12/15/18

Documento final del Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional


INTRODUCCIÓN.


PROEMIO.
I PARTE. «CAMINABA CON ELLOS»
Capítulo I. Una Iglesia a la escucha.
Capítulo II. Tres ejes cruciales.
Capítulo III. Identidad y relaciones.
Capítulo IV. Ser jóvenes hoy.
II PARTE. «SE LES ABRIERON LOS OJOS»
Un nuevo Pentecostés. 
Capítulo I. El don de la juventud.
Capítulo II. El misterio de la vocación.
Capítulo III. La misión de acompañar.
Capítulo IV. El arte de discernir.
III PARTE. «AL MOMENTO SE PUSIERON EN CAMINO»
Una Iglesia joven. 
Capítulo I. La sinodalidad misionera de la Iglesia.
Capítulo II. Caminar juntos en la cotidianidad.
Capítulo III. Un nuevo impulso misionero.
Capítulo IV. Formación integral.
Conclusión.

INTRODUCCIÓN

El evento sinodal que hemos vivido
  1. «Derramaré mi Espíritu sobre toda carne y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, y vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños» (Hch2,17; cf. Jl3,1). Esta es la experiencia que hemos hecho en este Sínodo, caminando juntos y disponiéndonos a la escucha de la voz del Espíritu. Él nos ha sorprendido con la riqueza de sus dones, nos ha colmado de su valentía y su fuerza para llevar la esperanza al mundo.
Hemos caminado juntos, con el Sucesor de Pedro, que nos ha confirmado en la fe y nos ha fortalecido en el entusiasmo de la misión. Pese a provenir de contextos muy distintos, desde el punto de vista cultural y eclesial, hemos notado desde el inicio que había una sintonía espiritual, un deseo de diálogo y una verdadera empatía. Hemos trabajado juntos, compartiendo lo que más nos importaba, comunicando nuestras preocupaciones, sin esconder nuestras fatigas. Numerosas intervenciones nos han conmovido y nos han llenado de compasión evangélica: nos hemos sentido como un único cuerpo que sufre y se alegra. Queremos compartir con todos la experiencia de gracia que hemos vivido y transmitir a nuestras Iglesias y al mundo entero la alegría del Evangelio.
La presencia de los jóvenes ha marcado una novedad: a través de ellos ha resonado en el Sínodo la voz de toda una generación. Caminando con ellos, peregrinos a la tumba de Pedro, hemos experimentado que la cercanía crea las condiciones para que la Iglesia sea un espacio de diálogo y testimonio de fraternidad que fascine. La fuerza de esta experiencia supera toda fatiga y debilidad. El Señor sigue repitiéndonos: No temáis, yo estoy con vosotros.

El proceso de preparación
  1. Las aportaciones de los episcopados han representado un gran beneficio, así como las de los pastores, religiosos, laicos, expertos, educadores y muchos otros. Los jóvenes han participado desde el inicio en el proceso sinodal: el cuestionario en línea, numerosas contribuciones personales y sobre todo la Reunión pre-sinodalson un signo elocuente de ello. Su aportación ha sido esencial, como en el relato de los panes y los peces: Jesús ha podido realizar el milagro gracias a la disponibilidad de un joven que ha ofrecido con generosidad todo lo que tenía (cf. Jn6,8-11).
Todas las contribuciones se sintetizaron en el Instrumentum laboris, que ha constituido la base sólida para la discusión durante las semanas de la Asamblea. Ahora el Documento finalrecoge el resultado de este proceso y lo impulsa hacia el futuro: expresa lo que los Padres sinodales han reconocido, interpretado y elegido a la luz de la Palabra de Dios.

El Documento final de la Asamblea sinodal
  1. Es importante aclarar la relación entre el Instrumentum laborisy el Documento final. El primero es el marco de referencia unitario y sintético que deriva de dos años de escucha; el segundo es el fruto del discernimiento realizado y recoge los núcleos temáticos generativos sobre los que los Padres sinodales se han concentrado con especial intensidad y pasión. Por lo tanto, reconocemos la diversidad y la complementariedad de estos dos textos.
Ofrecemos este Documentoal Santo Padre (cf. Francisco, Episcopalis communio, 18; Instrucción, art. 35 §5) y a toda la Iglesia como fruto de este Sínodo. Puesto que el camino sinodal todavía no ha terminado y prevé una fase de puesta en práctica (cf. Episcopalis communio, 19-21), el Documento final será un mapa para orientar los próximos pasos que la Iglesia tiene que realizar.

* En este Documento con el término “Sínodo” se refiere tanto al proceso sinodal como a la Asamblea general que tuvo lugar del 3 al 28 de octubre de 2018.

PROEMIO

Jesús camina con los discípulos de Emaús
  1. Hemos reconocido en el episodio de los discípulos de Emaús (cf. Lc24,13-35) un texto paradigmático para comprender la misión eclesial en relación a las jóvenes generaciones. Esta página expresa bien lo que hemos vivido en el Sínodo y lo que quisieramos que cada una de nuestras Iglesias particulares pudiese vivir en lo que concierne a los jóvenes. Jesús camina con los dos discípulos que no han comprendido el sentido de lo sucedido y se están alejando de Jerusalén y de la comunidad. Para estar en su compañía, recorre el camino con ellos. Los interroga y se dispone a una paciente escucha de su versión de los hechos para ayudarles a reconocerlo que están viviendo. Después, con afecto y energía, les anuncia la Palabra, guiándolos a interpretara la luz de las Escrituras los acontecimientos que han vivido. Acepta la invitación a quedarse con ellos al atardecer: entra en su noche. En la escucha, su corazón se reconforta y su mente se ilumina, al partir el pan se abren sus ojos. Ellos mismos eligenemprender sin demora el camino en dirección opuesta, para volver a la comunidad y compartir la experiencia del encuentro con Jesús resucitado.
En continuidad con el Instrumentum laboris, el Documento finalse divide en tres partes relacionadas con este episodio. La primera parte se titula «Caminaba con ellos» (Lc24,15) y trata de poner a la luz lo que los Padres sinodales han reconocidodel contexto en el que viven los jóvenes, poniendo de relieve los puntos centrales y los desafíos. La segunda parte:«Se les abrieron los ojos» (Lc24,31), es interpretativay da algunas claves de lectura fundamentales del tema sinodal. La tercera parte, titulada «Al momento se pusieron en camino» (Lc24,33), recoge las opcionespara una conversión espiritual, pastoral y misionera.

I PARTE
«CAMINABA CON ELLOS»

  1. «Aquel mismo día, dos de ellos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos setenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos» (Lc24,13-15).
En este pasaje el evangelista retrata la necesidad de los dos viandantes de encontrar un sentido a los acontecimientos que han vivido. Resalta la actitud de Jesús que se pone a caminar con ellos. Jesús resucitado desea caminar junto a cada joven, acogiendo sus anhelos, aunque se hayan visto decepcionados, y sus esperanzas, aunque sean inadecuadas. Jesús camina, escucha, comparte.


Capítulo I
Una Iglesia  en escucha

Escuchar y ver con empatía
El valor de la escucha
  1. La escucha es un encuentro de libertad, que requiere humildad, paciencia, disponibilidad para comprender, empeño para elaborar las respuestas de un modo nuevo. La escucha transforma el corazón de quienes la viven, sobre todo cuando nos ponemos en una actitud interior de sintonía y mansedumbre con el Espíritu. No es pues solo una recopilación de informaciones, ni una estrategia para alcanzar un objetivo, sino la forma con la que Dios se relaciona con su pueblo. En efecto, Dios ve la miseria de su pueblo y escucha su lamento, se deja conmover en lo más íntimo y baja a liberarlo (cf. Ex3,7-8). La Iglesia, pues, mediante la escucha, entra en el movimiento de Dios que, en el Hijo, sale al encuentro de cada uno de los hombres.

Los jóvenes desean ser escuchados
  1. Los jóvenes están llamados continuamente a tomar decisiones que orientan su existencia; expresan el deseo de ser escuchados, reconocidos y acompañados. Muchos sienten que su voz no es considerada interesante ni útil en el contexto social y eclesial. En varios ámbitos se observa una escasa atención a su grito, en particular al de los más pobres y explotados, así como la carencia de adultos dispuestos a escuchar y capaces de hacerlo.

La escucha en la Iglesia
  1. En la Iglesia no faltan iniciativas ni experiencias consolidadas mediante las que los jóvenes pueden hacer experiencia de acogida y escucha, y hacer oír su propia voz. El Sínodo reconoce, sin embargo, que no siempre la comunidad eclesial sabe mostrar de modo evidente la actitud que Jesús resucitado tuvo con los discípulos de Emaús, cuando, antes de iluminarles con la Palabra, les preguntó: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?» (Lc24,17). A veces predomina la tendencia a dar respuestas preconfeccionadas y recetas preparadas, sin dejar que las preguntas de los jóvenes se planteen con su novedad y sin aceptar su provocación.
La escucha hace posible un intercambio de dones, en un contexto de empatía. Esto permite que los jóvenes den su aportación a la comunidad, ayudándola a abrirse a nuevas sensibilidades y a plantearse preguntas inéditas. Al mismo tiempo, pone las condiciones para un anuncio del Evangelio que llegue verdaderamente al corazón, de modo incisivo y fecundo.

La escucha de los pastores y los laicos cualificados
  1. La escucha constituye un momento relevante del ministerio de los pastores, y en primer lugar de los obispos, quienes sin embargo a menudo viven abrumados por muchos compromisos y les cuesta encontrar el tiempo adecuado para este indispensable servicio. Muchos han hecho notar la carencia de personas expertas y dedicadas al acompañamiento. Creer en el valor teológico y pastoral de la escucha implica una reflexión para renovar las formas con las que se ejerce habitualmente el ministerio presbiteral y revisar sus prioridades. Además, el Sínodo reconoce la necesidad de preparar consagrados y laicos, hombres y mujeres, que estén cualificados para el acompañamiento de los jóvenes. El carisma de la escucha que el Espíritu Santo suscita en las comunidades también podría recibir una forma de reconocimiento institucional para el servicio eclesial.

Las diversidades de contextos y culturas
Un mundo en plural
  1. La composición del Sínodo ha hecho visible la presencia y la aportación de las diversas regiones del mundo, y ha puesto de relieve la belleza de ser Iglesia universal. Aun en un contexto de globalización creciente, los Padres sinodales han pedido que se destacaran las numerosas diferencias entre contextos y culturas, incluso dentro de un mismo país. Existe una pluralidad de mundos juveniles, tanto es así que en algunos países se tiende a utilizar el término “juventud” en plural. Además, la franja de edad considerada por este Sínodo (16-29 años) no representa un conjunto homogéneo, sino que está compuesta por grupos que viven situaciones peculiares.
Todas estas diferencias impactan profundamente en la experiencia concreta que viven los jóvenes: en efecto, conciernen a las diversas fases de la edad evolutiva, las formas de la experiencia religiosa, la estructura de la familia y su relevancia en la transmisión de la fe, las relaciones intergeneracionales —como por ejemplo el rol de los ancianos y el respeto que se les debe—, las modalidades de participación en la vida social, la actitud respecto al futuro, la cuestión ecuménica e interreligiosa. El Sínodo reconoce y acoge la riqueza de la diversidad de las culturas y se pone al servicio de la comunión del Espíritu.

Cambios en curso
  1. Especialmente importante es la diferencia relativa a las dinámicas demográficas entre los países con una alta natalidad, en los que los jóvenes representan una cuota significativa y creciente de la población, y aquellos en los que su peso se va reduciendo. Otra diferencia deriva de la historia, que distingue a los países y continentes de antigua tradición cristiana, cuya cultura es portadora de una memoria que no hay que perder, respecto de los países y continentes marcados en cambio por otras tradiciones religiosas y en las que el cristianismo es una presencia minoritaria y a veces reciente. En otros territorios, además, las comunidades cristianas y los jóvenes que forman parte de ellas son objeto de persecución.
Exclusión y marginación
  1. Por otra parte, entre países y dentro de cada uno de ellos encontramos diferencias determinadas por la estructura social y la disponibilidad económica que separan, a veces de modo muy neto, a quienes la globalización ofrece un mayor número de oportunidades, de aquellos que viven al margen de la sociedad o en el mundo rural y sufren los efectos de formas de exclusión y descarte. Varias intervenciones señalaron la necesidad de que la Iglesia se ponga con valentía de la parte de estos últimos y participe en la construcción de alternativas que eliminen la exclusión y la marginación, fortaleciendo la acogida, el acompañamiento y la integración. Por eso, es necesario tomar conciencia de la indiferencia que caracteriza también la vida de muchos cristianos, para superarla ahondando en la dimensión social de la fe.

Hombres y mujeres
  1. No se puede olvidar la diferencia entre hombres y mujeres con sus dones peculiares, sus específicas sensibilidades y experiencias del mundo. Esta diferencia puede ser un ámbito en el que nazcan formas de dominio, exclusión y discriminación de las que todas las sociedades y la Iglesia necesitan liberarse.
La Biblia presenta al hombre y a la mujer como compañeros iguales ante Dios (cf. Gn5,2): cada dominación y discriminación basada en el sexo ofende la dignidad humana. También presenta la diferencia entre los sexos como un misterio constitutivo del ser humano, irreductible a estereotipos. La relación entre hombre y mujer se comprende además en términos de  una vocación a vivir en la reciprocidad y en el diálogo, en la comunión y en la fecundidad (cf. Gn 1,27-29; 2,21-25), en todos los ámbitos de la experiencia humana: vida de pareja, trabajo, educación y otros. Dios ha confiado la tierra a la alianza entre ellos.

La colonización cultural
  1. Numerosos Padres sinodales provenientes de contextos no occidentales señalan que en sus países la globalización conlleva auténticas formas de colonización cultural, que desarraigan a los jóvenes de la pertenencia a las realidades culturales y religiosas de las que provienen. Es necesario un compromiso de la Iglesia para acompañarlos en este paso sin que pierdan los rasgos más valiosos de su identidad.
Las interpretaciones que se dan al proceso de secularización son diversas. Mientras que algunos lo viven como una preciosa oportunidad para purificarse de una religiosidad de costumbre o fundada en identidades étnicas y nacionales, para otros representa un obstáculo para la transmisión de la fe. En las sociedades seculares asistimos también a un redescubrimiento de Dios y de la espiritualidad. Para la Iglesia esto constituye un estímulo a recuperar la importancia de los dinamismos propios de la fe, del anuncio y del acompañamiento pastoral.

Una primera mirada a la Iglesia de hoy
El compromiso educativo de la Iglesia
  1. Son muchas las regiones en las que los jóvenes perciben a la Iglesia como una presencia viva y cautivadora, que resulta significativa también para sus coetáneos no creyentes o de otras religiones. Las instituciones educativas de la Iglesia tratan de acoger a todos los jóvenes, independientemente de sus opciones religiosas, proveniencia cultural y situación personal, familiar o social. De este modo la Iglesia da una aportación fundamental a la educación integral de los jóvenes en las partes más diversas del mundo. Esto se realiza mediante la educación en las escuelas de todo orden y grado, y en los centros de formación profesional, en los colegios y las universidades, así como en los centros juveniles y los oratorios. Ese compromiso se concreta asimismo en la acogida de refugiados y prófugos, y en diversas actividades en ámbito social. En todas estas realidades la Iglesia une a la obra educativa y a la promoción humana el testimonio y el anuncio del Evangelio. Cuando se inspira en el diálogo intercultural e interreligioso, la acción educativa de la Iglesia es apreciada incluso por los no cristianos como forma de auténtica promoción humana.

Las actividades de la pastoral juvenil
  1. En el camino sinodal ha surgido la necesidad de cualificar vocacionalmente la pastoral juvenil, considerando a todos los jóvenes como destinatarios de la pastoral vocacional. Asimismo, se ha resaltado la necesidad de desarrollar procesos pastorales completos, que abarquen desde la infancia hasta la vida adulta e introduzcan en la comunidad cristiana. También se ha constatado que existen grupos parroquiales, movimientos y asociaciones juveniles que realizan un proceso eficaz de acompañamiento y de formación de los jóvenes en su vida de fe.
La Jornada Mundial de la Juventud —nacida de una intuición profética de san Juan Pablo II, quien sigue siendo un punto de referencia también para los jóvenes del tercer milenio—, así como los encuentros internacionales y diocesanos, desempeñan un rol importante en la vida de muchos jóvenes porque ofrecen una experiencia viva de fe y de comunión, que los ayuda a afrontar los grandes desafíos de la vida y a asumir responsablemente su puesto en la sociedad y en la comunidad eclesial. Estas citas remiten así al acompañamiento pastoral ordinario de cada una de las comunidades, donde la acogida del Evangelio debe ser profundizada y concretada en decisiones para la vida.

El peso de la gestión administrativa
  1. Numerosos Padres han puesto de relieve que el peso de las tareas administrativas absorbe de modo excesivo y a veces sofocante las energías de muchos pastores; esto representa uno de los motivos que dificultan el encuentro con los jóvenes y su acompañamiento. Para que sea más evidente la prioridad de los compromisos pastorales y espirituales, los Padres sinodales insisten en la necesidad de repensar las modalidades concretas del ejercicio del ministerio.

La situación de las parroquias
  1. A pesar de que siga siendo la primera y principal forma del ser Iglesia en el territorio, varias voces han indicado que a la parroquia le cuesta ser un lugar relevante para los jóvenes y que sería necesario repensar su vocación misionera. Su baja relevancia en los espacios urbanos, el carácter poco dinámico de las propuestas, junto con los cambios espacio-temporales de los estilos de vida requieren una renovación. Aunque hay varios intentos de innovación, a menudo el río de la vida juvenil fluye al margen de la comunidad, sin encontrarla.

La iniciación a la vida cristiana
  1. Muchos notan que los recorridos de la iniciación cristiana no siempre logran introducir a los niños, adolescentes y jóvenes en la belleza de la experiencia de fe. Cuando la comunidad se constituye como lugar de comunión y como verdadera familia de los hijos de Dios, expresa una fuerza generadora que transmite la fe; en cambio, donde cede a la lógica de la delegación y predomina la organización burocrática, la iniciación cristiana se malinterpreta y se concibe como un curso de educación religiosa que habitualmente termina con el sacramento de la Confirmación. Por tanto, es urgente repensar a fondo el enfoque de la catequesis y el nexo entre transmisión familiar y comunitaria de la fe, basándose en los procesos de acompañamiento personales.

La formación de seminaristas y consagrados
  1. Los seminarios y las casas de formación son lugares de gran importancia en los que los jóvenes llamados al sacerdocio y a la vida consagrada profundizan su propia decisión vocacional y maduran en el seguimiento. A veces estos ambientes no tienen en cuenta adecuadamente las experiencias anteriores de los candidatos, y subestiman su importancia. Esto bloquea el crecimiento de la persona y corre el riesgo de inducir a adoptar actitudes formales, más que el desarrollo de los dones de Dios y la conversión profunda del corazón.


Capítulo II
Tres ejes cruciales

Las novedades del ambiente digital
Una realidad omnipresente
  1. El ambiente digital caracteriza el mundo contemporáneo. Amplias franjas de la humanidad están inmersas en él de manera ordinaria y continua. Ya no se trata solamente de «usar» instrumentos de comunicación, sino de vivir en una cultura ampliamente digitalizada, que afecta de modo muy profundo la noción de tiempo y de espacio, la percepción de uno mismo, de los demás y del mundo, el modo de comunicar, de aprender, de informarse, de entrar en relación con los demás. Una manera de acercarse a la realidad que suele privilegiar la imagen respecto a la escucha y a la lectura incide en el modo de aprender y en el desarrollo del sentido crítico. Actualmente está claro que «el ambiente digital no es un mundo paralelo o puramente virtual, sino que forma parte de la realidad cotidiana de muchos, especialmente de los más jóvenes» (Benedicto XVI, Mensaje para la XLVII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales).

La red de las oportunidades
  1. Web y redes socialesson una plaza en la que los jóvenes pasan mucho tiempo y se encuentran fácilmente, aunque el acceso no es igual para todos, en particular en algunas regiones del mundo. En cualquier caso, constituyen una extraordinaria oportunidad de diálogo, encuentro e intercambio entre personas, así como de acceso a la información y al conocimiento. Por otro lado, el entorno digital es un contexto de participación sociopolítica y de ciudadanía activa, y puede facilitar la circulación de información independiente capaz de tutelar eficazmente a las personas más vulnerables poniendo de manifiesto las violaciones de sus derechos. En numerosos países, web y redes socialesrepresentan un lugar irrenunciable para llegar a los jóvenes e implicarlos, incluso en iniciativas y actividades pastorales.

El lado oscuro de la red
  1. El ambiente digital también es un territorio de soledad, manipulación, explotación y violencia, hasta llegar al caso extremo del dark web. Los medios de comunicación digitales pueden exponer al riesgo de dependencia, de aislamiento y de progresiva pérdida de contacto con la realidad concreta, obstaculizando el desarrollo de relaciones interpersonales auténticas. Nuevas formas de violencia se difunden mediante los social media, por ejemplo el ciberacoso; la webtambién es un canal de difusión de la pornografía y de explotación de las personas para fines sexuales o mediante el juego de azar.
  2. Por último, en el mundo digital están en juego ingentes intereses económicos, capaces de realizar formas de control tan sutiles como invasivas, creando mecanismos de manipulación de las conciencias y del proceso democrático. El funcionamiento de muchas plataformas a menudo acaba por favorecer el encuentro entre personas que piensan del mismo modo, obstaculizando la confrontación entre las diferencias. Estos circuitos cerrados facilitan la difusión de informaciones y noticias falsas, fomentando prejuicios y odios. La proliferación de las fake newses expresión de una cultura que ha perdido el sentido de la verdad y somete los hechos a intereses particulares. La reputación de las personas está en peligro mediante juicios sumarios en línea. El fenómeno afecta también a la Iglesia y a sus pastores.


Los inmigrantes como paradigma de nuestro tiempo
Un fenómeno multiforme
  1. Los fenómenos migratorios, a nivel mundial, no representan una emergencia transitoria sino que son estructurales. Las migraciones pueden tener lugar dentro del mismo país o bien entre países distintos. La preocupación de la Iglesia atañe en particular a aquellos que huyen de la guerra, de la violencia, de la persecución política o religiosa, de los desastres naturales — debidos entre otras cosas a los cambios climáticos— y de la pobreza extrema: muchos de ellos son jóvenes. En general, buscan oportunidades para ellos y para sus familias. Sueñan con un futuro mejor y desean crear las condiciones para que se haga realidad.
Muchos Padres sinodales pusieron de relieve que los inmigrantes son un “paradigma” que puede iluminar nuestro tiempo y en particular la condición juvenil, y nos recuerdan la condición originaria de la fe, o sea la de ser «forasteros y peregrinos en la tierra» (Hb11,13).

Violencia y vulnerabilidad
  1. Otros inmigrantes vienen atraídos por la cultura occidental, a veces con expectativas poco realistas que los exponen a grandes desilusiones. Traficantes sin escrúpulos, a menudo vinculados a los cárteles de la droga y de las armas, explotan la situación de debilidad de los inmigrantes, que a lo largo de su viaje con demasiada frecuencia experimentan la violencia, la trata de personas, el abuso psicológico y físico, y sufrimientos indescriptibles. Cabe señalar la especial vulnerabilidad de los inmigrantes menores no acompañados, y la situación de quienes se ven obligados a pasar muchos años en los campos de refugiados o que permanecen bloqueados durante largo tiempo en los países de tránsito, sin poder continuar sus estudios ni desarrollar sus talentos. En algunos países de llegada, los fenómenos migratorios suscitan alarma y miedo, a menudo fomentados y explotados con fines políticos. Se difunde así una mentalidad xenófoba, de gente cerrada y replegada sobre sí misma, ante la que hay que reaccionar con decisión.

Historias de separación y de encuentro
  1. Los jóvenes que emigran tienen que separarse de su propio contexto de origen y con frecuencia viven un desarraigo cultural y religioso. La fractura también concierne a las comunidades de origen, que pierden a los elementos más vigorosos y emprendedores, y a las familias, en particular cuando emigra uno de los padres o ambos, dejando a los hijos en el país de origen. La Iglesia tiene un papel importante como referencia para los jóvenes de estas familias rotas. Sin embargo, las historias de los migrantes también son historias de encuentro entre personas y entre culturas: para las comunidades y las sociedades a las que llegan son una oportunidad de enriquecimiento y de desarrollo humano integral de todos. Las iniciativas de acogida que hacen referencia a la Iglesia tienen un rol importante desde este punto de vista, y pueden revitalizar a las comunidades capaces de realizarlas.

El papel profético de la Iglesia
  1. Gracias a la diversa proveniencia de los Padres, respecto al tema de los migrantes el Sínodo ha vivido el encuentro de muchas perspectivas, en particular entre países de origen y países de llegada. Además, ha resonado el grito de alarma de aquellas Iglesias cuyos miembros se ven obligados a escapar de la guerra y de la persecución, y que ven en estas migraciones forzadas una amenaza para su propia existencia. Precisamente el hecho de incluir en su seno todas estas perspectivas pone a la Iglesia en condiciones de desempeñar en medio de la sociedad un papel profético sobre el tema de las migraciones.

Reconocer y reaccionar a todo tipo de abusos
Aclarar la verdad y pedir perdón
  1. Los distintos tipos de abuso que han llevado a cabo algunos obispos, sacerdotes, religiosos y laicos provocan en quienes han sido víctimas de ellos —entre estos muchos jóvenes— sufrimientos que pueden llegar a durar toda la vida y a los que ningún arrepentimiento puede poner remedio. Este fenómeno está muy difundido en la sociedad, afecta también a la Iglesia y representa un serio obstáculo para su misión. El Sínodo renueva su firme compromiso en la adopción de medidas rigurosas de prevención que impidan que se repitan, a partir de la selección y de la formación de aquellos a quienes se encomendarán tareas de responsabilidad y educativas.

Ir a la raíz
  1. Existen diversos tipos de abuso: de poder, económico, de conciencia, sexual. Es evidente la necesidad de desarraigar las formas de ejercicio de la autoridad en las que se injertan y de contrarrestar la falta de responsabilidad y transparencia con la que se gestionan muchos de los casos. El deseo de dominio, la falta de diálogo y de transparencia, las formas de doble vida, el vacío espiritual, así como las fragilidades psicológicas son el terreno en el que prospera la corrupción. El clericalismo, en particular, «surge de una visión elitista y excluyente de la vocación, que interpreta el ministerio recibido como un poder que hay que ejercer más que como un servicio gratuito y generoso que ofrecer; y esto nos lleva a creer que pertenecemos a un grupo que tiene todas las respuestas y no necesita ya escuchar ni aprender nada, o hace como que escucha» (Francisco, Discurso a la I Congregación General de la XV Asamblea General del Sínodo de los Obispos, 3 octubre 2018).

Gratitud y aliento
  1. El Sínodo expresa gratitud hacia quienes han tenido la valentía de denunciar el mal sufrido: ayudan a la Iglesia a tomar conciencia de lo sucedido y de la necesidad de reaccionar con decisión. Aprecia y alienta también el empeño sincero de innumerables laicos, sacerdotes, consagrados y obispos que cada día se entregan con honestidad y dedicación al servicio de los jóvenes. Su obra es un gran bosque que crece sin hacer ruido. También muchos de los jóvenes presentes en el Sínodo han manifestado gratitud por aquellos que los acompañaron y han resaltado la gran necesidad de figuras de referencia.
Jesús Nuestro Señor, que nunca abandona a su Iglesia, le da la fuerza y los instrumentos para un nuevo camino. Confirmando la línea de las oportunas «acciones y sanciones tan necesarias» (Francisco, Carta al Pueblo de Dios, 20 agosto 2018, 2) y consciente de que la misericordia exige la justicia, el Sínodo reconoce que afrontar la cuestión de los abusos en todos sus aspectos, también con la valiosa ayuda de los jóvenes, puede ser realmente una oportunidad para una reforma de carácter histórico.


Capítulo III
Identidad y relaciones

Familia y relaciones entre generaciones
La familia punto de referencia privilegiado
  1. La familia sigue siendo el principal punto de referencia para los jóvenes. Los hijos aprecian el amor y el cuidado de los padres, dan importancia a los vínculos familiares y esperan lograr a su vez formar una familia. Sin duda el aumento de separaciones, divorcios, segundas uniones y familias monoparentales puede causar en los jóvenes grandes sufrimientos y crisis de identidad. A veces deben hacerse cargo de responsabilidades desproporcionadas para su edad, que les obligan a ser adultos antes de tiempo. Los abuelos con frecuencia son una ayuda decisiva en el afecto y la educación religiosa: con su sabiduría son un eslabón decisivo en la relación entre generaciones.

La importancia de la maternidad y la paternidad
  1. Madres y padres tienen roles distintos pero igualmente importantes como puntos de referencia a la hora de formar a los hijos y transmitirles la fe. La figura materna sigue teniendo un papel que los jóvenes consideran esencial para su crecimiento, aunque no esté suficientemente reconocido bajo el perfil cultural, político y laboral. Muchos padres desempeñan su papel con dedicación, pero no podemos esconder que, en algunos contextos, la figura paterna resulta ausente o evanescente, y en otros opresiva o autoritaria. Estas ambigüedades también se reflejan en el ejercicio de la paternidad espiritual.

Las relaciones entre las generaciones
  1. El Sínodo reconoce la dedicación de muchos padres y educadores que se empeñan a fondo en la transmisión de los valores, a pesar de las dificultades del contexto cultural. En varias regiones, el papel de los ancianos y la reverencia hacia los antepasados son una de las bases de la educación y contribuyen en gran medida a la formación de la identidad personal. La familia ampliada —que en algunas culturas es la familia en sentido estricto— también juega un papel importante. Algunos jóvenes, sin embargo, sienten las tradiciones familiares como oprimentes y huyen de ellas impulsados por una cultura globalizada que a veces los deja sin puntos de referencia. En otras partes del mundo, en cambio, entre jóvenes y adultos no se da un verdadero conflicto generacional, sino una extrañeza mutua. A veces los adultos no tratan de transmitir los valores fundamentales de la existencia o no lo logran, o bien asumen estilos juveniles, invirtiendo la relación entre generaciones. De este modo, se corre el riesgo de que la relación entre jóvenes y adultos permanezca en el plano afectivo, sin tocar la dimensión educativa y cultural.

Jóvenes y raíces culturales
  1. Los jóvenes están proyectados hacia el futuro y afrontan la vida con energía y dinamismo. Sin embargo, tienen la tentación de concentrarse en gozar del presente y a veces suelen prestar poca atención a la memoria del pasado del que provienen, en particular a los numerosos dones que les han transmitido sus padres y abuelos, al bagaje cultural de la sociedad en la que viven. Ayudar a los jóvenes a descubrir la riqueza viva del pasado, haciendo memoria y sirviéndose de este para las propias decisiones y posibilidades, es un verdadero acto de amor hacia ellos, en vista de su crecimiento y de las decisiones que deberán tomar.

Amistad y relaciones entre pares
  1. Además de las relaciones entre generaciones no hay que olvidar las relaciones entre coetáneos, que representan una experiencia fundamental de interacción y de progresiva emancipación del contexto familiar de origen. La amistad y las relaciones, a menudo también en grupos más o menos estructurados, ofrece la oportunidad de reforzar competencias sociales y relacionales en un contexto en el que no se evalúa ni se juzga a la persona. La experiencia de grupo constituye a su vez un recurso para compartir la fe y para ayudarse mutuamente en el testimonio. Los jóvenes son capaces de guiar a otros jóvenes y de vivir un verdadero apostolado entre sus amigos.

Cuerpo y afectividad
Cambios en curso
  1. Los jóvenes reconocen que el cuerpo y la sexualidad tienen una importancia esencial para su vida y en el camino de crecimiento de su identidad, ya que son imprescindibles para vivir la amistad y la afectividad. En el mundo contemporáneo, sin embargo, se observan fenómenos en rápida evolución al respecto. Ante todo, los avances de las ciencias y de las tecnologías biomédicas inciden sobre la percepción del cuerpo, induciendo a la idea de que se puede modificar sin límite. La capacidad de intervenir sobre el ADN, la posibilidad de insertar elementos artificiales en el organismo (cyborg) y el desarrollo de las neurociencias constituyen un gran recurso, pero al mismo tiempo plantean interrogantes antropológicos y éticos. Una adopción acrítica del enfoque tecnocrático respecto al cuerpo debilita la conciencia de la vida como don y el sentido del límite de la criatura, que puede desencaminarse o ser instrumentalizada por dinamismos económicos y políticos (cf. Francisco, Laudato si’, 106).
Además en algunos contextos juveniles se difunde un cierto atractivo por comportamientos de riesgo como instrumento para explorarse a sí mismos, buscando emociones fuertes y obtener un reconocimiento. Junto a fenómenos antiguos que permanecen, como la sexualidad precoz, la promiscuidad, el turismo sexual, el culto exagerado del aspecto físico, hoy se constata una gran difusión de la pornografía digital y la exhibición del propio cuerpo en la red. Estos fenómenos, a los que están expuestas las nuevas generaciones, constituyen un obstáculo para una maduración serena. Indican dinámicas sociales inéditas, que influyen en las experiencias y las decisiones personales, que son así el terreno para una especie de colonización ideológica.

La recepción de las enseñanzas morales de la Iglesia
  1. Este es el contexto en el que las familias cristianas y las comunidades eclesiales procuran que los jóvenes descubran la sexualidad como un gran don habitado por el Misterio, para vivir las relaciones según la lógica del Evangelio. No siempre logran, sin embargo, traducir este deseo en una educación afectiva y sexual adecuada, que no se limite a intervenciones esporádicas y ocasionales. Donde se ha decidido adoptar realmente esta educación como propuesta, se observan resultados positivos que ayudan a los jóvenes a comprender la relación entre su adhesión de fe a Jesucristo y el modo de vivir la afectividad y las relaciones interpersonales. Tales resultados, que son un motivo de esperanza, requieren invertir más energías eclesiales en este campo.

Las preguntas de los jóvenes
  1. La Iglesia tiene una rica tradición sobre la que construye y propone su enseñanza acerca de esta materia: por ejemplo, el Catecismo de la Iglesia Católica, la teología del cuerpo desarrollada por san Juan Pablo II, la Encíclica Deus caritas estde Benedicto XVI y la Exhortación apostólica Amoris laetitiade Francisco. Sin embargo, los jóvenes, incluso los que conocen y viven esta enseñanza, expresan el deseo de recibir de la Iglesia una palabra clara, humana y empática. En efecto, con frecuencia la moral sexual es causa de incomprensión y de alejamiento de la Iglesia, ya que se percibe como un espacio de juicio y de condena. Frente a los cambios sociales y de los modos de vivir la afectividad y la multiplicidad de perspectivas éticas, los jóvenes se muestran sensibles al valor de la autenticidad y de la entrega, pero a menudo se encuentran desorientados. Expresan, en particular, un explícito deseo de confrontarse sobre las cuestiones relativas a la diferencia entre identidad masculina y femenina, a la reciprocidad entre hombres y mujeres, y a la homosexualidad.

Formas de vulnerabilidad
El mundo del trabajo
  1. El mundo del trabajo sigue siendo un ámbito en el que los jóvenes expresan su creatividad y la capacidad de innovar. Al mismo tiempo, experimentan formas de exclusión y marginación. La primera y la más grave es el desempleo juvenil, que en algunos países alcanza niveles exorbitados. Además de empobrecerlos, la falta de trabajo cercena en los jóvenes la capacidad de soñar y de esperar, y los priva de la posibilidad de contribuir al desarrollo de la sociedad. En muchos países esta situación se debe a que algunas franjas de población juvenil se encuentran desprovistas de las capacidades profesionales adecuadas, también debido a las deficiencias del sistema educativo y formativo. Con frecuencia la precariedad ocupacional que aflige a los jóvenes responde a la explotación laboral por intereses económicos.
Violencia y persecuciones
  1. Muchos jóvenes viven en contextos de guerra y padecen la violencia en una innumerable variedad de formas: secuestros, extorsiones, crimen organizado, trata de seres humanos, esclavitud y explotación sexual, estupros de guerra, etc. A otros jóvenes, a causa de su fe, les cuesta encontrar un lugar en sus sociedades y son víctimas de diversos tipos de persecuciones, e incluso la muerte. Son muchos los jóvenes que, por constricción o falta de alternativas, viven perpetrando delitos y violencias: niños soldado, bandas armadas y criminales, tráfico de droga, terrorismo, etc. Esta violencia trunca muchas vidas jóvenes. Abusos y adicciones, así como violencia y comportamientos negativos son algunas de las razones que llevan a los jóvenes a la cárcel, con una especial incidencia en algunos grupos étnicos y sociales. Todas estas situaciones plantean preguntas e interpelan a la Iglesia.

Marginación y malestar social
  1. Son todavía más numerosos en el mundo los jóvenes que padecen formas de marginación y exclusión social por razones religiosas, étnicas o económicas. Recordamos la difícil situación de adolescentes y jóvenes que quedan embarazadas y la plaga del aborto, así como la difusión del VIH, las varias formas de adicción (drogas, juegos de azar, pornografía, etc.) y la situación de los niños y jóvenes de la calle, que no tienen casa ni familia ni recursos económicos; merecen una atención especial los jóvenes presos. Varias intervenciones pusieron de relieve la necesidad de que la Iglesia valorice las capacidades de los jóvenes excluidos y lo que pueden aportar a las comunidades. La Iglesia quiere ponerse decididamente de su parte, acompañándoles a lo largo de itinerarios que le ayuden a recuperar su propia dignidad y un papel en la construcción del bien común.

La experiencia del sufrimiento
  1. Contrariamente a un estereotipo generalizado, el mundo juvenil también está profundamente marcado por la experiencia de la vulnerabilidad, de la discapacidad, de la enfermedad y del dolor. En muchos países crecen, sobre todo entre los jóvenes, las formas de malestar psicológico, depresión, enfermedad mental y desórdenes alimentarios, vinculados a experiencias de infelicidad profunda o a la incapacidad de encontrar su lugar en la sociedad; por último, no hay que olvidar el trágico fenómeno de los suicidios. Los jóvenes que viven estas diversas condiciones de malestar y sus familias cuentan con el apoyo de las comunidades cristianas, aunque no siempre tienen los medios adecuados para acogerlos.

El recurso valioso de la vulnerabilidad
  1. Muchas de estas situaciones son producto de la “cultura del descarte”: los jóvenes son sus primeras víctimas. Sin embargo, esta cultura puede impregnar tanto a los jóvenes como a las comunidades cristianas y a sus responsables, contribuyendo de este modo a la degradación humana, social y medioambiental que aflige nuestro mundo. Para la Iglesia se trata de una llamada a la conversión, a la solidaridad y a una renovada acción educativa, para hacerse presente de modo particular en estos contextos de dificultad. Los jóvenes que viven en estas situaciones también tienen recursos valiosos que compartir con la comunidad y nos enseñan a afrontar el límite, ayudándonos a crecer en humanidad. Es inagotable la creatividad con la que la comunidad animada por la alegría del Evangelio puede llegar a ser una alternativa al malestar y a las situaciones de dificultad. De este modo la sociedad puede hacer experiencia de que la piedra que desecharon los arquitectos puede convertirse en piedra angular (cf. Sal118,22; Lc20,17; Hch4,11; 1P2,4).


Capítulo IV
Ser jóvenes hoy

Aspectos de la cultura juvenil actual
Originalidad y especificidad
  1. Las generaciones jóvenes tienen una forma de acercarse a la realidad que presenta rasgos específicos. Los jóvenes piden ser acogidos y respetados en su originalidad. Entre los rasgos específicos más evidentes de la cultura de los jóvenes se ha señalado la preferencia que se concede a la imagen respecto a otros lenguajes comunicativos, la importancia de sensaciones y emociones como medios para acercarse a la realidad y la prioridad de la concreción y la operatividad respecto al análisis teórico. Revisten gran importancia las relaciones de amistad y la pertenencia a grupos de coetáneos, que se cultivan también gracias a las redes sociales. Los jóvenes generalmente muestran una apertura espontánea ante la diversidad, que los hace estar atentos a las temáticas de la paz, la inclusión y el diálogo entre culturas y religiones. Numerosas experiencias de tantos lugares del mundo testimonian que los jóvenes saben ser pioneros de encuentro y diálogo intercultural e interreligioso, en la perspectiva de la convivencia pacífica.

Compromiso y participación social
  1. Aunque de forma diferente respecto a las generaciones pasadas, el compromiso social es un rasgo específico de los jóvenes de hoy. Al lado de algunos indiferentes, hay muchos otros dispuestos a comprometerse en iniciativas de voluntariado, ciudadanía activa y solidaridad social, que hay que acompañar y alentar para que emerjan los talentos, las competencias y la creatividad de los jóvenes y para incentivar que asuman responsabilidades. El compromiso social y el contacto directo con los pobres siguen siendo una ocasión fundamental para descubrir o profundizar la fe y discernir la propia vocación. Resulta fuerte y difundida la sensibilidad por los temas ecológicos y de la sostenibilidad, que la Encíclica Laudato si’ha sabido catalizar. Se señaló también la disponibilidad al compromiso en campo político para la construcción del bien común, que la Iglesia no siempre ha sabido acompañar ofreciendo oportunidades de formación y espacios de discernimiento. Respecto a la promoción de la justicia, los jóvenes piden a la Iglesia un compromiso decidido y coherente, que acabe de raíz con toda connivencia con una mentalidad mundana.

Arte, música y deporte
  1. El Sínodo reconoce y aprecia la importancia que los jóvenes dan a la expresión artística en todas sus formas: son muchos los jóvenes que usan en este campo los talentos recibidos, promoviendo la belleza, la verdad y la bondad, creciendo en humanidad y en la relación con Dios. Para muchos la expresión artística es también una auténtica vocación profesional. No podemos olvidar que durante siglos el “camino de la belleza” fue una de las modalidades privilegiadas de expresión de la fe y de evangelización.
Del todo peculiar es la importancia de la música, que representa un verdadero ambiente en el que los jóvenes están constantemente inmersos, así como una cultura y un lenguaje capaces de suscitar emociones y de plasmar la identidad. El lenguaje musical representa también un recurso pastoral, que interpela en particular la liturgia y su renovación. La homologación de los gustos en clave comercial conlleva a veces el peligro de comprometer el vínculo con las formas tradicionales de expresión musical y también litúrgica.
Es igualmente significativa la relevancia que tiene entre los jóvenes la práctica deportiva, cuyas potencialidades en clave educativa y formativa la Iglesia no debe subestimar, sino mantener una sólida presencia en este campo. El mundo del deporte necesita ser ayudado a superar las ambigüedades que lo golpean, como la mitificación de los campeones, el sometimiento a lógicas comerciales y la ideología del éxito a toda costa. En este sentido, se vuelve a insistir en el valor del acompañamiento y del apoyo a las personas con discapacidad en el ámbito deportivo.

Espiritualidad y religiosidad
Los diversos contextos religiosos
  1. La experiencia religiosa de los jóvenes resulta fuertemente influenciada por el contexto social y cultural en el que viven. En algunos países la fe cristiana es una experiencia comunitaria fuerte y viva, que los jóvenes comparten con gozo. En otras regiones de antigua tradición cristiana la mayoría de la población católica no vive una pertenencia real a la Iglesia; aunque no faltan minorías creativas y experiencias que muestran un nuevo despertar del interés religioso, como reacción a una visión restrictiva y sofocante. En otros lugares los católicos, junto con otras denominaciones cristianas, son una minoría, que a veces sufre la discriminación e incluso la persecución. Por último, hay contextos en los que se observa un aumento de las sectas o de formas de religiosidad alternativa; aquellos que las siguen quedan a menudo desilusionados y maduran una aversión hacia todo lo que es religioso. Mientras que en algunas regiones los jóvenes no tienen la posibilidad de expresar públicamente su propia fe o no se les reconoce su libertad religiosa, en otras partes se siente el peso de decisiones del pasado —incluidas las políticas—, que han mermado la credibilidad eclesial. No es posible hablar de religiosidad de los jóvenes sin tener presente todas estas diferencias.

La búsqueda religiosa
  1. En general, los jóvenes se declaran en búsqueda del sentido de la vida y muestran interés por la espiritualidad. Tal atención, sin embargo, toma a veces la forma de una búsqueda de bienestar psicológico más que de una apertura al encuentro con el Misterio del Dios vivo. En particular en algunas culturas, muchos consideran la religión una cuestión privada y seleccionan de diversas tradiciones espirituales elementos en los que encuentran sus propias convicciones. Se difunde así un cierto sincretismo, que se desarrolla bajo el presupuesto relativista de que todas las religiones son iguales. No todos ven la adhesión a una comunidad de fe como la vía de acceso privilegiada al sentido de la vida, y va acompañada o a veces es reemplazada por ideologías o por la búsqueda del éxito en el plano profesional y económico, en la lógica de una autorrealización material. Sin embargo, permanecen vivas algunas prácticas transmitidas por la tradición, como las peregrinaciones a los santuarios, en las que en ocasiones participa una muchedumbre muy numerosa de jóvenes, y expresiones de la piedad popular, con frecuencia vinculadas a la devoción a María y a los santos, que custodian la experiencia de fe de un pueblo.

El encuentro con Jesús
  1. La misma variedad se observa en la relación de los jóvenes con la figura de Jesús. Muchos lo reconocen como Salvador e Hijo de Dios y a menudo se sienten cercanos a él mediante María, su madre, y se comprometen en un camino de fe. Otros no tienen una relación personal con él, pero lo consideran como un hombre bueno y una referencia ética. Otros lo encuentran mediante una fuerte experiencia del Espíritu. Para otros, en cambio, es una figura del pasado privada de relevancia existencial o muy distante de la experiencia humana.
Para muchos jóvenes Dios, la religión y la Iglesia son palabras vacías, en cambio son sensibles a la figura de Jesús, cuando viene presentada de modo atractivo y eficaz. De muchas maneras también los jóvenes de hoy nos dicen: «Queremos ver a Jesús» (Jn12,21), manifestando así la sana inquietud que caracteriza el corazón de todo ser humano: «La inquietud de la búsqueda espiritual, la inquietud del encuentro con Dios, la inquietud del amor» (Francisco, Santa Misa de apertura del Capítulo General de la Orden de san Agustín, 28 agosto 2013).

El deseo de una liturgia viva
  1. En diversos contextos los jóvenes católicos piden propuestas de oración y momentos sacramentales que incluyan su vida cotidiana en una liturgia fresca, auténtica y alegre. En muchas partes del mundo la experiencia litúrgica es el principal recurso para la identidad cristiana y cuenta con una participación amplia y convencida. Los jóvenes reconocen en ella un momento privilegiado de experiencia de Dios y de la comunidad eclesial, y un punto de partida para la misión. En otras partes, en cambio, se asiste a un cierto alejamiento de los sacramentos y de la Eucaristía dominical, percibida más bien como un precepto moral y no como un encuentro feliz con el Señor resucitado y con la comunidad. En general, se constata que incluso allí donde se da catequesis sobre los sacramentos, es débil el acompañamiento educativo para vivir la celebración en profundidad, para entrar en la riqueza mistérica de sus símbolos y sus ritos.

Participación y protagonismo
Los jóvenes desean protagonismo
  1. Frente a las contradicciones de la sociedad, muchos jóvenes desean aportar el fruto de sus talentos, competencias y creatividad, y están dispuestos a asumir responsabilidades. Entre los temas que más les preocupan e interesan están la sostenibilidad social y medioambiental, las discriminaciones y el racismo. El compromiso de los jóvenes muchas veces sigue enfoques inéditos, aprovechando también las potencialidades de la comunicación digital en términos de movilización y presión política: difusión de estilos de vida y modelos de consumo e inversión críticos, solidarios y atentos al medio ambiente; nuevas formas de compromiso y de participación en la sociedad y en la política; nuevas modalidades de asistencia social como garantía para las personas más débiles.

Las razones de una distancia
  1. El Sínodo es consciente de que un número consistente de jóvenes, por razones muy distintas, no piden nada a la Iglesia porque no la consideran significativa para su existencia. Algunos, incluso, piden expresamente que se les deje en paz, ya que sienten su presencia como molesta y hasta irritante. Esta petición con frecuencia no nace de un desprecio acrítico e impulsivo, sino que hunde sus raíces en razones serias y comprensibles: los escándalos sexuales y económicos; la falta de preparación de los ministros ordenados que no saben captar adecuadamente la sensibilidad de los jóvenes; el poco cuidado en la preparación de la homilía y en la explicación de la Palabra de Dios; el papel pasivo asignado a los jóvenes dentro de la comunidad cristiana; la dificultad de la Iglesia para dar razón de sus posiciones doctrinales y éticas a la sociedad contemporánea.

Los jóvenes en la Iglesia
  1. Los jóvenes católicos no son meramente destinatarios de la acción pastoral, sino miembros vivos del único cuerpo eclesial, bautizados en los que vive y actúa el Espíritu del Señor. Contribuyen a enriquecer lo que la Iglesia es, y no solo lo que hace. Son su presente y no solo su futuro. Los jóvenes son protagonistas en muchas actividades eclesiales, en las que prestan generosamente su servicio, en particular con la animación de la catequesis y de la liturgia, el cuidado de los más pequeños y el voluntariado con los pobres. Movimientos, asociaciones y congregaciones religiosas ofrecen también a los jóvenes oportunidades de compromiso y corresponsabilidad. A veces la disponibilidad de los jóvenes encuentra un cierto autoritarismo y la desconfianza de adultos y pastores, que no reconocen suficientemente su creatividad y les cuesta compartir las responsabilidades.

Las mujeres en la Iglesia
  1. También surge entre los jóvenes la petición de un mayor reconocimiento y valoración de las mujeres en la sociedad y en la Iglesia. Muchas mujeres desempeñan un papel insustituible en las comunidades cristianas, pero en muchos lugares cuesta que se les dé espacio en los procesos de toma de decisiones, incluso cuando no requieren específicas responsabilidades ministeriales. La ausencia de la voz y de la mirada femenina empobrece el debate y el camino de la Iglesia, quitando al discernimiento una valiosa contribución. El Sínodo recomienda que se ayude a todos a ser más conscientes de la urgencia de un cambio ineludible, entre otras cosas a partir de una reflexión antropológica y teológica sobre la reciprocidad entre hombres y mujeres.

La misión de los jóvenes hacia sus coetáneos
  1. En varios contextos hay grupos de jóvenes, a menudo expresión de asociaciones y movimientos eclesiales, que son muy activos en la evangelización de sus coetáneos gracias a un límpido testimonio de vida, a un lenguaje accesible y a la capacidad de instaurar vínculos auténticos de amistad. Este apostolado permite llevar el Evangelio a personas a las que difícilmente llegaría la pastoral juvenil ordinaria, y contribuye a la maduración en la fe de los que se comprometen en este sentido. Por lo tanto, hay que apreciarlo, sostenerlo, acompañarlo con sabiduría e integrarlo en la vida de las comunidades.

Deseo de una comunidad eclesial más auténtica y fraterna
  1. Los jóvenes piden que la Iglesia brille por autenticidad, ejemplaridad, competencia, corresponsabilidad y solidez cultural. A veces esta petición suena como una crítica, pero a menudo asume la forma positiva de un compromiso personal por una comunidad fraterna, acogedora, alegre y comprometida proféticamente en la lucha contra la injusticia social. Entre las expectativas de los jóvenes destaca en particular el deseo de que en la Iglesia se adopte un estilo de diálogo menos paternalista y más franco.

II PARTE
«SE LES ABRIERON LOS OJOS»

  1. «Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída”. Y entró para quedarse con ellos. Sentado en la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista»(Lc24,27-31).
Después de haberlos escuchado, el Señor dirige a los dos viandantes una “palabra” incisiva y decisiva, autorizada y transformadora. Así, con dulzura y fortaleza, el Señor entra en su morada, se queda con ellos y comparte el pan de la vida: es el signo eucarístico que permite que los dos discípulos finalmente abran los ojos.

Un nuevo Pentecostés
La acción del Espíritu Santo
  1. El Espíritu Santo enciende el corazón, abre los ojos y suscita la fe de los dos viandantes. Actúa desde el inicio de la creación del mundo para que el proyecto del Padre de recapitular en Cristo todas las cosas alcance su plenitud. Actúa en todos los tiempos y lugares, en la variedad de los contextos y de las culturas, suscitando incluso en medio de las dificultades y sufrimientos el compromiso por la justicia, la búsqueda de la verdad, el coraje de la esperanza. Por esto san Pablo afirma que «hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto» (Rm8,22). El deseo de vivir en el amor y la sana inquietud que habita el corazón de los jóvenes son parte del gran anhelo de toda la creación hacia la plenitud de la alegría. En cada uno de ellos, incluso en aquellos que no conocen a Cristo, el Espíritu Creador actúa para guiarlos a la belleza, a la bondad y a la verdad.

El Espíritu rejuvenece la Iglesia
  1. La juventud es una etapa original y estimulante de la vida, que el propio Jesús vivió, santificándola. El Mensaje a los jóvenesdel Concilio Vaticano II (7 diciembre 1965) presentó a la Iglesia como la «verdadera juventud del mundo», que posee «la facultad de alegrarse con lo que comienza, de darse sin recompensa, de renovarse y de partir de nuevo para nuevas conquistas». Con su frescura y su fe los jóvenes contribuyen a mostrar este rostro de la Iglesia, en el que se refleja «el gran Viviente, el Cristo eternamente joven». No se trata pues de crear una nueva Iglesia para los jóvenes, sino más bien de volver a descubrir con ellos la juventud de la Iglesia, abriéndose a la gracia de un nuevo Pentecostés.

El Espíritu en la vida del creyente
  1. La vocación del cristiano es seguir a Cristo pasando por las aguas del Bautismo, recibiendo el sello de la Confirmación y convirtiéndose con la Eucaristía en parte de su cuerpo: «Viene el Espíritu Santo, el fuego después del agua y vosotros os convertís en pan, es decir en Cuerpo de Cristo» (S. Agustín, Sermón 227). En el camino de la iniciación cristiana es ante todo la Confirmación el sacramento que permite a los creyentes revivir la experiencia pentecostal de una nueva efusión del Espíritu para el crecimiento y la misión. Es importante volver a descubrir la riqueza de este sacramento, comprender su vínculo con la vocación personal de todo bautizado y con la teología de los carismas, cuidar mejor la pastoral, a fin de que no sea un momento formal y poco significativo. Todo camino vocacional tiene al Espíritu Santo como protagonista: Él es el “maestro interior” por el que dejarse guiar.

Una auténtica experiencia de Dios
  1. La primera condición para el discernimiento vocacional en el Espíritu es una auténtica experiencia de fe en Cristo muerto y resucitado, recordando que esta luz «no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar» (Francisco, Lumen fidei, 57). En las comunidades cristianas a veces corremos el riesgo de proponer, más allá de las intenciones, un teísmo ético y terapéutico, que responde a la necesidad de seguridad y de consuelo del ser humano, en lugar de un encuentro vivo con Dios a la luz del Evangelio y con la fuerza del Espíritu. Si es verdad que la vida renace solamente mediante la vida, está claro que los jóvenes necesitan encontrar comunidades cristianas realmente arraigadas en la amistad con Cristo, que nos lleva al Padre en la comunión del Espíritu Santo.

Capítulo I
El don de la juventud

Jesús, joven entre los jóvenes
La juventud de Jesús
  1. «Joven entre los jóvenes para ser ejemplo para los jóvenes y consagrarlos al Señor» (S. Ireneo, Contra las herejías, II,22,4). Cristo ha santificado la juventud por el hecho mismo de haberla vivido. La narración bíblica presenta un solo episodio de la juventud de Jesús (cf. Lc2,41-52), que él vivió sin clamor, en la sencillez y en la laboriosidad de Nazaret, tanto que le reconocían como «el carpintero» (Mc6,3) y «el hijo del carpintero» (Mt13,55).
Contemplando su vida podemos entender mejor la bendición de la juventud: Jesús tenía una confianza incondicional en el Padre, cuidó la amistad con sus discípulos, e incluso en los momentos críticos permaneció fiel a ellos. Manifestó una profunda compasión por los más débiles, especialmente los pobres, los enfermos, los pecadores y los excluidos. Tuvo la valentía de enfrentarse a las autoridades religiosas y políticas de su tiempo; vivió la experiencia de sentirse incomprendido y descartado; sintió miedo del sufrimiento y conoció la fragilidad de la pasión; dirigió su mirada al futuro abandonándose en las manos seguras del Padre y a la fuerza del Espíritu. En Jesús todos los jóvenes pueden reconocerse, con sus miedos y sus esperanzas, sus incertidumbres y sus sueños y pueden encomendarse a él. Será para ellos fuente de inspiración contemplar los encuentros de Jesús con los jóvenes.

Con la mirada del Señor
  1. Escuchar a Cristo y la comunión con él permite también a los pastores y educadores madurar una lectura sabia de este período de la vida. El Sínodo ha tratado de mirar a los jóvenes con la actitud de Jesús, para discernir en su vida los signos de la acción del Espíritu. En efecto, creemos que también hoy Dios habla a la Iglesia y al mundo mediante los jóvenes, su creatividad y su compromiso, así como sus sufrimientos y sus solicitudes de ayuda. Con ellos podemos leer más proféticamente nuestra época y reconocer los signos de los tiempos; por esto los jóvenes son uno de los “lugares teológicos” en los que el Señor nos da a conocer algunas de sus expectativas y desafíos para construir el mañana.

Rasgos de la edad juvenil
  1. La juventud, fase del desarrollo de la personalidad, está marcada por sueños que van tomando cuerpo, por relaciones que adquieren cada vez más consistencia y equilibrio, por intentos y experimentaciones, por elecciones que construyen gradualmente un proyecto de vida. En este período de la vida, los jóvenes están llamados a proyectarse hacia adelante sin cortar con sus raíces, a construir autonomía, pero no en solitario. El contexto social, económico y cultural, no siempre ofrece condiciones favorables. Muchos jóvenes santos han hecho brillar los rasgos de la edad juvenil en toda su belleza y en su época fueron verdaderos profetas de cambio; su ejemplo muestra de qué son capaces los jóvenes cuando se abren al encuentro con Cristo.
También los jóvenes con discapacidad o que sufren enfermedad pueden dar una contribución valiosa. El Sínodo invita a las comunidades a dar espacio a iniciativas que los reconozcan y les permitan ser protagonistas, por ejemplo con el uso de la lengua de los signos para personas sordas, itinerarios catequéticos oportunamente finalizados y experiencias asociativas o de inserción laboral.

La sana inquietud de los jóvenes
  1. Los jóvenes tienen una inquietud que ante todo hay que valorar, respetar y acompañar, apostando con convicción por su libertad y su responsabilidad. La Iglesia sabe por experiencia que para renovarse necesita la contribución de ellos. Los jóvenes, en ciertos aspectos, van por delante de los pastores. La mañana de Pascua el joven discípulo que el Señor amaba llegó el primero al sepulcro, precediendo en su carrera a Pedro, que sentía el peso de la edad y de su traición (cf. Jn20,1-10); del mismo modo en la comunidad cristiana el dinamismo juvenil es una energía renovadora para la Iglesia, porque le ayuda a quitarse de encima pesadez y lentitud, y a abrirse a Cristo resucitado. Al mismo tiempo, la actitud del discípulo amado indica que es importante permanecer vinculados a la experiencia de los ancianos, reconocer el papel de los pastores y no avanzar solos. De este modo se logrará esa sinfonía de voces que es fruto del Espíritu.

Los jóvenes heridos
  1. La vida de los jóvenes, como la de todos, está marcada también por heridas. Son las heridas de las derrotas de la propia historia, de los deseos frustrados, de las discriminaciones e injusticias sufridas, del no haberse sentido amados o reconocidos. Son heridas del cuerpo y de la mente. Cristo, que ha aceptado pasar por la pasión y la muerte, se hace prójimo mediante su cruz de todos los jóvenes que sufren. Por otro lado, están las heridas morales, el peso de los propios errores, los sentimientos de culpa por haberse equivocado. Reconciliarse con las propias heridas es hoy más que nunca condición necesaria para una vida buena. La Iglesia está llamada a sostener a todos los jóvenes en sus pruebas y a promover acciones pastorales adecuadas.

Llegar a ser adultos
La edad de elegir
  1. La juventud es una fase de la vida que debe terminar, para dejar espacio a la edad adulta. Este paso no tiene lugar de modo puramente anagráfico, sino que implica un camino de maduración, que no siempre se ve facilitado por el ambiente en el que viven los jóvenes. En muchas regiones, en efecto, se ha difundido una cultura de lo provisional que favorece una prolongación indefinida de la adolescencia y el aplazamiento de las decisiones; el miedo a lo definitivo genera así una especie de parálisis en la toma de decisiones. La juventud, sin embargo, no puede ser un tiempo en suspenso: es la edad de las decisiones y precisamente en esto consiste su atractivo y su mayor cometido. Los jóvenes toman decisiones en ámbito profesional, social, político, y otras más radicales que darán una configuración determinante a su existencia. A propósito de estas últimas se habla precisamente de “decisiones para la vida”: y efectivamente es la vida misma, en su singularidad irrepetible, la que recibe su orientación definitiva.

La existencia bajo el signo de la misión
  1. El papa Francisco invita a los jóvenes a pensar la propia vida en el horizonte de la misión: «Muchas veces, en la vida, perdemos tiempo preguntándonos: “Pero, ¿quiénsoy yo?”. Y tú puedes preguntarte quién eres y pasar toda una vida buscando quién eres. Pero pregúntate: “¿Para quiénsoy yo?”». (Discurso en la Vigilia de oración en preparación para la Jornada Mundial de la Juventud, Basílica de Santa María la Mayor, 8 abril 2017). Esta afirmación ilumina de modo profundo las decisiones sobre la vida, porque recuerda que hay que asumirlas en el horizonte liberador de la entrega de uno mismo. ¡Este es el único camino para alcanzar una felicidad auténtica y duradera! Efectivamente, «la misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo» (Francisco, Evangelii gaudium, 273).

Una pedagogía capaz de interpelar
  1. La misión es una brújula segura para el camino de la vida, pero no es un “GPS”, que muestra por adelantado todo el recorrido. La libertad siempre conlleva una dimensión de riesgo que hay que valorizar con decisión y acompañar con gradualidad y sabiduría. Muchas páginas del Evangelio nos muestran a Jesús que invita a atreverse, a ir mar adentro, a pasar de la lógica de la observancia de los preceptos a la lógica del don generoso e incondicional, sin esconder la exigencia de cargar consigo la propia cruz (cf. Mt16,24). Es radical: «Él lo da todo y pide todo: da un amor total y pide un corazón indiviso» (Francisco, Homilía,14 octubre 2018). Evitando despertar falsas ilusiones en los jóvenes con propuestas reducidas al mínimo o sofocarlos con un conjunto de reglas que dan una imagen estrecha y moralista del cristianismo, estamos llamados a invertir en su audacia y a educarlos para que asuman sus responsabilidades, seguros de que incluso el error, el fracaso y las crisis son experiencias que pueden fortalecer su humanidad.

El verdadero sentido de la autoridad
  1. Para cumplir un verdadero camino de maduración los jóvenes necesitan a adultos con autoridad. En su significado etimológico la auctoritasindica la capacidad de hacer crecer; no expresa la idea de un poder directivo, sino de una verdadera fuerza generadora. Cuando Jesús se encontraba con los jóvenes, en cualquier estado y condición que estuvieran, también cuando estaban muertos, de un modo u otro les decía: “¡Levántate! ¡Crece!”; y su palabra realizaba lo que decía (cf. Mc5,41; Lc7,14). En el hecho de la curación del epiléptico endemoniado (cf. Mc9,14-29), que evoca tantas formas de alienación de los jóvenes de hoy, queda claro que Jesús no le estrecha la mano para quitarle la libertad sino para activarla, para liberarla. Jesús ejerce plenamente su autoridad, sin ser posesivo, ni ejercer manipulación ni seducción: lo único que quiere es que el joven crezca.

El vínculo con la familia
  1. La familia es la primera comunidad de fe en la que, a pesar de los límites y carencias, el joven experimenta el amor de Dios y comienza a discernir su propia vocación. Los Sínodos anteriores, y la sucesiva Exhortación apostólica Amoris laetitia, no cesan de resaltar que la familia, como Iglesia doméstica, tiene el cometido de vivir la alegría del Evangelio en la vida cotidiana y hacer partícipe de esta a todos los miembros según su condición, a la vez que permanece abierta a la dimensión vocacional y misionera.
Sin embargo, las familias no siempre educan a los hijos a mirar hacia el futuro con una lógica vocacional. A veces la búsqueda de prestigio social o del éxito personal, la ambición de los padres o la tendencia a determinar las elecciones de los hijos invaden el espacio del discernimiento y condicionan sus decisiones. El Sínodo reconoce la necesidad de ayudar a las familias a asumir de modo más claro una concepción de la vida como vocación. El relato evangélico de Jesús adolescente (cf. Lc2,41-52), sumiso a sus padres pero capaz de separarse de ellos para ocuparse de las cosas del Padre, es un valioso ejemplo que arroja luz para vivir de modo evangélico las relaciones familiares.

Llamados a la libertad
El Evangelio de la libertad
  1. La libertad es condición esencial para toda auténtica decisión sobre la vida. Sin embargo, existe el riesgo de entenderla mal, entre otras cosas porque no siempre se presenta adecuadamente. La propia Iglesia acaba apareciendo para muchos jóvenes como una institución que impone reglas, prohibiciones y obligaciones. Cristo, en cambio, «nos ha liberado para la libertad» (Ga5,1), haciéndonos pasar del régimen de la ley al del Espíritu. A la luz del Evangelio, hoy es oportuno reconocer más claramente que la libertad es constitutivamente relacional y mostrar que las pasiones y las emociones son relevantes en la medida en que orientan hacia el auténtico encuentro con el otro. Esta perspectiva demuestra con claridad que la verdadera libertad es comprensible y posible solamente en relación a la verdad (cf. Jn8,31-32) y sobre todo a la caridad (cf. 1Co13,1-13; Ga5,13): la libertad es ser uno mismo en el corazón de otro.

Una libertad como respuesta
  1. Mediante la fraternidad y la solidaridad vividas, especialmente con los últimos, los jóvenes descubren que la auténtica libertad nace de sentirse acogidos y crece, dejando espacio al otro. Hacen una experiencia análoga cuando se comprometen a cultivar la sobriedad o el respeto al medio ambiente. La experiencia del reconocimiento recíproco y del compromiso compartido los lleva a descubrir que en su corazón habita una llamada silenciosa al amor que proviene de Dios. De este modo, es fácil reconocer la dimensión trascendente que la libertad lleva originariamente consigo y que en contacto con las experiencias más intensas de la vida —el nacimiento y la muerte, la amistad y el amor, la culpa y el perdón— se despierta más claramente. Son precisamente estas experiencias las que ayudan a reconocer que la naturaleza de la libertad es radicalmente una respuesta.

La libertad y la fe
  1. Hace más de 50 años, san Pablo VI introdujo la expresión «diálogo de la salvación» e interpretó la misión del Hijo en el mundo como expresión de un «formidable requerimiento de amor». Añade, sin embargo, que somos «libres para acogerlo o rechazarlo» (Ecclesiam suam, 36). En esta perspectiva, el acto de fe personal aparece como libre y liberador: será el punto de partida para irse apropiando gradualmente de los contenidos de la fe. La fe pues no constituye un elemento que se añade externamente a la libertad, sino que es cumplimiento del anhelo de la conciencia de verdad, de bien y de belleza, que se encuentran plenamente en Jesús. El testimonio de tantos jóvenes mártires del pasado y del presente, que ha resonado con fuerza en el Sínodo, es la prueba más convincente de que la fe nos hace libres respecto a los poderes del mundo, de sus injusticias e incluso frente a la muerte.

La libertad herida y redimida
  1. La libertad humana está marcada por las heridas del pecado personal y de la concupiscencia. Pero cuando, gracias al perdón y a la misericordia, la persona toma conciencia de los obstáculos que la apresan, crece en madurez y puede empeñarse con más lucidez en las decisiones definitivas de la vida. En una perspectiva educativa, es importante ayudar a los jóvenes a no desalentarse frente a errores y fracasos, aunque sean humillantes, porque forman parte integrante del camino hacia una libertad más madura, consciente de la propia grandeza y debilidad.
El mal no tiene la última palabra: «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo unigénito» (Jn3,16). Él nos amó hasta el final y rescató así nuestra libertad. Muriendo por nosotros en la cruz derramó su Espíritu, y «donde está el Espíritu del Señor hay libertad» (2Co3,17): una libertad nueva, pascual, que se cumple en la entrega cotidiana de sí.

Capítulo II
El misterio de la vocación

La búsqueda de la vocación
Vocación, viaje y descubrimiento
  1. El relato de la llamada de Samuel (cf. 1Sm3,1-21) permite darse cuenta de cuáles son los rasgos fundamentales del discernimiento: la escucha y el reconocimiento de la iniciativa divina, una experiencia personal, una comprensión progresiva, un acompañamiento paciente y respetuoso del misterio en acto, una destinación comunitaria. La vocación no se impone a Samuel como un destino que debe padecer; es una propuesta de amor, un envío misionero en una historia cotidiana de confianza recíproca.
Para el joven Samuel, así como para cada hombre y mujer, la vocación, aunque tenga momentos fuertes y privilegiados, conlleva un largo viaje. La palabra del Señor exige tiempo para ser comprendida e interpretada; la misión a la que llama se va desvelando gradualmente. A los jóvenes les fascina la aventura del descubrimiento progresivo de sí mismos. Aprenden de buena gana de las actividades que desempeñan y de los encuentros y las relaciones, implicándose en la vida cotidiana. Sin embargo, necesitan que se les ayude a dar unidad a las diversas experiencias y a leerlas desde una perspectiva de fe, venciendo el riesgo de la dispersión y reconociendo los signos a través de los que Dios habla. En el descubrimiento de la vocación, no todo está claro en seguida, porque la fe «“ve” en la medida en que camina, en que se
adentra en el espacio abierto por la Palabra de Dios» (Francisco, Lumen fidei, 9).

Vocación, gracia y libertad
  1. A lo largo de los siglos, la comprensión teológica del misterio de la vocación ha conocido acentos diversos, según el contexto social y eclesial en el que se elaboraba el tema. En cualquier caso cabe reconocer el carácter analógico del término “vocación” y las numerosas dimensiones que connotan la realidad que este designa. Esto lleva a poner en evidencia algún aspecto concreto que no siempre ha sido visto en una perspectiva que salvaguardase con equilibrio la complejidad del conjunto. Para entender en profundidad el misterio de la vocación que tiene en Dios su origen último, estamos pues llamados a purificar nuestro imaginario y nuestro lenguaje religioso, recuperando la riqueza y el equilibrio de la narración bíblica. El entramado entre la elección divina y la libertad humana, en particular, hay que concebirlo fuera de todo determinismo y de todo extrinsecismo. La vocación no es ni un guión ya escrito que el ser humano debería simplemente recitar ni una improvisación teatral sin esquema. Puesto que Dios nos llama a ser amigos y no siervos (cf. Jn15,13), nuestras elecciones concurren realmente a la realización histórica de su proyecto de amor. La economía de la salvación, por otra parte, es un Misterio que nos supera infinitamente; por esto solo si escuchamos al Señor sabremos qué papel estamos llamados a tener en ella. Vista con esta luz, la vocación aparece realmente como un don de gracia y de alianza, como el secreto más bello y valioso de nuestra libertad.

Creación y vocación
  1. Afirmando que todo fue creado por medio de Cristo y para él (cf. Col 1,16), la Escritura orienta a leer el misterio de la vocación como una realidad que marca la creación de Dios. Dios ha creado con su palabra, que “llama” al ser y a la vida, y después “distingue” en el caos lo indistinto, imprimiendo al cosmos la belleza del orden y la armonía de la diversidad. San Pablo VI ya había afirmado que «toda vida es vocación» (cf. Populorum progressio, 15), y Benedicto XVI insistió en que el ser humano es creado como ser en diálogo: la palabra creadora «llama a cada uno personalmente, manifestando así que lavida misma es vocación en relación con Dios» (cf. Verbum Domini, 77).
Para una cultura vocacional
  1. Hablar de la existencia humana en términos vocacionales permite poner de relieve algunos elementos que son muy importantes para el crecimiento de un joven: significa excluir que esté determinado por el destino o sea fruto de la casualidad, así como que sea un bien privado a gestionar de modo autónomo. En el primer caso no hay vocación, porque no hay reconocimiento de un destino digno de la existencia, mientras que en el segundo caso, un ser humano pensado “sin vínculos” se convierte en alguien “sin vocación”. Por esto es importante crear las condiciones para que en todas las comunidades cristianas, a partir de la conciencia bautismal de sus miembros, se desarrolle una verdadera cultura vocacional y un constante compromiso de oración por las vocaciones.

La vocación a seguir a Jesús
El atractivo de Jesús
  1. Muchos jóvenes se sienten atraídos por la figura de Jesús. Su vida les parece buena y bella, porque es pobre y sencilla, hecha de amistades sinceras y profundas, entregada por sus hermanos y hermanas con generosidad, nunca cerrada a nadie sino siempre disponible a donarse. La vida de Jesús sigue siendo hoy profundamente atractiva y fuente de inspiración;  para todos los jóvenes es una provocación que interpela. La Iglesia sabe que esto se debe al hecho que Jesús vive un vínculo profundo con cada ser humano, porque «Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación» (Gaudium et spes, 22).

Fe, vocación y discipulado
  1. De hecho Jesús no solo fascinó con su vida, sino que también llamó explícitamente a la fe. Encontró a hombres y mujeres que reconocieron en sus gestos y en sus palabras el modo correcto de hablar de Dios y de relacionarse con él, accediendo a la fe que lleva a la salvación: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz» (Lc8,48). Otros que se encontraron con él, en cambio, fueron llamados a ser sus discípulos y testigos. Él no escondió a quien quería ser su discípulo la exigencia de cargar cada día con la propia cruz y de seguirlo por un camino pascual de muerte y resurrección. La fe testimonial sigue viviendo en la Iglesia, signo e instrumento de salvación para todos los pueblos. La pertenencia a la comunidad de Jesús siempre ha conocido diversas formas de seguimiento. La mayoría de los discípulos vivió la fe en las condiciones ordinarias de la vida cotidiana; otros, en cambio, incluidas algunas figuras femeninas, compartieron la existencia itinerante y profética del Maestro (cf. Lc8,1-3); desde el principio los apóstoles tuvieron un papel especial en la comunidad y los asoció a su ministerio de guía y de predicación.

La Virgen María
  1. Entre todas las figuras bíblicas, que ilustran el misterio de la vocación, es preciso contemplar de modo singular la de María. Mujer joven que con su “sí” hizo posible la Encarnación, creando las condiciones para que cualquier otra vocación eclesial se pudiese generar, ella es la primera discípula de Jesús y el modelo de todo discipulado. En su peregrinación de fe, María siguió a su Hijo hasta los pies de la cruz, y después de la resurrección acompañó a la Iglesia naciente a Pentecostés. Como madre y maestra misericordiosa sigue acompañando a la Iglesia e implorando al Espíritu que vivifique toda vocación. Es por tanto evidente que el “principio mariano” tienen un rol eminente e ilumina toda la vida de la Iglesia en sus diversas manifestaciones. Al lado de la Virgen, también la figura de su esposo José constituye un modelo ejemplar de respuesta vocacional.

Vocación y vocaciones
Vocación y misión de la Iglesia
  1. No es posible entender en plenitud el significado de la vocación bautismal si no se considera que esta es para todos, sin excluir a nadie, una llamada a la santidad. Esta llamada implica necesariamente la invitación en participar a la misión  de la Iglesia, que tiene como finalidad fundamental la comunión con Dios y entre todas las personas. Las vocaciones eclesiales, en efecto, son expresiones múltiples y articuladas mediante las que la Iglesia realiza su llamada a ser signo real del Evangelio acogido en una comunidad fraterna. Las diversas formas de seguimiento de Cristo expresan, cada una de un modo propio, la misión de testimoniar el acontecimiento de Jesús, en el que todo hombre y toda mujer encuentra la salvación.

La variedad de los carismas
  1. San Pablo habla repetidas veces en sus cartas de este tema, recordando la imagen de la Iglesia como cuerpo constituido por varios miembros y poniendo de relieve que cada miembro es necesario, y al mismo tiempo relativo al conjunto, ya que solo la unidad de todos hace que el cuerpo sea vivo y armónico. El apóstol descubre el origen de esta comunión en el mismo misterio de la Santísima Trinidad: «Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos» (1Co12,4-6). El Concilio Vaticano II y el magisterio sucesivo dan indicaciones importantes para elaborar una correcta teología de los carismas y de los ministerios en la Iglesia, a fin de acoger con reconocimiento y valorizar con sabiduría los dones de gracia que el Espíritu continuamente hace surgir en la Iglesia para rejuvenecerla.

Profesión y vocación
  1. Muchos jóvenes viven la orientación profesional en un horizonte vocacional. No es raro que se rechacen propuestas de trabajo atractivas porque no están en línea con los valores cristianos, y la elección de los itinerarios formativos se hace preguntándose cómo sacar fruto de los talentos personales al servicio del Reino de Dios. Para muchos el trabajo es ocasión para reconocer y valorar los dones recibidos: de este modo, hombres y mujeres participan activamente en el misterio trinitario de la creación, redención y santificación.

La familia
  1. Las dos recientes Asambleas sinodales sobre la familia, a las que siguió la Exhortación apostólica Amoris Laetitia, ofrecieron una rica contribución sobre la vocación de la familia en la Iglesia y la aportación insustituible que las familias están llamadas a dar como testimonio del Evangelio mediante el amor recíproco, la procreación y la educación de los hijos. Hay que volver a la riqueza que presentan los recientes documentos, a la vez que hay que recordar la importancia de retomar el mensaje para descubrir de nuevo y hacer comprensible a los jóvenes la belleza de la vocación nupcial.

La vida consagrada
  1. El don de la vida consagrada que el Espíritu suscita en la Iglesia, tanto en su forma contemplativa como en su forma activa, tiene un especial valor profético, ya que es testimonio gozoso de la gratuidad del amor. Cuando las comunidades religiosas y las nuevas fundaciones viven auténticamente la fraternidad se convierten en escuelas de comunión, centros de oración y de contemplación, lugares de testimonio de diálogo intergeneracional e intercultural y espacios para la evangelización y la caridad. La misión de muchos consagrados y consagradas que cuidan de los últimos en las periferias del mundo manifiesta concretamente la dedicación de una Iglesia en salida. Pese a que en algunas regiones se experimente una disminución numérica y la fatiga del envejecimiento, la vida consagrada sigue siendo fecunda y creativa, en corresponsabilidad con numerosos laicos que comparten el Espíritu y la misión de los diversos carismas. La Iglesia y el mundo no pueden prescindir de este don vocacional, que constituye un gran recurso para nuestro tiempo.

El ministerio ordenado
  1. La Iglesia ha tenido siempre un cuidado especial por las vocaciones al ministerio ordenado, consciente de que este último es un elemento constitutivo de su identidad y es necesario para la vida cristiana. Por esta razón ha cultivado siempre una atención específica a la formación y al acompañamiento de los candidatos al presbiterado. La preocupación de muchas Iglesias por la disminución numérica de vocaciones al ministerio ordenado hace que sea necesaria una nueva reflexión sobre la vocación y sobre una pastoral vocacional que sepa mostrar el atractivo de la persona de Jesús y de su llamada a ser pastores de su rebaño. También la vocación al diaconado permanente requiere mayor atención, porque constituye un recurso del que todavía no se han desarrollado todas las potencialidades.

La condición de los “single”
  1. El Sínodo ha reflexionado acerca de la condición de las personas “single”, reconociendo que con este término se pueden indicar situaciones de vida muy diversas entre ellas. Tal situación puede depender de muchas razones, voluntarias o involuntarias, y de factores culturales, religiosos y sociales. Por tanto, puede expresar una gama de recorridos muy amplia. La Iglesia reconoce que tal condición, asumida en una lógica de fe y de don, puede convertirse en uno de los muchos caminos mediante los que se realiza la gracia del Bautismo y se camina hacia la santidad a la que todos estamos llamados.

Capítulo III
La misión de acompañar

La Iglesia que acompaña
Frente a las decisiones
  1. En el mundo contemporáneo, caracterizado por un pluralismo cada vez más evidente y por una diversidad de opciones cada vez más amplia, la cuestión sobre la elección se plantea con especial fuerza y a diversos niveles, sobre todo frente a itinerarios de vida cada vez menos claros, caracterizados por una gran precariedad. De hecho, los jóvenes a menudo se mueven entre planteamientos extremos e ingenuos: o se consideran a merced de un destino ya escrito e inexorable, o se sienten arrollados por un ideal abstracto de excelencia, en el marco de una competición desordenada y violenta.
Acompañar para tomar decisiones válidas, estables y bien fundadas es pues un servicio del que la gran mayoría siente la necesidad. Estar presente, sostener y acompañar el itinerario para hacer elecciones auténticas es un modo que tiene la Iglesia de ejercer su función materna, generando la libertad de los hijos de Dios. Este servicio no es otro que la continuación del actuar del Dios de Jesucristo con su pueblo: mediante una presencia constante y cordial, una proximidad entregada y amorosa, y una ternura sin límites.

Partir juntos el pan
  1. Como enseña la narración de los discípulos de Emaús, acompañar requiere la disponibilidad a hacer juntos un tramo del camino, entablando una relación significativa. El origen del término “acompañar” remite al pan partido y compartido (cum pane), con toda la riqueza simbólica humana y sacramental de esta remisión. Es, por tanto, la comunidad en su conjunto el primer sujeto del acompañamiento, precisamente porque en su seno se desarrolla la trama de relaciones que puede sostener a la persona en su camino y ofrecerle puntos de referencia y de orientación. El acompañamiento en el crecimiento humano y cristiano hacia la vida adulta es una de las formas con las que la comunidad se muestra capaz de renovarse y de renovar el mundo.
La Eucaristía es memoria viva del evento pascual, lugar privilegiado de la evangelización y de la transmisión de la fe con vistas a la misión. En la asamblea reunida en la celebración eucarística, la experiencia de sentirse personalmente “tocados”, educados y curados por Jesús acompaña a cada persona en su camino de crecimiento.

Ambientes y roles
  1. Además de los miembros de la familia, están llamadas a desempeñar un papel de acompañamiento todas las personas significativas en los diversos ámbitos de la vida de los jóvenes, como maestros, animadores, entrenadores y otras figuras de referencia, incluso profesionales. Sacerdotes, religiosos y religiosas, aunque no tienen el monopolio del acompañamiento, tienen un cometido específico que deriva de su vocación y que deben redescubrir, como han pedido los jóvenes presentes en la Asamblea sinodal, en nombre de muchos otros. La experiencia de algunas Iglesias destaca el papel de los catequistas como acompañantes de las comunidades cristianas y de sus miembros.

Acompañar la inserción en la sociedad
  1. El acompañamiento no puede limitarse al camino de crecimiento espiritual y a las prácticas de la vida cristiana. Resulta igualmente provechoso el acompañamiento a lo largo del camino de progresiva asunción de responsabilidad en la sociedad, por ejemplo en ámbito profesional o de compromiso sociopolítico. En este sentido la Asamblea sinodal recomienda la valorización de la doctrina social de la Iglesia. En el seno de sociedades y de comunidades eclesiales cada vez más interculturales y multirreligiosas, es necesario un acompañamiento específico en relación con la diversidad, que la valorice como enriquecimiento recíproco y posibilidad de comunión fraterna, contra una doble tentación: la de replegarse en la propia identidad y la del relativismo.

El acompañamiento comunitario, de grupo y personal
Una tensión fecunda
  1. Hay una complementariedad constitutiva entre el acompañamiento personal y el comunitario, que toda espiritualidad o sensibilidad eclesial está llamada a articular de manera original. El acompañamiento personal directo resultará particularmente fecundo sobre todo en algunos momentos especialmente delicados, por ejemplo la fase del discernimiento respecto a decisiones fundamentales para la vida o a momentos críticos. En cualquier caso, será importante también en la vida cotidiana como camino para profundizar en la relación con el Señor.
Además, se hace hincapié en la urgencia de acompañar personalmente a seminaristas y jóvenes sacerdotes, religiosos en formación, así como a las parejas en el camino de preparación al matrimonio y en los primeros años después de la celebración del sacramento, inspirándose en el catecumenado.

El acompañamiento comunitario y de grupo
  1. Jesús acompañó al grupo de sus discípulos compartiendo con ellos la vida de todos los días. La experiencia comunitaria pone de relieve la calidad y los límites de toda persona y hace crecer la conciencia humilde, pues sin compartir los dones recibidos para el bien de todos no es posible seguir al Señor.
Esta experiencia continúa en la práctica de la Iglesia, ya que los jóvenes participan en grupos, movimientos y asociaciones de distinta naturaleza, donde experimentan un ambiente cálido y acogedor, y aquellas relaciones intensas que anhelan. Ser miembros de realidades de este tipo resulta particularmente importante una vez completado el itinerario de iniciación cristiana, porque ofrece a los jóvenes el espacio para proseguir la maduración de su vocación cristiana. En estos ambientes hay que alentar la presencia de pastores, a fin de garantizar un acompañamiento adecuado.
En los grupos, educadores y animadores representan un punto de referencia en términos de acompañamiento, mientras que las relaciones de amistad que se desarrollan en ese ámbito constituyen el lugar para un acompañamiento entre iguales.

El acompañamiento espiritual personal
  1. El acompañamiento espiritual es un proceso que desea ayudar a la persona a integrar progresivamente las diversas dimensiones de la vida para seguir a Jesús Nuestro Señor. En este proceso se articulan tres instancias: la escucha de la vida, el encuentro con Jesús y el diálogo misterioso entre la libertad de Dios y la de la persona. Quien acompaña acoge con paciencia, suscita las preguntas más profundas y reconoce los signos del Espíritu en la respuesta de los jóvenes.
En el acompañamiento espiritual personal se aprende a reconocer, interpretar y elegir desde la perspectiva de la fe, escuchando todo lo que el Espíritu sugiere dentro de la vida de cada día (cf. Francisco, Evangelii gaudium, 169-173). El carisma del acompañamiento espiritual, como se ve también en la tradición, no está necesariamente vinculado al ministerio ordenado. Nunca hubo tanta necesidad como hoy de directores espirituales, padres y madres con una profunda experiencia de fe y de humanidad, y no solo preparados intelectualmente. El Sínodo anhela que en este ámbito se vuelva a descubrir también el gran y fecundo recurso de la vida consagrada, en particular la femenina, y de laicos, adultos y jóvenes bien formados.

Acompañamiento y sacramento de la Reconciliación
  1. El sacramento de la Reconciliación desempeña un papel indispensable para proceder en la vida de fe, marcada no solo por el límite y la fragilidad, sino también por el pecado. El ministerio de la Reconciliación y el acompañamiento espiritual deben distinguirse adecuadamente, porque tienen finalidades y formas diferentes. Pastoralmente es oportuna una gradualidad sana y sabia en los itinerarios penitenciales, en la que participe una pluralidad de figuras educativas, que ayuden a los jóvenes a leer su vida moral, a madurar un correcto sentido del pecado y sobre todo a abrirse a la alegría liberadora de la misericordia.

Un acompañamiento integral
  1. El Sínodo  reconoce también la necesidad de promover un acompañamiento integral, en el que los aspectos espirituales estén bien integrados con los aspectos humanos y sociales. Como explica el papa Francisco, «el discernimiento espiritual no excluye los aportes de sabidurías humanas, existenciales, psicológicas, sociológicas o morales. Pero las trasciende» (Gaudete et exsultate, 170). Se trata de elementos que hay que entender de manera dinámica y respetando las distintas espiritualidades y culturas, sin exclusiones y sin confusiones.
El acompañamiento psicológico o psicoterapéutico, si está abierto a la trascendencia, puede resultar fundamental para un camino de integración de la personalidad, y hacer posible un crecimiento vocacional volviendo a abrir algunos aspectos de la personalidad que estaban cerrados o bloqueados. Los jóvenes viven toda la riqueza y la fragilidad de “estar en construcción”. La elaboración psicológica no solo podría ayudar a recorrer con paciencia la propia historia, sino también a replantearse preguntas para alcanzar un equilibrio afectivo más estable.

El acompañamiento en la formación al ministerio ordenado y a la vida consagrada
  1. Al acoger a los jóvenes en las casas de formación o los seminarios es importante comprobar que exista un arraigo suficiente a una comunidad, una estabilidad en las relaciones de amistad con los coetáneos, en el compromiso con el estudio y el trabajo, en el contacto con la pobreza y el sufrimiento. En el acompañamiento espiritual es decisivo iniciar en la oración y en el trabajo interior, aprendiendo el discernimiento ante todo en la propia vida, también mediante formas de renuncia y de ascesis. El celibato por el Reino (cf. Mt19,12) debería ser entendido como un don a reconocer y verificar en la libertad, gozo, gratuidad y humildad, antes de la admisión a las órdenes o de la primera profesión. La contribución de la psicología hay que entenderla como una ayuda para la maduración afectiva y la integración de la personalidad, que debe incluirse en el itinerario formativo según la deontología profesional y el respeto de la libertad efectiva de quien está en proceso de formación. La figura del rector o de quien sea responsable de la formación es cada vez más importante para unificar el camino formativo, para alcanzar un discernimiento realista consultando a todas las personas implicadas en la formación y para decidir respecto a la posibilidad de interrumpir el camino formativo ayudando a proceder por otra vía vocacional.
Al término de la fase inicial de la formación, se debe asegurar la formación permanente y el acompañamiento de sacerdotes, consagrados y consagradas, sobre todo de los más jóvenes. Estos a menudo tienen que enfrentarse a retos y a responsabilidades desproporcionadas. El cometido de acompañarles no solo corresponde a los que han recibido ese encargo, sino que debe ser ejercido personalmente por obispos y superiores.


Acompañantes cualificados
Llamados a acompañar
  1. Los jóvenes nos han pedido de muchas maneras que se cualifique la figura de los acompañantes. El servicio del acompañamiento es una auténtica misión, que requiere la disponibilidad apostólica de quien lo realiza. Como Felipe el diácono, el acompañante ha de obedecer a la llamada del Espíritu saliendo y abandonando el recinto de las murallas de Jerusalén, figura de la comunidad cristiana, para dirigirse a un lugar desierto e inhóspito, tal vez peligroso; y esforzarse por alcanzar la carroza en la que viaja un forastero, encontrando el modo de entrar en relación con él, para suscitar una pregunta que quizás espontáneamente nunca hubiese sido formulada (cf. Hch8,26-40). En definitiva, acompañar requiere ponerse a disposición del Espíritu del Señor y de quien es acompañado, con todas las propias cualidades y capacidades, y después tener la valentía de hacerse a un lado con humildad.

El perfil del acompañante
  1. El buen acompañante es una persona equilibrada, de fe y de oración, que escucha y que se ha confrontado con sus debilidades y fragilidades. Por eso sabe ser acogedora con los jóvenes a quienes acompaña, sin moralismos y sin falsas indulgencias. Cuando es necesario sabe ofrecer también una palabra de corrección fraterna.
La conciencia de que acompañar es una misión que requiere un profundo arraigo en la vida espiritual lo ayudará a mantenerse libre respecto de los jóvenes que acompaña: respetará el resultado de su camino, sosteniéndolos con la oración y gozando de los frutos que el Espíritu produce en quienes le abren el corazón, sin tratar de imponer su voluntad ni sus preferencias. Asimismo, será capaz de ponerse al servicio, en lugar de ocupar el centro de la escena y asumir actitudes posesivas y manipuladoras que crean en las personas dependencia en lugar de libertad. Este profundo respeto será también la mejor garantía contra el riesgo de suplantar la personalidad y de abusos de todo tipo.

La importancia de la formación
  1. Para poder desempeñar el propio servicio, el acompañante sentirá la necesidad de cultivar su propia vida espiritual, alimentando la relación que lo vincula a Aquel que le ha confiado la misión. Al mismo tiempo necesitará sentir el apoyo de la comunidad eclesial de la que forma parte. Será importante que reciba una formación específica para este particular ministerio y que a su vez él también se beneficie de acompañamiento y de supervisión.
Por último, hay que recordar que la disponibilidad y la capacidad de trabajar en equipo son dos rasgos que caracterizan nuestra Iglesia y que son muy apreciados entre nuestros jóvenes. De este modo se logra ser más significativos, eficaces e incisivos en la formación de los jóvenes. Esta competencia en el trabajo comunitario requiere que se maduren algunas virtudes relacionales específicas: la disciplina de la escucha y la capacidad de dejar espacio al otro, la prontitud para perdonar y la disponibilidad a implicarse según una verdadera espiritualidad de comunión.

Capítulo IV
El arte de discernir

La Iglesia, lugar para el discernimiento
Una constelación de significados en la variedad de tradiciones espirituales
  1. El acompañamiento vocacional es la dimensión fundamental de un proceso de discernimiento por parte de la persona que ha de tomar una decisión. El término “discernimiento” se usa en una multitud de acepciones, si bien relacionadas entre ellas. En un sentido más general, discernimiento indica el proceso por el que se toman decisiones importantes; en un segundo sentido, más propio de la tradición cristiana y en el que nos detendremos particularmente, corresponde a la dinámica espiritual a través de la que una persona, un grupo o una comunidad intentan reconocer y aceptar la voluntad de Dios en su situación concreta: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1 Ts5,21). El discernimiento, como atención a reconocer la voz del Espíritu y a recibir su llamada, es una dimensión esencial del estilo de vida de Jesús, una actitud de fondo más que un acto puntual.
A lo largo de la historia de la Iglesia, las diferentes espiritualidades han afrontado el tema del discernimiento, con distintos acentos según las diversas sensibilidades carismáticas y épocas históricas. Durante el Sínodo hemos reconocido algunos elementos comunes, que no eliminan la diversidad de lenguajes: la presencia de Dios en la vida y en la historia de cada persona; la posibilidad de reconocer su acción; el papel de la oración, de la vida sacramental y de la ascesis; la continua confrontación con las exigencias de la Palabra de Dios; la libertad con respecto a las certezas adquiridas; la constante verificación en la vida cotidiana y la importancia de un acompañamiento adecuado.

La referencia constitutiva a la Palabra y a la Iglesia
  1. En cuanto «actitud interior que tiene su raíz en un acto de fe» (Francisco, Discurso a la 1ª Congregación General de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, 3 octubre 2018), el discernimiento remite constitutivamente a la Iglesia, cuya misión es hacer posible que cada hombre y cada mujer encuentre al Señor que ya obra en sus vidas y en sus corazones.
El contexto de la comunidad eclesial favorece un clima de confianza y de libertad en la búsqueda de la propia vocación, en un ambiente de recogimiento y de oración; ofrece una oportunidad concreta para una nueva lectura de la propia historia y para descubrir los propios dones y vulnerabilidades a la luz de la Palabra de Dios; permite confrontarse con testigos que encarnan las diferentes opciones de vida. También el encuentro con los pobres exige profundizar en lo que es esencial en la existencia, mientras que los sacramentos —en particular la Eucaristía y la Reconciliación— alimentan y sostienen a quien se encamina hacia el descubrimiento de la voluntad de Dios.
Todo discernimiento implica siempre el horizonte comunitario, no se puede limitar únicamente a la dimensión individual. Al mismo tiempo, cada discernimiento personal interpela a la comunidad, instándola a ponerse a la escucha de aquello que el Espíritu le sugiere a través de la experiencia espiritual de sus miembros: como cada creyente, también la Iglesia está en continuo proceso de discernimiento.
La conciencia en el discernimiento
Dios habla al corazón
  1. El discernimiento atrae la atención sobre lo que acontece en el corazón de cada hombre y cada mujer. En los textos bíblicos se utiliza el término “corazón” para indicar el punto central de la interioridad de la persona, donde la escucha de la Palabra de Dios la dirige constantemente, se convierte en criterio de valoración de la vida y de las decisiones (cf. Sal139). La Biblia considera la dimensión personal, pero al mismo tiempo destaca la dimensión comunitaria. Tampoco el “corazón nuevo” prometido por los profetas es un don individual, sino que concierne a todo Israel, en cuya tradición e historia de salvación está inmerso el creyente (cf. Ez36,26-27). Los Evangelios prosiguen en la misma línea: Jesús insiste en la importancia de la interioridad y sitúa en el corazón el centro de la vida moral (cf. Mt15,18-20).

La idea cristiana de conciencia
  1. El apóstol Pablo enriquece lo que la tradición bíblica ha elaborado con respecto al corazón, relacionándolo con la palabra “conciencia”, que toma de la cultura de su tiempo. En la conciencia se recibe el fruto del encuentro y de la comunión con Cristo: una transformación salvífica y el don de una nueva libertad. La tradición cristiana insiste en la conciencia como lugar privilegiado para una intimidad especial con Dios y de encuentro con él, donde su voz se hace presente: «La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella» (Gaudium et spes, 16). Esta conciencia no coincide con el sentir inmediato y superficial, ni con una «conciencia de sí mismo»: testimonia una presencia trascendente, que cada uno encuentra en su propia interioridad, pero que no posee.

La formación de la conciencia
  1. Formar la conciencia es camino de toda una vida, en el que se aprende a nutrir los sentimientos propios de Jesucristo, asumiendo los criterios de sus decisiones y las intenciones de su manera de obrar (cf. Flp2,5). Según la visión cristiana, para alcanzar la dimensión más profunda de la conciencia es importante cuidar la interioridad ante todo mediante momentos de silencio, de contemplación orante y de escucha de la Palabra, y con el sostén de la práctica sacramental y de las enseñanzas de la Iglesia. Además, se precisa una práctica habitual del bien, valorada en el examen de conciencia: un ejercicio en el que no se trata solo de identificar los pecados, sino también de reconocer la obra de Dios en la propia experiencia cotidiana, en los acontecimientos de la historia y de las culturas de las que formamos parte, en el testimonio de tantos hombres y mujeres que nos han precedido o que nos acompañan con su sabiduría. Todo ello ayuda a crecer en la virtud de la prudencia, articulando la orientación global de la existencia con elecciones concretas, con la conciencia serena de los propios dones y límites. El joven Salomón pidió este don por encima de todo (cf. 1 R3,9).

La conciencia eclesial
  1. La conciencia de todo creyente, en su dimensión más personal, está siempre relacionada con la conciencia eclesial. Solo a través de la mediación de la Iglesia y de su tradición de fe podemos acceder al rostro auténtico de Dios, que se revela en Jesucristo. Por lo tanto, el discernimiento espiritual se presenta como la labor sincera de la conciencia, en su empeño por conocer el bien posible, sobre el que decidir responsablemente el ejercicio correcto de la razón práctica, en la relación personal con Jesús Nuestro Señor y a la luz de esta.

La práctica del discernimiento
La familiaridad con el Señor
  1. El discernimiento, en cuanto encuentro con el Señor, que se hace presente en la intimidad del corazón, puede entenderse como una auténtica forma de oración. Por eso requiere tiempos adecuados de recogimiento, tanto en la normalidad de la vida cotidiana, como en momentos privilegiados como retiros, ejercicios espirituales, peregrinaciones, etc. Un discernimiento serio se alimenta de todas las ocasiones de encuentro con el Señor, profundizando en la familiaridad con él, en las diferentes formas con las que se hace presente: en los sacramentos, en particular la Eucaristía y la Reconciliación; en la escucha y la meditación de la Palabra de Dios, la Lectio divinaen la comunidad; en la experiencia fraterna en la vida común y en el encuentro con los pobres, con quienes Jesús Nuestro Señor se identifica.

Las disposiciones del corazón
  1. Abrirse a la escucha de la voz del Espíritu requiere algunas disposiciones interiores precisas: la primera es la atención del corazón, favorecida por un silencio y el vaciarse que exige la ascesis. Igualmente importantes son la conciencia, la aceptación de sí mismo y el arrepentimiento, unidos a la disponibilidad de poner orden en su vida, abandonando aquello que podría revelarse un obstáculo, y recuperar la libertad interior necesaria para tomar decisiones guiadas solo por el Espíritu Santo. Un buen discernimiento requiere también atención a los movimientos del propio corazón, crecer en la capacidad de reconocerlos y de darles nombre. Finalmente, el discernimiento requiere el valor de comprometerse en la lucha espiritual, ya que no faltarán las tentaciones y los obstáculos que el Maligno pone en nuestro camino.

El diálogo de acompañamiento
  1. Las diversas tradiciones espirituales concuerdan en que un buen discernimiento requiere una confrontación regular con un director espiritual. Expresar de forma auténtica y personal las propias experiencias favorece la claridad. Al mismo tiempo, el acompañante asume una función esencial de confrontación externa, haciéndose mediador de la presencia materna de la Iglesia. Se trata de una función delicada, ya tratada en el capítulo anterior.

La decisión y la ratificación
  1. El discernimiento, como dimensión del estilo de vida de Jesús y de sus discípulos, permite procesos concretos dirigidos a salir de la indeterminación, asumiendo la responsabilidad de las decisiones. Los procesos de discernimiento no pueden, por tanto, durar indefinidamente, tanto en los casos de caminos personales, como en aquellos comunitarios e institucionales. Después de la decisión hay una fase igualmente fundamental de realización y de verificación en la vida cotidiana. Por consiguiente, será indispensable proseguir en una fase de escucha atenta de las resonancias interiores, para captar la voz del Espíritu. En esta fase reviste una importancia específica confrontarse con lo concreto. En particular, varias tradiciones espirituales señalan el valor de la vida fraterna y del servicio a los pobres como banco de pruebas de las decisiones adoptadas y como lugar en el que la persona se manifiesta plenamente.

III PARTE
«ENSEGUIDA SE PUSIERON EN CAMINO»

  1. «Y se dijeron el uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Y, en ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecidoa Simón”. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan» (Lc 24,32-35).
Al escuchar la Palabra sentimos la alegría de un encuentro que llena el corazón, da sentido a la existencia e infunde nueva energía. Los rostros se iluminan y el caminar recupera vigor: es la luz y la fuerza de la respuesta vocacional que se convierte en misión hacia la comunidad y el mundo entero. Enseguida y sin miedo, los discípulos vuelven sobre sus pasos para ir a buscar a sus hermanos y dar testimonio de su encuentro con Jesús resucitado.

Una Iglesia joven
Un icono de resurrección
  1. En continuidad con la inspiración pascual de Emaús, el icono de María Magdalena (cf. Jn20,1-18) ilumina el camino que la Iglesia quiere recorrer con los jóvenes y para los jóvenes, como fruto de este Sínodo: un camino de resurrección que lleva al anuncio y a la misión. María Magdalena, habitada por un deseo profundo del Señor, desafiando la oscuridad de la noche, corre a buscar a Pedro y al otro discípulo; su ponerse en movimiento activa también el de ellos, su dedicación femenina anticipa la marcha de los apóstoles y les abre el camino. Al amanecer de aquel día, el primero de la semana, llega la sorpresa del encuentro: María buscó porque amaba, pero encuentra porque es amada. Jesús resucitado se deja reconocer llamándola por su nombre y le pide que lo deje, porque su Cuerpo resucitado no es un tesoro que retener, sino un Misterio para compartir. Así, ella se convierte en la primera discípula misionera, la “apóstola” de los apóstoles. Curada de sus heridas (cf. Lc8,2) es testigo de la resurrección, es la imagen de la Iglesia joven que soñamos.

Caminar con los jóvenes
  1. La pasión por buscar la verdad, el asombro ante la belleza del Señor, la capacidad de compartir y la alegría del anuncio, viven también hoy en el corazón de tantos jóvenes que son miembros vivos de la Iglesia. No se trata, pues, solo de hacer algo “por ellos”, sino de vivir en comunión “con ellos”, creciendo juntos en la comprensión del Evangelio y en la búsqueda de formas más auténticas para vivirlo y testimoniarlo. La participación responsable de los jóvenes en la vida de la Iglesia no es opcional, sino una exigencia de la vida bautismal y un elemento indispensable para la vida de toda comunidad. Las fatigas y fragilidades de los jóvenes nos ayudan a ser mejores, sus preguntas nos desafían, sus dudas ponen en cuestión la calidad de nuestra fe. También necesitamos de sus críticas, porque a menudo a través de ellas escuchamos la voz del Señor que nos pide la conversión del corazón y la renovación de las estructuras.

El deseo de alcanzar a todos los jóvenes
  1. En el Sínodo nos hemos interrogado continuamente sobre los jóvenes, teniendo presente tanto a los que forman parte de la Iglesia y trabajan activamente en ella, como a todos aquellos que tienen otras visiones de la vida, profesan otros credos o se declaran ajenos al horizonte religioso. Todos los jóvenes, sin exclusión, están en el corazón de Dios y, por lo tanto, en el corazón de la Iglesia. Reconocemos con franqueza que no siempre esta afirmación que resuena en nuestros labios encuentra una expresión real en nuestra acción pastoral: con frecuencia nos quedamos encerrados en nuestros ambientes, donde su voz no llega, o nos dedicamos a actividades menos exigentes y más gratificantes, sofocando esa sana inquietud pastoral que nos hace salir de nuestras supuestas seguridades. Y eso que el Evangelio nos pide ser audaces y queremos serlo, sin presunción y sin hacer proselitismo, dando testimonio del amor del Señor y tendiendo la mano a todos los jóvenes del mundo.

Conversión espiritual, pastoral y misionera
  1. El papa Francisco nos recuerda a menudo que esto no es posible sin un camino serio de conversión. Somos conscientes de que no se trata solamente de dar origen a nuevas actividades y no queremos escribir «planes apostólicos expansionistas, meticulosos y bien dibujados, propios de generales derrotados» (Francisco, Evangelii gaudium, 96). Sabemos que para ser creíbles debemos vivir una reforma de la Iglesia, que implica la purificación del corazón y cambios de estilo. La Iglesia debe dejarse realmente modelar por la Eucaristía que celebra, como culmen y fuente de su vida: la forma de un pan hecho de muchas espigas que partimos para la vida del mundo. El fruto de este Sínodo, la decisión que el Espíritu nos ha inspirado a través de la escucha y el discernimiento, es el de caminar con los jóvenes, yendo hacia todos para testimoniar el amor de Dios. Podemos describir este proceso hablando de sinodalidad para la misión, es decir, sinodalidad misionera:  «La puesta en acción de una Iglesia sinodal es el presupuesto indispensable para un nuevo impulso misionero que involucre a todo el Pueblo de Dios»[1]. Estamos hablando de la profecía del Concilio Vaticano II, que aún no hemos asumido en profundidad, ni desarrollado en sus implicaciones cotidianas, a lo que el papa Francisco nos ha llamado afirmando: «El camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio» (Francisco, Discurso con ocasión de la Conmemoración del 50 aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos, 17 octubre 2015). Estamos convencidos de tal elección, fruto de la oración y de la confrontación, que permitirá a la Iglesia, por la gracia de Dios, ser y aparecer más claramente como la “juventud del mundo”.

Capítulo I
La sinodalidad misionera de la Iglesia

Un dinamismo constitutivo
Los jóvenes nos piden que caminemos juntos
  1. Cuando este Sínodo decidió ocuparse de los jóvenes, la Iglesia en su conjunto tomó una opción muy concreta: considera esta misión una prioridad pastoral histórica, en la que invertir tiempo, energías y recursos. Desde el inicio del camino de preparación, los jóvenes expresaron su deseo de participar activamente, de ser apreciados y de sentirse coprotagonistas de la vida y de la misión de la Iglesia. En este Sínodo hemos hecho experiencia de que la corresponsabilidad vivida con los jóvenes cristianos es una fuente de gran alegría también para los obispos. En esta experiencia reconocemos un fruto del Espíritu que renueva continuamente la Iglesia y la llama a practicar la sinodalidad como modo de ser y de actuar, promoviendo la participación de todos los bautizados y de las personas de buena voluntad, cada uno según su edad, su estado de vida y su vocación. En este Sínodo hemos visto que la colegialidad, que une a los obispos cum Petro et sub Petroen el interés por el Pueblo de Dios, debe articularse y enriquecerse mediante la práctica de la sinodalidad en todos los niveles.

El proceso sinodal continúa
  1. El fin de las labores de la asamblea y el documento que recoge sus frutos no cierran el proceso sinodal, sino que constituyen una etapa. Puesto que las condiciones concretas, las posibilidades reales y las necesidades urgentes de los jóvenes son muy diversas según los países y continentes, aunque compartan una única fe, invitamos a las Conferencias Episcopales y a las Iglesias particulares a proseguir este recorrido, comprometiéndose en procesos de discernimiento comunitario, que incluyan también a quienes no son obispos en las deliberaciones, como hizo este Sínodo. El estilo de estos caminos eclesiales debería incluir la escucha fraterna y el diálogo intergeneracional, con el objetivo de llegar a orientaciones pastorales especialmente atentas a los jóvenes marginados y a aquellos que tienen poco o ningún contacto con las comunidades eclesiales. Deseamos que en estos itinerarios también participen las familias, los institutos religiosos, las asociaciones, los movimientos y los propios jóvenes, para que se propague la “llama” de lo que hemos vivido en estos días.

La forma sinodal de la Iglesia
  1. Gracias a la experiencia vivida, los participantes en el Sínodo son más conscientes de la importancia de una forma sinodal de la Iglesia para anunciar y transmitir la fe. La participación de los jóvenes ha contribuido a “despertar” la sinodalidad, que es una «dimensión constitutiva de la Iglesia. […] Como dice san Juan Crisóstomo, “Iglesia y Sínodo son sinónimos”, porque la Iglesia no es otra cosa que el “caminar juntos” de la grey de Dios por los senderos de la historia que sale al encuentro de Cristo el Señor» (Francisco, Discurso con ocasión de la Conmemoración del 50 aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos, 17 octubre 2015). La sinodalidad caracteriza tanto la vida como la misión de la Iglesia, que es el Pueblo de Dios —formado por jóvenes y ancianos, hombres y mujeres de cualquier cultura y horizonte— y el Cuerpo de Cristo, en el que somos miembros los unos de los otros, empezando por los marginados y los pisoteados. Durante el diálogo y mediante los testimonios, el Sínodo ha puesto de manifiesto algunos rasgos fundamentales de un estilo sinodal, al que debemos convertirnos.
  2. En las relaciones —con Cristo, con los demás, en la comunidad— es donde se transmite la fe. También con vistas a la misión, la Iglesia está llamada a asumir un rostro relacional que ponga en el centro la escucha, la acogida, el diálogo, el discernimiento común, en un camino que transforme la vida de quien forma parte de ella. «Una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha, con la conciencia de que escuchar “es más que oír”. Es una escucha recíproca en la que cada uno tiene algo que aprender. Pueblo fiel, Colegio episcopal, Obispo de Roma: cada uno en escucha de los demás; y todos en escucha del Espíritu Santo, el “Espíritu de la verdad” (Jn14,17), para conocer lo que él “dice a las Iglesias” (Ap2,7)» (Francisco, Discurso con ocasión de la Conmemoración del 50 aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos, 17 octubre 2015). Así, la Iglesia se presenta como “tienda santa” en la que se conserva el arca de la alianza (cf. Ex25): una Iglesia dinámica y en movimiento, que acompaña caminando, fortalecida por tantos carismas y ministerios. Así es como Dios se hace presente en este mundo.

Una Iglesia participativa y corresponsable
  1. Un rasgo característico de este estilo de Iglesia es la valorización de los carismas que el Espíritu concede según la vocación y el rol de cada uno de sus miembros, mediante un dinamismo de corresponsabilidad. Para activarlo hace falta una conversión del corazón y la disponibilidad a la escucha recíproca, que construya un sentimiento común efectivo. Animados por este espíritu, podremos encaminarnos hacia una Iglesia participativa y corresponsable, capaz de valorizar la riqueza de la variedad que la compone, que acoja con gratitud el aporte de los fieles laicos, incluyendo a jóvenes y mujeres, la contribución de la vida consagrada masculina y femenina, la de los grupos, asociaciones y movimientos. No hay que excluir a nadie, ni dejar que nadie se autoexcluya. Esta es la manera de evitar tanto el clericalismo, que excluye a muchos de los procesos de decisión, como la “clericalización” de los laicos, que los confina en lugar de impulsarlos hacia el compromiso misionero en el mundo.
El Sínodo pide que sea efectiva y ordinaria la participación activa de los jóvenes en los puestos de corresponsabilidad de las Iglesias particulares, como también, en los organismos de las Conferencias Episcopales y de la Iglesia universal. Asimismo, pide que se refuerce la actividad del Departamento de Jóvenes del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, mediante la constitución de un organismo de representación de los jóvenes a nivel internacional, entre otras posibilidades.

Procesos de discernimiento comunitario
  1. La experiencia de “caminar juntos” como Pueblo de Dios ayuda a entender cada vez más el sentido de la autoridad en una perspectiva de servicio. A los pastores se les pide la capacidad de hacer crecer la colaboración en el testimonio y en la misión, y de acompañar los procesos de discernimiento comunitario para interpretar los signos de los tiempos a la luz de la fe y bajo la guía del Espíritu, con la contribución de todos los miembros de la comunidad, comenzando por los marginados. Responsables eclesiales con tales capacidades requieren una formación específica en la sinodalidad. Desde este punto de vista, parece oportuno estructurar itinerarios formativos comunes entre jóvenes laicos, jóvenes religiosos y seminaristas, en particular en referencia a temáticas como el ejercicio de la autoridad o el trabajo en equipo.
Un estilo para la misión
La comunión misionera
  1. La vida sinodal de la Iglesia está fundamentalmente orientada a la misión: ella es «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen gentium, 1), hasta el día en el que Dios será «todo en todos» (1Co15,28). Los jóvenes abiertos al Espíritu pueden ayudar a la Iglesia a cumplir el tránsito pascual de salir «del “yo” entendido de manera individualista al “nosotros” eclesial, en el que cada “yo”, estando revestido de Cristo (cf. Ga2,20), vive y camina con los hermanos y las hermanas como sujeto responsable y activo en la única misión del Pueblo de Dios» (Comisión Teológica Internacional, La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia, 2 marzo 2018, 107). El mismo paso, bajo el impulso del Espíritu y con la guía de los Pastores, debe tener lugar en la comunidad cristiana, llamada a salir de la autorreferencialidad del “yo” que se preocupa de conservarse a sí mismo, para edificar un “nosotros” inclusivo de toda la familia humana y toda la creación.

Una misión en diálogo
  1. Esta dinámica fundamental tiene claras consecuencias en el modo de cumplir la misión junto a los jóvenes, que requiere comenzar un diálogo con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, con franqueza y sin rebajas. Como afirmó san Pablo VI: «La Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio» (Ecclesiam suam, 34). En un mundo marcado por la diversidad de pueblos y la variedad de culturas, “caminar juntos” es fundamental para dar credibilidad y eficacia a las iniciativas solidarias, integradoras, de promoción de la justicia, y para mostrar en qué consiste una cultura del encuentro y de la gratuidad.
Precisamente los jóvenes, que viven cotidianamente en contacto con sus coetáneos de diferentes confesiones cristianas, religiones, convicciones y culturas, estimulan a toda la comunidad cristiana a vivir el ecumenismo y el diálogo interreligioso. Esto requiere la valentía de hablar con parresia, y la humildad para escuchar, asumiendo la ascesis —y a veces el martirio— que esto implica.

Hacia las periferias del mundo
  1. La práctica del diálogo y la búsqueda de soluciones compartidas representan una prioridad clara, en un momento en el que los sistemas democráticos se enfrentan al desafío de los bajos niveles de participación y la influencia desproporcionada de pequeños grupos de interés que no son bien vistos por la población, con el peligro de derivas reduccionistas, tecnocráticas y autoritarias. La fidelidad al Evangelio orientará este diálogo en busca de cómo dar respuesta tanto al clamor de la tierra como al de los pobres (cf. Francisco, Laudato si’, 49), hacia quienes los jóvenes muestran una sensibilidad particular, introduciendo en los procesos sociales la inspiración de los principios de la doctrina social: la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción preferente por los pobres, el primado de la solidaridad, la atención a la subsidiaridad, el cuidado de la casa común. Ninguna vocación en la Iglesia puede situarse fuera de este dinamismo comunitario de salida y de diálogo y, por eso, cada esfuerzo de acompañamiento debe tener en cuenta este horizonte, reservando una atención privilegiada a los más pobres y vulnerables.

Capítulo II
Caminar juntos en la cotidianidad

De las estructuras a las relaciones
De la delegación a la implicación
  1. La sinodalidad misionera no concierne solo a la Iglesia a nivel universal. La exigencia de caminar unidos, dando un verdadero testimonio de fraternidad en una vida comunitaria renovada y más evidente, concierne ante todo a las comunidades individuales. Por ello, es necesario despertar en cada realidad local la conciencia de que somos el pueblo de Dios, responsable de encarnar el Evangelio en diferentes contextos y en todas las situaciones cotidianas. Esto implica salir de la lógica de la delegación, que tanto condiciona la acción pastoral.
Nos podemos referir, por ejemplo, a los itinerarios de catequesis para la preparación a los sacramentos, que constituyen un deber que muchas familias remiten completamente a la parroquia. Como consecuencia de esta mentalidad los jóvenes corren el riesgo de entender la fe, no como una realidad que ilumina la vida cotidiana, sino como un conjunto de nociones y reglas que pertenecen a un ámbito separado de su propia existencia. Pero es necesario caminar juntos: la parroquia necesita de la familia para que los jóvenes puedan vivir la experiencia del realismo cotidiano de la fe; la familia, a su vez, necesita del ministerio de la catequesis y de la estructura parroquial para ofrecer a los hijos una visión más orgánica del cristianismo, para introducirlos en la comunidad y abrirlos a horizontes más amplios. Por lo tanto, no basta con tener las estructuras si en ellas no se desarrollan relaciones auténticas; de hecho, lo que evangeliza es la calidad de tales relaciones.

La renovación de la parroquia
  1. La parroquia está necesariamente involucrada en este proceso, para asumir la forma de una comunidad más generativa, un ambiente desde el que se irradia la misión hacia los últimos. En esta particular coyuntura histórica diversos signos testimonian que la parroquia, en distintos casos, no logra responder a las necesidades espirituales de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sobre todo debido a algunos factores que han modificado profundamente los estilos de vida de las personas. En efecto, vivimos en una cultura “sin fronteras”, marcada por una nueva relación espacio-temporal debida a la comunicación digital y caracterizada por la continua movilidad. En este contexto, una visión de la acción parroquial delimitada por los meros confines territoriales e incapaz de atraer con propuestas diversificadas la atención de los fieles —y en particular de los jóvenes— recluirían a la parroquia en una inmovilidad inaceptable y en una repetitividad pastoral preocupante. Es necesaria, por tanto, una reflexión sobre la pastoral de la parroquia, en una lógica de corresponsabilidad eclesial y de impulso misionero, desplegando sinergias en el territorio. Solo así podrá parecer un ambiente significativo en la vida de los jóvenes.

Estructuras abiertas y descifrables
  1. En la misma dirección de una mayor apertura y participación, es importante que las distintas comunidades se planteen si los estilos de vida y el uso de las estructuras transmiten a los jóvenes un testimonio comprensible del Evangelio. La vida privada de muchos sacerdotes, monjas, religiosos y obispos es, sin duda, sobria y comprometida con la gente; pero para la mayoría es casi invisible, especialmente para los jóvenes. Muchos encuentran que nuestro mundo eclesial es difícil de descifrar; se mantienen a distancia de los roles que desempeñamos y de los estereotipos que los acompañan. Procuremos que nuestra vida ordinaria, en todas sus expresiones, sea más accesible. La cercanía efectiva, el compartir espacios y actividades, crean las condiciones para una comunicación auténtica, libre de prejuicios. Así fue como Jesús anunció su Reino y también hoy por este camino nos impulsa su Espíritu.

La vida de la comunidad
Un mosaico de rostros
  1. Una Iglesia sinodal y misionera se manifiesta a través de las comunidades locales formadas por muchos rostros. Desde el comienzo la Iglesia no ha tenido una forma rígida y uniforme, sino que se ha desarrollado como un poliedro de personas con distintas sensibilidades, procedencias y culturas. Precisamente así ha demostrado llevar en vasijas de barro, o sea en la fragilidad de la condición humana, el tesoro incomparable de la vida trinitaria. La armonía, que es un don del Espíritu, no elimina las diferencias, sino que las une generando una riqueza sinfónica. Este encuentro en la única fe entre personas diferentes constituye la condición fundamental para la renovación pastoral de nuestras comunidades. Y esto repercute en el anuncio, la celebración y el servicio, es decir, en las áreas fundamentales de la pastoral ordinaria. La sabiduría popular dice que “para educar a un niño se necesita una tribu entera”: hoy en día este principio vale para todas las áreas de la pastoral.

La comunidad en el territorio
  1. La realización efectiva de una comunidad formada por muchos rostros afecta, además, a la inserción en el territorio, a la apertura al tejido social y al encuentro con las instituciones civiles. Solo una comunidad unida y plural sabe proponerse abiertamente y llevar la luz del Evangelio a los ámbitos de la vida social que hoy representan un desafío: la cuestión ecológica, el trabajo, el apoyo a la familia, la marginación, la renovación de la política, el pluralismo cultural y religioso, el camino por la justicia y por la paz, el mundo digital. Esto ya está sucediendo en las asociaciones y en los movimientos eclesiales. Los jóvenes nos piden que no nos enfrentemos solos a estos desafíos y que dialoguemos con todos, no para obtener una porción de poder, sino para contribuir al bien común.

Kerygma y catequesis
  1. La vocación fundamental de la comunidad cristiana es anunciar a Jesucristo, crucificado y resucitado, que nos ha revelado al Padre y nos ha dado el Espíritu. Forma parte de este anuncio la invitación a los jóvenes a reconocer en su propia vida los signos del amor de Dios y a descubrir la comunidad como lugar de encuentro con Cristo. Ese anuncio constituye el fundamento —que siempre hay que mantener vivo— de la catequesis de los jóvenes y le otorga una calidad kerygmática(cf. Francisco, Evangelii gaudium, 164). Debe mantenerse vivo el compromiso de ofrecer itinerarios continuados y orgánicos que sepan integrar: un conocimiento vivo de Jesucristo y de su Evangelio, la capacidad de leer desde la fe la propia experiencia y los acontecimientos de la historia, un acompañamiento a la oración y a la celebración de la liturgia, la introducción a la Lectio divinay el apoyo al testimonio de la caridad y a la promoción de la justicia, proponiendo así una auténtica espiritualidad juvenil.
Los itinerarios catequéticos deben mostrar la íntima conexión entre la fe y la experiencia concreta diaria con el mundo de los sentimientos y de los vínculos, con las alegrías y las decepciones que se viven en el estudio y en el trabajo; saber integrar la doctrina social de la Iglesia; estar abiertos a los lenguajes de la belleza, de la música y de las diversas expresiones artísticas y a las formas de la comunicación digital. Las dimensiones de la corporeidad, de la afectividad y de la sexualidad deben tenerse muy en cuenta, puesto que existe un nexo profundo entre educación a la fe y educación al amor. En resumen, la fe debe entenderse como una práctica, es decir, como una forma de vivir en el mundo.
Es urgente que en la catequesis de los jóvenes se renueven los lenguajes y las metodologías, sin perder nunca de vista lo esencial, es decir, el encuentro con Cristo, que es el corazón de la catequesis. Han tenido una buena acogida YouCatDoCate instrumentos similares, sin descuidar los catecismos producidos por las diversas Conferencias Episcopales. También es necesario un empeño renovado respecto a los catequistas, que a menudo son jóvenes al servicio de otros jóvenes, casi sus coetáneos. Es importante cuidar adecuadamente su formación y hacer que su ministerio sea reconocido más ampliamente por la comunidad.

La centralidad de la liturgia
  1. La celebración eucarística es generadora de la vida comunitaria y de la sinodalidad de la Iglesia. Es lugar de transmisión de la fe y de formación a la misión, en el que se evidencia que la comunidad vive por la gracia y no por las obras de sus propias manos. Con las palabras de la tradición oriental podemos afirmar que la liturgia es encuentro con el Siervo divino que venda nuestras heridas y prepara para nosotros el banquete pascual, enviándonos a hacer lo mismo con nuestros hermanos y hermanas. Se debe, pues, reafirmar claramente que el compromiso de celebrar con noble sencillez y con la participación de los diferentes ministerios laicales, constituye un momento esencial en la conversión misionera de la Iglesia. Los jóvenes han demostrado ser capaces de apreciar y vivir con intensidad celebraciones auténticas en las que la belleza de los signos, el cuidado en la predicación y la participación comunitaria hablan realmente de Dios. Por tanto, es necesario favorecer su participación activa, pero manteniendo vivo el asombro por el Misterio; salir al encuentro de su sensibilidad musical y artística, pero ayudándoles a entender que la liturgia no es puramente una expresión de sí misma, sino una acción de Cristo y de la Iglesia. Igualmente importante es acompañar a los jóvenes a descubrir el valor de la adoración eucarística como una extensión de la celebración, para vivir la contemplación y la oración silenciosa.
  2. En los caminos de fe, tiene gran importancia la práctica del sacramento de la Reconciliación. Los jóvenes necesitan sentirse amados, perdonados, reconciliados y tienen una nostalgia secreta del abrazo misericordioso del Padre. Por esta razón, es fundamental que los presbíteros ofrezcan una disponibilidad generosa para la celebración de este sacramento. Las celebraciones penitenciales comunitarias ayudan a los jóvenes a acercarse a la confesión individual y hacen más explícita la dimensión eclesial del sacramento.
  3. En muchos contextos, la piedad popular desempeña un papel importante para el acceso de los jóvenes a la vida de fe de un modo práctico, sensible e inmediato. La piedad popular, que valoriza el lenguaje del cuerpo y la participación afectiva, conlleva el deseo de entrar en contacto con el Dios que salva, a menudo con la mediación de la Madre de Dios y de los santos.
La peregrinación es para los jóvenes una experiencia de camino que se convierte en metáfora de la vida y de la Iglesia: contemplando la belleza de la creación y del arte, viviendo la fraternidad y uniéndose al Señor en la oración, se dan las condiciones mejores para el discernimiento.

La generosidad de la diaconía
  1. Los jóvenes pueden contribuir a renovar el estilo de las comunidades parroquiales y a construir una comunidad fraterna y cercana a los pobres. Los pobres, los jóvenes descartados, los más afligidos, pueden ser el principio de la renovación de la comunidad. Deben ser reconocidos como sujetos de la evangelización y nos ayudan a liberarnos de la frivolidad espiritual. A menudo los jóvenes son sensibles a la dimensión de la diaconía. Muchos se ocupan activamente del voluntariado y descubren en el servicio la vía para encontrar al Señor. Dedicarse a los últimos se convierte realmente en un poner en práctica la fe, en el que se comprende ese amor “en pérdida” que es central en el Evangelio y que es el fundamento de toda la vida cristiana. Los pobres, los pequeños, los enfermos, los ancianos, son la carne de Cristo que sufre: por ello, ponerse a su servicio es una manera de encontrar al Señor y es un espacio privilegiado para el discernimiento de la propia llamada. Se pide una apertura particular, en diferentes contextos, a los migrantes y a los refugiados. Con ellos hay que trabajar en la acogida, la protección, la promoción y la integración. La inclusión social de los pobres hace de la Iglesia el hogar de la caridad.

Pastoral juvenil en clave vocacional
La Iglesia, un hogar para los jóvenes
  1. Solo una pastoral capaz de renovarse a partir del cuidado de las relaciones y del vigor de la comunidad cristiana será importante y atractiva para los jóvenes. Así la Iglesia podrá presentarse ante ellos como un hogar acogedor, caracterizado por un ambiente familiar, hecho de confianza y seguridad. El anhelo de fraternidad, que emerge de la escucha sinodal de los jóvenes, pide que la Iglesia sea «madre para todos y casa para muchos» (Francisco, Evangelii gaudium, 288): la pastoral tiene el deber de realizar en la historia la maternidad universal de la Iglesia, mediante gestos concretos y proféticos de una acogida alegre y cotidiana, que hagan de ella un hogar para los jóvenes.

La animación vocacional de la pastoral
  1. La vocación es el eje entorno al que se integran todas las dimensiones de la persona. Este principio no concierne solo a cada creyente, sino también a la pastoral en su conjunto. Por lo tanto, es muy importante explicar que, solo en la dimensión vocacional, toda la pastoral puede encontrar un principio unificador, porque en ella descubre su origen y su cumplimiento. En los caminos de conversión de la pastoral en curso, no se pide reforzar la pastoral vocacional como un sector separado e independiente, sino animar toda la pastoral de la Iglesia presentando con eficacia la variedad de las vocaciones. En efecto, el objetivo de la pastoral es ayudar a todos y a cada uno, mediante un camino de discernimiento, a alcanzar la «madurez que corresponde a la plenitud de Cristo» (Ef4,13).

Una pastoral vocacional para los jóvenes
  1. Desde el comienzo del camino sinodal, ha surgido con fuerza la necesidad de cualificar vocacionalmente la pastoral juvenil. Así, afloran dos características indispensables de una pastoral destinada a las generaciones jóvenes: es “juvenil” porque sus destinatarios se encuentran en esa edad singular e irrepetible de la vida que es la juventud; es “vocacional” porque la juventud es el momento privilegiado para tomar las decisiones de la vida y para responder a la llamada de Dios. El “carácter vocacional” de la pastoral juvenil no se debe interpretar en modo exclusivo, sino intensivo. Dios llama en todas las edades —desde el seno materno hasta la vejez—, pero la juventud es el momento privilegiado para la escucha, la disponibilidad y la acogida de la voluntad de Dios.
El Sínodo adelanta la propuesta de que, a nivel de Conferencia Episcopal Nacional, se predisponga un “Directorio de pastoral juvenil” en clave vocacional, que pueda ayudar a los responsables diocesanos y a los agentes locales a especializar su formación y su acción con los jóvenes y para los jóvenes.

De la fragmentación a la integración
  1. Aún reconociendo que la planificación por sectores pastorales es necesaria para evitar la improvisación, en varias ocasiones los Padres sinodales han expresado su preocupación por una cierta fragmentación de la pastoral de la Iglesia. En particular, se han referido a varias pastorales relacionadas con los jóvenes: pastoral juvenil, familiar, vocacional, escolar y universitaria, social, cultural, caritativa, del ocio, etc. La multiplicación de sectores muy especializados, pero a veces separados, no favorece que la propuesta cristiana sea significativa. En un mundo fragmentado, que produce dispersión y multiplica las realidades a las que es posible adherirse, los jóvenes necesitan ayuda para unificar su vida, leyendo en profundidad las experiencias cotidianas y discerniéndolas. Si esta es la prioridad, es necesario desarrollar una mayor coordinación e integración entre los diversos ámbitos, pasando de un trabajo por “sectores” a un trabajo por “proyectos”.

La fructuosa relación entre eventos y vida cotidiana
  1. En muchas ocasiones durante el Sínodo se habló de la Jornada Mundial de la Juventud y también de muchos otros eventos que se llevan a cabo a nivel continental, nacional y diocesano, junto a los organizados por asociaciones, movimientos, congregaciones religiosas y por otras instancias eclesiales. Esos momentos de encuentro y de participación son muy apreciados, porque ofrecen la posibilidad de caminar en la lógica de la peregrinación, de hacer experiencia de una fraternidad con todos, de compartir con alegría la fe y de crecer en su pertenencia a la Iglesia. Para muchos jóvenes han sido experiencias de transfiguración, en la que han contemplado la belleza del rostro del Señor y han tomado importantes decisiones de vida. Los mejores frutos de estas experiencias se recogen en la vida cotidiana. Por ello es necesario plantear y realizar estas convocatorias como etapas significativas de un proceso virtuoso más amplio.

Centros juveniles
  1. Los espacios específicos de la comunidad cristiana dedicados a los jóvenes, como los oratorios, los centros juveniles y otras estructuras similares, manifiestan la pasión educativa de la Iglesia. Asumen muchas formas diferentes, pero siguen siendo ámbitos privilegiados en los que la Iglesia se convierte en un hogar acogedor para adolescentes y jóvenes, que pueden descubrir sus propios talentos y ponerlos a disposición mediante el servicio. Transmiten un patrimonio educativo muy rico, para compartir a gran escala, como sostén de las familias y de la sociedad civil.
En el dinamismo de una Iglesia en salida, sin embargo, es necesario pensar en una renovación creativa y flexible de estas realidades, pasando de la idea de los centros estáticos, a los que los jóvenes puedan ir, a la idea de sujetos pastorales en movimiento, con los jóvenes y hacia los jóvenes, capaces de salir a su encuentro en los lugares de su vida diaria —la escuela y el ambiente digital, las periferias existenciales, el mundo rural y del trabajo, la expresión musical y artística, etc.— generando un nuevo tipo de apostolado más dinámico y activo.

Capítulo III
Un nuevo impulso misionero

Algunos desafíos urgentes
  1. La sinodalidad es el método con el que la Iglesia puede encarar viejos y nuevos desafíos, a la vez que recoge y comparte los dones de todos sus miembros, comenzando por los jóvenes. Gracias al trabajo del Sínodo, en la primera parte del presente Documento hemos delineado algunos ámbitos en los que es urgente proyectar o renovar el impulso de la Iglesia para cumplir la misión que Cristo le ha encomendado, que aquí tratamos de afrontar de forma más concreta.

La misión en el entorno digital
  1. El entorno digital representa, en múltiples niveles, un desafío para la Iglesia; por lo tanto, es imprescindible ahondar en el conocimiento de sus dinámicas y de su alcance desde el punto de vista antropológico y ético. Es preciso habitarlo y promover su potencial comunicativo para el anuncio cristiano, así como impregnar del Evangelio sus culturas y sus dinámicas. Ya existen algunas experiencias en este sentido, que se deben fomentar, profundizar y compartir. La prioridad que muchos conceden a la imagen como vehículo comunicativo no puede menos que plantear preguntas sobre las modalidades de transmisión de una fe que se basa en la escucha de la Palabra de Dios y en la lectura de la Sagrada Escritura. Los jóvenes cristianos, nativos digitales como sus coetáneos, encuentran aquí una auténtica misión, en la que algunos ya están comprometidos. Por otra parte, son los mismos jóvenes quienes piden ser acompañados en el discernimiento sobre estilos de vida maduros, en un ambiente plenamente digitalizado, que permita aprovechar las oportunidades evitando los riesgos.
  2. El Sínodo desea que en la Iglesia se creen los departamentos pertinentes en los niveles adecuados, u organismos para la cultura y la evangelización digital, que, con el aporte indispensable de los jóvenes, promuevan la acción y la reflexión eclesial en este entorno. Entre sus funciones, además de favorecer el intercambio y la difusión de mejores prácticas a nivel personal y comunitario, y de desarrollar instrumentos adecuados de educación digital y de evangelización, podrían además gestionar sistemas de certificación de páginas web católicas, para contrarrestar la difusión de noticias falsas sobre la Iglesia, así como buscar el modo de persuadir a las autoridades públicas para que promuevan políticas y herramientas cada vez más estrictas para la protección de los menores en la red.

Migrantes: derribar muros y construir puentes
  1. Muchos de los migrantes son jóvenes. La Iglesia, gracias a su universalidad, ofrece una gran oportunidad para que las comunidades de origen y las de destino dialoguen, contribuyendo a superar miedos y recelos, y a consolidar los lazos que las migraciones amenazan con romper. “Acoger, proteger, promover e integrar”, los cuatro verbos con los que el papa Francisco resume las líneas de acción en favor de los migrantes son verbos sinodales.
Aplicarlos requiere la acción de la Iglesia a todos los niveles e implica a todos los miembros de las comunidades cristianas. Por su parte, los migrantes, acompañados adecuadamente, podrán ofrecer recursos espirituales, pastorales y misioneros a las comunidades que los acogen. Es particularmente importante el compromiso cultural y político, que también hay que llevar a cabo mediante las estructuras apropiadas, para luchar contra la xenofobia, el racismo y el rechazo de los migrantes. Los recursos de la Iglesia católica son vitales en la lucha contra el tráfico de personas, como resulta evidente en la tarea de muchas asociaciones religiosas. El papel del Santa Marta Group, que reúne a responsables religiosos y a las fuerzas de seguridad, es fundamental y representa una buena práctica en la que inspirarse. No hay que olvidar el compromiso de garantizar el derecho a permanecer en el propio país a aquellos que no desean emigrar pero se ven obligados a ello, ni el apoyo a las comunidades cristianas que se están vaciando a causa de las migraciones.

Las mujeres en la Iglesia sinodal
  1. Una Iglesia que busca vivir un estilo sinodal no podrá dejar de reflexionar sobre la condición y el papel de las mujeres a nivel interno y, por ende, en la sociedad. Los jóvenes lo solicitan con firmeza. Es preciso que mediante una obra valerosa de conversión cultural y de cambios en la práctica pastoral cotidiana se lleven a práctica las reflexiones ya realizadas. En este sentido, un espacio particularmente importante es la presencia femenina en todos los niveles de los órganos eclesiales, incluidos los cargos de responsabilidad, y la participación de las mujeres en los procesos de toma de decisiones eclesiales, respetando el papel del ministerio ordenado. Es un deber de justicia, que se inspira tanto en el modo como Jesús se relacionó con los hombres y las mujeres de su tiempo, como en la importancia del rol de algunas mujeres en la Biblia, en la historia de la salvación y en la vida de la Iglesia.

Sexualidad: una palabra clara, libre y auténtica
  1. En el actual contexto cultural, a la Iglesia le resulta difícil transmitir la belleza de la visión cristiana sobre la corporeidad y la sexualidad, tal y como aflora en las Sagradas Escrituras, la Tradición y el Magisterio de los últimos Papas. Por tanto, es urgente buscar modalidades más adecuadas que se traduzcan concretamente en la elaboración de nuevos caminos formativos. Es preciso proponer a los jóvenes una antropología de la afectividad y de la sexualidad que valore correctamente la castidad, mostrando con sabiduría pedagógica su significado más auténtico para el crecimiento de la persona, en todos los estados de vida. Se trata de centrarse en la escucha empática, en el acompañamiento y en el discernimiento, en línea con el reciente Magisterio. Para ello es necesario cuidar la formación de los agentes pastorales a fin de que sean creíbles, a partir de la maduración de sus propias dimensiones afectivas y sexuales.
  2. Hay cuestiones relativas al cuerpo, a la afectividad y a la sexualidad que requieren una elaboración antropológica, teológica y pastoral más profunda, a realizar en las modalidades y niveles más convenientes, desde el local al universal. Entre estas cuestiones están, en particular, la diferencia y la armonía entre identidad masculina y femenina, y la de las inclinaciones sexuales. En este sentido, el Sínodo afirma de nuevo que Dios ama a cada persona, como también lo hace la Iglesia, renovando su compromiso contra toda clase de discriminación y violencia sexual. Igualmente vuelve a destacar la decisiva relevancia antropológica de la diferencia y reciprocidad entre hombre y mujer, y considera restrictivo definir la identidad de las personas únicamente a partir de su «orientación sexual» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre el cuidado pastoral de las personas homosexuales, 1 octubre 1986, 16).
En muchas comunidades cristianas ya existen caminos de acompañamiento en la fe de personas homosexuales: el Sínodo recomienda facilitar esos caminos. En ellos se ayuda a las personas a leer su propia historia; a adherirse con libertad y responsabilidad a la propia llamada bautismal; a reconocer el deseo de pertenecer y contribuir a la vida de la comunidad y a discernir las mejores formas para que esto tenga lugar. De este modo se ayuda a cada joven, sin exclusiones, a integrar cada vez más la dimensión sexual en la propia personalidad, creciendo en la calidad de las relaciones y caminando hacia el don de uno mismo.

Economía, política, trabajo, casa común
  1. La Iglesia se compromete a promover la vida social, económica y política orientada a la justicia, la solidaridad y la paz, tal y como exigen los jóvenes. Esto requiere el valor de ser la voz de quienes no la tienen ante los líderes mundiales, denunciando la corrupción, las guerras, el tráfico de armas, el narcotráfico y la explotación de los recursos naturales, e invitando a la conversión a quienes son responsables de todo ello. Desde una perspectiva integral, esto no puede separarse del compromiso por la inclusión de los más frágiles, construyendo caminos que les permitan encontrar respuesta a sus necesidades y contribuir a la construcción de la sociedad.
  2. El Sínodo, consciente de que «el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia del hombre en la tierra» (S. Juan Pablo II, Laborem exercens, 4) y de que no tenerlo es humillante para muchos jóvenes, recomienda a las Iglesias locales fomentar y acompañar su inserción en este mundo, incluso a través del apoyo a iniciativas para jóvenes emprendedores. Experiencias de este tipo están extendidas en muchas Iglesias locales y se deben respaldar y potenciar.
  3. La promoción de la justicia interpela asimismo a la gestión de los bienes de la Iglesia. Los jóvenes se sienten como en casa en una Iglesia donde la economía y las finanzas se viven con transparencia y coherencia. Como se señala en la encíclica Laudato si’, es necesario tomar decisiones valientes con una perspectiva sostenible, puesto que la falta de respeto por el medio ambiente genera más pobreza, cuyas primeras víctimas son los jóvenes. Se puede cambiar los sistemas, mostrando que es posible otro modo de vivir la dimensión económica y financiera. Los jóvenes impulsan a la Iglesia a que sea profética en este campo, con palabras, pero principalmente a través de decisiones que muestren que es posible una economía respetuosa con la persona y con el medio ambiente. Juntos podemos hacerlo.
  4. Con respecto a las cuestiones ecológicas, será importante ofrecer directrices para la concreta realización de la encíclica Laudato si’ en las prácticas eclesiales. Numerosas intervenciones han resaltado la importancia de ofrecer a los jóvenes una formación con vistas a un compromiso sociopolítico y el recurso que la doctrina social de la Iglesia representa al respecto. Es preciso sostener a los jóvenes comprometidos en política y alentarles a trabajar por un cambio real de las estructuras sociales injustas.

En los contextos interculturales e interreligiosos
  1. El pluralismo cultural y religioso es una realidad que crece en la vida social de los jóvenes. Los jóvenes cristianos ofrecen un hermoso testimonio del Evangelio cuando viven la fe de un modo que transforma su vida y sus acciones cotidianas. Están llamados a abrirse a los jóvenes de otras tradiciones religiosas y espirituales, a mantener con ellos relaciones auténticas que faciliten el conocimiento recíproco y acaben con prejuicios y estereotipos. Son así pioneros de una nueva forma de diálogo interreligioso e intercultural, que contribuye a liberar a nuestras sociedades de la exclusión, del extremismo, del fundamentalismo y también de la manipulación de la religión con fines sectarios o populistas. Estos jóvenes, testigos del Evangelio, se convierten junto con sus coetáneos en promotores de una ciudadanía inclusiva de la diversidad y de un empeño religioso socialmente responsable y constructivo del vínculo social y de la paz.
Recientemente, a petición de los jóvenes, se lanzaron iniciativas para favorecer la convivencia entre personas que pertenecen a diferentes religiones y culturas, de tal modo que todos, en un clima de armonía y respetando las respectivas creencias, sean protagonistas de un compromiso común y compartido en la sociedad.

Los jóvenes por el diálogo ecuménico
  1. En cuanto al camino de reconciliación entre todos los cristianos, el Sínodo agradece el deseo de muchos jóvenes de acrecentar la unidad entre las comunidades cristianas separadas. Empeñándose en este sentido, muy a menudo los jóvenes ahondan en las raíces de la propia fe y experimentan una apertura real a lo que los demás pueden dar. Intuyen que Cristo ya nos une, a pesar de que permanezcan algunas diferencias. Como afirmó el papa Francisco durante la visita al patriarca Bartolomé en el año 2014, son los jóvenes los «que hoy nos instan a avanzar hacia la plena comunión. Y esto, no porque ignoren el significado de las diferencias que aún nos separan, sino porque saben ver más allá, son capaces de percibir lo esencial que ya nos une» (Intervención con ocasión de la Divina Liturgia, Iglesia Patriarcal de San Jorge, Estambul, 30 noviembre 2014).

Capítulo IV
Formación integral

Concreción, complejidad e integralidad
  1. La condición actual está caracterizada por una creciente complejidad de los fenómenos sociales y de la experiencia individual. En la vida concreta, los cambios en curso se influyen mutuamente y no se pueden afrontar con una mirada selectiva. En la vida real todo está conectado: la vida familiar y el compromiso profesional, el uso de las tecnologías y el modo de vivir en comunidad, la defensa del embrión humano y la del migrante. La realidad concreta nos habla de una visión antropológica de la persona como totalidad y de un modo de conocer que no separa sino que capta los nexos, aprende de la experiencia interpretándola a la luz de la Palabra, se deja inspirar por testimonios ejemplares más que por modelos abstractos. Esto requiere un nuevo criterio formativo, orientado a la integración de las perspectivas, que nos capacite para captar el nexo entre los problemas y sepa unificar las diferentes dimensiones de la persona. Este criterio está en perfecta sintonía con la visión cristiana que contempla en la encarnación del Hijo el encuentro inseparable entre lo divino y lo humano, entre la tierra y el cielo.

Educación, escuela y universidad
  1. Durante el Sínodo se insistió particularmente en la tarea decisiva e insustituible de la formación profesional, de la escuela y de la universidad, porque entre otras cosas se trata de lugares en los que la mayoría de los jóvenes pasa gran parte de su tiempo. En algunos lugares del mundo, la educación básica es la primera y la más importante demanda que los jóvenes hacen a la Iglesia. Por ello, para la comunidad cristiana ha de manifestar una presencia significativa en dichos ambientes, con docentes cualificados, capellanías específicas y un empeño cultural adecuado.
Las instituciones educativas católicas, que expresan la solicitud de la Iglesia por la formación integral de los jóvenes, merecen una reflexión particular. Son espacios valiosos para el encuentro del Evangelio con la cultura de un pueblo y para desarrollar la investigación. Están llamadas a proponer un modelo de formación capaz de poner en diálogo la fe con las preguntas del mundo contemporáneo, con las diferentes perspectivas antropológicas, con los desafíos de la ciencia y la tecnología, con los cambios en los hábitos sociales y con el compromiso por la justicia.
Se debe prestar particular atención a la promoción de la creatividad juvenil en campos como la ciencia y el arte, la poesía y la literatura, la música y el deporte, el mundo digital y el de los medios de comunicación, etc. Así los jóvenes podrán descubrir sus talentos y ponerlos a disposición de la sociedad para el bien común.

Preparar nuevos formadores
  1. La reciente Constitución apostólica Veritatis gaudiumsobre las universidades y facultades eclesiásticas propuso algunos criterios fundamentales para un proyecto formativo que esté a la altura de los desafíos actuales: la contemplación espiritual, intelectual y existencial del kerygma, el diálogo a todos los niveles, la transdisciplinariedad ejercida con sabiduría y creatividad y la necesidad urgente de “crear redes” (cf. Veritatis gaudium, 4 d). Tales principios pueden ser fuente de inspiración en el campo educativo y formativo; asumiéndolos se obtendrá, ante todo, un beneficio en la formación de nuevos educadores, ayudándolos a abrirse a una visión sapiencial y capaz de integrar experiencia y verdad. Las Universidades Pontificias desempeñan una función fundamental a nivel mundial, así como las Universidades Católicas y los centros de estudio a nivel continental y nacional. La revisión periódica, la cualificación exigente y la renovación constante de estas instituciones es una gran inversión estratégica para el bien de los jóvenes y de toda la Iglesia.

Formar discípulos misioneros
  1. El camino sinodal insiste en el deseo creciente de dar espacio y forma al protagonismo juvenil. Es evidente que el apostolado de jóvenes hacia otros jóvenes no se puede improvisar, sino que debe ser el fruto de un camino formativo serio y adecuado: ¿Cómo acompañar este proceso? ¿Cómo ofrecer a los jóvenes mejores herramientas para que sean testigos auténticos del Evangelio? Asimismo, esta pregunta coincide con el deseo de muchos jóvenes de conocer mejor su fe: de descubrir sus raíces bíblicas, entender el desarrollo histórico de la doctrina, el sentido de los dogmas y la riqueza de la liturgia. Todo esto hace posible que los jóvenes reflexionen sobre las cuestiones actuales que ponen a prueba la fe, para saber dar razón de su esperanza (cf. 1P3,15).
Por esto el Sínodo propone la valorización de las experiencias de misión juvenil, institucionalizando centros de formación para la evangelización destinados a los jóvenes y a las parejas jóvenes mediante un proceso integral que concluya enviándolos a la misión. Ya existen iniciativas de este tipo en varios territorios, pero se pide que cada Conferencia Episcopal estudie si son posibles en su contexto.

Un tiempo para acompañar en el discernimiento
  1. En el aula sinodal se ha escuchado muchas veces un llamamiento urgente a invertir en los jóvenes con generosidad pasión educativa, largo tiempo y recursos económicos. El Sínodo, recogiendo las contribuciones y los deseos manifestados durante el diálogo sinodal, y escuchando las experiencias concretas que ya se están realizando, propone firmemente a todas las Iglesias particulares, a las congregaciones religiosas, a los movimientos, a las asociaciones y a otras instancias eclesiales, que se ofrezca a los jóvenes una experiencia de acompañamiento con miras al discernimiento. Esta experiencia —cuya duración debe fijarse según el contexto y las circunstancias— se puede definir como un tiempo destinado a madurar en la vida cristiana adulta. Debería prever un tiempo prolongado para distanciarse de los ambientes y las relaciones habituales, y construirla sobre la base de tres elementos indispensables: una experiencia de vida fraterna compartida con educadores adultos que sea esencial, sobria y respetuosa de la casa común; una propuesta apostólica vigorosa y significativa que se viva conjuntamente y una propuesta de espiritualidad radicada en la oración y en la vida sacramental. De este modo, están todos los ingredientes necesarios para que la Iglesia pueda ofrecer a los jóvenes que lo deseen una experiencia profunda de discernimiento vocacional.

Acompañamiento al matrimonio
  1. Es preciso insistir en la importancia de acompañar a las parejas en el camino de la preparación al matrimonio, teniendo en cuenta que hay diferentes modos legítimos de organizar tales itinerarios. Como sostiene Amoris laetitia en el número 207, «no se trata de darles todo el Catecismo ni de saturarlos con demasiados temas. […] Se trata de una suerte de “iniciación” al sacramento del matrimonio que les aporte los elementos necesarios para poder recibirlo con las mejores disposiciones y comenzar con cierta solidez la vida familiar». Es importante seguir acompañando a las familias jóvenes, sobre todo en los primeros años de matrimonio, ayudándoles a ser parte activa en la comunidad cristiana.

La formación de seminaristas y consagrados
  1. La tarea específica de la formación integral de los candidatos al ministerio ordenado y a la vida consagrada masculina y femenina sigue siendo un desafío importante para la Iglesia. Se recuerda asimismo la importancia de una sólida formación cultural y teológica para los consagrados y consagradas. En cuanto a los seminarios, la primera tarea obviamente es la adopción y la traducción operativa de la nueva Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis.Durante el Sínodo surgieron algunas prioridades importantes, que conviene mencionar:
En primer lugar, la elección de los formadores: no basta con que estén culturalmente preparados, deben ser capaces de relaciones fraternas, de una escucha empática y de una profunda libertad interior. En segundo lugar, para un acompañamiento adecuado será necesario un trabajo serio y competente en equipos educativos variados en su composición, que incluyan figuras femeninas. La formación de estos equipos formativos, en los que interactúan diferentes vocaciones, es una forma pequeña, pero valiosa, de sinodalidad que repercute en la mentalidad de los jóvenes en su formación inicial. En tercer lugar, la formación debe desarrollar en los futuros pastores y consagrados la capacidad de ejercer su función de guía con autoridad y sin autoritarismo, educando a los jóvenes candidatos a darse a sí mismos a la comunidad. Debe prestarse una particular atención a algunos criterios formativos como: superar el clericalismo, la capacidad del trabajo en equipo, la sensibilidad por los pobres, la transparencia de vida y la disponibilidad a dejarse acompañar. En cuarto lugar, la seriedad del discernimiento inicial, porque muchas veces los jóvenes que se presentan en los seminarios o en las casas de formación son acogidos sin un conocimiento adecuado y profundo de su persona y de su historia. La cuestión es particularmente delicada en el caso de los “seminaristas errantes”: la inestabilidad relacional y afectiva y la falta de arraigo eclesial son señales peligrosas. Desatender la normativa eclesial al respecto constituye un comportamiento irresponsable, que puede tener consecuencias muy graves para la comunidad cristiana. Un quinto punto se refiere a la consistencia numérica de las comunidades de formación: en aquellas demasiado grandes se corre el peligro de la despersonalización del itinerario y de un conocimiento inadecuado de los jóvenes en camino, mientras que aquellas demasiado pequeñas corren el peligro de ser asfixiantes y de estar sometidas a lógicas de dependencia; en estos casos, la mejor solución es constituir seminarios interdiocesanos o casas de formación compartidas entre varias provincias religiosas, con proyectos formativos claros y responsabilidades bien definidas.
  1. El Sínodo enuncia tres propuestas para favorecer la renovación.
La primera se refiere a la formación conjunta de laicos, consagrados y sacerdotes. Es importante mantener a los jóvenes en formación en contacto permanente con la vida cotidiana de las familias y de la comunidad, prestando especial atención a la presencia de figuras femeninas y de parejas cristianas, a fin de que la formación arraigue en lo concreto de la vida y se caracterice por un rasgo relacional capaz de interactuar con el contexto social y cultural.
La segunda propuesta implica la introducción en el currículo de preparación al ministerio ordenado y a la vida consagrada de una capacitación a la pastoral de los jóvenes mediante cursos específicos de formación y experiencias de apostolado y de evangelización.
La tercera propuesta pide que, en el contexto de un auténtico discernimiento de las personas y de las situaciones según la visión y el espíritu de la Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis, se valore la posibilidad de verificar el camino formativo en sentido experiencial y comunitario. Esto vale especialmente para la última etapa del camino que prevé la integración progresiva en la responsabilidad pastoral. Las fórmulas y las modalidades las podrán indicar las Conferencias Episcopales de cada país, por medio de sus Ratio nationalis.

Conclusión

Llamados a ser santos
  1. Las distintas vocaciones se resumen en una llamada a la santidad única y universal, que en el fondo es vivirla con la alegría del amor que resuena en el corazón de cada joven. Efectivamente, solo a partir de la única vocación a la santidad se pueden articular las diferentes formas de vida, sabiendo que Dios «nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada» (Francisco, Gaudete et exsultate, 1). La santidad encuentra su fuente perenne en el Padre, que a través de su Espíritu nos envía a Jesús, «el Santo de Dios» (Mc1,24), que ha venido a habitar entre nosotros para hacernos santos a través de la amistad con él, que llena de alegría y paz nuestra vida. Condición fundamental para toda renovación es recuperar en la pastoral ordinaria de la Iglesia el contacto vivo con la bienaventura existencia de Jesús.

Despertar al mundo con la santidad
  1. Debemos ser santos para poder invitar a los jóvenes a convertirse en santos. Los jóvenes han pedido con fuerza una Iglesia auténtica, luminosa, transparente, alegre: solo una Iglesia de santos puede estar a la altura de dichas inquietudes. Muchos la han abandonado porque no han encontrado en ella santidad, sino mediocridad, presunción, división y corrupción. Lamentablemente el mundo se muestra más indignado por los abusos de algunas personas de la Iglesia que edificado por la santidad de sus miembros: por esto la Iglesia, en su conjunto, debe efectuar un cambio de enfoque decidido, inmediato y radical. Los jóvenes necesitan de santos que formen a otros santos, mostrando así que «la santidad es el rostro más bello de la Iglesia» (Francisco, Gaudete et exsultate, 9). Existe un lenguaje que todos los hombres y las mujeres de cualquier época, lugar y cultura pueden entender, porque es inmediato y luminoso: es el lenguaje de la santidad.

Arrastrados por la santidad de los jóvenes
  1. Quedó claro desde un principio del recorrido sinodal que los jóvenes son una parte integrante de la Iglesia. Entonces lo es también su santidad, que durante las últimas décadas ha florecido de múltiples formas en todo el mundo: ha sido para nosotros conmovedor contemplar y meditar durante el Sínodo el valor de tantos jóvenes que han renunciado a su propia vida por fidelidad al Evangelio; ha sido una experiencia vivificante escuchar el testimonio de los jóvenes presentes en el Sínodo que, en medio de persecuciones, han decidido compartir la pasión del Señor Jesús. A través de la santidad de los jóvenes la Iglesia puede renovar su ardor espiritual y su vigor apostólico. El bálsamo de la santidad generada por la vida buena de tantos jóvenes puede curar las heridas de la Iglesia y del mundo, devolviéndonos a aquella plenitud del amor al que desde siempre hemos sido llamados: los jóvenes santos nos animan a volver a nuestro amor primero (cf. Ap2,4).


Votaciones de cada número del Documento Final


Con derecho a voto = 268 
Votación de la I y II parte  
 Presentes = 249     –    2/3 de los presentes = 166 
 TÍTULOPlacetNon placet
INTRODUCCIÓN
1.El evento sinodal que hemos vivido2271
2.El proceso de preparación2291
3.El Documento final de la Asamblea sinodal19143
PROEMIO 
4.Jesús camina con los discípulos de Emaús2352
I PARTE 
5.«CAMINABA CON ELLOS» 2391
Capítulo I – Una Iglesia en escucha
Escuchar y ver con empatía
6.El valor de la escucha2382
7.Los jóvenes desean ser escuchados2381
8.La escucha en la Iglesia2365
9.La escucha de los pastores y los laicos cualificados2357
Las diversidades de contextos y culturas
10.Un mundo en plural2400
11.Cambios en curso2382
12.Exclusión y marginación2401
13.Hombres y mujeres22118
14.La colonización cultural2335
Una primera mirada a la Iglesia de hoy 
15.El compromiso educativo de la Iglesia2332
16.Las actividades de la pastoral juvenil2383
17.El peso de la gestión administrativa22016
18.La situación de las parroquias2289
19.La iniciación a la vida cristiana2392
20.La formación de seminaristas y consagrados22712
Capítulo II – Tres ejes cruciales
Las novedades del ambiente digital 
21.Una realidad omnipresente2353
22.La red de las oportunidades2313
23.El lado oscuro de la red2322
24.El lado oscuro de la red (bis)2353
Los inmigrantes como paradigma de nuestro tiempo
25.Un fenómeno multiforme2317
26.Violencia y vulnerabilidad2345
27.Historias de separación y de encuentro2343
28.El papel profético de la Iglesia2353
Reconocer y reaccionar a todo tipo de abusos
29.Aclarar la verdad y pedir perdón20830
30.Ir a la raíz20431
31.Gratitud y aliento2348
Capítulo III – Identidad y relaciones
Familia y relaciones entre generaciones 
32.La familia punto de referencia privilegiado2372
33.La importancia de la maternidad y la paternidad22218
34.Las relaciones entre las generaciones2371
35.Jóvenes y raíces culturales2334
36.Amistad y relaciones entre pares2392
Cuerpo y afectividad 
37.Cambios en curso20633
38.La recepción de las enseñanzas morales de la Iglesia21425
39.Las preguntas de los jóvenes19543
Formas de vulnerabilidad
40.El mundo del trabajo2352
41.Violencia y persecuciones2391
42.Marginación y malestar social2343
43.La experiencia del sufrimiento2411
44.El recurso valioso de la vulnerabilidad2353
Capítulo IV – Ser jóvenes hoy
Aspectos de la cultura juvenil actual
45.Originalidad y especificidad2382
46.Compromiso y participación social2351
47.Arte, música y deporte2327
Espiritualidad y religiosidad
48.Los diversos contextos religiosos2391
49.La búsqueda religiosa2381
50.El encuentro con Jesús2381
51.El deseo de una liturgia viva2279
Participación y protagonismo
52.Los jóvenes desean protagonismo2309
53.Las razones de una distancia2348
54.Los jóvenes en la Iglesia2353
55.Las mujeres en la Iglesia20930
56.La misión de los jóvenes hacia sus coetáneos2372
57.Deseo de una comunidad eclesial más auténtica y fraterna2348
II PARTE 
58.«SE LES ABRIERON LOS OJOS» 2381
Un nuevo Pentecostés
59.La acción del Espíritu Santo2342
60.El Espíritu rejuvenece la Iglesia2364
61.El Espíritu en la vida del creyente2382
62.Una auténtica experiencia de Dios2403
Capítulo I – El don de la juventud
Jesús joven entre los jóvenes
63.La juventud de Jesús2329
64.Con la mirada del Señor2365
65.Rasgos de la edad juvenil2327
66.La sana inquietud de los jóvenes2325
67.Los jóvenes heridos2355
Llegar a ser adultos
68.La edad de elegir2381
69.La existencia bajo el signo de la misión2382
70.Una pedagogía capaz de interpelar2363
71.El verdadero sentido de la autoridad2371
72.El vínculo con la familia2440
Llamados a la libertad
73.El Evangelio de la libertad2264
74.Una libertad como respuesta2391
75.La libertad y la fe2350
76.La libertad herida y redimida2380
Capítulo II – El misterio de la vocación
La búsqueda de la vocación
77.Vocación, viaje y descubrimiento2373
78.Vocación, gracia y libertad2363
79.Creación y vocación2353
80.Para una cultura vocacional23010
La vocación a seguir a Jesús
81.El atractivo de Jesús2381
82.Fe, vocación y discipulado2373
83.La Virgen María2362
Vocación y vocaciones
84.Vocación y misión de la Iglesia2302
85.La variedad de los carisma2393
86.Profesión y vocación2327
87.La familia2106
88.La vida consagrada2274
89.El ministerio ordenado2317
90.La condición de los “single”21229
Capítulo III –  La misión de acompañar
La Iglesia que acompaña
91.Frente a las decisiones2342
92.Partir juntos el pan2381
93.Ambientes y roles2383
94.Acompañar la inserción en la sociedad2413
El acompañamiento comunitario, de grupo y personal
95.Una tensión fecunda2433
96.El acompañamiento comunitario y de grupo2403
97.El acompañamiento espiritual personal2413
98.Acompañamiento y sacramento de la Reconciliación2396
99.Un acompañamiento integral2365
100.El acompañamiento en la formación al ministerio ordenado
y a la vida consagrada
2415
Acompañantes cualificados
101.Llamados a acompañar2392
102.El perfil del acompañante2404
103.La importancia de la formación2374
Capítulo IV – El arte de discernir
La Iglesia, lugar para el discernimiento
104.Una constelación de significados en la variedad
de tradiciones espirituales
2353
105.La referencia constitutiva a la Palabra y a la Iglesia2363
La conciencia en el discernimiento
106.Dios habla al corazón22320
107.La idea cristiana de conciencia21923
108.La formación de la conciencia20536
109.La conciencia eclesial20534
La práctica del discernimiento 
110.La familiaridad con el Señor2383
111.Las disposiciones del corazón2354
112.El diálogo de acompañamiento2382
113.La decisión y la ratificación2383
Con derecho a voto = 268 
Votación de la III parte  
Presentes = 248    –    2/3 de los presentes = 166 
III PARTE 
114.«ENSEGUIDA SE PUSIERON EN CAMINO» 2420
Una Iglesia joven
115.Un icono de resurrección2412
116.Caminar con los jóvenes2411
117.El deseo de alcanzar a todos los jóvenes22317
118.Conversión espiritual, pastoral y misionera21425
Capítulo I – La sinodalidad misionera de la iglesia
Un dinamismo constitutivo
119.Los jóvenes nos piden que caminemos juntos20634
120.El proceso sinodal continúa20339
121.La forma sinodal de la Iglesia19151
122.La forma sinodal de la Iglesia (bis)19943
123.Una Iglesia participativa y corresponsable20238
124.Procesos de discernimiento comunitario20833
Un estilo para la misión 
125.La comunión misionera21526
126.Una misión en diálogo23010
127.Hacia las periferias del mundo22811
Capítulo II – Caminar juntos en la cotidianidad
De las estructuras a las relaciones
128.De la delegación a la implicación22413
129.La renovación de la parroquia22511
130.Estructuras abiertas y descifrables22215
La vida de la comunidad
131.Un mosaico de rostros2299
132.La comunidad en el territorio2298
133.Kerygma y catequesis2319
134.La centralidad de la liturgia23010
135.La centralidad de la liturgia (bis)22315
136.La centralidad de la liturgia (ter)2364
137.La generosidad de la diaconía2394
Pastoral juvenil en clave vocacional
138.La Iglesia, un hogar para los jóvenes2366
139.La animación vocacional de la pastoral2343
140.Una pastoral vocacional para los jóvenes2338
141.De la fragmentación a la integración2308
142.La fructuosa relación entre eventos y vida cotidiana2374
143.Centros juveniles2326
Capítulo III – Un nuevo impulso misionero
144.Algunos desafíos urgentes22217
145.La misión en el entorno digital2373
146.La misión en el entorno digital (bis)2346
147.Migrantes: derribar muros y construir puentes22812
148.Las mujeres en la Iglesia sinodal20138
149.Sexualidad: una palabra clara, libre y auténtica21426
150.Sexualidad: una palabra clara, libre y auténtica (bis)17865
151.Economía, política, trabajo, casa común2307
152.Economía, política, trabajo, casa común (bis)2361
153.Economía, política, trabajo, casa común (ter)2336
154.Economía, política, trabajo, casa común (quater)2296
155.En los contextos interculturales e interreligiosos22513
156.Los jóvenes por el diálogo ecuménico2289
Capítulo IV – Formación integral 
157.Concreción, complejidad e integralidad2339
158.Educación, escuela y universidad2306
159.Preparar nuevos formadores2307
160.Formar discípulos misioneros2307
161.Un tiempo para acompañar en el discernimiento22913
162.Acompañamiento al matrimonio2319
163.La formación de seminaristas y consagrados21722
164.El Sínodo enuncia tres propuestas para favorecer la renovación.21125

CONCLUSIÓN 
165.Llamados a ser santos2342
166.Despertar al mundo con la santidad2168
167.Arrastrados por la santidad de los jóvenes2392

  [1] Comisión Teológica Internacional, La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia(2 marzo 2018), 9. El documento también ilustra la naturaleza de la sinodalidad en estos términos: «La dimensión sinodal de la Iglesia expresa el carácter de sujeto activo de todos los Bautizados y al mismo tiempo el rol específico del ministerio episcopal en comunión colegial y jerárquica con el Obispo de Roma. Esta visión eclesiológica invita a desplegar la comunión sinodal entre “todos”, “algunos” y “uno”. En diversos niveles y de diversas formas, en el plano de las Iglesias particulares, sobre el de su agrupación en nivel regional y sobre el de la Iglesia universal, la sinodalidad implica el ejercicio del sensus fideide la universitas fidelium(todos), el ministerio de guía del colegio de los Obispos, cada uno con su presbiterio (algunos), y el ministerio de unidad del Obispo y del Papa (uno). Resultan así conjugados, en la dinámica sinodal, el aspecto comunitario que incluye a todo el Pueblo de Dios, la dimensión colegial relativa al ejercicio del ministerio episcopal y el ministerio primacial del Obispo de Roma. Esta correlación promueve la singularis conspiratioentre los fieles y los Pastores que es icono de la eterna conspiratiovivida en la Santísima Trinidad» (64).