El Papa en Santa Marta
La liturgia nos sigue proponiendo estos días las escenas de la creación tomadas del Génesis (2,18-25). El Señor Dios modeló de la tierra todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó a Adán (…), pero el hombre no encontró ninguno como él, que le ayudase,
no halló en ellos una compañera, estaba solo. Entonces, el Señor le
quitó una costilla e hizo a la mujer que el hombre reconoció como carne de su carne. Pero antes de verla, la había soñado: el Señor Dios hizo caer un letargo sobre Adán, que se durmió; para entender a una mujer es necesario soñarla.
Muchas veces, cuando hablamos de las
mujeres, lo hacemos de modo funcional: “sí, la mujer es para hacer esto o
aquello…”. En cambio, la mujer aporta una riqueza que el hombre no
tiene: la mujer trae armonía a la creación. Cuando no existía la mujer,
faltaba la armonía. Solemos decir: esta es una sociedad con una fuerte
actitud machista, ¿verdad? ¡Falta la mujer! “Sí, sí; la mujer está para
lavar los platos, para fregar o hacer…”. No, no, no: la mujer está para
traer armonía. Sin la mujer no hay armonía. No son iguales, ni uno es
superior al otro: no. Solo que el hombre no trae la armonía, y ella sí.
Es ella la que trae esa armonía que nos enseña a acariciar, a amar con
ternura y que hace del mundo algo hermoso.
Así pues, tenemos tres momentos: primero
la soledad del hombre, luego el sueño y, tercero, el destino de los
dos: ser “una sola carne”. Un ejemplo: en una audiencia, mientras
saludaba a la gente, pregunté a una pareja que celebraba el 60º
aniversario de matrimonio: ¿quién de los dos ha tenido más paciencia? Y
ellos, que me miraban, se miraron a los ojos –¡no olvidaré nunca
aquellos ojos!–, luego se volvieron a mí y me dijeron los dos a la vez:
“Estamos enamorados”. Después de 60 años, eso significa una sola carne. Y
eso es lo que aporta la mujer: la capacidad de enamorarse. La armonía
al mundo. Tantas veces oímos: “Es necesario que en esta sociedad, en
esta institución, haya una mujer para que haga esto y lo otro…”. No, no,
no, no: la funcionalidad no es el fin de la mujer. Es verdad que la
mujer debe hacer cosas, y hace –como todos hacemos– muchas cosas. Pero
el fin de la mujer es hacer la armonía, y sin la mujer no hay armonía en
el mundo. Explotar a las personas es un crimen de lesa humanidad: es
verdad. Pero explotar a una mujer es más: es destruir la armonía que
Dios ha querido dar al mundo. Es destruir.
Ese es el gran don de Dios: nos ha dado a
la mujer. Y en el Evangelio (Mc 7,24-30) hemos escuchado de qué es
capaz una mujer. Es valiente esta mujer siro-fenicia. Fue adelante con
coraje. Pero es más, es más: la mujer es la armonía, es la poesía, es la
belleza. Sin ella, el mundo no sería tan bonito, no sería armónico. A
mí me gusta pensar –pero esto es algo personal– que Dios creó a la mujer
para que todos tuviésemos una madre.