11/05/15

Nuestra Madre, con su "sí", abrió el cielo en la tierra


Carlos Osoro Sierra, Arzobispo de Madrid


Hay una palabra que llena siempre el corazón de todos los hombres, esta es madre. A través de mi vida me he encontrado con muchas personas con ideas, planteamientos, creencias, culturas, geografías e historias personales muy diferentes, pero en todas pude ver el contenido profundo que tenía para sus vidas la palabra madre. Para nosotros los cristianos, esta palabra adquiere unas dimensiones nuevas desde el día en que Jesucristo Nuestro Señor, en el momento culminante en que da la vida por los hombres, dice al discípulo al que tanto quería, y en él a todos los hombres: «Ahí tienes a tu Madre». A María la dijo: «Mujer, ahí tienes a tu Hijo». Fue una conversación breve, pero llena de amor y pasión por los hombres. Necesitamos tener a quien, desde el momento de la Encarnación, dijo con todas sus fuerzas: «Me felicitarán todas las generaciones». La felicidad llega a esta tierra, no la van a dar los hombres, es Dios mismo quien la va a entregar.

¿Por qué nosotros seguimos diciendo que la felicitarán todas las generaciones? La felicitamos porque está unida a Dios, porque vive con Dios y en Dios, porque trae a Dios del cielo a la tierra. La felicitamos porque es precisamente a esta mujer única y excepcional a la que Dios eligió desde siempre para que le diese rostro humano. Él nos la entregó como Madre que acompaña y aconseja, que da la mano y hace de este edificio que es la Iglesia, formada también por Ella, un hogar, una casa de familia, donde su corazón latía durante nueve meses al unísono con el de Jesús. El deseo de Nuestro Señor, al entregárnosla como Madre, es que nuestro corazón dé los latidos que el de Ella daba junto a Jesús cuando estaba en su vientre: latidos de amor con las medidas del amor mismo de Dios, que no tiene medidas, tal y como el Señor nos lo muestra, precisamente en la Cruz, cuando da la vida por los hombres.

¡Qué belleza adquiere la vida de nuestra Madre a la luz de la despedida de Jesús de sus discípulos de este mundo! Baste recordar las palabras de Jesús: «Voy a prepararos una gran morada en la gran casa del Padre. Porque en la casa de mi Padre hay muchas moradas» (Jn 14, 2). Él ha venido para prepararnos la morada del cielo, pero quiso pasar como uno de tantos por esta tierra. Es necesario recordar también las palabras de María en el momento en que Dios le pide que preste su vida para hacerse presente en esta tierra y Ella dice con todas las consecuencias: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Con esta afirmación de confianza y entrega preparó aquí, en la tierra, la morada de Dios. Con esta decisión hemos podido ver a Dios hecho Hombre. El cuerpo y el alma de María se transformaron en morada de Dios y así Ella abrió la tierra al cielo. Con esta disponibilidad, con este «sí», comienza una nueva era de la historia.

María nos invita permanentemente a hacer el cielo en la tierra, a ser morada de Dios para los hombres; a hacer de nuestras vidas hogar donde la experiencia de empaparnos del amor de Dios sea transparente, familia que engendra vida definida por la entrega, el servicio, el perdón, el poner por delante al otro, o el servir al que más lo necesita. En las vísperas de una de sus múltiples fiestas y advocaciones, como es Santa María la Real de la Almudena, vamos a felicitar a María; digamos feliz y bienaventurada a quien quiso estar siempre junto a nosotros, «oculta en los muros de este querido Madrid», para acompañarnos y decirnos que es nuestra Madre. La felicitamos porque Ella nos recuerda y nos aconseja siempre que confiemos, que escuchemos y pongamos por obra lo que nos pida su Hijo. Por eso, ya desde el primer momento de la vida pública de Jesús, en las bodas de Caná, nos invita a que siempre y en todos los lugares resuenen estas palabras: «Haced lo que Él os diga».

Acerquémonos a María para comprender a Dios. Hay unas palabras en el Evangelio que nos invitan a hacer esta cercanía: «María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19). Es la Virgen quien, en el silencio, puede escuchar todo y con más facilidad percibir lo que Dios quiere de Ella. María silenciosa, oculta, pero abierta con todos los sentidos y en escucha constante a la Palabra de Dios. Ella vive de y en la Palabra de Dios. Conserva en su corazón todas las palabras que vienen de Dios y las une, haciendo un mosaico maravilloso, que le llevan a entender todo lo que sucede en la tierra desde la luz y la escucha de lo que llega del cielo.

¡Qué bien escuchó María al ángel! ¡Qué impresión más grande cuando en su saludo el ángel la dijo: «No temas, María»! Había motivos suficientes para temer, pues tenía que tomar la decisión de llevar el peso del mundo sobre sí, ser la Madre de Dios, del Redentor, del Hijo de Dios, del Rey del universo. Pero aquellas palabras –«No temas»– penetraron hasta el fondo de su corazón porque sabía de quién se fiaba y quién le pedía confianza. Por eso dijo: «aquí estoy», «aquí me tienes», «haz en mí casa lo que deseas». María queda transformada, pues Dios envió a su Hijo, nacido de mujer; es aquí donde se concentra la verdad fundamental sobre Jesús como Persona divina que asumió plenamente nuestra naturaleza humana. Acerquémonos a María, sintamos el gozo inmenso de la mujer que hace silencio, que oye, que escucha a quien siempre nos habla y nos dice lo mejor para nosotros; a la mujer que en las bodas de Caná, cuando aquella familia y los encargados de preparar la fiesta estaban apurados, se acerca y comparte su experiencia para salir de todo apuro: «Haced lo que Él os diga». Es una llamada a la escucha. Solamente Dios toma rostro en nuestra vida cuando lo escuchamos. Un «sí» para abrir las puertas del cielo a la tierra.

A través de mi vida he conocido y cultivado muchas advocaciones de la Virgen, que me hicieron arraigarme a la tierra en la que vivía y, al mismo tiempo, descubrir aspectos nuevos de nuestra Madre: Bien Aparecida, Santa María Madre, Virgen de los Milagros, Virgen de Covadonga –Santina–, Virgen de los Desamparados y Santa María la Real de la Almudena. A través de estas advocaciones aprendí siempre algo nuevo de nuestra Madre la Virgen. Hoy, el Señor ha querido que la invoque y llame Santa María la Real de la Almudena. Ella, que permaneció mucho tiempo oculta en los muros, nunca quiere imponerse; la Almudena es la que no se impone, la que no tiene pretensiones, la que quiere estar cerca de nosotros los hombres, la que se hace presente con la sencillez, nobleza y cortesía que simplemente nos ofrece a Jesús, el Rey del universo. Aquí reside su realeza, ofrece lo más noble para ser humano, con el humanismo verdadero. Y este no es otro que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

María, con su «sí», da el «sí» de todos los hombres. Su «sí» es la puerta por la que Dios pudo entrar al mundo. Y con tu «sí» a Ella, das la belleza más grande a esta tierra, pues te enseña a «hacer lo que Él te diga». En la Escuela de María: 1. Conoce el rostro de Dios por la maestra que primero lo conoció; 2. Contempla ese rostro con detención y profundidad, y 3. Presta la vida para mostrar a través de ella ese rostro.

Con gran afecto, os bendice:

+ Carlos, arzobispo de Madrid