente por vuestro país y por todo el Oriente Medio. Señor Presidente, le agradezco desde ahora todos los esfuerzos realizados para el buen éxito de mi estancia entre ustedes.
Otro motivo de mi visita es la firma y entrega de la Exhortación apostólica postsinodal de la Asamblea especial para Oriente Medio del Sínodo de Obispos, Ecclesia in Medio Oriente. Se trata de un importante acontecimiento eclesial. Agradezco a todos los patriarcas católicos que se han desplazado, y de modo especial al Patriarca emérito, el querido Cardenal Nasrallah Boutros Sfeir, y a su sucesor, el Patriarca Béchara Boutros Raï. Saludo fraternalmente a todos los obispos del Líbano, así como a los que han viajado hasta aquí para rezar conmigo y recibir este documento de las manos del Papa. Por vuestro medio, saludo paternalmente a todos los cristianos de Oriente Medio. La Exhortación, destinada al mundo entero, pretende ser para ellos una hoja de ruta para los próximos años. Me alegro asimismo de poder encontrar durante estos días a numerosas representaciones de las comunidades católicas de vuestro país, de poder celebrar y rezar juntos. Su presencia, su compromiso y su testimonio son una aportación reconocida y altamente apreciada en la vida cotidiana de todos los habitantes de vuestro querido país.
Me complace saludar también con gran deferencia a los patriarcas y obispos ortodoxos que han venido a recibirme, así como a los representantes de las diversas comunidades religiosas del Líbano. Queridos amigos, vuestra presencia, demuestra la estima y la colaboración que deseáis promover entre todos en el respeto mutuo. Os agradezco vuestros esfuerzos, y estoy seguro de que continuaréis buscando caminos de unidad y concordia. No olvido los tristes y dolorosos acontecimientos que han afligido a vuestro hermoso país durante muchos años. La buena convivencia, típicamente libanesa, debe demostrar, a todo Oriente Medio y al resto del mundo, que dentro de una nación puede haber colaboración entre las diferentes Iglesias, miembros todos de la única Iglesia católica, en un espíritu fraternal de comunión con los demás cristianos y, al mismo tiempo, la convivencia y el diálogo respetuoso entre los cristianos y sus hermanos de otras religiones. Sabéis tan bien como yo que este equilibrio, que se presenta por todas partes como un ejemplo, es extremadamente delicado. A veces amenaza con romperse cuando se tensa como un arco, o se somete a presiones que son con demasiada frecuencia partidistas, ciertamente interesadas, contrarias y extrañas a la armonía y dulzura libanesa. Es necesario entonces dar prueba de verdadera moderación y gran sabiduría. Y la razón debe prevalecer sobre la pasión unilateral para favorecer el bien común de todos. El gran rey Salomón, que conoció a Hirán, rey de Tiro, ¿acaso no tenía a la sabiduría como la virtud suprema? Por eso se la pidió a Dios insistentemente, y Dios le dio un corazón sabio e inteligente (1 R 3,9-12).
Vengo también para decir lo importante que es la presencia de Dios en la vida de cada uno y cómo la forma de vivir juntos, esta convivencia que desea testimoniar vuestro país, será profunda en la medida en que esté fundada en una actitud de acogida y benevolencia hacia el otro, en la medida que esté enraizada en Dios, que desea que todos los hombres sean hermanos. El famoso equilibrio libanés, que quiere seguir siendo una realidad, se puede prolongar gracias a la buena voluntad y al empeño de todos los libaneses. Sólo entonces podrá servir de modelo para los habitantes de toda la región, y del mundo entero. No se trata únicamente de una obra humana, sino de un don de Dios que hay que pedir con insistencia, preservar a cualquier precio, y consolidar con determinación.
Los lazos entre el Líbano y el Sucesor de Pedro son históricos y profundos. Señor Presidente y queridos amigos, vengo al Líbano como un peregrino de paz, como un amigo de Dios, y como un amigo de los hombres. «سَلامي أُعطيكُم »: «La paz os dejo», dijo Cristo (Jn 14,27). Y, más allá de vuestro país, vengo también hoy simbólicamente a todos los países de Oriente Medio, como un peregrino de paz, como un amigo de Dios, y como un amigo de todos los habitantes de todos los países de la región, cualquiera que sea su pertenencia y su creencia. Cristo les dice también a ellos: «سَلامي أُعطيكُم ». Vuestros gozos y penas están continuamente presentes en la oración del Papa y pido a Dios que os acompañe y alivie. Os puedo asegurar que rezo particularmente por todos los que sufren en esta región, que son muchos. La imagen de san Marón me recuerda lo que vivís y soportáis.
Señor Presidente, sé que vuestro país me prepara una hermosa acogida, una acogida calurosa, la que se reserva a un hermano al que se ama y se respeta. Sé que vuestro país quiere ser digno de «l’Ahlan wa Sahlan» libanés. Lo es ya, y lo será más de ahora en adelante. Me siento feliz de estar con todos vosotros. Que Dios os bendiga a todos. (لِيُبَارِك الربُّ جميعَكُم ). Gracias.

¿QUIÉN DICE LA GENTE QUE SOY YO?


Jesús Álvarez (Comentario al Evangelio Domingo 24º T.O./B)

Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos contestaron: «Algunos dicen que eres Juan Bautista, otros que Elías o alguno de los profetas.» Entonces Jesús les preguntó: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.» Pero Jesús les dijo con firmeza que no conversaran sobre él. Luego comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los notables, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley, que sería condenado a muerte y resucitaría a los tres días. Jesús hablaba de esto con mucha seguridad. Entonces Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo por lo que había dicho. Pero Jesús, dándose la vuelta de cara a los discípulos, reprochó a Pedro diciéndole: «¡Apártate de mí, Satanás! Tus intenciones no son las de Dios, sino de los hombres.» Luego Jesús llamó a sus discípulos y a toda la gente y les dijo: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga. Pues el que quiera asegurar su vida la perderá, y el que dé su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”. (Mc. 8,27-35)
Pedro, en nombre propio y de los demás discípulos, reconoce a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo. Y Jesús toma pie de esa confesión para revelarles su muerte inminente, como paso hacia la resurrección y la gloria eterna.
Eso de la resurrección no entraba en la mente ni en los planes mesiánicos de los discípulos, pues la muerte de Jesús desbarataba todas sus esperanzas de un reino temporal presidido por Jesús, en el que ellos serían los ministros.
Por eso Pedro toma al Maestro aparte y lo reprende diciéndole que no puede someterse a la muerte. Pero Jesús, delante de todos, le llama satanás a Pedro -¡el Príncipe de los Apóstoles!-, pues se opone al plan de Dios, que consiste en que Cristo, mediante la muerte, alcance la resurrección y la gloria para sí mismo, para ellos y para la humanidad.
La respuesta --para hacerla vida concreta--, a la pregunta de Jesús: “Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”, nos sitúa a los cristianos en dos grandes categorías: los bautizados que creen en Cristo y se esfuerzan por vivir con él y como él; y los que fueron bautizados y dicen creer en Cristo, pero, en realidad, lo ignoran o niegan en su vida práctica, en el hogar, en la educación, el trabajo, las penas y alegrías; e incluso lo excluyen de la centralidad de su oración y de sus celebraciones. Son cristianos sin Cristo, o sea, no cristianos.
Resulta imperativo hacernos sinceramente la pregunta: Jesús, ¿quién eres tú en realidad para mí en mi vida concreta? Y responderse con la misma sinceridad, sin escudarse en una religiosidad de cumplimiento externo, lo cual merece el reproche: “Éste, ésta, me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.
Jesús nos dice sin rodeos: “Quien no está conmigo, está contra mí. Quien conmigo no recoge, desparrama”.
El cristiano de verdad --persona que cree en Cristo, lo ama y vive unida a Él--, se siente acompañado por Él, que prometió: “Yo estoy con ustedes todos los días”; por eso lo escucha, lo percibe en Eucaristía, en la Biblia, en el prójimo, en la oración…
Jesús es el Compañero resucitado de nuestro caminar hacia la vida eterna. Sólo él hace eternas nuestras alegrías y nuestras cruces convertidas en felicidad sin fin, y elimina la muerte con la resurrección, la cual abre las puertas de su misma divina felicidad eterna.
La fe viva en Cristo resucitado presente y en la propia resurrección, es el distintivo del verdadero cristiano, el fundamento absoluto de su fe hecha vida.

EL CRISTIANO PRUEBA POR LAS OBRAS SU FE 

Pedro Mendoza LC  (TIEMPO ORDINARIO 24º, CICLO B)

"¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: ‘Tengo fe’, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: ‘Idos en paz, calentaos y hartaos’, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta. Y al contrario, alguno podrá decir: ‘¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe’". Sant 2,14-18
Comentario
El pasaje de la carta del apóstol Santiago (2,14-18) escogido para la segunda lectura de este domingo tiene como tema la fe y las obras (2,14-26). En estos versículos Santiago presenta el objetivo principal de la carta. Para ello se vale de un estilo muy vivaz. Recurriendo al uso de la controversia Santiago demuestra que la fe sin obras está muerta (2,17.26; cf. 2,14).
La contraposición entre fe y obras, ilustrada con el ejemplo de Abraham, ha conducido a muchos a entrever en ella una falsa interpretación de la doctrina de san Pablo sobre el poder salvador exclusivo de la fe (sin las obras exigidas por la ley judía; Rom 3–4; Gál 3–4). Un análisis correcto de los textos en que san Pablo trata este tema revela cómo el mismo Apóstol se opone ya a esta falsa interpretación (Rom 6,1-23). El error de la interpretación reside en no distinguir convenientemente que el punto de vista de la argumentación es diferente en ambos casos. Santiago, refiriéndose a las obras que deben acompañar la fe auténtica, muestra que una fe que no configura la vida según la voluntad de Dios no sirve para nada, porque no puede salvarnos. San Pablo, en cambio, se ve obligado a combatir la errónea concepción judía de que el hombre puede ser justo ante Dios y merecer el cielo por sí mismo y con sus obras, observando todas las prescripciones de la ley. Por ello, en este proceso de la justificación inicial que recibe como un don de Dios, no puede ceder lo más mínimo aceptando un papel positivo de las obras. Ratifica, por tanto, que el hombre pecador no es capaz de obrar su salvación con sus propias fuerzas, sino que, con fe, debe recibir este don. Esta afirmación del Apóstol incluye, consecuentemente, la necesidad de realizar la fe en el amor; sólo así podrá presentarse sin temor al juicio de Dios. También Santiago enseña que, en el juicio, Dios escrutará los frutos de la fe y ellos darán la medida de la recompensa.
El pasaje de la fe y las obras (2,14-26) está dividido en dos partes. En la primera, Santiago muestra que la fe sin obras está muerta (2,14-19). En la segunda, ilustra la verdad anterior con el testimonio de la Escritura: Abraham fue justificado por las obras (2,21-25). El v.26 resume todo lo anterior.
Santiago afirma desde el inicio, por medio de una pregunta retórica, que la fe sin obras no sirve para nada (v.14). La pregunta está formulada en términos claros y no espera obtener la respuesta de que la fe cristiana puede salvar si no va acompañada de las buenas obras; antes bien presupone lo contrario. La respuesta que el autor espera obtener es que la fe sin obras y, por tanto, la mera posesión de la verdadera fe, la sola convicción no puede conseguirnos la salvación. La razón reside en que la fe es operante; empuja necesariamente a obrar según esa fe, a vivir según ella. Por tanto, es una contradicción el creyente que no vive de acuerdo con las convicciones de su fe, que no configura su vida con el poder vital que le ha sido infundido. Por lo mismo, no es digno de ese nombre. Igual que la semilla tiende al fruto, la fe tiende a realizarse en obras conformes a la fe.
De la afirmación inicial procede Santiago ahora a mostrar con ejemplos que la fe debe ir acompañada necesariamente de las obras (vv.15-20). Santiago pone al descubierto el contrasentido y la inutilidad de una fe sin obras en un ejemplo elegido a propósito por su evidencia. Se trata de un aparente creyente que, ante un hermano o una hermana que se encuentran desnudos y carentes del sustento diario, se reduce a expresar buenos deseos: ‘Idos en paz, calentaos y hartaos’, pero no les ofrece nada para venir al encuentro de sus necesidades (cf. vv.15-16). Frente a tal tacañería y cerrazón a la indigencia del hermano en Cristo y a la ley fundamental del amor (v.8), el saludo fraterno y las palabras aparentemente compasivas revelan toda su hipocresía. No hay verdadera fe; lo único que hay es una apariencia muerta.
En el v.18 responde Santiago, con mucha brevedad, una objeción: ¿Por qué sirven las obras sin la fe?; la fe es la virtud decisiva, y yo tengo fe. Considerada en sí misma, esta objeción no carece de fundamento. A diferencia de los no cristianos, el cristiano ha recibido gratuitamente por medio de la fe el don de la nueva vida, la prenda y la herencia del reino de Dios. Se trata de un don salvador realmente decisivo, que el hombre no puede conseguir con sus propias fuerzas. Es el fundamento indispensable para salvarse. Pero eso no nos autoriza a conservar pasivamente ese don, sin que se refleje en nuestra vida cotidiana. La objeción, pues, no es más que un subterfugio. Sólo quien tiene fe, es decir, quien vive según su fe, puede realizar las obras de la fe. La fe de quien no tiene obras está muerta; el don divino se ha marchitado. Sólo la fe viva es auténtica.
Aplicación
El cristiano prueba por las obras su fe.
La liturgia de este domingo es un reclamo a una fe auténtica, viva, que se demuestra en obras. El profeta Isaías, en la primera lectura, nos presenta la figura del Siervo sufriente con quien Jesús se identifica y a quien estamos llamados a descubrir y a acoger desde la fe. En el Evangelio es Jesús quien interpela a sus discípulos pregúntales sobre quién es Él para los demás, para llegar así a la pregunta crucial: ¿quién soy yo para cada uno de vosotros? En la segunda lectura, el Apóstol Santiago nos recuerda que no puede haber fe auténtica sin obras.
El oráculo del profeta Isaías, recogido en la primera lectura (50,5-9a), anuncia la suerte dolorosa y humillante que deberá abrazar el Siervo del Señor: ofrecer las espaldas a los que le golpean, las mejillas a los que mesan su barba; no retirar su rostro ante los insultos y salivazos (v.6). Pero ante todo ello el Siervo del Señor está firme en su fe en el Señor que no deja de asistirle, por eso no se desalienta, sino al contrario muestra una firmeza extraordinaria. Ésta es la fe que debe aprender y practicar todo creyente: una fe inquebrantable y total en Dios que es fiel y que nunca falla.
El pasaje del Evangelio de este domingo (Mc 8,27-35) nos presenta un episodio muy importante, crucial tanto a nivel personal de los discípulos como en el desarrollo del ministerio de Jesús. Él pregunta a los discípulos sobre qué cosa piensa la gente de Él, y después qué cosa piensan ellos de Él. A la primera pregunta no tienen ninguna dificultad en responder los discípulos. Jesús es visto como una de las grandes figuras del Antiguo Testamento: Elías o Juan el Bautista que ha resucitado... Pero, ante la segunda pregunta, enmudecen y vacilan en responder. Es Pedro quien, movido por una revelación del Padre, toma la palabra y profesa una auténtica confesión de fe en Jesús: "Tú eres el Cristo" (v.29).
La lectura de Santiago nos habla de la fe que debe manifestarse en muestras obras (2,14-18). Para ello nos interpela con una pregunta acuciante: "¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: ‘Tengo fe’, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe?" (v.14). La enseñanza que el apóstol Santiago quiere dejarnos es clara: la fe debe encarnarse en las obras; si la fe no produce obras, es una fe muerta, no existe. La fe, que necesariamente va acompañada de obras de caridad, nos libera así de todo sofisma y engaño, de todo egoísmo, impulsándonos siempre por el camino de la generosidad y del amor al prójimo en quien descubrimos y amamos al mismo Dios.

13 septiembre 2012


NINGUNA ORACIÓN SE PIERDE, SIEMPRE ENCUENTRA RESPUESTA AUNQUE SEA MISTERIOSA


El Papa ayer en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas:
El miércoles pasado hablé sobre la plegaria en la primera parte del Apocalipsis, hoy pasamos a la segunda parte del libro, y mientras en la primera parte la oración está orientada hacia el interno de la vida eclesial, la atención en la segunda está dirigida al mundo entero. La Iglesia de hecho, camina en la historia, es parte del proyecto de Dios. La asamblea que escuchando el mensaje de Juan --presentado por el lector- ha descubierto el propio deber de colaborar con el desarrollo del Reino de Dios como “sacerdotes de Dios y de Cristo” (Ap 20,6; cfr 1,5; 5,10), y se abre sobre el mundo de los hombres. Y aquí emergen dos modos de vivir la relación dialéctica entre ellos: el primero, lo podríamos definir el “sistema de Cristo”, al cual la asamblea tiene la felicidad de pertenecer, y el segundo es el “sistema terrestre anti-Reino y anti-alianza puesto en acto por influjo del maligno”, el cual engañando a los hombres quiere realizar un mundo opuesto al querido por Cristo y por Dios (cfr Pontificia Commissione Biblica,Bibbia e Morale. Radici bibliche dell’agire cristiano, 70).
La asamblea tiene entonces que saber leer en profundidad la historia que está viviendo, aprendiendo a discernir con su fe los acontecimientos para colaborar con el Reino de Dios. Y esta obra de lectura y de discernimiento, como también de acción, está relacionada con la oración.
Sobre todo después de la llamada insistente de Cristo que, en la primera parte del Apocalipsis, hasta siete veces dijo: “Quien tenga oídos, escuche lo que el Espíritu le dice a la Iglesia” (cfrAp 2,7.11.17.29; 3,6.13.22), la asamblea es invitada a subir al Cielo para mirar la realidad con los ojos de Dios. Y aquí encontramos tres símbolos, puntos de referencia de los que partir para leer la historia: el trono de Dios, el Cordero de Dios, el Cordero y el libro (cfr Ap 4,1 – 5,14).
El primer símbolo es el trono, sobre el cual está sentado un personaje que Juan no describe, porque supera todo tipo de representación humana. Puede solamente esbozar al sentido de la belleza y alegría que se prueba encontrándose delante de Él. Este personaje misterioso es Dios, Dios omnipotente que no se ha quedado encerrado en su Cielo sino que se acercó al hombre entrando en alianza con él. Dios que hace sentir en la historia de manera misteriosa pero real, su voz, simbolizada por relámpagos y truenos. Son varios los elementos que aparecen en torno a Dios, como los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes, que le rinden incesantemente alabanza al único Señor de la historia.
El primer símbolo por lo tanto es el trono. El segundo es el libro, que contiene el plan de Dios sobre los acontecimientos y sobre los hombres. Está cerrado herméticamente por siete sellos y nadie es capaz de leerlo. Ante esta incapacidad del hombre de percibir el proyecto de Dios, Juan siente una profunda tristeza que lo lleva a llorar. Pero hay un remedio a la desorientación del hombre ante del misterio de la historia: alguien es capaz de abrir el libro y de iluminarlo.
Y aquí aparece el tercer símbolo: Cristo, el Cordero inmolado en el sacrificio de la Cruz, que está de pie, significando su Resurrección. Y es justamente el Cordero, el Cristo muerto y resucitado que progresivamente abre los sellos y desvela el plan de Dios, el sentido profundo de la historia.
¿Qué dicen estos símbolos? Estos nos recuerdan cuál es el camino para saber leer los hechos de la historia y de nuestra misma vida. Levantando los ojos al Cielo de Dios, en la relación constante con Cristo, abriéndole a Él nuestro corazón y nuestra mente con la oración personal y comunitaria, aprendemos a ver las cosas de una manera nueva y a aferrar el sentido más verdadero. La oración es como una ventana abierta que nos permite tener la mirada vuelta hacia Dios, no solamente para recordarnos la meta hacia la cual nos dirigimos, sino también para dejar que la voluntad de Dios ilumine nuestro camino terreno y nos ayude a vivirlo con intensidad y empeño.
¿De qué manera el Señor guía a la comunidad cristiana a una lectura más profunda de la historia? Antes de todo invitándonos a considerar con realismo el presente que estamos viviendo. El Cordero abre entonces los cuatro primeros sellos del libro, y la Iglesia ve el mundo en el cual está insertada, un mundo en el que existen varios elementos negativos. Existen los males que realiza el hombre, como la violencia, que nace del deseo de poseer, de prevalecer unos sobre los otros, al punto de llegar a asesinarse (segundo sello); o la injusticia, porque los hombres no respetan las leyes que se han dado (tercer sello). A estos se agregan los males que el hombre tiene que sufrir, como la muerte, el hambre, la enfermedad (cuarto sello). A estas realidades, muchas veces dramáticas, la comunidad eclesial viene invitada a no perder nunca la esperanza, a creer firmemente que la aparente omnipotencia del maligno choca con la verdadera omnipotencia que es la de Dios.
El primer sello que el Cordero abre contiene justamente este mensaje. Narra Juan: “Y vi: un caballo blanco. Quien lo montaba tenía un arco, le fue dada una corona y él salió victorioso para vencer nuevamente” (Ap 6,2). En la historia del hombre ha entrado la fuerza de Dios, que no solamente es capaz de equilibrar el mal, sino incluso de vencerlo. El color blanco hace recordar la Resurrección: Dios se volvió tan cercano hasta el punto de descender a la obscuridad de la muerte para iluminarla con el esplendor de su vida divina; ha tomado sobre sí el mal del mundo para purificarlo con el fuego de su amor.
¿Cómo crecer con esta lectura cristiana la realidad? El Apocalipsis nos dice que la oración alimenta en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades esta visión de luz y de profunda esperanza: nos invita a no dejarnos vencer por el mal, sino a vencer el mal con el bien, a mirar a Cristo crucificado y resucitado que nos asocia a su victoria. La Iglesia vive en la historia, no se cierra en si misma, sino que afronta con coraje su camino en medio de las dificultades y sufrimientos, afirmando con fuerza que el mal en definitiva no vence al bien, la obscuridad no ofusca el esplendor de Dios. Este es un punto importante para nosotros; como cristianos no podemos nunca ser pesimistas; sabemos bien que en el camino de nuestra vida encontramos muchas veces violencia, mentira, odio, persecución, pero esto no nos desanima. Especialmente la oración nos educa a ver los signos de Dios, su presencia y acción, más aún, a ser nosotros luz del bien, que difunde la esperanza e indica que la victoria es de Dios.
Esta perspectiva lleva a elevar el agradecimiento y la alabanza a Dios y al Cordero: los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes cantan juntos el “canto nuevo” que celebra la obra de Cristo Cordero, el cual volverá “nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). Si bien esta renovación es sobre todo un don que hay que pedir.
Y aquí encontramos otro elemento que debe caracterizar la oración: invocar al Señor con insistencia para que su Reino venga, que el hombre tenga el corazón dócil al señorío de Dios, que sea su voluntad la que oriente nuestra vida y la del mundo. En la visión del Apocalipsis, esta oración de solicitud está representada por un particular importante: “los veinticuatro ancianos” y “los cuatro seres vivientes” tienen en su mano, junto a la cítara que acompaña a su canto “copas de oro llenas de incienso” (5,8a) que como se explica “son las plegarias de los santos” (5,8b), de los que ya han alcanzado a Dios, además de todos nosotros quienes estamos en camino. Y vemos que ante el trono de Dios, un ángel tiene en la mano un incensario de oro en el que mete continuamente los granos de incienso, es decir nuestras oraciones, cuyo suave olor es ofrecido junto a las oraciones que suben a la presencia de Dios (cfr Ap 8,1-4). Es un simbolismo que nos dice que todas nuestras oraciones --con todos los límites, la fatiga, la pobreza, la aridez, las imperfecciones que puedan tener- son casi purificadas y llegan al corazón de Dios. Debemos estar seguros de que no hay oraciones superfluas, inútiles; ninguna se pierde. Y encuentran respuesta, aunque a veces sea misteriosa, porque Dios es Amor y Misericordia infinita. A menudo, frente al mal, se tiene la sensación de no poder hacer nada, pero es justamente nuestra oración la primera respuesta y más eficaz que podemos dar y que hace más fuerte nuestro cotidiano compromiso por defender el bien. La potencia de Dios hace fecunda nuestra debilidad (cfr Rm 8,26-27).
Querría concluir con alguna alusión al diálogo final (cfr Ap 22,6-21). Jesús repite varias veces: "He aquí que vuelvo pronto" (Ap 22,7.12). Esta afirmación no indica sólo la perspectiva futura del fin de los tiempos, sino también la presente: Jesús viene, pone su morada en quien cree en El y lo acoge. La asamblea, entonces, guiada por el Espíritu Santo, repite a Jesús la invitación urgente a hacerse cada vez más cercano: "Ven" (Ap 22,17a). Es como la "esposa" (22,17) que aspira ardientemente a la plenitud de la nupcialidad. Por tercera vez hace la invocación: "Amén. Ven, Señor Jesús" (22,20b); y el lector concluye con una expresión que manifiesta el sentido de esta presencia: "La gracia del Señor Jesús esté con todos" (22,21).
El Apocalipsis, aún en la complejidad de los símbolos, nos implica en una oración muy rica, por la cual también nosotros escuchamos, alabamos, damos gracias, contemplamos al Señor, le pedimos perdón. Su estructura de gran oración litúrgica comunitaria es también una fuerte llamada a redescubrir la carga extraordinaria y transformante que tiene la Eucaristía; en especial querría invitar con fuerza a ser fieles a la Santa Misa dominical en el Día del Señor, el domingo, ¡verdadero centro de la semana! La riqueza de la oración en el Apocalipsis nos hace pensar en un diamante, que tiene una serie fascinante de caras, pero cuyo valor reside en la pureza del único núcleo central. Las sugestivas formas de oración que encontramos en el Apocalipsis hacen brillar entonces la riqueza única e indecible de Jesucristo. Gracias.

12 septiembre 2012


' LA HISTORIA DE COLOMBIA INDELEBLEMENTE MARCADA POR LA PROFUNDA FE CATÓLICA DE SUS GENTES'


El Papa a un grupo de obispos colombianos en visita 'ad limina'

Queridos Hermanos en el Episcopado:
1. Con profundo gozo les doy la más cordial bienvenida a este encuentro de comunión con el Obispo de Roma y Cabeza del Colegio Episcopal. Agradezco las amables palabras de Monseñor Ricardo Tobón Restrepo, Arzobispo de Medellín, con las cuales me ha hecho presente el afecto de los obispos, presbíteros, diáconos, comunidades religiosas y fieles laicos colombianos, así como las grandes líneas de la tarea pastoral que se está llevando a cabo en sus Iglesias particulares, que peregrinan en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios (cf. Lumen gentium, 8).
2. Su visita a los sepulcros de los príncipes de los Apóstoles, como bien lo saben, constituye un momento importante para la vida de las circunscripciones eclesiásticas de las que son pastores, porque consolida los vínculos de fe y comunión que los unen al Sucesor de san Pedro y al entero cuerpo eclesial. También para el Papa ésta es una ocasión de profundo significado, ya que en ella se expresa su solicitud por todas las Iglesias. Que su presencia en Roma sea, pues, una oportunidad para avivar la unidad efectiva y afectiva con el Pastor de la Iglesia Universal y también entre ustedes mismos, de modo que se intensifique en todos, y refuerce positivamente entre los fieles, aquel ideal que identifica a la comunidad eclesial desde sus inicios: «Tenía un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32).
3. La historia de Colombia está indeleblemente marcada por la profunda fe católica de sus gentes, por su amor a la Eucaristía, su devoción a la Virgen María y el testimonio de caridad de insignes pastores y laicos. El anuncio del Evangelio ha fructificado entre ustedes con abundantes vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, en la disponibilidad mostrada para la misión ad gentes, en el surgimiento de movimientos apostólicos, así como en la vitalidad pastoral de las comunidades parroquiales. Junto a esto, ustedes mismos han constatado también los efectos devastadores de una creciente secularización, que incide con fuerza en los modos de vida y trastorna la escala de valores de las personas, socavando los fundamentos mismos de la fe católica, del matrimonio, de la familia y de la moral cristiana. A este respecto, la infatigable defensa y promoción de la institución familiar sigue siendo una prioridad pastoral para ustedes. Por ello, en medio de las dificultades, les invito a no retroceder en sus esfuerzos y a seguir proclamando la verdad integral de la familia, fundada en el matrimonio como Iglesia doméstica y santuario de la vida (cf. Discurso en la clausura del V Encuentro Mundial de las Familias, Valencia 8 julio 2006).
4. El Plan Global (2012 – 2020) de la Conferencia Episcopal de Colombia traza como objetivo general «promover procesos de nueva evangelización que formen discípulos misioneros, animen la comunión eclesial e incidan en la sociedad desde los valores del Evangelio» (cf. n. 5.1). Acompaño con mi oración este propósito, que ya tuve la oportunidad de comentar al inaugurar la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, en Aparecida, pidiendo a Dios que, al llevarlo a cabo, los ministros de la Iglesia no se cansen de identificarse con los sentimientos de Cristo, Buen Pastor, saliendo al encuentro de todos con sus mismas entrañas de misericordia, para ofrecerles la luz de su Palabra. Así, el dinamismo de renovación interior llevará a sus compatriotas a revitalizar su amor al Señor, fuente de la que podrán surgir caminos que infundan una firme esperanza para vivir de manera responsable y gozosa la fe e irradiarla en cada ambiente (cf. Discurso Inaugural, 2).5.
5. Con espíritu paterno, consagren lo mejor de su ministerio a los presbíteros, diáconos y religiosos que están bajo su cuidado. Denles la atención que necesita su vida espiritual, intelectual y material, para que puedan vivir fiel y fecundamente su ministerio. Y si fuese necesaria, no ahorren con ellos la oportuna, clarificante y caritativa corrección y orientación. Pero, sobre todo, sean para ellos modelo de vida y entrega a la misión recibida de Cristo. Y no dejen de privilegiar el cultivo de las vocaciones y la formación inicial de los candidatos a las órdenes sagradas o a la vida religiosa, ayudándoles a discernir la verdad de la llamada de Dios, para que respondan a ella con generosidad y rectitud de intención. A este respecto, será oportuno que, siguiendo las orientaciones del Magisterio, propicien la revisión de los contenidos y métodos de su formación, con el deseo de que ella responda a los desafíos de la hora presente y a las necesidades y urgencias del Pueblo de Dios. Igualmente, es importante el fomento de una acertada pastoral juvenil, por medio de la cual las nuevas generaciones perciban con nitidez que Cristo las busca y desea ofrecerles su amistad  (cf.
Jn  15, 13-15). Él dio su vida para que tengan vida abundante, para que su corazón no se deje arrastrar por la mediocridad o por propuestas que acaban dejando el vacío y la tristeza tras de sí. Él desea ayudar a cuantos tienen el futuro por delante a realizar sus más nobles aspiraciones, para que aporten una savia fecunda a la sociedad, y así ésta avance por las sendas de la salvaguarda del medio ambiente, del ordenado progreso y la real solidaridad.
6. A pesar de algunos signos esperanzadores, la violencia continúa trayendo dolor, soledad, muerte e injusticia a muchos hermanos en Colombia. Al mismo tiempo que reconozco y agradezco la misión pastoral que, muchas veces en lugares llenos de dificultades y peligros, se está realizando en favor de tantas personas que sufren inicuamente en su amada Nación, les animo a seguir contribuyendo a la tutela de la vida humana y al cultivo de la paz, inspirándose para ello en el ejemplo de nuestro Salvador y suplicando humildemente su gracia. Siembren Evangelio y cosecharán reconciliación, sabiendo que, donde llega Cristo, la concordia se abre camino, el odio cede paso al perdón y la rivalidad se transforma en fraternidad.
7. Queridos hermanos en el Episcopado, al asegurarles una vez más mi cercanía y benevolencia, los encomiendo a cada uno de ustedes a la protección materna de María Santísima, en su advocación de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Que ella interceda por los ministros ordenados, los religiosos, las religiosas, los seminaristas, los catequistas y los fieles de cada una de sus arquidiócesis y diócesis, acrecentando en todos el deseo de amar y servir a su divino Hijo. A todos imparto de corazón una afectuosa Bendición Apostólica, prenda de copiosos favores celestiales.

'UNA FE QUE NO SE DESANIMA SINO QUE SABE ARRIESGAR'


Homilía en el santuario de Schönstatt de monseñor Fisichella

La fiesta litúrgica de la natividad de la virgen María es muy antigua. Se comenzó a celebrar en el lugar donde, según una antigua tradición, estaba la casa de los padres de María, Joaquín y Ana. Desde hace ya muchos siglos la comunidad cristiana se deja guiar por este misterio de amor que Dios ha realizado en nuestra historia. Hoy también estamos aquí para continuar esta tradición de nuestra fe. Justamente aquí, en este santuario de Schönstatt donde el padre Kentenich quiso abrir su corazón, ofreciendo a tantas personas la posibilidad de encontrar en María a la fiel compañera de la vida. Venimos a pedir al Señor por intercesión de su Madre, la fuerza y la gracia para ser en el mundo testigos creíbles y fieles de su amor, y anunciadores de su evangelio. Y también hay otro motivo importante que nos trae a este santuario: queremos entregar a María el próximo sínodo sobre la Nueva Evangelización y el año de la Fe. No podemos olvidar que justamente en Schönstatt, el padre Kentenich anticipó con espíritu profético algunas intuiciones del Concilio Vaticano II. Entregamos estos momentos tan importantes para la vida de la Iglesia a la Madre de la Iglesia, que Juan Pablo II ha invocado también como “estrella de la nueva evangelización”. Y nos unimos espiritualmente al Santo Padre Benedicto XVI, que el 4 de octubre, desde la casa de María en Loreto, pondrá bajo la protección de la Virgen el Año de la Fe y la Nueva Evangelización.
El evangelio que hemos escuchado recuerda el misterio realizado en la vida de aquella joven, que desde aquel momento todas las generaciones llaman “bienaventurada”. ¿Qué sucedió aquel día?¿Cuáles fueron los sentimientos de María? Dificilmente encontraremos una respuesta a estas preguntas. Lo que sabemos con certeza es que Dios entró en su vida y la invitó a creer en su palabra y a confiar en Él. María creyó. En la simplicidad del relato encontramos una verdad muy profunda: si el hombre quiere encontrar el significado de su vida debe confiar en Dios. Este es, propiamente, el desafío que estamos llamados a enfrentar. ¿Puede el hombre de hoy creer en Jesucristo? Este hombre, sumergido en el ruido, que no conoce ya el valor del silencio; este hombre que sólo cree en lo que ve y no se fía de nadie, y por esto mismo cada vez más encerrado en la soledad; este hombre que sólo vive de las certezas que le ofrece la ciencia y la técnica... en definitiva, el hombre contemporáneo, el que vive junto a nosotros, el vecino de casa... ¿puede todavía creer en Jesucristo como Salvador del mundo?
A un mundo que considera todo obvio, debemos proponerle la novedad profunda del Evangelio de Jesucristo. Es una tarea difícil, que requiere de nuestra parte la fuerza de la fe. Estamos llamados, los creyentes en primer lugar, a reavivar nuestra fe como respuesta siempre atenta y convencida a la palabra de Dios. Una fe que no se desanima, sino que sabe arriesgarse. Una fe que no se esconde, sino que atestigua públicamente sus convicciones. Una fe que no pierde coraje frente a las dificultades, sino que se hace fuerte y confía en la presencia del Espíritu. Una fe que no se encierra en el individualismo y en lo fácil, sino que es una experiencia de comunidad. Una fe que no se cansa ni cae en la rutina por el pasar de los años, sino que se renueva con entusiasmo y se expone por las calles del mundo para sostener a los nuevos evangelizadores.
María nos recuerda hoy el “compromiso de la fe” (1 Tes 1,3). Un compromiso a evangelizar siempre, donde sea y a pesar de todo. La bella oración que se hace aquí ante la Virgen, “Nada sin ti, nada sin nosotros”, se convierte en prenda de la nueva evangelización. Un compromiso que hoy asumimos ante ella con la promesa de conservarlo cada día y hacerlo siempre más fecundo; así como ella ha hecho con la vida de Jesús, que “conservaba en su corazón...” Por ello, Jesús “crecía” junto a ella. Jesús debe crecer en nosotros y su Madre es la vía privilegiada para acceder a su misterio. Compromiso que se alimenta con la escucha de la Palabra para ser capaces de hacer su voluntad; en la participación de la santa Eucaristía dominical para vivir el misterio de su amor y de gracia; en el testimonio de la caridad para mostrar cómo viven los discípulos de Cristo. El mundo de hoy necesita hombres y mujeres de fe, convencidos de la elección que han hecho. Los cristianos no somos personas ingenuas o fabuladores crédulos, como a menudo alguno nos reprocha, para transformar la fe en una burla. Al contrario, somos verdaderamente personas libres, porque elegimos confiar nuestra vida a aquello que es esencial: el misterio de Dios que ama y ofrece la vida para siempre.
Recordar el nacimiento de la virgen María nos permite mirar profundamente nuestra vida y dejarnos plasmar por el amor de Dios; ¡Él también a través de nosotros puede seguir realizando maravillas!

06 septiembre 2012


HOMILIA DEL PAPA EN LA MISA DE CLAUSURA DEL "RATZINGER SCHÜLERKREIS"


Queridos hermanos y hermanas:
Resuenan aún profundamente en mi las palabras con las cuales, hace tres años, el cardenal Schönborn nos hizo la exégesis de este Evangelio: la misteriosa correlación entre lo intimo con lo externo, lo que rinde al hombre impuro, lo que lo contamina y lo que es puro. Hoy por ello no quiero hacer la exégesis del mismo Evangelio, o la haré de manera marginal. Probaré en cambio a decir unas palabras sobre las dos lecturas.
En el Deuteronomio encontramos “la alegría de la ley”. Ley no como un vínculo, como algo que nos quita la libertad, sino como un regalo, un don. Cuando los otros pueblos mirarán hacia este gran pueblo --así dice la lectura, así dice Moisés--, entonces dirán: ¡Qué pueblo sabio!
Admirarán la sabiduría de este pueblo, la equidad de la ley y la cercanía del Dios que está a su lado y que le responde cuando es llamado. Es esta la alegría humilde de Israel: recibir un don de Dios. Esto es diverso del triunfalismo, del orgullo, de lo que viene de si mismo: Israel no está orgulloso de la propia ley, como Roma podía serlo del derecho romano en cuanto un don hacia la humanidad, como Francia quizás con el “Código Napoleón”, como la Prusia del  'Preußisches Landrecht', etcétera, obras del derecho que reconocemos. Sino que Israel sabe: esta ley no la hizo ella misma, no es el fruto de su genialidad, es un don. Dios le ha mostrado qué cosa es el derecho.
Dios le ha dado sabiduría. La ley es sabiduría. Sabiduría es el arte de ser hombres, el arte de poder vivir bien y poder morir bien. Y se puede vivir y morir bien solamente cuando se ha recibido la verdad y cuando la verdad nos indica el camino. Ser agradecidos por el don que nosotros no hemos inventado, pero que nos fue dado como don y vivir en la sabiduría: aprender, gracias al don de Dios, a ser hombres de manera recta.
El Evangelio nos muestra entretanto que existe un peligro -como se dice hoy directamente en el inicio del párrafo del Deuteronomio: “No agregar, no quitar nada”. Nos enseña que con el pasar del tiempo, al don de Dios se añadieron aplicaciones, obras, costumbres humanas, que creciendo esconden lo que es propio de la sabiduría donada por Dios, al punto de volverse un verdadero vínculo que es necesario romper, o lleva a la presunción: ¡nosotros lo hemos inventado!
Ahora pasemos a nosotros, a la Iglesia. Según nuestra fe, de hecho, la Iglesia es Israel que se ha vuelto universal, en la cual todos se vuelven, a través del Señor, hijos de Abraham; Israel que se ha vuelto universal, en el que persiste el núcleo esencial de la ley, sin las contingencias del tiempo y del pueblo. Este núcleo es simplemente Cristo mismo, el amor de Dios por nosotros y nuestro amor hacia Él y por los hombres.
Él es la Torah viviente, es el don de Dios para nosotros, en el cual ahora recibimos todos la sabiduría de Dios. En el estar unidos en Cristo, en el “caminar juntos” en el “con-vivir” con Él, aprendemos nosotros mismos cómo ser hombres de la manera justa, recibimos la sabiduría que es verdad, sabemos vivir y morir, porque Él mismo es la vida y la verdad.
Conviene, por lo tanto a la Iglesia, como a Israel, estar llena de gratitud y de alegría. “¿Cuál es el pueblo que puede decir que Dios le está así de cerca? ¿Qué pueblo ha recibido este don?”. No lo hemos hecho nosotros, nos fue donado. Alegría y gratitud por el hecho que lo podemos conocer, que hemos recibido la sabiduría del vivir bien, que es lo que debería caracterizar al cristiano. De hecho en el cristianismo de los orígenes era así: el ser liberado de las tinieblas, de ir a ciegas, de estar en la ignorancia. ¿Qué soy? ¿Por qué existo?¿Cómo tengo que seguir adelante? El haberme vuelto libre, el estar en la luz, en la amplitud de la verdad. Esta era la conciencia fundamental.
Una gratitud que se irradiaba entorno y que  unía así a los hombres en la Iglesia de Jesucristo. Pero también en la Iglesia existe el mismo fenómeno: elementos humanos se añaden y conducen a la presunción, al así llamado triunfalismo, que se exalta a si mismo en vez de dar la alabanza a Dios; o al vínculo, que es necesario cortar, romper y triturar. ¿Qué debemos hacer? ¿Qué tendríamos que decir?
Pienso que nos encontramos justamente en esta fase en la cual vemos en la Iglesia solamente aquello que hacemos nosotros mismos y que nos arruina la alegría de la fe; que no creemos más y no osamos decir más: Él nos ha indicado quién es la verdad, qué es la verdad; nos ha mostrado lo que es el hombre, nos ha donado la justicia de la vida recta.
Nosotros estamos preocupados por alabarnos solamente a nosotros, y tememos vincularnos por reglamentos que serán un obstáculo en la libertad y en la novedad de la vida.
Si hoy leemos -por ejemplo-, en la Carta de Santiago: “Sois generados por medio de una palabra de verdad” ¿quién de nosotros podría alegrarse de la verdad que nos ha sido donada? Nos viene enseguida la pregunta: ¿Cómo se puede tener la verdad? ¡Esto es intolerancia!
La idea de verdad e intolerancia hoy están casi fusionadas entre ellas, y así no logramos creer de hecho en la verdad, o hablar de la verdad. Parece estar lejos, parece algo que es mejor no utilizar. Nadie puede decir: tengo la verdad -- esta es la objeción que hay--, y justamente nadie puede tener la verdad. ¡Es la verdad que nos posee, es algo viviente! Nosotros no somos sus poseedores, sino más bien estamos aferrados por ella. Solamente si nos dejamos guiar y mover por ella permanecemos en ella, solamente si somos, con ella y en ella, peregrinos de la verdad, entonces está en nosotros y para nosotros.
Pienso que tenenos que aprender nuevamente este “no tener la verdad”. Así como no podemos decir: 'mis hijos son una posesión mía', porque en realidad son un don y como don de Dios nos fueron dados para una tarea, así no podemos decir: 'tengo la verdad', sino más bien: la verdad vino hacia nosotros y nos impulsa. Tenemos que aprender a dejarnos mover por ella, hacernos conducir hacia ella. Y entonces brillará de nuevo: si ella misma nos conduce y nos compenetra.
Queridos amigos, pidamos al Señor que nos de este don. Santiago nos dice hoy en la lectura: no tienen que limitarse a escuchar la palabra, hay que ponerla en práctica.
Esta es una advertencia sobre la intelectualización de la fe y de la teología. Es un temor que tengo en este tiempo cuando leo tantas cosas inteligentes: que se transforme en un juego del intelecto en el cual “nos pasamos la pelota”, en el cual todo es solamente un mundo intelectual que no compenetra ni forma nuestra vida, y que por lo tanto no nos introduce en la verdad.
Creo que estas palabras de Santiago se dirigen justamente a nosotros en cuanto teólogos: no solamente escuchar, no solamente el intelecto. ¡Dejarse formar por la verdad, dejarse guiar por ella! Recemos al Señor para que nos suceda essto y que así la verdad sea potente, sobre nosotros, y que tome fuerza en el mundo a través de nosotros.
La Iglesia ha puesto la frase del Deuteronomio: “¿Dónde hay un pueblo en el que Dios esté así cercano como nuestro Dios está cerca de nosotros, cada vez que lo invocamos?”, en el centro del Oficio Divino del Corpus Domini, y le dio así un nuevo significado: ¿dónde hay un pueblo en el cual su Dios esté tan cerca como nuestro Dios lo está con nosotros?
 En la eucaristía esto se ha vuelto plena realidad. Claro que no es solamente un aspecto exterior: alguno puede estar cerca del tabernáculo y al mismo tiempo estar lejos del Dios viviente. ¡Lo que cuenta es la cercanía interior! Dios se puso tan cerca que Él mismo es un hombre: ¡esto nos debe desconcertar y sorprender siempre y cada vez! Él está tan cerca que es uno de nosotros. Conoce al ser humano, el “sabor” del ser humano, lo conoce desde adentro, lo ha probado con sus alegrías y con sus sufrimientos.
En cuanto hombre me está cerca, cerca “al alcance de mi voz” , tan cerca que me escucha y que puedo saber: Él me oye y me escucha, aún si no fuese como yo me lo imagino.
Dejémonos llenar nuevamente de esta alegría: ¿dónde hay un pueblo en el cual Dios esté tan cerca, como Dios lo está de nosotros? Tan cerca al punto de ser uno como nosotros, de tocarme desde adentro. Sí, de entrar dentro de mi en la Santa Eucaristía. Un pensamiento de por sí desconcertante.
Sobre este proceso, san Buenaventura ha utilizado una vez en sus oraciones de Comunión, una formula que impresiona, que casi asusta. Él dice: Señor mio ¿Cómo se te pudo ocurrir entrar en la sucia letrina de mi cuerpo? Sí, Él entra dentro de nuestra miseria, lo hace conscientemente y para compenetrarnos, para limpiarnos y para renovarnos, para que a través de nosotros, en nosotros, la verdad esté en el mundo y se realice la salvación.
Pidamos al Señor perdón por nuestra indiferencia, por nuestra miseria que nos hace pensar solamente a nosotros mismos, por nuestro egoísmo que no busca la verdad, pero que sigue la propia costumbre, y que muchas veces hace parecer al cristianismo solamente como un sistema de costumbres.
Pidámosle que entre, con poder, en nuestras almas, que se haga presente en nosotros y a través de nosotros, -y que así la alegría nazca también en nosotros: ¡Dios está aquí, y me ama, es nuestra salvación! Amén.