4/04/13


Con la oración y el afecto, junto al


Papa Francisco



      Con gran alegría hemos acogido, en todo el orbe católico, la elección del Papa Francisco como sucesor de Pedro en la sede de Roma y Sumo Pontífice de la Iglesia universal. El sonido festivo de las campanas, echadas al vuelo en el mundo entero, se hacía portador de una nueva por la que tanto habíamos rezado: habemus Papam! Y una vez más experimentamos la acción del Paráclito que, por encima de las vicisitudes del mundo y de la historia, guía y gobierna al Cuerpo místico de Cristo.

      Desde el primer momento, a todos el Santo Padre nos pide oraciones para ayudarle a llevar la carga que el Señor ha puesto sobre sus hombros. En esta hora densa de emoción y de contenido, en la que se ha manifestado de nuevo que la Iglesia está viva y es capaz de transmitir esa vida a su alrededor, renovamos nuestros deseos de acompañar al Papa Francisco en el camino de servicio a la Iglesia y al mundo que acaba de comenzar.

      Evangelización, nueva evangelización, desarrollo de la vida cristiana. Son las palabras clave en las que, desde el primer momento, el Romano Pontífice ha indicado de algún modo sus prioridades al iniciar el pontificado. El Papa Francisco proviene de América latina, en donde la fe en Cristo arraigó hace ya más de quinientos años. Una Iglesia rica de tradiciones religiosas que alimentan la fe del pueblo de Dios. Una Iglesia cercana a las personas que, en medio de las necesidades y de las dificultades espirituales y materiales de pobres y ricos, de cultos e ignorantes, de enfermos y de sanos, se ha mantenido fiel a Cristo durante siglos, amparada bajo el manto de María y muy unida a sus pastores. Una Iglesia que, a pesar de la mundial atracción del materialismo, sabe retornar una y otra vez a las fuentes de la verdadera espiritualidad: los sacramentos; la devoción a Nuestro Señor, sobre todo a su Pasión; la confianza filial en la Virgen; el recurso a la intercesión de los santos.

      El Papa Francisco transmitirá toda esta riqueza espiritual a la Iglesia en los demás continentes; sobre todo a los lugares de Europa, América del norte y Oceanía, donde los síntomas de un cierto desencanto y desgaste espiritual se manifiestan más abiertamente. Supondrá, al mismo tiempo, un impulso nuevo para la evangelización de los pueblos de Asia, África y de la misma América latina, tan hambrientos de Dios.

      El Romano Pontífice desea encaminarnos a lo esencial. “Cristo es el centro”, dijo en la audiencia del pasado 26 de marzo. Y en la Misa de inicio solemne del ministerio petrino afirmó que “la Cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados y de hacer un poquito eso que ha hecho Él aquel día de su muerte”.
      Esto nos remite al núcleo mismo de la existencia cristiana. El Papa Francisco nos insiste en que la misericordia de Dios es infinita, que el Señor no se cansa de perdonarnos. Como solía recordar san Josemaría Escrivá de Balaguer“nuestro Dios es un Dios que perdona”, un Padre a quien hemos de recurrir con frecuencia en el sacramento de la Confesión.

      El Papa se apoya, para sacar adelante su tarea, en la oración de cada una y de cada uno de nosotros y, sobre todo, en la intercesión de la Santísima Virgen María y de san José. No en vano su primera salida del Vaticano, la mañana siguiente a la elección, fue a la Basílica de Santa María la Mayor, para poner su pontificado a los pies de nuestra Madre, refugio y salvación del pueblo romano y de la Iglesia entera.

      Durante las semanas transcurridas desde entonces, se ha hablado mucho de la carga que recae sobre los hombros del Pontífice Romano, a quien está confiada especialmente la unidad de fe y comunión en la Iglesia. Para afrontar con garbo ese peso, el Papa busca sobre todo la ayuda de Dios, la asistencia del Espíritu Santo, la cercanía de la Virgen, la intercesión de los santos; pero también pide –no me importa repetirlo una vez más– el afecto y la plegaria de los católicos y de otras muchas personas de buena voluntad. ¡No le dejemos solo! Que no le falte nuestra oración diaria, abonada por el sacrificio y el ofrecimiento de un trabajo bien terminado. De modo especial podemos unirnos a él en la Santa Misa, el mejor momento, el más sublime de cada jornada, para rogar a Dios Nuestro Señor con palabras de san Josemaría: “«omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!» —que todos, bien unidos al Papa, vayamos a Jesús, por María” (Forja 647).