7/20/11

Homilías de calidad para la nueva evangelización


Lluís Clavell 


La preocupación del Magisterio por las homilías no es nueva, pero ahora se subraya la necesidad de contar con homilías de calidad

      En línea con la nueva evangelización suscitada por Benedicto XVI, parece importante reflexionar sobre el papel de las homilías en la Misa dominical o en otras fiestas y en el modo de mejorarlas. Millones de discípulos de Cristo las escuchan en todo el mundo. Muchos fieles se interrogan acerca de su calidad, especialmente en cuanto a su contenido: a veces oyen temas ajenos a las lecturas de la Santa Misa o bien opiniones personales del celebrante; en otras ocasiones reciben casi una simple repetición de los textos proclamados. Con frecuencia algunos fieles —fuera de la Misa— intercambian sus impresiones o críticas de modos más o menos adecuados sobre defectos que advierten.

      Pero, a veces, algunos desenfoques en la predicación escuchada no siempre son fáciles de detectar. Por ejemplo, uno puede oír una homilía muy bonita en una tarde de Viernes Santo comentando las partes del rito y presentando la muerte de Cristo como un acompañamiento, a cada uno de nosotros, en los sufrimientos de la vida y especialmente en la muerte. En el silencio de meditación sucesivo a la homilía, uno se pregunta: bien, el Señor me acompaña y consuela no sólo con palabras, sino con obras, pero ¿me salva, me redime y me otorga una vida nueva dirigida a la Vida y a la Resurrección después de mi muerte? ¿He oído algo sobre Jesús muerto como víctima propiciatoria por los pecados de todos los hombres? Los ejemplos se podrían multiplicar. Por eso, en su reciente Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, Benedicto XVI menciona «la atención que se ha dado en el Sínodo al tema de la homilía» y recuerda cómo también en la Exhortación posterior al Sínodo inmediatamente anterior, dedicado al Sacramento de la Eucaristía, había indicado «la necesidad de mejorar la calidad de la homilía.» La preocupación del Magisterio por las homilías no es nueva, pero ahora se subraya la necesidad de contar con homilías de calidad.

La homilía, parte de la celebración eucarística

      Releamos con calma la enseñanza del Romano Pontífice en el n. 59 de la Verbum Domini: «Ya en la Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis, recordé que «la necesidad de mejorar la calidad de la homilía está en relación con la importancia de la Palabra de Dios. En efecto, ésta «es parte de la acción litúrgica»; tiene el cometido de favorecer una mejor comprensión y eficacia de la Palabra de Dios en la vida de los fieles».

      La homilía no es una ocasión para dirigirse a los fieles y comunicarles algo distinto de los textos sagrados leídos. Es «parte de la acción litúrgica», no un añadido opcional. Su finalidad es «favorecer una mejor comprensión y eficacia de la Palabra de Dios en la vida de los fieles».

      La Santa Misa es acción de Dios en su Trinidad de Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es acción de Cristo —el único Sacerdote—, por medio de instrumentos humanos, los sacerdotes. Ellos prestan su propio ser —palabras, gestos, inteligencia, corazón— para actuar in Persona Christi Capitis, en nombre de Jesucristo Cabeza de la Iglesia, no en nombre propio. Se trata por tanto de ayudar a los fieles —también al mismo celebrante— a comprender, bajo la acción del Espíritu Santo, la Palabra de Dios y a que esta sea cada vez más eficaz en sus vidas.

Actualizar la Palabra de Dios dentro de la celebración eucarística

      «La homilía —sigue diciendo el Santo Padre— constituye una actualización del mensaje bíblico, de modo que se lleve a los fieles a descubrir la presencia y la eficacia de la Palabra de Dios en el hoy de la propia vida».

      La situación fundamental de los hombres y mujeres de hoy con respecto a Dios sigue siendo y será la misma: somos hechura suya, creados a su imagen y semejanza, hijas e hijos de Dios muy queridos. Sin embargo las circunstancias actuales de la vida humana, especialmente en relación con los demás y con el mundo —el trabajo y tantos aspectos de la cultura—, han cambiado. Por eso es necesaria esa «actualización del mensaje bíblico». A todos nos hace falta «descubrir la presencia y la eficacia de la Palabra de Dios en el hoy de la propia vida». Conviene facilitar la escucha de la Palabra de Dios, como realmente es: es decir como Palabra eterna, siempre actual, siempre joven, dirigida a cada uno de nosotros: a mí, en primera persona, en el peculiar momento de mi biografía hoy.

      Cuando estamos inmersos en un tipo de trabajo con horarios exigentes y vivimos rodeados de una cultura mediática no fácil de descifrar, la simple lectura de la Palabra de Dios podría no incidir en la propia existencia y quedar como un piso superior sin escalera de comunicación con la planta baja de la casa de Dios que es cada cristiano.

      La homilía no es una clase o una conferencia pronunciada en un aula o incluso en un templo fuera de la Misa o de otra acción litúrgica. Forma parte de una acción divina, de la celebración de la Eucaristía, en la que se hace de nuevo presente el único Sacrificio de Jesús en el Calvario. Por eso, la homilía tiene un carácter peculiar, al formar parte de un todo más amplio. Escribe el Papa: «Debe apuntar a la comprensión del misterio que se celebra, invitar a la misión, disponiendo la asamblea a la profesión de fe, a la oración universal y a la liturgia eucarística». Es decir, vamos a renovar nuestra fe en la Trinidad, diciendo el Credo, a pedir luego por las necesidades de todos y a entrar en la parte de la liturgia eucarística con el ofrecimiento de todo lo nuestro, para que el Señor lo una a su hacer presente de nuevo el Sacrificio de la Cruz, seguido de su Resurrección y de su Ascensión junto al Padre.

      La orientación de la homilía es esta: prepararnos e introducirnos en esta acción divina ofreciéndonos también nosotros con Cristo. Esta inserción nuestra adquiere por tanto acentos distintos según los textos propuestos por la Iglesia para cada celebración de la Misa y según las circunstancias de los participantes. La homilía ha de facilitar dejarnos tomar por Cristo y empaparnos con su Sangre en sus manos llagadas para lanzarnos como buena semilla de trigo al campo del mundo nuestro, de la familia, del trabajo diario, de la participación activa en la vida pública.

Cristo, centro de la homilía

      El Romano Pontífice desgrana algunas consecuencias del singular papel de la homilía: «quienes por ministerio específico están encargados de la predicación han de tomarse muy en serio esta tarea. Se han de evitar homilías genéricas y abstractas, que oculten la sencillez de la Palabra de Dios, así como inútiles divagaciones que corren el riesgo de atraer la atención más sobre el predicador que sobre el corazón del mensaje evangélico. Debe quedar claro a los fieles que lo que interesa al predicador es mostrar a Cristo, que tiene que ser el centro de toda homilía». El sacerdote, enamorado de Cristo, predica con gusto, con alegría, porque Jesús atrae a todas las almas y no deja indiferente a nadie.

      Cristo es el centro de toda homilía. Lo es como contenido, porque se trata de «mostrar a Cristo». Para ello contamos con unos relatos inspirados por el Espíritu Santo, narraciones humanas y divinas al mismo tiempo: los cuatro evangelios, acompañados de otros escritos también Palabra de Dios. Cristo es el contenido, es el Camino, la Verdad y la Vida, la Luz que ilumina a todo hombre. En su mayor parte, pertenecen al género narrativo tan adecuado a las circunstancias actuales y a las de todos los tiempos. Las parábolas interpelan, mueven a pensar. En ocasiones dejan al oyente la tarea de sacar la conclusión.

      Pero también la forma de mostrar el rostro amble de Jesucristo tiene —entonces, ahora y siempre— una pauta dada por Dios mismo y una luz y un fuego del Espíritu Santo en la inteligencia y en el corazón del predicador y de los demás fieles participantes en la Misa.

      Según Benedicto XVI, «Debe quedar claro a los fieles que lo que interesa al predicador es mostrar a Cristo, que tiene que ser el centro de toda homilía»[8]. Como es natural, eso lleva consigo dar más importancia a los párrafos del Evangelio leído en la Misa que a los otros textos.

      Los fieles perciben el amor del celebrante a Cristo en el tono, en las expresiones, en la alegría, la sencillez, el entusiasmo. De ahí deriva el tipo peculiar de preparación requerida por la homilía: un estudio meditativo, íntimamente unido a la oración personal. «Por eso se requiere que los predicadores tengan familiaridad y trato asiduo con el texto sagrado; que se preparen para la homilía con la meditación y la oración, para que prediquen con convicción y pasión»[9]. Se requiere tener una buena preparación teológica, pero nunca separada de la meditación.

      Como es lógico, los fieles miran también el comportamiento del pastor. Recordando a San Jerónimo[10], el Romano Pontífice recuerda que la predicación se ha de acompañar con el testimonio de la propia vida: «En el sacerdote de Cristo la mente y la palabra han de ser concordes»[11].

Tres preguntas para la preparación de la homilía

Benedicto XVI hace suyas la sugerencia del Sínodo de Obispos de 2008 a que se tengan presentes las siguientes preguntas al preparar la homilía: ¿Qué dicen las lecturas proclamadas? ¿Qué me dicen a mí personalmente? ¿Qué debo decir a la comunidad, teniendo en cuenta su situación concreta?[12]. Estas tres preguntas son una gran ayuda para mejorar las homilías.

    1. ¿Qué dicen las lecturas proclamadas?

      Ante todo es necesario conocer qué dicen las lecturas. Normalmente el celebrante necesita actualizar su comprensión del texto y acudir a los instrumentos oportunos. Para ello se sirve de los textos paralelos de los evangelios, y de las referencias implícitas o explicitas a pasajes del Antiguo Testamento. Como es lógico, esta lectura se hace a luz de la Tradición y con la ayuda del Magisterio precedente y actual, orgánicamente sintetizado en el Catecismo de la Iglesia Católica. Todos los fieles, sacerdotes y laicos, agradecemos a Dios la luz irradiada por el libro de Benedicto XVI Jesús de Nazareth, por sus homilías, así como por las de su predecesor Juan Pablo II y por las del Ordinario de la propia circunscripción eclesiástica.

      No pocas personas afirman que Benedicto XVI pasará a la historia por la calidad y el estilo de sus homilías, que recuerdan el estilo de los padres de la Iglesia[13].

      Por lo que se refiere al Evangelio, es muy útil volver a considerar algún comentario al pasaje de cada Misa en una de las numerosas vidas de Jesús. El citado libro de Benedicto XVI, menciona una excelente tradición: R. Guardini, F. M. Willam, K. Adam, G. Papini, D. Rops, etc. Citemos también a modo de ejemplo, a Justo Pérez de Urbel, el Emmanuel de Carles Cardó, al Abad G. Ricciotti y otros más recientes.

      Como es obvio, toda esta preparación es previa. Por eso se ha dicho con cierto humor: la homilía requiere saber la exégesis propia de la teología bíblica, pero no es el momento de dar una lección de exégesis.

    2. ¿Qué me dicen a mí personalmente?

      Es muy importante esta segunda pregunta sugerida por el Sínodo al celebrante en su tarea de actualizar los textos leídos mediante la homilía. Comenta el Papa, en el citado n. 59 de la Verbum Domini: «El predicador tiene que «ser el primero en dejarse interpelar por la Palabra de Dios que anuncia»[14], porque, como dice san Agustín: «Pierde tiempo predicando exteriormente la Palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior»[15].

      Es conocida la descripción de los tres grados de crecimiento intelectual y pedagógico del profesor: el joven suele enseñar más de lo que sabe, pues con frecuencia transmite ideas leídas poco antes, pero todavía no muy asimiladas; el profesor más maduro dice lo realmente sabido; el que llega a ser «maestro» no expresa todos sus conocimientos: enseña sólo lo que conviene a sus oyentes. Con ello se pone de relieve el papel de la «interiorización» de los conocimientos y de su inserción existencial dentro de la propia vida.

    3. ¿Qué debo decir a la comunidad, teniendo en cuenta su situación concreta?

      Viviendo en trato habitual con Jesús y esforzándose por ser otro Cristo, el predicador piensa en sus hermanos. Habla con Jesucristo de ellos, de sus necesidades espirituales y materiales. Pide luces en su oración personal: Señor, ¿qué les dirías este domingo? ¿qué quieres que les diga?

      En un clima de decadencia cultural, todos necesitamos oír el tono animante, afectuoso, positivo de Jesús, que llena de luz, de alegría, de esperanza. El celebrante de la Misa busca también transmitir otra verdad fundamental subrayada en la primera carta de san Juan: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados».

      En ese clima de sentirse amados por Dios, de saberse hijos de Dios, es más fácil desear conocer mejor la doctrina, las palabras de vida enseñadas por Jesús y transmitidas en la Iglesia. Es más asequible el deseo operativo de formarse más, mantenerse firmes en la fe en un clima con frecuencia neopagano, reconocer los propios pecados sin desanimarse y sin ocultarlos. En las circunstancias actuales, todos necesitamos abundancia de doctrina sana. De ahí que el santo padre recomiende también los breves comentarios en la misa ferial: «no se deje de ofrecer también, cuando sea posible, breves reflexiones apropiadas a la situación durante la semana en las misas cum populo, para ayudar a los fieles a acoger y hacer fructífera la Palabra escuchada».

      En todos los casos es necesario prepararlas bien, con estudio y oración, sin improvisar. Así es posible pensar con precisión, con claridad, de modo atrayente lo que se va a decir y exponerlo en un tiempo razonable. En general es importante evitar las homilías largas, que pueden reflejar poca preparación, como la de aquel autor de un texto de tres mil páginas que se excusó con el editor: ha salido muy largo porque tuve poco tiempo.

La amistad con Jesús de la que todo depende

      Es este un punto capital y nunca puede darse por supuesto. A mi modo de ver, aquí está en juego la amistad con Jesús, mencionada muchas veces por Benedicto XVI. En el prólogo del primer volumen de Jesús de Nazaret alude a la impresión bastante extendida en la conciencia general de la cristiandad de que sabemos pocas cosas ciertas sobre Jesús. Sólo la fe en su divinidad habría plasmado posteriormente su imagen. «Semejante situación es dramática para la fe, pues deja incierto su auténtico punto de referencia: la íntima amistad con Jesús, de la que todo depende».

      Esta expresión «la íntima amistad con Jesús, de la que todo depende» es una de las claves decisivas para entender este pontificado que concede tanta importancia al trato personal con Jesús en la Palabra, en la Eucaristía, y en toda la liturgia.

      No se conoce a Jesús verdaderamente, si no se le acompaña a diario junto con los Doce, los setenta y dos discípulos, las mujeres que ayudan al Maestro y tantos otros. La nueva evangelización nace de un renovado trato de amistad con Jesús, que no es una figura del pasado. Podemos hablar de Él con el entusiasmo y la alegría del apóstol Juan en su primera carta: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos a propósito del Verbo de la vida —pues la vida se ha manifestado: nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba junto al Padre y que se nos ha manifestado—, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que nuestra alegría sea completa». Véase por ejemplo cómo siente la contemporaneidad con Cristo San Cirilo de Jerusalén en sus catequesis (años 348-350):

      Cualquier acción de Cristo es motivo de gloria para la Iglesia universal; pero el máximo motivo de gloria es la cruz. Así lo expresa con acierto Pablo, que tan bien sabía de ello: Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de Cristo.

      Fue, ciertamente, digno de admiración el hecho de que el ciego de nacimiento recobrara la vista en Siloé; pero, ¿en qué benefició esto a todos los ciegos del mundo? Fue algo grande y preternatural la resurrección de Lázaro, cuatro días después de muerto; pero este beneficio lo afectó a él únicamente, pues, ¿en qué benefició a los que en todo el mundo estaban muertos por el pecado? Fue cosa admirable el que cinco panes, como una fuente inextinguible, bastaran para alimentar a cinco mil hombres; pero, ¿en qué benefició a los que en todo el mundo se hallaban atormentados por el hambre de la ignorancia? Fue maravilloso el hecho de que fuera liberada aquella mujer a la que Satanás tenía ligada por la enfermedad desde hacía dieciocho años; pero, ¿de qué nos sirvió a nosotros, que estábamos ligados con las cadenas de nuestros pecados? En cambio, el triunfo de la cruz iluminó a todos los que padecían la ceguera del pecado, nos liberó a todos de las ataduras del pecado, redimió a todos los hombres.

      Cristo no se queda en el pasado: vive y actúa ahora en el siglo XXI, como en el siglo IV. En cierto modo incluso de manera más universal ahora que durante sus años de vida terrena.

Los santos, rayos de luz de la Palabra de Dios

      La Verbum Domini menciona con gozo el papel de los santos. «La interpretación de la Sagrada Escritura quedaría incompleta si no se estuviera también a la escucha de quienes han vivido realmente la Palabra de Dios, es decir, los santos. En efecto, «viva lectio est vita bonorum». Así, la interpretación más profunda de la Escritura proviene precisamente de los que se han dejado plasmar por la Palabra de Dios a través de la escucha, la lectura y la meditación asidua (...)».

      El Papa piensa no sólo en santos de hace muchos siglos sino en los de épocas más recientes e incluso contemporáneos nuestros: «Cada santo es como un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios. Así, pensemos también en san Ignacio de Loyola y su búsqueda de la verdad y en el discernimiento espiritual; en san Juan Bosco y su pasión por la educación de los jóvenes; en san Juan María Vianney y su conciencia de la grandeza del sacerdocio como don y tarea; en san Pío de Pietrelcina y su ser instrumento de la misericordia divina; en san Josemaría Escrivá y su predicación sobre la llamada universal a la santidad; en la beata Teresa de Calcuta, misionera de la caridad de Dios para con los últimos; y también en los mártires del nazismo y el comunismo, representados, por una parte por santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), monja carmelita, y, por otra, por el beato Luis Stepinac, cardenal arzobispo de Zagreb».

      Con gratitud a Dios, recuerdo la predicación oída a San Josemaría, quien desde muy joven se metió en la vida de Jesús «como un personaje más» y así lo aconsejó como un camino accesible a todos para alcanzar la santidad. «Para acercarse al Señor a través de las páginas del Santo Evangelio, recomiendo siempre que os esforcéis por meteros de tal modo en la escena, que participéis como un personaje más. Así —sé de tantas almas normales y corrientes que lo viven—, os ensimismaréis como María, pendiente de las palabras de Jesús o, como Marta, os atreveréis a manifestarle sinceramente vuestras inquietudes, hasta las más pequeñas».

Dos instrumentos solicitados por Benedicto XVI

      Dispondremos dentro de algún tiempo de un directorio homilético: «Predicar de modo apropiado ateniéndose al Leccionario es realmente un arte en el que hay que ejercitarse. Por tanto, en continuidad con lo requerido en el Sínodo anterior, pido a las autoridades competentes que, en relación al Compendio eucarístico, se piense también en instrumentos y subsidios adecuados para ayudar a los ministros a desempeñar del mejor modo su tarea, como, por ejemplo, con un Directorio sobre la homilía, de manera que los predicadores puedan encontrar en él una ayuda útil para prepararse en el ejercicio del ministerio».

      Además en el Motu propio Ubicumque et semper de Benedicto XVI del 12 de octubre de 2010, constituyendo el nuevo Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, se indica como una de sus tareas: «promover el uso del Catecismo de la Iglesia Católica, como formulación esencial y completa del contenido de la fe para los hombres de nuestro tiempo» (art. 3, n. 5º). En efecto, en esta magna obra del pontificado de Juan Pablo II todos los fieles encuentran una formulación completa de la fe para hoy, en la que el Concilio Vaticano II se presenta en toda su belleza de inserción en la corriente vital y doctrinal del Magisterio a lo largo de los siglos. En él encuentra el predicador una ayuda para meditar los textos litúrgicos. Vale la pena recordar también la gran ayuda del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, como un instrumento más accesible para su estudio y su retención en la memoria. El ciclo trienal del leccionario para la Misa de los domingos y solemnidades permite considerar todos los aspectos del misterio de Cristo. Pero desde antiguo ha sido un buen complemento el estudio detallado de la profesión de fe, en su desarrollo homogéneo a lo largo de los siglos. Por eso, el estudio individual o en grupo del Catecismo de la Iglesia Católica contribuye a conocer mejor en su belleza y armonía todo el conjunto orgánico de la Revelación divina. Esas lecciones se sitúan no al margen, sino en conexión con la homilía litúrgica. Sin duda un uso más asiduo del Catecismo contribuirá a una predicación de calidad con vistas a la tarea ardua y apasionante de la nueva evangelización.