7/04/11

El aborto, ¿una señal de algo todavía peor?


"Creo que el problema del aborto es que es como una luz de advertencia muy grave que está arrebatando vidas, pero que es indicativa de algo que está más omnipresente y profundamente arraigado en nuestra sociedad de lo que uno pueda llegar a pensar: la pérdida de la propia de identidad por la que participamos del poder creador de Dios y por la que somos llamados a ser madre y padre"
El aborto es una señal de alarma ante un peligro omnipresente y arraigado profundamente en nuestra sociedad, la pérdida de la identidad humana.
      Estas son las observaciones que hace el padre Robert Gahl, profesor adjunto de Ética en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz.
      El padre Gahl ha hablado con el programa de televisión Dios llora en la Tierra de la Catholic Radio and Television Network (CRTN) en colaboración con Ayuda a la Iglesia Necesitada, sobre la historia del aborto y lo que significa de cara al futuro.
El aborto es un sufrimiento universal. En el mundo se llevan a cabo más de 53 millones de abortos. En algunos países, más del 70% de las mujeres han abortado. ¿Por qué de repente estas cuestiones se han hecho tan presentes hoy: aborto, eutanasia?
Bueno, es una triste paradoja, que evoca, en última instancia, el pecado original. Con el pecado original, Adán y Eva trataron en realidad de suplantar a Dios para, en su lugar, ser dioses. Cuando hoy los seres humanos intentan asir el poder divino —el poder sobre el origen de la vida— y suplantarlo de manera que pueden controlar el comienzo de la vida de un modo que es contrario al designio de Dios y, por lo mismo, contrario al designio de amor, se sienten poderosos por un instante. Puede incluso que vean que han tenido éxito con el producto que han logrado. Sin embargo, poco después, experimentan la frustración e incluso la negación de su propia identidad porque su identidad es la del amor, porque están hechos para el amor.
Nuestros corazones están hechos para el amor. Por eso, en vez de personas enamoradas, en vez de nuestros lazos familiares, nos convertimos en simples constructores —gente que controla productos. Se convierte en la negación de nuestra propia dignidad, porque si nuestro poder de dar vida es simplemente el de producir elementos que se encuadran en el “he sido producido” y “soy sólo el final de la línea de un sistema de producción mecanizado”, esto no es sino la negación de mi propia dignidad como hijo de Dios —como hijo de mis padres.
Si tuviéramos que mirar hacia atrás en la historia, ¿cuál fue el momento, el detonante si usted quiere, que permitió que diéramos el paso hasta llegar a que, por ejemplo, el aborto y la investigación con células madre se hicieran aceptables y la eutanasia apareciera en el horizonte?
El aborto está, tristemente, tan extendido por todas partes que hoy muchos, incluso los documentos de la ONU, lo ven como un derecho reproductivo. El origen de esto es la revolución sexual, que no fue una revolución de liberación, sino una revolución del narcisismo, de la desesperación, de cortar lazos, afecto, amistad y amor por los demás. Y en el centro de la revolución sexual, que actuó como una especie de catalizador —como arrojar gasolina a un fuego desatado— estaba el desarrollo de los anticonceptivos químicos, que permitió que la gente tuviera sexo sin tener bebés por lo que podía disfrutar la sexualidad como una simple búsqueda egoísta. Fueron capaces de desconectar ese orden intrínseco orientado al don de la vida, y lo hicieron, desconectaron la sexualidad de los compromisos serios de amor, de formar una familia y, por supuesto, de convertirse en padre y en madre —en realidad una disminución de la dignidad humana.
Creo que el problema del aborto es que es como una luz de advertencia. Es una luz de advertencia muy grave que está arrebatando vidas, pero que es indicativa de algo que está más omnipresente y profundamente arraigado en nuestra sociedad de lo que uno pueda llegar a pensar.
¿Y qué es?
Es la pérdida de la propia de identidad por la que participamos del poder creador de Dios y por la que somos llamados a ser madre y padre.
El aborto se ha justificado a menudo como el derecho a elegir, pero también como un llamamiento al amor. Por ejemplo, preferiría abortar a mi hijo que criarlo sin amarlo. ¿Cómo hemos llegado a esta situación invertida, en la que la muerte se justifica por amor?
El verdadero amor humano es incondicional. Cuando amas a alguien, no importa lo que ocurra. No importa lo que le pase, le cuidarás. Si enferma, si queda paralizado por un accidente de coche, le cuidas el resto de su vida. En la otra clase de amor — una forma de amor egoísta— sólo te das a alguien mientras quieras. El aborto se convierte en este tipo de amor manipulado —un medio de salida. Tenemos que cambiar completamente y decir que es necesario aceptar a todos, a toda vida humana, como decía la Madre Teresa, no hay hijos no deseados. Si hay un niño que alguien dice que no es deseado, que me lo traigan para que cuide de ese niño porque quiero a ese niño.
Y esta es la verdad. Así que si alguien ha sido capaz de decir que el aborto nos permite actuar con una especie de cuidado altruista por los demás, al evitar las dificultades, esta lógica lleva de modo trágico, yo diría de modo asesino, a afirmar que los discapacitados no deberían existir. Una vez hecho esto, es la negación de toda dignidad humana.
Hemos pasado de la vida como algo intrínsecamente importante a poner el énfasis en la calidad de vida. El cambio hacia la calidad de vida plantea la pregunta: ¿Cuál es mi calidad de vida? ¿Estoy disfrutando de mi calidad de vida? Esto apunta después a los discapacitados: ¿Están disfrutando de la calidad de vida que deberían disfrutar, algo que de hecho pone en cuestión su misma vida?
Exacto. Una parte de la aberrante lógica, que es inherente a lo que acabamos de describir, lleva también a juicios sobre cada uno de nosotros según nuestro rendimiento; mi valor se basa en lo que puedo hacer por la sociedad. Si en un determinado momento, mis resultados resultan decepcionantes debido a la enfermedad, a un error, o a estar en un sector de la economía industrial que ya no desea el consumidor, yo no sería ya querido y, por tanto, dejaría de ser importante. Esta forma de juzgar se aplica también a las madres que dan a luz a niños que tienen, por ejemplo, síndrome de Down. Se juzga a estas madres con dureza y de modo negativo; esto es horrible, como si fuera una mala elección el traer al mundo a su hijo, que es un ser humano hermoso. Esta es la eugenesia, que ya ha tomado cuerpo en las sociedades occidentales, en las que cerca del 90% de los niños con síndrome de Down son abortados antes de nacer por culpa de esta lógica perversa.
El mayor don de Dios a la humanidad ha sido el don de co-crear la vida con él. ¿Qué hace el aborto al quebrar esta relación entre el hombre y Dios?
Nos olvidamos a veces, debido al “cientificismo” —que reduce todo a hecho científico— que el comienzo de una nueva vida humana no sólo viene de un hombre o una mujer, sino también de Dios. Exige la participación de tres personas, porque el alma humana es inmaterial. Es el alma espiritual la que es creada directa e inmediatamente por Dios. Por eso cuando un hombre y una mujer se unen para tener un hijo es también —tanto o más— hijo de Dios. De ahí que, si se quiere recuperar este respeto por la vida, será porque hayamos vuelto a tomar conciencia del papel de Dios al dar la vida y, por lo mismo, de este poder que tenemos dentro de nosotros, que es en realidad un poder divino y trascendente. Se trata de un poder creador por el que casi tenemos a Dios en la palma de la mano porque podemos decirle, en cierto sentido, cuándo crear una nueva alma humana. Por tanto, si renovamos ese respeto por la intervención de Dios, nos ayudará también a respetarnos unos a otros como imágenes de Dios, como otros Cristos.
En países como Rusia, más del 70% de las mujeres han abortado. La proporción de abortos en algunas provincias rusas puede alcanzar los ocho o diez abortos por mujer, porque lo utilizan como un medio de control de la natalidad. En China, la política de un solo hijo ha obligado a las mujeres a abortar. ¿Qué impacto espiritual y psicológico tiene esto en una sociedad?
En Europa del Este en la que vemos estos índices tan altos de abortos, que a menudo se asocian a altos índices de suicidios, alcoholismo y depresiones graves, hay una sensación de nihilismo, de pérdida total del sentido de la vida. Esto ocurre en una sociedad que no se basa en el amor a sus hijos. Es necesario que esto se cambie. Gracias a Dios en algunos de estos países se está notando una tendencia en la dirección correcta. En la Federación Rusa, en concreto, ha habido últimamente un aumento de la tasa de natalidad. La proporción de abortos sigue siendo muy alta pero queda la esperanza de que este aumento de la tasa de natalidad siga de modo que el índice de abortos se reduzca.
¿Qué más puede hacer la Iglesia en este tema?
En primer lugar, cuando pensamos en la “Iglesia”, tendemos a pensar en la jerarquía —en nosotros, sacerdotes, obispos, el Papa— pero, en realidad, la Iglesia es el conjunto de todos los cristianos bautizados. La Iglesia es una familia, por lo que necesitamos que todos —todos los cristianos bautizados— acepten la vida con amor. Necesitamos también ayuda en los centros para embarazadas. La Iglesia magisterial, la Iglesia jerárquica, por supuesto, tiene que ser también coherente con los principios de la teología moral católica en este tema.
La Iglesia ha de continuar siguiendo el ejemplo de Karol Wojtyla, que, como arzobispo de Cracovia, abrió centros de ayuda a mujeres en situaciones de crisis. Pero en realidad todo se reduce a esto: Dios es amor. Soy hijo de Dios. Estoy hecho a imagen de Dios, por lo que tengo que hacer presente entre los demás seres humanos el rostro de Dios, que es el rostro del amor. Si hacemos esto en todas nuestras relaciones humanas, si mostramos de verdad respeto por la dignidad humana, si mostramos respeto y amor a las personas que sufren, entonces podemos empezar a recuperar los principios que son necesarios para que toda vida humana sea aceptada. La vida entonces no será jamás considerada sólo como un producto, como los bebés de diseño que se hacen en un tubo de ensayo según los deseos de algún fabricante.
Volviendo atrás, me gustaría añadir también que necesitamos recuperar nuestra sexualidad, así como la conciencia de que la sexualidad es sagrada y necesitamos, por tanto, vivir la modestia y el respeto hacia nuestra sexualidad y nuestros deseos sexuales con castidad y fortaleza de modo que nos preparen a dar vida dentro de la estructura de la familia.