8/29/17

Cada pequeña piedra tiene su lugar en la Iglesia

El Papa en el pasado Domingo


Antes del ángelus
Queridos hermanos y hermanas, buenos días! El Evangelio de este domingo (Mt 16, 13-20) nos lleva a un pasaje clave del camino de Jesús con sus discípulos: el momento en el que él quiere verificar en que punto se encuentra su fe en Él. La gente piensa que Jesús es un profeta, lo que es verdad, pero no captan cual es el centro de su persona ni de su misión. En seguida pregunta a sus discípulos lo que lleva en su corazón, es decir lo que les pregunta directamente: “Y vosotros, quién decís que soy yo?” (v.15). Porque Jesús distingue claramente a los apóstoles de la gente, lo que quiere decir: vosotros, que estáis todos los días conmigo, y que me conocéis de cerca, que es lo que habéis entendido de mí?
El Maestro espera de los suyos una respuesta elevada y diferente de la opinión publica. Y, en efecto, una respuesta elevada y diferente de las de la opinión pública. Una respuesta de este tipo brota del corazón de Simón llamado Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo” (v.16). Simón Pedro encuentra en sus labios palabras más grandes que él, palabras que no vienen de sus capacidades naturales. Quizá no habría hecho la escuela elemental y era capaz de decir estas palabras, más fuertes que él! Pero son palabras inspiradas por el Padre celestial (cf.v.17), que revela al primero de los Doce la verdadera identidad de Jesús: Es el Mesías, el Hijo enviado por Dios para salvar a la humanidad. Gracias a esta respuesta, Jesús comprende que, gracias a la fe dada por el Padre, hay un fundamento sólido sobre el cual puede construir su comunidad, su Iglesia. Por eso le dice a Simón: “Tu eres Pedro – es decir piedra, roca – y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (v.18).
Hoy, con nosotros también, Jesús quiere continuar construyendo su Iglesia, esta casa con fundamentos sólidos pero donde no faltan fisuras y que tienen necesidad de ser reparadas continuamente, como en tiempos de San Francisco de Asís.
Es verdad que no nos percibimos como rocas, sino solamente como pequeñas piedras. Sin embargo una pequeña piedra no es inútil, al contrario, en las manos de Jesús, se convierte en preciosa, por que Él la coge, la mira con una gran ternura, la trabaja por su Espíritu, y la coloca en un buen lugar, en el cual el ha pensado desde siempre, y donde puede ser útil a toda la construcción. Y todos nosotros, aunque pequeños somos “piedras vivas” porque cuando Jesús toma su piedra en la mano, la hace suya, la hace viva, llena de vida, llena de vida por el Espíritu Santo, llena de vida por su amor y es así como tenemos un lugar y una misión en la Iglesia: es una comunidad de vida, hecha de tantas piedras todas diferentes, que forman un único edificio, bajo el signo de la fraternidad y de la comunión.
Además, el Evangelio de hoy nos recuerda que Jesús también ha querido para su Iglesia un centro visible de comunión, en Pedro – él tampoco es una gran piedra, es una pequeña piedra, pero tomada por Jesús se convierte en centro de comunión –, en Pedro y en aquellos que le habrían sucedido en la misma responsabilidad primacial, que desde los orígenes, han sido identificados con los obispos de Roma, la ciudad donde Pedro y Pablo han dado su testimonio por la sangre.
Confiémonos a María, Reina de los Apóstoles, Madre de la Iglesia. Ella se encontraba en el Cenáculo, al lado de Pedro , cuando el Espíritu descendió sobre los Apóstoles y les ha impulsado a salir, a anunciar a todos que Jesús es el Señor .
Hoy, que nuestra Madre nos sostenga y nos acompañe con su intercesión para que podamos realizar plenamente esta unidad y esta comunión por los cuales Cristo y los Apóstoles han orado y han dado su vida.
Angelus Domini…
Después del ángelus
Queridos hermanos y hermanas!
Estos últimos días, de grandes inundaciones que han golpeado Bangladesh, el Nepal, y la India. Expreso mi cercanía a los pueblos y oro por las víctimas y por aquellos que sufren esta calamidad.
Tristes noticias han llegado sobre la persecución de la minoría religiosa de nuestros hermanos Rohingyas. Quisiera expresarles toda mi cercanía. Y todos nosotros pidamos al Señor que les salve, y de suscitar hombres y mujeres de buena voluntad para venir a ayudarles, que les den sus plenos derechos. Oremos también por nuestros hermanos Rohingyas.
Os saludo a todos, fieles de Roma y peregrinos de Italia y de diferentes países: las familias, los grupos parroquiales, las asociaciones.
En particular, saludo a los miembros de la Tercera Orden carmelita; los jóvenes de Tombelle (diócesis de Padua) – pero, ¡estáis ardientes vosotros! – que hace poco han recibido la Confirmación; y el grupo de Lodivecchio: están bien, porque han recorrido a pie, en peregrinación, la última parte la Vía Francigena. ¡Sed también así en la vida!
Os deseo a todos un buen domingo. No os olvidéis, os lo pido, de orar por mi. ¡Buen almuerzo y adios!