07 mayo 2019

Homilía ordenación sacerdotal, San Eugenio 4.V.2019




Cardenal Antonio Cañizares



Dabo vobis pastores iuxta cor meum (Jer 3, 15). “Os daré pastores según mi corazón”. Esta promesa del Señor, que hemos repetido en el canto de entrada, nos ha introducido en la maravilla del amor de Dios que hoy celebramos: la ordenación sacerdotal de 34 diáconos de distintos países del mundo. Doy gracias a Dios y al Prelado del Opus Dei por el regalo de poder ordenar a estos hijos suyos en Roma, en el corazón del cristianismo.
“Os daré pastores según mi corazón”: ¿Qué quiere decirnos Dios a través del profeta? Se trata de una promesa de esperanza en unos momentos muy difíciles para el pueblo de Israel. Sin embargo, Dios siempre promete futuro. Hoy también sigue anunciándonos que Él nunca dejará de mandarnos pastores y que la ayuda del ministerio sacerdotal nunca nos faltará. Pero, ¿qué significa ese “según mi corazón”? ¿Cómo deben ser estos pastores que nos da hoy el Señor? En el Evangelio que hemos leído, es el mismo Jesucristo quien responde a nuestras preguntas, delineando algunas tareas fundamentales del sacerdote.
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1. “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas” (Jn 10, 11). Queridos ordenandos: estáis llamados a identificaros con este buen pastor, con este pastor que es Cristo, que da su vida hasta entregarla en la Cruz. Esta entrega no está encerrada en un pasado lejano, sino que cada día se actualiza en la Santa Misa. En la Sagrada Eucaristía, Jesús se nos entrega mediante las manos del sacerdote. Por eso, en el centro de la vida de cada uno de nosotros, sacerdotes, se encuentra la celebración de este sacramento.
La Misa está llamada a ser, como le gustaba repetir a Benedicto XVI, una escuela de vida; en ella aprendemos a entregar nuestra existencia. Decía el Papa Emérito, en la homilía de una ordenación sacerdotal: “La vida no se da sólo en el momento de la muerte, y no solamente en el momento del martirio. Debemos darla día a día. Debo aprender día a día que yo no poseo mi vida para mí mismo. Día a día debo aprender a desprenderme de mí mismo, a estar a disposición del Señor para lo que necesite de mí en cada momento, aunque otras cosas me parezcan más bellas o más importantes. Precisamente así experimentamos la libertad” (BENEDICTO XVI, Homilía ordenación sacerdotal, 7.V.2006).
El encuentro diario con Jesús en la Eucaristía nos conduce suavemente por esta senda de la entrega. Al recibirlo en nuestro pecho nos damos cuenta de que, como nos recuerda la segunda lectura, es el amor de Cristo el que nos urge (cfr. 2 Cor 5, 14). Sí, solo el amor puede dar sentido a una vida de entrega. Un amor que procuraremos llevar hasta el extremo, hasta el olvido de sí, que nos llevará a vivir contentos, trabajando donde Dios nos quiera, cumpliendo con esmero su voluntad. San Josemaría subrayaba con fuerza esa necesidad que tenemos del amor para cumplir nuestra misión: “¡No olvidéis –decía– que nosotros somos enamorados! ¡No somos gentes sin amor! Si no metemos completamente a Dios en nuestras vidas, ¡enamorados!, no podemos tirar para adelante. No hagáis nada sin poner por lo menos una chispa de amor, ¡aunque cueste! (Citado en J. ECHEVARRÍA, Memoria del beato Josemaría, p. 102). Entonces, las jornadas adquieren siempre un color nuevo, por más que la monotonía o el cansancio amenacen con obscurecer su luz. Y somos capaces de tantas manifestaciones de la entrega cotidiana: cambiar nuestros planes si hace falta para atender a una persona, aprender cosas nuevas para mejorar nuestra labor pastoral, etc.
Lo que hemos meditado hasta aquí nos ofrece el marco para entender con más profundidad la pregunta que os haré dentro de unos momentos, al concluir la homilía: “¿Queréis uniros cada día más estrechamente a Cristo, Sumo Sacerdote, que por nosotros se entregó al Padre como víctima santa, y consagraros a Dios junto con él para la salvación de los hombres?”. Y responderéis, con humildad y confianza, tal vez poniendo los ojos en ese Cristo que os mira desde la Cruz del presbiterio: “Sí, quiero, con la gracia de Dios” (Rito de ordenación, Promesa de los elegidos). No lo olvidéis: el buen pastor es el que, como Cristo, piensa siempre en el bien de las almas antes que en sus intereses personales. Y para esto es capaz de los sacrificios más grandes, porque sabe amar.
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2. Así entramos en la segunda afirmación de Cristo en el Evangelio de hoy: “Yo soy el buen pastor, conozco mis ovejas y las mías me conocen”. Estas palabras de Jesús nos hablan de la tarea pastoral de acompañar a los hombres, de salir a su encuentro, de estar abiertos a sus necesidades y a sus interrogantes. Como afirma el Papa Francisco: “Acompañar es la clave del ser pastores hoy en día. Se necesitan ministros que encarnen la cercanía del Buen Pastor, de sacerdotes que sean iconos vivientes de cercanía. Esta palabra hay que subrayarla: “cercanía”, porque es lo que hizo Dios” (FRANCISCO, Encuentro con el clero de Palermo, 15.IX.2018).
Esa cercanía, ese conocimiento de las ovejas, característica del buen pastor, supone que nuestro conocimiento debe ser siempre un conocimiento con el corazón. Pero esto solo será posible si el Señor ha abierto nuestro propio corazón.
En este camino de cercanía a nuestros hermanos, en este buscar que conozcan y se vinculen al corazón de Jesús, resulta de particular importancia el sacramento de la Penitencia. Al respecto, nos sirve meditar esas palabras que san Pablo dice con fuerza a los cristianos de Corinto: “Todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos confirió el ministerio de la reconciliación (…). Somos pues, embajadores en nombre de Cristo, como si Dios os exhortase por medio de nosotros. En nombre de Cristo os rogamos, reconciliaos con Dios” (2 Cor 5, 18.20).
El Señor, hoy, por medio de la imposición de manos y de la plegaria de ordenación, os hace fieles dispensadores de los misterios de Dios, también para perdonar los pecados (cfr. Plegaria de ordenación). Ante la maravilla de ser confesor, de ser ministro de la gracia de Dios, considerad que todos necesitamos ese perdón; que seáis buenos confesores y buenos penitentes. En efecto, acompañar a los demás quiere decir que también uno mismo se pone en camino, luchando contra los propios defectos contando con la gracia de Dios.
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3. Antes de concluir estas consideraciones, quisiera recordar cómo san Josemaría –siguiendo la tradición de tantos santos- nos animaba a sentire cum Ecclesia; a vivir en plena sintonía con la Iglesia. Una sintonía que lleva a alegrarnos con sus alegrías y a sufrir con sus sufrimientos, siempre con esperanza. En el momento histórico en el que nos encontramos, procuremos ser buenos hijos de la Iglesia, y ayudemos con nuestra oración al Papa en su misión de ser principio visible de unidad de fe y comunión.
Finalmente me dirijo a vosotros, padres, hermanos, familiares, amigos de los ordenandos: pienso en tantas cosas como os diría san Josemaría si estuviese físicamente aquí, y lo mismo el beato Álvaro y don Javier. Desde el cielo os dan las gracias porque habéis colaborado en la formación y habéis creado un ambiente donde ha podido surgir esta vocación sacerdotal de vuestros hijos o de vuestros hermanos. Llenaos de alegría porque el Señor se haya dignado a elegir a uno de vuestra familia para que, siendo su ministro, procure llevar la paz de Dios a todo el mundo.
No olvidéis, sin embargo, que todos estamos llamados a la santidad y, cada uno en su camino, debe procurar lo que nos ha dicho Cristo hoy en el Evangelio: dar la vida por los demás y acompañarnos mutuamente en este camino hacia Dios. Estos días de la ordenación de alguien muy cercano a vosotros son días de gracia: os invito a abrir aún más el corazón y corresponder a las llamadas del Señor. Aprovechad esta ordenación sacerdotal, a la que muchos habréis venido desde lugares lejanos, para renovar vuestra relación con Jesucristo. El motivo por el que Dios nos da pastores no es otro que la santidad de todos los cristianos, de todos nosotros.
No dejéis de pedir por los nuevos sacerdotes para que sean siempre fieles, piadosos, entregados y ¡alegres! Encomendadles especialmente a Santa María, madre de la Iglesia, que extrema su solicitud de Madre con aquellos que se empeñan, para toda la vida, en servir a su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

«Dios siempre promete futuro»

Este 4 de mayo 2019 en Roma

34 fieles del Opus Dei recibieron la ordenación sacerdotal el sábado 4 de mayo en la basílica de san Eugenio (Roma). Los nuevos presbíteros provienen de 16 países diferentes y se incorporan al clero de la Prelatura.

El cardenal Antonio Cañizares ordenó a los candidatos. En su homilía, dirigiéndose a los 34 fieles que se disponían a recibir el sacerdocio, dijo: “No lo olvidéis: el buen pastor es el que, como Cristo, piensa siempre en el bien de las almas antes que en sus intereses personales. Y para esto es capaz de los sacrificios más grandes, porque sabe amar”.
El prelado del Opus Dei, Mons. Fernando Ocáriz, participó en la ceremonia desde el presbiterio. A la ordenación asistieron también familiares y numerosos amigos de los nuevos diáconos.
“Solo el amor -dijo Mons. Cañizares- puede dar sentido a una vida de entrega. Un amor que procuraremos llevar hasta el extremo, hasta el olvido de sí, que nos llevará a vivir contentos, trabajando donde Dios nos quiera, cumpliendo con esmero su voluntad“.
Recogiendo palabras del Papa, dijo que “acompañar es la clave del ser pastores hoy en día. Se necesitan ministros que encarnen la cercanía del Buen Pastor, de sacerdotes que sean iconos vivientes de cercanía”.
Mons. Cañizares animó a los candidatos a cuidar especialmente la Misa y la Penitencia: “Ante la maravilla de ser confesor, de ser ministro de la gracia de Dios, considerad que todos necesitamos ese perdón; que seáis buenos confesores y buenos penitentes. En efecto, acompañar a los demás quiere decir que también uno mismo se pone en camino, luchando contra los propios defectos contando con la gracia de Dios”.
El celebrante imaginó las palabras que san Josemaría diría a las familias de los ordenandos: “Llenaos de alegría porque el Señor se haya dignado a elegir a uno de vuestra familia para que, siendo su ministro, procure llevar la paz de Dios a todo el mundo”.
“Dios siempre promete futuro -aseguró-. Hoy también sigue anunciándonos que Él nunca dejará de mandarnos pastores y que la ayuda del ministerio sacerdotal nunca nos faltará”.
“Con el tiempo, todo encaja”
Varios de los ordenandos reflexionaron algunos días antes de la ceremonia sobre el camino que les ha llevado al ministerio sacerdotal.
Yann Le Bras, francés, señala que “no hay motivo para tener miedo porque la vocación es algo que viene de Dios y Dios acompaña siempre a todos, pero en particular a sus sacerdotes. Si tuviera que tener miedo de algo sería de mí mismo. Por eso pido a Dios que me ayude. También lo pido a la Virgen, que es la Madre de los sacerdotes”.
El neozelandés Samuel Fancourt se convirtió al catolicismo hace unos años y ahora recibe el sacerdocio: “Cuando miras atrás, te das cuenta de que Dios ha ido actuando en tu vida. Gente, lugares, acontecimientos… Son experiencias quizá lejanas de la fe, pero con el tiempo todo encaja. Ves que ahí había un plan de Dios”.
Paul Kioko, de Kenia, trabajó como médico durante varios años en un hospital de Nairobi. Ahora reflexiona: “Un sacerdote es alguien que está ‘de guardia’ no solo durante un día sino en cada momento de su vida. Porque tiene que cuidar de las almas que le han sido confiadas y tiene que estar dispuesto a atenderles en cada momento del día o de la noche”.
El italiano Claudio Tagliapietra, de Venecia, señala que “el sacerdote es alguien que tiene que saber escuchar y, al escuchar, no tiene que juzgar sino que comprender. Es alguien que no siempre tiene respuesta a las preguntas porque las soluciones se construyen con calma”.
Los nuevos sacerdotes
Los 34 candidatos proceden de Brasil, Colombia, España, México, Nueva Zelanda, Venezuela, Chile, Estados Unidos, Kenia, Francia, Paraguay, El Salvador, Uganda, Filipinas, Perú e Italia. Estos son sus nombres:
Sérgio Sardinha de Azevedo (Brasil); Luis Miguel Bravo Álvarez (Colombia); José María Cerveró García (España); Miguel Ángel de Fuentes Guillén (España); Ernesto de la Peña González (México); José Luis de Prada Llusá (España); Javier María Erburu Calvo (España); Samuel Thomas Harold Fancourt (Nueva Zelanda); Gerardo Andrés Febres-Cordero Carrillo (Venezuela); José Nicolás Garcés Lira (Chile); Óscar Garza Aincioa (España); Pedro González-Aller Gross (España); John Paul Graells Antón (Estados Unidos); Diego Guerrero Gil (España); Jorge Iriarte Franco (España); Paul Muleli Kioko (Kenia); Yann Le Bras (Francia); Cristhian Alcides Lezcano Vicencini (Paraguay); Álvaro Linares Rodríguez (España); Miguel Llamas Díez (España); Eduardo Andrés Marín Perna (El Salvador); Javier Martínez González (España); Luis María Martínez Otero (España); Bernardo José Montes Arraztoa (Chile); Bernard Kagunda Nderito (Kenia); Deogratias Gumisiriza Nyamutale (Uganda); Nathaniel Peña Baluda (Filipinas); Rafael Quinto Pojol (Filipinas); César Augusto Risco Benites (Perú); Rafael de Freitas Sartori (Brasil); David Saumell Ocáriz (España); Cayetano Taberner Navarro (España); Claudio Tagliapietra (Italia); Fernando María Valdés López (España)

02 mayo 2019

Vivir el amor humano

Lo que comenzó como un proyecto de acompañamiento a madres solteras y enfermos de sida, se ha convertido hoy en una formación de vida para niños, jóvenes y adultos en cualquier situación
Fernando del Castillo conoció a Nieves Tomillo en noviembre de 1991, en un congreso sobre familia organizado en Roma. En ese momento, san Juan Pablo II convocó a líderes de todos los países dedicados al tema de la familia y de la vida e instó a dedicarse a tiempo completo a la tarea de cuidar la familia y la vida mediante testimonios, charlas y cursos.
Por eso Fernando (licenciado en Filosofía y Letras y Máster en Terapia de pareja y familia), dejó su trabajo como profesor en un instituto. Nieves (Licenciada en Filosofía y Letras y Letras y en Psicopedagogía), que entonces trabajaba en la Comunidad Europea en Bruselas, volvió también a España después de dejar su puesto. “Empezamos a reunirnos como asociación de la mano de Alfonso López Quintás, pedagogo y profesor. Nuestra oficina era una cafetería y comenzamos por la parte asistencial, es decir, acompañar a madres solteras y enfermos de sida”, cuenta Fernando. “Era algo totalmente vocacional, compartíamos lo nuestro, nuestros conocimientos, nuestro tiempo, nuestro ser y con la antropología de López Quintás empezamos a dar charlas a jóvenes, mayores y profesores. El boca a boca fue lo que nos dio a conocer en distintos colegios y parroquias”, continúa el profesor.
¿Por qué no os conocí antes?
Un punto de inflexión lo supuso el viaje que realizaron a Sevilla, invitados por las religiosas Adoratrices a su casa de acogida para hablar a las mujeres que estaban allí. Fue en el año 1992, poco después de comenzar esta aventura. Ellos hablaron de su vivencia del noviazgo, del amor humano. “¿Por qué esto no me lo habían contado antes?”, es la pregunta que le hizo una joven. Estaba saliendo de las drogas después de prostituirse para conseguirlas y, tras meterse en una reyerta, cometer un crimen de homicidio. A su salida de la casa de acogida se enfrentaría a varios años de cárcel. En ese momento Fernando y Nieves se dieron cuenta de que, además de acompañar a madres solteras y enfermos de sida, era necesario prevenir y hacer lo posible para evitar que los jóvenes de ese momento fueran los enfermos y madres solteras del futuro. “Con aquella anécdota vimos que había que ir a la gente joven antes de que se metiera en campos de prostitución y así empezamos, contando nuestro propio testimonio, cómo nosotros veíamos que era el amor humano”, recuerda Fernando. Y poco después, surgieron los talleres de educación afectivo-sexual. Estos fueron los comienzos de lo que hoy es la Fundación Solidaridad Humana.
Un tabú
En los años 1992-1993 hablar abiertamente de sexualidad no era frecuente. Sin embargo, y viendo la necesidad de responder a campañas publicitarias que animaban a los jóvenes a utilizar métodos anticonceptivos (intentando así que no hubiera embarazos precoces, pero consiguiendo lo contrario), Nieves y Fernando comenzaron a hablar sobre la sexualidad ordenada y bien vivida. Ya no solo a jóvenes, también a padres, a profesores e incluso a sacerdotes. Entraron así en la Subcomisión de familia de la Conferencia Episcopal (donde han estado 12 años) y hablaron también a los obispos.
Dando charlas en colegios y en grupos de jóvenes en parroquias, se daban cuenta de que los chavales de 14 y 15 años quedaban impactados por su testimonio porque les hacía reflexionar y ver que la solución no era el preservativo. “Empezamos con los jóvenes pero enseguida nos dirigimos también a padres y profesores porque vimos que si no el mensaje era inconsistente en el tiempo”, explica Fernando. “También nos pusimos a dar formación en seminarios y noviciados”, porque este es un área de la vida que afecta y abarca a todos.
Para todos
“Hemos llegado a muchos miles de personas: hemos intervenido ante 14.000 alumnos al año, y con nuestras publicaciones hemos alcanzado mucha más gente, y por nuestros cursos han pasado miles de personas”, es el balance que hace Fernando después de 27 años de andadura.
Dentro de su programación hay talleres para todas las edades y todas las situaciones. El acompañamiento en cualquier etapa de la vida que lo requiera, es fundamental. Así por ejemplo, el Curso de Amor Humano va dirigido a parejas de novios o matrimonios, “porque la vida en pareja no es fácil y porque cuando el matrimonio no va a una, empiezan las humedades y las grietas. La parte afecta al todo, si el matrimonio no está bien, los hijos lo notan y lo sufren”. Después, existen también talleres para saber cómo hablar a los hijos sobre sexualidad, para hacerlo bien y que no se adelante “la pornografía o un ‘experto’ que les pueda confundir”.
Recibir mucho más
Para Fernando, también como hombre casado y padre de familia, la Fundación “ha sido de muchísima ayuda. Puedo decir que recibo más de lo que doy, porque al dedicarte a esto experimentas mucho en cabeza ajena y estás viendo cosas que te pasan a ti y que me dan una lección de vida. A mí me ha ayudado mucho en mi familia a expresarme, a abrir el corazón, a vivir una sexualidad sana y a muchísimas cosas más”. Para participar en los cursos y talleres de la fundación, obtener más información y ver sus publicaciones, pueden entrar en su página web.

Ver en otros nuestros defectos


Lo contaba un profesor, de esos que observan y reflexionan. El protagonista de la anécdota es un chico de ocho años que se agitaba en llanto y rebeldía mientras su madre forcejeaba para introducirle en el autobús escolar. Con la ayuda de un discreto y políticamente incorrecto azote, finalmente lo consiguió.
Una vez dentro el chico, y algo más calmado, el profesor le preguntó por el motivo de su enfado. Después de algunas evasivas, Guillermo −así se llamaba− explicó que su madre no le había comprado el calendario de chocolate que él quería, sino otro, en su opinión mucho peor. Ante su airada exigencia para que su madre fuera a cambiarlo, ella tuvo la sensatez de negarse, y ésa era la razón del enojo.
El profesor intentó hacerle ver que aquello era propio de un niño caprichoso, pero Guillermo se negaba a aceptarlo. De pronto, tuvo una inspiración: "¿Entonces..., tú quieres ser como Dudley, y que tu mamá te trate como tía Petunia?". El niño abrió mucho los ojos, se quedó callado un instante, como imaginando algo, y después su respuesta sonó alta y contundente: "¡NO! ¡Nunca!".
Cualquier lector de Harry Potter habrá entendido de inmediato la reacción de Guillermo. Nadie más repulsivo que el caprichoso primo Dudley, y nadie tan antipático como sus padres. En los libros de Harry Potter apenas se hacen recomendaciones morales directas, pero los chicos caprichosos y mimados son desagradables, y los envidiosos y crueles resultan antipáticos y odiosos.
Harry Potter y sus amigos se quieren, se respetan, estudian (más o menos), y se enfadan pero se perdonan. La numerosa familia Weasley es simpática y acogedora, y lleva las estrecheces sin demasiadas tragedias; son el contrapunto de la odiosa familia con la que Guillermo no quería tener nada que ver.
Esta anécdota es una buena muestra de cómo hay ocasiones en que lo mejor para advertir la necesidad de cambiar es ver nuestros defectos encarnados en otra persona. Esos defectos, desposeídos de la indulgencia con que los vemos en nosotros mismos, se nos hacen mucho más vivos, más ásperos, más desagradables. Contemplados con la objetividad que da ver las cosas desde fuera, nos parecen menos lógicos, menos disculpables.
Descubrir con claridad en nosotros mismos algo que
nos desagrada es uno de los grandes
motores de la mejora personal
Los modelos positivos tienen la fuerza del "yo quiero ser así", pero los modelos negativos pueden también encerrar una potencialidad positiva muy importante. El "yo no quiero ser así", expresado con rotundidad ante la viva imagen de los propios defectos reflejados en otra persona, resulta a veces el revulsivo más eficaz. Solemos estar tan acostumbrados a convivir con lo malo −pequeño o grande− que hay en nuestro interior, que es fácil que ya no nos sorprenda demasiado.
Nuestros defectos han ido naciendo de pequeñas concesiones al egoísmo, a la pereza, a la soberbia, o al vicio que sea. Al hacerse habituales esas concesiones, los defectos se consolidan, se cronifican, y poco a poco apagan nuestra sensibilidad y nuestro rechazo ante su objetiva fealdad.
Por eso necesitamos que algo o alguien nos despierte de ese sueño. Si lo hacemos, y si tenemos además el valor necesario para mirar a esos defectos cara a cara, y para llamarles por su nombre, ya habremos recorrido la parte más difícil del camino para vencerlos.
La ayuda de quien desde fuera nos hace ver lealmente lo que no hacemos bien, es uno de los mejores signos de amistad y de cariño que existen; y la receptividad ante esa ayuda, una de las mejores muestras de inteligencia y de sensatez.
Todos tenemos una notable y aguda perspicacia ante los defectos ajenos. Se destacan ante nuestros ojos con una escandalosa claridad. Podríamos avanzar mucho si cada vez que advertimos en otra persona un defecto pensáramos si también lo tenemos nosotros, en mayor o menor grado. A Guillermo, ese ejercicio mental le fue muy bien.

“¿Me amas más que éstos?”

ENRIQUE DÍAZ DÍAZ

III Domingo de Pascua

¿Dónde ponemos nuestra fe? Parece contradictorio que un mundo de tantos avances, de tanta tecnología, que muchas veces ha criticado las religiones y defiende en sus avances científicos, de repente presente muestras evidentes de supersticiones y fantasías seudo religiosas que vienen a suplantar la verdadera fe cristiana. La “santa muerte”, multitud de ángeles, santos inventados, veladoras, horóscopos y energías, piedras y perfumes, son solamente algunos de los innumerables objetos de un nuevo culto que se basa en exterioridades y que lejos de ofrecer verdadera salvación, esclavizan, enajenan y destruyen la integridad de la persona y de la comunidad. Los textos de estos días nos llevan a buscar a Jesús como la piedra angular sobre la que descanse nuestra fe y nuestra esperanza. Él es el único capaz de dar una salvación integral a cada persona. Resulta hasta ridículo que, dejando este “Nombre”, nos colguemos amuletos y fetiches para protegernos del mal, cuando tenemos el Nombre de quien es nuestra fortaleza. Cristo debe ser el centro de nuestra vida y por eso el Apocalipsis nos presenta a Jesús como el eje de una liturgia celestial donde se alaba y se canta al Cordero Resucitado: “Digno es el Cordero, que fue inmolado, de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría y la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza”. En el pasaje evangélico, después de una noche de fracasos, de inútil trabajo sin pescar absolutamente nada, Pedro y sus compañeros, al mandato de Jesús, lanzan nuevamente la red y obtienen una pesca milagrosa. Hoy Cristo, vivo y resucitado, se nos presenta como el único camino. Ya hemos errado durante mucho tiempo, ya nos hemos confiando a nuestras propias fuerzas, ya hemos fracasado en la oscuridad de la noche ¿Por qué no nos acercamos a Jesús, nuestra única y verdadera esperanza? Este tiempo de resurrección, Cristo se nos presenta como el único nombre que nos trae salvación integral y plena.
La segunda parte de este texto me parece de una sencillez y una profundidad grandes: “Tan pronto como saltaron a tierra, vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan”.  Es el Jesús humano que le da toda la importancia a la comida y se apunta diligentemente a saciar las necesidades de sus amigos. Sentarse juntos en torno a un fuego, a compartir el pan y el pescado, es unión, cohesión, armonía, plenitud de la experiencia humana y abarca la totalidad de lo humano. Jesús ha preparado la comida para sus discípulos en un gesto que manifiesta el perdón y la restauración de aquellas relaciones que la pasión y muerte habían logrado fracturar. Ningún reclamo, ningún reproche, sólo la oferta de pan y unos pescados que sanan las heridas y restablecen la relación. Porque la comida y la participación son experiencias determinantes en la vida de todo ser humano, por eso Jesús, el revelador de Dios, en sus comidas nos da a conocer las dimensiones entrañables de la misericordia y bondad de Dios. Así es Jesús el Resucitado, retoma los aspectos más humanos, supera los fracasos y las traiciones con los signos más elementales. Así debe ser todo testigo del Resucitado: compartir el dolor y el hambre de los más pequeños y desposeídos, superar las divisiones y los rencores basándose en los detalles más pequeños y más humanos, compartiendo la mesa y la palabra con todos. Experiencia de resurrección en torno a una hoguera, compartiendo la Palabra y el pan, con los hermanos. ¿Es así nuestra experiencia de Resurrección?
Al calor de la hoguera y después de compartir los alimentos se pueden hacer las confidencias y las preguntas más íntimas: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” ¿Dudará Jesús del amor de Pedro? ¿Es un reproche por las negaciones en los momentos de la Pasión? La pregunta de Jesús tiene mucha más importancia. No es un reproche, no tendría caso después de haber rescatado una noche de fracasos y después de haber compartido los alimentos, su pregunta va mucho más lejos: las consecuencias del amor. Desde los antiguos profetas hasta Juan el Bautista siempre se ha manifestado que el amor a Dios tiene consecuencias muy concretas en el amor a los hombres: “Apacienta mis corderos”.  No le habla Jesús de lo mucho que tendrá que padecer por su nombre, no le dice que tendrá que sufrir cárceles, sino que la consecuencia de amar a Jesús va en relación directa con el cuidado y la atención a las ovejas. De la misma manera que Jesús es Pastor, quien lo ama se convertirá en pastor que sea capaz de dar vida a las ovejas y dar la vida por las ovejas. En que graves contradicciones caemos los cristianos cuando reducimos nuestra fe a unas cuantas oraciones, a algún rito, a una imagen. Seguir a Cristo implica amarlo y comprometerse con sus ovejas queridas, las más pobres y desvalidas. Defenderlas de toda injusticia y de todo lobo hambriento mentiroso. Luchar porque tengan vida.
El verdadero cristiano no se puede conformar con una devoción tranquila e indiferente frente a las graves injusticias de nuestra sociedad. Debe ser un cristiano que en su ambiente y en su medio, busca la verdad, la justicia y la verdadera paz. El amor a Cristo se manifiesta en el verdadero amor al prójimo. Hoy también a nosotros hasta por tres veces nos pregunta si de verdad lo amamos. Meditemos nuestra respuesta y miremos nuestras acciones y nuestro amor a favor de los hermanos, en especial de los más necesitados. Entonces podremos decirle a Jesús: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Nuestra respuesta implica que seamos  consecuentes con el Evangelio tanto en nuestra vida interna como externa. El Evangelio de Jesús nos exige coherencia. Por eso hoy nos queda una gran pregunta que debemos responder con nuestra vida: ¿Cómo influye mi amor y mi fe en Jesús, en mi vida diaria, social, familiar y política? Miremos a Jesús Resucitado y experimentemos su presencia que hoy se nos manifiesta en tres signos muy concretos: 1° Nos rescata de nuestros fracasos; 2° Nos comparte el alimento y nos enseña que un pan y un pescado compartidos dan vida y fortalecen la comunidad; y 3° Nos exige  que su amor se concrete en el amor a los hermanos. Su pregunta queda resonando en nuestro corazón y en nuestros oídos: “¿Me amas más que éstos?”
Padre Bueno, que nos has renovado en el espíritu al devolvernos la dignidad de hijos tuyos, concédenos  construir, llenos de júbilo y esperanza, el Reino de tu Hijo y aguardar el día glorioso de la resurrección. Amén.

“El Proyecto Global de Pastoral camina”

Mons. Felipe Arizmendi Esquivel

Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

VER
Los obispos mexicanos estamos reunidos en una de las dos asambleas ordinarias que tenemos cada año, para analizar diversas situaciones del país y acompañar a nuestro pueblo en la construcción de la dignidad humana y de la paz, a partir de nuestra fe en Cristo Redentor y Resucitado. Son cuatro los ejes temáticos que abordamos: jóvenes, protección de menores, formación del clero y migrantes.
Nos importan los jóvenes, porque son más del 25% de la población y son no sólo el futuro, sino el presente. Nos angustia el fenómeno creciente del suicidio entre ellos, aún desde la adolescencia; nos duele verlos navegando sin rumbo en su soledad y expuestos a la ambivalencia del celular; no cuentan con una familia estable y armónica; son jaloneados por bandas de criminales y narcotraficantes; son pocos en nuestros grupos juveniles. El reciente Sínodo y la correspondiente exhortación del Papa “Cristo vive” nos urgen a atenderlos como requieren.
No importa afinar nuestras estrategias para proteger a los menores y a las personas vulnerables, y así evitar cualquier caso de pederastia, no sólo por parte del clero, sino por muchas personas de la sociedad, incluso de la propia familia. Ya hemos tomado decisiones eficaces, y ya no se infravalora su gravedad. Estamos analizando qué más hacer para erradicar esta plaga y lograr tolerancia cero.
Nos importa la formación del clero, desde los Seminarios, no sólo ante el relativismo moral que llevó a la pederastia, sino ante los retos del cambio de época que vivimos. Anhelamos que sean sacerdotes consagrados plenamente a Jesús y entregados de corazón al servicio del pueblo. La mayoría son excelentes, pero nuestro pueblo se queja de los malos tratos de algunos, de un clericalismo que concentra el poder religioso, de falta de entusiasmo misionero.
Nos importan las crecientes olas de migrantes, que a todos nos han rebasado. Tenemos cerca de cien casas en todo el territorio nacional, para atenderlos, pero estamos desbordados. El Papa ha enviado una buena cantidad para apoyar esta pastoral, pero lo más valioso es la generosidad de nuestro pueblo, aunque no faltan sectores que los desprecian y explotan.
PENSAR
Hace un año, aprobamos un Proyecto Global de Pastoral (PGP), en la perspectiva del año 2031, a los 500 años de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, y del año 2033, a los dos mil años de la muerte redentora de Jesucristo. En esta asamblea episcopal, queremos proponer caminos para poner más en marcha esta intuición, alentando y fortaleciendo la pastoral que se lleva a cabo en diócesis, provincias eclesiásticas, parroquias y movimientos eclesiales.
En dicho PGP, nos comprometimos a una pastoral juvenil más renovada: “Los Obispos reconocemos que, en los adolescentes y jóvenes, nuestro país y la Iglesia de México, tienen una gran riqueza y una gran esperanza. Valoramos la importancia de su presencia y la fuerza de su entusiasmo en estos momentos históricos de la humanidad y de nuestro país. Queremos expresar nuestro compromiso con cercanía, confianza y diálogo mutuo, para reconocerlos como protagonistas de una transformación social y sujetos de una nueva etapa en la evangelización en nuestras comunidades juveniles, desde un proyecto de vida, orientado hacia su propia santidad. Sabemos que muchos jóvenes de México expresan su respeto por los valores evangélicos y un gran deseo de conocer más profundamente a Cristo; que aprecian el acompañamiento cercano de sus pastores y que participan con alegría y un gran entusiasmo, pidiendo ser tomados en cuenta con responsabilidades dentro de la Iglesia” (188).
Sobre la protección a menores, expresamos: “Vivimos con mucho dolor y tristeza el sufrimiento de las víctimas del abuso sexual de menores y de sus familiares por parte de presbíteros. La Iglesia es la primera institución que ha de promover el respeto por la ley para que, en estas situaciones tan deplorables, las personas que han cometido estas transgresiones, sean llevadas hasta las autoridades correspondientes. Como Iglesia hemos de comprometernos cada vez más para vigilar y erradicar este mal: atendiendo los daños de los afectados y de sus familiares en todos los aspectos; fortaleciendo la cultura de la denuncia de estos delitos; siendo más cuidadosos en la idoneidad y la formación para los candidatos al sacerdocio. Ante esta situación, uno de los desafíos más importantes de nuestro ministerio episcopal ha de ser el acompañamiento y la formación permanente de los presbíteros” (71).
En cuanto a la formación del clero, dijimos: “Entre todas las instituciones diocesanas, el Obispo considere la primera el seminario y lo haga objeto de las atenciones más intensas y asiduas de su ministerio pastoral, porque del seminario dependen en gran parte la continuidad y la fecundidad del ministerio sacerdotal de la Iglesia. Nos alegra el trabajo eficaz y perseverante de la Organización de Seminarios de México que a lo largo de estos años ha acompañado los diversos seminarios de nuestro país. También consideramos que es necesario realizar un profundo análisis de la realidad de esta institución: de las personas que están al frente de ellas, de los programas de formación integral para que estén de acuerdo con las exigencias de nuestro tiempo, las estructuras, no sólo materiales, sino de disciplina y de las dimensiones de su formación, haciendo énfasis en la dimensión social de la fe y en su compromiso con los más pobres. Es necesario fortalecer la convicción de que toda la Iglesia es responsable de sus sacerdotes y de las vocaciones y que es necesario recordemos, como Pueblo de Dios, que la mies es mucha, y los obreros pocos. Rueguen, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies (Lc 10,2)” (73).
Y sobre la pastoral hacia los migrantes: “Recibir con caridad, acompañar, defender los derechos e integrar a los hermanos y hermanas migrantes que transiten o deseen permanecer con nosotros” (176 f). “Abrir más espacios para una Iglesia Pueblo, una Iglesia incluyente donde se acoja con misericordia a indigentes y migrantes” (179 c). “Abrir más espacios para una Iglesia Pueblo, una Iglesia incluyente donde se acoja con misericordia a: esposos vueltos a casar, homosexuales, madres solteras, ancianos, indigentes y migrantes, entre otros” (186 c).
ACTUAR
Que el Espíritu Santo nos ilumine, para que estos compromisos no se queden en el papel, sino que todos cuantos somos la Iglesia asumamos estas opciones y las pongamos en práctica.

“Dios siempre nos acompaña y hace más ligero el peso de nuestra cruz”

El Papa ayer en la Audiencia General

Seguimos en la catequesis sobre el “Padrenuestro”, llegando ya a la penúltima invocación: «No nos dejes caer en la tentación» (Mt 6,13). Otra versión dice: “No nos abandones a la tentación”. El “Padrenuestro” comienza de manera serena: nos hace desear que el gran plan de Dios se pueda cumplir en nosotros. Después echa una mirada a la vida, y nos hace pedir lo que necesitamos a diario: el “pan de cada día”. Luego la oración se dirige a nuestras relaciones interpersonales, a menudo contaminadas por el egoísmo: pedimos el perdón y nos comprometemos a darlo. Pero con esta penúltima invocación nuestro diálogo con el Padre celestial entra, por así decir, en el meollo del drama, en el terreno del enfrentamiento entre nuestra libertad y las insidias del maligno.
Como es sabido, la expresión original griega contenida en los Evangelios es difícil de trascribir de manera exacta, y todas las traducciones modernas se quedan un poco cojas. Pero en un elemento podemos convenir de manera unánime: de cualquier modo que se entienda el texto, debemos excluir que sea Dios el autor de las tentaciones que suceden en el camino del hombre. Como si Dios estuviese al acecho para tender insidias y trampas a sus hijos. Una interpretación de ese género contrasta sobre todo con el texto mismo, y está lejos de la imagen de Dios que Jesús nos ha revelado. No lo olvidemos: el “Padrenuestro” comienza con “Padre”. Y un padre no pone trampas a sus hijos. Los cristianos no tienen nada que ver con un Dios envidioso, que compite con el hombre, o se divierte poniéndolo a prueba. Esas son imágenes de muchas divinidades paganas. Leemos en la Epístola de Santiago apóstol: «Nadie, cuando sea tentado, diga: “Es Dios quien me tienta”; porque Dios ni es tentado al mal ni tienta a nadie» (1,13). En todo caso, al contrario: el Padre no es el autor del mal, a ningún hijo que pide un pez le da una serpiente (cfr. Lc 11,11) −como Jesús enseña− y cuando el mal se asoma a la vida del hombre, combate a su lado, para que pueda ser liberado. Un Dios que siempre combate por nosotros, no contra nosotros. ¡Es el Padre! Es en ese sentido como rezamos el “Padrenuestro”.
Esos dos momentos −la prueba y la tentación− estuvieron misteriosamente presentes en la vida del mismo Jesús. En esa experiencia el Hijo de Dios se hizo completamente nuestro hermano, de una manera que casi roza el escándalo. Y son precisamente esos pasajes evangélicos los que nos muestran que las invocaciones más difíciles del “Padrenuestro”, las que cierran el texto, ya han sido atendidas: Dios no nos ha dejado solos, sino que en Jesús se manifiesta como el “Dios-con-nosotros” hasta sus últimas consecuencias. Está con nosotros cuando nos da la vida, está con nosotros durante la vida, está con nosotros en la alegría, está con nosotros en las pruebas, está con nosotros en las tristezas, está con nosotros en las derrotas, cuando pecamos…, siempre está con nosotros, porque es Padre y no puede abandonarnos.
Si somos tentados de hacer el mal, negando la fraternidad con los demás y deseando un poder absoluto sobre todo y todos, Jesús ya combatió por nosotros esa tentación: lo atestiguan las primeras páginas de los Evangelios. Inmediatamente después de haber recibido el bautismo de Juan, en medio de aquella muchedumbre de pecadores, Jesús se retira al desierto y es por Satanás. Comienza así la vida pública de Jesús, con la tentación que viene de Satanás. Satanás estaba presente. Mucha gente dice: “Pero, ¿por qué hablar del diablo, que es una cosa antigua? El diablo no existe”. Pues mira lo que te enseña el Evangelio: Jesús se enfrentó al diablo, fue tentado por Satanás. Pero Jesús rechaza toda tentación y sale victorioso. El Evangelio de Mateo contiene una nota interesante que cierra el duelo entre Jesús y el Enemigo: «Entonces le dejó el diablo, y los ángeles vinieron y le servían» (4,11).
Dios tampoco nos deja solos en el momento de la prueba suprema. Cuando Jesús se retira a rezar en Getsemaní, su corazón es invadido por una angustia inefable −así dice a los discípulos− y experimenta la soledad y el abandono. Solo, con la responsabilidad de todos los pecados del mundo a sus espaldas; solo, con una angustia indecible. La prueba es tan hiriente que sucede algo inesperado. Jesús nunca mendiga amor para sí mismo, pero en aquella noche siente su alma triste hasta la muerte, y entonces pide la cercanía de sus amigos: «Quedaos aquí y velad conmigo» (Mt 26,38). Como sabemos, los discípulos, abrumados por un sopor causado por el miedo, se durmieron. En el tiempo de la agonía, Dios pide al hombre que no le abandone, y el hombre en cambio se duerme. En el tiempo en que el hombre conoce su prueba, Dios en cambio vela. En los momentos más malos de nuestra vida, en los momentos más dolorosos, en los momentos más angustiosos, Dios vela con nosotros, Dios lucha con nosotros, siempre está cerca de nosotros. ¿Por qué? Porque es Padre. Así comenzamos la oración: “Padre nuestro”. Y un padre no abandona a sus hijos. Aquella noche de dolor de Jesús, de lucha, es el último sello de la Encarnación: Dios baja a encontrarnos en nuestros abismos y en las tribulaciones que jalonan la historia. Es nuestro consuelo a la hora de la prueba: saber que ese valle, desde que Jesús lo atravesó, ya no es desolador, sino bendecido por la presencia del Hijo de Dios. ¡Él no nos abandonará jamás!
Aleja pues de nosotros, oh Dios, el tiempo de la prueba y de la tentación. Pero cuando llegue para nosotros ese tiempo, Padre nuestro, muéstranos que no estamos solos. Tú eres el Padre. Muéstranos que Cristo ya cargó sobre sí también el peso de esa cruz. Muéstranos que Jesús nos llama para llevarla con Él, abandonándonos confiados a tu amor de Padre. Gracias.
Saludos
Me alegra saludar a los peregrinos de Francia y de otros países francófonos, en particular a los de Troyes, a los miembros de la capellanía de Hmong de Francia y a los de Foyer de Charité, así como a los jóvenes de Carcassonne, Laval, Montpellier y Paris. En la hora de la prueba y de la tentación, dejaos que el Señor os muestre su presencia y os ayude a abandonaros confiados al amor del Padre. ¡Dios os bendiga!
Saludo a los peregrinos de lengua inglesa presentes en la Audiencia de hoy, especialmente a los venidos de Inglaterra, Escocia, Dinamarca, Finlandia, Camerún, Japón, India, Indonesia, Canadá y Estados Unidos de América. En la alegría de Cristo Resucitado, invoco sobre vosotros y vuestras familias el amor misericordioso de Dios nuestro Padre. ¡El Señor os bendiga!
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua alemana, en particular al grupo de diáconos permanentes de la Diócesis de Augsburgo, acompañado por el Obispo Auxiliar Mons. Florian Wörner. Estemos siempre unidos al Señor resucitado, vencedor sobre el pecado y la muerte y, con la ayuda de su gracia, poder vencer también nosotros toda tentación y prueba y así crecer en su amor.
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de España y de Latinoamérica, en modo particular a los sacerdotes de la Diócesis de Cartagena, acompañados por su obispo, Mons. José Manuel Lorca Planes. Pidamos al Señor que aleje de nosotros todo tipo de tentación y que sepamos percibir su presencia a nuestro lado en todo momento de nuestra vida. Dios siempre nos acompaña y hace más ligero el peso de nuestra cruz. Que el Señor los bendiga.
Queridos peregrinos de lengua portuguesa, en particular a los de la diócesis de Caratinga y de las parroquias de Almada y de São Pedro da Cova, ¡bienvenidos! La resurrección de Cristo ha abierto el camino más allá de la muerte; tenemos la senda libre hasta el Cielo. ¡Que nada os impida vivir y crecer en la amistad del Padre celestial y dar ejemplo a todos de su bondad y misericordia! Que sobre vosotros y vuestras familias descienda, abundante, su Bendición.
Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua árabe, en concreto a los venidos de Medio Oriente. Queridos hermanos y hermanas, acordaos siempre de que en el tiempo de la prueba suprema Dios no nos deja solos; Él vela y baja a encontrarnos en nuestros abismos y tribulaciones que jalonan la historia. ¡El Señor os bendiga!
Saludo cordialmente a los peregrinos polacos. Hay tantos polacos hoy en la Plaza: ¡bienvenidos! La memoria litúrgica de San José Obrero nos introduce en el mes de mayo, dedicado a María. Encomendad a la Madre de Dios, durante las tradicionales funciones religiosas a Ella dedicadas, las situaciones personales, familiares y de vuestros seres cercanos. Rezad por la Iglesia, por la Patria y por la paz del mundo. María, Reina de Polonia, cuya solemnidad se celebra pasado mañana, os sostenga u guíe. Sea alabado Jesucristo.
Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. Me alegra recibir a los Hermanos de las Escuelas Cristianas y a los Frailes Capuchinos. Saludo a los Grupos parroquiales, en particular a los de Acilia, Caserta, Andria y Altino; al Grupo Scout de Pontinia y a la Organización Cristiano-Social del Ticino. Hoy se celebra el quinto Centenario de la Canonización de San Francisco de Paula, Fundador de la Orden de los Mínimos, Patrono de Calabria y de la gente del mar italiana. Quisiera animar a sus hijos espirituales y a cuantos lo tienen como celestial Patrono, a poner en práctica su mensaje de «continua conversión», que nos habla también hoy de amor incondicionado a Dios, los hermanos y la Creación. Recuerdo también que el próximo domingo se celebra en Italia la Jornada par la Universidad Católica del Sagrado Corazón. Que ese Ateneo pueda seguir cada vez mejor su servicio en la formación de los jóvenes, en un diálogo constante entre la fe y las preguntas del mundo contemporáneo.
Un pensamiento particular para los jóvenes, ancianos, enfermos y recién casados. Hoy celebramos la Memoria de San José Obrero, Patrono de la Iglesia universal. Que la figura de San José, el humilde trabajador de Nazaret, nos oriente a Cristo, sostenga el sacrificio de los que hacen el bien e interceda por cuantos han perdido el trabajo o no logran tenerlo. Recemos especialmente por los que no tienen trabajo, que es una tragedia mundial de estos tiempos.

01 mayo 2019

“Seamos testigos valientes de Cristo resucitado”

P. Antonio Rivero, L.C.

TERCER DOMINGO DE PASCUA - Ciclo C
Textos: Hech 5, 27b-32.40b-41; Ap 5, 11-14; Jn 21, 1-19
Idea principal: Testimoniar a Cristo resucitado delante de todos con valentía y atrevimiento.
Síntesis del mensaje: La resurrección de Cristo es fuente de entusiasmo, fuerza y valentía para dar testimonio, si es preciso con la sangre, de ese maravilloso hecho: “El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quienes ustedes dieron muerte colgándolo de la cruz…Nosotros somos testigos” (1ª lectura). Hoy es la tercera aparición de Jesús resucitado a sus discípulos para confirmarles en la fe, en la confianza y en el amor. Y de esta manera puedan vivir en un “Amén” sostenido y sin bemoles, aunque cueste la vida.
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, testimoniar a Cristo requiere una experiencia profunda del amor de Cristo en nuestra vida (evangelio). Preguntemos, si no, a Pedro hoy. Nadie da testimonio valiente de alguien a quien no ama, de quien no está convencido. O peor, de quien no existió. Y el amor presupone el conocimiento, pues nadie ama lo que no conoce. El amor puede pasar por momentos de descalabro, como le pasó a Pedro en la Pasión del Señor, que le negó tres veces, por debilidad y por confiar en sí mismo. Pero la resurrección de Cristo le sanó el corazón, le dio nuevo ardor y renovó por tres veces ese amor que había decaído. En el caso de Pedro le confirmó en el Primado de la caridad: apacentar los corderos y ovejas de Cristo, que no de él. Sólo si Pedro –y después de él sus sucesores, los Papas- preside en la caridad, entonces sí podrá testimoniar a ese Cristo resucitado totalmente entregado a todos. ¿Ahora entendemos el inmenso y agotador esfuerzo del Papa Francisco por acercarse a todos, por ganarse a todos para la causa de Cristo: judíos, musulmanes, protestantes, anglicanos y demás jefes de otras religiones, sin ínfulas de soberbia para defender su primado con las uñas y con la pluma en ristre, como algunos ultraconservadores – “más papistas que el Papa siempre los ha habido”– quieren y hasta exigen? Será el amor el mejor y más convincente testimonio que demos de Cristo resucitado: amor que es bondad, mansedumbre, paciencia, misericordia, comprensión. Amor que es mirar al otro e interesarme por él. Amor que no se impone, que no es grosero ni escupe a la cara ni da puntapiés. Pidamos a Cristo resucitado nos llene de su ternura para que nuestro testimonio de Él sea digno de crédito y muchos se acerquen a Cristo vivo que ven reflejado en cada uno de nosotros.
En segundo lugar, testimoniar a Cristo no siempre será fácil (1ª lectura y evangelio). Encontraremos resistencias, nos prohibirán hablar de Cristo, se burlarán de nosotros, nos amenazarán. ¿No está pasando ya esto en tierras donde cristianos son matados, por extremistas del Estado Islámico, por el simple hecho de creer en Cristo: Siria, Irak, Bangladesh…? ¡Un auténtico infierno están sufriendo por el nombre de Cristo! Experimentaremos también que nuestra pesca es inútil, estéril, y sacamos las redes sin nada (evangelio): papás de familia que sacan las redes de sus hijos vacías, sin fe, sin amor…cuando no rotas por los estragos de la droga, del consumismo y del relativismo. Esposas comprometidas con su fe que tiran una y otra vez la red de la fidelidad a derecha e izquierda para conquistar al esposo, y nada. Misioneros y misioneras que ven que la semilla se malogra en tantos corazones, y se sienten desanimados y sin fuerzas. Redes vacías de virtud, en Movimientos eclesiales y tantos grupos parroquiales, o, peor, llenas de ambiciones, de intrigas, de desavenencias, de críticas. Congregaciones religiosas que experimentan la esterilidad de vocaciones por falta de identidad o la aversión de tantos jóvenes para dar un “sí” generoso y firme, cuando les proponen las exigencias de Cristo resucitado. Es en estos momentos cuando Cristo nos dice: “Echen las redes a la derecha de la barca y encontrarán peces”. Es el momento para renovar nuestra fe y confianza en la palabra del Señor. ¡Él vive y nos dice: “Traed algunos pescados de los que acabáis de pescar…pues las brasas están preparadas”!
Finalmente, testimoniar a Cristo significa renovar nuestro continuo “Amén” (2ª lectura) a Dios, al crecimiento en las virtudes cristianas y a los valores humanos. “Amén” significa asentimiento, conformidad y obediencia a lo que otra persona hace o dice. Significa la fuerza, la firmeza, la solidez, la estabilidad, la duración, la credibilidad, la fidelidad, la seguridad total. Esta palabra procede del hebreo אמן (‘en verdad’, ‘ciertamente’) pronunciado āmēn. La raíz de esta palabra indica firmeza y seguridad, y en hebreo coincide con la raíz de la palabra ‘fe’. Decir “Amén” implica un gran compromiso, es hacer una profesión de fe, es decirle a Dios que sí, que estamos de acuerdo con todo lo que Él nos dice, es repetirle una y otra vez que le vamos a ser fieles, es asegurar nuestra esperanza. Amén, cuando el dolor o la enfermedad toque la puerta de nuestra casa, por permisión de Dios. Amén, cuando un revés o contratiempo nos frustró los planos que teníamos. Amén, en la salud y enfermedad. Amén, en la riqueza y en la pobreza. Amén, en el éxito y en fracaso. Amén, en primavera, verano, otoño e invierno. Amén, en la niñez, en la adolescencia, en la juventud, en la edad madura y en la vejez.  Amén, cuando Dios nos llena de consuelos y regalos, y también cuando experimentamos la noche oscura del alma. Amén, al terminar nuestras oraciones y nuestro trabajo. Amén, cuando Dios nos bendice con el cuarto o el quinto hijo, o cuando no nos bendice, y nos pide que adoptemos a un hijo de corazón. Amén, cuando un pobre nos visita y nos tiende la mano para que le demos, no de lo que nos sobra, sino incluso, de lo que necesitamos. Amén, cuando iniciamos el día y cuando lo terminamos. Amén, cuando la muerte se acerque de puntillas a nuestra habitación para llevarnos a la presencia de Dios.
Para reflexionar: ¿Cómo está mi testimonio de Cristo resucitado: es valiente y decidido, u opaco y débil? ¿Cómo reacciono delante de las dificultades que la vida me presenta o que Dios permite? ¿Vivo en un continuo “Amén” sostenido, o con muchos bemoles de incertidumbres, dudas, desalientos?
Para rezar: Señor, concédenos la fe. La fe que arranca la máscara del mundo y hace ver a Dios en todas las cosas, la fe que lo hace ver todo bajo otra luz:
que nos muestra la grandeza de Dios y nos hace descubrir nuestra pequeñez;
Señor, concédenos esta fe, que nos hace emprender todo lo que Dios quiere sin dudar, sin vergüenza ni temor, sin retroceder nunca. La fe por la que no tememos ni los peligros, ni el dolor, ni la muerte; que sabe caminar por la vida con calma, paz y una profunda alegría, y que establece en nuestro espíritu un desprendimiento absoluto hacia todo, fuera de Vos. Amén.