10/21/10

Poder de la palabra y amor a la eucaristía


San Stanislaw Casimiritano
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Las palabra que San Stanislaw Casimiritano pronunciaba en el púlpito hacían mella en el corazón de sus fieles “para quienes las prédicas representaban a menudo la interpretación más importantes de las verdades de los santos, las indicaciones sobre cómo vivir la vida”, dice uno de sus biógrafos.
Este sacerdote polaco fue canonizado el pasado domingo por el papa Benedicto XVI junto con otros cinco nuevos santos procedentes de Italia, España, Australia y Canadá.
Se trata del santo más antiguo del grupo de los nuevos santos. Nació en 1433. Juan Pablo II tenía tal devoción que, siendo arzobispo de Cracovia, trabajó para que se abriera la causa de su canonización pese a que había muerto hace tantos siglos. Esto ocurrió en 1971 y la causa fue introducida a Roma en 1988. Concluyó en 1992 y fue beatificado un año más tarde.
En la historia de Cracovia, el siglo XV es llamado el siglo de los santos. Pertenecen a él figuras como san Juan de Kety. También los beatos Simón de Lipnica, Miguel Giedroyc, Isaías Bonner y Swietoslaw de Slawków. Y a ellos se une este nuevo santo.
Su vida
Stanislaw nació en Casimiria, que hoy es un barrio de Cracovia, en el seno de una familia burguesa. Su madre Edvige dio a luz siendo ya de edad avanzada. Ella formaba parte de la parroquia del Corpus Domini, de la Archifraternridad del Santísimo Sacramento, y tenía una particular devoción por la Virgen.
Provenía de una familia de la burguesía. En 1450 inició sus estudios superiores. Recibió el título de doctor en teología en la universidad Jaguellónica de Cracovia, y destacaba por su veneración a María. En 1456 entró en la orden de los Canónigos Regulares Lateranenses del Corpus Christi,
Los primeros años, decían sus compañeros, se destacó por su modestia, humildad y su espíritu de servicio. Luego pronunció los votos religiosos y después fue ordenado sacerdote.
Según las costumbres del convento, el sacerdote durante los cinco primeros años debería prepararse para asumir sus obligaciones apostólicas. Así, se encargó de formar a los monjes en los fundamentos de la vida consagrada. Igualmente les enseñaba latín, canto y eclesiástico. Estudiaba a los padres de la Iglesia, las reglas monásticas y otras obras.
Todos sus biógrafos señalaron la importancia que daba a la Santa Misa con la que empezaba cada día, y cuya participación vivía siempre con gran celo.
Tras cinco años de su ordenación sacerdotal, san Stanislaw recibió una nueva misión: fue nombrado predicador y confesor, además de maestro de novicios.
“Las palabras que pronunciaba en el púlpito tenían una gran influencia sobre los fieles para quienes las predicas representaban no pocas veces, las indicaciones sobre cómo vivir la vida”, dice un boletín sobre el santo, elaborado por los Canónigos Regulares Lateranenses a propósito de su canonización.
Sus homilías fueron quemadas en 1944 en la Biblioteca Nacional de Varsovia, por lo que aquel patrimonio escrito se perdió por completo.
Su vida se centraba en la adoración al Santísimo Sacramento, un culto que su madre le había infundido. Sus biógrafos dicen que una vez, durante una oración la Virgen María se le apareció a lo que él le respondió como la prima Isabel “¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?” (Lucas 1, 43)
También se destacó por su espíritu caritativo con los enfermos y pobres. Durante las jornadas de ayuno distribuía los alimentos a los pobres y para él dejaba siempre era la ración más modesta.
Murió el 3 de mayo de 1489. Hoy sus restos yacen en el presbiterio, cerca al altar de Santa María Magdalena. Fue beatificado en 1993 junto con la hoy santa Faustina Kowalska, apóstol de la Divina Misericordia.
Juan Pablo II, en la homilía de su beatificación lo catalogó como “un ferviente adorador de la eucaristía, maestro y defensor de la vida evangélica, educador, guía en la vía espiritual, protector de los pobres”.