2/08/10

“El fin de la persona no es el bienestar, sino Dios mismo”


Benedicto XVI durante el Ángelus del día 7



Queridos hermanos y hermanas:
La liturgia de este quinto domingo del tiempo ordinario nos presenta el tema de la llamada divina. En una visión majestuosa, Isaías se encuentra en presencia del Señor tres veces Santo y es preso de un gran temor y del sentimiento profundo de la propia indignidad. Pero un serafín purifica sus labios con una brasa y quita su pecado, y él, sintiéndose preparado para responder a la llamada, exclama: "Heme aquí: envíame” (cf Is 6,1-2.3-8). La misma sucesión de sentimientos está presente en el episodio de la pesca milagrosa, de la que nos habla el pasaje evangélico de hoy. Invitados por Jesús a echar las redes, a pesar de una noche infructuosa, Simón Pedro y los otros discípulos, fiándose de su palabra, obtienen una pesca superabundante. Ante tal prodigio, Simón Pedro no se echa al cuello de Jesús para expresar la alegría de aquella pesca inesperada, sino que, como explica el Evangelista Lucas, se le echa a las rodillas diciendo: “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador”. Jesús, entonces, le asegura: “No temas. De ahora en adelante serás pescador de hombres (cf Lc 5,10); y él, dejándolo todo, le sigue.
Incluso Pablo, recordando haber sido un perseguidor de la Iglesia, se profesa indigno de ser llamado apóstol, pero reconoce que la gracia de Dios ha hecho en él maravillas y, a pesar de los propios límites, le ha confiado la tarea y el honor de predicar el Evangelio (cf Cor 15, 8-10). En estas tres experiencias vemos cómo el encuentro auténtico con Dios lleva a la persona a reconocer la propia pobreza e insuficiencia, el propio límite y el propio pecado. Pero, a pesar de esta fragilidad, el Señor, rico en misericordia y en perdón, transforma la vida de la persona y la llama a seguirle. La humildad de la que dan testimonio Isaías, Pedro y Pablo invita a los que han recibido el don de la vocación divina a no concentrarse en sus propios límites, sino a tener la mirada fija en el Señor y en su sorprendente misericordia, para convertir el corazón, y continuar, con alegría, para “dejarlo todo” por Él. Él, de hecho, no mira lo que es importante para los hombres: “El hombre mira las apariencias, pero Yahveh mira el corazón” (1 Sam 16,7), y hace a las personas pobres y débiles, pero con fe en Él, intrépidas apóstoles y predicadoras de la salvación.
En este Año Sacerdotal, roguemos al Señor de la mies, para que envíe operarios a su mies y para que los que sientan la invitación del Señor a seguirlo, después del necesario discernimiento, sepan responderle con generosidad, no confiando en sus propias fuerzas, sino abriéndose a la acción de su gracia. En particular, invito a todos los sacerdotes a reavivar su generosa disponibilidad para responder cada día a la llamada del Señor con la misma humildad y fe de Isaías, Pedro y Pablo.
A la Virgen Santa confiamos todas las vocaciones, particularmente las vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal. María suscite en cada uno el deseo de pronunciar el propio “sí” al Señor con alegría y dedicación plena.