10/05/09

“Este Sínodo, momento propicio para la Iglesia en África”


Homilía del Papa en la inauguración del II Sínodo Especial para África



¡Venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio, ilustres señores y señoras, queridos hermanos y hermanas!:
Pax vobis - ¡paz a vosotros! Con este saludo litúrgico me dirijo a todos vosotros, reunidos en la Basílica Vaticana, donde hace quince años, el 10 de abril de 1994, el Siervo de Dios Juan Pablo II abrió la primera Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos. El hecho de que hoy nos encontremos aquí para inaugurar la segunda, significa que ese fue un evento ciertamente histórico, pero no aislado. Fue el punto de llegada de un camino, que después continuó, y que ahora llega a una nueva y significativa etapa de verificación y de relanzamiento. ¡Alabemos al Señor por ello!
Doy mi más cordial bienvenida a los miembros de la Asamblea sinodal, que concelebran conmigo esta santa Eucaristía, a los expertos y los oyentes, en particular a cuantos provienen de la tierra africana. Saludo con especial reconocimiento al Secretario General del Sínodo y a sus colaboradores. Estoy muy contento por la presencia entre nosotros de Su Santidad Abuna Paulos, Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Tewahedo de Etiopía, a quien doy las gracias de corazón, y de los delegados fraternos de las otras Iglesias y de las comunidades eclesiales. Me complace también acoger a las autoridades civiles y a los señores embajadores que han querido participar en este momento; saludo con afecto a los sacerdotes, las religiosas y los religiosos, los representantes de organismos, movimientos y asociaciones, y al coro congolés que, junto con la Capilla Sixtina, anima nuestra Celebración eucarística.
Las lecturas bíblicas de este domingo hablan del matrimonio. Pero, más estrictamente, hablan del designio de la creación, del origen y, por lo tanto, de Dios. En este plano converge también la segunda lectura, tomada de la Carta a los Hebreos, donde dice: “Santificador - es decir, Jesucristo - y santificados – es decir, los hombres – tienen todos el mismo origen. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Hb 2,11). Así pues, del conjunto de las lecturas aparece de manera evidente el primado de Dios Creador, con la perenne validez de su impronta originaria y la precedencia absoluta desde su señorío, ese señorío que los niños saben acoger mejor que los adultos, y por esto Jesús los indica como modelo para entrar en el reino de los cielos (cfr Mc 10,13-15). Ahora bien, el reconocimiento del señorío absoluto de Dios es ciertamente uno de los rasgos característicos y unificadores de la cultura africana. Naturalmente, en África existen múltiples y diversas culturas, pero todas parecen concordar en este punto: Dios es el Creador y la fuente de la vida. Pero la vida - lo sabemos bien - se manifiesta primariamente en la unión entre hombre y mujer y en el nacimiento de los hijos; la ley divina, inscrita en la naturaleza, es pues más fuerte y preeminente que cualquier ley humana, según la afirmación clara y concisa de Jesús: “Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre” (Mc 10,9). La perspectiva no es ante todo moral: ésta, antes que el deber, se refiere al ser, al orden inscrito en la creación.
Queridos hermanos y hermanas, en este sentido la liturgia de la Palabra de hoy - más allá de la primera impresión – se revela especialmente adecuada para acompañar la apertura de una Asamblea sinodal dedicada a África. Querría hacer especial hincapié en algunos aspectos que emergen con fuerza y guardan una relación con el trabajo que nos espera. El primero, ya mencionado: el primado de Dios, Creador y Señor. El segundo: el matrimonio. El tercero: los niños. Sobre el primer aspecto, África es depositaria de un tesoro inestimable para el mundo entero: su profundo sentido de Dios, que he tenido modo de percibir directamente en los encuentros con los obispos africanos en visita ad Limina, y aún más durante el reciente viaje apostólico a Camerún y Angola, del que conservo un grato y emocionante recuerdo. Ahora querría remitirme precisamente a esa peregrinación en tierra africana, porque en aquellos días abrí idealmente esta Asamblea sinodal, entregando el Instrumentum laboris a los Presidentes de las Conferencias Episcopales y a los Jefes de los Sínodos de los Obispos de las Iglesias Orientales Católicas.
Cuando se habla de los tesoros de África, en seguida se piensa en los recursos en los que es rico su territorio y que desgraciadamente se han vuelto y siguen siendo motivo de explotación, de conflicto y de corrupción. En cambio, la palabra de Dios nos hace mirar otro patrimonio: el espiritual y cultural, que la humanidad necesita aún más que las materias primas. “Pues - diría Jesús - ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?” (Mc 8,36). Desde este punto de vista, África representa un inmenso “pulmón” espiritual, para una humanidad que sufre una crisis de fe y esperanza. Pero este “pulmón” puede enfermar. Y, por el momento, al menos dos peligrosas patologías lo están atacando: ante todo, una enfermedad que ya está extendida en el mundo occidental, es decir, el materialismo práctico, combinado con el pensamiento relativista y nihilista. Sin entrar en los motivos de la génesis de estos males del espíritu, sin embargo es indiscutible que a veces el llamado “primer” mundo ha exportado, y sigue exportando, tóxicos desechos espirituales, que contagian a las poblaciones de los demás continentes, en especial las africanas. En este sentido el colonialismo, terminado en el plano político, no se ha acabado del todo. Pero precisamente en esta misma perspectiva hay que señalar un segundo “virus”que podría afectar también a África, como es el fundamentalismo religioso, mezclado con los intereses políticos y económicos. Grupos que pertenecen a diferentes afiliaciones religiosas se están extendiendo en el continente africano; lo hacen en nombre de Dios, pero según una lógica opuesta a la divina, es decir, enseñando y practicando no el amor y el respeto de la libertad, sino la intolerancia y la violencia.
En cuanto al tema del matrimonio, el texto del capítulo 2° del Libro del Génesis nos ha recordado el perenne fundamento, que Jesús mismo ha confirmado: “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne” (Gen 2, 24). ¿Cómo no recordar el admirable ciclo de catequesis que el Siervo de Dios Juan Pablo II ha dedicado a este argumento, a partir de una exégesis muy profunda de este texto bíblico? Hoy, proponiéndonoslo precisamente en la apertura del Sínodo, la liturgia nos ofrece la luz sobreabundante de la verdad revelada y encarnada de Cristo, con la cual se puede examinar la compleja temática del matrimonio en el contexto africano eclesial y social. Pero también sobre este punto quisiera recordar brevemente una idea que precede cada reflexión e indicación de tipo moral, y que enlaza una vez más con el primado del sentido de lo sagrado y de Dios. El matrimonio, así como la Biblia nos lo presenta, no existe fuera de la relación con Dios. La vida conyugal entre el hombre y la mujer, y por lo tanto de la familia que aquella genera, está inscrita en la comunión con Dios y, a la luz del Nuevo Testamento, se vuelve un icono del Amor trinitario y sacramento de la unión de Cristo con la Iglesia. En la medida en que custodia y desarrolla su fe, África podrá encontrar unos recursos inmensos para donar en provecho de la familia fundada en el matrimonio.
Incluyendo en la perícope evangélica también el texto sobre Jesús y los niños (Mc 10,13-15), la liturgia nos invita a tener presente desde ahora, en nuestra tarea pastoral, la realidad de la infancia, que constituye una parte grande y por desgracia doliente de la población africana. En la escena de Jesús que acoge a los niños, oponiéndose con desdén a los mismos discípulos que querían alejarles, vemos la imagen de la Iglesia que en África, y en cualquier otra parte de la tierra, manifiesta su maternidad sobre todo hacia los más pequeños, incluso cuando aún no han nacido. Como el Señor Jesús, la Iglesia no ve principalmente en éstos a los destinatarios de la asistencia, y todavía menos del pietismo o de la instrumentalización, sino a personas de pleno derecho, que con su mismo modo de ser indican la vía maestra para entrar en el reino de Dios, es decir, la de confiarse sin condiciones a su amor.
Queridos hermanos, estas indicaciones provenientes de la Palabra de Dios se integran en el amplio horizonte de la Asamblea sinodal que hoy comienza, y que se enlaza con la ya dedicada anteriormente al continente africano, cuyos frutos fueron presentados por el Papa Juan Pablo II, de venerada memoria, en la Exhortación apostólica Ecclesia in Africa. Sigue siendo naturalmente válida y actual la tarea primaria de la evangelización, es más, de una nueva evangelización que tenga en cuenta los rápidos cambios sociales de nuestra época y del fenómeno de la globalización mundial. Lo mismo se debe decir de la decisión pastoral de edificar la Iglesia como familia de Dios (cfr. ivi, 63). Tras esta gran estela se sitúa la segunda Asamblea, que tiene por tema: “La Iglesia en África al servicio de la reconciliación, de la justicia y de la paz.’Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo’ (Mt 5,13.14)”. En los últimos años la Iglesia Católica en África ha conocido un gran movimiento, y la Asamblea sinodal es la ocasión para dar gracias al Señor por ello. Y puesto que el crecimiento de la comunidad eclesial en todos los campos comporta también unos retos ad intra y ad extra, entonces el Sínodo es un momento propicio para replantearse la actividad pastoral y renovar el impulso de evangelización. Para ser luz del mundo y sal de la tierra hay que aspirar siempre al “listón más alto” de la vida cristiana, es decir, la santidad. Los pastores y todos los miembros de la comunidad eclesial están llamados a ser santos; los fieles laicos están llamados a difundir el perfume de la santidad en la familia, en los lugares de trabajo, en la escuela y en cualquier otro ámbito social y político. Que la Iglesia en África sea siempre una familia de auténticos discípulos de Cristo, donde la diferencia entre etnias se convierta en motivo y estímulo para un recíproco enriquecimiento humano y espiritual.
Con su obra de evangelización y promoción humana, la Iglesia sin duda puede aportar en África una gran contribución a toda la sociedad, la cual por desgracia conoce en varios países la pobreza, las injusticias, guerras y violencias. La vocación de la Iglesia, comunidad de personas reconciliadas con Dios y entre ellas, es la de ser profecía y fermento de reconciliación entre los distintos grupos étnicos, linguísticos y también religiosos, dentro de cada una de las naciones y en todo el continente. La reconciliación, don de Dios que los hombres deben implorar y acoger, es el cimiento estable sobre el que construir la paz, condición indispensable para el auténtico progreso de los hombres y de la sociedad, según el proyecto de justicia querido por Dios. Abierta a la gracia redentora del Señor resucitado, África estará cada vez más iluminada por su luz y, dejándose guiar por el Espíritu Santo, se convertirá en una bendición para la Iglesia universal, aportando su propia y cualificada contribución a la edificación de un mundo más justo y fraterno.
Queridos Padres sinodales, gracias por la contribución que cada uno de vosotros aportará a los trabajos de las próximas semanas, que serán para nosotros una renovada experiencia de comunión fraterna que redundará en beneficio de toda la Iglesia, especialmente en el contexto de este Año Sacerdotal. Y a vosotros, queridos hermanos y hermanas, os pido que nos acompañéis con vuestra oración. Se lo pido a los presentes; se lo pido a los monasterios de clausura y a las comunidades religiosas extendidas en África y en todo el mundo, a las parroquias y a los movimientos, a los enfermos y a los que sufren: a todos os pido que recéis para que el Señor haga fructuosa esta segunda Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos. Invocamos la protección sobre la misma de san Francisco de Asís, que hoy recordamos, de todos los santos y las santas africanas y, de manera especial, de la Beata Virgen María, Madre de la Iglesia y Nuestra Señora de África ¡Amén!