7/29/10

“Volved espiritualmente al Cenáculo”

 

Carta del cardenal Ivan Dias a los obispos y sacerdotes de China continental

 

Queridísimos hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote,

¡La paz sea con vosotros!

Las celebraciones del Año Sacerdotal, que ha concluido recientemente, me impulsan a mandaros un cordial y fraterno saludo y a dirigiros una palabra de ánimo en la ardua tarea pastoral que estáis realizando como pastores del rebaño que el Señor os ha confiado en esta noble Nación. Desearía tanto deciros estas cosas personalmente, y escuchar también vuestras alegrías y vuestros dolores, además de las esperanzas que nutrís y los desafíos que afrontáis cada día. Vuestros testimonios y vuestros mensajes, que llegan a esta Congregación Misionera, nos dan mucho consuelo y nos alientan a elevar fervientes oraciones para que el Señor os haga cada vez más fuertes en la fe y os sostenga en vuestros esfuerzos para propagar la Buena Noticia de Jesucristo en esta querida Nación.

Teniendo en la mente la insigne figura de San Juan María Vianney, Cura de Ars, que ha sido muy recordado durante el Año Sacerdotal, reconocemos ante todo – con toda humildad – que hemos sido llamados por Jesús para ser “ya no siervos, sino amigos” (cfr Jn 15, 15) no por nuestros méritos, sino por Su infinita misericordia. Él nos ha conferido la insigne dignidad de ser Alter Christus y ministros de su Palabra, de su Cuerpo y Sangre. Recordamos siempre sus palabras: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he enviado para que vayáis y déis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn 15, 16).

Precisamente porque un sacerdote es un Alter Christus — es más, Ipse Christus —, él debe ser un Hombre de Dios y Hombre para los demás.

Ante todo, Hombre de Dios: es decir, uno que lleva a los hombres a Dios y lleva a Dios a los hombres. Él debe por tanto distinguirse como hombre de oración y de vida austera, profundamente enamorado de Jesucristo y, como Juan Bautista, orgulloso de proclamar su presencia en medio de nosotros, particularmente en la Santa Eucaristía.

Un sacerdote debe ser después también un Hombre para los demás: es decir, uno enteramente dedicado a los fieles jóvenes y adultos, confiados a sus cuidados pastorales, y a todos aquellos con quien el Señor Jesús ha querido identificarse o hacia los cuales ha mostrado benevolencia: los pecadores, ante todo, y los pobres, los enfermos y marginados, las viudas, los niños, además de las ovejas que no son aún de su redil (cfr Jn 10, 16). Un eclesiástico procurará, por tanto, resistir a todo deseo de enriquecerse de bienes materiales o de buscar favores para su propia familia o etnia, o de nutrir una ambición malsana de hacer carrera en la sociedad o en la política. Todo esto es extraño a su vocación sacerdotal y le distrae gravemente de su misión de conducir a sus fieles, como buen pastor, por el camino de la santidad, de la justicia y de la paz.

Permitid, queridísimos hermanos, que me detenga sobre el importante papel de un Obispo o de un sacerdote como agente de unidad en el seno de la Iglesia de Dios. Esta tarea tiene una doble dimensión y comporta la comunión con el Papa, la “piedra” sobre la cual Jesús quiso edificar su Iglesia, y la unión de los miembros que forman parte de ella.

En primer lugar: comunión con el Santo Padre. Sabemos bien cuánto algunos de vosotros han debido sufrir en el pasado reciente a causa de su fidelidad a la Santa Sede. Rendimos homenaje a cada uno de ellos, en la certeza de que, como afirma el Papa Benedicto XVI, “la comunión con Pedro y sus Sucesores es garantía de libertad para los Pastores de la Iglesia y para las propias Comunidades a ellos confiadas”: de hecho, “el ministerio petrino es garantía de libertad en el sentido de la plena adhesión a la verdad, a la auténtica tradición, de manera que el Pueblo de Dios sea preservado de los errores relativos a la fe y a la moral” (Homilía pronunciada en la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, 29 de junio de 2010). La ejemplar fidelidad y el admirable valor, demostrados por los católicos en China hacia la Sede de Pedro, son un don precioso del Señor.

La otra dimensión de la unidad de los cristianos es la unión entre los miembros de la comunidad eclesial. Este es el importante desafío que estáis ya afrontando, intentando reforzar la unidad en el seno de la misma Iglesia. Sería útil entrar a menudo espiritualmente en el Cenáculo, donde el Señor Jesús, tras haber celebrado la Última Cena junto a sus Apóstoles y haberles ordenado sacerdotes de la Nueva y Eterna Alianza, oró al padre “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17, 21). En tres ocasiones Jesús insistió en la unidad de sus seguidores como signo de credibilidad de que el Padre le había enviado al mundo. Queridísimos hermanos, tomemos en serio este sentido llamamiento a la unidad de los Pastores que viene del Corazón de Aquel que tanto les amó, les llamó y les envió a trabajar en su Viña.

En la citada homilía, el Santo Padre afirmó: “Si pensamos en los dos milenios de historia de la Iglesia, podemos observar que – como había preanunciado el Señor Jesús (cfr Mt 10, 16-33) – no han faltado nunca a los cristianos las pruebas, que en algunos periodos y lugares han asumido el carácter de verdaderas y auténticas persecuciones. Estas, sin embargo, a pesar de los sufrimientos que provocan, no constituyen el peligro más grave para la Iglesia. El mayor cambio, de hecho, ella lo sufre de lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus miembros y de sus comunidades, manchando la integridad del Cuerpo místico, debilitando su capacidad de profecía y de testimonio, empañando la belleza de su rostro”. Y el Papa señala al instigador de esta nefasta situación, cuando afirma: “Uno de los efectos típicos de la acción del Maligno es precisamente la división dentro de la Comunidad eclesial. Las divisiones, de hecho, son síntomas de la fuerza del pecado, que sigue actuando en los miembros de la Iglesia también después de su redención. Pero la palabra de Cristo es clara: "Non praevalebunt – no prevalecerán" (Mt 16, 18). La unidad de la Iglesia está enraizada en su unión con Cristo, y la causa de la plena unidad de los cristianos – que siempre hay que buscar y renovar, de generación en generación – está también sostenida por su oración y por su promesa”.

Alabemos al Señor por los esfuerzos ya realizados o en acto respecto a la unidad en el seno de la Iglesia, también en fiel conformidad a las indicaciones dadas por el Santo Padre en la Carta que Él os dirigió el 27 de mayo de 2007, y por los resultados obtenidos hasta ahora. Quiera Dios bendecir vuestras iniciativas para que la unidad de los Pastores entre sí y entre sus rebaños sea cada vez más firme en Cristo y en la Iglesia ad maiorem Dei gloriam.

En esta circunstancia tan propicia, me honro de aseguraros la cercanía espiritual de Su Santidad el Papa Benedicto XVI, el Cual os bendice con afecto paterno junto a aquellos que están confiados a vuestros cuidados pastorales, y os invita a proseguir intrépidos por el camino de la santidad, de la unidad y de la comunión, como lo hicieron las generaciones que os han precedido.

Que María Santísima, Auxiliadora de los Cristianos, a la que la Iglesia en China venera en Sheshan con devoción tierna y filial, os proteja y haga fructificar todos vuestros propósitos para esparcir el bello perfume del Evangelio de su Hijo Jesús en todo rincón de vuestra amada Patria. Que os asista en esta importante y comprometida tarea el luminoso ejemplo del inolvidable misionero en China, Padre Matteo Ricci S.J., del que recordamos, con reconocido afecto, el 400 aniversario de su partida hacia el Reino del “Señor del Cielo”.

Con la renovada seguridad de nuestras oraciones y con saludos fraternales In Corde Mariae.

Desde la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, el 5 de julio de 2010.

Card. Ivan Dias

Prefecto

+ Robert Sarah

Secretario