6/15/11

SALIR DE LOS CENÁCULOS


Monseñor Juan del Río Martín

“¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?” (Hch 1,11) les corrigen dos ángeles a los discípulos el día de la Ascensión de Jesús. La misión de ellos estará ahora en la tierra, entre los hombres, comunicando la Buena Noticia por todos los rincones del mundo. Cuando estaban “juntos y orando” (Hch 1,14) en Jerusalén, recibieron la fuerza del Espíritu del Resucitado que les iluminó la mente y corazón. Las puertas del cenáculo se abrieron y con la primera predicación de Pedro se inició la marcha de la Iglesia (cf. Hch 2,12ss). Desde entonces hasta ahora, la comunidad de los seguidores de Jesús de Nazaret está llamada a ser “sacramento de salvación” en medio de los pueblos y naciones.
En la actualidad, lo específico y urgente es anunciar a Jesucristo con obras y palabras en medio de esta “apostasía silenciosa” de nuestra cultura; para ello se necesitan evangelizadores creíbles. ¿Quiénes son éstos? Puede ser todo cristiano que, siendo fiel a la fe recibida, con coherencia de vida y humildad en sus actuaciones, se ha tomado en serio el mandato del Señor: “id por todo el mundo y haced discípulos míos” (Mt 28,19). Sin embargo, en algunas partes de la Iglesia, no sólo hay una carencia de vocaciones sacerdotales y religiosas, sino también una falta de celo apostólico en muchos pastores y un déficit de presencia de los católicos seglares en la vida pública y en los nuevos areópagos.
La acción misionera y apostólica de extender el Reino de Cristo a todos los hombres no puede ser suplida por la mera acción social. Nuestras parroquias e instituciones no se deben convertir o reducir a meras ONGs, por muy dignas y actuales que sean esas formas de implicación social.  Es más, todo compromiso ético y social de un cristiano o de una institución de Iglesia ha de nacer como consecuencia del amor a Dios y al prójimo, eje central de la fe cristiana (cf.1 Cor 13,3). Como dice Benedicto XVI: “La fe en Dios es un acto positivo de amor y confianza, de conversión, de renovación de la vida”.
Ahora bien, creer en un Dios crucificado y abandonado como respuesta última de salvación para el hombre, sigue siendo un “escándalo y blasfemia” como en tiempo del apóstol Pablo. La cultura nihilista y relativista que domina el pensamiento actual no soporta la propuesta cristiana de un Dios personal, salvador y redentor de la humanidad. Su reacción es: animadversión hacia la religión, ridiculización de lo cristiano e intentos de aniquilar la estructura visible de la Iglesia Católica. Frente a este escenario, nada agradable, surge la tentación en muchos bautizados de refugiarse en los “cuarteles de inviernos” o en los “cálidos cenáculos”, olvidando que la Iglesia no está para sí misma, sino para la misión. Cuando se cae en esa incitación, corremos el riesgo de que nuestras iglesias se conviertan en museos espirituales que al final no saben enfrentarse al mundo que le rodea. En cambio si se supera ese peligro, nuestros templos recobran autenticidad de vida y son verdaderos cenáculos de puertas abiertas, como el de Jerusalén, que oraba y evangelizaba.
Pero el activo misionero no sólo se caracteriza por su pertenencia a un determinado carisma, grupo o espiritualidad, sino sobre todo por los frutos de santidad. Los planes, proyectos y objetivos pastorales sirven como métodos en tanto y en cuanto suscitan apóstoles creíbles. Como diría San Gregorio Magno: “nosotros tenemos las antorchas encendidas en nuestras manos cuando, con las buenas obras, damos a nuestros prójimos buenos ejemplos” (Catena Aurea, vol VI, p. 101). Estos, con la ayuda de la gracia, sí que vencen al mundo de la increencia e indiferencia religiosa.
Pentecostés nos invita a confiar en la fuerza del Espíritu que supera todas las dificultades y resistencia ante el anuncio del Evangelio de la esperanza. De ahí, que tengamos que recordar aquel grito del Beato Juan Pablo II: “¡No tengáis miedo!” Nuestras reuniones y celebraciones han de suscitar en los participantes un gran anhelo por el apostolado gozoso de estar “en el mundo, sin ser del mundo” (Jn 17,16), con el único objetivo de ganar “almas para Dios” ¡Esto no ha pasado de moda! ¡Es la exigencia básica de toda vocación bautismal, sacerdotal y religiosa!