1/05/16

Solemnidad de la Epifanía

P. Antonio Rivero, L.C

 Ciclo C  –  Textos: Is 60, 1-6; Ef 3, 2-3.5-6: Mt 2, 1-12



Idea principal: Tres hombres, dos caminos, una estrella.

Síntesis del mensaje: Tres hombres, dos caminos y una estrella nos invitan hoy a la fe. La palabra que hoy resuena es “luz”, que esconde una gran realidad, la fe. Tanto en Roma como en Egipto y Oriente, las fiestas del 25 de diciembre y del 6 de enero tenían mucho que ver con la luz: la luz cósmica que, por estas fechas, empieza en nuestras latitudes a “vencer” a la noche, después del solsticio de invierno que es el 21 de diciembre. De ahí es fácil el paso a la luz de Cristo, el verdadero Sol que ilumina nuestras vidas. Y esos tres hombres –y tantos otros- se encontraron con ese Sol y fueron iluminados con la luz de la fe. Y esa luz cambió su vida y se fueron por otro camino, el de la fe en Cristo.



Puntos de la idea principal:

En primer lugar, tres hombres, que la tradición popular ha puesto nombres: Melchor, Gaspar y Baltasar. Tres reyes magos, legendarios, simbólicos, representantes de todos los hombres y mujeres de buena voluntad divina, que buscan a Dios, cruzan mil penalidades y le encuentran. Éstos son los reyes magos en quien creo. Los tres aventureros del desierto, de Dios y las estrellas; en cuanto la estrella les hizo el primer guiño nocturno, se ponen en camino, desamarran el camello y se echan al desierto, con sus noches y alboradas. Los tres, representativos de todos los hombres y mujeres, que en la vida apuestan a divino contra humano, a espiritual contra material, Dios contra egocentrismo. Ni saben por qué pero van, que es lo grande. Ni saben adónde pero van, que es lo bueno. Ni saben a qué pero van, que es lo divino. Es la nostalgia de Dios que todo hombre tiene en lo profundo del corazón, invitándonos a la fe en ese Dios, hecho hombre, hecho carne, hecho niño.

En segundo lugar, dos caminos. Los caminos de la vida son dos: el que va y llega, y el que ni llega ni va a Dios. El que va y llega es el camino del hombre honesto que busca la felicidad y el sentido de la vida más allá de sus satisfacciones inmediatas y materiales. Este camino no está exento de asaltos y peligros, de oscuridad, pues la estrella se ocultó. Pero es un camino que, cuando el hombre es sincero consigo mismo y mira la trascendencia, llegará al portal de Belén y se encontrará con ese Dios paradójico, hecho carne, que les esperaba y les sonríe. El otro camino es triste, pues ni llega ni va a Dios. Es el camino del desenfreno egoísta, idolátrico y ambicioso, representado en el rey Herodes, que en vez de acompañar a esos magos y ponerse en camino, se quedó sentado en su sillón real, temeroso que alguien se lo usurpase, y nadando en sus placeres materiales. ¿Cómo terminó este Herodes? Según Flavio Josefo en sus “Las Antigüedades de los judíos” Libro XVII, caps. VI al VIII: “La enfermedad de Herodes se agravaba día a día, castigándole Dios por los crímenes que había cometido. Una especie de fuego lo iba consumiendo lentamente, el cual no sólo se manifestaba por su ardor al tacto, sino que le dolía en el interior. Sentía un vehemente deseo de tomar alimento, el cual era imposible concederle; agréguese la ulceración de los intestinos y especialmente un cólico que le ocasionaba terribles dolores; también en los pies estaba afectado por una inflamación con un humor transparente y sufría un mal análogo en el abdomen; además una gangrena en las partes genitales que engendraba gusanos. Cuando estaba de pie se hacía desagradable por su respiración fétida. Finalmente en todos sus miembros experimentaba convulsiones espasmódicas de una violencia insoportable”.

Finalmente, una estrella. Yo no sé si la estrella de este evangelio estuvo alguna vez colgada en el firmamento –tal vez sí-; o fue la conjunción luminosa de los planetas Júpiter y Saturno allá por los años en que nació Jesús –bien posible-; o fue una inspiración potente y divina que sonó en el corazón estos paganos –que eso creo- y los citó al encuentro con Dios. Yo creo en la estrella de los magos, que fue inspiración divina; yo creo en los magos de la estrella, que reaccionaron a la inspiración de Dios. Yo creo en la estrella de los hombres, que es impulso divino, y creo en los hombres de la estrella, que, oír a Dios y ponerse en camino, todo es uno. ¡Pobre corazón humano y cómo te cuesta alzar de la vulgaridad, amar lo invisible y latir por la trascendencia! Y como estos magos, hay muchos hombres buscadores y halladores de Dios: esos son los magos en que yo creo. Y yo quiero ser uno de ellos, todos los días, en búsqueda de Dios, con mi fe, mi esperanza y mi amor. Con mi fe, como faro para el camino. Con mi esperanza, como cayado para sostenerme. Con mi amor, como fuego que me anima y calienta mi corazón para calentar al que está a mi lado y también yo camino hacia ese Dios encarnado en Cristo. Y todos los días quiero darle en mi oración el oro de mi libertad, el incienso de mi adoración y la mirra de mis sufrimientos y penalidades.

Para reflexionar: ¿Cómo está la luz de mi fe en Cristo? ¿Todos los días camino hacia Jesús iluminado por esa luz? ¿Trato de que la luz de mi fe ilumine mis pasos para que otros que caminan a mi lado se beneficien del resplandor de mi buen ejemplo y lleguen a Cristo?



Para rezar:
¡Oh Santos Reyes que desde el oriente
supisteis, iluminados por la luz de la fe,
encontrar en el cielo el camino de Belén!,
alcanzadnos de aquel Niño Divino que adorasteis primero,
el vernos libres de las hechicerías de la falsa ciencia
y de los caminos tortuosos del mundo,
para que, a través del conocimiento de los cielos,
los mares y la tierra,
y de todo lo que hay en ellos,
alcancemos al que lo creó todo de la nada,

para facilitar el camino de la salvación a todos,
y así poder ofrecer el fruto de nuestro saber y de nuestro amor,
como oro al Rey de reyes
y como incienso
y mirra al Dios
y hombre verdadero.
Amén.