1/18/16

El Papa ayer en la Sinagoga de Roma

«Queridos hermanos y hermanas, estoy contento de estar hoy juntos en este Templo Mayor. Agradezco las corteses palabras del Dr. Di Segni, de la Dra. Dureghello y del abogado Gattena, y a todos los presentes por el caluroso recibimiento. Todà rabbà. ¡gracias!
En mi primer visita a esta sinagoga como obispo de Roma, deseo expresar a los presentes –haciéndolo extensivo a todas las comunidades judías– el saludo fraterno de paz de esta Iglesia y de toda la Iglesia católica.
Nuestras relaciones me importan mucho. Ya en Buenos Aires iba con cierta frecuencia a las sinagogas para encontrar a las comunidades allí reunidas, para seguir de cerca las fiestas y conmemoraciones judías y dar gracias al Señor, que nos da la vida y que nos acompaña en el camino de la historia.
A lo largo del tiempo se ha creado una relación espiritual que ha favorecido el nacimiento de auténticas relaciones de amistad y también ha inspirado un empeño común.
En el diálogo interreligioso es fundamental que nos encontremos como hermanos y hermanas delante de nuestro Creador y a Él rindamos alabanza, que nos respetemos y apreciemos mutuamente y tratemos de colaborar.
En el diálogo judío-cristiano hay una relación única y peculiar, en virtud de las raíces judías del cristianismo: judíos y cristianos tienen que sentirse por lo tanto hermanos, unidos por el mismo Dios y por un rico patrimonio espiritual común (cfr Declaración Nostra aetate, 4),en el cual basarse y seguir construyendo el futuro.
Con esta visita mía, sigo las huellas de mis predecesores. El papa Juan Pablo II vino aquí hace 30 años, el 13 de abril de 1986; y el papa Benedicto XVI estuvo con vosotros hace seis años. Juan Pablo II en aquella ocasión acuñó la hermosa expresión ‘hermanos mayores’ y de hecho vosotros sois nuestros hermanos y nuestras hermanas mayores en la fe.
Todos pertenecemos a una única familia, la familia de Dios, quien nos acompaña y nos protege como su pueblo.
Juntos, como judíos y como católicos, estamos llamados a asumirnos nuestras responsabilidades en favor de esta ciudad, aportando nuestra contribución, sobre todo espiritual, y favoreciendo la solución de los distintos problemas actuales.
Deseo que crezca cada vez más la cercanía, el recíproco conocimiento y la estima entre nuestras dos comunidades de fe. Por esto es significativo que haya venido hoy 17 de enero, cuando la Conferencia Episcopal Italiana celebra el “Día del diálogo entre católicos y judíos”.
Hemos celebrado hace poco el 50 aniversario de la declaración Nostra Aetate, del Concilio Vaticano II, que volvió posible el diálogo sistemático entre la Iglesia católica y el judaísmo.
El 28 de octubre pasado, en la Plaza de San Pedro, tuve la oportunidad de saludar también a muchos representantes judíos, y me expresé así: “Hay que agradecer especialmente a Dios, por la verdadera y propia transformación que tuvieron las relaciones entre cristianos y judíos en estos cincuenta años. Indiferencia y oposición se han cambiado en colaboración y benevolencia. De enemigos y extraños nos hemos vuelto amigos y hermanos.
El Concilio, con la Declaración Nostra Aetate, ha trazado el camino del ‘sí’ al descubrimiento de las raíces judías del cristianismo; ‘no’ a cualquier tipo de antisemitismo, y condena a toda injuria, discriminación y persecución que se derivan”.
Nostra Aetate ha definido teológicamente por primera vez, de manera explícita, las relaciones entre la Iglesia católica y el judaísmo.
Claramente, ella no ha resuelto todas las cuestiones teológicas sobre el tema, pero ha dado hecho referencia dando coraje, y un importantísimo estímulo para posteriores y necesarias reflexiones. Sobre ésto, el 10 de diciembre de 2015, la Comisión para las relaciones religiosas con el judaísmo ha publicado un nuevo documento que enfrente los temas teológicos que han emergido en las últimas décadas que pasaron desde la promulgación de Nostra Aetate.
De hecho, la dimensión teológica del diálogo judío-católico merece ser cada vez más profundizado y deseo animar a todos quienes se han empeñado en este diálogo para que sigan en tal sentido, con discernimiento y perseverancia.
Justamente desde el punto de vista teológico, aparece claramente la indivisible relación que une a cristianos y judíos. Los cristianos para entenderse a sí mismos, no pueden dejar de hacer referencia a las raíces judías, y la Iglesia si bien profesa la salvación a través de la fe en Cristo, reconoce la irrevocabilidad de la Antigua Alianza y el amor constante y fiel de Dios por Israel.
Junto a los temas teológicos, no debemos perder de vista los grandes desafíos que el mundo de hoy enfrenta. La de una ecología integral es ahora prioritaria, y en cuanto cristianos y judíos tenemos que ofrecer a la humanidad entera el mensaje de la Biblia sobre el cuidado de la creación.
Conflictos, guerras, violencia e injusticias abren heridas profundas en la humanidad y nos llaman a reforzar el compromiso por la paz y la justicia.
La violencia del hombre sobre el hombre está en contradicción con toda religión digna de este nombre, y en particular con las tres grandes religiones monoteístas”. La vida es sagrada en cuanto un don de Dios. El quinto mandamiento del decálogo dice ‘No asesinar’ (Es20,13). Dios es el Dios de la vida y quiere siempre promoverla y defenderla; y nosotros creados a su imagen y semejanza debemos hacer lo mismo.
Cada ser humano en cuanto creatura de Dios es nuestro hermano, independientemente de su origen o de su pertenencia religiosa. Cada persona tiene que ser vista con benevolencia, como hace Dios, que pone su mano misericordiosa a todos, independientemente de su fe o proveniencia, y que atiende a todos los que tienen más necesidad de Él: los pobres, los marginados, los indefensos.
Allí donde la vida está en peligro estamos llamados a protegerla aún más. Ni la violencia ni la muerte tendrán nunca la última palabra delante de Dios, que es el Dios del amor y de la vida.
Nosotros tenemos que rezarle con insistencia para que nos ayude a practicar en Europa y en Tierra Santa, en Oriente Medio, en África y en cada parte del mundo la lógica de la paz, de la reconciliación, del perdón y de la vida.
El pueblo judío durante su historia ha tenido que sufrir la violencia, la persecución, hasta el exterminio de los hebreos europeos durante la Shoah. Seis millones de personas solamente porque pertenecían al pueblo judío, han sido víctimas de la más inhumana barbarie, perpetrada en una ideología que quería sustituir el hombre a Dios.
El 16 de octubre de 1943, más de mil hombres, mujeres y niños de la comunidad judía de Roma, fueron deportados a Auschwitz.
Hoy deseo recordarlos de manera particular: sus sufrimientos, sus angustias, sus lágrimas no tienen que ser nunca olvidadas. Y el pasado nos debe servir de lección para el presente y para el futuro.
La Shoah nos enseña que es necesario siempre la máxima vigilancia, para poder intervenir tempestivamente en defensa de la dignidad humana y de la paz. Quiero expresar mi cercanía a cada testigo de la Shoah que aún vive, y dirijo mi saludo particular a quienes de ellos están hoy aquí presentes.
Queridos hermanos mayores, tenemos que estar verdaderamente agradecidos por todo lo que ha sido posible realizar en los últimos cincuenta años, porque entre nosotros han crecido y se han profundizado la comprensión recíproca, la mutua confianza y la amistad.
Recemos junto al Señor, para que conduzca nuestro camino hacia un futuro bueno, mejor. Dios tiene para nosotros proyectos de salvación, como dice el profeta Jeremías: ‘Yo conozco los proyectos que he hecho para vosotros -oráculo del Señor-, proyectos de paz y no de desventura, para conceder un futuro lle no de esperanza” (Ger 29,11).
Que el Señor nos bendiga y nos proteja, Haga resplandecer su rostro sobre nosotros y nos done su gracia. Dirija a nosotros su rostro y nos conceda la paz (cfr Nm 6,24-26). ¡Shalom alechem! ».